El ciclista que hablaba con las moscas

Primero se preocupó un poco: pedaleaba en solitario por el desierto de Túnez, no sabía muy bien hacia dónde tirar y siguió una pista. Luego se agobió: la pista se colaba entre unas montañas áridas y se fue desvaneciendo, hasta que desapareció. Luego se asustó: se le echó la noche encima, acampó bajo las estrellas, siguió perdido por las montañas un día más, se le terminó la bebida, se le terminó la comida, se le echó encima una segunda noche, siguió arrastrando la bici un día más, se le echó encima una tercera noche de sed pedregosa. Al tercer día se emocionó: consiguió situarse por fin en el mapa, salió a un oasis y encontró a un hombre que le ofreció un té. El hombre le indicó el camino para llegar hasta una aldea. Allí Sergio Fernández Tolosa se hartó de beber, comer y dormir. La experiencia había sido terrible, así que decidió repetirla.

Y se puso a cruzar los mayores desiertos del mundo en bicicleta, siempre solo.

Sigue aquí: ‘El ciclista que disputaba la sombra a los camellos‘, en la revista Yorokobu.

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Gurs

Hoy es el aniversario de la liberación del campo nazi de Mauthausen. Hay un eslabón de esa cadena de exterminio a 130 km de Donostia: el campo de Gurs. Entre 1939 y 1945, allí encerraron en barracones inmundos a más de 60.000 personas -republicanos, gudaris, judíos, comunistas, putas, extranjeros en general-. Más de mil personas murieron allí de hambre, frío y enfermedades; miles de judíos fueron enviados en trenes desde Gurs hasta los campos de exterminio (3.907 a Auschwitz; otros muchos, a campos en los que se perdió su pista). El bosque de Gurs no es natural: lo plantaron después de la guerra para tapar cuanto antes el campo de concentración. La barraca es una reconstrucción reciente.

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Sorprender a los pájaros

Km 2.817. Hemos conseguido definir las carreteritas por las que estamos atravesando Francia: son carreteras en las que sorprendemos a los pájaros.

(Mirlos, urracas o perdices, que pasean tan tranquilas por el asfalto porque nadie pasa nunca por allí, hasta que el zumbido de nuestras ruedas les da tremendo susto y salen correteando y volando: las hemos sorprendido tantas veces. También a un par de ardillas nerviosas, a gatos dormidos, a burros impertinentes).

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Sorpasso

Kilómetro 1.880 del viaje y ya vamos cogiendo la forma: empezamos a adelantar a otros ciclistas.

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Empieza el retorno

Empezamos el retorno de Parma a San Sebastián. Hoy hemos cruzado ya los primeros territorios ignotos habitados por monstruos. A 25 kilómetros del pueblo de S. empieza la Bassa Parmense, una región de la que me habían explicado lo siguiente: 1) sus habitantes comen gatos; 2) en verano los mosquitos son tan grandes que llevan matrícula; 3) en invierno la niebla es tan densa que hasta puedes apoyar la bici en ella (“Na fumära acsì fissa ch’a t’ gh’é pól pozär incontra la biciclètta”).

Pero en primavera no hay mosquitos ni nieblas, y lo más parecido que hemos visto a un monstruo ha sido un señor de unos sesenta años –melena canosa atada en una coleta, tatuajes en los brazos- que tomaba café a nuestro lado en una terraza de Cortemaggiore y que le gritaba a un jovenzuelo que a ver si últimamente chingaba o qué. Luego, pedaleando de nuevo, hemos visto a un gato blanco cruzando la carretera y el conductor que venía de frente ha frenado y le ha dejado pasar. Muy decepcionante -como ocurre con todas las incursiones en tierras de monstruos-.

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Un amigo

Hicimos juntos el primer viaje de nuestras vidas -aquella primera vez en que salimos de casa pedaleando sin saber dónde íbamos a dormir: teníamos 17-; y hace dos semanas salimos otra vez pedaleando desde casa sin saber dónde íbamos a dormir -tenemos 40 y casi 40-.

