Ciclistas en la guerra

El Ejército italiano contó con doce batallones de soldados ciclistas en la Primera Guerra Mundial. Los bersaglieri pedaleaban en bicicletas plegables, pintadas de camuflaje y con enganches para transportar el fusil junto al sillín. Se movían veloces y silenciosos por los frentes, transportaban armas y provisiones, sus máquinas eran fiables, sencillas y no requerían combustible.  Para los bersaglieri, las bicicletas eran “caballos que se pueden llevar a hombros, que no comen, no beben, no relinchan y no se escapan”.

palombo_bersagliere_ciclista_04raccoltapavatEn esos batallones participaron muchos ciclistas profesionales y algunos murieron, como Carlo Oriani, ganador del Giro de 1913. Ottavio Bottechia, que se convertiría en el primer  italiano vencedor del Tour de Francia (1924 y 1925), se pegó unos buenos entrenamientos en la guerra. El historiador John Foot recoge su testimonio en el libro Pedalare: “Recuerdo un viaje largo por las montañas, pedaleando con una pesada metralleta a la espalda. Debía transportarla hasta un puesto remoto en los Alpes, donde nuestros soldados padecían el fuego enemigo y estaban a punto de perder la posición. Debí trepar por senderos mucho más duros que el Izoard o el Galibier. Pero recuerdo el esfuerzo con orgullo porque llegué a tiempo. Poco después de mi llegada, las tropas austriacas lanzaron un ataque y los italianos pudieron rechazarlo gracias a la metralleta”.

Foto de aquí.

Cantaban los soldados ciclistas: “Noi siamo dell’Italia i bersaglieri / siamo ciclisti, i falchi della guerra”…  “Somos los bersaglieri de Italia. Somos ciclistas, halcones de la guerra. Fulminamos como el rayo, tremendos y fieros, somos la pesadilla y el terror de los enemigos. Vamos siempre rápidos como el viento, la tierra no tiene obstáculos para nosotros, nuestra rueda devora el camino, tenemos las piernas fuertes y el corazón caliente. Silente vuela la bicicleta, pasa la garganta, el monte y la ciudad, arriba está la gloria, que nos espera con la victoria que llegará…”.

Más historias italianas de ciclistas soldados, ciclistas criminales, ciclistas dioses, ciclistas rojos y ciclistas histéricas, pronto en sus quioscos.

Foto: bicicleta de los bersaglieri en el santuario de la Madonna del Ghisallo, patrona de los ciclistas. También hay bicicletas de Coppi, Bartali, Merckx…

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Barrer la patria

Cuánto trabajo dan las patrias, que necesitan plazas inabarcables para exhibir sus banderas monstruosas, y luego hay que barrerles la exageración.

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La plaza del Zócalo de la Ciudad de México abarca 46.800 metros cuadrados, el mástil se eleva 50 metros y la bandera mide 14 metros por 25.

Nueve barrenderos -seis mujeres y tres hombres- limpian la plaza, pasan el escobón por cada una de las losas en las que se divide la gigantesca plancha de cemento central. Intenté contar esas losas cuadradas, que deben de medir entre ochenta centímetros y un metro de lado. Caminé, fui contando las losas y me salieron 165 losas a lo largo y 132 a lo ancho, lo que da 21.780. Probablemente me equivoqué al llevar la cuenta, la misión resultó un poco mareante y no me atreví a repetirla. Pero vamos, échenle unas veinte mil losas de cemento.

Los barrenderos las barrían una a una y todavía más: utilizaban un alambre para sacar la porquería acumulada en las rendijas de las losas. Pregunté a Luis y me dijo que empezaban a las seis de la mañana y terminaban a las diez. Cuatro horas por nueve trabajadores, 36 horas barriéndole el orgullo a la patria.

Luego vi algunos barrios a los que les vendría muy bien izar una de esas banderas gigantescas que atraen a los equipos de limpieza.

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Leo que cuando las banderas monumentales de México se ajan o se estropean, las incineran con honores mientras suena el himno nacional.

