Anderiza

Publico un libro a pedales: ‘Pirenaica’

Publico un libro viajero y ciclista: ‘Pirenaica’, catorce etapas de mar a mar, catorce crónicas de la cordillera. 

La editorial Geoplaneta ha colgado aquí el primer capítulo, por si queréis leerlo.

Encontraréis montañas medio mágicas y hombres medio osos, un pueblo de pescadores chiflados y un Tour sin un solo cuerdo, una aldea cubista y un viento surrealista, osos eslovenos y peregrinos coreanos, una guerra que empezó por una señal de Stop y otra que acabó por tres vacas, monstruos tímidos y camareros gruñones, un país enano entre montañas gigantes, emperadores enamorados y condesas pelirrojas, héroes de mentiras y esclavos de verdad. (Y un zorro).

Presentaremos el libro el 2 de mayo en Barcelona, el 9 de mayo en San Sebastián y en otras ciudades en los días siguientes. Cuando sepamos los detalles, los publicaré.

Feliz pedaleo.

 

0

Eutyches y diez más

Xabi Prieto se retira. Traigo esta columna que publiqué el pasado 15 de febrero en El Diario Vasco, en la que yo ya me iba preparando.

EUTYCHES Y DIEZ MÁS

Me senté en un retrete emocionante. A la puerta le habían rebajado el ángulo superior izquierdo, para que pudiera abrirse sin rozar un arco de piedra. El arco formaba parte del circo romano de Tarragona, porque estas casas de la plaza de la Font están construidas así, aprovechando las bóvedas que sostenían el graderío. Así que, en el retrete de aquella cafetería, en la mismísima entraña del circo, imaginé que era un auriga nervioso, a punto de competir en la carrera de caballos. ¡Ya llaman las trompetas!

Del circo quedan una cabecera, la puerta triunfal, parte del graderío, galerías bajo las casas de Tarragona. Y lo más conmovedor: las lápidas de Eutyches y Fuscus, dos aurigas que murieron jóvenes. Los partidarios de la facción azul (los peñistas de la época) tallaron palabras para homenajearlos: eran diestros con las riendas, lucharon y no temieron, fueron amados por la afición, vivieron bellamente, el hado tuvo celos y se los llevó. “Derrama flores sobre sus restos, como cuando les aplaudían en vida”, nos piden las lápidas al cabo de dos mil años.

Cuando mi madre se harta de tantísimo fútbol, se aferra a una esperanza estrambótica: la caída del imperio romano. “Si los gladiadores desaparecieron, también desaparecerá el fútbol, ¿no?”, nos dijo una vez cuando salíamos hacia Anoeta. A mí me da apuro, por ella, que estos días andemos arriba y abajo con el festival Korner, con el fútbol metido hasta las librerías y los teatros, y pienso que ojalá sepamos contar que en estos juegos banales hay un impulso quizá bobo pero muy humano. Que ojalá alguien entienda, dentro de dos mil años, nuestra necesidad de tallar esta frase: aquí jugó Xabi Prieto.

0

Por todo lo alto

Ya decía mi abuela que yo iba a llegar alto escribiendo: la semana próxima presentaré ‘Potosí’ a 3.600 metros de altitud, en La Paz (Bolivia). Será el martes 13 de marzo, a las 19.00, en el Centro Cultural de España, por si os viene de paso. Lo organiza la editorial El Cuervo

Y ya decía que iba a llegar lejos: el 28 de marzo lo presentaré en Santiago de Chile (lugar y hora, pendientes de confirmación). Lo organiza Libros del revés.

(Al neozelandés Edmund Hillary, uno de los dos primeros en pisar la cumbre del Everest, le preguntaron cómo era eso de vivir tan lejos. Y respondió: “Tan lejos de qué”).

Imagen de previsualización de YouTube

2

Cuatro columnas

Dejo aquí cuatro columnas de las que publico todos los jueves en la contra de El Diario Vasco.

SEÑORAS (8 de marzo)

Un crítico se preguntó en Twitter qué hacían unas señoras en la cola para ver una película sobre el colonialismo en África, dentro del festival donostiarra de Cine y Derechos Humanos. Las nombraba con sorna: qué hacen aquí, decía, “unas señoras del Príncipe”. En tiempos se publicaron artículos jocosos sobre los grupos de señoras mayores que van al cine Príncipe, sobre sus supuestos gustos y actitudes. Algunos decían que las trataban con simpatía y respeto por su fidelidad cinéfila, y así será, pero a menudo esa etiqueta chorrea displicencia y prejuicios.

