TRUEBA Vicente

La lotería de ‘la Pulga’

He recibido una carta de Rosi, sobrina de Vicente Trueba, ‘la Pulga de Torrelavega’, ganador del premio de la montaña en el Tour de 1933. Me da las gracias por haber hablado de Trueba en esta entrevista del ABC Cultural, “después de 74 años”, y me manda un billete de lotería.

Trueba también debió haber sido el ganador final en el Tour de 1933, si no hubieran cambiado el reglamento sobre la marcha. Incluí su historia como capítulo nuevo en la 8ª edición del libro Plomo en los bolsillos. Y lo colgamos aquí, en abierto, para quien guste:

Aquel Tour que le robaron a la Pulga de la Torrelavega‘.

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Bola extra: en la 9ª edición de Plomo también amplié y reescribí el capítulo dedicado a Walkowiak.

El ciclista que se arrepintió de ganar el Tour‘.

“Roger Walkowiak es un señor de 63 años que acaba de jubilarse como tornero en un taller mecánico industrial, y se pone muy nervioso cuando un periodista le pregunta por cierto asunto que él preferiría olvidar: su victoria en el Tour de Francia de 1956. 

—Nunca hablo de eso, ni siquiera con mi mujer”.

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La taza de Vicente Trueba

Esta mañana me ha llegado un paquete postal, lo he abierto y me he encontrado con una taza y un platillo de porcelana.

“Esta es la taza en la tomaba café Vicente. Quiero que tengas un recuerdo de él”.

Vicente: Vicente Trueba, la Pulga de Torrelavega, primer rey de la montaña de la historia del Tour de Francia, en 1933. Reglamento en mano, Trueba también debió ser el ganador final en París, pero en la clasificación aparece sexto.

En la octava edición de ‘Plomo en los bolsillos’ incluimos el capítulo ‘Aquel Tour que le robaron a la Pulga de Torrelavega’ (se puede leer aquí), y envié un ejemplar del libro a Rosi Gómez, sobrina de Trueba (gracias a Libros del K.O.).

Ahora Rosi me manda la taza, el platillo, tres sobres de azúcar con el retrato y la biografía de Vicente Trueba (de la colección de sobres “Ilustres de Cantabria”), una caja de bombones belgas y un montón de recortes de prensa y de fotos de hace cincuenta, sesenta, ochenta años -en la imagen solo he puesto algunos-.

Josefina Bedia, viuda de la Pulga, vino con Rosi a la presentación de ‘Plomo’ en la librería Gil de Santander hace tres años. Entonces ella tenía 98. Murió hace unos meses, con 100. Además de recordarnos que a su marido le habían robado el Tour, nos explicó que en aquella época ni sabían lo que era el dopaje, que no habían visto ni una aspirina en su vida. Y que el secreto dietético de Trueba era otro:

-La leche de sus vacas. Las ordeñaba él mismo, eso era lo mejor que había. 

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Ocho ediciones como ocho podios de Poulidor

Ya está en la calle la octava edición del libro Plomo en los bolsillos. Son ocho ediciones como ocho podios de Raymond Poulidor, que fue tres veces 2º y cinco veces 3º en el Tour de Francia, entre 1962 y 1976: se pasó quince años a punto de ganar y no se vistió de amarillo ni una sola jornada. Todos los años se encontraba con alguno más fuerte que él o le ocurría alguna desgracia: se caía, pinchaba, lo arrollaba una moto. Adquirió sabiduría: “Si hubiera ganado un Tour, ahora nadie se acordaría de mí”.

Nos acordamos mucho de Poulidor. Y ahora también nos acordamos de otro ciclista con el que el Tour quedó debiendo: Vicentuco Trueba, primer rey de la montaña de la historia, en 1933. Esta edición trae un capítulo nuevo: ‘Aquel Tour que le robaron a la Pulga de Torrelavega’.

Y trae, como en las ediciones anteriores, el cómic desplegable ‘Tourmalet’, de Patxi Gallego.

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La foto de Poulidor se la tomaron después de una caída en el Tour de 1968. No he encontrado el nombre del autor.

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Aquel Tour que le robaron a ‘la Pulga de Torrelavega’

“Los ciclistas terminaron de cenar y se fueron levantando de las mesas. Quedó uno solo: Vicente Trueba, que rebañaba los restos del plato. Cuando pasó la camarera, le pidió el postre: jamón, huevos fritos y otro filete. Y más pan, por favor.

