‘Los sótanos del mundo’, en libro electrónico

Reeditamos el libro Los sótanos del mundo. La editorial Elea lo publicó en 2005 en papel papeloso y ahora Libros del K.O. lo pone a la venta como ebook, con muchos píxeles y con una cadera de camello como máscara de un niño yibutí en la portada.

 Sótanos“En plena fiebre por los ochomiles y las cimas del mundo, el viajero guipuzcoano Josu Iztueta pensó que nadie sabía cuáles eran ni cómo eran las depresiones geográficas más profundas, los puntos más bajos de cada continente. Los atlas se contradecían al enumerarlos.

En el año 2000 Iztueta impulsó la expedición ‘Pangea, viaje al fondo de los continentes’. Formó un grupo con varias personas, entre ellas el periodista Ander Izagirre, que entonces tenía 24 años. “Josu me habló de una depresión patagónica de la que tenía alguna noticia remota, pero que no aparecía en los mapas, y podía ser la más profunda de toda América”, cuenta Izagirre. “También me explicó la ventaja de viajar a las depresiones para un periodista: en los ochomiles no vive nadie”.

Durante nueve meses viajaron por los puntos más bajos de cada continente, para relatar cómo son esos sótanos y la gente que los habita:  el Valle de la Muerte (-86 m, América del Norte), el Lago Eyre (-15 m, Australia), la Laguna del Carbón (-105 m, América del Sur), el Mar Caspio (-28 m, Europa), el Mar Muerto (-411 m, Asia) y el Lago Assal (-157 m, África).

Con esa excusa, el libro traza un itinerario por territorios ignorados, enigmáticos, a veces hostiles, pero repletos de voces y de vida. En esta crónica sorprendente, sazonada con humor, palpitan historias de colonos, descubridores, pastores nómadas, militares, políticos, monjas, refugiados, mineros, pescadores, camioneros…”.

 ***

Los sótanos del mundo es un excelente compendio de la literatura de viajes. Ese tipo de libros en los que, por desgracia para el lector, existe el punto final. En la obra de Ander Izagirre he encontrado historia, reflexión, observación, humildad, silencio, sufrimiento, anécdotas, gozo” (Willy Uribe).

“Una ruta sobrecogedora, una secuencia de lugares poderosos, descritos de una manera minuciosa y amena. (…) Lo mejor de un temperamento viajero se une, en estas crónicas, a una escritura llena de brillos y sensibilidad. El periodista Ander Izagirre reúne algunos artículos destilados en una larga expedición a las mayores depresiones de nuestro planeta. Una lectura muy grata”. (Altaïr).

“Izagirre ha escrito un libro en la mejor tradición de la literatura de viajes, a veces fronteriza con las historias de aventuras, que se lee con gusto hasta por los espíritus más sedentarios” (Mitxel Ezquiaga, El Diario Vasco)

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Vamos ya para casa

-Vamos ya para casa, capitán, que el 27 tengo que dar una charla en el Koldo Mitxelena.

O

-¿Adónde vamos?

-El puerto de Pasajes estaría bien.

-¿Antxo, San Pedro…?

-San Pedro está bien, capitán.

-De acuerdo. Orine por la borda, por favor, tenemos que remontar 26 metros.

-Lo que haga falta. Debo volver a casa, se acabaron las esclusas.

O

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Dos océanos

En barco por el Canal de Panamá, de esclusa en esclusa, una anciana japonesa dormía bendita. Llevaba un pañuelo rosa para cubrirse la cabeza, gafas de cristales rojizos, guantes blancos. Dormía en uno de los asientos de la cubierta, bajo un toldo, cabeceando un poco y cruzando los brazos sobre su bolso. Pasaban petroleros, caían doce millones de litros por minuto para elevarnos en las esclusas y los pasajeros guardaban silencio al caminar a su lado. La siesta le duró dos océanos. Abrió por fin los ojitos, bostezó como un gato, sonrió a los pasajeros y miró alrededor quizá decidiendo si atlántico o pacífico.

