Una imagen que dormita en todos nosotros

En el Día del Libro, copio unos fragmentos de La conquista de lo inútil, de Werner Herzog. Es el libro que más me impresionó el año pasado y que leí durante todo el verano, tumbado en la Zurriola, despacio y con muchas pausas. Es el diario que escribió el director Herzog durante dos años en el Amazonas peruano, mientras filmaba la película Fitzcarraldo y trataba de subir un barco por una montaña. “Escribo mejor de lo que filmo”, dijo Herzog.

fitzcarraldo-793283

“Kinski ha sentenciado que lo que me propongo es completamente imposible, impensable, dictado por la locura. Se está convirtiendo en el epicentro del desánimo. Bien mirado, es evidente que ya nadie está de mi parte, ninguno, nadie, ni uno, ni uno solo. En medio de cientos de extras indígenas, docenas de trabajadores forestales, la gente de los barcos, el personal de cocina, el equipo técnico y los actores, la soledad me ha golpeado como un animal gigante y enfurecido. Pero yo veo algo que los demás no ven.

(…)

“L. dice que quiere aplanar tanto la cuesta que solo quedaría una pendiente del 12 por ciento, pero eso la haría parecer la brecha de un istmo. Le he dicho que no lo permitiré porque perderíamos la metáfora central de la película. Metáfora de qué, me ha preguntado. Le he dicho que eso no lo sabía, solo que era una gran metáfora. Que quizá no era más que una imagen que dormita en todos nosotros, y que yo soy solo el que la pone en contacto con un hermano al que todavía no había conocido”.

0

votar

Josetxo vuelve a los caminos

Josetxo Mayor ha estado quieto dos años, por problemas de salud. Entre 1986 y 2012 se dedicó a limpiar y cuidar los caminos de Ulía, por puro amor al monte, a los caminantes, a los laureles y a los castaños. Hoy, con 81 años, nos ha contado que volverá pronto a trabajar en los caminos. Le han dedicado un pequeño y precioso homenaje en el Centro de Interpretación de Ulía. Hemos reído a carcajadas con sus historias. Luego, comiendo aceitunas y cacahuetes, contaba sus proyectos en petit comité, a media voz, con una sonrisilla y con la ilusión de un chaval. Cuando alguien le da las gracias, Josetxo siempre responde: “Gracias a ti, porque sin caminantes no hay caminos”.

En la segunda foto podéis ver mi obra favorita de Josetxo: él excavó y pavimentó esa curva más exterior, para que los caminantes no agarraran y estropearan el castaño. Al castaño, por cierto, le están saliendo ahora mismo las primeras hojas.

O

O

> Paseábamos por Uía antes del homenaje y de pronto nos encontramos con…

> Algunas historias de Josetxo en este blog.

> ‘Ulía por los caminos de Josetxo’, reportaje de 2007.

> Josetxo Mayor y otros cuidadores de mundos.

0

votar

‘La nadadora entre los tigres’, finalista en el premio Colombine

El reportaje ‘La nadadora entre los tigres’, el primero que escribí en Colombia, ha quedado finalista del premio Colombine de periodismo. Lo ha ganado Marta Gómez Casas, directora del programa ‘Tolerancia cero’ en Radio Nacional de España: ¡enhorabuena! Entre los finalistas también está el compay Zigor Aldama.

Mi reportaje, publicado en la revista Jot Down, empieza así:

“Los paramilitares invadieron el pueblo de Condoto, robaron, torturaron, violaron, asesinaron y establecieron sus leyes. Por ejemplo: las mujeres debían cocinar para ellos, las mujeres debían lavarles la ropa, las mujeres debían quedarse en casa al ponerse el sol, las mujeres no podían vestir prendas cortas, las mujeres no podían llevar el pelo corto. María Eugenia Urrutia, una chica negra de 18 años, hirvió de rabia. Se rapó la cabeza al cero, se puso un tanga, cruzó el pueblo a zancadas, se metió al río casi desnuda y nadó arriba y abajo.

