Yomimé
Alimente a un escritor
Como recordaréis, me escribieron de una casa rural alavesa para contarme que ‘Plomo en los bolsillos‘ era el libro que los clientes más veces les habían robado (tres). Hace unos días mandé tres ejemplares a la dueña de la casa y ayer recibí un paquete con el pago:
El lote: ¡un queso de Idiazábal!; el libro-guía de una caminata alrededor de la Llanada Alavesa; la revista local de Asparrena -en cuya portada sale una pastora que es amiga de un amigo-; un bloc de notas de un museo -la dueña de la casa rural no lo sabe, pero los textos de ese museo los escribí yo-; y unos cuantos bolígrafos y lápices -incluido “ese rojo que puedes llevar encima de la oreja, que puedes afilar con la navaja o con una piedra, y con el que puedes escribir en las paredes, en el suelo, en una piedra o una teja”.
Hace años, un amigo biólogo navarro, al que corregí los textos de un libro sobre el oso pirenaico, me pagó con varios kilos de hongos cocinados y congelados. En un pueblo guipuzcoano minúsculo, con mucho entusiasmo y poco presupuesto, a Josu y a mí nos pagaron una charla con un queso y varias botellas de sidra. Así que ya sabéis, que cunda el trueque: podéis pagarme con un bocata de tortilla y una caña, con otro libro, con unas babuchas kirguisas, con un masaje, con un cenicero hecho de macarrones…
Y si queréis hacer una escapada preciosa, no lo dudéis: el agroturismo Mendiaxpe es una delicia. Está en Araia-Asparrena, al pie de las sierras de Aizkorri y Aratz, y además tiene unos libros fantásticos para robar.
Entrevista en TV3
El programa “Signes dels temps”, de TV3, me hizo una entrevista en Barcelona la víspera de volar a Bolivia. Me preguntaron sobre los mineritos, las guaraníes futbolistas y los refugiados saharauis. Podéis verlo en este vídeo de ocho minutos, en el que incluyeron fotos de las guaraníes tomadas por Daniel Burgui.
¡El más robado en Álava!
Me escriben desde un agroturismo alavés para contarme que Plomo en los bolsillos es el libro que los clientes más veces les han robado (tres). Y usted ¿todavía no lo ha robado?
Premio Gomis de periodismo solidario
Queridos, queridas:
Me han dado el premio Joan Gomis de periodismo solidario, que se concede a periodistas que trabajan “contra las desigualdades, la pobreza y la exclusión social”. Lo otorgan la revista El Ciervo y las asociaciones Cristianisme i Justícia, Justícia y Pau, Fundació por la Pau, la Fundació Cultura de Pau y Foc Nou.
Me han premiado tres reportajes: ‘Mineritos. Niños trabajadores en las entrañas de Bolivia‘ , ‘Las madres guaraníes saltan a la cancha‘ y ‘Once voces en el desierto‘.
El jurado premia “especialmente el titulado “Mineritos”, por su calidad periodística, por la fuerza de la historia de los niños mineros bolivianos, en quien centra la atención del reportaje huyendo de una visión fácil y en clave paternalista, y por la interesante reflexión final sobre el trabajo infantil; así mismo, han sido premiados los reportajes “Las madres guaraníes saltan a la cancha”, por el tono esperanzado en que retrata el coraje de unas madres decididas a impulsar una pequeña revolución social en el durísimo entorno de la región del Chaco boliviano y finalmente “Once voces en el desierto”, por el acierto en la elección de los testimonios de refugiados del campamento de Tinduf (Argelia), haciendo visible el largo y silenciado conflicto saharaui, así como el mantenido soporte de la sociedad civil española”.
También han premiado la trayectoria profesional del fotoperiodista Kim Manresa: muchas felicidades.
Doy las gracias de manera muy especial a los editores que decidieron publicar estas historias: Javier Marrodán (Nuestro Tiempo), June Fernández (Pikara), Iñaki Mendizabal y Unai Larrea (Deia), Alfonso Armada (FronteraD), Eider Goenaga (Berria), Stefano Femminis (Popoli, Italia), Francisco Campillo (Shukran) y Álex Ayala (Pie Izquierdo, Bolivia).
También a los amigos que me acompañaron en algunos de esos viajes: Daniel Burgui, Elena Antúnez, Laura Herrero y Josema Cestero.
Y tengo un recuerdo muy intenso para las personas que conocí en Bolivia y en Argelia, que me dieron una ayuda y una confianza crucial para escribir estos trabajos, y a quienes espero ver y escuchar pronto otra vez.
