Groenlandia

Groenlandia cruje en papel crujiente

Os presento el primer e-book cuyas páginas se pueden arrancar, arrugar como un gurruño y meter dentro de zapatillas mojadas, se pueden subrayar con lápiz y se les puede doblar una puntica para marcar hasta dónde hemos llegado leyendo.

El librito ‘Groenlandia cruje (y tres historias islandesas)’ sale en papel. Se publicó solo en versión electrónica (se puede seguir descargando aquí por 2,99 euros) y ahora la editorial eCícero saca cuatro títulos de su catálogo en pulpa de celulosa secada y endurecida: los de Jon Lee Anderson, Alberto Salcedo Ramos, Jordi Pérez Colomé y este mío, el único sin segundo apellido del autor, por cierto, perdona, madre.

Está a la venta por 7 euros en las librerías de la cadena Elkar y en estas otras: Hontza (San Sebastián), Muga (Pamplona), Altaïr (Madrid y Barcelona-Raval), La Central (Barcelona y Madrid-Callao),  Cálamo (Zaragoza), Gil (Santander), Cervantes (Oviedo), Geli (Girona), Luces (Málaga) Oletvm (Valladolid) y Más de Libros y Anónima (Huesca).

Groenlandia cruje

14

Mi cuerpo es mi barco

Tecleo estas líneas con la punta de la nariz, porque tengo agarrotados los músculos desde el hombro hasta el dedo corazón.

(Foto: niños de Nunavik, hacia 1930. Colección de Edward S. Curtis, de dominio público)

Ayer sábado recibí mi bautizo de agua remando en un kayak, uno de esos magníficos inventos que los inuits dieron a la humanidad, como el anorak, el iglú o la poliandria. El kayak, cuyo diseño impecable cumple ya cuatro mil años, permite que los navegantes se transformen en su propia embarcación: “Mi cuerpo es mi barco”, dicen los kayakistas románticos, “y mi alma, el capitán”.

Mi alma andaba ayer un poco descentrada. Zarpamos en la desembocadura del río Oria y pasé la primera hora, aguas arriba, girando en el kayak como una peonza. Navegué trazando espirales y más espirales y más espirales, pero manteniendo siempre un rumbo general de diagonales que me llevaban desde las rocas de una orilla hasta las rocas de la contraria, entre pesqueros y zodiacs que me iban esquivando. En tierra firme, los niños de Orio ondeaban sus brazos para saludarme, los padres me grababan en vídeo y unos policías hojearon el reglamento para saber si a los remeros se les puede aplicar un control de alcoholemia.

Para mi bautizo acuático, Josu puso los kayaks y Nagore su bendita paciencia. Que la diosa marina Nuliayuk les regale una ballena varada en sus playas. Sin embargo, después de releer esta mañana algunos pasajes de las Memorias del Ártico, de James Houston, descubro que Josu y Nagore cometieron algunas imprudencias conmigo. Creo que no fueron intencionadas.

Para empezar, me ha inquietado mucho leer que si un esquimal salía a cazar y no regresaba jamás, seguramente era porque se había ido en un kayak prestado. Josu no me dijo nada de esto.

Por otra parte, Nagore olvidó lanzar un pedazo de hígado de foca a las aguas, la ofrenda tradicional para que la diosa Nuliayuk nos concediera una buena navegación. Sin embargo, a mí se me cayó al río una cuña de queso Idiazábal del bocadillo, con lo cual me imagino que la benévola Nuliayuk se dio por medianamente satisfecha y aceptó calmar las aguas para nosotros.

Total: Nagore y yo salimos de la playa de Oribarzar, que rebauticé en memoria de James Houston como Akiaktolaolavik (“el último lugar donde comimos algo bueno”). Aprovechamos la marea para remontar el Oria, en cuyas aguas saltaban los peces y a mí me hacían recordar, con bastante aprensión, que por aquí cazaron la última ballena de la costa vasca. Fue en 1901, pero nunca se sabe. Nagore, que esquivaba mis constantes embestidas contra su kayak sin perder la sonrisa, me guió hasta la Marisma de los Barcos Podridos (Usteldudituk, en euskoinuit). Mis chapoteos con el remo llenaron de agua la bañera de mi kayak en el fiordo de Hankabustik. Se me agarrotaron los bíceps en el meandro de Besonekatuk. Y al cabo de dos horas y media regresamos, sanos, salvos, felices y hambrientos, a la orilla de Aillatugaituk.

