Solo se preocupan por hacer el amor y correr en bicicleta

Va otro fragmento de ‘El ciclismo, esa religión italiana’, texto que he publicado en el número 9 de la revista Jot Down en papel.

“El 24 de agosto de 1913 se celebró en Imola el primer Congreso Nacional de Ciclistas Rojos. Aprobaron unos estatutos que decían lo siguiente: “En los periodos especiales (elecciones, agitaciones, huelgas), los ciclistas rojos asegurarán los medios rápidos para la comunicación y la correspondencia (…). Las bicicletas rojas serán la vanguardia de nuestra propaganda y nuestro movimiento, el medio por el que nuestros afiliados de todas las comarcas permanecerán en contacto, en tiempo de paz y de guerra”. Consideraban la bicicleta como “el vehículo del pueblo” para la lucha de clases y denostaban el ciclismo de competición: “El deporte es un problema gravísimo, que desvía la atención de los obreros y especialmente de los jóvenes. Los distrae del estudio de los problemas sociales y los aleja de las asociaciones políticas”. Y condenaban a “esos jóvenes más deseosos de leer La Gazzetta dello Sport que el Avanti! [el diario socialista], esos jóvenes preocupados solo por hacer el amor y correr en bicicleta”.

La bicicleta también inquietaba al criminólogo Cesare Lombroso, aquel que dictaminaba si alguien era un delincuente por la forma de su cráneo, sus mandíbulas o sus orejas. En 1900 escribió que la bici “es el vehículo más rápido en el camino a la delincuencia, porque la pasión por el pedal arrastra al robo, la estafa y el atraco (…). Es un instrumento frecuentísimo para el robo, también para la gente relativamente adinerada, que se siente atraída por la facilidad de la ocasión”.

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Andrea Carrea, superviviente del campo de concentración nazi de Buchenwald, viste el maillot amarillo del Tour de Francia por primera y última vez en su vida.

Relacionado: La bicicleta, ese vehículo de la lujuria.

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El ciclismo, esa religión italiana

En el número 9 de la revista Jot Down en papel, dedicado a Italia, publico un texto titulado ‘El ciclismo, esa religión’. Empieza con esta historia:

“La foto es del 4 de julio de 1952. Andrea Carrea, superviviente del campo de concentración nazi de Buchenwald, viste el maillot amarillo del Tour de Francia por primera y última vez en su vida. Agacha la cabeza, avergonzado, mientras el campionissimo Fausto Coppi le acaricia el mentón y sonríe tratando de consolarlo.

Carrea, uno de los gregarios más fuertes y más fieles de Coppi, se había sumado la víspera al ataque de siete ciclistas secundarios. Una tarea de equipo habitual: colarse en las fugas, adelantar un peón en el tablero. Pero el pelotón se lo tomó con calma y los escapados llegaron con muchos minutos de ventaja a la meta de Lausana. Ganó el suizo Diggelmann. Carrea se marchó al hotel y cuando estaba a punto de ducharse apareció la policía para darle un disgusto: le comunicaron que era el nuevo líder del Tour y que debía subir al podio. Carrera llegó al podio acompañado por policías y temblando.

“Cuando le pusieron el maillot amarillo, lloró”, escribió el periodista Jean-Paul Ollivier. “Pensó que el cielo había caído sobre su cabeza. Cuando apareció Coppi, Carrea se dirigió hacia él sollozando como un niño y se deshizo en disculpas. ‘No quería el maillot, Fausto, perdóname, qué hace un pobre hombre como yo con el maillot amarillo…’”. Coppi lo abrazó y lo felicitó.

En la salida del día siguiente, Carrea se presentó de amarillo y no sabía dónde esconderse. Cuando se acercaron los fotógrafos, se arrodilló delante de Coppi y se puso a lustrarle las zapatillas. Por suerte para él, ese día subieron al Alpe d’Huez por primera vez en la historia, Coppi ganó la etapa y se vistió el maillot amarillo ya hasta París. Carrea terminó noveno: era un ciclista notable.