José Bobillo, un federativo cántabro, asistió a la escena y pensó que Trueba se iba a gastar todo su dinero antes de terminar el Tour de Francia, si seguía comiendo tanto. El ciclista de Torrelavega se había ganado ya un cierto prestigio en el Tour de 1930, y consiguió que en 1932 la organización le pagara al menos una dieta para sus gastos de alojamiento, comida y reparaciones: 50 francos diarios. Trueba le mostró al periodista Ramón Torres una factura de 80 francos por la reparación de una rueda torcida, y le explicó que se apañaba con otros dos ciclistas modestos franceses para contratar a un masajista entre los tres.

Trueba corría sin equipo. Y escalaba para comer: gracias a los dos mil francos de premio por coronar primero el col d’Aubisque, podía repetir huevos fritos, jamón y filete. Y más pan, más pan”.

Sigue en la revista Jot Down Smart, que se vende hoy con El País.

La Pulga de Torrelavega

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A su enemigo le esperaba una mujer

Vicente Trueba, la Pulga de Torrelavega, corona primero casi todas las montañas de los Alpes. Pero desde las cumbres hasta la meta quedan muchos kilómetros, los perseguidores se organizan y lo atrapan siempre. Un día se cae en la bajada, otro día pincha, otro se encuentra con un viento en contra terrible. Nunca consigue ganar una etapa. El día en que dos ciclistas lo atrapan casi al final y queda tercero en el sprint entre los tres, Trueba rompe a llorar.

El 12 de julio de 1933, el diario ABC publica estas líneas:

“Nadie podrá arrebatarle ya una doble satisfacción: la de que su imagen fulgure en la actualidad cinematográfica y la de haber perdido, en provecho de Archambaud, y a causa de la rotura de un freno, el primer puesto de la etapa Niza-Cannes. Porque en Cannes aguardaba a Archambaud una mujer: su madre”.

En la foto, Archambaud en la meta de Cannes.

Archambaud

(Photo by Keystone-France/Gamma-Keystone via Getty Images)

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Cien vueltas al bidegorri

Los Tours de Plomo han estado muy bien, pero esto de pedalear para vender libros es más viejo que la isla. Sabéis que el Tour de Francia fue un invento de periodistas para vender más periódicos. Pero mucho antes, en la prehistoria del ciclismo, ya vieron el negocio.

En 1891 Charles Terront ganó la París-Brest-París, una carrera de 1.200 kilómetros, con un tiempo de 71 horas y 22 minutos, sin parar a dormir. Se convirtió en un ídolo nacional.

En 1893 publicó sus memorias y disputó “el encuentro del siglo”: un duelo de mil kilómetros en una pista cubierta de París, contra Jean-Marie Corre, otro fondista que poseía el récord del trayecto París-Viena (!). Durante dos días dieron vueltas y vueltas y más vueltas a una pista en la Galerie des Machines, un pabellón de acero y cristal construido para la Exposición Universal de 1899. Se congregaron cincuenta mil espectadores. La revista Revue des Sports publicó cinco ediciones diarias para relatar los detalles de la carrera. Y solo en esos dos días se vendieron, queridos editores, tres mil ejemplares del libro de Terront.

Además ganó el duelo. Recorrió los 1.000 kilómetros en 42 horas y solo hizo breves paradas que sumaron 18 minutos, “suponemos que para hacer aguas mayores… porque las menores las hizo sin desmontarse, orinando en una recámara de bicicleta que su mujer vaciaba cada vez que era necesario. Cuando su rival, menos organizado que Terront, se dio cuenta de la treta,  optó por hacer lo propio en una esponja. Nadie sabe quién fue el encargado de recogerla y reciclarla en cada ocasión. Aparte de acrecentar su descomunal fama, el match le reportó a Terront 12.500 francos-oro”. Al poco se lanzó a viajar en bicicleta desde San Petersburgo hasta París y desde París hasta Roma, todo ello bien pagado por el fabricante de su bicicleta y de sus neumáticos.

Pues nada, yo estoy con ganas. Cuando digáis, me pongo a dar cien vueltas en bici al circuito de bidegorris de San Sebastián. Solo necesito al editor con una mesita para vender libros en el Boulevard y a alguien que de vez en cuando vacíe mi tarro de orina.

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Las memorias de Terront acaban de editarlas en castellano: el libro se llama Inventando el ciclismo, tiene una pinta maravillosa –solo he leído las primeras páginas- y lo saca la nueva y prometedora editorial Cultura Ciclista.

(Eso que lleva en la barra es una bocina, no un depósito de orina, ¿no?)

*

Qué emoción. Termino de escribir esta entrada, llaman a la puerta y el cartero me entrega un libro: una voluminosa biografía de Vicentuco Trueba, la Pulga de Torrelavega,  dedicada por su viuda Josefina Bedia, de 98 años, a quien conocimos la semana pasada en Santander. ¡Esto exige una subida al Galibier! ¡Id preparando más tarros!

El autor del libro es Ángel Neila (ediciones Tantín, 2005)

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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