Viajeros
Bidaia-kaiera
Henry Stanley esploratzaile galesari koadernoa erretzeko agindu zioten tribu afrikar bateko kideek. Haserre zeuden Stanleyrekin, eskualdea goitik behera miatzen zebilelako, eta koadernoan egiten zituen zirriborroak oso susmagarriak iruditu zitzaizkien: gizon zurien errito gaizto bat izan zitekeela uste zuten.
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4“Me hice amigo de las moscas”
Sergio Fernández Tolosa (Barcelona, 1974) decidió medirse con el desierto, un espacio desnudo en el que la supervivencia depende de reglas tan básicas como duras. Y para eso diseñó un gran viaje: la travesía en bicicleta de Australia, Atacama, Mojave, Namib, Kalahari, Gobi y Sáhara. Entre 2003 y 2007 pedaleó casi 30.000 kilómetros, aprendió a obedecer las leyes de las tierras inhóspitas y volvió a casa admirado por las vidas de sus remotos habitantes. Esas experiencias quedaron recogidas en los textos y las fotos de un libro espectacular: Siete desiertos con un par de ruedas.
También elaboró este documental. Y después os dejo la entrevista que le hice hace tres años para la revista Altaïr.
“En el desierto aprendí a sobrevivir con lo mínimo, como los animales”
-El origen de este proyecto es bastante llamativo: hace siete años usted sufrió una experiencia peligrosa en el desierto, se sintió al borde del abismo… y decidió buscar ese vértigo durante los siguientes años.
-En 2001 me perdí con la bici en el desierto de Túnez. Tomé una pista equivocada, que terminó desapareciendo entre montañas, y pasé tres días sin ver a nadie. Me quedé sin comida y sin bebida. Pero conseguí orientarme, salí a un oasis y allí encontré a un hombre que me ofreció té y me indicó el camino hasta una aldea. Fue una experiencia dura pero a la vez me fascinó. Desde chaval me ha gustado ponerme a prueba, buscar situaciones en las que debo espabilarme y salir adelante por mis propios medios, y en Túnez me di cuenta de que los desiertos son el escenario ideal para retos así: espacios vacíos, con condiciones muy difíciles para la vida, donde resulta casi imposible encontrar ayuda. Quería comprobar si era capaz de atravesarlos por mi cuenta.
-¿Por qué en bicicleta?
-Es el medio con el que más a gusto me muevo. Disfruto con el pedaleo, me siento muy cerca de la naturaleza y de la gente, tengo independencia para ir donde quiera y pararme cuando me apetezca. El ritmo lento, el cansancio o un pinchazo te hacen parar, por ejemplo, en una aldea namibia donde los turistas pasan en todoterreno pero no se detienen. Los niños de aquel pueblo nunca habían visto a un hombre blanco. Yo estuve unas horas con los vecinos, jugando a una especie de ajedrez, charlando, comiendo… El viaje se hace mucho más humano.
-¿También ayuda el hecho de ir solo?
-Sí, porque necesitas comunicarte, acercarte a los demás. Es verdad que viajar en solitario por el desierto obliga a tomar muchas más precauciones, porque cualquier error o accidente puede resultar fatal, pero las decisiones son más fáciles porque las consecuencias sólo las paga uno mismo. De todas maneras, cuando debía tomar una decisión importante, si tirar por aquí o por allá, si continuar o detenerme, me acordaba de algunos amigos y pensaba qué harían ellos. Era una manera de tomar decisiones en grupo estando solo.
-Pero a veces la soledad pesa mucho. En el desierto australiano llegó a agradecer la compañía de una mosca.
