Viajeros

El ciclista que hablaba con las moscas

Primero se preocupó un poco: pedaleaba en solitario por el desierto de Túnez, no sabía muy bien hacia dónde tirar y siguió una pista. Luego se agobió: la pista se colaba entre unas montañas áridas y se fue desvaneciendo, hasta que desapareció. Luego se asustó: se le echó la noche encima, acampó bajo las estrellas, siguió perdido por las montañas un día más, se le terminó la bebida, se le terminó la comida, se le echó encima una segunda noche, siguió arrastrando la bici un día más, se le echó encima una tercera noche de sed pedregosa. Al tercer día se emocionó: consiguió situarse por fin en el mapa, salió a un oasis y encontró a un hombre que le ofreció un té. El hombre le indicó el camino para llegar hasta una aldea. Allí Sergio Fernández Tolosa se hartó de beber, comer y dormir. La experiencia había sido terrible, así que decidió repetirla.

Y se puso a cruzar los mayores desiertos del mundo en bicicleta, siempre solo.

Sigue aquí: ‘El ciclista que disputaba la sombra a los camellos‘, en la revista Yorokobu.

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El explorador que miraba y no veía

El explorador Abbadie levantó un castillo tintinesco en la costa de Hendaya, repleto de tesoros africanos y mensajes enigmáticos en los catorce idiomas que hablaba. Un hueco atraviesa las paredes del castillo y la biografía entera de Abbadie, un hueco acompañado por un lema: «No vi nada, no aprendí nada»

El porteador Bitawligne subía la montaña canturreando lamentos: ¡Ay, pobre de mí! ¡Mi patrón camina hacia las nubes! ¡Ay, madre mía, acaso me pariste para que yo caminara hacia las nubes!

Era el 13 de mayo de 1848 y los demás porteadores se habían plantado unas horas antes, asustados por la nieve, en el borde de los precipicios de esa montaña altísima a la que nadie subía jamás: era el territorio de los espíritus. En la cima se adquirían conocimientos poderosos pero el acceso estaba prohibido a los humanos. Bitawgline seguía, qué remedio, al Abba Diya, al padre del caballo blanco, hombre sabio, brujo europeo. Al Abba lo recibían en las cortes abisinias, le pedían bendiciones y trucos de magia, le pedían que adivinara el futuro, que hiciera de embajador para llevar a las hijas de los reyes a casarse con los hijos de reyes enemigos, le regalaban esclavos para sus expediciones misteriosas por el país.

El Abba Diya era Antoine d’Abbadie, explorador, cartógrafo, físico, astrónomo, etnógrafo, lingüista, nacido en Dublín en 1810, de madre irlandesa y padre vascofrancés. Y sí: perseguía un conocimiento que solo podía obtenerse en la cumbre del monte Bwahit.

Pero ese conocimiento le fue prohibido. Las nubes le impedían ver nada, ningún otro punto en las montañas, ningún horizonte para hacer sus triangulaciones y seguir cartografiando la cordillera etíope del Simen. Con una bruma tan espesa, el sextante y el teodolito que había acarreado Bitawgline hasta la cumbre no servían de nada. Abbadie le ordenó que encendiera un fuego y pusiera un cazo de agua a calentar. Luego sacó el hipsómetro de su estuche: un termómetro especial para sumergirlo en agua hirviente. El agua hirvió a 85,5 grados, así que Abbadie dedujo que la cima del Bwahit alcanzaba los 4 600 metros. En realidad mide 4 437 metros y es la tercera montaña más alta de Etiopía. Dos días después Abbadie escaló el techo del país: el picoRas Dejen, a 4 553 metros. Se entusiasmó. No por ningún afán deportivo: simplemente, en el monte más alto de Etiopía, esa tarde, no había tantas nubes. Pudo medir un tour d’horizon casi completo, una panorámica en la que determinó varios puntos lejanos con sus alturas.