¡Alegría!
Arrancar
Hace poco celebré conmigo mismo y con una sesión nostálgica de fotos el quinto aniversario de Vespaña, la vuelta a España en vespa. Tuve recuerdos especiales para Francis y Josema, que me acompañaron al final y al principio del viaje, y para sus peculiares habilidades sobre la moto: dormirse en marcha y disfrutar de una caída.
A la primera. He pisado el pedal de arranque y ha atronado el motor (¡rugido de brontosaurio!). Otro triunfo de la sencillez. El arranque de la vespa es tan simple –no tiene ni batería- que basta con la pura fuerza mecánica: pisa fuerte la palanca y ya está. Dentro de cien años, cuando se termine de descongelar Siberia, los arqueólogos desenterrarán una vespa y serán capaces de ponerla en marcha como si fuera la primera vez.
La sencillez es la clave. La sencillez permite que las vespas y los viajes arranquen a la primera. En cuanto surge la idea-calambrazo, basta con hinchar las ruedas, renovar el seguro, cargar la tienda de campaña… y marcha. No hace falta nada más. Y desde que se toma la decisión repentina -sin ninguna elaboración, sin ningún razonamiento, sin ninguna duda- hasta el instante de arrancar la moto, se viven unas horas de excitación tremenda. Son las horas PetaZeta. Y ese momento de arrancar la moto justo debajo de casa, meter primera y salir a la calle -propropopopo…- es quizá el mejor momento de todo el viaje. Creo que salir de viaje me gusta todavía más que viajar.
Y supongo que esa euforia viene por un pequeño chute de libertad en vena. Cuando teníamos 17 años y salimos por primera vez (aquel día pedaleamos desde las siete de la mañana hasta las siete de la noche), nos dijeron que esos arranques viajeros eran cosas de la edad y que debíamos aprovecharlos bien porque más adelante no podríamos seguir así. En estos últimos años, cuando surge una de esas ideas-calambrazo en una llamada, unas horas más tarde suele venir una segunda llamada telefónica, de asimilación, en la que Josema dice una frase como ésta: “Lo mejor es que con 31 años tenemos las mismas ganas de salir con la vespa que con 17 años con la bici”. En esa segunda llamada de anoche también añadió que ve a su padre, de 65 años y trepador de tresmiles y cuatromiles, con esa misma ilusión. Parece, por tanto, que no es cuestión de edad.
Nuestras vidas son ahora bastante más complicadas que hace 14 años. Pero una vez cada tantos meses, cuando nos da el momento filosófico, repetimos la misma canción: es importante seguir con el empeño, es importante mantener una vida lo más ligera y sencilla posible. De ahí viene la euforia cada vez que arrancamos con un viaje repentino: en el fondo celebramos que seguimos siendo capaces de plegar bártulos en cinco minutos”.
*
En una carpeta remota encontré dos folios escritos a tres columnas: largas listas con nombres de pueblos y kilometrajes. Sin Google Maps, entonces abríamos el mapa y sumábamos los kilómetros entre un punto y el siguiente y el siguiente, y lo íbamos apuntando en un folio. Era más lento pero aprendíamos geografía. En casa tengo varias listas así, como testimonios de amagos de viajes fantásticos, nunca cumplidos pero muy fantaseados. Uno de ellos es este extracto del Códex Vespino, en el que tracé un borrador de recorrido para darle la vuelta a España en vespa, que no tuvo nada que ver con lo que hice después:
A ver qué va a pasar aquí
Nunca habían retuiteado, feisbucado, comentado y meneado tanto un texto mío hasta que hablé de mis fracasos. Todo un detalle por vuestra parte. Los peores sois los que habéis intentado consolarme, diciendo aquello de que se perdió un ciclista mediocre pero a cambio se ganó un periodista y tal y cual –un contador, en vez de un Contador, como escribió Allendegui, el más fino y por tanto el más cruel de todos vosotros-. Hombre, hombre, como que iba a dedicarme yo a escribir si hubiera podido ser ciclista.
Por lo visto, vende mucho esto de contar miserias propias, pero a mí me queda algo más que decir: ciclista mediocre, vuestra abuela.
Alberto Contador tendrá a Carlos Arribas cantando sus gestas en El País, pero en julio de 1992 yo tuve a mi Cristina Bengoetxea, corresponsal de El Diario Vasco en el barrio de Intxaurrondo, para escribir esta crónica de aires homéricos. Es tan evidente que Arribas forjó su escritura copiando ese estilo bengoetxesco de incisos dentro de incisos dentro de incisos, que cuando el viernes Contador lanzó su ataque kamikaze en el Télégraphe, a 90 kilómetros de meta, lo vi claro: “Arribas le ha contado lo mío de Oñati”.