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Líchestein

La secretaria de Relaciones Internacionales del PSOE escribe así Liechtenstein:

Chacón

En 1997, tras nuestro viaje ciclista por los Alpes, volvíamos en coche desde Austria y nos hizo ilusión parar a comer el bocadillo en Liechtenstein. Entramos al país, seguimos unos metros buscando un sitio, algún parque donde preparar el bocata junto a una fuente, a ver, vete un poco más adelante, un poco más adelante, a ver, mira, yo creo que al otro lado de ese puente… Y al otro lado de ese puente ya era Suiza. Buscando un sitio para el bocata, atravesamos el país de este a oeste.

Liechtenstein. Nombre oficial: Fürstentum LiechtensteinCuánto nombre para tan poco país. Así que entiendo a Chacón, Líchestein y va que chuta.

Por cierto, Líchestein es uno de los dos únicos países que están rodeados por países que no tienen salida al mar. Ajá.
Lichi
 Foto de aquí.
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Cállate, pinchatripas

“Cállate, penca del diablo, pata de afilador, albarda, zurupeta, tía chamusca, estropajo (…). Te lo digo a ti, zurrapa, trotona, chirigaita, mochilera, trasgo, pendón, zancajo, pinchatripas, ojisucia, mocarra, fuina (…). Patas puercas, verruga peluda, estaferma, escorpión cebollero, liendre sebosa. Tu casa huele a fogón meado”.

El zapatero a la Jerónima, en Réquiem por un campesino español (Ramón J. Sénder).

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Volver para qué

El periodista Daniel Rivera ha escrito un libro magnífico y escalofriante sobre los desplazados de Colombia, con un puñado de historias -y la suya propia- como muestra de los millones de personas que abandonaron sus pueblos para huir de la brutalidad de los diferentes grupos armados. Son tantos bandos que se acaban confundiendo en la imagen de un solo monstruo insaciable. “Encontrarse con un hombre armado en el camino, yendo para misa, yendo para la tienda, yendo para el colegio, es lo mismo que encontrarse con cualquier hombre armado, pues ya se crea el orden implícito: yo mando y usted obedece (…).  Para los campesinos -como mi abuelo- no había buenos, no había malos. Eran un animal arisco del que hay que cuidarse, al que hay que ponerle cebo para montarlo, o, por lo menos, para tenerlo tranquilo”. Los desplazados huyeron, muchos tuvieron que huir de nuevo, y volver a huir, hasta que no les quedó adónde volver.

volver-para-que

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Trescientos asesinados bajo una escombrera

En Medellín (Colombia) van a remover dos millones de metros cúbicos de escombros para buscar los cadáveres de unas sesenta personas asesinadas por los paramilitares. Los datos para localizarlos los ha dado un jefe paramilitar conocido con el alias ‘Móvil Ocho’. Él fue uno de quienes comandaron la escalada de asesinatos y desapariciones en la Comuna 13 de Medellín, ocurridos tras aquella Operación Orión que desató el Ejército colombiano en las calles del barrio en octubre de 2002.

Por la noche los paramilitares lanzaban a la escombrera los cuerpos de sus víctimas y por el día los camiones arrojaban más capas de escombros. El jefe paramilitar Don Berna declaró que en el vertedero podrían encontrarse alrededor de trescientos muertos. Los camiones siguieron arrojando materiales y en algunos puntos la escombrera alcanza cincuenta metros de grosor.

María Elena Toro, de 68 años, con una flor amarilla entre la oreja y el pelo blanco, lleva catorce años desfilando todos los miércoles en círculos frente a la iglesia de la Candelaria, en el centro de Medellín, con otras madres de desaparecidos. Cuando encarcelaron a Don Berna, uno de los mayores narcotraficantes y jefes paramilitares, le escribió una carta para exigirle que le contara dónde estaban sus cinco familiares desaparecidos. Luego lo visitó en la cárcel para mirarle a los ojos y esperar la respuesta.

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María Elena Toro, en Medellín.

