Viajes

Salir del túnel treinta veces

Las caravanas persas empezaban sus viajes a última hora de la tarde, recorrían solo cinco o seis kilómetros y acampaban. Así, como suele suceder en la primera noche de los viajes, los despistados tenían margen para darse cuenta de que habían olvidado algo importante, volver a casa a recuperarlo y reunirse de nuevo con la caravana.

Sara y yo hemos empezado este viaje pedaleando de San Sebastián a Pamplona por el camino del viejo tren del Plazaola. No ha sido tan corto como la primera etapa de una caravana, pero nuestro destino era la casa de Antonio y Ester, donde aún podemos resolver cualquier despiste, y esta noche ha llegado en coche Josema, con el queso que le hemos entregado esta mañana para que lo trajera a Pamplona. Es que hemos cenado en un parque a orillas del Arga,  con Esther, Antonio, Nerea, Mikel, Dani, Josema, Bea y familias.

Ha sido un placer reencontrarnos con nuestros amigos navarros, ha sido un gusto cruzar por fin las mugas provinciales, ha sido una alegría pedalear el día entero al sol. Después de tantos meses de confinamiento, lo de ver la luz al final del túnel ha sido literal, treinta o cuarenta veces literal. El viejo trenecito del Plazaola atravesaba 66 túneles entre Andoain y Pamplona. Nosotros hoy hemos cruzado más de treinta, como este de la primera foto, el impresionante túnel de Uitzi, de 2,7 kilómetros, en cuyo interior se encuentra la divisoria cantábrica-mediterránea. Desde la boca sur vas subiendo suavemente dentro del túnel, hasta que en cierto punto empiezas a bajar hacia la boca norte. Las aguas que gotean hacia el sur, van al Mediterráneo; las que dan al norte, al Cantábrico.

Hoy hemos visto la luz al final del túnel, una y otra y otra vez. Este es uno de los peligros de las primeras etapas de los viajes: que vas buscándole significados al paisaje extraño. En los siguientes días ya esperamos cruzar paisajes crudos y pequeñas historias sin peligros por desprendimientos de metáforas.

Otros momenticos: Raúl y Guillem (11) nos han dado relevos desde Andoain hasta Leitza. Josu ha aparecido por sorpresa en Andoain y nos ha entregado un paquete misterioso; al abrirlo en Leitza hemos descubierto que  contenía bombas: dos de crema y dos de nata.

 

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Salimos de viaje sin etiqueta

Zumba de nuevo la máquina cortapelos: nos vamos.

Después de varios meses de confinamiento, de techos bajos y horizontes clausurados -decir horizonte guipuzcoano es como decir hípica azteca o fonética del cine mudo-, este domingo 21 de junio, justo cuando el sol alcance su mayor altura aparente en el cielo, S. y yo saldremos de viaje en bici. Nos vamos, nos vamos.

Queremos cumplir al menos algunas partes del viaje que suspendimos por culpa del coronavirus.  A partir del 1 de abril, planeábamos recorrer toda Italia en bici, empezando por Cerdeña y Sicilia, pasando luego a Calabria, subiendo por la península hasta los Alpes. Teníamos ya el billete de barco para Cerdeña cuando llegaron las primeras noticias raras: Italia obliga a dejar metro y medio entre las personas. Nos reíamos: ¿podremos ir uno a rueda del otro? Luego nos reímos cada vez menos: Italia cierra las fronteras hasta el 3 de abril. Anda, ¿tendremos que retrasar nuestro viaje cuatro días?

Este domingo saldremos en bici desde Donostia (“me gusta empezar los viajes en la puerta de mi casa”), iremos pedaleando hacia el Mediterráneo, luego queremos pasar a Cerdeña y seguir deambulando verano adelante.

Así que zumba la máquina cortapelos: toca raparse el cráneo, como en las vísperas de todos los viajes.

Me gusta ese rito, porque es como quitarse el polvo acumulado en la cabeza, como podarse las inercias, perezas y dudas que crecen en el cerebro durante el sedentarismo. Y me pone un poco nervioso, porque lo asocio con los preparativos de última hora, con la impedimenta desparramada por el suelo –las alforjas, la tienda, el saco de dormir, la ropa, el cuaderno, la cámara de fotos-. Cuando zumba la maquinilla, ya casi me siento libre. Y eso me pone contento y temblón.

Nos vamos ligeros.

Llevamos muy poca ropa y, para aligerarla, cortamos hasta las etiquetas de los calzoncillos y las camisetas.  Pasad, acompañadnos, poneos cómodos: es un viaje sin etiqueta.

