IZTUETA Josu

Lo cerraron a la fuerza y con mentiras

Hace 25 años nació el diario en el que empecé a publicar. Lo cerraron a la fuerza, con mentiras, y no pasó nada.

Copio lo que escribí hace cinco años:

“En el banquete de bodas de mis tíos Iñigo y María, me levanté tras el primer plato, cogí la moto y me fui a casa para ver el prólogo de la Vuelta a España de 1995. Lo ganó Abraham Olano. Escribí a toda prisa una columna sobre la etapa. La imprimí. Corrí con la página a la librería del barrio y allí la envié por fax. Cuando volví al banquete, la gente ya estaba bailando. Me senté a comer el solomillo que me habían guardado y algunos familiares se acercaron a preguntarme qué tal, y yo respondí que bien, que apurado pero bien, orgulloso porque acababa de convertirme en periodista. Esto será la vida del heroico reportero, pensé: abandonar bodas para ir corriendo a escribir. Tenía 19 años y fue el primer texto que publiqué en un periódico.

Egunkaria

Esta es una pequeña historia que pensé en enviar a MAJ por si quería incluirla en su blog, donde anda recogiendo las experiencias de periodistas que cuentan su aterrizaje en la profesión.

Pero la anécdota juvenil quedó unida a un episodio siniestro: si ahora quisiera buscar mi columna inaugural, sería imposible encontrarla. Desapareció el 20 de febrero de 2003. Se la tragó un agujero negro, igual que se tragó otros miles de textos, cuando la Guardia Civil clausuró Egunkaria, el diario en el que publiqué aquellas columnas durante las tres semanas de la Vuelta, por las que me pagaban 2.100 pesetas, si no recuerdo mal.

En septiembre de 1995 yo tenía 19 años y mucha suerte: Martxelo Otamendi, director de Egunkaria, me había telefoneado en persona para encargarme las columnas. A partir de entonces, me dio una confianza mucho mayor de la que se merecía un estudiante de segundo de Periodismo. El periódico era modesto, me explicaba Martxelo, y nunca me iba a enriquecer trabajando para ellos, pero me pagarían por las colaboraciones lo mismo que a los periodistas profesionales, me ofrecerían encargos y escucharían todas las propuestas que quisiera hacerles. Durante mis años de estudiante escribí en Egunkaria reportajes, crónicas y hasta entrevistas como aquella que le hice medio temblando a José María Bastero, recién nombrado rector de la Universidad de Navarra, y que apareció en portada, mi primera portada. Martxelo me llevó de la mano en mis comienzos profesionales y me trató como ningún otro jefe me ha tratado nunca.

El 20 de febrero de 2003 yo estaba en Estambul con Josu Iztueta. Allí nos subimos a un autobús de voluntarios de muchos países que se dirigían a Bagdad con el propósito de actuar como escudos humanos y tratar de impedir los inminentes bombardeos de Estados Unidos. Viajamos con ellos hasta Ankara. Les entrevistamos y escribimos una crónica (“Se apuntan a un bombardeo”). No pudimos publicarla en Egunkaria: acababan de cerrarlo y habían detenido a sus directivos, incluido Martxelo Otamendi, acusados de pertenecer a Eta.

Como no nos creíamos de ninguna manera las acusaciones, Josu y yo enviamos desde Estambul un mensaje de solidaridad, que se publicó junto a otros cientos en el periódico provisional que se editó en aquellos días convulsos. También sentíamos el deber moral de divulgar la historia de los escudos humanos, de aquel puñado de jóvenes que viajaban a Irak dispuestos a ponerse bajo los bombarderos para así ayudar a los iraquíes, y por eso aceptamos publicarla en un diario que estaba muy interesado pero que no nos quiso pagar. Lo que hizo aquel diario, de ganancias millonarias, no nos lo habría hecho el modesto Egunkaria. Sólo podía pagar cuatro duros, pero los pagaba siempre. Respetaba el trabajo y la dignidad de los periodistas.