Mientras los paramilitares disparaban, requisaban las cosechas y expulsaban a las familias de sus minas artesanales de oro y platino, María Eugenia se empeñó en defender nadando su pequeño territorio: la playa del río Condoto. No era una playa cualquiera”.

Después escribí un segundo reportaje sobre el escándalo de los falsos positivos en Colombia. El Gobierno pagaba en secreto 1.400 euros por muerto. Secuestraron a miles de jóvenes de barriadas marginales, los asesinaron y los disfrazaron de guerrilleros para cobrar las recompensas: ‘Así se fabrican guerrilleros muertos’, publicado en El País.

Escribí ambos reportajes con la valiosísima ayuda de Oxfam Intermón, Pablo Tosco, Lucila Rodríguez-Alarcón, Alejandro Matos, Diana Arango, Sandra Cava y Gloria Moronta. Gracias a todos.

Yovana Sáenz (foto Pablo Tosco)

Yovana Sáenz (Foto de Pablo Tosco / Oxfam Intermón).

2

votar

Así se fabrican guerrilleros muertos

‘Así se fabrican guerrilleros muertos’ es el segundo reportaje que escribí en Colombia, con fotos y vídeo de Pablo Tosco. Habla de un negocio siniestro dentro del Ejército colombiano:  los falsos positivos. Secuestraban a jóvenes para asesinarlos, luego los vestían como guerrilleros y así cobraban recompensas secretas del Gobierno de Álvaro Uribe. La Fiscalía ha registrado 4.716 casos de homicidios presuntamente cometidos por agentes de las fuerzas públicas. Los observadores internacionales denuncian la dejadez, incluso la complicidad del Estado en estos crímenes masivos.

Entre otros casos, seguimos la historia de Luz Marina Bernal, una de las Madres de Soacha que rompieron el silencio y destaparon el escándalo.

El reportaje arranca así:

“-Así que es usted la madre del comandante narcoguerrillero -le dijo el fiscal de la ciudad de Ocaña.

-No, señor. Yo soy la madre de Fair Leonardo Porras Bernal.

-Eso mismo, pues. Su hijo dirigía un grupo armado. Se enfrentaron a tiros con la Brigada Móvil número 15 y él murió en el combate. Vestía de camuflaje y llevaba una pistola de 9 milímetros en la mano derecha. Las pruebas indican que disparó el arma.

Luz Marina Bernal respondió que su hijo Leonardo, de 26 años, tenía limitaciones mentales de nacimiento, que su capacidad intelectual equivalía a la de un niño de 8 años, que no sabía leer ni escribir, que le habían certificado una discapacidad del 53%. Que tenía la parte derecha del cuerpo paralizada, incluida esa mano con la que decían que manejaba una pistola. Que desapareció de casa el 8 de enero y lo mataron el 12, a setecientos kilómetros. ¿Cómo iba a ser comandante de un grupo guerrillero?

-Yo no sé, señora, es lo que dice el reporte del Ejército”.

El reportaje entero se puede leer aquí: ‘Así se fabrican guerrilleros muertos’ (El País).

El trabajo lo hicimos con el magnífico apoyo de Oxfam Intermón. Y con la enorme ayuda de Alejandro Matos, Lucila Rodríguez-Alarcón, Diana Arango, Sandra Cava y Gloria Moronta. Muchas gracias.

Luz Marina Bernal (Madres de Soacha)

Luz Marina Bernal. Foto de Pablo Tosco.

2

votar

El posadero de Voreppe

En julio de 1906, el señor Nestor Rephoz envió una carta a L’Auto, el diario organizador del Tour:

“Me gustaría destacar la conducta del señor Sermoz, posadero de Voreppe, quien antes del paso del Tour de Francia retiró todas las piedras que cubrían un tramo de 500 metros de descenso al 13%, en la cota de Chevalon. Ese acto resulta todavía más meritorio si se tiene en cuenta que lo hizo en pleno mediodía, bajo un sol de plomo, dos horas antes del paso de los corredores”.