-Sí, y le hablaba. Y también le hablaba al viento. Fue por un proceso de adaptación al medio. Me adapté físicamente (fui aprendiendo a soportar el calor, a dosificar la bebida, sabía cuándo convenía avanzar, cuándo ir más lento, cuándo parar…) y también me adapté mentalmente. En un viaje así, durante muchas horas no ocurre absolutamente nada, el paisaje es monótono y el pedaleo se convierte en una especie de meditación. Al final consigues un ritmo interior, una concentración con la que alcanzas momentos de clarividencia, incluso eres capaz de resolver problemas de tu vida que arrastras desde hace años. En otros momentos el cerebro crea fantasías. En un tramo de Australia llevaba los brazos cubiertos por una nube de moscas y hacía un calor horroroso, pero entonces empecé a pensar que las moscas también estarían sofocadas y dije “bueno, que se beban mi sudor, que aprovechen lo que puedan”. Te acabas solidarizando hasta con las moscas. En el fondo es un entretenimiento mental para distraerte del calor, el cansancio y el aburrimiento. Y una estrategia: si no puedes con las moscas, alíate con ellas. Cuando empezaba a soplar el viento en contra, yo le saludaba: “Hombre, ya estás por aquí, has venido otra vez a joderme, ¿eh?”, y me reía. Los problemas te molestan cada vez menos. La otra opción es desesperarse. Y hace falta mucha serenidad para atravesar el desierto.
-En esa adaptación, usted relata que se iba convirtiendo en un animal. Llegó a disputarle una sombra a un camello, y una fuente a una manada de caballos.
-En el desierto todos los seres vivos competimos por lo mismo: sombra y agua. La única diferencia es que los humanos cargamos ropa y comida. Cuando no tienes asegurada la supervivencia más básica, las demás necesidades se simplifican o desaparecen: a mí ya me daba igual comer arroz todos los días, me echaba a dormir en cualquier lado, no me importaba llevar la misma ropa. Sólo obedecía a la ley principal: ahorrar esfuerzos. Como los animales. Y dentro de esa sencillez, cualquier detalle añadido es un lujo. En una aldea africana conseguí una zanahoria y la comida de ese día ya fue especial, porque el arroz sabía un poco distinto. Un día echaba al café más azúcar de lo normal, otro día no le echaba nada, y esos cambios eran todo un acontecimiento.
-¿Esas experiencias le han hecho más austero también en la vida cotidiana?
-A veces echo de menos vivir sólo con una mochila. Es muy difícil llevar una vida tan básica como la del desierto, pero sí que procuro simplificar las cosas. Los viajes ayudan a relativizar los problemas y las necesidades, a valorar lo básico. La verdadera lección me la dieron los habitantes del desierto, que tienen poquísimas cosas y se apañan con ellas. Por supuesto que les gustaría disponer de frigoríficos, latas y agua embotellada, pero no pueden. A una familia de nómadas mongoles le basta con el pasto, el ganado y agua. Se alimentan con té, leche, pan, queso, carne y poco más. Sólo consumen lo que tienen a mano, en la naturaleza, y eso puede ser más incómodo pero también más equilibrado. El único residuo que vi en la llanura fue una botella de vodka. Y eso me choca con la vida que llevamos nosotros, con miles de camiones transportando productos de una punta a otra, con tantos envases sobrantes…
-En el libro subraya el carácter hospitalario de esas gentes del desierto.
-Me invitaron a sus casas, me ofrecieron comida y techo, me aconsejaron, incluso me cuidaron en momentos de apuro (cuando sufrí un golpe de calor en Mauritania o durante una tormenta en Mongolia). También es un intercambio. No porque quisieran mi dinero –me ocurrió pocas veces- sino porque tenían mucha curiosidad por mí y les apetecía acogerme. En sitios tan solitarios la llegada de un extranjero es una gran novedad. Pero en sitios más frecuentados no ocurre lo mismo. Durante las primeras etapas por Marruecos dormí siempre en hostales, hasta que llegué a una aldea donde unos albañiles me invitaron a dormir en su casa y me prepararon un cuscús con verduras y carne. Me di cuenta de que ya había dejado atrás las rutas turísticas.
-¿Cómo se distingue un turista de un viajero?
-En algunas situaciones yo era turista, en otras viajero, en otras aventurero… Depende de cómo te reciba la gente del lugar: si sólo quieren venderte una alfombra, eres un turista; si te acogen en su casa, te preguntan por tu vida y tu país, entonces eres un viajero aunque vayas en un viaje organizado. Ellos definen lo que eres. Pero lo más importante no es ser turista o ser viajero, sino actuar de una manera responsable. Debemos ser muy respetuosos y entrar con mucho tacto en las vidas de los demás.
-Usted lo hizo por ejemplo en Walata, una ciudad legendaria del desierto mauritano: pasó una semana donde los turistas sólo se quedan una noche.
