Reportajes

Regreso al campo de Gurs

Aquí va el reportaje sobre Luis Ortiz Alfau y el campo de concentración de Gurs: tan cerca, tan nuestro, tan olvidado.

“Cien años y superviviente del campo de Gurs”. Publicado en la revista ‘Papel’.

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Foto de Mauro Saravia.

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La orquesta que salió del vertedero

“En uno de los barrios más pobres y violentos de Oaxaca (México), los jóvenes consiguieron violas, violines, saxos y clarinetes. Algunos de ellos eran pandilleros, chicos de la calle devastados por la inhalación de disolvente: ahora, en los ensayos, pasan horas concentrados ante el pentagrama. Han montado una orquesta sinfónica y están transformando el barrio”.

He publicado este reportaje en la revista Papel. Aquí está completo: La orquesta que salió del vertedero.

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Foto: Andrea Mantovani.

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El ciclista que hablaba con las moscas

Primero se preocupó un poco: pedaleaba en solitario por el desierto de Túnez, no sabía muy bien hacia dónde tirar y siguió una pista. Luego se agobió: la pista se colaba entre unas montañas áridas y se fue desvaneciendo, hasta que desapareció. Luego se asustó: se le echó la noche encima, acampó bajo las estrellas, siguió perdido por las montañas un día más, se le terminó la bebida, se le terminó la comida, se le echó encima una segunda noche, siguió arrastrando la bici un día más, se le echó encima una tercera noche de sed pedregosa. Al tercer día se emocionó: consiguió situarse por fin en el mapa, salió a un oasis y encontró a un hombre que le ofreció un té. El hombre le indicó el camino para llegar hasta una aldea. Allí Sergio Fernández Tolosa se hartó de beber, comer y dormir. La experiencia había sido terrible, así que decidió repetirla.

Y se puso a cruzar los mayores desiertos del mundo en bicicleta, siempre solo.

Sigue aquí: ‘El ciclista que disputaba la sombra a los camellos‘, en la revista Yorokobu.

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La juerga de los barbudos románicos

En San Pedro de Etxano no cuadra nada. Es la única iglesia románica conocida que, en lugar de transmitir la doctrina cristiana, refleja mensajes profanos.

Quienes saben leer los símbolos del románico se quedan pasmados: en la portada no aparecen el Cristo en majestad y los veinticuatro reyes ancianos del Apocalipsis, como dicta el canon, sino un señor de grandes barbas postizas celebrando una fiesta de carnaval con sus amigotes; y en la decoración del edificio se pueden leer las fórmulas de alquimia que se estudiaban en el siglo XII, dictadas por uno de los mayores sabios de la época, un sacerdote inglés que fue consejero del rey de Navarra y estaba mosqueado con la Iglesia. Un señor lo suficientemente sabio, rico y mosqueado como para construir este edificio burlón.

El reportaje completo, aquí: ‘Un templo románico dedicado a la parranda’ (Yorokobu).

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Los juerguistas barbudos de Etxano. Foto de Javier Intxusta.

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VIAJE AL RÍO DE LECHE LUNAR

En el subsuelo de Guipúzcoa corre un río blanco: es una rareza planetaria. Bajamos a buscarlo con espeleólogos. Charlamos con el biólogo que descifró su composición y descubrió los bichitos extraños que viven allí abajo, atrayéndolos con queso y musgo empapado en cerveza.

El reportaje completo, aquí, en la revista Papel del diario El Mundo.

Río de leche lunar. Sergio LaburuFoto de Sergio Laburu.

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Aquel Tour que le robaron a ‘la Pulga de Torrelavega’

“Los ciclistas terminaron de cenar y se fueron levantando de las mesas. Quedó uno solo: Vicente Trueba, que rebañaba los restos del plato. Cuando pasó la camarera, le pidió el postre: jamón, huevos fritos y otro filete. Y más pan, por favor.

José Bobillo, un federativo cántabro, asistió a la escena y pensó que Trueba se iba a gastar todo su dinero antes de terminar el Tour de Francia, si seguía comiendo tanto. El ciclista de Torrelavega se había ganado ya un cierto prestigio en el Tour de 1930, y consiguió que en 1932 la organización le pagara al menos una dieta para sus gastos de alojamiento, comida y reparaciones: 50 francos diarios. Trueba le mostró al periodista Ramón Torres una factura de 80 francos por la reparación de una rueda torcida, y le explicó que se apañaba con otros dos ciclistas modestos franceses para contratar a un masajista entre los tres.