El sábado 22 de marzo de 2014, la Asociación de Amigos de la París-Roubaix, carrera que se celebra el próximo domingo, publicó este aviso en Facebook:

Amis

“La sesión de limpieza del tramo de Mons-en-Pévèle ha ido bien. No nos ha llovido pero ha hecho viento. Hemos formado un gran equipo de ocho personas y hemos completado un buen trabajo.  Hemos arreglado un tramo peligroso de cien metros. ¡El pavés ya está limpio! Hasta el próximo domingo. Muchas gracias,

François Doulcier, presidente de los Amigos de la París-Roubaix”.

La París-Roubaix es un fósil viviente del ciclismo de hace cien años:

Imagen de previsualización de YouTube

3

votar

Colombianas en pie (charla en Andoain)

Mañana, miércoles 12, daré una charla a las siete de la tarde en Andoain (Bastero Kulturgunea). Repasaré las extraordinarias historias de las mujeres que se rebelan contra el crimen más silenciado del conflicto colombiano: la violencia sexual como estrategia premeditada de guerra, ejercida por todos los bandos, sistemática, masiva y casi absolutamente impune. Hablaremos de la presencia que exigen estas mujeres en el proceso de paz colombiano que se celebra en La Habana. También participará Arantxi Padilla, periodista de EITB, desde Colombia.

Reportaje: ‘La nadadora entre los tigres’.

Avance de ‘Huellas que no callan’, documental de Pablo Tosco.

1

votar

Huellas que no callan

Mi admirado Pablo Tosco (¡la suerte de viajar con Pablo!) ha realizado este documental sobre Colombia y contra el silencio. Aparecen cuatro de las mujeres que conocimos durante aquel viaje. Son víctimas de violencias terribles pero impresionan, sobre todo, por su pelea, por sus ideas claras sobre la justicia, por su dignidad y por su vocación de ayudar a los demás.

Aquí va un avance del documental, titulado ‘Huellas que no callan’. Lo produce Oxfam Intermón y lo estrenarán dentro de unos días en el XV Congreso de Periodismo Digital de Huesca.

1

votar

Noticias urgentes

Os traigo noticias urgentes. Ahí fuera brotan ya las collejas y los ajoporros, los campos de trigo están verdes y relucen tras los chaparrones, los almendros se despliegan, los abejorros zumban de flor en flor, los pajarillos andan  excitados.

En un día feliz, perseguí por los campos navarros la silueta de una japonesa durante siete horas, cagué junto a un avellano (señal de felicidad), me encontré en Obanos con un amigo que hace películas sobre el azar y al final, mientras sacaba fotos al puente románico de Puente la Reina, un saxofonista terrible tocó de pronto, sin que él supiera que era para mí, el Happy birthday to you.

Foto: fiesta de cumpleaños en Valdizarbe.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

5

votar

Consuelo para los monstruos

El sábado me diagnosticaron una deformidad.

Volví a casa, desdichado, y busqué consuelo en las viejas sabidurías. Abrí el libro Monstruos y prodigios, de 1575, en el que el cirujano viajero Ambroise Paré recopiló informaciones de toda Europa sobre monstruos humanos, monstruos acuáticos, monstruos terrestres y monstruos voladores.

 Busqué mi caso.

Paré

Paré recopiló ilustraciones y descripciones de niños con cuatro brazos, cuatro piernas y dos sexos; de hombres con una segunda cabeza que les sale del vientre; de cerdos con cabeza de fraile y cubiertos de escamas; de niños a los que les brota una serpiente viva de la espalda; de criaturas marinas con cabeza de oso, aletas y brazos de simio. También habla de los demonios de las minas, de los monstruos de África como el rinoceronte, el avestruz o el camaleón, del terrorífico volcán Etna, de los espantosos cometas, de una lluvia de carne sangrienta sobre Italia, de una lluvia de peces en Sajonia, de una lluvia de leche y trigo en Inglaterra, de la caza de la ballena en San Juan de Luz.

 Yo (ay) tengo un relieve irregular en la córnea izquierda. Veamos: el grosor de la córnea oscila entre un milímetro y medio milímetro. Y en ese medio milímetro de margen hay lugar para depresiones, cordilleras y altiplanos.