El estilo es inteligencia física: la capacidad de ejecutar el movimiento preciso ahorrando energía, sin ningún gesto superfluo, la belleza de la pura eficacia. El martín pescador que volaba a ras de agua en busca de su presa, zas, zas, zas. Luego había que verme a mí apretando los dientes y batiendo el agua con los remos como si intentara disolver en el río una tonelada de grumos de colacao, mientras el kayak giraba sobre su eje y me daban calambres en el cuello. Si alguien siguió desde las alturas del Google Earth la estela arabesca que dibujó mi kayak, pensaría que estaba tatuando en las aguas del Oria el perfil de los tortuosos fiordos de Groenlandia. Pues sí: hay torpezas que acaban constituyendo homenajes.

Por eso, para desagraviar a la diosa Nuliayuk y pedirle disculpas por la tosquedad con que herí su piel, recito para vosotros su hermosa y triste historia. Nuliayuk era una niña inuit que navegaba con su padre y otros cazadores –cuenta Houston-, y…

 “…de regreso a la bahía donde cazaban cada verano, los sorprendió una tormenta y los marinos temieron que el sobrepeso del bote hiciera que se volcara. Decidieron que, si querían salvarse, era preciso aligerar la carga. Lanzaron toda la carne y, luego, a la hija. Cuando ésta trató de regresar al barco, el padre le cortó los dedos, que dieron lugar a las focas. Intentó volver al bote, y le cortaron las manos, que se convirtieron en morsas. Hizo un último intento para salvarse y le cortaron los brazos, que engendraron a las ballenas de todos los océanos. Al fin se hundió en las profundidades y se transformó en la diosa, mitad mujer, mitad foca, que extiende su dominio por el mar”.

Mi cuerpo es mi barco, mi alma es el capitán. Mis brazos son hoy mis anclas, pero no importa, sé que en ellos pesa el destino abisal de Nuliayuk, y ya se me pasará. Hoy celebramos el cumpleaños de mi padre con un banquete de marisco. Guardaré un percebe y por la tarde lo arrojaré a las aguas de la Zurriola.

17

‘Groenlandia cruje’, ya a la venta

Ya está a la venta mi primer libro electrónico: Groenlandia cruje (y tres historias islandesas). Incluye cuatro crónicas: “Groenlandia cruje” (ganadora del premio Essery 2010 de literatura viajera), “Una casita en el infierno” (sobre la supervivencia testaruda de los habitantes de las islas volcánicas Vestmann), “El hombre de los doscientos penes” (sobre un coleccionista islandés de falos) y “Los consuelos del pirata” (sobre una botella con mensaje oculta en un volcán y sus consiguientes moralejas). El prólogo habla de Josu Iztueta, un amigo que obtuvo superpoderes en el interior de Groenlandia. Y la foto de la cubierta es de Daniel Burgui, otro amigo con ciertos superpoderes que guardaremos en secreto. Viajé con ambos a Islandia y Groenlandia.

El libro se puede descargar por 1,99 euros en la página de la editorial eCícero.es (en formatos ePub y Mobi para libro electrónico, y también en pdf para leerlo en el ordenador). También está a la venta en las páginas de Amazon, iBookstore de Apple, La Casa del Libro… No tiene protección anticopia: si queréis piratearlo, es muy fácil; si el libro os gusta y decidís echar una mano a nuestro trabajo por un par de eurillos, también es fácil.

La editorial eCícero (“periodismo de formato largo”) ha publicado por ahora una crónica de Jon Lee Anderson (Capitán Dadis) y una serie de entrevistas de José Martí Gómez (Ellas). Para los próximos meses promete más libros periodísticos muy jugosos.