En aquellos años, con el pretexto de la lucha antiterrorista, se desarrollaron operaciones injustificadas y desproporcionadas (registros, detenciones, clausuras…) contra muchas entidades del mundo cultural vasco: periódicos, revistas, editoriales, distribuidoras, escuelas de idiomas… (De aquella época data esta portada del TMEO). El cierre y la liquidación sin pruebas del diario Egunkaria constituyó un ataque brutal, irreparable y premeditado contra la libertad de expresión, con el agravante de que fue dirigido por las propias instituciones del Estado. El entonces ministro Acebes afirmó que la operación era una medida “en defensa de la cultura vasca”.

La reciente sentencia del juez Gómez Bermúdez confirma unos hechos que ya hace tiempo eran clamorosos:

-En las pruebas presentadas por la Guardia Civil, que sirvieron para ordenar el cierre de Egunkaria, no había indicios de que los directivos del diario tuvieran ninguna relación con Eta (el propio fiscal pidió hace mucho tiempo que se archivara el caso por falta de pruebas).

-Tampoco existía ninguna prueba de que Egunkaria defendiera las ideas de Eta (eso lo sabía cualquier lector del diario). Los peritos de la Guardia Civil reconocieron que ni siquiera habían investigado si la línea editorial apoyaba a Eta. Por todo esto, al juez la imputación le parece “incomprensible”.

-No había ningún fundamento legal para ordenar la clausura de Egunkaria, una medida que vulneró la libertad de expresión y el derecho a la información, especialmente porque se trataba del único diario en euskera.

-Las denuncias por torturas que presentaron algunos de los detenidos parecen creíbles: dice el juez que no hubo un “control judicial suficiente y eficiente” de la incomunicación que sufrieron los detenidos, quienes dieron descripciones detalladas de los malos tratos que son “compatibles con lo expuesto en los informes médico-forenses”.

Egunkaria acaba bien”, decía el titular de El País en su editorial de ayer. Egunkaria acaba así de bien:

-Además de las encarcelaciones, los cinco acusados han sufrido un calvario judicial de siete años, con la amenaza permanente de una larga condena de prisión y sanciones multimillonarias. También lo han sufrido otras cuantas personas encausadas en otras fases del juicio.

-El diario desapareció. Se liquidaron todos sus bienes. Unos 150 trabajadores perdieron su empleo. Miles de lectores se quedaron sin el único periódico que podían leer en euskera.

Leo que “la sentencia no dará lugar a indemnización económica”. En las últimas horas, en cambio, he oído y leído que la indemnización podría rondar los 60 millones de euros. No tengo ni idea de si eso será así o no, pero en cualquier caso el daño es irreparable. Yo, por mi parte, pido que a esa cantidad se le sumen otras 2.100 pesetas, unos 13 euros, como reparación por aquellas columnas mías sobre la Vuelta a España que también desaparecieron en este agujero negro.

PD: En los comentarios de este texto hace cinco años, Alberto Moyano respondió lo siguiente. “Lo de los 60 millones de euros es un monigote que agitó en su momento Manos Limpias para asustar de las consecuencias de una posible sentencia absolutoria. La cifra tiene el mismo rigor que si fuera el doble o la mitad”. El tiempo le ha dado la razón: ni 60 millones ni 13 euros ni un ya perdonarán ustedes, na de na.

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A punto de devolver la txapela

Le dije a Marc Roig que si alguna vez se proclamaba campeón, sería mérito suyo. Pero que si llegaba a ser txapeldun, específicamente txapeldun, se lo debería a mi tío abuelo Patxi Alcorta, aquel figura que extendió la costumbre de premiar a los campeones con txapelas.