Como temían los porteadores abisinios, la ascensión de Abbadie a las cumbres desató una maldición. El explorador estaba fascinado por los pueblos abisinios, pasó allí diez años, escribió el primer diccionario de la lengua amárica con quince mil términos, cartografió doscientos cincuenta mil kilómetros cuadrados —el equivalente a media península ibérica—. Los diez mapas de Etiopía fueron su aportación más perdurable a la ciencia, casi la única que no se desmoronó con el paso de los años. Pero esos mapas vinieron de maravilla a los generales del ejército italiano en su primera invasión de Abisinia, en 1895. «Debieron de ser muchos más los abisinios que murieron víctimas de los mapas de Abbadie que los que él pudo salvar del hambre y la enfermedad financiando las misiones», escribió su biógrafo Iñigo Sagarzazu.

Antoine d’Abbadie emprendió una de las exploraciones más apasionantes del siglo XIX, puso en marcha experimentos ingeniosos, hizo miles de observaciones, casi todo le salió mal. Aprendió que la mayoría de las veces no se ve nada, no se aprende nada.

Para seguir leyendo: El explorador que miraba y no veía (Jot Down).

Abbadie

 Fotografía. Bernard Blanc (CC)

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La suerte de viajar con Pablo

Ha sido un lujo viajar por Colombia con el fotógrafo argentino Pablo Tosco. Trabaja con mucha profesionalidad y con un talento extraordinario pero, por encima de todo, me maravilla su sensibilidad exquisita con la gente. Hemos pasado tiempo con personas que han padecido historias muy duras, con las que a veces los periodistas somos torpes, intrusivos, incómodos. Pablo siempre acierta.

Se acerca a las personas con un respeto profundo. Habla, acompaña, espera y sobre todo escucha, escucha mucho, escucha largo. Tiene un instinto delicado para saber cuándo sacar la cámara y cuándo guardarla, para saber cuándo preguntar y cuándo callarse.

Pablo es un corazón con patas, con ojos y con barba roja. Sabe cuándo callarse, sabe cuándo decir un piropo cariñoso o una broma que alivia, sabe acercarse y sabe alejarse en el momento preciso. Y prefiere quedarse sin la foto deseada que molestar a quien sufre relatando su vida.

El resto del día Pablo habla con todo el mundo y habla sin parar: con el taxista, con la camarera, con la recepcionista, con los niños, con las abuelas, con el policía, con los vecinos de mesa, da conversación a todo el mundo, vacila a todo el mundo, todo el mundo le mira un poco extrañado y todos acaban con ataques de risa. Si nos clasificaran según el número de personas a las que hacemos sonreír al cabo del día, Pablo sería campión. Che, te cagás de la risa. Te cagás de la risa con él y con las historias de su perro Juan Carlos Pechoblanko (que ya está muy viejito y tiene página en Facebook).

OEn la foto, detrás de Pablo, aparecen otras dos compañeras de viaje magníficas: Diana Arango y Sandra Cava, ambas de Oxfam Intermón. Diana y Sandra trabajaron veinticuatro horas todos los días para preparar los viajes, las entrevistas, las visitas, por las noches apenas durmieron y por el día aguantaron avalanchas de ocurrencias y de chistes malos. Y encima sonreían.

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Gazte Ibiltariekin

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Zortzi gazteek olatuen aparretan hegan egiten zuten bitartean, ni justu-justu jarri nintzen zutik taula gainean eta, tragoka, Kantauri itsasoaren maila jaitsi arazi nuen. Arnesa eta sokarekin horman gora armiarmak bezala igotzen ziren bitartean, ni umeentzako bidetik dardarka nindoan,  behera begiratzeko adorerik gabe.  Mendian gora korrika abiatu ginenean, noizean behin trikuharriren bat zegoela esaten nien oihuka, argazkia ateratzeko (eta niri arnasa hartzen uzteko) geldi zitezen. Adinak eta esperientziak, ordea, eman zidaten abantailarik: hiru errege jaso arren, mus eskatu nuen. Konfiantzaz puztuta, handira ordagoa jo zuten bi errege eta zaldi batekin, eta hantxe harrapatu nituen gazteak, zas!

Aspaldiko asterik ederrena pasa dut Gazte Ibiltariekin. Gazteaukera zerbitzuak eta Ibilbideak atariak antolatu duten jarduera honetan, gidari lanak egin ditut. Zortzi egun igaro ditugu elkarrekin, bizikletaz Euskal Herrian zehar bidaiatuz, txandaka beste kirol batzuk ere eginez (Axi Munian surflariarekin, Irati Anda eskalatzailearekin eta Oihana Kortazar mendi korrikalariarekin), eta horren berri blogean, argazkitan eta bideotan emanez.

