Un passista no tiene alternativa

“Un passista no tiene alternativa. Debe llegar al pie del muro con diez minutos de ventaja por lo menos. Así lo subirá a pie, empleará un cuarto de hora más que quienes lo escalen en bici, llegará a la cima con cinco minutos de retraso y todavía tendrá alguna esperanza”. Palabras de Gino Bartali sobre el muro di Sormano, trazado y asfaltado en 1960 exclusivamente para atormentar a los ciclistas en el Giro de Lombardía. Longitud: 1,7 km. Pendiente media: 17%. Pendiente máxima: 25%.

Fotos: dos mías y dos del extraordinario Museo del Ciclismo de la Madonna del Ghisallo.

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¡Carta!

Llevo un mes lejos de casa. Ayer recibí una carta de J., el amigo que vive en el otro lado del abismo digital, sin ordenador, sin teléfono inteligente, sin más conexión a internet que las esporádicas visitas a la biblioteca municipal  (copio de 2011: “Una vez quise enviarle un e-mail importante, pero como suelen cerrarle su cuenta de correo electrónico por falta de uso, imprimí el mensaje, lo metí en un sobre, le puse un sello, escribí sus señas y lo eché al buzón. A ver, ¿cuántos habéis bajado a la calle a echar un e-mail al buzón?”).

El sobre que recibí ayer contenía dos páginas escritas a mano, con sus noticias de la vida cotidiana, con dibujos y gráficos, y contenía también recortes de El Diario Vasco.

OHace un par de meses, J. me dejó otros recortes de prensa, escondidos entre las piedras de un murete de un pueblo del Baztán, por el que yo iba a pasar caminando unos días más tarde.

He recordado las colonias infantiles a las que iba todos los veranos, en Ribabellosa, en la sierra riojana de Cameros. Con 7, 8, 9 años, pasar dos semanas alejado de la familia era una aventura extraordinaria y a veces un poco difícil. Al cabo de los días, algunos niños lloraban, querían volver a casa, pedían una llamada telefónica para hablar con sus padres. Nos íbamos contagiando la tristeza y echábamos alguna lagrimica. Ocurría alguna noche, pero al día siguiente volvían las olimpiadas, las búsquedas del tesoro por el bosque, la piscina, el cine. Recuerdo que un año vimos ‘Los cañones de Navarone’ y ‘Tres lanceros bengalíes’, ¡buah!

Antes de la cena llegaba un momento especial: los monitores repartían el correo. Iban voceando los nombres de los niños y las niñas que tenían carta de su familia, y los doscientos cuarenta nos apelotonábamos esperando escuchar nuestro nombre.

Yo tenía carta muy a menudo: mi madre me enviaba grandes sobres abultados, con muchos recortes de El Diario Vasco, especialmente las crónicas y las clasificaciones del Tour de Francia. Antes de acostarme leía los recortes. Otros críos me los pedían y me preguntaban cómo iba el Tour.

Y aquí seguimos, tres décadas después, sin whatsapp pero todavía con la posibilidad de que el cartero vocee nuestro nombre y nos llegue la carta de un amigo, escrita a mano y con recortes de prensa, para aliviar las pequeñas nostalgias del viajero.

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Todos los Caminos de Santiago que cruzan Euskal Herria

Quien camina solo y en silencio empieza a fijarse en sus pies, dónde pisa y dónde no, qué barro evita para no hundir la bota y en qué piedra se apoya para impulsar mejor el siguiente paso. Sus movimientos son precisos y se acerca a la eficacia de los animales. A diferencia de los animales, comprende que cada uno de sus pasos marca una huella leve en la tierra. Y se hace consciente de que el camino es la suma de millones de huellas como la suya, el camino es el trazado más eficaz, la precisión de los millones de pasos que le han precedido. El camino es una memoria de la humanidad, grabada en la tierra con los pies.

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Dediqué la primavera a caminar ochocientos kilómetros, a fotografiarlos y a escribirlos. Ahora ya está a la venta la guía Todos los Caminos de Santiago que cruzan Euskal Herria, publicado por la editorial Sua (17 €).

La guía detalla cinco rutas, con sus historietas, sus personajes, sus monumentos, sus sorpresas, sus albergues, sus servicios, sus informaciones prácticas:

-Camino del Norte: desde Baiona hasta Muskiz-Cobarón, once etapas.

-Camino Vasco: desde Irún hasta Haro, siete etapas y una variante de dos etapas por las montañas de Guipúzcoa.

-Camino Francés: desde Saint-Jean-Pied-de-Port / Donibane Garazi hasta Logroño, siete etapas.

-Camino Aragonés: desde Sangüesa hasta Obanos, dos etapas.

-Camino Baztanés: desde Baiona hasta Pamplona, cinco etapas.