Así dejé el ciclismo
La primera conciencia de la propia vejez la tuve con 20 años, cuando dejé el ciclismo de competición. Pensé: nunca más subiré desde el cruce de Erregenea hasta Polipaso en dieciséis minutos.
En realidad, al quitarme el dorsal suspiré de alivio. Mi última temporada consistió básicamente en ver culos, muchos culos por delante de mí. Lo máximo de lo que puedo presumir es de haber visto de cerca culitos finos de ciclistas que luego fueron famosos, de haber sido gregario de Roberto Heras un par de veces –ganó en ambas: Lesaka y Ororbia-, de haber visto mi nombre algún día casi al final de la primera página de la clasificación y, sobre todo, de haberme retirado en una carrera porque no soportaba un descenso. La subida la aguanté sin problemas, ya que apenas necesitaba sentarme en el sillín, pero la bajada… probad a bajar un puerto sin sentaros. No sabéis qué verano pasé, el verano de las pomadas y de los andares de John Wayne, con el perineo irritado y descamado como el culo de un macaco.
Pero el último kilómetro de mi última carrera fue memorable. Antes, a mitad de recorrido, una escapada con corredores de muchos equipos voló a por la victoria. Tomaron muchos minutos de ventaja, en el pelotón nadie quería tirar y nos quedamos todos muy conformes: así pudimos escalar de manera amistosa las rampas de Elgueta, el último puerto de mi historial, coronado sin ningún sufrimiento. Pedaleábamos tan relajados al sol, que yo me hice el graciosillo y el sobrado, y empecé a tararear “Verano azul”. Me pareció muy acertado, ingenioso y cómplice. Luego, en meta, entre los coches de los equipos, oí que un ciclista le decía a otro: “¿No has oído a un gilipollas cantando en Elgueta?”.
La cosa es que bajamos Elgueta, entramos en las calles de Bergara pedaleando con la intensidad de Tito y Piraña, y en el último kilómetro atacó el habitual bobo que ve la oportunidad de rematar el año con un 34º puesto. Esas impudicias sientan muy mal en el pelotón. Alguien le insultó, alguien más gritó “¡a por él!” y nos lanzamos en su persecución. Terminé mi carrera ciclista dando relevos a muerte para cazar a un idiota. Mejor aún: cuando ya lo teníamos a veinte metros, el que se apartaba del relevo le tiró un bidón. A muchos les pareció una idea fantástica y empezaron a lanzar bidones y más bidones por los aires, mientras perseguíamos al imbécil a 50 km/h por la calles de Bergara. Y así entramos en meta, cuando el ganador ya recibía las flores, insultando a un tonto y esprintando bajo una lluvia de botellines, para consternación de los espectadores y cabreo de los jueces, que amenazaron con sanciones y apuntaron dorsales. Total, yo no me puse uno nunca más.
Ese final estrafalario mitigó otras escenas tristes de aquel año, incluso las acabó enmarcando en un cuadro general de simpáticas derrotas. Aunque maldita la gracia que me hacían en el momento, como cuando escuché el comentario cruel de una espectadora, durante mi paso solitario y descolgado por un pueblo de la Ribera navarra. ¿Se creen que los ciclistas no oyen?
Aquel día soplaba un vendaval, costaba mantenerse sobre la bici, y en el kilómetro 10 una ráfaga tiró a medio pelotón. Yo no me caí pero quedé atrapado en la montonera. Me bajé, salí andando al sembrado, troté con la bici en la mano, volví al asfalto, salté al sillín y me encontré solo, solísimo, con el pelotón cabecero en el horizonte, pero muy en el horizonte, casi al final de Arizona.
Contra aquel viento no se podía pedalear en solitario. La carretera era llana pero yo no movía más que un 39×18, una multiplicación para escalar puertos, y apenas pasaba de los 20 km/h. Así llegué, mal que mal, hasta un pueblo que apareció en la llanura como una colonia en Marte. Pasé solo, fané y descangallado. Ya se les habían acabado los aplausos. Y al verme, una madre le dijo a su hijo, un chavalín vestido de ciclista:
- Si vas a andar como este, tú mejor ni salgas, ¿eh?
