Paísss

Luis Ortiz Alfau debuta a los 100 años

Luis Ortiz Alfau ha debutado hoy en una feria del libro, a los 100 años, y se ha hinchado a firmar. Para que digan que no hay relevo en la literatura.

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De la contraportada del libro:

A sus cien años, el bilbaíno Luis Ortiz Alfau viaja a menudo a bosques y a montes, para asistir a las exhumaciones de huesos en antiguas trincheras: “Soy casi el último que queda vivo, es mi deber venir a estos actos y dar testimonio”, dice.

Luis tenía diecinueve años cuando estalló la Guerra Civil. Se alistó voluntario en las filas republicanas, participó en las peores batallas, recogió cuerpos despedazados entre los escombros de Gernika, voló por los aires cuando le cayó cerca un obús en el alto del Escudo, saltó a un barco en marcha para huir a Francia y dinamitó carreteras en los Pirineos durante la derrota final. Lo encerraron en tres campos de concentración, fue trabajador esclavo bajo el franquismo y, cuando por fin lo liberaron, tuvo que pagar sobornos para que ignoraran su ficha de desafecto al régimen y le permitieran trabajar. Luego vino el largo silencio obligatorio.

Empezó su militancia pública a los 87 años: escribió cartas, contó sus experiencias a historiadores y cineastas, participó en asociaciones de memoria histórica. “Estamos consiguiendo lo que durante toda la vida me pareció imposible: contar lo que pasó”, dice. “Esto de la memoria histórica no son batallitas de viejos, los jóvenes tienen que saber qué pasa cuando se pierde la democracia. Lo que yo tengo que contar es importante ahora”.

panel feria Durango

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Presentamos ‘El siglo de Luis Ortiz Alfau’

He escrito la biografía de Luis Ortiz Alfau. La presentamos el 6 de diciembre, a las 15.30, en la feria de Durango. A sus cien años, Luis estará allí repartiendo besos y firmas con más energía que todos nosotros juntos. (Gogora Institutuak argitaratzen du).

panel feria Durango

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Luis Ortiz Alfau declara ante un juez

A punto de cumplir 100 años, Luis Ortiz Alfau -trabajador esclavo del franquismo- consigue hoy en Bilbao su propósito más querido: declarar ante un juez. He escrito su biografía. Pronto va a la imprenta.

Luis Ortiz Alfau

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Lo cerraron a la fuerza y con mentiras

Hace 25 años nació el diario en el que empecé a publicar. Lo cerraron a la fuerza, con mentiras, y no pasó nada.

Copio lo que escribí hace cinco años:

“En el banquete de bodas de mis tíos Iñigo y María, me levanté tras el primer plato, cogí la moto y me fui a casa para ver el prólogo de la Vuelta a España de 1995. Lo ganó Abraham Olano. Escribí a toda prisa una columna sobre la etapa. La imprimí. Corrí con la página a la librería del barrio y allí la envié por fax. Cuando volví al banquete, la gente ya estaba bailando. Me senté a comer el solomillo que me habían guardado y algunos familiares se acercaron a preguntarme qué tal, y yo respondí que bien, que apurado pero bien, orgulloso porque acababa de convertirme en periodista. Esto será la vida del heroico reportero, pensé: abandonar bodas para ir corriendo a escribir. Tenía 19 años y fue el primer texto que publiqué en un periódico.

Egunkaria

Esta es una pequeña historia que pensé en enviar a MAJ por si quería incluirla en su blog, donde anda recogiendo las experiencias de periodistas que cuentan su aterrizaje en la profesión.

Pero la anécdota juvenil quedó unida a un episodio siniestro: si ahora quisiera buscar mi columna inaugural, sería imposible encontrarla. Desapareció el 20 de febrero de 2003. Se la tragó un agujero negro, igual que se tragó otros miles de textos, cuando la Guardia Civil clausuró Egunkaria, el diario en el que publiqué aquellas columnas durante las tres semanas de la Vuelta, por las que me pagaban 2.100 pesetas, si no recuerdo mal.