Debo un agradecimiento a quienes me acompañaron y me visitaron en el camino: mi madre Arantza, Josema, Nagore, Txuspi, Iñaki G., Sara…

*

En la calle Mayor de Monreal, en una de sus casas nobles, se puede leer esta inscripción tallada en 1682: “La maldición de la madre abrasa / y destruye de raíz hijos y casa”. Son versículos del Libro del Eclesiástico, que hablan de la necesidad de honrar a padre y madre cuando son viejitos. Es un poco terrible, esa idea de que mamá nos destruirá con una maldición abrasadora si no la cuidamos, pero los siguientes versículos son un poco más tiernos: “Hijo, cuida de tu padre en su vejez, y en la vida no le causes tristeza. Aunque haya perdido la cabeza, sé indulgente, no le desprecies en la plenitud de tu vigor. Pues el servicio hecho al padre no quedará en el olvido, será para ti restauración en lugar de tus pecados”.

No está mal, en el inicio de las etapas, cargar en la mochila un poco de agua, unos frutos secos, chocolate, y de paso también alguna idea para ir masticándola durante los silencios largos del camino. La etapa de hoy es una de esas: tranquila, poco poblada, idónea para que la cabeza vuele un poco. Salimos de Monreal por la calle del Burgo, caminamos bajo la Higa, por la vega del río Elorz, quizá pensando que deberíamos llamar más a menudo a nuestros padres.

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Subimos por las calles de Torres del Río hasta la iglesia del Santo Sepulcro, uno de los templos más peculiares del Camino navarro. Tiene planta octogonal, porque fue construido hacia el año 1170 como réplica de la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén, y constituye una pequeña extravagancia dentro del románico (…)

Y custodia el templo Ofelia, una de las dos señoras que se turnan en el puesto, un mes cada una. Sentada a una mesita en la que cobra el euro de la entrada, bajo las columnas desde la que le miran monstruos medievales, Ofelia juega a ensamblar columnas de caramelos en la pantalla de su teléfono. Se enfada un poco porque ha abierto la iglesia a primera hora de la tarde, por petición de un peregrino, y luego no ha venido nadie más durante la hora larga en la que ha caído un chaparrón. Dónde estabais, dónde estabais, murmura a los peregrinos que entramos ahora. A un italiano le echa una pequeña bronca porque trae la credencial muy arrugada. Y a un andaluz con pocos sellos estampados le dice “tú poco has andado…”. Ofelia cobra la entrada, reparte folletos informativos y atiende a las preguntas de los peregrinos.

¿Seguirá lloviendo mañana? “No creo”, dice Ofelia, y señala la repisa de piedra que recorre toda la nave de la iglesia, a modo de banco para los feligreses. “Si el banco de piedra está húmedo y brillante, al día siguiente llueve. Ahora se ve seco. No lloverá”.

Al día siguiente, al amanecer, el peregrino mira por la ventana y piensa en Ofelia.

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Cumbre

Vimos a un niño llegando cabeza abajo a la cumbre del Mont Blanc.

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Piove

En el funicular de Argegno a Pigra nos dijeron que era el peor día para caminar por las montañas. Llovió y llovió y llovió durante toda la mañana, llovió cuatro horas seguidas entre los castaños y los robles, llovió sobre el lago de Como. Si llueve mucho, se canta mucho y se ríe uno de su estampa y se sigue caminando y ya está.

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Designios en Milán

En el monte me gusta la caliza, más que la arenisca; en los edificios me gusta la arenisca, bastante más que el mármol, y en los templos me gusta el románico, mucho más que el gótico. Aun así, cómo no, el lunes pasé un rato largo en la plaza del Duomo, mirando la catedral de Milán, su bosque de pináculos, sus cinco naves escalonadas que pueden albergar a cuarenta mil personas (dos tercios de la población de Groenlandia: al resto los sentaríamos sin problemas en las terrazas de los alrededores).

El lunes no era buen día para un inuit en Milán. Hizo una tarde de bochorno. También prefiero mucho calor que un poco de frío.

A las siete de la tarde se hizo de noche y rompió la tormenta. Diluvió sobre el mármol, el agua resbaló por los muros, la catedral brilló en la oscuridad, los turistas corrimos a refugiarnos en las galerías y la plaza quedó desierta. Un chico con sandalias, pantalones cortos y camiseta amarilla cruzó en diagonal, caminando con calma bajo el chaparrón, y un par de veces se llevó la mano al pelo largo empapado, para retirárselo de la cara. La lluvia echó a los turistas y a los vendedores de recuerdos, obligó a guardar las cámaras, limpió la plaza, disolvió el presente y nos permitió el extraño lujo de ver la catedral sola, una cordillera geométrica de mármol, radiante y sola, en un instante que podría pertenecer a cualquier año de los últimos quinientos. Las gárgolas, dragones a veinte metros de altura, abrían las fauces, vomitaban chorros violentos y se oía cómo rompían las cascadas contra la plaza.