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Nos defendemos con un bastón

La semana pasada unos guerrilleros de las FARC asesinaron a dos nasas, miembros de la asombrosa Guardia Indígena en el valle colombiano del Cauca. Los nasas, con su sistema de justicia asamblearia, acaban de juzgar y condenar a muchos años de cárcel a cinco guerrilleros que no tuvieron abogados ni derecho a apelar.

Traigo la historia de Ana Secue, que fue parte del reportaje La nadadora entre los tigres.

-Nosotras nos defendemos con un bastón —dice Ana Secue, indígena nasa de 42 años. A los habitantes originarios del valle del Cauca les arrebataron las llanuras fértiles y ahora viven en las montañas, en reservas autónomas, atrapados en medio de los combates entre el Ejército y la guerrilla de las FARC-EP (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo). La región está plagada de cultivos de coca y marihuana, surcada por las rutas del narcotráfico, azotada por las batallas más violentas del conflicto colombiano.

En 2002 los nasas, los misak, los yanaconas, los totorós y los kokonucos organizaron la asombrosa Guardia Indígena: unos cuerpos de paz, formados por hombres, mujeres, niños, niñas, ancianos y ancianas, que recorren el territorio para encararse con los combatientes y expulsarlos. Su única arma es un bastón tradicional.

—Con el bastón desafiamos a los agresores armados —dice Secue, mientras camina por las calles de Santander de Quilichao, una ciudad fuera de la reserva, y sospecha de varios hombres que parecen vigilarla—. Si quieres darme un tiro, dame un tiro. Si quieres matarme, mátame, pero no voy a marcharme de mi territorio. Y si tan berraco te crees, agarra otro bastón y lucha conmigo de igual a igual. El bastón no es en realidad un arma: es un símbolo de autoridad moral. Nosotros tenemos la rabia y la razón.

Secue

(Foto de Pablo Tosco)

Ana Secue fue tres veces gobernadora del resguardo de Huellas Caloto, una de las diecinueve reservas indígenas del Çxhab Wala Kiwe, «el territorio del gran pueblo», en el Cauca Norte. Caminaba por las montañas llevando un pañuelo rojo y verde al cuello (los colores de los indígenas), y un bastón en bandolera. El bastón de chonta, adornado con cintas de colores, era el símbolo de su mandato. Con el  bastón, con la rabia y con el poder de las multitudes desarmadas, en estos años la Guardia Indígena ha apresado a guerrilleros, ha liberado a secuestrados, ha expulsado a tropas del Ejército, ha confiscado camionetas cargadas de coca y marihuana que atravesaban sus tierras y ha quemado la mercancía.

—Nos matan por todas partes —dice Secue—. La guerrilla ataca nuestros pueblos una y otra vez, el ejército instala sus bases en nuestro territorio, disparan morteros contra nuestras casas, matan a gente bombardeando escuelas y hospitales. Montan controles en los caminos, hay balaceras, secuestros y asesinatos de líderes indígenas. Y ellos no tienen derecho a entrar en nuestras tierras. No queremos actores armados en nuestro territorio. Ni guerrilleros, ni paramilitares, ni soldados ni nada.

Cuando estallan los enfrentamientos más duros, con metralletas, artillería y helicópteros, la Guardia Indígena organiza el traslado de todos los habitantes, envueltos en sábanas blancas, hasta los refugios en los que almacenan provisiones para varios días. Pero muchas veces los guerrilleros y los soldados se instalan en los pueblos y se atacan con la población civil de por medio.

—Yo he visto caer a muchos hombres, mujeres y  niños —dice Secue—. Y por la pura rabia, por la pura impotencia, me olvido de mí misma. En un tiroteo en nuestro pueblo, los soldados mataron a una niña y dejaron a varios niños heridos. Estuve en la habitación donde la niña se moría y salí corriendo con el bastón en alto, a enfrentarme a los soldados a puros gritos. A punta de bastón los eché de allí. Cuando volví a mi casa, me puse a temblar: pero qué he hecho, yo, que soy madre de cinco hijos, pero cómo me he metido en la balacera… Pero en el momento, por la pura rabia, siempre me olvido de mí misma.