La idea tuvo un origen etílico. “Lo de las txapelas se me ocurrió en un delirium tremens”, contaba Patxi. “Veía boinas por todas partes. Y por eso luego las hice de todos los tamaños, desde txapelas enormes para ponérselas a los deportistas hasta pequeñitas para colgar en el retrovisor de los coches. A los atletas les hace más ilusión una boina que una copa. No hay que andar limpiándolas, como los trofeos. Se sacude y ya está”. En 1968 Patxi Alcorta se fue a los Juegos Olímpicos de México con un saco de boinas bordadas por las monjas adoratrices, para entregárselas a los campeones. Viajó por todo el mundo poniendo boinas a Zatopek, Bikila, Urtain… (foto: Patxi Alcorta entrega la txapela a Mariano Haro en el Memorial Muguerza).

En 2009, Marc escribió en su blog:

“Ahora que ya sé lo que significan las txapelas, me dará más rabia no ganar la Behobia-San Sebastián. Pero espero pelear duro y quedar cerca del podio, y año a año acercarme al título de txapeldun”.

Aquel año Marc quedó tercero en medio del vendaval y el diluvio (tremenda foto de Sergio), solo superado por un campeón de Europa y un campeón de España. A mí, que lo vi pasar por Lezo y me pilló por sorpresa, me dio un alegrón. Volví a casa corriendo, puse la radio, me comí las uñas y al final sacudí el puño y solté un “¡bien!”, como si hubiera metido un gol la Real.

El tremendo Marc tiene el don de regalarnos días felices.  Seguimos las crónicas de su viaje en tren por Europa, mientras competía en carreras de todo el continente para ganar premios y pagarse así los billetes; seguimos su trabajo en Eldoret (Kenia) con los niños abandonados en la calle;  seguimos sus aventuras cuando viajó otra vez y otra y otra a Eldoret, para competir contra los atletas kenianos que se sentían humillados cuando les adelantaba un blanco o para pagar la dote simbólica de su novia Mercy en vacas… Este pasado verano, su boda en Eldoret nos dio la excusa para viajar por Kenia (con la inédita circunstancia de tener que meter una camisa en la mochila).

Y esta misma mañana, de nuevo en la Behobia-San Sebastián, de nuevo bajo el diluvio, hemos visto pasar a Marc detrás de Jaume Leiva y delante de 21.423 atletas. Ha terminado segundo y ya solo le falta un paso para conseguir una txapela en propiedad. Porque él ya tiene una, pero la considera prestada.

Hace unos años, cuando Marc me visitó en mi casa, apareció Josu Iztueta. Traía para Marc una bandeja de pasteles y una txapela enorme, ganada veinte años antes por la ciclista y triatleta Dina Bilbao, que murió en un naufragio en el Caribe. Marc la recibió con emoción pero prometió devolverla: cuando consiga la mía, dijo, devolveré la de Dina.

Ayer cenamos con él en el Vallés y descubrimos fascinados su dieta del éxito: mosto, morcilla con berza, lomo con pimientos, albóndiga. Esas alegrías que nos da Marc.

PD: Las famosas zapatillas de camión kenianas que nos descubrió Marc: “Antes habían sido unas ruedas de coche o de camión desgastadas e inútiles. Ahora, por muy poco dinero, se convierten en algo tan útil como unas sandalias. Se eliminan los deshechos, se crea un empleo y se satisface una necesidad. El hombre al que se las compré trabaja por su cuenta. Compra neumáticos viejos y, sentado bajo la sombra de un árbol, va creando zapatos. He visto algunas tiendas similares pero es mucho más común la venta de calzado de segunda mano: cuando en Europa ya no nos gusta un par (o se intuye que se está rompiendo), en Kenia se genera un negocio”.

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Mi cuerpo es mi barco

Tecleo estas líneas con la punta de la nariz, porque tengo agarrotados los músculos desde el hombro hasta el dedo corazón.