Nekea pilatuta itzuli naiz etxera, belaun bateko tendoia handituta, burmuina zukututa… eta poz-pozik. Gazteek liluratu egin naute: sekulako kemena, talentua eta umorearekin aritu dira aste osoan Imanol Arrese, Iban Auzokoa, Ainhoa Belzunegi, Asier Iturregi, Idoia Garmendia, Iñaki Goikoetxea, Maite Laka eta Ane Soraluze. Kirolari eta bidaiari talde moduan hasi genuen astea eta lagun talde estua izaten amaitu dugu.

Handitan beraiek bezalakoa izan nahi dut!

Aste osoko bideoak | Argazki bilduma | Blogeko sarrerak.

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A qué olemos nosotros

(Esta es la versión más larga de un texto publicado en la revista Elkar).

El etnólogo Paul-Émile Victor llegó a un poblado de Groenlandia en 1934 y la primera impresión, la que recordaría toda la vida, fue la del olor: el tufo de la grasa de foca con la que los inuit frotaban sus kayaks y sus ropas. “De este hedor no decían nada los libros de etnología”, escribió en su obra Du Groenland á Tahiti. Más tarde, cuando ya llevaba dos años entre los inuit, Victor regaló unas botas a un vecino y le sorprendió que éste no se lo agradeciera con el saludo tradicional, frotando la nariz contra la suya. “Es que hueles fatal”, le dijo, “hueles a hombre blanco”.

Cuando nos topamos con extraños y observamos sus reacciones, es habitual que acabemos mirándonos –y oliéndonos- a nosotros mismos. El exotismo es una cuestión de contrastes, y al hablar de otros, al subrayar los rasgos ajenos que nos llaman la atención, acabamos revelándonos.

¿Cómo contaríamos un encuentro con alienígenas, el caso de exotismo más extremo? Tenemos un antecedente: Primer viaje en torno del globo, relato de Antonio Pigafetta, uno de los supervivientes de la navegación de Elcano alrededor del mundo. En aquella expedición alucinante, en la que partieron 237 hombres y al cabo de tres años solo regresaron 18, se toparon con humanos tan remotos que a los ojos de Pigafetta eran casi seres fantásticos: los gigantes de la Patagonia que adoraban al diablo, los nativos del Brasil que les cambiaban seis gallinas por un rey de oros de la baraja, los espantosos caníbales de las islas polinesias, toda una galería de humanos inverosímiles que los navegantes se empeñaban en incorporar al cauce correcto del mundo. Para eso organizaban bautismos masivos y celebraban pactos de paz eterna entre el rey de Castilla y reyezuelos insulares que jamás habían visto a un extranjero.

Tras varios siglos de exploración y de contactos entre sociedades lejanas, la literatura fue virando: del espanto de Pigafetta se pasó a la admiración de las vidas exóticas. Las novelas y los relatos de Stevenson, Conrad, Kipling, Pierre Loti o Jack London excitaron a miles de personas, que veían en las aventuras remotas la manera de vivir la vida en toda su plenitud.

Gustave Flaubert, por ejemplo, se moría de aburrimiento en Francia y detestaba “la buena civilización burguesa” con sus abogados, sus tranvías y sus tartas de crema. Con 17 años escribió Memorias de un loco: “Soñaba con lejanos viajes a las regiones del sur; veía el Oriente y sus arenas inmensas, las tiendas transportadas por camellos con sus campanillas de bronce, veía las olas azules, el cielo puro, una arena de plata; sentía el perfume de esos océanos templados del mediodía; y luego, junto a mí, bajo una tienda, a la sombra de un aloe de largas hojas, una mujer de piel morena, con la mirada ardiente, me rodeaba con sus dos brazos y me hablaba en la lengua de las huríes”. Flaubert viajó a Egipto y quedó maravillado con el bullicio de los puertos, el caos de los zocos, incluso con el burro que cagaba en la plaza donde él tomaba café. En El arte de viajar, Alain de Botton analiza esta fascinación: para Flaubert la vida era caótica, impura, sucia, sensual, y las tentativas burguesas para instaurar el orden implicaban “una negación censuradora y mojigata de nuestra condición”; Egipto alentaba modos de vida que sintonizaban con la identidad del escritor, valores que eran reprimidos en la sociedad francesa. Flaubert propuso que la nacionalidad se asignara no por el lugar de nacimiento sino por los lugares que nos atraían a cada uno.