Pero los gregarios de Coppi no formaban solo un equipo de ciclistas, no eran una familia, “constituían una especie de secta en la que todos se entregaban al líder, 365 días al año, y permanecieron unidos con el paso de las temporadas”, escribe el historiador John Foot en su libro Pedalare. Valerio Bonini, otro de los gregarios de Coppi, habló así: “Estar junto a él era como estar junto a Jesucristo. No quiero blasfemar pero Fausto era un poco como él: un ser fuera de la norma, un santo en carne y hueso”. El sociólogo Roger Bastide escribió que la figura de Coppi parecía sacada “de la vidriera de una iglesia, con su cuerpo tan largo y delgado, con las líneas del rostro marcadas por el sufrimiento como las de un monje en éxtasis. Cuando se le ve sufrir, viene a la mente el camino al Calvario”. El periodista Gianpaolo Ormezzano habló de Coppi como “el campeón con una cruz a la espalda”.

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Solo se preocupan por hacer el amor y correr en bicicleta.

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Foto: La Gazzetta dello Sport.

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Hacia el Etna, hacia

Hasta aquí llegó la lava en 2001, aquí empezamos la caminata:

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Para mí era el tercer intento de caminar Etna arriba. En llegando a esta pasión / un volcán, un Etna hecho / quisiera sacar del pecho / pedazos del corazón.

Hace dos años hablé con la señora que barre el Etna. Entonces quise subir al volcán pero el cráter llevaba varios días lanzando cenizas, hasta cubrir los pueblos más cercanos con una capa negra de cinco centímetros. En Zafferana aquella señora barría la entrada de su casa con resignación geológica. La efusión del magma, la regeneración de la corteza continental, la orogenia y esas cosas están muy bien, pero luego se queda todo perdido y alguien tiene que barrer la creación del mundo.

Diez días después, cuando el mayor volcán de Europa ya se había calmado, hice un segundo intento de caminar hacia su cumbre. Hacia, al menos. Conocí a un montañero turinés que, después de escalarse todos los Alpes, llevaba ocho meses trabajando en un refugio del Etna. Cuando le pregunté si no se cansaba de estar siempre en la misma montaña, me dijo que el Etna nunca es la misma montaña. Que en ocho meses había visto ya muchas erupciones, que el paisaje se transforma constantemente, y para qué buscar montañas distintas si estás en una que no para de transformarse.

La mañana siguiente llovió a mares y una niebla espesa no dejaba ver más allá de treinta metros. Esperé una tregua hasta las once de la mañana, di un paseíllo apurado bajo el aguacero, subí por una ladera de pinos y abedules, gocé con la experiencia de pisar nieve y ceniza, crunch, crunch. Luego volví rápido y con cara de mala leche.

-No te disgustes, porque la lluvia te conviene –me dijo el guarda-. Así se limpia de cenizas la carretera y al menos podrás irte de aquí.

Hace unos días, tercer intento, las laderas del Etna eran de nuevo diferentes.

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Al llegar a los 2.600 metros -la cumbre está a 3.322- empezó a nevar y bajó una niebla muy espesa. Nos dimos media vuelta.

Al día siguiente el cráter del Etna empezó a echar gases. Y lo vimos mejor que nunca. Desde el avión.

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Publicamos el libro ‘Regreso a Chernóbil’

Ya sale Regreso a Chernóbil, el libro que he escrito siguiendo los criterios de la Lectura Fácil. Lo publica la editorial Gaumin, con quien ya sacamos hace unos meses este mismo libro en euskera: Txernobil txiki bat etxe bakoitzean.

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A un 30% de la población le cuesta mucho leer y comprender textos, según explica el movimiento Lectura Fácil, y esas carencias apartan a mucha gente de la información y el conocimiento. A mí ese dato también me hace pensar que mucha gente se está perdiendo muchas cosas. Que la lectura te multiplica la vida y que es una pena no tener la opción de disfrutarla. Por eso me pareció preciosa la propuesta de la editorial Gaumin. El movimiento Lectura Fácil se fundó en varios países escandinavos en la década de 1970. Los catalanes empezaron a publicar libros con este formato en 2002. Este año han empezado a salir en euskera. Y he traducido el mío al castellano.

La colección de Gaumin pretende ofrecer historias atractivas, narradas de forma sencilla, para jóvenes, adultos y mayores, para estudiantes del idioma, para personas con problemas de lectura y comprensión…

SINOPSIS:

Cuando ocurrió el accidente nuclear de Chernóbil,
Julia tenía 13 años y estuvo todo el día jugando al aire libre.
Igor era un soldado de 18 años
y le ordenaron ir deprisa a la central, a trabajar.
Nadie les explicó nada.
Ahora Julia quiere escribir un reportaje,
donde contar qué ocurrió en Chernóbil
y cómo se encuentra todo hoy día.
Le ha pedido ayuda a Igor,
para recordar juntos aquella catástrofe
y para tener un amigo mientras visita el lugar.