(Foto: niños de Nunavik, hacia 1930. Colección de Edward S. Curtis, de dominio público)

Ayer sábado recibí mi bautizo de agua remando en un kayak, uno de esos magníficos inventos que los inuits dieron a la humanidad, como el anorak, el iglú o la poliandria. El kayak, cuyo diseño impecable cumple ya cuatro mil años, permite que los navegantes se transformen en su propia embarcación: “Mi cuerpo es mi barco”, dicen los kayakistas románticos, “y mi alma, el capitán”.

Mi alma andaba ayer un poco descentrada. Zarpamos en la desembocadura del río Oria y pasé la primera hora, aguas arriba, girando en el kayak como una peonza. Navegué trazando espirales y más espirales y más espirales, pero manteniendo siempre un rumbo general de diagonales que me llevaban desde las rocas de una orilla hasta las rocas de la contraria, entre pesqueros y zodiacs que me iban esquivando. En tierra firme, los niños de Orio ondeaban sus brazos para saludarme, los padres me grababan en vídeo y unos policías hojearon el reglamento para saber si a los remeros se les puede aplicar un control de alcoholemia.

Para mi bautizo acuático, Josu puso los kayaks y Nagore su bendita paciencia. Que la diosa marina Nuliayuk les regale una ballena varada en sus playas. Sin embargo, después de releer esta mañana algunos pasajes de las Memorias del Ártico, de James Houston, descubro que Josu y Nagore cometieron algunas imprudencias conmigo. Creo que no fueron intencionadas.

Para empezar, me ha inquietado mucho leer que si un esquimal salía a cazar y no regresaba jamás, seguramente era porque se había ido en un kayak prestado. Josu no me dijo nada de esto.

Por otra parte, Nagore olvidó lanzar un pedazo de hígado de foca a las aguas, la ofrenda tradicional para que la diosa Nuliayuk nos concediera una buena navegación. Sin embargo, a mí se me cayó al río una cuña de queso Idiazábal del bocadillo, con lo cual me imagino que la benévola Nuliayuk se dio por medianamente satisfecha y aceptó calmar las aguas para nosotros.

Total: Nagore y yo salimos de la playa de Oribarzar, que rebauticé en memoria de James Houston como Akiaktolaolavik (“el último lugar donde comimos algo bueno”). Aprovechamos la marea para remontar el Oria, en cuyas aguas saltaban los peces y a mí me hacían recordar, con bastante aprensión, que por aquí cazaron la última ballena de la costa vasca. Fue en 1901, pero nunca se sabe. Nagore, que esquivaba mis constantes embestidas contra su kayak sin perder la sonrisa, me guió hasta la Marisma de los Barcos Podridos (Usteldudituk, en euskoinuit). Mis chapoteos con el remo llenaron de agua la bañera de mi kayak en el fiordo de Hankabustik. Se me agarrotaron los bíceps en el meandro de Besonekatuk. Y al cabo de dos horas y media regresamos, sanos, salvos, felices y hambrientos, a la orilla de Aillatugaituk.

El estilo es inteligencia física: la capacidad de ejecutar el movimiento preciso ahorrando energía, sin ningún gesto superfluo, la belleza de la pura eficacia. El martín pescador que volaba a ras de agua en busca de su presa, zas, zas, zas. Luego había que verme a mí apretando los dientes y batiendo el agua con los remos como si intentara disolver en el río una tonelada de grumos de colacao, mientras el kayak giraba sobre su eje y me daban calambres en el cuello. Si alguien siguió desde las alturas del Google Earth la estela arabesca que dibujó mi kayak, pensaría que estaba tatuando en las aguas del Oria el perfil de los tortuosos fiordos de Groenlandia. Pues sí: hay torpezas que acaban constituyendo homenajes.