En ese caso Lawrence Millman se declararía vikingo. Escribió En los confines del mundo, el relato tronchante de un viaje desde Noruega hasta Terranova tras la huella de los vikingos y sus descendientes actuales. Millman encontró pescadores que beben del mar para saber si tiene peces, niños que juegan a lanzarse corazones chorreantes de ballenas recién cazadas, ermitaños que se exilian en campos de lava y viven refugiados dentro de caballos muertos. En las islas del Atlántico Norte descubrió un mundo simple y feroz, habitado por una estirpe de gentes rudas, silvestres, extravagantes y toscamente poéticas que le fascinaban y a las que quería parecerse. Algo así le ocurrió a Nigel Barley en El antropólogo inocente: pasó dos años viviendo con una tribu de Camerún, los dowayos, en una sucesión de episodios desconcertantes y descacharrantes, y al regresar a Inglaterra sintió “una extraña sensación de distanciamiento” de sí mismo: “No porque las cosas hayan cambiado sino porque uno ya no las ve “naturales” o “normales”. “Ser inglés” le parece a uno igual de ficticio que “ser dowayo”. Se encuentra uno hablando de las cosas que les parecen importantes a los amigos con la misma seriedad indiferente con que se puede hablar de brujería con los indígenas”.

Otros escritores, en cambio, reafirman su identidad después de pasearla por las antípodas. Josep Maria de Sagarra era un escritor sedentario, amante del confort, de los clubs elegantes y de los buenos vinos, que aceptaba Sevilla como el máximo exotismo tolerable. En 1936, sin embargo, estalló la Guerra Civil y se embarcó nada menos que hacia la Polinesia. En su libro La ruta azul traza unos perfiles agudos y despiadados de los europeos que navegan con él, “atraídos por la fantasía de los países oceánicos”, que van a Tahití a “enterrar su absoluta falta de convicciones”, “a conseguir el milagro del amor”, “a poner un poco de agua entre ellos y sus fracasos”  o porque tienen “el cerebro podrido de literatura”. Sagarra considera que las ansias por lo exótico son una manera de engañarse, incluso una rendición moral. Los viajeros desdeñan la civilización y fantasean con un paraíso polinesio que en las descripciones de Sagarra se revela como un dulce cementerio con playas y palmeras, plagado de miserias, enfermedades y fantasmas que los románticos no quieren ver. Meses más tarde, en el barco de vuelta a Europa, los pasajeros forman una legión de derrotados y exhaustos: “Acabó en nosotros la ilusión de lo lejano, y volvemos a la realidad, o a la pesadilla, de la cual quisimos evadirnos”.

El exotismo puede servir para engañarnos y también para engañar a los demás. En Begiz begi. Miradas a cámara, libro y película, el montañero Alberto Iñurrategi y el escritor Koldo Izagirre plantean una autocrítica de los relatos de viajes y aventuras. Los viajeros ya no llevan rifle pero sí cámara, para cobrarse piezas pintorescas, para capturar personas y luego exhibirlas en casa transformadas en metáforas que convienen al relato épico del aventurero. “Incapaces de interpretar su sentido, vemos un mundo sin carne y sin hueso condenado a la belleza del documental televisivo, un fondo de colores sin sentido, como hilo musical en imágenes, budismo para hippies o barrio pobre para visita de príncipes generosos. (…) La montaña es salvajismo y nosotros somos los civilizados. Si nuestras escaladas, en lugar de estar en Nepal, Mali o la Patagonia, estuviesen en Suiza, no tendrían poder publicitario: ni el Mont Blanc ni los Alpes serían nunca barbarie, ni con cuatro mil metros más, porque la montaña es nuestro viaje en el tiempo, nuestro retorno a lo lejano, oscuro y peligroso. Necesitamos un allí mítico. Allí la montaña está en el contexto que necesitamos para idealizarla: climas extremos, paisajes sin urbanizar, rutas sin camino, ceremonias, colores, sonidos, olores, gentes extrañas… Sobre todo, gentes extrañas. Enemigos potenciales ayer, sumisos tercermundistas hoy. Ellos son la prueba de nuestra civilización”.