Secue también participó en las manifestaciones de mujeres para rodear las bases de los guerrilleros y de los soldados.

—Con las Farc es más difícil porque se mueven mucho. Nos avisan: los guerrilleros están en aquella montaña. Al día siguiente subimos en grupo para echarlos pero ya no están. El ejército instala bases en los pueblos y entonces sí que los rodeamos. Una vez fuimos un grupo grande de mujeres y colocamos pancartas alrededor de su base para exigirles que se marcharan. Los soldados las arrancaron y las tiraron al río. Entonces nosotras llamamos a la defensoría del pueblo, a las organizaciones de derechos humanos, denunciamos al ejército. Al final, el coronel ordenó a los soldados que bajaran al río a recoger las pancartas y que las volvieran a colocar —Secue se ríe—. Les decíamos: «Oiga, soldadito, esta pancarta está floja, esa otra está mal puesta». Fue muy chistoso ver a los militares colocando nuestras pancartas: «Mujeres indígenas en resistencia. Rechazamos la guerra, defendemos la paz».

(…)

Ana Secue, la mujer que fue tres veces gobernadora de los indígenas nasa, también necesitó todo su tiempo para ejercer el cargo. La nombraron cuando las Farc atacaban con más violencia que nunca a los indígenas del Cauca.

—Mis compañeros pensaron que sería buena estrategia ponerles enfrente a una mujer. Que desconcertaría a los guerrilleros. Yo llevaba años trabajando en puestos de la comunidad, pero los hombres no cedieron el poder con alegría a una mujer. En nuestra comunidad hay mucho machismo. Algunos se enfadaron cuando salí gobernadora, les parecía vergonzoso. Yo me puse de pie en la asamblea y dije: «Sé que los guerrilleros me van a matar por hacerles resistencia. Si me quieren matar, aquí estoy». Luego me fui a casa y lloré, lloré mucho, lloré de nervios, de miedo, de responsabilidad. Pero solo lloraba en mi casa. Delante de los hombres siempre me mostré muy dura, muy fuerte, no quería que me vieran débil. Y cuando fui gobernadora me ocurrió otra cosa. Mi marido me maltrataba desde siempre. Me quedé embarazada con 15 años, y al tercer mes de embarazo ya me pegó por primera vez. Tuve cinco hijos con él. Me quería obligar a quedarme en casa, no quería que fuera a las asambleas, y me pegaba. Mis hijos me animaban para que me separara. No lo hice hasta que fui gobernadora. Entonces me pareció ridículo: yo organizaba a las mujeres, las animaba para que reclamaran sus derechos, y luego resulta que en mi propia casa me golpeaban. Así que un día me planté y le dije: nunca más me vuelves a pegar. Porque yo ya no voy a estar quieta: cuando tú vuelves borracho yo también te puedo pegar duro a ti.

Ana Secue sonríe. Muestra una pequeña réplica del bastón de mando que lleva atado en el bolso.

—Y nunca más se atrevió.

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La gorra de la revolución

Le pregunté si vendían las gorras. Atencio López me dijo que sí, que las gorras lucen la bandera de la revolución de los indígenas kuna en 1925 contra las autoridades panameñas y que sí, que las venden. Él es presidente del Instituto de Investigación y Desarrollo de Kuna Yala y lo entrevisté porque estoy en Panamá preparando un reportaje sobre los kunas.

O

Compré la gorra. Espero con impaciencia el momento de ponérmela y salir a pasear con ella por San Sebastián. Dada la tradicional solidaridad de los vascos con los pueblos indígenas, imagino que muchos paisanos vendrán a mi encuentro con entusiasmo.

El amable Atencio López, que visitó  el País Vasco hace unos años, me despidió con un apretón de manos y un saludo enérgico: agur!

O

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Los confundidos escriben historias para que otros opinen

Juan Villoro habla con su amigo Frank, su crítico amigo Frank.

