ITALIA

Sorpasso

Kilómetro 1.880 del viaje y ya vamos cogiendo la forma: empezamos a adelantar a otros ciclistas.

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Empieza el retorno

Empezamos el retorno de Parma a San Sebastián. Hoy hemos cruzado ya los primeros territorios ignotos habitados por monstruos. A 25 kilómetros del pueblo de S. empieza la Bassa Parmense, una región de la que me habían explicado lo siguiente: 1) sus habitantes comen gatos; 2) en verano los mosquitos son tan grandes que llevan matrícula; 3) en invierno la niebla es tan densa que hasta puedes apoyar la bici en ella (“Na fumära acsì fissa ch’a t’ gh’é pól pozär incontra la biciclètta”).

Pero en primavera no hay mosquitos ni nieblas, y lo más parecido que hemos visto a un monstruo ha sido un señor de unos sesenta años –melena canosa atada en una coleta, tatuajes en los brazos- que tomaba café a nuestro lado en una terraza de Cortemaggiore y que le gritaba a un jovenzuelo que a ver si últimamente chingaba o qué. Luego, pedaleando de nuevo, hemos visto a un gato blanco cruzando la carretera y el conductor que venía de frente ha frenado y le ha dejado pasar. Muy decepcionante -como ocurre con todas las incursiones en tierras de monstruos-.

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Ya llega ‘Cansasuelos’

Si notáis un olor a pies en las librerías, es porque ya ha llegado ‘Cansasuelos’ (Libros del K.O.).

De la contraportada:

“Ander Izagirre cruzó los Apeninos a pie, desde Bolonia hasta Florencia. Luego escribió un libro en el que hay nazis, centauros, un hombre volador con alas de madera, doscientos mil bárbaros traicionados por un cuñado, dos señores que leen a Tito Livio y se ponen a excavar en el bosque durante dos años sin decir nada a nadie, una hostalera que esconde a Garibaldi, un hostalero que devora a sus huéspedes; hay una historia de amor, hay neurología, hay alquimia; hay una competición entre un pene de bronce y un pene de mármol. Izagirre consiguió escribir un libro en el que hay todo eso y en el que no ocurre nada. Bueno, sí: un perro llamado Rambo tropieza con una señora de 82 años llamada Anna y la tira al suelo”.

La portada:

Cansasuelos

De venta en librerías y en la web de Libros del K.O.

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Una carretera construida para castigar a los ciclistas

El Muro de Sormano es una carretera trazada en 1960 para que los ciclistas sufrieran más en el Giro de Lombardía. Se subió en tres ediciones, pero resultó tan terrible que lo abandonaron durante medio siglo.

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En 1960 el patrone Torriani se empeñó en que debían torturar más a los ciclistas. Ya estaba harto de que un pelotón numeroso superara las cotas del Giro de Lombardía sin mayores problemas y de que el triunfo se decidiera en un sprint masivo. Habían pasado los años épicos de Bartali y Coppi, de las cabalgadas solitarias, y el palmarés se le estaba llenando de velocistas: Van Looy, Defilippis, Darrigade. La subida emblemática de la prueba, el santuario del Ghisallo, ya no era aquel camino embarrado de los años treinta y cuarenta, plagado de socavones, que desperdigaba a los ciclistas. Era una carretera bien asfaltada, que ya daba poco miedo.

Y el patrone Vincenzo Torriani, organizador de las mayores carreras italianas, sabía que una de sus tareas consistía en hacer sufrir a los ciclistas. Él introdujo la subida al Poggio —y su descenso revirado— para electrizar el final de la Milán-San Remo; él se atrevió a mandar a los ciclistas del Giro de Italia al Gavia y al Stelvio, rozando los tres mil metros de altitud en mayo, con paredes de nieve a los costados, con tormentas, con nieblas; y él llamó un día a Angelo Testori, alcalde del pueblo de Sormano, para que le buscara alguna subida empinada, cerca del Ghisallo.