Trueba corría sin equipo. Y escalaba para comer: gracias a los dos mil francos de premio por coronar primero el col d’Aubisque, podía repetir huevos fritos, jamón y filete. Y más pan, más pan”.

Sigue en la revista Jot Down Smart, que se vende hoy con El País.

La Pulga de Torrelavega

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El hombre que ordeñó la niebla

Cuatro días antes de cumplir los 97 años, don Tadeo Casañas recuerda la noche en que salvó de la sed a los habitantes de El Hierro. Sentado en el sofá de su casa, pide perdón porque confunde las historias, se le quedan a la mitad, vuelve una y otra vez a los muertos, la cantidad de muertos que vio tirados en la batalla del Ebro, vuelve a la trinchera en la que durmió acurrucado con un compañero que a la luz del día resultó ser otro muerto más, vuelve a la novia que tuvo entonces en Sant Sadurní d’Anoia, en cuya casa se alojaba a veces.

-Ella se acostaba con su madre y amanecía conmigo- cuenta tres veces, y se ríe las tres.

Pide perdón porque confunde las historias, pero hay algunas que narra de corrido. Las que resisten en la memoria, a los 97 años, cuando todas las demás se han desintegrado: las historias de la guerra, las historias del amor y las historias de la sed.

En 1948 no llovió ni una gota. Los pozos de la isla de El Hierro se secaron, las tierras se agrietaron, los frutales se marchitaron, las vacas y las ovejas se morían. Los humanos no morían, porque un barco cisterna traía agua desde Tenerife y un camión repartía las cubas casa por casa, pero muchas familias se arruinaron. La sequía empujó la gran emigración clandestina a Venezuela: 12.000 canarios se apretaron en 94 veleros para cruzar el Atlántico entre 1948 y 1950.

Don Tadeo tuvo una idea. (Seguir leyendo en Papel).

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Don Tadeo, hace unos años, en las montañas de El Hierro. Foto cedida por Isidoro Sánchez.

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Los gunas, el pueblo anfibio amenazado por el océano

En cuanto soplan vientos fuertes y sube la marea, el océano amenaza con tragarse el archipiélago Gunayala. Veintiocho mil gunas (o kunas) viven en estos islotes coralinos sin relieve, en el Caribe panameño, y trescientas familias tienen ya un plan para trasladarse al continente.

Sin embargo, las obras de las viviendas, el hospital y la escuela que se iban a construir para ellos llevan años paralizadas. Los gunas están pendientes de la evacuación y de la cumbre sobre el cambio climático que se celebra en París a partir del 30 de noviembre. Los representantes de Panamá reclaman ayudas para amoldarse a un cambio que han producido otros.

El reportaje sigue en CNN.

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El explorador que miraba y no veía

El explorador Abbadie levantó un castillo tintinesco en la costa de Hendaya, repleto de tesoros africanos y mensajes enigmáticos en los catorce idiomas que hablaba. Un hueco atraviesa las paredes del castillo y la biografía entera de Abbadie, un hueco acompañado por un lema: «No vi nada, no aprendí nada»

El porteador Bitawligne subía la montaña canturreando lamentos: ¡Ay, pobre de mí! ¡Mi patrón camina hacia las nubes! ¡Ay, madre mía, acaso me pariste para que yo caminara hacia las nubes!

Era el 13 de mayo de 1848 y los demás porteadores se habían plantado unas horas antes, asustados por la nieve, en el borde de los precipicios de esa montaña altísima a la que nadie subía jamás: era el territorio de los espíritus. En la cima se adquirían conocimientos poderosos pero el acceso estaba prohibido a los humanos. Bitawgline seguía, qué remedio, al Abba Diya, al padre del caballo blanco, hombre sabio, brujo europeo. Al Abba lo recibían en las cortes abisinias, le pedían bendiciones y trucos de magia, le pedían que adivinara el futuro, que hiciera de embajador para llevar a las hijas de los reyes a casarse con los hijos de reyes enemigos, le regalaban esclavos para sus expediciones misteriosas por el país.

El Abba Diya era Antoine d’Abbadie, explorador, cartógrafo, físico, astrónomo, etnógrafo, lingüista, nacido en Dublín en 1810, de madre irlandesa y padre vascofrancés. Y sí: perseguía un conocimiento que solo podía obtenerse en la cumbre del monte Bwahit.