“Le hablé de mi alma dividida, de mi patológico e inútil afán de concordia, y recordé una frase de un periodista de la antigua Yugoslavia: ‘Lo más extraño de Milosevic es que nunca se sintió culpable; en cambio, yo me siento culpable de todo’. Los tiranos duermen con tranquilidad, sedados por la mentira que se asignaron y que custodia un ejército. En cambio, el narrador se desvela para interrogar el mundo; depende de las preguntas, no de las certezas, hasta que un día amanece en un territorio de opiniones sin fisuras: el matiz, la posposición, el raro privilegio de aceptar que el otro está en lo cierto, desaparecen en ese panorama del todo o la nada, el blanco y el negro (…).

“Peter Handke valora el privilegio moral de quien se agota de sí mismo  y suspende sus creencias en espera de que se le ocurra algo distinto. El papel del escritor consiste en preguntar para que otros respondan. Esta postura estimula la fecundidad estética. Curiosamente, al dejar el lápiz en reposo y observar la realidad, Handke decidió apoyar al genocida Milosevic. El novelista actuó como si no se hubiera leído a sí mismo. La conciencia es un producto sin garantía (…).

“Cada vez que debo opinar sobre un tema del que no estoy seguro, me castigo imaginándome en París ante el proyecto de la Torre Eiffel. ¿Qué habría dicho de ese vértigo de hierro? Aunque el asunto ya fue resuelto sin mi ayuda, recupero ese momento crucial del urbanismo y me encaro con honestidad: ¿a qué opinión me habrían llevado mis gustos, mis lecturas, mi pretendida sensatez? Confieso sin tapujos que la idea de construir la Torre me hubiera parecido horrorosa. Me imagino firmando desplegados, escribiendo textos satíricos,  asistiendo a reuniones contra el adefesio. Lo más grave es que habría cometido cada uno de esos errores creyendo salvar a mi ciudad (cuando  pienso en eso, soy parisino de varias generaciones). Escribo esto en 2006 y sé que la Torre es un triunfo de la audacia. ‘Tour Eiffel / Guitare du ciel’, cantó Huidobro. Sin embargo, cada vez que me sitúo en la época, rechazo la prepotente elevación de esa chatarra. El asunto me deja bastante deprimido. Si hubiera fallado entonces, ¿no estaré fallando ante todo lo demás? (…)

[Le responde su amigo Frank:]

“-¿Sabes qué es lo peor que podría pasarte? –hizo una pausa para que yo pensara en ir a Irak o en concursar en Bailando por un sueño. Luego dijo: -Dejar de sentirte culpable. Es lo único que sabes hacer. Tus culpas son historias –iba a contestar algo pero me atajó-. Opinar no es lo tuyo: los confundidos escriben historias para que los demás opinen”.

 Juan Villoro. ¿Hay vida en la tierra?

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Ciclistas en la guerra

El Ejército italiano contó con doce batallones de soldados ciclistas en la Primera Guerra Mundial. Los bersaglieri pedaleaban en bicicletas plegables, pintadas de camuflaje y con enganches para transportar el fusil junto al sillín. Se movían veloces y silenciosos por los frentes, transportaban armas y provisiones, sus máquinas eran fiables, sencillas y no requerían combustible.  Para los bersaglieri, las bicicletas eran “caballos que se pueden llevar a hombros, que no comen, no beben, no relinchan y no se escapan”.

palombo_bersagliere_ciclista_04raccoltapavatEn esos batallones participaron muchos ciclistas profesionales y algunos murieron, como Carlo Oriani, ganador del Giro de 1913. Ottavio Bottechia, que se convertiría en el primer  italiano vencedor del Tour de Francia (1924 y 1925), se pegó unos buenos entrenamientos en la guerra. El historiador John Foot recoge su testimonio en el libro Pedalare: “Recuerdo un viaje largo por las montañas, pedaleando con una pesada metralleta a la espalda. Debía transportarla hasta un puesto remoto en los Alpes, donde nuestros soldados padecían el fuego enemigo y estaban a punto de perder la posición. Debí trepar por senderos mucho más duros que el Izoard o el Galibier. Pero recuerdo el esfuerzo con orgullo porque llegué a tiempo. Poco después de mi llegada, las tropas austriacas lanzaron un ataque y los italianos pudieron rechazarlo gracias a la metralleta”.