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Una noche en la cresta

En su viaje con una burra, Stevenson dejó caer monedas en el sendero para pagar una noche al aire libre que le maravilló. Nosotros hemos dormido en esta repisa a 2.087 metros, en la cresta volcánica de La Palma, tras ver cómo los vientos alisios metían el mar de nubes en la Caldera de Taburiente. ¡Clinc, clinc, clinc!

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El camino es una memoria grabada con los pies

Un par de cosicas que os quiero decir sobre ‘Cansasuelos‘.

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La orquesta que salió del vertedero

«En uno de los barrios más pobres y violentos de Oaxaca (México), los jóvenes consiguieron violas, violines, saxos y clarinetes. Algunos de ellos eran pandilleros, chicos de la calle devastados por la inhalación de disolvente: ahora, en los ensayos, pasan horas concentrados ante el pentagrama. Han montado una orquesta sinfónica y están transformando el barrio».

He publicado este reportaje en la revista Papel. Aquí está completo: La orquesta que salió del vertedero.

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Foto: Andrea Mantovani.

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El ciclista que hablaba con las moscas

Primero se preocupó un poco: pedaleaba en solitario por el desierto de Túnez, no sabía muy bien hacia dónde tirar y siguió una pista. Luego se agobió: la pista se colaba entre unas montañas áridas y se fue desvaneciendo, hasta que desapareció. Luego se asustó: se le echó la noche encima, acampó bajo las estrellas, siguió perdido por las montañas un día más, se le terminó la bebida, se le terminó la comida, se le echó encima una segunda noche, siguió arrastrando la bici un día más, se le echó encima una tercera noche de sed pedregosa. Al tercer día se emocionó: consiguió situarse por fin en el mapa, salió a un oasis y encontró a un hombre que le ofreció un té. El hombre le indicó el camino para llegar hasta una aldea. Allí Sergio Fernández Tolosa se hartó de beber, comer y dormir. La experiencia había sido terrible, así que decidió repetirla.

Y se puso a cruzar los mayores desiertos del mundo en bicicleta, siempre solo.

Sigue aquí: ‘El ciclista que disputaba la sombra a los camellos‘, en la revista Yorokobu.

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Sorprender a los pájaros

Km 2.817. Hemos conseguido definir las carreteritas por las que estamos atravesando Francia: son carreteras en las que sorprendemos a los pájaros.

(Mirlos, urracas o perdices, que pasean tan tranquilas por el asfalto porque nadie pasa nunca por allí, hasta que el zumbido de nuestras ruedas les da tremendo susto y salen correteando y volando: las hemos sorprendido tantas veces. También a un par de ardillas nerviosas, a gatos dormidos, a burros impertinentes).

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Sorpasso

Kilómetro 1.880 del viaje y ya vamos cogiendo la forma: empezamos a adelantar a otros ciclistas.

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Empieza el retorno

Empezamos el retorno de Parma a San Sebastián. Hoy hemos cruzado ya los primeros territorios ignotos habitados por monstruos. A 25 kilómetros del pueblo de S. empieza la Bassa Parmense, una región de la que me habían explicado lo siguiente: 1) sus habitantes comen gatos; 2) en verano los mosquitos son tan grandes que llevan matrícula; 3) en invierno la niebla es tan densa que hasta puedes apoyar la bici en ella (“Na fumära acsì fissa ch’a t’ gh’é pól pozär incontra la biciclètta”).

Pero en primavera no hay mosquitos ni nieblas, y lo más parecido que hemos visto a un monstruo ha sido un señor de unos sesenta años –melena canosa atada en una coleta, tatuajes en los brazos- que tomaba café a nuestro lado en una terraza de Cortemaggiore y que le gritaba a un jovenzuelo que a ver si últimamente chingaba o qué. Luego, pedaleando de nuevo, hemos visto a un gato blanco cruzando la carretera y el conductor que venía de frente ha frenado y le ha dejado pasar. Muy decepcionante -como ocurre con todas las incursiones en tierras de monstruos-.

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Como fuera de casa, no se está en ninguna parte

Mil kilómetros atravesando Francia a pedales con J. Ahora hemos pasado dos días de descanso -valga la redundancia- en Fréjus, rellenando el depósito con pains au chocolat y metiendo los muslos en el Mediterráneo frío. Mañana queremos ir hasta Ventimiglia: J. cumplirá su promesa de cenar una pizza conmigo en Italia. Y luego seguiré solo. Ciao!

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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