El alcalde Testori conocía un camino en el bosque. Solía pasear monte arriba, cruzaba el puente de Corno —apenas una pasarela de madera sobre el torrente— y trepaba por un sendero tan empinado que le obligaba a apoyarse a ratos en los castaños para recuperar la respiración. El sendero llegaba a la Colma di Sormano, un collado en el que había un par de cabañas. Testori llamó a Torriani, organizador del Giro de Lombardía: tenía la subida, el único problema era que se trataba de una mulattiera, un camino de mulas.

Torriani decidió que eso no iba a ser un problema: lo ampliarían y lo asfaltarían, construirían una carretera en esas montañas que se alzan sobre el lago de Como, solo para endurecer el Giro de Lombardía. Aquella nueva carretera subía 297 metros de desnivel en 1,7 kilómetros: una pendiente media del 17,5%, con rampas máximas del 25%, una barbaridad.

Cuenta el periodista Pino Lazzaro que Torriani tenía miedo de que aquello se convirtiera en un «spingi, spingi» (¡empuja, empuja!). Por eso colocó a algunos voluntarios en la subida, para impedir que los espectadores empujaran a los ciclistas y distorsionaran la carrera. En los tramos más vertiginosos, instaló una red metálica para que los corredores no se salieran del camino y se despeñaran. Y prohibió el acceso de los coches de los equipos: los mecánicos cogerían las ruedas de repuesto y subirían con ellas en unas Vespas dispuestas por la organización.

Para seguir leyendo:  “Una carretera constuida para castigar a los ciclistas” (Jot Down).

 

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Hacia el Etna, hacia

Hasta aquí llegó la lava en 2001, aquí empezamos la caminata:

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Para mí era el tercer intento de caminar Etna arriba. En llegando a esta pasión / un volcán, un Etna hecho / quisiera sacar del pecho / pedazos del corazón.

Hace dos años hablé con la señora que barre el Etna. Entonces quise subir al volcán pero el cráter llevaba varios días lanzando cenizas, hasta cubrir los pueblos más cercanos con una capa negra de cinco centímetros. En Zafferana aquella señora barría la entrada de su casa con resignación geológica. La efusión del magma, la regeneración de la corteza continental, la orogenia y esas cosas están muy bien, pero luego se queda todo perdido y alguien tiene que barrer la creación del mundo.

Diez días después, cuando el mayor volcán de Europa ya se había calmado, hice un segundo intento de caminar hacia su cumbre. Hacia, al menos. Conocí a un montañero turinés que, después de escalarse todos los Alpes, llevaba ocho meses trabajando en un refugio del Etna. Cuando le pregunté si no se cansaba de estar siempre en la misma montaña, me dijo que el Etna nunca es la misma montaña. Que en ocho meses había visto ya muchas erupciones, que el paisaje se transforma constantemente, y para qué buscar montañas distintas si estás en una que no para de transformarse.

La mañana siguiente llovió a mares y una niebla espesa no dejaba ver más allá de treinta metros. Esperé una tregua hasta las once de la mañana, di un paseíllo apurado bajo el aguacero, subí por una ladera de pinos y abedules, gocé con la experiencia de pisar nieve y ceniza, crunch, crunch. Luego volví rápido y con cara de mala leche.

-No te disgustes, porque la lluvia te conviene –me dijo el guarda-. Así se limpia de cenizas la carretera y al menos podrás irte de aquí.

Hace unos días, tercer intento, las laderas del Etna eran de nuevo diferentes.

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Al llegar a los 2.600 metros -la cumbre está a 3.322- empezó a nevar y bajó una niebla muy espesa. Nos dimos media vuelta.

Al día siguiente el cráter del Etna empezó a echar gases. Y lo vimos mejor que nunca. Desde el avión.