-Quizá haya viajeros más extrovertidos, más lanzados, pero yo necesito tiempo. Paseaba por las calles y sacaba fotos, pero no se las hacía directamente a las personas, por respeto. No me gusta robar fotos. Cuando ya llevaba varios días allí, me conocía el panadero, la señora que me servía el desayuno, el de la tienda de la esquina… Me saludaban, charlábamos, se iba creando confianza. Al final fueron ellos quienes me pidieron que les sacara fotos, me invitaron a sus casas y conocí un poco de sus vidas. Esas imágenes son las más valiosas para mí, porque sé que con las personas compartí algo más que una foto.
Siete desiertos, siete lecciones
Australia: “Aprendí a pedalear en el desierto: cómo soportar el calor, cómo beber, cómo dosificarme, cómo aguantar la monotonía… Comprobé que era capaz de cruzar un desierto en bici”.
Atacama: “El primer gran viaje de mi vida. Ignoré el cuentakilómetros y el calendario, aprendí a perderme y a encontrarme, hablé mucho con la gente… Una inmersión de cuatro meses y medio en la que casi me olvidé de todo lo demás”.
Mojave: “Solemos tener prejuicios contra los estadounidenses, pero conocí a muchos que nos dan mil vueltas en respeto, hospitalidad, cultura y hasta gastronomía”.
Namib: “Los elefantes de la sabana destruyen los árboles cuando se alimentan. Los del desierto sólo comen los alimentos maduros y se comportan con más calma, con la misma parsimonia que las personas de esas regiones. El medio influye mucho en el carácter”.
Kalahari: “Un viaje con prisas, por miedo a las fieras. Descubrí las diferencias entre el respeto, el miedo y el pánico (cuando una noche se me aparecieron dos cobras)”.
Gobi: “Paisajes extensos sin rastro de infraestructuras (ni carreteras, ni puentes ni nada): no estropean las vistas… pero tampoco las disfrutas. Fue una experiencia muy humana, pasé muchos días con los nómadas mongoles”.
Sáhara: “Yo ya no necesitaba hacer ese viaje y además me sentía cansado. Pero al mismo tiempo me empujaba la curiosidad por saber qué hay más allá del horizonte”.
Siempre y cuando solo desee un huevo de pingüino
La carrera del noruego Amundsen y el británico Scott por llegar al Polo Sur, tan legendaria y tan cargada de seducciones narrativas, ocultó otras historias terribles de esa misma época: las de las expediciones científicas que desarrollaron los hombres de Scott durante ¡tres años! aislados en la Antártida (1910-13). Una vez al año recibían la visita de un barco con provisiones y cartas de sus familiares. Para los británicos la conquista del Polo era una guinda, el gancho comercial y patriótico con el que financiaban una larguísima campaña de investigaciones y exploraciones polares. De exploraciones atroces.
El diario de Scott, en el que registró con una precisión escalofriante el regreso agónico del Polo Sur, hasta pocos días antes de su muerte y la de sus cuatro compañeros, a escasos kilómetros de un depósito que les hubiera salvado la vida, constituye uno de los textos más conmovedores de la historia. Muchísimos lectores recordarán la entereza, la elegancia y el amor de Scott en plena agonía. Se quedan grabados en la memoria momentos como aquel en el que el agotado Oates sale de la tienda, dice que quizá tarde un poco en volver, y se aleja para dejarse morir en el hielo y no retrasar más la marcha desesperada de sus compañeros.
Pero la tragedia de Scott y sus hombres solo es una parte de la epopeya británica en la Antártida entre 1910 y 1913. Apsley Cherry-Garrard, uno de los que rescataron los cadáveres congelados de Scott y compañía, relató las historias de aquellos tres años antárticos en un libro que se lee temblando: El peor viaje del mundo (hay edición de bolsillo, por 12 euritos).
El título hace referencia a una de las expediciones que se organizaron en aquellos tres años, el llamado “viaje de invierno”, en el que participó el propio Cherry-Garrard. Tres hombres salen en pleno invierno antártico, completamente a oscuras y con temperaturas que caen a 60 grados bajo cero, porque esa es la única época en la que pueden recoger huevos de pingüino emperador. Los científicos creían que se trataba del ave más primitiva y que el estudio de sus embriones podría determinar si constituía el eslabón entre los reptiles y las aves. Así que los tres hombres pasaron cinco semanas de puro horror, en el filo de la congelación y la locura, para conseguir unos puñeteros huevos de pingüino.