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Qué leer después de morir

El Día del Juicio Final testificaré a favor de los amigos que me mandan postales y que me traen recortes de periódicos y libros estrambóticos. Algunos ejemplares recibidos: ‘Por los extraños pueblos: otro mapa de la Isla. Crónicas de La Gaceta de Cuba’ (gracias, J.F.), ‘My Scottish Ancestry. Helps you trace your ancestors’ (gracias, J.I.),  ‘Borracho estaba pero me acuerdo. Memorias de Víctor Hugo Viscarra’ (gracias, Á.A). “Tú que viajas, tráenos el mundo”, me dijo una vez una amiga sabia.

J.I. acaba de traerme uno de los cien mil ejemplares que se quemaron hace unas semanas en Pilgrims, la mayor librería de Nepal.

En el último número de la recién desaparecida revista Altaïr, la estupenda sección de César Barba recomendaba nueve librerías alrededor del mundo. Una de ellas era precisamente Pilgrims, con sus cuatro plantas y sus “completísimos fondos bibliográficos sobre el Himalaya, la alta montaña y las religiones asiáticas”. Para cuando la última Altaïr salió a la calle, la librería Pilgrims ya había ardido por completo. No me hagáis metáforas, anda.

Un poco cansado de tanta lista de obligaciones culturales, los malditos must, hace poco escribí que alguien debería recomendar por fin los cien mejores libros, películas, restaurantes y ciudades que debemos visitar DESPUÉS de morir. Este libro medio chamuscado y medio muerto de Katmandú parece una buena transición.

El libro huele a chimenea, a leña y a castañas asadas que da gusto. Lo tengo en la mesa de la sala, dándole aroma serrano a la casa.

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Desaparece Altaïr, ay

Cuando estás en tratos con algunos editores, te da la impresión de que has pedido turno para que te atienda el sacamuelas del zoco de Marrakech. Hay otros con quienes firmarías contratos en blanco, con los ojos cerrados y de espaldas: los de Altaïr, por ejemplo.

Si algún compañero escritor o fotógrafo tiene disgustos con un editor, acabamos mencionando y añorando a los de Altaïr. Pepe Verdú y Raimon Portell son brillantes, amables, atentos y honradísimos. Te hacen encargos atractivos, te tratan con una profesionalidad impecable y una amabilidad fina y divertida, te ayudan a mejorar tu trabajo, te preguntan tu opinión para cualquier minucia y sabes que siempre buscarán el trato más justo y ventajoso posible para ti. Son editores que hacen tener fe en el gremio.

Por eso me da una tristeza negra la desaparición de la revista Altaïr. Me da tristeza como escritor y me da tristeza como lector, porque publicaban la mejor revista de viajes, editada con un mimo extraordinario, que muchos coleccionábamos número tras número.

Golpeados por la crisis económica, anuncian el cierre de la revista y su esperanza de volver.  Ojalá, ojalá, ojalá. El 23 de mayo sale a la venta el último número, dedicado a los grandes parques nacionales de Estados Unidos.  En el Cuaderno de Viajes, en la última página del último número, publico una crónica sobre el descacharrante Museo de la Policía en La Paz (Bolivia), que visité de la mano de Álex Ayala: otro personaje al que conocí como editor y al que ahora tengo por muy buen amigo.

Así que nos quedaremos con eso.  Andamos en tiempos de periodismo 0.0.; en lo que a mí me toca, han cerrado o jibarizado varias de las revistas con las que más me gustaba colaborar; pero nos quedaremos con que hay editores magníficos, que ya son amigos, y con la esperanza de que volverán a montar proyectos en los que nos encantará trabajar.

PD: Además de Pepe y Raimon, también echaré de menos a Arabella González, Albert Padrol y Pep Bernadas. Todavía hay amigos que me hablan con entusiasmo de Pep, cinco años después de que cenáramos juntos tras la presentación de Cuidadores de mundos en San Sebastián.