Don Berna le dio algunas pistas. Ella encontró los restos de su hermana, su cuñado y su sobrino en una fosa; aún le faltan los de su hijo y los del amigo que le acompañaba. María Elena Toro da batallas largas y nunca cede. Ahora exige al Estado más investigaciones y más excavadoras.

—Podrían esforzarse como con los muertos de la torre —dice.

El 12 de octubre de 2013, un edificio de 24 plantas se desmoronó en Medellín y dejó once muertos. Los tres últimos cadáveres aparecieron al cabo de dos semanas, tras un trabajo frenético en el que se empeñaron 110 operarios, cuatro excavadoras y 25 camiones, que retiraron miles de toneladas de escombros.

A pocos kilómetros de allí, docenas de cadáveres permanecen sepultados en la escombrera de la Comuna 13 de Medellín.  Algunas autoridades plantearon dejar la escombrera como está y declararla camposanto.

—Si los muertos fueran de un barrio rico, si fueran familiares de los políticos…

Toro pasa la tarde tejiendo una muñeca en una sala del Parque de la Vida de Medellín, en compañía de otras veintiséis mujeres. Tejen muñecas que representan a sus familiares desaparecidos o asesinados, y las visten con la ropa que llevaban cuando los asesinaron o los hicieron desaparecer. Hay madres que visten a sus muñecas con un pijama (porque sacaron a su hija de la cama para asesinarla), con una camiseta blanquiverde del Atlético Nacional (el equipo favorito del hijo desaparecido), incluso con toga y birrete (porque mataron al hijo pocos días después de que se graduara).

La primera muñeca que tejen es para todas una prueba durísima.

—Qué hago yo poniéndole las ropas de mi hijo a un muñeco, si debería ponérselas a él —dice María Lucely Durango, madre del chico recién graduado al que mataron con 17 años porque cruzó sin darse cuenta una de las fronteras invisibles entre las bandas de Medellín.

Medellín foto Pablo Tosco

Parque de la Vida, Medellín. Foto de Pablo Tosco / Oxfam Intermón

Poco a poco tejen el duelo, tejen una memoria más soportable, tejen y hablan, tejen y se escuchan, tejen y crean proyectos con la ayuda de Marta Lucía Betancur, profesora universitaria jubilada, experta en justicia restaurativa. Construirán, por ejemplo, el parque del Sueño de los Justos, en colaboración con el ayuntamiento de Medellín. Una de las mujeres soñó que su hijo desaparecido la llamaba desde lo más profundo de un bosque. Así que el parque tendrá un bosque de la memoria, en el que cada mujer plantará un árbol en recuerdo de cada uno de sus desaparecidos y colocará una placa con su historia.

Las mujeres tejen y rememoran. Rosalba Usma cuenta cómo le asesinaron a tres hermanos y a su marido, cómo luego desaparecieron dos hijos, cómo asesinaron a su hija, a la que levantaron de la cama en pijama, mientras ella corría fuera de la casa con sus dos nietitas en brazos. Karen García recuerda cuando vivía en el campo y los guerrilleros amarraron a un familiar suyo a un caballo para arrastrarlo hasta morir, y cuando vivía en la ciudad y los paramilitares amarraron a un familiar suyo a un coche para arrastrarlo hasta morir. Otras mujeres hablan de hijos reclutados a la fuerza, de hijas desaparecidas, de hijos arrojados a la escombrera de Medellín.

Con algunos testimonios, el aire de la sala se tensa como la piel de un tambor, hasta que la tirantez duele demasiado y estallan los llantos. Las mujeres más serenas se levantan a abrazar y a besar a sus compañeras.

Somos mujeres aguerridas, dicen, nos ayudamos mucho. Encuentran consuelo en la compañía del grupo, en la comprensión, en la solidaridad. Algunas se han reunido con los verdugos en la cárcel, han perdonado y han recuperado un poco de paz. Otras se empeñan en que el motivo de sus vidas no sea el odio sino el amor: cuidan a los hijos supervivientes, a los nietos que quedaron huérfanos y quebrados, a otras madres que necesitan su ayuda. Otras encuentran fuerzas en la fe religiosa.