 Mirad la foto. En el ojo de la derecha (que es mi ojo izquierdo), esa mancha clara de la parte inferior indica una extensa meseta en mi córnea. Esa mancha clara es el Tíbet de mis ojos.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Y por esa meseta de varios diezmilímetros, me desaconsejan la operación con láser para corregirme la miopía. Así me lo explicó el señor oftalmólogo, discípulo de Paré en la detección de monstruos.

 En el libro encontré el consuelo que buscaba. Porque las deformidades oculares son, según Paré, “ejemplo de la gloria de Dios”.

 El cirujano explica que “las causas de los monstruos son varias”. Y detalla trece.

 La primera causa de los monstruos es precisamente la gloria de Dios (y relata el caso del ciego curado por Jesucristo: los discípulos preguntaron al Maestro si la ceguera era el castigo por algún pecado y Jesucristo respondió que no, que al ciego le había ocurrido su desgracia “para que las obras de Dios se manifestaran en él”).

La segunda causa de los monstruos es la cólera de Dios (los monstruos nacen como castigo contra los padres y madres que copulan como animales o copulan en los días de la menstruación).

 La tercera causa de los monstruos es la cantidad excesiva de semen al concebir.

 La cuarta, su cantidad insuficiente.

 La quinta, la imaginación.

La séptima, el modo de sentarse inadecuado de la madre encinta, con los muslos cruzados.

 Mi favorita es la duodécima: por el engaño de los malvados mendigos itinerantes (Paré explica el caso “de una mendiga que fingía padecer el mal de San Fiacre, y le salía del trasero un intestino largo y grueso de confección casera”).

Podéis reíros si queréis. Pero recordad que también vosotros estáis a diezmilímetros de la deformidad, siempre a un paso de ser catalogados como monstruos. Una amiga mía tiene las cuerdas vocales al revés, un amigo tiene un hueco en el que le cabría un sexto dedo en cada pie, otro amigo es del Athletic de Bilbao.

 Podéis reíros, pero es mejor que hagáis caso a Paré. Para evitar las monstruosidades, recomienda prescindir de “alimentos vaporosos, vinos fuertes y en general todo aquello que nos pueda subir humos al cerebro”.

10

votar

La puerta de Alvarhillo

El alicantino Alvarhillo, a quien no conozco en persona, es comentarista y lector de este blog desde hace muchos años, creo que desde los tiempos de Vespaña (¡oh!). Cuando por aquí andábamos obsesionados con viajar al cero, Alvarhillo se convirtió en nuestro enviado especial, salió a por el cero y mandó fotos. Fantaseamos con ver algún día juntos un Hércules-Real Sociedad.

Alvarhillo ha vuelto a hacer algo precioso: ha tomado un detalle de mi reportaje sobre Chernóbil (‘No sabíamos que la muerte pudiera ser tan bella‘) y ha escrito un cuento.

LA PUERTA  (Por Álvaro García Sirvent)

“Vasyliuch, ven que te mida”. Aun, si cierro los ojos, recuerdo el timbre de su voz. Cada vez que pasaba alguna enfermedad propia de la infancia; tos ferina, paperas o una gripe más larga de lo normal, mi padre cogía un lápiz y un grueso diccionario, me hacía descalzarme y me ponía firmes pegado a la puerta de la casa para ver cuánto había crecido.

Los niños pegan el estirón a base de enfermedades, parece un castigo del cielo”, decía siempre mi madre que, a escondidas, seguía rezándole a un icono de la virgen de Grushev, que tenía escondido en el armario, detrás de los abrigos.

“A ver, junta los pies. Levanta la barbilla”. Entonces ponía el lomo del libro sobre mi cabeza y lo apretaba contra la puerta. “Quítate” me decía. Luego, hacía una marca con el lápiz en el lugar donde había estado mi coronilla y a su lado escribía la fecha del año.

Era una puerta recia y tosca, de tablones de haya y la había construido, al igual que la casa, el padre de mi padre, el abuelo Oleksandr, que había llegado a Zalissia a comprar unas vacas, se enamoro perdidamente de la hija del granjero, mi abuela Iryna y no volvió a dejar el pueblo.