*

“Los inuits de Groenlandia constituyen una de las sociedades más fascinantes del mundo. Los habitantes de la costa oriental, la más remota, han saltado de la prehistoria a la globalización en un par de generaciones: estuvimos con personas de 50 años que habían nacido durante una migración por los hielos, dentro de una familia de cazadores y pescadores nómadas, y que ahora viven en asentamientos de casitas prefabricadas, con televisión de plasma, con internet y dedicados al turismo. Con los asentamientos obligatorios, muchas personas adultas vieron truncado su modo de vida tradicional, muchos jóvenes tampoco encuentran un futuro interesante en un país ártico, y este descabalgamiento produce tasas disparatadas de violencia, suicidios o alcoholismo. Sin embargo, están trabajando con eficacia para superar esos traumas, para fundar una sociedad moderna con sus propios criterios y sus propias decisiones, y dentro de pocos años crearán un Estado independiente y moderno en un mundo de hielo. Se les plantean retos apasionantes”.

*

“Ander Izagirre reúne cuatro historias que son otras tantas aventuras, una por Groenlandia y las otras tres por Islandia. Reportajes repletos de información, pero con espacio para la ironía y el buen humor, que nos recuerdan aquellas piezas que publicaban los suplementos dominicales en su época dorada”. Javier Pérez de Albéniz, Vanity Fair.

49

Minerets, gli inuit, kobazuloak

Me llegó del cielo un ruido como el de una ráfaga de viento impetuoso, se me aparecieron unas lenguas como de fuego que se posaron sobre mí y me puse a hablar en otros idiomas. Me han traducido dos reportajes al catalán y al italiano y he publicado otro en euskera.

Minerets (Foc Nou) Abigaíl Canaviri té 14 anys, entra totes les nits a les galeries de Cerro Rico de Potosí, una de les mines més deteriorades i perilloses del món. Allà carrega amb vagonetes de roques durant dotze hores, a canvi de dos euros.

Groenlandia. Gli inuit del profondo Est (Popoli). Alcuni ubriachi scompaiono in inverno. Una tormenta li sorprende mentre vagano per il villaggio barcollando, e quando finisce il temporale, vari giorni dopo, nessuno è in grado di ritrovare i loro corpi sotto la neve compatta. Bisogna aspettare il disgelo primaverile.

-Hiru kobazulo harrigarri (Nora). VALTIERRA. Valtierrako kobazuloak ostatu txukunak dira, ederrak, xarmantak, turistak erakartzen dituztenak. Baina istorio latza gordetzen dute eta hori beti gogoan dauka Rubén Mendi kudeatzaileak: “Gure ama kobazulo batean jaio eta han bizi izan zen 1965 arte. Bizirauteko erremedioa zen, ez zeukatelako dirurik adreilu bat ere erosteko”. LANESTOSA. Leizera sartu eta lanean ikusiko ditugu duela 10.000, 20.000 edo 35.000 urteko arbasoak, sua pizten, harrizko tresnak zorrozten, mineralak eta koipeak nahasten eta substantzia horrekin hormak pintatzen. ZUGARRAMURDI. Aker beltza gurtzen zuten Zugarramurdiko leizerik ospetsuenean, baina herri berean badago beste koba bat arkume errearen jarraitzaileak biltzen dituena.

6

Estaciones abandonadas en Groenlandia

En pleno vendaval ártico, Iñurrategi, Vallejo y Zabalza llegaron a DYE 2, una estación de radar abandonada en mitad de Groenlandia. Llevan 17 días esquiando, arrastrando el trineo, cometeando, y con muchas penurias han cubierto ya 800 kilómetros. Les quedan otro 1.500 hasta Thule, en el extremo norte de la isla.

“Es mi primera experiencia en travesías polares”, explica Zabalza en el vídeo, “y resulta mucho más dura de lo que esperaba.  Cuando estás acostumbrado al Himalaya, la mayor diferencia es que aquí nunca descansas, no hay un campo base al que llegas para relajarte y donde el cocinero te sirve el té”.

En la estación de radar, desde luego, conseguir que te atienda un camarero parece al menos tan difícil como en un bar donostiarra.  Y no lo dicen, pero otra pega es que con semejantes vientos no hay quien amontone los amarrekos.