Pero hay algunas que no encuentran ningún consuelo, ninguna fuerza, ninguna esperanza. En Colombia las víctimas proclaman una reivindicación poderosa: son personas activas, firmes en la defensa de sus derechos y en las exigencias al poder, con proyectos creativos. «No somos víctimas, somos sobrevivientes», dice un lema muy repetido. Pero no basta con decirlo. Esa transformación es muy exigente y algunas víctimas no consiguen cumplirla.

A Luisa, una de las mujeres que teje muñecas, y que prefiere ocultar su nombre verdadero, le mataron a un hijo hace veinte años. Se separó de su marido, que le fracturó una costilla durante una paliza. Apenas le alcanza el dinero para pagar el alquiler y sale a la calle a vender empanadas. Hace tres meses desapareció su hija, que iba a cumplir 18 años.

—A mí esto de la reconciliación me parece una farsa. Los detienen, dicen que se arrepienten y luego vuelven a matarnos. No creo en el perdón. Yo vivo enferma, tomo muchos medicamentos para sobrevivir, muchos días no puedo levantarme de la cama. El Estado no me ayuda en nada. Parece que yo no existo. Estoy sola. Para mí morirme sería un alivio.

Carlos Beristáin, psicólogo y perito de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, explica que las personas se estancan en su condición de víctimas cuando no tienen un reconocimiento: «Cuando hay reconocimiento, verdad y reparación, la gente empieza a dejar atrás el pasado doloroso y aprende a vivir de nuevo. Pero si no se dan estas condiciones, es habitual que se enquiste una identidad de víctima, que esa sea la condición central de su persona y que no pueda alejarse de ese pasado traumático ni mirar adelante».

Más: ‘La nadadora entre los tigres‘.

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Una lección

“¿Sabes que no hay ninguna foto de Edmund Hillary sobre el Everest en aquella primera ascensión de 1953? Hillary llevaba una cámara y fotografió a Tensing, el perfil de las montañas a su alrededor, pero no le pidió a Tensing que le hiciera una fotografía. Aquel huesudo neozelandés larguirucho de un metro noventa y dos no se dejó fotografiar en la cima del Everest. Eso es para mí una lección”. Nives Meroi a Erri de Luca (Tras la huella de Nives, Siruela, 2006).

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Para dejar de mirarse

Una profesora universitaria pone a sus alumnos a mirar una vela y se desata un cachondeo gigante en Twitter.

Mi amiga Bea, profesora de Periodismo, escribe esto:

“Yo pongo a mis alumnos a mirar una fruta. Igual me están poniendo verde en Twitter, lo mismo me da. A los que se ríen o critican este tipo de ejercicios les invito, de corazón, a pasarse por clase esta semana. Si para que dejen de mirarse y pensarse (y contarse) tengo que ponerlos a pelar mandarinas, bienvenido sea. Dejaré para más adelante la crónica internacional.

Tengan paciencia, señores, tengan paciencia. Mientras, describan una naranja en 600 palabras (o quédense quietos diez minutos mirando una vela). Ahí les quiero ver”.

La negrita es mía.

Para salir de este velódromo del ombligo y aprender a mirar fuera, para que dejemos de mirarnos, de pensarnos y de contarnos todo el rato, para apagar de vez en cuando todo este ruido, añado algunas historias de personas que saben callarse y observar. Y, por tanto, entienden mejor y cuentan mejor. Copio ‘La Sirenita (retrato al plastidecor)’, una entrada de este blog de hace tres años:

“Nunca he apurado tanto un equipaje como cuando Josema y yo salimos en una moto modesta a darle la vuelta a media Europa (desde San Sebastián hasta Nordkapp, en la punta norte de Noruega, y vuelta por los países bálticos: Buscando el norte, 1999). En la moto íbamos tan justos de sitio que decidimos llevar como toda cubertería una cuchara y un tenedor, en cuyo uso nos íbamos alternando, con la emoción de esperar a quién le tocaría la cuchara la noche en que cenábamos huevos fritos.