Las setenta páginas de ese capítulo se leen como un relato terrorífico de Poe. Se alternan las descripciones del infierno antártico, la narración escueta de penurias inconcebibles y las circunspectas observaciones científicas sobre los pingüinos. “Durante aquel viaje empezamos a considerar a la muerte como una amiga”, escribe Chery-Garrard. Y poco a poco va destilando un retrato de aquellos exploradores británicos tan heroicos como comedidos, “hombres de oro de ley, relucientes y puros”, tan entregados a la vocación de la ciencia, con un sentido tan agudo de misión y sacrificio en aras del conocimiento humano. Lo más impresionante del relato no es el terror que producen las grietas invisibles en la noche antártica, las ropas congeladas “como armaduras de hielo macizo”, la soledad de tres hombres sepultados en una tienda bajo una tormenta polar. Lo más impresionante es el temple: “No nos olvidábamos de pedir las cosas por favor ni de dar las gracias, lo cual significa mucho en tales circunstancias, ni de todos los pequeños vínculos con la dignidad y la civilización que todavía podíamos mantener. Juro que aún nos quedaban modales cuando llegamos tambaleándonos a la base. Y no perdimos la calma, ni siquiera con Dios”
El libro termina así: “La exploración es la expresión física de la pasión intelectual. Y diré una cosa: si tiene usted el deseo de saber y el poder para hacerlo realidad, vaya y explore. Si es es usted un hombre valiente, no hará nada; si es un hombre miedoso, es posible que haga mucho, pues solo los cobardes tienen necesidad de demostrar su valor. Hay quien le dirá que está chiflado, y casi todo el mundo le preguntará: ‘¿Para qué?’. Es que somos una nación de tenderos, y ningún tendero está dispuesto a parar mientes en una investigación que no le prometa un rendimiento económico antes de un año. Así que viajará usted prácticamente solo con su trineo, pero quienes le acompañen no serán tenderos, y eso tiene un gran valor. Si hace usted su correspondiente viaje de invierno, obtendrá su recompensa, siempre y cuando lo único que desee sea un huevo de pingüino”.
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Si queréis ver un cajón con huevos de pingüino que quedó abandonado en la cabaña de Scott, visitad esta fantástica entrada de Fogonazos: Las cabañas abandonadas de Scott y Schakleton.
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El día en que se cumplen cien años de la llegada de Amundsen al Polo Sur, Iñurrategi, Vallejo y Zabalza llevan ya un mes de expedición para atravesar toda la Antártida pasando por el Polo, con esquíes, trineos y cometas. Como podéis ver en el mapa, ahora mismo se encuentran en el punto de no retorno, a unos 1.100 km de la base donde comenzaron la travesía y a unos 1.100 km del Polo: 
La Sirenita (retrato al plastidecor)
Nunca he apurado tanto un equipaje como cuando Josema y yo salimos en una moto modesta a darle la vuelta a media Europa (desde San Sebastián hasta Nordkapp, en la punta norte de Noruega, y vuelta por los países bálticos: Buscando el norte, 1999). En la moto íbamos tan justos de sitio que decidimos llevar como toda cubertería una cuchara y un tenedor, en cuyo uso nos íbamos alternando, con la emoción de esperar a quién le tocaría la cuchara la noche en que cenábamos huevos fritos.
A pesar de semejantes apreturas, Josema metió en su mochila un elemento superfluo: un paquete de pinturas plastidecor. Él, conviene destacarlo, no dibuja nunca salvo cuando va de viaje. Y lo hace con la habilidad de un macaco hipoglucémico.
Cuando llegamos a Copenhague, visitamos la famosa estatua de La Sirenita. Varias docenas de turistas le sacábamos fotos y muchos posaban delante de ella, mientras dos chicas vestidas de bailarinas de cancán repartían entre el gentío publicidad de un museo erótico. Josema me pidió el cuaderno, se sentó en el muro, sacó los plastidecor y se tomó su tiempo para pintar La Sirenita:
Josema no es dibujante ni escritor pero sí uno de los observadores más agudos que conozco. Las postales que me envía son, para mí, uno de los subgéneros más interesantes de la literatura de viajes. Con letra apretadísima, están plagadas de detalles en los que nadie más se fijaría -las cualidades del mármol travertino, el remoto origen del granito con el que está construido el Empire State, las extrañas variaciones de los platos combinados en los bares próximos al estadio del Rayo Vallecano, las piernas distorsionadas en los cuadros de su admiradísimo El Greco-. Y siempre incluyen un dibujo; por ejemplo, el de la torre del Big Ben: Josema descubrió con gran conmoción que el reloj más famoso de Londres no tenía segundero, un hallazgo que desencadenó sus reflexiones sobre el mito de la puntualidad británica (“¡pueden llegar 59 segundos tarde y presumir de ser puntuales!”).