Por eso, para desagraviar a la diosa Nuliayuk y pedirle disculpas por la tosquedad con que herí su piel, recito para vosotros su hermosa y triste historia. Nuliayuk era una niña inuit que navegaba con su padre y otros cazadores –cuenta Houston-, y…

 “…de regreso a la bahía donde cazaban cada verano, los sorprendió una tormenta y los marinos temieron que el sobrepeso del bote hiciera que se volcara. Decidieron que, si querían salvarse, era preciso aligerar la carga. Lanzaron toda la carne y, luego, a la hija. Cuando ésta trató de regresar al barco, el padre le cortó los dedos, que dieron lugar a las focas. Intentó volver al bote, y le cortaron las manos, que se convirtieron en morsas. Hizo un último intento para salvarse y le cortaron los brazos, que engendraron a las ballenas de todos los océanos. Al fin se hundió en las profundidades y se transformó en la diosa, mitad mujer, mitad foca, que extiende su dominio por el mar”.

Mi cuerpo es mi barco, mi alma es el capitán. Mis brazos son hoy mis anclas, pero no importa, sé que en ellos pesa el destino abisal de Nuliayuk, y ya se me pasará. Hoy celebramos el cumpleaños de mi padre con un banquete de marisco. Guardaré un percebe y por la tarde lo arrojaré a las aguas de la Zurriola.

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‘Groenlandia cruje’, ya a la venta

Ya está a la venta mi primer libro electrónico: Groenlandia cruje (y tres historias islandesas). Incluye cuatro crónicas: “Groenlandia cruje” (ganadora del premio Essery 2010 de literatura viajera), “Una casita en el infierno” (sobre la supervivencia testaruda de los habitantes de las islas volcánicas Vestmann), “El hombre de los doscientos penes” (sobre un coleccionista islandés de falos) y “Los consuelos del pirata” (sobre una botella con mensaje oculta en un volcán y sus consiguientes moralejas). El prólogo habla de Josu Iztueta, un amigo que obtuvo superpoderes en el interior de Groenlandia. Y la foto de la cubierta es de Daniel Burgui, otro amigo con ciertos superpoderes que guardaremos en secreto. Viajé con ambos a Islandia y Groenlandia.

El libro se puede descargar por 1,99 euros en la página de la editorial eCícero.es (en formatos ePub y Mobi para libro electrónico, y también en pdf para leerlo en el ordenador). También está a la venta en las páginas de Amazon, iBookstore de Apple, La Casa del Libro… No tiene protección anticopia: si queréis piratearlo, es muy fácil; si el libro os gusta y decidís echar una mano a nuestro trabajo por un par de eurillos, también es fácil.

La editorial eCícero (“periodismo de formato largo”) ha publicado por ahora una crónica de Jon Lee Anderson (Capitán Dadis) y una serie de entrevistas de José Martí Gómez (Ellas). Para los próximos meses promete más libros periodísticos muy jugosos.

*

“Los inuits de Groenlandia constituyen una de las sociedades más fascinantes del mundo. Los habitantes de la costa oriental, la más remota, han saltado de la prehistoria a la globalización en un par de generaciones: estuvimos con personas de 50 años que habían nacido durante una migración por los hielos, dentro de una familia de cazadores y pescadores nómadas, y que ahora viven en asentamientos de casitas prefabricadas, con televisión de plasma, con internet y dedicados al turismo. Con los asentamientos obligatorios, muchas personas adultas vieron truncado su modo de vida tradicional, muchos jóvenes tampoco encuentran un futuro interesante en un país ártico, y este descabalgamiento produce tasas disparatadas de violencia, suicidios o alcoholismo. Sin embargo, están trabajando con eficacia para superar esos traumas, para fundar una sociedad moderna con sus propios criterios y sus propias decisiones, y dentro de pocos años crearán un Estado independiente y moderno en un mundo de hielo. Se les plantean retos apasionantes”.

*

“Ander Izagirre reúne cuatro historias que son otras tantas aventuras, una por Groenlandia y las otras tres por Islandia. Reportajes repletos de información, pero con espacio para la ironía y el buen humor, que nos recuerdan aquellas piezas que publicaban los suplementos dominicales en su época dorada”. Javier Pérez de Albéniz, Vanity Fair.