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Ciclistas en la guerra

El Ejército italiano contó con doce batallones de soldados ciclistas en la Primera Guerra Mundial. Los bersaglieri pedaleaban en bicicletas plegables, pintadas de camuflaje y con enganches para transportar el fusil junto al sillín. Se movían veloces y silenciosos por los frentes, transportaban armas y provisiones, sus máquinas eran fiables, sencillas y no requerían combustible.  Para los bersaglieri, las bicicletas eran “caballos que se pueden llevar a hombros, que no comen, no beben, no relinchan y no se escapan”.

palombo_bersagliere_ciclista_04raccoltapavatEn esos batallones participaron muchos ciclistas profesionales y algunos murieron, como Carlo Oriani, ganador del Giro de 1913. Ottavio Bottechia, que se convertiría en el primer  italiano vencedor del Tour de Francia (1924 y 1925), se pegó unos buenos entrenamientos en la guerra. El historiador John Foot recoge su testimonio en el libro Pedalare: “Recuerdo un viaje largo por las montañas, pedaleando con una pesada metralleta a la espalda. Debía transportarla hasta un puesto remoto en los Alpes, donde nuestros soldados padecían el fuego enemigo y estaban a punto de perder la posición. Debí trepar por senderos mucho más duros que el Izoard o el Galibier. Pero recuerdo el esfuerzo con orgullo porque llegué a tiempo. Poco después de mi llegada, las tropas austriacas lanzaron un ataque y los italianos pudieron rechazarlo gracias a la metralleta”.

Foto de aquí.

Cantaban los soldados ciclistas: “Noi siamo dell’Italia i bersaglieri / siamo ciclisti, i falchi della guerra”…  “Somos los bersaglieri de Italia. Somos ciclistas, halcones de la guerra. Fulminamos como el rayo, tremendos y fieros, somos la pesadilla y el terror de los enemigos. Vamos siempre rápidos como el viento, la tierra no tiene obstáculos para nosotros, nuestra rueda devora el camino, tenemos las piernas fuertes y el corazón caliente. Silente vuela la bicicleta, pasa la garganta, el monte y la ciudad, arriba está la gloria, que nos espera con la victoria que llegará…”.

Más historias italianas de ciclistas soldados, ciclistas criminales, ciclistas dioses, ciclistas rojos y ciclistas histéricas, pronto en sus quioscos.

Foto: bicicleta de los bersaglieri en el santuario de la Madonna del Ghisallo, patrona de los ciclistas. También hay bicicletas de Coppi, Bartali, Merckx…

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Infernuan bizitzeko bi modu

Luigi Ciotti apaiza plazan sartu zen, inguruan bost bizkartzain zituela, eta jendetzak hiru minutuko txalo zaparrada eskaini zion. Mahaian eseri, mikrofonoa hartu eta ia agurtzeko astirik hartu gabe, esaldi ozen bat bota zuen: «Italian daukagun arazo okerrena ez da Mafia! Italian daukagun arazo okerrena gu geu gara, gure kontzientzia eta gure hitzak!». Jendeak beste txaloaldi luze bat jo zuen. Mantuako plaza nagusian ospatu zen ekitaldia (Italia), literatur jaialdi handi batean, iraileko lehen astean.

Egun gutxi lehenago jakin zenez, poliziak elkarrizketa bat grabatu zion Totò Riina buruzagi mafiosoari, kartzelan kide batekin paseatzen ari zela: «Ciotti hori ere akabatu egin behar dugu, Puglisi beste apaiz hura bezala».

Hemen jarraitzen du, Gaur8 gehigarrian.

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Un passista no tiene alternativa

“Un passista no tiene alternativa. Debe llegar al pie del muro con diez minutos de ventaja por lo menos. Así lo subirá a pie, empleará un cuarto de hora más que quienes lo escalen en bici, llegará a la cima con cinco minutos de retraso y todavía tendrá alguna esperanza”. Palabras de Gino Bartali sobre el muro di Sormano, trazado y asfaltado en 1960 exclusivamente para atormentar a los ciclistas en el Giro de Lombardía. Longitud: 1,7 km. Pendiente media: 17%. Pendiente máxima: 25%.