Lo recordé porque la semana pasada di una charla en Helduen Hitza, una asociación de mayores de 55 años. Como ocurre en estos casos, la sala estaba repleta con unas ochenta personas entusiastas. Me tuvieron dos horas, me apretaron con preguntas afiladas sobre Bolivia, el capitalismo minero, el cooperativismo, Evo Morales, el trabajo infantil, las oenegés, la crisis del periodismo, no sé cuántos asuntos más, y tuvimos que dejarlo porque algunos se iban a clase de euskera. A esas charlas suelo llevar tres o cuatro libros y siempre me los compran, me preguntan en qué librerías pueden encontrarlos o si me parece bien que los encarguen en las bibliotecas de sus barrios. Me piden el correo, me preguntan por asociaciones con las que colaborar, quieren referencias de libros y pelis. Al marcharme, vi su programa para los siguientes días: visita guiada a una exposición de pintura en San Telmo, conferencia sobre microbios, senderismo por Izarraitz, foro de reivindicaciones feministas, certamen de relatos cortos. No conozco ningún público más interesado, activo y exigente que estos señores y estas señoras, sea cual sea el tema, y me apunto su lección discreta: prejuzgar poco, preguntar mucho.

 

SEIS HORAS (1 de febrero)

Cada vez que se acerca el primer sábado de febrero, me pincha la nostalgia: añoro las Seis Horas de Euskadi.

Pasé la infancia dando vueltas al velódromo de Anoeta, aprendiendo muchas cosas. Aprendí a concentrarme en la rueda delantera, a pedalear hombro con hombro, a coordinar los relevos, a pegarme tortazos, a apretar un poco más, un poco más, un poco más. Una vez al año venían campeones del mundo, ganadores del Tour, reyes de los velódromos europeos, y volaban en la pista, en nuestra mismísima pista.

Ahora veo toda una trayectoria biográfica, desde la primera vez que me llevó mi padre a las Seis Horas, con seis años, hasta las últimas ediciones, ya con treinta y pico. En la primera, en 1982, dos chavales guipuzcoanos vestidos de blanco, Cabestany y Lekuona, ganaron a las figuras internacionales. Volví a casa impresionado: aprendí que nosotros también podíamos, quizá, quién sabe, algún día. Un cuarto de siglo más tarde, íbamos a las Seis Horas en cuadrilla y sacábamos una pancarta con el nombre de otro ciclista de casa, porque era amigo nuestro, y nos emocionaba verlo peleando en los peraltes. Hombre, íbamos madurando y ya intuíamos ciertas normas: alguno de los ciclistas locales ganaba casi siempre una de las pruebas menores, pero aplaudíamos igual de contentos. Hasta que nuestro amigo lanzó un lejanísimo sprint de vuelta y media con todos los favoritos a su rueda, mantuvo una resistencia heroica que nos pareció un poco rara, cruzó la meta, alzó los brazos, el velódromo rugió, y nosotros, adultos de golpe, en lugar de airear la pancarta, la recogimos con apuro. Avergonzarse un poco cuando ganan los nuestros fue otra lección, y no de las menores, que aprendimos en el velódromo.

 

FUGAS (22 de febrero)

Me estaba acostumbrando a la épica de reality show que se extiende entre korrikalaris, ciclistas, montañeros; a las pruebas que quieren convencer a sus participantes de que son héroes, exploradores, campeones –antes terminaban una carrera, ahora conquistan un rango: son finishers–; a la palabrería de la superación personal, a los vídeos con timbales y tatachanes. Pero llegó La Fuga Trail.

En 1938, 795 presos huyeron del Fuerte de San Cristóbal, los soldados franquistas los persiguieron por los valles pirenaicos y mataron a más de doscientos. El Gobierno de Navarra ha trazado un sendero de 53 km con paneles que explican la masacre. Estupendo. Estos recorridos por la memoria necesitan pausa, por eso no me gustó que anunciasen una carrera –perdón: un ultra trail–, pero oye: tenían derecho. Lo que me chirriaba, como uñas rascando una pizarra, era la retórica. Los organizadores -“deportistas curtidos en mil batallas”- colgaron un vídeo con atletas que huían entre sirenas por el bosque, mirando atrás como si los persiguieran. No explicaban nada sobre asesinos y víctimas, decían que 206 personas “perdieron la vida” y presentaban a los fugitivos como una especie de pioneros del deporte de aventura: “Solo uno de cada tres tuvo el coraje de lanzarse al monte”, “mostraron constancia y destreza: la esencia del trail running”. Uno de los patrocinadores era el Ejército, eso encendió protestas y anteayer suspendieron la carrera. Recordé que el Ejército anda recuperando los búnkeres de la década de 1940 en el Pirineo y que un teniente coronel declaró su admiración por esas obras: “Debió de ser muy duro hacerlas”. Ni palabra sobre los miles de presos forzados que las levantaron. Hay discursos que trabajan a favor del silencio.