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‘Las mujeres que nadaban en la guerra’, en Vitoria-Gasteiz

Mañana, martes 2 de diciembre, daré una charla a las 19 en Vitoria-Gasteiz (centro cívico Lakua). La charla se titula ‘Las mujeres que nadaban en la guerra’ y repasa las extraordinarias historias de las mujeres que se rebelan contra el crimen más silenciado del conflicto colombiano: la violencia sexual como estrategia premeditada de guerra, ejercida por todos los bandos, sistemática, masiva y casi absolutamente impune. Pondré algunos fragmentos del documental ‘Huellas que no callan’, del compañero Pablo Tosco.

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‘Los sótanos del mundo’, en libro electrónico

Reeditamos el libro Los sótanos del mundo. La editorial Elea lo publicó en 2005 en papel papeloso y ahora Libros del K.O. lo pone a la venta como ebook, con muchos píxeles y con una cadera de camello como máscara de un niño yibutí en la portada.

 Sótanos“En plena fiebre por los ochomiles y las cimas del mundo, el viajero guipuzcoano Josu Iztueta pensó que nadie sabía cuáles eran ni cómo eran las depresiones geográficas más profundas, los puntos más bajos de cada continente. Los atlas se contradecían al enumerarlos.

En el año 2000 Iztueta impulsó la expedición ‘Pangea, viaje al fondo de los continentes’. Formó un grupo con varias personas, entre ellas el periodista Ander Izagirre, que entonces tenía 24 años. “Josu me habló de una depresión patagónica de la que tenía alguna noticia remota, pero que no aparecía en los mapas, y podía ser la más profunda de toda América”, cuenta Izagirre. “También me explicó la ventaja de viajar a las depresiones para un periodista: en los ochomiles no vive nadie”.

Durante nueve meses viajaron por los puntos más bajos de cada continente, para relatar cómo son esos sótanos y la gente que los habita:  el Valle de la Muerte (-86 m, América del Norte), el Lago Eyre (-15 m, Australia), la Laguna del Carbón (-105 m, América del Sur), el Mar Caspio (-28 m, Europa), el Mar Muerto (-411 m, Asia) y el Lago Assal (-157 m, África).

Con esa excusa, el libro traza un itinerario por territorios ignorados, enigmáticos, a veces hostiles, pero repletos de voces y de vida. En esta crónica sorprendente, sazonada con humor, palpitan historias de colonos, descubridores, pastores nómadas, militares, políticos, monjas, refugiados, mineros, pescadores, camioneros…”.

 ***

Los sótanos del mundo es un excelente compendio de la literatura de viajes. Ese tipo de libros en los que, por desgracia para el lector, existe el punto final. En la obra de Ander Izagirre he encontrado historia, reflexión, observación, humildad, silencio, sufrimiento, anécdotas, gozo” (Willy Uribe).

“Una ruta sobrecogedora, una secuencia de lugares poderosos, descritos de una manera minuciosa y amena. (…) Lo mejor de un temperamento viajero se une, en estas crónicas, a una escritura llena de brillos y sensibilidad. El periodista Ander Izagirre reúne algunos artículos destilados en una larga expedición a las mayores depresiones de nuestro planeta. Una lectura muy grata”. (Altaïr).

“Izagirre ha escrito un libro en la mejor tradición de la literatura de viajes, a veces fronteriza con las historias de aventuras, que se lee con gusto hasta por los espíritus más sedentarios” (Mitxel Ezquiaga, El Diario Vasco)

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Vamos ya para casa

-Vamos ya para casa, capitán, que el 27 tengo que dar una charla en el Koldo Mitxelena.

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-¿Adónde vamos?

-El puerto de Pasajes estaría bien.

-¿Antxo, San Pedro…?

-San Pedro está bien, capitán.

-De acuerdo. Orine por la borda, por favor, tenemos que remontar 26 metros.

-Lo que haga falta. Debo volver a casa, se acabaron las esclusas.