Pero ese conocimiento le fue prohibido. Las nubes le impedían ver nada, ningún otro punto en las montañas, ningún horizonte para hacer sus triangulaciones y seguir cartografiando la cordillera etíope del Simen. Con una bruma tan espesa, el sextante y el teodolito que había acarreado Bitawgline hasta la cumbre no servían de nada. Abbadie le ordenó que encendiera un fuego y pusiera un cazo de agua a calentar. Luego sacó el hipsómetro de su estuche: un termómetro especial para sumergirlo en agua hirviente. El agua hirvió a 85,5 grados, así que Abbadie dedujo que la cima del Bwahit alcanzaba los 4 600 metros. En realidad mide 4 437 metros y es la tercera montaña más alta de Etiopía. Dos días después Abbadie escaló el techo del país: el picoRas Dejen, a 4 553 metros. Se entusiasmó. No por ningún afán deportivo: simplemente, en el monte más alto de Etiopía, esa tarde, no había tantas nubes. Pudo medir un tour d’horizon casi completo, una panorámica en la que determinó varios puntos lejanos con sus alturas.

Como temían los porteadores abisinios, la ascensión de Abbadie a las cumbres desató una maldición. El explorador estaba fascinado por los pueblos abisinios, pasó allí diez años, escribió el primer diccionario de la lengua amárica con quince mil términos, cartografió doscientos cincuenta mil kilómetros cuadrados —el equivalente a media península ibérica—. Los diez mapas de Etiopía fueron su aportación más perdurable a la ciencia, casi la única que no se desmoronó con el paso de los años. Pero esos mapas vinieron de maravilla a los generales del ejército italiano en su primera invasión de Abisinia, en 1895. «Debieron de ser muchos más los abisinios que murieron víctimas de los mapas de Abbadie que los que él pudo salvar del hambre y la enfermedad financiando las misiones», escribió su biógrafo Iñigo Sagarzazu.

Antoine d’Abbadie emprendió una de las exploraciones más apasionantes del siglo XIX, puso en marcha experimentos ingeniosos, hizo miles de observaciones, casi todo le salió mal. Aprendió que la mayoría de las veces no se ve nada, no se aprende nada.

Para seguir leyendo: El explorador que miraba y no veía (Jot Down).

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 Fotografía. Bernard Blanc (CC)

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Un retrete en el desierto para la reina Isabel

Australia es un país muy raro, una isla enorme que se separó de las demás tierras hace cincuenta millones de años y que evolucionó por su cuenta. Se nota en cuanto uno pisa el aeropuerto de Sídney y acude a la oficina de cambio. En las diversas monedas australianas aparece una colección de seres estrambóticos: canguros, emúes, koalas, ornitorrincos y la reina Isabel II.

El ornitorrinco es un monotrema: un mamífero que pone huevos y que tiene cloaca, como las aves y los reptiles; o sea, un orificio único para tragar, excretar y reproducirse. Además, es un bicho nadador con pico de pato, cola de castor, patas de nutria y espolones venenosos. Y tiene un sistema de electrolocalización: para cazar a sus presas en el agua, cierra los ojos y la nariz y detecta los campos eléctricos que producen los movimientos musculares de otros animales.

Isabel II es una monarca: se llama Elizabeth Alexandra Mary, pertenece a la casa Windsor, tiene 89 años, se parece a Xabier Arzalluz con una bola de algodón de azúcar en la cabeza, y suele aparecer en público tocada con coronas, tiaras, sombreros o pamelas, adornada con lazos, plumas y floripondios, vestida con una amplia gama de colores que va alternando en función del hábitat. Según explican los observadores especializados, cuando Isabel II visita un hogar de ancianos, elige un color brillante para que puedan identificarla los viejitos que ven mal. Cuando va a plantar un árbol o a inaugurar un jardín, evita el color verde para no ser redundante. Cuando visita escuelas, lleva sombreros con flores o plumas para atraer la atención de los niños. Después de usar un color -por ejemplo, un traje de chaqueta y falda azul cielo, o un vestido de amarillo pastel y rosa, o el vestido de color melocotón que se puso en la apertura de los Juegos Olímpicos de Londres para que su tono no coincidiera con el de ninguno de los países participantes-, después, digo, no volverá a usar ese color durante muchos meses. Elizabeth Alexandra Mary, que lleva pequeñas pesas en el dobladillo de los vestidos ligeros para que el viento no descubra sus piernas, es jefa de los cincuenta y tres Estados de la Mancomunidad de Naciones –repartidos por todos los continentes salvo la Antártida-, es reina de dieciséis de esos Estados, gobernadora suprema de la Iglesia de Inglaterra y Defensora de la Fe.

Estas dos formas extravagantes de la vida terrestre, Isabel II y el ornitorrinco, han coincidido algunas veces en el mismo territorio.

El texto completo está en el número de septiembre de Jot Down.

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Foto: La reina Isabel II visita Australia en 1954. National Archives of Australia.

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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