Foto de aquí.

Cantaban los soldados ciclistas: “Noi siamo dell’Italia i bersaglieri / siamo ciclisti, i falchi della guerra”…  “Somos los bersaglieri de Italia. Somos ciclistas, halcones de la guerra. Fulminamos como el rayo, tremendos y fieros, somos la pesadilla y el terror de los enemigos. Vamos siempre rápidos como el viento, la tierra no tiene obstáculos para nosotros, nuestra rueda devora el camino, tenemos las piernas fuertes y el corazón caliente. Silente vuela la bicicleta, pasa la garganta, el monte y la ciudad, arriba está la gloria, que nos espera con la victoria que llegará…”.

Más historias italianas de ciclistas soldados, ciclistas criminales, ciclistas dioses, ciclistas rojos y ciclistas histéricas, pronto en sus quioscos.

Foto: bicicleta de los bersaglieri en el santuario de la Madonna del Ghisallo, patrona de los ciclistas. También hay bicicletas de Coppi, Bartali, Merckx…

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Barrer la patria

Cuánto trabajo dan las patrias, que necesitan plazas inabarcables para exhibir sus banderas monstruosas, y luego hay que barrerles la exageración.

O

La plaza del Zócalo de la Ciudad de México abarca 46.800 metros cuadrados, el mástil se eleva 50 metros y la bandera mide 14 metros por 25.

Nueve barrenderos -seis mujeres y tres hombres- limpian la plaza, pasan el escobón por cada una de las losas en las que se divide la gigantesca plancha de cemento central. Intenté contar esas losas cuadradas, que deben de medir entre ochenta centímetros y un metro de lado. Caminé, fui contando las losas y me salieron 165 losas a lo largo y 132 a lo ancho, lo que da 21.780. Probablemente me equivoqué al llevar la cuenta, la misión resultó un poco mareante y no me atreví a repetirla. Pero vamos, échenle unas veinte mil losas de cemento.

Los barrenderos las barrían una a una y todavía más: utilizaban un alambre para sacar la porquería acumulada en las rendijas de las losas. Pregunté a Luis y me dijo que empezaban a las seis de la mañana y terminaban a las diez. Cuatro horas por nueve trabajadores, 36 horas barriéndole el orgullo a la patria.

Luego vi algunos barrios a los que les vendría muy bien izar una de esas banderas gigantescas que atraen a los equipos de limpieza.

O

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Leo que cuando las banderas monumentales de México se ajan o se estropean, las incineran con honores mientras suena el himno nacional.

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Líchestein

La secretaria de Relaciones Internacionales del PSOE escribe así Liechtenstein:

Chacón

En 1997, tras nuestro viaje ciclista por los Alpes, volvíamos en coche desde Austria y nos hizo ilusión parar a comer el bocadillo en Liechtenstein. Entramos al país, seguimos unos metros buscando un sitio, algún parque donde preparar el bocata junto a una fuente, a ver, vete un poco más adelante, un poco más adelante, a ver, mira, yo creo que al otro lado de ese puente… Y al otro lado de ese puente ya era Suiza. Buscando un sitio para el bocata, atravesamos el país de este a oeste.

Liechtenstein. Nombre oficial: Fürstentum LiechtensteinCuánto nombre para tan poco país. Así que entiendo a Chacón, Líchestein y va que chuta.

Por cierto, Líchestein es uno de los dos únicos países que están rodeados por países que no tienen salida al mar. Ajá.
Lichi
 Foto de aquí.
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Cállate, pinchatripas

“Cállate, penca del diablo, pata de afilador, albarda, zurupeta, tía chamusca, estropajo (…). Te lo digo a ti, zurrapa, trotona, chirigaita, mochilera, trasgo, pendón, zancajo, pinchatripas, ojisucia, mocarra, fuina (…). Patas puercas, verruga peluda, estaferma, escorpión cebollero, liendre sebosa. Tu casa huele a fogón meado”.

El zapatero a la Jerónima, en Réquiem por un campesino español (Ramón J. Sénder).

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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