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Dos océanos

En barco por el Canal de Panamá, de esclusa en esclusa, una anciana japonesa dormía bendita. Llevaba un pañuelo rosa para cubrirse la cabeza, gafas de cristales rojizos, guantes blancos. Dormía en uno de los asientos de la cubierta, bajo un toldo, cabeceando un poco y cruzando los brazos sobre su bolso. Pasaban petroleros, caían doce millones de litros por minuto para elevarnos en las esclusas y los pasajeros guardaban silencio al caminar a su lado. La siesta le duró dos océanos. Abrió por fin los ojitos, bostezó como un gato, sonrió a los pasajeros y miró alrededor quizá decidiendo si atlántico o pacífico.

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Nos defendemos con un bastón

La semana pasada unos guerrilleros de las FARC asesinaron a dos nasas, miembros de la asombrosa Guardia Indígena en el valle colombiano del Cauca. Los nasas, con su sistema de justicia asamblearia, acaban de juzgar y condenar a muchos años de cárcel a cinco guerrilleros que no tuvieron abogados ni derecho a apelar.

Traigo la historia de Ana Secue, que fue parte del reportaje La nadadora entre los tigres.

-Nosotras nos defendemos con un bastón —dice Ana Secue, indígena nasa de 42 años. A los habitantes originarios del valle del Cauca les arrebataron las llanuras fértiles y ahora viven en las montañas, en reservas autónomas, atrapados en medio de los combates entre el Ejército y la guerrilla de las FARC-EP (Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia – Ejército del Pueblo). La región está plagada de cultivos de coca y marihuana, surcada por las rutas del narcotráfico, azotada por las batallas más violentas del conflicto colombiano.

En 2002 los nasas, los misak, los yanaconas, los totorós y los kokonucos organizaron la asombrosa Guardia Indígena: unos cuerpos de paz, formados por hombres, mujeres, niños, niñas, ancianos y ancianas, que recorren el territorio para encararse con los combatientes y expulsarlos. Su única arma es un bastón tradicional.

—Con el bastón desafiamos a los agresores armados —dice Secue, mientras camina por las calles de Santander de Quilichao, una ciudad fuera de la reserva, y sospecha de varios hombres que parecen vigilarla—. Si quieres darme un tiro, dame un tiro. Si quieres matarme, mátame, pero no voy a marcharme de mi territorio. Y si tan berraco te crees, agarra otro bastón y lucha conmigo de igual a igual. El bastón no es en realidad un arma: es un símbolo de autoridad moral. Nosotros tenemos la rabia y la razón.

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(Foto de Pablo Tosco)

Ana Secue fue tres veces gobernadora del resguardo de Huellas Caloto, una de las diecinueve reservas indígenas del Çxhab Wala Kiwe, «el territorio del gran pueblo», en el Cauca Norte. Caminaba por las montañas llevando un pañuelo rojo y verde al cuello (los colores de los indígenas), y un bastón en bandolera. El bastón de chonta, adornado con cintas de colores, era el símbolo de su mandato. Con el  bastón, con la rabia y con el poder de las multitudes desarmadas, en estos años la Guardia Indígena ha apresado a guerrilleros, ha liberado a secuestrados, ha expulsado a tropas del Ejército, ha confiscado camionetas cargadas de coca y marihuana que atravesaban sus tierras y ha quemado la mercancía.

—Nos matan por todas partes —dice Secue—. La guerrilla ataca nuestros pueblos una y otra vez, el ejército instala sus bases en nuestro territorio, disparan morteros contra nuestras casas, matan a gente bombardeando escuelas y hospitales. Montan controles en los caminos, hay balaceras, secuestros y asesinatos de líderes indígenas. Y ellos no tienen derecho a entrar en nuestras tierras. No queremos actores armados en nuestro territorio. Ni guerrilleros, ni paramilitares, ni soldados ni nada.

Cuando estallan los enfrentamientos más duros, con metralletas, artillería y helicópteros, la Guardia Indígena organiza el traslado de todos los habitantes, envueltos en sábanas blancas, hasta los refugios en los que almacenan provisiones para varios días. Pero muchas veces los guerrilleros y los soldados se instalan en los pueblos y se atacan con la población civil de por medio.