Más gracia me hicieron los ánimos de una señora, asomada a la ventana de un caserío, que también me vio pasar en solitario, descolgado, bajo un chaparrón, subiendo un puerto en Carranza (¿Uba, Euba, cómo era?).
-¿Cuánto falta hasta arriba? –le grité.
-¡Sólo un kilómetro! ¡Pero justo ahí se retiró Induráin!
Sin embargo, en aquel año de miserias conseguí una hazaña de la que muy pocos ciclistas pueden presumir. Fue en la carrera de Vitoria, donde yo tenía clarísima mi táctica. Dado que llevaba todo junio haciendo exámenes de Periodismo y apenas me había entrenado, dado que en el kilómetro 30 subíamos un puerto en el que inevitablemente me iba a descolgar, dado que los jueces nos eliminaban en cuanto perdíamos unos pocos minutos, para así dejar la carretera libre al tráfico, si quería durar más de una hora en carrera sólo me quedaba una opción: atacar de salida. Atacar, a ser posible con un poco de compañía, llegar a pie de puerto con ventaja, intentar que el pelotón me alcanzara lo más tarde posible y después ya iríamos viendo.
Salimos del centro de Vitoria. Recorrimos las calles mansamente, detrás del coche del juez de carrera, y enseguida llegamos a las rotondas y las avenidas exteriores de la ciudad, para enfilar hacia las montañas. Era el momento: arranqué como una centella por un costado del pelotón, metí la cabeza en el manillar y esprinté como si la meta estuviera no a 150 kilómetros sino a 150 metros. Me abuchearon. Bastante fuerte.
Me gritaron, me insultaron, y me pareció justo. Yo estaba haciendo el papel del odioso tocapelotas, casi siempre un fantasma y un incapaz, que se pone a jugar a ciclista en el primer kilómetro porque no vale para hacer nada meritorio en ningún otro momento de la carrera.
Lo que ya me sorprendió es que me hiciera reproches el juez de carrera. Pasó su coche a mi lado y me gritaron desde la ventanilla:
-¡Tú! ¡Adónde vas!
“Hasta meta”, pensé, sintiéndome Hugo Koblet en la etapa Brive-Agen del Tour del 51, cuando se fugó en una tachuela de tercera a falta de 140 kilómetros en una etapa sin relieve, ignoró la bronca de su director por aquella estupidez y resistió la persecución feroz del grupo hasta ganar la etapa con dos minutillos y una sonrisa muy cabrona. Al llegar a meta, Koblet sacó un peine que solía llevar en el bolsillo trasero del maillot y se puso guapo. Años después se supo que esa mañana se había metido un supositorio de cocaína para adormilar las punzadas de un forúnculo, treta que por desgracia yo ignoraba aquel día en que me retiré en el descenso del perineo, que eso sí que era una cordillera.
Total, que adónde iba. Hasta meta no, claro, pero hasta el pie del puerto sí, hombre, por qué no. Giré la cabeza y vi que se me acercaba otro ciclista. Bien, juntos lo íbamos a tener más fácil. Además, pronto distinguí que era Iñaki, un amigo que corría en un equipo distinto. Pero no venía a acompañarme en la fuga, sino a darme un aviso terrible de parte del pelotón:
-¡Oye, para, que todavía estamos en la salida neutralizada!
Yo no había visto ningún banderazo del juez, es cierto, pero es que en las calles de Vitoria iba en medio del pelotón y al salir de la ciudad a carretera abierta supuse que ya lo habría dado. Pero no. La carrera no había empezado aún.
Esperé al pelotón con las orejas plegadas. Me llamaron de todo menos Koblet. El juez dio por fin el maldito banderazo y volví a arrancar por un costado, sobre todo para escapar de mi propia vergüenza. Ocho o diez tíos saltaron a por mí con el colmillo goteando. Parón. Volví a atacar. Volvieron a por mí. Acepté la condena, me dejé hundir como un plomo hacia el fondo del pelotón y allí me quedé, hasta que llegó el puerto, perdí dos minutos, luego tres, luego cuatro, los jueces me eliminaron en el kilómetro 45 y tuve que volver solo hasta Vitoria, sin tener ni siquiera un peine en el maillot.
Huecos
Durante un año fui escribiendo, por amontonamiento, un libro boliviano. Luego le hice un prensado de dos meses. Ni así: ya tengo libro pero no vale. Aprieto, aprieto, pero quedan huecos evidentes. Así que una de tres: o lo olvido, o escribo ficción como los vagos o me compro otro billete aéreo.
Mientras me lo pienso, invoco a la inspiración.