Imagen de previsualización de YouTube

La DYE 2 formaba parte de un cinturón de 58 estaciones de radar que Estados Unidos construyó desde Islandia hasta Alaska, pasando por Groenlandia y Canadá, durante la Guerra Fría -pero fría fría-. Claro: si los soviéticos y los estadounidenses querían lanzarse misiles, el camino más corto era a través del Ártico. Y este cinturón de estaciones debía servir como alerta temprana -dicen que el radar de Thule confundió una manada de gansos con un ataque nuclear soviético-.

Hace tres años nosotros conocimos los restos de DYE 4, la estación de radar situada en el islote groenlandés de Kulusuk. En la foto de Dani Burgui podéis ver a Josu Iztueta, probando si aquello explota, se derrumba o qué.

Más información sobre la travesía de Iñurrategi, Vallejo y Zabalza: Bat Basque Team.

3

Sudada en Groenlandia

No sabía que Groenlandia tuviera sur, pero Iñurrategi, Vallejo y Zabalza dicen que están allí. El miércoles se engancharon por primera vez los trineos de cien kilos y comenzaron la travesía de 2.300 kilómetros con la que quieren llegar hasta el extremo norte de la isla. Esperan recorrer cien kilómetros diarios, esquiando y extendiendo cometas para que el viento les empuje. Pero en la primera etapa apenas hicieron diez. Tranquilidad: es lo previsto. Porque las primeras etapas son las de terreno más complicado.

Groenlandia es una llanura de hielo del tamaño de cuatro penínsulas ibéricas. Si te las apañas para soportar el frío extremo, la soledad absoluta, las tormentas vuelcaosos y los white out -los apagones en blanco: cuando el viento te envuelve en una manta de hielo y nieve con la que no puedes distinguir el cielo de la tierra-, si te las apañas con todo eso, puedes esquiar con cierta facilidad. Pero esa llanura está abombada. En el centro de la isla, el grosor del hielo alcanza más de tres kilómetros. Es decir: desde la costa, tienes que subir hasta los 2.500 o 3.000 metros. Para eso, tienes que escalar glaciares repletos de grietas y seracs. Y si llevas a rastras un trineo de cien kilos, la cosa se complica.

“Nos hemos encontrado con muchas grietas y formaciones de hielo, además de nieve bastante pesada, lo que ha hecho muy incómodo tirar de los trineos”, escribieron Iñurrategi, Vallejo y Zabalza al final de la primera etapa, en la que remontaron 600 metros de desnivel. Dicen que han tenido “buen tiempo, poco frío”, que arrastrando los trineos cuesta arriba y de grieta en grieta han “sudado bastante” y que a partir de hoy esperan que “el camino sea más tendido y llevadero”.

Foto: Basque Team

6

Calentamiento: 2.300 kilómetros sobre hielo

En vez de ochomiles, seis mil: pero seis mil kilómetros sobre hielo. De la exploración vertical a la horizontal. Así, por cambiar de planes, Iñurrategi, Vallejo y Zabalza han salido esta mañana desde el aeropuerto de Loiu hacia Groenlandia. Pretenden atravesar la isla de sur a norte, unos 2.300 kilómetros, esquiando, arrastrando trineos y llevando cometas para aprovechar el viento y recorrer unos cien kilómetros diarios. Como aperitivo. Porque dentro de unos meses quieren darse otro paseo de 3.700 kilómetros por la Antártida, incluyendo alguna escalada.

Esta vez, en lugar de un periodista llevan un rifle y dieciséis balas. Les ayudará más o menos lo mismo, pero al menos el rifle no come y sí calla. Y, como son tres, otro detalle subraya la condición de aventura extrema: no llevan baraja.

Ha sido un espectáculo ver cómo paseaban el rifle por el vestíbulo del aeropuerto, mientras en las pantallas de televisión aparecían fotos de Bin Laden. Por Abbotabad pasamos desarmados y ahora, para ir a una isla desierta, Vallejo se ha tenido que sacar la licencia de armas. Rifle y dieciséis balas: esperan que no aparezcan más de dieciséis osos.

10

Escribe tu correo:

Delivered by FeedBurner



Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
(Más sobre mí)