A pesar de semejantes apreturas, Josema metió en su mochila un elemento superfluo: un paquete de pinturas plastidecor. Él, conviene destacarlo, no dibuja nunca salvo cuando va de viaje. Y lo hace con la habilidad de un macaco.

Cuando llegamos a Copenhague, visitamos la famosa estatua de La Sirenita. Varias docenas de turistas le sacábamos fotos y muchos posaban delante de ella, mientras dos chicas vestidas de bailarinas de cancán repartían entre el gentío publicidad de un museo erótico. Josema me pidió el cuaderno, se sentó en el muro, sacó los plastidecor y se tomó su tiempo para pintar La Sirenita:

Josema no es dibujante ni escritor pero sí uno de los observadores más agudos que conozco. Las postales que me envía son, para mí, uno de los subgéneros más interesantes de la literatura de viajes. Con letra apretadísima, están plagadas de detalles en los que nadie más se fijaría -las cualidades del mármol travertino, el remoto origen del granito con el que está construido el Empire State, las extrañas variaciones de los platos combinados en los bares próximos al estadio del Rayo Vallecano, las piernas distorsionadas en los cuadros de su admiradísimo El Greco-. Y siempre incluyen un dibujo; por ejemplo, el de la torre del Big Ben: Josema descubrió con gran conmoción que el reloj más famoso de Londres no tenía segundero, un hallazgo que desencadenó sus reflexiones sobre el mito de la puntualidad británica (“¡pueden llegar 59 segundos tarde y presumir de ser puntuales!”).

Tres años después de ver a Josema pintando La Sirenita con plastidecores, leí El arte de viajar, de Alain de Botton. Lo cité aquí mismo hace pocos días: en aquel párrafo De Botton decía que viajar en solitario es ventajoso, porque la presencia de otros compañeros nos cohíbe, nos hace actuar dentro de la normalidad que se nos supone, y así frena algunos arrebatos y algunos intereses que pueden nacer espontáneamente de nuestra curiosidad. Si os fijáis, De Botton terminaba ese párrafo dibujando el escaparate de una ferretería que le había entusiasmado.

En su libro habla de John Ruskin, escritor inglés del siglo XIX, quien reflexionaba sobre la tendencia humana a responder a la belleza, sobre el deseo de poseerla y la necesidad de comprenderla. Ruskin daba clases de dibujo y no le importaba que sus alumnos tuvieran una técnica mediocre: “No he pretendido enseñarles a dibujar sino tan sólo a ver“, les decía. “Dos hombres caminan por el mercado de Clare. Uno de ellos sale por el otro extremo ni un ápice más sabio que cuando entró; el otro repara en un poco de perejil que sobresale por el borde de la cesta de una mantequera y lleva consigo imágenes de belleza que incorpora en más de una ocasión en el transcurso de su trabajo cotidiano. Quiero que ustedes vean las cosas de esta manera”.

“A Ruskin le resultaba desolador lo poco que solía fijarse en los detalles la gente”, escribe De Botton. “Deploraba la ceguera y la premura de los turistas modernos, especialmente de aquellos que se jactaban de recorrer Europa en tren en una semana: `No habrá cambio de lugar a 160 kilómetros por hora capaz de incrementar un ápice nuestra fortaleza, nuestra felicidad o nuestra sabiduría. En el mundo siempre hubo más de cuanto las personas alcanzaron a ver con su paso tan lento. No lo verán mejor por más que se apresuren. Las cosas realmente valiosas son cuestión de visión y pensamiento, no de velocidad’”.

Cuando empezaron a aparecer las primeras cámaras fotográficas, a Ruskin le entusiasmaron. Pero pronto “se percató del diabólico problema que planteaba la fotografía para la mayor parte de quienes la practicaban. Más que usar la fotografía como suplemento para la visión activa y consciente, la empleaban como alternativa, prestando menos atención que antes al mundo, confiados como estaban en que la fotografía les garantizaba automáticamente su posesión”.