En septiembre de 1995 yo tenía 19 años y mucha suerte: Martxelo Otamendi, director de Egunkaria, me había telefoneado en persona para encargarme las columnas. A partir de entonces, me dio una confianza mucho mayor de la que se merecía un estudiante de segundo de Periodismo. El periódico era modesto, me explicaba Martxelo, y nunca me iba a enriquecer trabajando para ellos, pero me pagarían por las colaboraciones lo mismo que a los periodistas profesionales, me ofrecerían encargos y escucharían todas las propuestas que quisiera hacerles. Durante mis años de estudiante escribí en Egunkaria reportajes, crónicas y hasta entrevistas como aquella que le hice medio temblando a José María Bastero, recién nombrado rector de la Universidad de Navarra, y que apareció en portada, mi primera portada. Martxelo me llevó de la mano en mis comienzos profesionales y me trató como ningún otro jefe me ha tratado nunca.

El 20 de febrero de 2003 yo estaba en Estambul con Josu Iztueta. Allí nos subimos a un autobús de voluntarios de muchos países que se dirigían a Bagdad con el propósito de actuar como escudos humanos y tratar de impedir los inminentes bombardeos de Estados Unidos. Viajamos con ellos hasta Ankara. Les entrevistamos y escribimos una crónica (“Se apuntan a un bombardeo”). No pudimos publicarla en Egunkaria: acababan de cerrarlo y habían detenido a sus directivos, incluido Martxelo Otamendi, acusados de pertenecer a Eta.

Como no nos creíamos de ninguna manera las acusaciones, Josu y yo enviamos desde Estambul un mensaje de solidaridad, que se publicó junto a otros cientos en el periódico provisional que se editó en aquellos días convulsos. También sentíamos el deber moral de divulgar la historia de los escudos humanos, de aquel puñado de jóvenes que viajaban a Irak dispuestos a ponerse bajo los bombarderos para así ayudar a los iraquíes, y por eso aceptamos publicarla en un diario que estaba muy interesado pero que no nos quiso pagar. Lo que hizo aquel diario, de ganancias millonarias, no nos lo habría hecho el modesto Egunkaria. Sólo podía pagar cuatro duros, pero los pagaba siempre. Respetaba el trabajo y la dignidad de los periodistas.

En aquellos años, con el pretexto de la lucha antiterrorista, se desarrollaron operaciones injustificadas y desproporcionadas (registros, detenciones, clausuras…) contra muchas entidades del mundo cultural vasco: periódicos, revistas, editoriales, distribuidoras, escuelas de idiomas… (De aquella época data esta portada del TMEO). El cierre y la liquidación sin pruebas del diario Egunkaria constituyó un ataque brutal, irreparable y premeditado contra la libertad de expresión, con el agravante de que fue dirigido por las propias instituciones del Estado. El entonces ministro Acebes afirmó que la operación era una medida “en defensa de la cultura vasca”.

La reciente sentencia del juez Gómez Bermúdez confirma unos hechos que ya hace tiempo eran clamorosos:

-En las pruebas presentadas por la Guardia Civil, que sirvieron para ordenar el cierre de Egunkaria, no había indicios de que los directivos del diario tuvieran ninguna relación con Eta (el propio fiscal pidió hace mucho tiempo que se archivara el caso por falta de pruebas).

-Tampoco existía ninguna prueba de que Egunkaria defendiera las ideas de Eta (eso lo sabía cualquier lector del diario). Los peritos de la Guardia Civil reconocieron que ni siquiera habían investigado si la línea editorial apoyaba a Eta. Por todo esto, al juez la imputación le parece “incomprensible”.

-No había ningún fundamento legal para ordenar la clausura de Egunkaria, una medida que vulneró la libertad de expresión y el derecho a la información, especialmente porque se trataba del único diario en euskera.

-Las denuncias por torturas que presentaron algunos de los detenidos parecen creíbles: dice el juez que no hubo un “control judicial suficiente y eficiente” de la incomunicación que sufrieron los detenidos, quienes dieron descripciones detalladas de los malos tratos que son “compatibles con lo expuesto en los informes médico-forenses”.

Egunkaria acaba bien”, decía el titular de El País en su editorial de ayer. Egunkaria acaba así de bien:

-Además de las encarcelaciones, los cinco acusados han sufrido un calvario judicial de siete años, con la amenaza permanente de una larga condena de prisión y sanciones multimillonarias. También lo han sufrido otras cuantas personas encausadas en otras fases del juicio.

-El diario desapareció. Se liquidaron todos sus bienes. Unos 150 trabajadores perdieron su empleo. Miles de lectores se quedaron sin el único periódico que podían leer en euskera.