Fotos: dos mías y dos del extraordinario Museo del Ciclismo de la Madonna del Ghisallo.

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Piove

En el funicular de Argegno a Pigra nos dijeron que era el peor día para caminar por las montañas. Llovió y llovió y llovió durante toda la mañana, llovió cuatro horas seguidas entre los castaños y los robles, llovió sobre el lago de Como. Si llueve mucho, se canta mucho y se ríe uno de su estampa y se sigue caminando y ya está.

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Designios en Milán

En el monte me gusta la caliza, más que la arenisca; en los edificios me gusta la arenisca, bastante más que el mármol, y en los templos me gusta el románico, mucho más que el gótico. Aun así, cómo no, el lunes pasé un rato largo en la plaza del Duomo, mirando la catedral de Milán, su bosque de pináculos, sus cinco naves escalonadas que pueden albergar a cuarenta mil personas (dos tercios de la población de Groenlandia: al resto los sentaríamos sin problemas en las terrazas de los alrededores).

El lunes no era buen día para un inuit en Milán. Hizo una tarde de bochorno. También prefiero mucho calor que un poco de frío.

A las siete de la tarde se hizo de noche y rompió la tormenta. Diluvió sobre el mármol, el agua resbaló por los muros, la catedral brilló en la oscuridad, los turistas corrimos a refugiarnos en las galerías y la plaza quedó desierta. Un chico con sandalias, pantalones cortos y camiseta amarilla cruzó en diagonal, caminando con calma bajo el chaparrón, y un par de veces se llevó la mano al pelo largo empapado, para retirárselo de la cara. La lluvia echó a los turistas y a los vendedores de recuerdos, obligó a guardar las cámaras, limpió la plaza, disolvió el presente y nos permitió el extraño lujo de ver la catedral sola, una cordillera geométrica de mármol, radiante y sola, en un instante que podría pertenecer a cualquier año de los últimos quinientos. Las gárgolas, dragones a veinte metros de altura, abrían las fauces, vomitaban chorros violentos y se oía cómo rompían las cascadas contra la plaza.

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En la cercana plaza de la Scala hay una exposición titulada ‘Il mondo di Leonardo’, con reconstrucciones inéditas de los inventos de Leonardo da Vinci. Cuelga del techo la máquina voladora, con un muñeco instalado en un cubículo de madera, que mueve piernas y brazos para accionar las alas de lino. Da Vinci quiso construirla en un recinto secreto junto a la catedral de Milán, para inaugurar aquí el vuelo humano. También están el submarino a pedales, la máquina que intenta el movimiento perpetuo, el murciélago mecánico, la libélula mecánica, el león mecánico, el abuelo del helicóptero, el automóvil para transportar figuras en los escenarios, el puente giratorio, la embarcación que es una rueda giratoria con dieciséis cañones que apuntan a todos los ángulos, los soldados robóticos que caminan entre las almenas y se golpean el pecho para engañar al enemigo. Se exponen las páginas de sus códices, los estudios urbanísticos para Milán, los bocetos de cuadros y retratos, sus divertimentos geométricos, sus cajas mágicas, sus cálculos, sus números, sus frases escritas al revés, de manera que solo pueden leerse reflejadas en un espejo. No se explican pero S. me explicó las alturas en las que se disponen las manos de los apóstoles de La Última Cena, que trasladadas a un pentagrama se convierten en las notas de un himno.

Recordé unas palabras que le escuché a Santos Bregaña, cuando explicaba que el diseñador es “aquel que busca y encuentra los designios, los ‘Dieu signes’, los signos de Dios”. Da Vinci explica en sus códices que todos sus diseños nacen “de una atenta observación de la naturaleza”.

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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