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Secuelas de Vulcano

El martes en Palermo me arreglaron las dos ruedas rápido y bien. Arranqué la vespa, aprecié con emoción ese maravilloso invento de las ruedas que ruedan, y lo saboreé durante 220 kilómetros culebreando por la carretera litoral desde Palermo hasta Milazzo, bordeando calas, silueteando cabos y remontando acantilados. Uno de los pequeños goces de viajar en moto es que, cuando vas un poco cansado o desganado, puedes hablarte y darte ánimos dentro del casco, y cuando vas feliz, puedes ir cantando a berridos, que nadie se entera (por eso puedes alternar, con total libertad, ir chillando I’m your man de Leonard Cohen, Opera tu fimosis, de Siniestro Total, Je veux, de ZAZ, y Cosacos de Kazán). En algunos momentos, hasta sacas un poco la rodilla en las curvas, derecha, izquierda, derecha, zas, zas, zas, y retransmites tus propias trazadas. Estoy seguro de que con menos fundamento que esto se han montado terapias.

Hice los 220 kilómetros casi de tirón -uf- porque quería llegar al embarcadero de Milazzo a tiempo de juntarme con Josu y el grupo de amigos con el que anda viajando con su furgoneta por Sicilia, para ir con ellos un par de días de excursión al archipiélago volcánico de las Eolias, un destino francamente.

Estuve con Josu en Geysir (Islandia, 2008), la fuente termal que lanza erupciones de agua y vapor y que dio nombre a todos los géiseres del mundo. Estuve con Josu en el río Meandros (Turquía, 2011), cuyo cauce sinuoso dio nombre a las curvas pronunciadas de todos los ríos del mundo. Y hoy he estado con Josu en Vulcano, el monte que dio nombre a todos los montes que escupen fuego y gases del mundo. Con estos tres yo creo que ya hay para reportajillo, pero si se os ocurren más topónimos que se hayan convertido en nombres genéricos de elementos geográficos… (así a botepronto solo se me ocurre Karst, en Eslovenia).

Con Josu y con su cuadrilla viajera más maja que maja hemos subido al Gran Cráter de Vulcano. También hemos visto cómo escupía fuego el terrible Strómboli, que lleva miles de años de actividad ininterrumpida y cuyas llamaradas ya servían de faro a los navegantes griegos. Los chorrazos de rocas ardientes del Strómboli los hemos visto de noche, así que os dejo las fotos matinales en Vulcano.

Esa subida al Gran Cráter, en cuyo subsuelo tiene su fragua el herrero Vulcano, hijo de Júpiter, me ha dejado dos secuelas: un leve y pasajero dolor de cabeza, porque he estado más tiempo del debido fotografiando fumarolas y aspirando gases sulfurosos, y la terrible certeza de que mañana, cuando me despida del grupo y vuelva a seguir vespeando por Sicilia, dentro de mi casco cantaré a gritos nada menos que “El Kilimanjaro / es un sitio caro. / Al lado del cráter / hay cafetería y váter…”.

 

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Contra los recortes

Hoy nosotros también nos sumamos a la protesta contra los recortes por la crisis. En concreto, contra el recorte de calidad que ha sufrido nuestro viaje por Turquía desde que abandonamos el hotel Hilton. Adjuntamos un par de fotos para dejar constancia de nuestra crisis y, también, de nuestra apuesta por las acciones no violentas. O, mejor, bio lentas.

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#Acampadaestambul

Por circunstancias que no vienen al caso —tralarí, tralará— hemos pasado dos noches de gorra en el hotel Hilton de Estambul. Aquí tenéis a Josu leyendo Indignaos, en plena acampada en el Hilton, ahí, donde más duele.