Leo que “la sentencia no dará lugar a indemnización económica”. En las últimas horas, en cambio, he oído y leído que la indemnización podría rondar los 60 millones de euros. No tengo ni idea de si eso será así o no, pero en cualquier caso el daño es irreparable. Yo, por mi parte, pido que a esa cantidad se le sumen otras 2.100 pesetas, unos 13 euros, como reparación por aquellas columnas mías sobre la Vuelta a España que también desaparecieron en este agujero negro.

PD: En los comentarios de este texto hace cinco años, Alberto Moyano respondió lo siguiente. “Lo de los 60 millones de euros es un monigote que agitó en su momento Manos Limpias para asustar de las consecuencias de una posible sentencia absolutoria. La cifra tiene el mismo rigor que si fuera el doble o la mitad”. El tiempo le ha dado la razón: ni 60 millones ni 13 euros ni un ya perdonarán ustedes, na de na.

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Cuando fui un españolazo

El sábado se celebró en Bilbao la última manifestación de la plataforma Gesto por la Paz, con el lema “Lortu dugu. Lo hemos conseguido”.

La marcha me avivó algunos recuerdos de esos que te rascan un poco las tripas, que te desasosiegan, que incluso te ponen más nervioso cuando empiezas a escribirlos. Primero me acordé del bar Majusi, dos portales más allá de la casa donde yo pasé la infancia, y de su cartel negro con letras blancas. Bajo ese cartel caminó el empresario donostiarra Julio Iglesias Zamora, saludando a la gente que le recibía con aplausos, la noche en que volvió a su casa tras permanecer cuatro meses secuestrado por Eta. Era 1993. Recuerdo que los frecuentes secuestros de aquellos años me impresionaban mucho, y eso que entonces yo apenas sabía que en mi propia familia existía ese riesgo. Cuando Gesto por la Paz impulsó la campaña del lazo azul, como símbolo de protesta contra el secuestro de Iglesias, yo tenía 17 años y decidí ponérmelo.

Al ir a clase con el lazo en el pecho, mi primer temor era bastante ingenuo: sentía apuro por dar la nota. Recuerdo a una profesora de Inglés que también lo llevaba. Y al de Ética, que me paró en el pasillo y me felicitó.

También me lo prendía a diario en mi maillot de ciclista, cuando salía a entrenarme, incluso lo llevaba en las carreras. Recuerdo algunos comentarios jocosos y un poco hostiles de dos compañeros de equipo, “adónde vas tú con eso”. Y también una sorpresa agradable: había otro compañero con el que sí temía algún enganchón, alguna bronca a cuenta del lazo azul, pero fue precisamente él quien salió en mi defensa y dijo que cada uno tenía derecho a expresarse como quisiera. Luego, en un momento del entrenamiento, me acerqué a él y le di las gracias. De paso hablamos, apenas cuatro frases apuradas, sobre su familiar preso y los viajes que hacían para visitarle. Fue un intento común de empatía, torpe pero reconfortante. Él era un velocista y lo mío eran las subidas. En las carreras llanas, los compañeros intentábamos ayudarle y recuerdo varias ocasiones en las que le preparé la llegada, llevándole a rueda, quitándole el viento, lanzando el esprín lo más cerca posible de meta. Un día, con final en alto, pinché a mitad de recorrido y él me esperó para ayudarme a volver al pelotón. Se vació, apenas me dejó darle relevos, volví al grupo y en la subida acabé cuarto. Quise darle la mitad del dinero del premio y él se negó, sin explicar nada. Algunas cosas básicas no hacía falta hablarlas.

Al principio el asunto del lazo azul no levantó mucha polvareda. Podías llevarlo tranquilamente: solo afirmabas tu oposición a los secuestros, una afirmación tan básica y tan evidente que a casi nadie podía parecerle mal. Ahora me suena marciano –marciano no: jupiterino-, pero un día iba por la Parte Vieja con los compañeros de un trabajo, que decidieron tomarse una cerveza en la herriko taberna, y allí entré yo con ellos, a tomarme la caña, con el lazo azul puesto. Nadie le daba mucha importancia.

Pero las cosas se enturbiaron enseguida. Empezó el contraataque, la campaña contra el lazo azul, las famosas pintadas: “EspañoLAZO”. En eso eran muy buenos: tomaban cualquier gesto contra la violencia, un gesto tan básico, tan de mínimos como la protesta por un secuestro, y la reinterpretaban como una agresión, como una estrategia de españolazos, fachas y provocadores. Oponerse a los secuestros era cosa de españolazos. Ya está: la idea empezaba a calar, y era mejor que no te asociaran con ella, que nadie sospechara que eras un españolazo, un facha, un provocador. La inmensa mayoría de la gente estaba contra los secuestros, claro, pero lo desmoralizante era la eficacia con la que la protesta quedaba pringada y sospechosa, de manera que para algunos el lazo empezó a ser un símbolo de confrontación, un gesto innecesario porque creaba crispación y no arreglaba nada. Era mejor no enredar las cosas.