Tres años después de ver a Josema pintando La Sirenita con plastidecores, leí El arte de viajar, de Alain de Botton. Lo cité aquí mismo hace pocos días: en aquel párrafo De Botton decía que viajar en solitario es ventajoso, porque la presencia de otros compañeros nos cohíbe, nos hace actuar dentro de la normalidad que se nos supone, y así frena algunos arrebatos y algunos intereses que pueden nacer espontáneamente de nuestra curiosidad. Si os fijáis, De Botton terminaba ese párrafo dibujando el escaparate de una ferretería que le había entusiasmado.
En su libro habla de John Ruskin, escritor inglés del siglo XIX, quien reflexionaba sobre la tendencia humana a responder a la belleza, sobre el deseo de poseerla y la necesidad de comprenderla. Ruskin daba clases de dibujo y no le importaba que sus alumnos tuvieran una técnica mediocre: “No he pretendido enseñarles a dibujar sino tan sólo a ver“, les decía. “Dos hombres caminan por el mercado de Clare. Uno de ellos sale por el otro extremo ni un ápice más sabio que cuando entró; el otro repara en un poco de perejil que sobresale por el borde de la cesta de una mantequera y lleva consigo imágenes de belleza que incorpora en más de una ocasión en el transcurso de su trabajo cotidiano. Quiero que ustedes vean las cosas de esta manera”.
“A Ruskin le resultaba desolador lo poco que solía fijarse en los detalles la gente”, escribe De Botton. “Deploraba la ceguera y la premura de los turistas modernos, especialmente de aquellos que se jactaban de recorrer Europa en tren en una semana: `No habrá cambio de lugar a 160 kilómetros por hora capaz de incrementar un ápice nuestra fortaleza, nuestra felicidad o nuestra sabiduría. En el mundo siempre hubo más de cuanto las personas alcanzaron a ver con su paso tan lento. No lo verán mejor por más que se apresuren. Las cosas realmente valiosas son cuestión de visión y pensamiento, no de velocidad’”.
Cuando empezaron a aparecer las primeras cámaras fotográficas, a Ruskin le entusiasmaron. Pero pronto “se percató del diabólico problema que planteaba la fotografía para la mayor parte de quienes la practicaban. Más que usar la fotografía como suplemento para la visión activa y consciente, la empleaban como alternativa, prestando menos atención que antes al mundo, confiados como estaban en que la fotografía les garantizaba automáticamente su posesión”.
“La auténtica posesión de una escena”, sigue De Botton, “pasa por realizar un esfuerzo consciente para reparar en sus elementos y comprender su construcción. Podemos ver la belleza con la suficiente nitidez con sólo abrir los ojos, pero la pervivencia de esta belleza en la memoria depende del grado de intención de nuestra manera de captar. La cámara enturbia la distinción entre mirar y percatarse. Puede brindarnos la opción del auténtico conocimiento, pero puede tornar superfluo el esfuerzo de adquirirlo. Sugiere que hemos hecho todo el trabajo con el simple hecho de tomar una fotografía, mientras que la auténtica ingestión de un lugar, como por ejemplo un bosque, plantea una serie de interrogantes como `¿cuál es la conexión entre los troncos y las raíces?’, `¿de dónde sale la niebla?’, ‘¿por qué unos árboles parecen más oscuros que otros?’. Esas preguntas están implícitamente formuladas y respondidas en el proceso de dibujar.