Aquella puerta era un mapa genealógico de la familia Kovalenko. Allí estaban las marcas del crecimiento de mí padre, Vasyl, las de la tía Olena y las del tío Roman que habían quedado interrumpidas a los 12 años cuando unas fiebres se lo llevaron en unos pocos días.

Allí estaban también las mías y las de mis hermanos pequeños, Ludmyla y Mykola que llegaban hasta que dijimos que ya éramos muy mayores para esas cosas y mi padre, tras repetidos intentos, dejó de insistir.

Allí marqué yo, siguiendo el rito de la familia, las estaturas de mis hijos Vasyl y Halyna y entonces comprendí el empeño que mi padre ponía en ese cotidiano ritual. Era el recordatorio del paso inexorable del tiempo, de las estaciones y los años. De que habíamos nacido y crecido y que algún día moriríamos. Como los abuelos, como el tío Roman, como mi propio padre y, era, además el lugar último donde los veríamos, pues esa misma puerta servía como catafalco donde los Kovalenko habíamos velado a aquellos que nos habían dejado. Mi hermano Mykola y yo mismo habíamos sacado la puerta de sus goznes y sobre cuatro sillas, cubierta por una colcha que había tejido la abuela Iryna, yació el cuerpo de mi padre, como antes lo habían hecho el de los abuelos y el del tío Roman y como algún día debía de haberlo hecho el de mi ya anciana madre y el mío cuando me llegara la hora.

Por eso, aquella tarde de abril del 86, cuando los soldados nos obligaron a abandonar el pueblo, dejando atrás la casa y todo lo que en ella había, fue como si nuestras vidas, todo lo que habíamos sido, amado, llorado, ganado y perdido durante tanto tiempo, desapareciera por un oscuro agujero abierto en la tierra. Como si nada hubiera existido. Era algo que me revolvía las entrañas, como si me hubieran arrancado una parte de mi cuerpo.

Así, una noche de luna nueva, me puse la ropa mas oscura que tenía y conduje mi vieja UAZ los 200 kilómetros que me separaban de Zalissia, esquivando con los faros apagados los controles del ejercito, por viejos caminos que conocía como la palma de mi mano, llegué hasta la casa y con mis propias manos cargué la puerta en la caja de la camioneta y regresé de nuevo al apartamento que el gobierno nos había asignado.

Allí estuvo durante muchos años, ocupando una pared del salón, detrás del sofá, como el tótem de una tribu, como el recuerdo palpable de nuestra estirpe, con las marcas visibles de lo que había sido la vida de los Kovalenko los últimos 90 años. Pero no era algo muerto. Nuevas marcas lucían en su superficie. Los hijos me habían hecho abuelo y yo, ante la incomprensión de mis hijos ya adultos, seguía empeñado en dejar constancia de las alturas de los nietos, que a mí me parecía crecían más rápido de lo que lo habíamos hecho los de mi generación.

En la ciudad adonde nos trasladaron conseguí trabajo en una fábrica. Después vino el desmoronamiento de la URSS y de todo lo que conocíamos. La fábrica cerró y después de muchos trabajos y penalidades conseguí un puesto de guarda nocturno en unos flamantes grandes almacenes que se habían levantado para que los nuevos ricos que habían surgido de la nomenclatura del partido se gastaran sus fortunas. Era un buen trabajo y el sueldo me permitió hacerme con unos ahorros y, al jubilarme, yo que era hombre de campo y nunca me había sentido cómodo en la ciudad, pude comprar un pequeño terrenito donde levanté una modesta casa, en donde una tarde de primavera, con la solemnidad que requería la ocasión y rodeado de mi mujer, mis hijos y mis nietos, se colocó sobre los nuevos goznes la vieja puerta de la vieja casa. Aquella que había construido el abuelo Oleksandr llevado del amor por la hija de un granjero y que narraba, mejor que cualquier libro la pequeña gran historia de los Kovalenko.

2

votar

Escribe tu correo:

Delivered by FeedBurner





Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
(Más sobre mí)