Recibí algunas leves presiones. En el propio equipo de ciclismo, por ejemplo: “No es buena idea que te pongas el lazo en el maillot, estás llevando el nombre del equipo y esto es deporte, no hay que mezclarlo con la política…”. Mi respuesta era muy obvia: que con el lazo yo no tomaba ninguna postura política, que solo protestaba contra un secuestro, que eso era una cuestión de principios muy básicos y nada más… Me respetaron y no me dieron la murga. Seguí entrenándome y compitiendo con el lazo, y hasta puedo fardar de una foto en la que aparezco en un podio de Llucmajor (Mallorca) –ejem: allí el nivel era más flojo- con un sobre de tres mil pesetas y el lazo azul.

Quienes me sugerían que me lo quitara eran personas cercanas y queridas, a las que les preocupaba que yo sufriera algún jaleo. Pero así funcionaba el mecanismo: una campaña de intimidación contra quien protestara, y mucha gente sacando la conclusión de que era mejor no meterse en líos.

No faltaban motivos para arrugarse. El asunto se fue poniendo cada vez más feo. Las pintadas evolucionaron hacia hallazgos poéticos y ripios que se hicieron muy populares: “A los del lazo, navajazo”. Y recuerdo la aprensión con la que leí una noticia: cómo varios tipos habían agarrado en Donostia a un chaval que solía llevar el lazo azul y le habían zurrado. Nada muy grave, ya, claro, pero yo empecé a ponerme o no ponerme el lazo según por dónde anduviera.

El día en que liberaron a Iglesias sentí un alivio doble: por la liberación y porque ya no tendría que llevar más el lazo azul. Lo enganché en una página del diario adolescente que yo escribía con aquellos 17 añitos, y ahí se quedó.

Después vinieron otros secuestros pero ya no me puse el lazo. O en alguna ocasión suelta, como mucho. Pensé que yo ya había hecho bastante, que podía tener la conciencia tranquila, que tampoco servía de mucho si la gente no se lo ponía. Vamos, que me acojoné. Han pasado 18 años, Eta se acabó, Gesto por la Paz se disuelve. El lazo azul sigue prendido en mi diario de los 17 años. Marca una época en la que nos daba miedo protestar por un secuestro, en la que era mejor no meterse en líos.

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Tambores y tiros

Hace unos días escribí una entrada sobre la ikastola Santo Tomas Lizeoa, donde estudié de los 3 a los 18. Nueve hombres y mujeres, que fueron alumnos en el primer curso, allá por 1960, rememoraban los orígenes medio clandestinos del centro, el oasis de educación moderna y avanzada que supuso la ikastola en el desierto del franquismo, la valentía que tuvieron los padres y las madres para impulsar aquel proyecto. Una vez entrevisté al director que durante más tiempo llevó el centro y, entre mil cosas, me contó que pocos políticos habían colaborado tanto y tan bien con la ikastola como Gregorio Ordóñez (concejal del PP en el Ayuntamiento donostiarra). Y que estuvo reunido con Ordóñez, para tratar asuntos de la ikastola, unas horas antes de que ETA lo asesinara el 23 de enero de 1995.

Lo mataron en el restaurante ‘La Cepa’, en la Parte Vieja, a pocos metros de donde todos los años empieza y termina mi tamborrada. Cuando ayer, día de San Sebastián, pasamos por allí tocando a eso de las 3.30 de la mañana, me acordé de ese asesinato y de otro más.

La primera vez que yo salí en la tamborrada, el 20 de enero de 1993, unos minutos antes de empezar a tocar a medianoche, los tamborreros y el gentío tuvimos que hacer sitio a una ambulancia que intentaba atravesar la calle 31 de agosto, abarrotada. No supimos qué ocurría. Recuerdo que esa noche llevábamos un crespón negro por la muerte de dos socios de la tamborrada -por esas muertes tuvimos plaza para salir los cuatro amigos que empezábamos-. En la plaza de la Constitución, un chaval borracho le agarró el crespón y le dijo algo sobre su puta madre a un gigante barbudo, una especie de Bud Spencer que tocaba el barril. El gigantón le pegó un puñetazo en la cara que lo tumbó.