“Por pésimo que sea, el dibujo de un objeto nos hace pasar súbitamente de una borrosa percepción de su aspecto a una conciencia precisa de sus partes integrantes y de sus particularidades. (…). Otro beneficio que podemos obtener del dibujo es una comprensión consciente de las razones de la atracción que sentimos hacia ciertos paisajes y ciertas construcciones. Hallamos explicaciones para nuestros gustos. Sabemos detectar de dónde surge el poder de una escena que nos impresiona. Pasamos del escueto ‘me gusta’ al ‘me gusta porque’…”.
Josema viaja mucho, nunca lleva cámara de fotos y sigue dibujando en todas las postales que envía. Recuerda y saborea sus viajes con una precisión y una intensidad que a mí me llenan de envidia.
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Para no echarle la culpa de nuestra torpeza a la cámara de fotos, aquí van cinco amigos que son fotógrafos y grandes observadores: Eider Elizegi, Santi Yaniz, Sergio Fanjul, Dani Burgui, JMC… Los cinco fotografían, los cinco caminan mucho, los cinco son lentos.
Demasiado normales
El escritor Alain de Botton se para en mitad de la calle. Observa, piensa y cae en la cuenta de que le atraen los puentes ferroviarios de arco y la autopista que surca el horizonte:
“Viajar en solitario parecía ventajoso. Nuestra forma de responder al mundo se halla modelada de manera decisiva por aquellos con quienes estamos; templamos nuestra curiosidad para encajar en las expectativas ajenas. Los otros pueden tener una visión particular de quiénes somos e impedir así que afloren algunas de nuestras facetas. ‘No pensaba que fueses uno de esos que se interesan por los pasos elevados’, sugerirán tal vez con acento intimidatorio. El estrecho marcaje por parte de un compañero puede coartar nuestra observación al dejarnos confinados a la tarea de acoplarnos a sus preguntas y observaciones, instándonos así a mostrarnos más normales de lo que es saludable para nuestra curiosidad. Pero yo me hallaba a salvo de tales preocupaciones, al estar solo en Hammersmith en plena tarde. Era libre de comportarme de manera algo extraña. Dibujé el escaparate de una ferretería y el paso elevado”.
(Alain de Botton, El arte de viajar).
Estaciones abandonadas en Groenlandia
En pleno vendaval ártico, Iñurrategi, Vallejo y Zabalza llegaron a DYE 2, una estación de radar abandonada en mitad de Groenlandia. Llevan 17 días esquiando, arrastrando el trineo, cometeando, y con muchas penurias han cubierto ya 800 kilómetros. Les quedan otro 1.500 hasta Thule, en el extremo norte de la isla.
“Es mi primera experiencia en travesías polares”, explica Zabalza en el vídeo, “y resulta mucho más dura de lo que esperaba. Cuando estás acostumbrado al Himalaya, la mayor diferencia es que aquí nunca descansas, no hay un campo base al que llegas para relajarte y donde el cocinero te sirve el té”.
En la estación de radar, desde luego, conseguir que te atienda un camarero parece al menos tan difícil como en un bar donostiarra. Y no lo dicen, pero otra pega es que con semejantes vientos no hay quien amontone los amarrekos.
La DYE 2 formaba parte de un cinturón de 58 estaciones de radar que Estados Unidos construyó desde Islandia hasta Alaska, pasando por Groenlandia y Canadá, durante la Guerra Fría -pero fría fría-. Claro: si los soviéticos y los estadounidenses querían lanzarse misiles, el camino más corto era a través del Ártico. Y este cinturón de estaciones debía servir como alerta temprana -dicen que el radar de Thule confundió una manada de gansos con un ataque nuclear soviético-.
Hace tres años nosotros conocimos los restos de DYE 4, la estación de radar situada en el islote groenlandés de Kulusuk. En la foto de Dani Burgui podéis ver a Josu Iztueta, probando si aquello explota, se derrumba o qué.
Más información sobre la travesía de Iñurrategi, Vallejo y Zabalza: Bat Basque Team.
Geocoincidencias
Hace justo diez años, el 23 de mayo de 2001, llegamos a la orilla jordana del Mar Muerto. Aquellas rocas rebozadas de sal están en el punto más bajo de la superficie terrestre (416 metros por debajo del nivel de los océanos). Y fueron el quinto de los seis sótanos del mundo que visitamos durante la expedición Pangea.