PD2: Altaïr mantiene sus librerías y su magnífica colección Heterodoxos de literatura viajera.

Altair

 

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Ciclistas que pasean libros por el mundo

Estos de Cyclotherapy son una cuadrilla de viajeros ciclistas que tienen por costumbre recorrer el mundo a pedales y de paso transportar libros de una punta a otra. Luego van dejando los ejemplares a otros viajeros y les siguen la pista, como ese libro de Neruda que viajó por las carreteras de Oriente Medio y después navegó por el Adriático y acabó en Londres.

Uno de esos chalados, Iñigo Rumenige, salió de Vitoria a principios de septiembre, pasó un mediodía pedaleando por Castro Urdiales y por pura casualidad se enteró de que estábamos allí a punto de presentar Plomo en los bolsillos en el bar La Cierbanata (y de comenzar después la etapa Castro Urdiales-Peña Cabarga de aquel segundo Tour de Plomo).

Iñigo se acercó a saludar, abrió una de las alforjas y me enseñó el libro con el que había salido de casa esta vez.

Sí: Plomo en las alforjas, digo, en los bolsillos.

Dentro de unos meses, un par de estos ciclochalados viajarán a Alaska y desde allí pedalearán siempre hacia el sur, con la intención de recorrer la Ruta Panamericana hasta la Tierra del Fuego. ¡Uf! Con 23 años, yo dediqué unos buenos ratos en la biblioteca de la universidad a fotocopiar un enorme atlas, en los ratos de aburrimiento mortal entre un libro de géneros periodísticos y el siguiente, cuando andaba arrancando con una tesis doctoral que nunca arrancó. Fotocopié América página a página, desde Alaska hasta la Tierra del Fuego, y marqué un trazo rojo que serpenteaba por las carreteras de norte a sur. Luego medía el trazo rojo con un cordón de zapato y, teniendo en cuenta la escala del atlas, calculaba así la distancia que separaba Alaska de Tierra del Fuego. Entonces, ejem, no había Google Maps.

Pedí a los Reyes Magos un atlas moderno, ¡el Atlas 2000!, porque incluía las distancias kilométricas en las carreteras de todo el mundo. Guardo las fotocopias de toda América atravesadas por ese trazo rojo, guardo el Atlas 2000 que compré para precisar mejor las distancias, y ahora viajaré de Alaska a Tierra del Fuego… a lomos de la web de estos ciclochalados.

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No quiero avisar a nadie

 El 25 de diciembre de 1956 encontraron el cadáver de Robert Walser sobre la nieve.

49 años antes de su muerte Walser escribió un libro titulado Los hermanos Tanner. En él, el eterno paseante Simon camina un día entero y al anochecer sube una ladera nevada. De pronto distingue un hombre tumbado sobre la nieve en un abetal. Es un amigo poeta. Está muerto.

Piensa Simon: “¡Con qué nobleza ha elegido su tumba! Yace en medio de espléndidos abetos verdes, cubiertos de nieve. No quiero avisar a nadie. La naturaleza se inclina a contemplar a su muerto, las estrellas cantan dulcemente en torno a su cabeza y las aves nocturnas graznan: es la mejor música para alguien que ya no tiene oído ni sensaciones. (…) Yacer y congelarse bajo unas ramas de abeto sobre la nieve: ¡qué espléndido reposo! Es lo mejor que pudiste hacer. La gente está siempre dispuesta a hacerles daño a las aves raras como tú, y a burlarse de sus sufrimientos. Saluda a los queridos y silenciosos muertos debajo de la tierra y no ardas demasiado en las eternas llamas del no ser”.

Simon sigue subiendo la montaña. “Solo al llegar arriba, al pastizal abierto, disfrutó plenamente del sublime espectáculo de esa noche espléndida, y rompió a reír con fuerza, como un niño que jamás hubiera visto un muerto. Pues ¿qué era un muerto? Oh, una incitación a la vida. Nada más. Un adorable recuerdo que evoca el pasado y nos impulsa a la vez hacia el futuro incierto y maravilloso. Simon sintió que su futuro aún habría de desplegarse generosamente ante él si era capaz de un trato tan sereno con los muertos. Se alegró profundamente de haber visto una vez más a aquel pobre ser desdichado, de haberlo encontrado en circunstancias tan misteriosas, en un escenario tan callado, tan elocuente, oscuro y plácido, de haber presenciado un fin tan noble”.