Los indignados turcos, acampados en la plaza Taksim, plegaron bártulos antes de las elecciones generales de este pasado domingo. Cuando hemos llegado nosotros, siempre al filo de la noticia, no quedaba ni la varilla de una tienda. Luego Josu se ha acercado a este vendedor callejero para preguntarle por sus condiciones laborales, dispuesto a solidarizarse con él y a indignarse de nuevo en la segunda noche en el Hilton. El hombre no le ha entendido bien y le ha vendido una rosquilla de sésamo. Estaba rica.

Mañana, carretera y manta hacia la costa egea.

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Geocoincidencias

Hace justo diez años, el 23 de mayo de 2001, llegamos a la orilla jordana del Mar Muerto. Aquellas rocas rebozadas de sal están en el punto más bajo de la superficie terrestre (416 metros por debajo del nivel de los océanos). Y fueron el quinto de los seis sótanos del mundo que visitamos durante la expedición Pangea.

En aquella quinta etapa del viaje participamos Maialen Lujanbio, el tolosarra Josu Iztueta y yo. Cuando volvimos a casa, nos enteramos de que la también tolosarra Edurne Pasaban había alcanzado la cumbre del Everest… precisamente el 23 de mayo. Es decir: en el mismo instante hubo un tolosarra en el punto más bajo del planeta y una tolosarra en el más alto, sin que ninguno tuviera noticias del otro. ¿Cuántas ciudades del mundo podrían presumir de una coincidencia de tal calibre? Deben de contarse con los dedos de una oreja. Y Tolosa, ojo al dato, tiene 18.000 habitantes (menos que el barrio donostiarra de Gros, por ejemplo). Hemos hablado a menudo de este caso tan peculiar, Josu explica muy bien algunas causas históricas -la aparición de los noruegos, la pujanza industrial, la potente tradición montañera y deportista, el entorno geográfico tan variado- para explicar la insólita abundancia de viajeros, escaladores, deportistas y aventureros de todo pelaje en una ciudad de este tamaño.

Ese mismo 23 de mayo de 2001 también pisó la cumbre del Everest el montañero vitoriano Juan Vallejo, con quien compartí dos meses de campo base en el Karakórum el verano pasado. A mí, la verdad, me parecía muy curioso sentarme a la misma mesa con alguien de quien una vez estuve separado por 9.264 metros de altitud (sin aviones ni submarinos, claro, y sin ponernos quisquillosos, ejem, con distinguir quién se separó más del cero para abrir semejante distancia).

Pasaban, igualito que entonces, está ahora mismo en el Everest. Iztueta acaba de volver de Nepal. Vallejo está cruzando Groenlandia con esquís, trineo y cometa. Yo… yo acabo de volver de Lapuebla de Labarca y esta tarde, por primera vez en el año, he paseado por la orilla del Cantábrico metido en el mar hasta los muslos.

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En mi casa vivíamos como en África y ahora como en California

Bernardo Atxaga hace una entrevista deliciosa a Josu Iztueta en la revista Erlea -pedazo de revista-. Le pide que elija diez objetos relacionados con su vida y que hable sobre ellos. Traduzco al castellano la parte del primer objeto. Los euskoparlantes, segi azkar kioskora, aldizkariak testu bikainak dauzka eta, Afrikako literatura, atleta, esploratzaile eta abarrei buruz (eta Bernardo Atxaga, Asun Garikano, Joxemari Iturralde, Anari, Felix Ibargutxi, Ramon Olasagasti, Jabier Muguruza, Urtzi Urrutikoetxea eta abarren lanak…).

Bernardo Atxaga: El primer objeto que traes es una fotografía, de cuando eras niño, con tus dos hermanas. Dinos, ¿qué recuerdos te trae? ¿Qué te gustaría contarnos?