Al día siguiente supe que aquella ambulancia iba a buscar a José Antonio Santamaría, dueño de la discoteca Ku, que fue asesinado por ETA de un tiro en la nuca durante la cena de la víspera de San Sebastián en la cercana sociedad gastronómica Gaztelupe. La fiesta continuó todo el día.

*

Está por escribir nuestro Gottland, nuestra “colección de pequeños cuentos crueles”. Ese libro me lo regaló Julen Gabiria y os lo rerrecomiendo.

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“Eta: me encontraréis en Atocha”

Mi tío abuelo Juan Alcorta tenía un almacén de aceites en la Parte Vieja donostiarra. En los años 50, convenció a los once almacenes de aceite que había en Guipúzcoa y fundó Koipe. Como dueño de los vinos Alcorta, hizo lo mismo en ese gremio y fundó Savin (ahora Bodegas y Bebidas). En 1975 fue uno de los fundadores de Bankoa (Banco Industrial de Guipúzcoa).

En 1980 recibió una carta amenazante de Eta en la que le pedían 20 millones de pesetas bajo la acusación de ser un burgués.

El 29 de abril de 1980, Juan Alcorta publicó en todos los periódicos vascos una carta abierta a Eta. Sobre la acusación de ser un burgués, respondió: “Así será si Eta lo dice, pero me extraña que saquen la conclusión de que debo purgar ese delito dándoles el dinero a ellos”. Se le planteaban cuatro opciones: 1) pagar, 2) negociar con Eta, 3) marcharse de Euskadi; y la que al final decidió: 4) “no pagar, no negociar y seguir viviendo aquí, poco o mucho, no lo sé”.

“Sé que con esta decisión puedo poner en peligro los años que me quedan de vida, pero hay algo en mi conciencia, en mi manera de ser, por la que prefiero cualquier cosa que ceder a un chantaje que está destruyendo mi tierra. (…). Los vascos no somos cobardes”.

“Eta: seguiré viviendo como he vivido siempre. Me veréis en las empresas de las que soy responsable. Me veréis en Atocha, aplaudiendo a la Real. Me veréis en algún partido de pelota. Me veréis en alguna sociedad popular cenando (…). Así pues, no tendréis necesidad de buscarme, como decíais en la carta”.

Juan Alcorta murió en diciembre de 2004 en San Sebastián, aquejado de alzheimer.

Si estuviera en casa, abriría una botella de Alcorta para brindar por él y por los que fueron tan valientes como él contra los asesinos.

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Caminante, ya hay camino

Con esa combinación tan guipuzcoana entre el entusiasmo por explorar el mundo y una txukuna elegancia, nuestra Diputación persiste en su afán: adentrémonos en la naturaleza más salvaje pero sin mancharnos.

Antonio Machado no conocía el Departamento de Montes de la Diputación de Guipúzcoa. Después de trazar una autopista para caminantes en las praderas de Jaizkibel, donde antaño cualquier octogenario podía dar un tropezón y ahora en cambio se podría celebrar una competición internacional de curling, las obras del Sendero Litoral Talaia han atravesado ya el monte Ulía. Los cientos de miles de euros gastados en el empeño suponen calderilla cuando vemos resultados tan conmovedores como el de la fotografía, que muestra el desvelo de nuestros prohombres y nuestras promujeres para ahorrarnos cualquier engorro: una pasarela para salvar esos cuatro metros de camino que a veces se embarran.

¡Ahí, con decisión, sin esperar a que el barro se trague a un niño!

Ya tenemos senderos con carril de aceleración, miradores con plataforma y barandilla, escalinatas palaciegas que sobrevuelan alambradas justo al lado de los tradicionales pasos (escalinatas relucientes que han sido rápidamente profanadas, como esa de Mitxitxola en la que alguien pintó “Absurdité payé pour l’Europe?”, tan babeante de pura envidia gabacha).

Pero no todo es loa, encomio y alabanza. Los diseñadores del Sendero Litoral Talaia nunca deberían olvidar que el primer hombre que dio la vuelta al globo y el creador de la alta costura mundial nacieron en el mismo pueblecillo costero guipuzcoano. Aventureros sí, pero con estilo. Por eso mismo, resulta un poco vergonzoso que la Diputación aún permita que en nuestros acantilados existan caminejos -fuera de la ruta Talaia- por los que todavía no es posible desfilar con tacones de aguja. Sirva esta foto como denuncia.