—Yo he visto caer a muchos hombres, mujeres y  niños —dice Secue—. Y por la pura rabia, por la pura impotencia, me olvido de mí misma. En un tiroteo en nuestro pueblo, los soldados mataron a una niña y dejaron a varios niños heridos. Estuve en la habitación donde la niña se moría y salí corriendo con el bastón en alto, a enfrentarme a los soldados a puros gritos. A punta de bastón los eché de allí. Cuando volví a mi casa, me puse a temblar: pero qué he hecho, yo, que soy madre de cinco hijos, pero cómo me he metido en la balacera… Pero en el momento, por la pura rabia, siempre me olvido de mí misma.

Secue también participó en las manifestaciones de mujeres para rodear las bases de los guerrilleros y de los soldados.

—Con las Farc es más difícil porque se mueven mucho. Nos avisan: los guerrilleros están en aquella montaña. Al día siguiente subimos en grupo para echarlos pero ya no están. El ejército instala bases en los pueblos y entonces sí que los rodeamos. Una vez fuimos un grupo grande de mujeres y colocamos pancartas alrededor de su base para exigirles que se marcharan. Los soldados las arrancaron y las tiraron al río. Entonces nosotras llamamos a la defensoría del pueblo, a las organizaciones de derechos humanos, denunciamos al ejército. Al final, el coronel ordenó a los soldados que bajaran al río a recoger las pancartas y que las volvieran a colocar —Secue se ríe—. Les decíamos: «Oiga, soldadito, esta pancarta está floja, esa otra está mal puesta». Fue muy chistoso ver a los militares colocando nuestras pancartas: «Mujeres indígenas en resistencia. Rechazamos la guerra, defendemos la paz».

(…)

Ana Secue, la mujer que fue tres veces gobernadora de los indígenas nasa, también necesitó todo su tiempo para ejercer el cargo. La nombraron cuando las Farc atacaban con más violencia que nunca a los indígenas del Cauca.

—Mis compañeros pensaron que sería buena estrategia ponerles enfrente a una mujer. Que desconcertaría a los guerrilleros. Yo llevaba años trabajando en puestos de la comunidad, pero los hombres no cedieron el poder con alegría a una mujer. En nuestra comunidad hay mucho machismo. Algunos se enfadaron cuando salí gobernadora, les parecía vergonzoso. Yo me puse de pie en la asamblea y dije: «Sé que los guerrilleros me van a matar por hacerles resistencia. Si me quieren matar, aquí estoy». Luego me fui a casa y lloré, lloré mucho, lloré de nervios, de miedo, de responsabilidad. Pero solo lloraba en mi casa. Delante de los hombres siempre me mostré muy dura, muy fuerte, no quería que me vieran débil. Y cuando fui gobernadora me ocurrió otra cosa. Mi marido me maltrataba desde siempre. Me quedé embarazada con 15 años, y al tercer mes de embarazo ya me pegó por primera vez. Tuve cinco hijos con él. Me quería obligar a quedarme en casa, no quería que fuera a las asambleas, y me pegaba. Mis hijos me animaban para que me separara. No lo hice hasta que fui gobernadora. Entonces me pareció ridículo: yo organizaba a las mujeres, las animaba para que reclamaran sus derechos, y luego resulta que en mi propia casa me golpeaban. Así que un día me planté y le dije: nunca más me vuelves a pegar. Porque yo ya no voy a estar quieta: cuando tú vuelves borracho yo también te puedo pegar duro a ti.

Ana Secue sonríe. Muestra una pequeña réplica del bastón de mando que lleva atado en el bolso.

—Y nunca más se atrevió.

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La gorra de la revolución

Le pregunté si vendían las gorras. Atencio López me dijo que sí, que las gorras lucen la bandera de la revolución de los indígenas kuna en 1925 contra las autoridades panameñas y que sí, que las venden. Él es presidente del Instituto de Investigación y Desarrollo de Kuna Yala y lo entrevisté porque estoy en Panamá preparando un reportaje sobre los kunas.

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Compré la gorra. Espero con impaciencia el momento de ponérmela y salir a pasear con ella por San Sebastián. Dada la tradicional solidaridad de los vascos con los pueblos indígenas, imagino que muchos paisanos vendrán a mi encuentro con entusiasmo.

El amable Atencio López, que visitó  el País Vasco hace unos años, me despidió con un apretón de manos y un saludo enérgico: agur!

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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