“La auténtica posesión de una escena”, sigue De Botton, “pasa por realizar un esfuerzo consciente para reparar en sus elementos y comprender su construcción. Podemos ver la belleza con la suficiente nitidez con sólo abrir los ojos, pero la pervivencia de esta belleza en la memoria depende del grado de intención de nuestra manera de captar. La cámara enturbia la distinción entre mirar y percatarse. Puede brindarnos la opción del auténtico conocimiento, pero puede tornar superfluo el esfuerzo de adquirirlo. Sugiere que hemos hecho todo el trabajo con el simple hecho de tomar una fotografía, mientras que la auténtica ingestión de un lugar, como por ejemplo un bosque, plantea una serie de interrogantes como `¿cuál es la conexión entre los troncos y las raíces?’, `¿de dónde sale la niebla?’, ‘¿por qué unos árboles parecen más oscuros que otros?’. Esas preguntas están implícitamente formuladas y respondidas en el proceso de dibujar.

“Por pésimo que sea, el dibujo de un objeto nos hace pasar súbitamente de una borrosa percepción de su aspecto a una conciencia precisa de sus partes integrantes y de sus particularidades. (…). Otro beneficio que podemos obtener del dibujo es una comprensión consciente de las razones de la atracción que sentimos hacia ciertos paisajes y ciertas construcciones. Hallamos explicaciones para nuestros gustos.  Sabemos detectar de dónde surge el poder de una escena que nos impresiona. Pasamos del escueto ‘me gusta’ al ‘me gusta porque’…”.

Josema viaja mucho, nunca lleva cámara de fotos y sigue dibujando en todas las postales que envía. Recuerda y saborea sus viajes con una precisión y una intensidad que a mí me llenan de envidia”.

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Infernuan bizitzeko bi modu

Luigi Ciotti apaiza plazan sartu zen, inguruan bost bizkartzain zituela, eta jendetzak hiru minutuko txalo zaparrada eskaini zion. Mahaian eseri, mikrofonoa hartu eta ia agurtzeko astirik hartu gabe, esaldi ozen bat bota zuen: «Italian daukagun arazo okerrena ez da Mafia! Italian daukagun arazo okerrena gu geu gara, gure kontzientzia eta gure hitzak!». Jendeak beste txaloaldi luze bat jo zuen. Mantuako plaza nagusian ospatu zen ekitaldia (Italia), literatur jaialdi handi batean, iraileko lehen astean.

Egun gutxi lehenago jakin zenez, poliziak elkarrizketa bat grabatu zion Totò Riina buruzagi mafiosoari, kartzelan kide batekin paseatzen ari zela: «Ciotti hori ere akabatu egin behar dugu, Puglisi beste apaiz hura bezala».

Hemen jarraitzen du, Gaur8 gehigarrian.

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Los mineros muertos animan al Real Potosí

Estos párrafos son un avance de ‘Los mineros muertos animan al Real Potosí’, el texto que publico en septiembre en el número 8 de la revista Jot Down en papel:

-La mina es territorio muy negro. Mejor que las mujeres no entren. Solo es para hombres recios, bien recios, los hombres que quiere la Pachamama -dice Mario González-. Si una mujer entra, unos días más tarde, cuando le viene la siguiente menstruación, la veta de mineral desaparece. La Pachamama esconde la veta, por puros celos.

González es minero viejo, una categoría improbable en Bolivia. A los 59 años no le queda ningún compañero de su edad. Él está vivo, dice, porque nunca fue codicioso. Nunca trabajó temporadas largas. Nunca veinticuatreó. Es decir: nunca hizo turnos de veinticuatro horas bajo tierra. Salía al mundo, dejaba que los pulmones respiraran aire puro, que se le limpiaran de polvo, y nunca estuvo allá dentro cuando una bolsa de gas asfixiaba a sus compañeros o un derrumbe los aplastaba. Aún así, tiene la sensación de que ha jugado muchas papeletas con la muerte y de que no debe arriesgarse más. Se retira. Es un hombre respetado, los demás mineros hablan de él con cierta veneración por su supervivencia inverosímil, y lo acaban de elegir vicealcalde del campamento minero Siglo XX, en la ciudad de Llallagua, en el departamento de Potosí.