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En la cercana plaza de la Scala hay una exposición titulada ‘Il mondo di Leonardo’, con reconstrucciones inéditas de los inventos de Leonardo da Vinci. Cuelga del techo la máquina voladora, con un muñeco instalado en un cubículo de madera, que mueve piernas y brazos para accionar las alas de lino. Da Vinci quiso construirla en un recinto secreto junto a la catedral de Milán, para inaugurar aquí el vuelo humano. También están el submarino a pedales, la máquina que intenta el movimiento perpetuo, el murciélago mecánico, la libélula mecánica, el león mecánico, el abuelo del helicóptero, el automóvil para transportar figuras en los escenarios, el puente giratorio, la embarcación que es una rueda giratoria con dieciséis cañones que apuntan a todos los ángulos, los soldados robóticos que caminan entre las almenas y se golpean el pecho para engañar al enemigo. Se exponen las páginas de sus códices, los estudios urbanísticos para Milán, los bocetos de cuadros y retratos, sus divertimentos geométricos, sus cajas mágicas, sus cálculos, sus números, sus frases escritas al revés, de manera que solo pueden leerse reflejadas en un espejo. No se explican pero S. me explicó las alturas en las que se disponen las manos de los apóstoles de La Última Cena, que trasladadas a un pentagrama se convierten en las notas de un himno.

Recordé unas palabras que le escuché a Santos Bregaña, cuando explicaba que el diseñador es “aquel que busca y encuentra los designios, los ‘Dieu signes’, los signos de Dios”. Da Vinci explica en sus códices que todos sus diseños nacen “de una atenta observación de la naturaleza”.

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San Sebastián: un paseo por el hueco y el viento

He escrito un paseo por San Sebastián para la revista Jot Down.

En un extremo de la bahía de La Concha está Oteiza y en el otro Chillida. Paseamos para unirlos a los dos, y para unir de paso a lagartijas donostiarras con fusileros escoceses, a esqueletos de ballenas con avestruces metafísicas, a pintores con corsarios.

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Cabestany: “Pasé el primero por el Tourmalet y bajé llorando”

Peio era un chaval donostiarra de diecisiete años que salía de casa a escondidas, con la bici, para disfrutar de unas horas de libertad y marcharse adonde le diera la gana. Un día, en el puerto de Andazarrate, se unió a un grupo de ciclistas y fue el único que resistió la rueda de Usabiaga, el campeón de Guipúzcoa. Lo ficharon para el equipo.

Peio es ahora una especie de chaval de cincuenta y dos años que sale de casa con su bici, ya sin esconderse, para disfrutar de unas semanas de libertad y atravesar Chile, Indochina o Etiopía a pedales.

Entre Andazarrate y Etiopía, Peio tuvo tiempo para ser Ruiz Cabestany, uno de los ciclistas más destacados del pelotón internacional en los años ochenta y principios de los noventa. Nos habla de algunas de las batallas más memorables de aquella época, de las tramas y alianzas ocultas de las carreras, del dopaje, de directores, médicos y ciclistas, de sus alegrías y sus agobios.

Ruiz Cabestany (San Sebastián, 1962) ganó carreras prestigiosas pero cree que si fue un ciclista popular se debió, sobre todo, a su manera de correr: atacaba, montaba emboscadas, daba sorpresas, intentaba jugar. Con apenas veintitrés años coronó escapado el col del Tourmalet y allí arriba, entre la niebla, atravesó quizá una línea divisoria: en el momento de diversión más pura, el director del equipo bajó la ventanilla y le ordenó pararse.

Aquella etapa pirenaica del Tour de 1985 se pone siempre como ejemplo de una estrategia perfecta, una jugada de pizarra. Tres grandes puertos, tres ciclistas del Seat Orbea en un ataque escalonado y triunfo de Perico…

Es gracioso cómo se vendió. Esa etapa pasó a la historia del ciclismo, se cuenta así, pero yo me escapé para ganar en Luz Ardiden. No para esperar luego a Perico Delgadoy llevarle. A Perico nadie le mandó atacarme. Lo decidió él.

¿No lo teníais planeado?

Hombre, si quieres te digo que sí. Queda más bonito.

La entrevista completa, en Jot Down.

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Fotos de Juan G. Andrés. Un lujo

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¡1 de julio! Uztailak 1!

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Escotomáticos, flegmáticos, albuginosos y coléricos

Un sermón atribuido al papa Calixto en el siglo XII asegura que el clementísimo apóstol Santiago cura a leprosos, frenéticos, nefríticos, maniáticos, sarnosos, paralíticos, artríticos, escotomáticos, flegmáticos, coléricos, posesos, extraviados, temblorosos, cefalálgicos, hemicránicos, gotosos, estranguriosos, disuriosos, febricitantes, caniculosos, hepáticos, fistulosos, tísicos, disentéricos, mordidos por serpientes, ictéricos, lunáticos, reumáticos, dementes, enfermos de flujo, albuginosos y enfermos de muchas traidoras enfermedades.

De las ampollas y las rozaduras no dice nada.

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Pie de foto.

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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