Josu Iztueta: Esta es mi única fotografía de niño. No me sacaron ninguna otra hasta los seis años. Ahora son “fotos” pero entonces eran “retratos”: venía alguien a sacarlos. La he escogido para recordar de dónde vengo. Mi padre es de Berastegi; mi madre, de Larraul. Los hermanos nacimos en Tolosa, hijos de un matrimonio con muy poca formación, en una casa en la que no había libros. Buena intención no les faltaría, pero no tenían medios. Ángeles es la mayor, a los catorce meses nació Arantxa y a los dos años nací yo.

Creo que no nacimos en mal sitio ni en mala época [1957]. La ventaja de nacer en Tolosa es que teníamos muchas cosas a mano: la escuela, las tiendas… Pero aunque nacimos en Tolosa, casi todos nuestros primos vivían en Berastegi y yo solía ir muchas veces allá. En Berastegi yo era un kalekume [un niño de la ciudad, un urbanita] y en la escuela de Tolosa yo era un kaxero [de caserío]. Y pensaba: “¿Cómo voy a ser kalekume, cuando voy al pueblo los fines de semana, y aquí kaxero, el resto de los días?”.

Eso, con el tiempo, ha sido muy importante para mí. Al viajar he conocido muchos pueblos campesinos, muchas culturas de pastores, y me acordaba del mundo de mi infancia. Las cosas que veo ahora en Bolivia, en Marruecos o en algunos países pobres las he conocido yo en el caserío del pueblo, que no tenía agua corriente. En la casa donde nacimos tampoco había ducha, ni televisor, ni teléfono, ni ascensor, ni coche ni nada. Fuimos un eslabón intermedio entre dos mundos.

Conocí ese modo de vida y por eso valoro mucho lo que tenemos ahora. En cuarenta años hemos pasado de África a California. En mi vida yo he conocido el modo de vida de la actual África y el de la actual California, con el wifi y todas esas cosas. Y todo eso en cuarenta años. No han pasado más que dos o tres generaciones.

¿Quién iba a imaginar que mi hermana llegaría a consejera del Gobierno Vasco? Una hermana estudió Exactas, y la otra, Física. Hasta entonces, en mi familia sólo las monjas y los curas habían tenido oportunidad de estudiar algo, Paulo Iztueta, algunos de la familia de mi padre… Pero la primera generación en llegar a la universidad fue la nuestra. No porque fuéramos más listos, sino porque por primera vez nos dieron la oportunidad. En casa nadie tenía ni idea de qué era Exactas y qué era Física. Lo que decía antes: en cuarenta años hemos pasado de vivir como en una aldea africana a vivir como en California. De un abuelo que no sabía firmar, a una nieta que ha sido consejera de Cultura.

Te voy a contar una anécdota. Fui a casa de mis padres y encontré a mi madre con un listín telefónico, buscando el número de unos primos de Ordizia -bueno, en aquellos tiempos, Villafranca-. Le dije: “Ama, ¿pero cómo vas a encontrar el teléfono? Para eso hay que ir a la escuela y aprender el alfabeto”. Y le vi la intención: tenía el listín abierto por Beasain. Su lógica era geográfica, la del tren. ¿Por qué tiene que estar Ordizia al lado de Orio?

*

En el resto de la entrevista van apareciendo los siguientes objetos: unas diapositivas y una tarjeta de memoria; tarjetas de visita de todo el mundo; el libro Hiru pauso, hiru norabide; el juego de mesa Nairobitarra; un mapa y un termómetro; una llave inglesa, una brida y cinta americana; una oveja de adorno; un platillo con hielo, arena y gravilla; una gran y resistente yuca.

Les da pie para hablar a fondo de los viajes, las expediciones, la Nairobitarra, los amigos, el contacto con culturas de todo el mundo y el contraste con la propia… Una gozada de entrevista.

Hace ya años que escribí este perfil: Los ojos abiertos de Josu Iztueta. Habría que actualizarlo. Lo cuelgo ahora, aprovechando que está en Nepal, para que no se entere y no me dé una colleja.

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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