Tampoco parece razonable que los acantilados de Ulía sigan dejados de la mano foral, sin unas buenas vallas, unas escaleras con pasamanos, unas pasarelas peatonales voladizas reversibles ecológicas, un helipuerto. Vamos, lo que los expertos llaman una puesta en valor de espacios naturales. A nivel de.

Aquí unos espacios naturales sin poner en valor. Da pena verlos:

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Inmigranteak fuck off / ongi etorri

Ayer pasé junto a esta valla y sigue exactamente igual que hace un año, cuando la fotografié y la traje al blog. Viene al pelo para todo lo que hemos estado hablando esta última semana, así que copio también el texto que escribí entonces.

“El debate sobre la emigración es muy complejo, tiene muchos rincones, no puede simplificarse. Vale. Pero al final, después de darle mil rodeos, siempre vuelvo a la casilla de salida: qué derecho tenemos los habitantes de la opulencia a cerrarles el paso a quienes vienen de la miseria, en nombre de qué razones les impedimos que tomen su parte del pastel. Sólo se me ocurren respuestas egoístas.

La emigración es un jaleo, claro, quién lo niega. El asunto es que no parecemos muy dispuestos a ceder un milímetro de nuestra comodidad para que otros puedan respirar. Preferimos levantar un muro de excusas alrededor de nuestra chiripa geográfica para no saber nada de esas personas raras a las que les ha tocado nacer en el lado chungo, para no pensar que nuestro nivelón de vida es cómplice de la injusticia”.

(Hace un año también dejasteis comentarios y debates jugosos).

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Los ojos del camaleón

La prueba que hizo Sos Racismo el pasado viernes, para demostrar con testigos que en ocho bares de Bilbao impiden el paso a algunas personas por el color de su piel, ha producido reacciones airadas de algunos hosteleros y algunas autoridades. Era de esperar. A mí me han sorprendido otro tipo de reacciones, más suaves, matizadas, respetuosas y hasta amigables, pero que tienden a mirar a otro lado.

Algunos cuestionan el rigor científico de la prueba de Sos, niegan que tenga validez estadística o que sirva para establecer conclusiones sociológicas. Pues claro: en Sos Racismo nunca han defendido lo contrario. Han insistido desde el principio, una y otra vez: no pretendían hacer ningún estudio sino comprobar con testigos si ciertos bares, sobre los que había denuncias constantes de discriminación, negaban el paso a negros y moros. Como los resultados fueron contundentes, los medios y las instituciones han reaccionado y parece que algo se mueve. ¿Cuál es el problema de que Sos Racismo ayude a constatar y denunciar estos delitos?

Otros, esquivando la gravedad de los hechos denunciados, salen por peteneras señalando otras injusticias: que si a los tíos también les cobran por entrar en las discotecas (un argumento muy repetido en los foros), que si también hay otra gente discriminada, que si hay muchos otros prejuicios, que si nos la cogemos con papel de fumar…

A mí estas reacciones me han sugerido justo lo contrario: que nos la cogemos con papel de fumar cuando nos hablan del racismo en nuestra sociedad. ¿Racismo?, no, hombre, no es para tanto… Pues sí, yo creo que sí es para tanto, no me parece exagerado tildar de gravísimas las discriminaciones que reveló la prueba del viernes ni estas otras  situaciones que cuenta hoy June Fernández y que son un goteo permanente de injusticias. Tenemos las cloacas justo debajo de casa y lo peor es que todos caminamos por ellas, y casi siempre con las manos en los bolsillos.

Cuesta ponerse en la piel de las personas discriminadas, imaginar la humillación y el desprecio cotidiano. Incomoda pensar en la manera en que son tratados muchos emigrantes que viven entre nosotros, preferimos pensar que aquí somos muy majos y  no hay problemas, no tenemos por qué preocuparnos de nada, todo va bien, miramos a otro lado y somos complacientes con nosotros mismos.

En algunos casos ha molestado más la denuncia del racismo que el propio racismo. Es que la denuncia resulta incómoda, choca con la imagen plácida que tenemos de nosotros mismos. Esa es mi conclusión: que todo esto nos interpela, nos obliga a repensar nuestro entorno y eso incomoda. Por eso procuramos quitarle hierro.

Lo dice June en su entrada de hoy: cuando te enteras de una cosa, ya no puedes hacer como que no sabes.

Y eso incordia mucho.

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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