En aquella quinta etapa del viaje participamos Maialen Lujanbio, el tolosarra Josu Iztueta y yo. Cuando volvimos a casa, nos enteramos de que la también tolosarra Edurne Pasaban había alcanzado la cumbre del Everest… precisamente el 23 de mayo. Es decir: en el mismo instante hubo un tolosarra en el punto más bajo del planeta y una tolosarra en el más alto, sin que ninguno tuviera noticias del otro. ¿Cuántas ciudades del mundo podrían presumir de una coincidencia de tal calibre? Deben de contarse con los dedos de una oreja. Y Tolosa, ojo al dato, tiene 18.000 habitantes (menos que el barrio donostiarra de Gros, por ejemplo). Hemos hablado a menudo de este caso tan peculiar, Josu explica muy bien algunas causas históricas -la aparición de los noruegos, la pujanza industrial, la potente tradición montañera y deportista, el entorno geográfico tan variado- para explicar la insólita abundancia de viajeros, escaladores, deportistas y aventureros de todo pelaje en una ciudad de este tamaño.
Ese mismo 23 de mayo de 2001 también pisó la cumbre del Everest el montañero vitoriano Juan Vallejo, con quien compartí dos meses de campo base en el Karakórum el verano pasado. A mí, la verdad, me parecía muy curioso sentarme a la misma mesa con alguien de quien una vez estuve separado por 9.264 metros de altitud (sin aviones ni submarinos, claro, y sin ponernos quisquillosos, ejem, con distinguir quién se separó más del cero para abrir semejante distancia).
Pasaban, igualito que entonces, está ahora mismo en el Everest. Iztueta acaba de volver de Nepal. Vallejo está cruzando Groenlandia con esquís, trineo y cometa. Yo… yo acabo de volver de Lapuebla de Labarca y esta tarde, por primera vez en el año, he paseado por la orilla del Cantábrico metido en el mar hasta los muslos.
En mi casa vivíamos como en África y ahora como en California
Bernardo Atxaga hace una entrevista deliciosa a Josu Iztueta en la revista Erlea -pedazo de revista-. Le pide que elija diez objetos relacionados con su vida y que hable sobre ellos. Traduzco al castellano la parte del primer objeto. Los euskoparlantes, segi azkar kioskora, aldizkariak testu bikainak dauzka eta, Afrikako literatura, atleta, esploratzaile eta abarrei buruz (eta Bernardo Atxaga, Asun Garikano, Joxemari Iturralde, Anari, Felix Ibargutxi, Ramon Olasagasti, Jabier Muguruza, Urtzi Urrutikoetxea eta abarren lanak…).
Bernardo Atxaga: El primer objeto que traes es una fotografía, de cuando eras niño, con tus dos hermanas. Dinos, ¿qué recuerdos te trae? ¿Qué te gustaría contarnos?
Josu Iztueta: Esta es mi única fotografía de niño. No me sacaron ninguna otra hasta los seis años. Ahora son “fotos” pero entonces eran “retratos”: venía alguien a sacarlos. La he escogido para recordar de dónde vengo. Mi padre es de Berastegi; mi madre, de Larraul. Los hermanos nacimos en Tolosa, hijos de un matrimonio con muy poca formación, en una casa en la que no había libros. Buena intención no les faltaría, pero no tenían medios. Ángeles es la mayor, a los catorce meses nació Arantxa y a los dos años nací yo.
Creo que no nacimos en mal sitio ni en mala época [1957]. La ventaja de nacer en Tolosa es que teníamos muchas cosas a mano: la escuela, las tiendas… Pero aunque nacimos en Tolosa, casi todos nuestros primos vivían en Berastegi y yo solía ir muchas veces allá. En Berastegi yo era un kalekume [un niño de la ciudad, un urbanita] y en la escuela de Tolosa yo era un kaxero [de caserío]. Y pensaba: “¿Cómo voy a ser kalekume, cuando voy al pueblo los fines de semana, y aquí kaxero, el resto de los días?”.
Eso, con el tiempo, ha sido muy importante para mí. Al viajar he conocido muchos pueblos campesinos, muchas culturas de pastores, y me acordaba del mundo de mi infancia. Las cosas que veo ahora en Bolivia, en Marruecos o en algunos países pobres las he conocido yo en el caserío del pueblo, que no tenía agua corriente. En la casa donde nacimos tampoco había ducha, ni televisor, ni teléfono, ni ascensor, ni coche ni nada. Fuimos un eslabón intermedio entre dos mundos.