 

TAMBORES DEL 93 (18 de enero)

Solemos discutir por la fecha, por los detalles, por el recuerdo de algunos episodios de nuestras vidas. Pero muchos donostiarras disponemos de referencias rigurosas: sé que era tal día, porque fue cuando mataron a fulano.

Lo hemos discutido entre amigos, y yo sé, sin ninguna duda, que la primera tamborrada adulta en la que participamos fue la de 1993, poco antes de cumplir los 17. Lo sé, porque unos minutos antes de la medianoche del 19 al 20 de enero, cuando ya estábamos formados, los tamborreros nos apartamos para dejar paso a una ambulancia que intentaba atravesar la calle 31 de agosto, abarrotada. No supimos qué ocurría. Tocamos tres horas por la Parte Vieja y supongo que entre la gente empezó a circular la noticia del asesinato. Esa noche llevábamos un crespón negro en el brazo, por la muerte reciente de dos miembros de la tamborrada -por esas muertes quedaron suficientes plazas libres para que saliéramos los cuatro amigos que empezábamos-. Y cuando llegamos a la plaza de la Constitución, un chaval borracho y agresivo se acercó a un compañero de la tamborrada, a un gigante barbudo que tocaba el barril, le agarró el crespón negro y le preguntó si lo llevaba por su puta madre. El gigante barbudo, una especie de Bud Spencer, le pegó un puñetazo en la cara que lo tumbó. Era mi primera tamborrada y pensé que la cosa era más intensa de lo que suponía.

Al despertar al día siguiente, supe que aquella ambulancia iba a buscar a José Antonio Santamaría, padre de tres hijos, asesinado por ETA de un tiro en la nuca durante la cena de la víspera de San Sebastián en la sociedad Gaztelupe. La fiesta siguió todo el día.

cerrados

M8, 8M

cerrados

‘Fariña’ y los avisos para navegantes

Este jueves dedico mi columnita semanal en El Diario Vasco al secuestro de Fariña, y a los libros como uno de los territorios más libres para los periodistas: LIBROS LIBRES.

 

cerrados

“No sé si en la final de 1988 jugamos once contra once, o catorce contra ocho”

Aquí está la entrevista que le hice a John Benjamin Toshack en el Teatro Principal de San Sebastián, el pasado 22 de febrero, durante el festival Korner.

Si quieres saber qué dos o tres cosas necesita alguien para ser un entrenador, por qué decidió Toshack despertar a los jugadores en Oviedo a las cuatro de la mañana para subirse al autobús, o qué hizo Arconada cuando iban ganando 10-0 al Mallorca Atlético y encajó un gol en el último minuto, dale al play:

Imagen de previsualización de YouTube
cerrados

Contra el secuestro de ‘Fariña’

Alfredo Bea Gondar, exalcalde de O Grove (Pontevedra), fue condenado a cuatro años de cárcel por narcotráfico en la Audiencia Nacional, pero el Supremo lo absolvió por un defecto de forma. Después fue condenado a otros cuatro años y siete meses por blanqueo de capitales. El periodista Nacho Carretero describe esos hechos, probados judicialmente, en su libro ‘Fariña‘, una historia magnífica del narcotráfico en Galicia. 

Bea Gondar denunció al autor y a la editorial Libros del K.O. por injurias y calumnias, y les reclamó una indemnización de medio millón de euros. Durante el proceso también pidió el secuestro del libro, una medida que la jueza ha tomado ahora de manera cautelar. Es una medida desproporcionada, como explica el autor Nacho Carretero en este vídeo.  Y amenaza la supervivencia de una editorial pequeña que ha ido elaborando este tesoro periodístico.

Como protesta contra el secuestro de ‘Fariña’, me uno a los #BodegonesdelKO que ha ido publicando a gente en las redes sociales. ¡Que viva Libros del K.O. cabrones!

cerrados

Guajes

¿Por qué en Asturias llaman GUAJES a los chavales? Me contó Alfonso Pombo que llamaban así a los niños mineros: porque cargaban vagones (wagen) o quizá porque lavaban mineral (washer). Estos mineritos de 1920 cargaban vagones de carbón en la mina Turca, en Aller (Asturias). La foto es de José Luis de la Cruz y está en el Archivo Histórico Minero.

2

Los jueves, columna

A partir de hoy, los jueves publicaré una columna en la última página de ‘El Diario Vasco’. Mucho ánimo a todos y que sea leve.

4

Escribe tu correo:

Delivered by FeedBurner



Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
(Más sobre mí)