González mide poco más de metro y medio. Aun así, tiene que agacharse y caminar doblado para no golpear con el casco las vigas de eucalipto que sostienen la galería. En la oscuridad de la mina, territorio negro, su lámpara proyecta una cuña de luz. Se detiene para mostrar una viga podrida, doblada en uve bajo el peso de la montaña.

-Treinta años que no se cambian. Ganamos nomás para sobrevivir y nadie tiene dinero para invertir en seguridad. Explotamos una parte, rezamos para que no se caiga y luego vamos a otra parte. Hay hartos derrumbes.

González avanza con rapidez por la galería, se agacha, se yergue, repta a cuatro patas, se vuelve a levantar.

-Yo camino ágil. Los compañeros que quedan vivos están todos con mal de mina, con silicosis. En la cama. Mi vecino no puede dar cuatro pasos sin su botella de oxígeno.

Las mejillas de González son cobrizas, de piel lisa y tirante, pero tiene los ojos enmarcados por surcos profundos, como una máscara de cuero viejo. Cuando cuenta alguna historia terrible, sonríe un poco por pudor y los ojos se le hunden entre las arrugas, pequeños, rojizos como brasas, muy vivos.

Su hijo Federico empezó a trabajar en la mina con 13 años. Un día, mientras ayudaba a un perforista que taladraba la pared, el suelo se hundió bajo sus pies. Apenas cayeron unos metros, arrastrados en un turbión de rocas, y pudieron trepar de nuevo hasta la galería. El perforista y el niño Federico salieron corriendo. Aún corrían cuando un estruendo sacudió la montaña y un vendaval de polvo los alcanzó y los tiró de bruces al suelo. Detrás de ellos, la galería entera se vino abajo. El niño Federico salió rebozado de sangre y polvo. No quiso entrar nunca más a la mina y pidió trabajo en las obras de un edificio, donde se dedicó a acarrear ladrillos y sacos de cemento, al aire libre.

González se detiene y espera unos segundos en silencio. Se escuchan goteos, el rumor subterráneo de la montaña, los susurros de las rocas. Se gira despacio, barre la galería con la luz del casco y de pronto ilumina una figura humana, la de un hombre sentado contra la pared, con los ojos desorbitados y una sonrisa desquiciada. Es el diablo. Un diablo de arcilla, con cuernos revirados y una boca ancha, estirada de oreja a oreja, en la que se sostienen una docena de cigarros consumidos. González se acerca sonriendo, enciende otro cigarro y se lo coloca con delicadeza en las fauces.

-El Tío -dice.

El Tío es el espíritu que gobierna las profundidades, el compadre de los mineros, el patrón que fecunda a la Pachamama, a la madre tierra, para que produzca vetas de mineral. Cuando está satisfecho, hace que las vetas afloren; cuando se enfada, provoca derrumbes. Este Tío de arcilla tiene el regazo cubierto por cajetillas de tabaco, garrafas de alcohol puro y una maraña de serpentinas, confetis y hojas de coca que los mineros le lanzan durante las challas -los agradecimientos-. Sonríe con las piernas abiertas, luciendo su atributo principal: un gran pene erecto.

González desenrosca una botella de medio litro de alcohol Guabirá de 96 grados, el que beben los mineros en las pausas del trabajo, solo o mezclado con un poco de zumo de naranja o de agua y azúcar. Se acerca a la boca del Tío y le vierte un chorro por el gaznate. El alcohol brota por la punta del pene y González suelta una carcajada.

-Un día vino de visita la viceministra Álvarez, viceministra de Minería. A ella la dejamos entrar pero le dije: tiene que besarle la punta del miembro, señora, para que una mujer entre a la mina primero tiene que besarle la punta del miembro al Tío. Se agachó y le dio un beso.

González ríe y sigue galería adentro.

Minas Potosí

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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