*

El libro El paseo, también de Walser, empieza así:

 “Declaro que una hermosa mañana, ya no sé exactamente a qué hora, como me vino en gana dar un paseo, me planté el sombrero en la cabeza, abandoné el cuarto de los escritos o de los espíritus, y bajé la escalera para salir a buen paso a la calle. (…) El mundo matinal que se extendía ante mis ojos me parecía tan bello como si lo viera por primera vez. Todo lo que veía me daba la agradable impresión de cordialidad, bondad y juventud. Olvidé con rapidez que arriba en mi cuarto había estado hace un momento incubando, sombrío, sobre una hoja de papel en blanco. Toda la tristeza, todo el dolor y todos los graves pensamientos se habían esfumado, aunque aún sentía vivamente delante y detrás de mí el eco de una cierta seriedad. Esperaba con alegre emoción todo lo que pudiera encontrarme o salirme al paso durante el paseo”.

Otros fragmentos:

“Es divinamente hermoso y bueno, sencillo y antiquísimo, ir a pie. Suponiendo que las botas estén en condiciones”.

 “A la gente que va levantando polvo en un rugiente automóvil les muestro siempre mi rostro malo y duro, y no merecen otro mejor (…). Porque no comprendo ni comprenderé nunca que pueda ser un placer pasar así corriendo ante todas las creaciones y objetos que muestra nuestra hermosa Tierra”.

 “Hay cazadores y degustadores de novedades, echados a perder por exceso de estímulo, ansiosos de sensaciones, hombres que ansían casi cada minuto goces no disfrutados aún (…) La continua necesidad de goce y prueba de cosas siempre nuevas se me antoja un rasgo de pequeñez, falta de vida interior, alejamiento de la Naturaleza y mediana o defectuosa capacidad de comprensión. Es a los niños pequeños a los que siempre hay que mostrarles algo nuevo y distinto para que no estén descontentos”.

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Una gran aventura

Andaba yo desayunando en la terraza de una cafetería -capuchino, cruasán relleno de mermelada y mapa de Cerdeña desplegado sobre la mesa-, cuando se acercó un chaval africano a ofrecerme unas toallas, unas gafas y no sé qué más. Vino con poca esperanza de venderme nada y con cierta curiosidad por mis pintas, mi mapa y mi moto. Me hizo una oferta desganada de sus mercancías, por obligación profesional, y en cuanto meneé la cabeza me preguntó de dónde venía y si viajaba en esa moto de ahí. Le dije que sí, que venía de Sicilia, que ahora cruzaba Cerdeña y que pretendía volver hasta mi casa. El chaval se descojonó: ¿en esa moto?, ¿desde Sicilia? También se tronchó de risa con el cajón enorme que llevo en la vespa y, cuando nos cambiamos los teléfonos, se rió de lo cutre que es mi móvil. El tío se reía de todo.

Se llamaba Pashka, era de Gambia, tenía 25 años y llevaba uno en Italia. Miró un rato la vespa, me preguntó por el espejo partido y por el cambio de marchas, quiso saber cómo ataba la mochila, y al final me dijo:

It’s a great adventure!

-¿Y tú, Pashka, cómo viniste aquí?

-Salí de Gambia y viajé en varios camiones a Libia. Allí estuve dos años trabajando, hasta que empezó la guerra. Intenté salir del país, llegué a la ciudad de Misrata y a los africanos nos metieron en un campamento en el puerto. Nos caían bombas, se oían tiroteos muy cerca. Un día nos juntamos varios grupos y embarcamos en tres pateras, cruzamos el mar sin brújula ni apenas comida ni nada. Pasamos mucho miedo pero llegamos bien a Lampedusa. De Lampedusa vine a Cerdeña, con otros amigos de Gambia, y ahora trabajamos aquí. Entonces, ¿tardarás mucho en llegar a San Sebastián? ¿Con esa moto puedes ir por las autopistas? ¿Dónde duermes?

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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