Conocí ese modo de vida y por eso valoro mucho lo que tenemos ahora. En cuarenta años hemos pasado de África a California. En mi vida yo he conocido el modo de vida de la actual África y el de la actual California, con el wifi y todas esas cosas. Y todo eso en cuarenta años. No han pasado más que dos o tres generaciones.
¿Quién iba a imaginar que mi hermana llegaría a consejera del Gobierno Vasco? Una hermana estudió Exactas, y la otra, Física. Hasta entonces, en mi familia sólo las monjas y los curas habían tenido oportunidad de estudiar algo, Paulo Iztueta, algunos de la familia de mi padre… Pero la primera generación en llegar a la universidad fue la nuestra. No porque fuéramos más listos, sino porque por primera vez nos dieron la oportunidad. En casa nadie tenía ni idea de qué era Exactas y qué era Física. Lo que decía antes: en cuarenta años hemos pasado de vivir como en una aldea africana a vivir como en California. De un abuelo que no sabía firmar, a una nieta que ha sido consejera de Cultura.
Te voy a contar una anécdota. Fui a casa de mis padres y encontré a mi madre con un listín telefónico, buscando el número de unos primos de Ordizia -bueno, en aquellos tiempos, Villafranca-. Le dije: “Ama, ¿pero cómo vas a encontrar el teléfono? Para eso hay que ir a la escuela y aprender el alfabeto”. Y le vi la intención: tenía el listín abierto por Beasain. Su lógica era geográfica, la del tren. ¿Por qué tiene que estar Ordizia al lado de Orio?
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En el resto de la entrevista van apareciendo los siguientes objetos: unas diapositivas y una tarjeta de memoria; tarjetas de visita de todo el mundo; el libro Hiru pauso, hiru norabide; el juego de mesa Nairobitarra; un mapa y un termómetro; una llave inglesa, una brida y cinta americana; una oveja de adorno; un platillo con hielo, arena y gravilla; una gran y resistente yuca.
Les da pie para hablar a fondo de los viajes, las expediciones, la Nairobitarra, los amigos, el contacto con culturas de todo el mundo y el contraste con la propia… Una gozada de entrevista.
Hace ya años que escribí este perfil: Los ojos abiertos de Josu Iztueta. Habría que actualizarlo. Lo cuelgo ahora, aprovechando que está en Nepal, para que no se entere y no me dé una colleja.
Sudada en Groenlandia
No sabía que Groenlandia tuviera sur, pero Iñurrategi, Vallejo y Zabalza dicen que están allí. El miércoles se engancharon por primera vez los trineos de cien kilos y comenzaron la travesía de 2.300 kilómetros con la que quieren llegar hasta el extremo norte de la isla. Esperan recorrer cien kilómetros diarios, esquiando y extendiendo cometas para que el viento les empuje. Pero en la primera etapa apenas hicieron diez. Tranquilidad: es lo previsto. Porque las primeras etapas son las de terreno más complicado.
Groenlandia es una llanura de hielo del tamaño de cuatro penínsulas ibéricas. Si te las apañas para soportar el frío extremo, la soledad absoluta, las tormentas vuelcaosos y los white out -los apagones en blanco: cuando el viento te envuelve en una manta de hielo y nieve con la que no puedes distinguir el cielo de la tierra-, si te las apañas con todo eso, puedes esquiar con cierta facilidad. Pero esa llanura está abombada. En el centro de la isla, el grosor del hielo alcanza más de tres kilómetros. Es decir: desde la costa, tienes que subir hasta los 2.500 o 3.000 metros. Para eso, tienes que escalar glaciares repletos de grietas y seracs. Y si llevas a rastras un trineo de cien kilos, la cosa se complica.
“Nos hemos encontrado con muchas grietas y formaciones de hielo, además de nieve bastante pesada, lo que ha hecho muy incómodo tirar de los trineos”, escribieron Iñurrategi, Vallejo y Zabalza al final de la primera etapa, en la que remontaron 600 metros de desnivel. Dicen que han tenido “buen tiempo, poco frío”, que arrastrando los trineos cuesta arriba y de grieta en grieta han “sudado bastante” y que a partir de hoy esperan que “el camino sea más tendido y llevadero”.
Foto: Basque Team