En medio, tantos viajes. Y siempre las mismas conversaciones. Me animo a decir que una de las gracias de la vida consiste en encontrar a alguien con quien pedalear y con quien hablar. Siempre el mismo pedaleo, siempre la misma charla: tanto, que a las conversaciones les hemos puesto números y así ya no tenemos que repetirlas enteras. Dice él: “La siete”, y nos reímos. Digo yo: “La cuatro”, y nos enfadamos.

En el quinto día de este viaje, reventé la cubierta trasera en Montréjeau.

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Él cogió mi rueda y se fue pedaleando diez kilómetros hasta el siguiente pueblo en el que había un taller de bicis: Saint Gaudens. Yo cogí las mochilas y mi bici coja, me fui a la estación, esperé una hora y media y me subí al tren.

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Cuando llegué a Saint Gaudens, él lo había arreglado ya todo y yo tenía rueda trasera otra vez.

Esta mañana, tras 1.070 kilómetros de pedaleo conjunto, nos hemos despedido con un abrazo en Ventimiglia. Ha cumplido otra vez su palabra: ha venido conmigo hasta el primer pueblo de Italia, ha cenado conmigo una pizza y esta mañana se ha vuelto. Ha girado hacia el oeste, yo he girado hacia el este. A los cincuenta metros, le he silbado, se ha girado, nos hemos saludado con los brazos en alto y hemos seguido pedaleando.

Me quedan cuatro o cinco días para llegar hasta el pueblo de S. También me gusta ir solo, voy a disfrutar estos días. Pero he escrito esta entrada, tumbado en la habitación de un hostal de Villanova di Albenga, porque he dicho “la nueve” y nadie me ha respondido.

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PD: En esta foto -durante este viaje- yo llevo el mismo maillot que a los 17. No importa nada, pero me da risa.

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Como fuera de casa, no se está en ninguna parte

Mil kilómetros atravesando Francia a pedales con J. Ahora hemos pasado dos días de descanso -valga la redundancia- en Fréjus, rellenando el depósito con pains au chocolat y metiendo los muslos en el Mediterráneo frío. Mañana queremos ir hasta Ventimiglia: J. cumplirá su promesa de cenar una pizza conmigo en Italia. Y luego seguiré solo. Ciao!

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¡Mediterráneo!

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Soy más de Paco Ibáñez que de Serrat, así que esta mañana he cantado: “Pedalear, pedalear / hasta encontrarte con el mar”.

Seguimos. Sigo con J., que me acompaña pedaleando desde casa hasta la frontera italiana. Eso es un amigo. (En los últimos dos días, el concepto “un amigo” se ha reducido a algo tan simple y tan valioso como “alguien -un bulto- a quien puedes seguir a rueda durante horas y horas de viento en contra”).

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De repente un viaje

Nada, que me ha dado un derrepente: me voy en bici hasta el pueblo de S. y volvemos.

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Más o menos puede quedar una cosa así:

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¡Hasta la vuelta!

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La taza de Vicente Trueba

Esta mañana me ha llegado un paquete postal, lo he abierto y me he encontrado con una taza y un platillo de porcelana.

“Esta es la taza en la tomaba café Vicente. Quiero que tengas un recuerdo de él”.

Vicente: Vicente Trueba, la Pulga de Torrelavega, primer rey de la montaña de la historia del Tour de Francia, en 1933. Reglamento en mano, Trueba también debió ser el ganador final en París, pero en la clasificación aparece sexto.

En la octava edición de ‘Plomo en los bolsillos’ incluimos el capítulo ‘Aquel Tour que le robaron a la Pulga de Torrelavega’ (se puede leer aquí), y envié un ejemplar del libro a Rosi Gómez, sobrina de Trueba (gracias a Libros del K.O.).

Ahora Rosi me manda la taza, el platillo, tres sobres de azúcar con el retrato y la biografía de Vicente Trueba (de la colección de sobres “Ilustres de Cantabria”), una caja de bombones belgas y un montón de recortes de prensa y de fotos de hace cincuenta, sesenta, ochenta años -en la imagen solo he puesto algunos-.

Josefina Bedia, viuda de la Pulga, vino con Rosi a la presentación de ‘Plomo’ en la librería Gil de Santander hace tres años. Entonces ella tenía 98. Murió hace unos meses, con 100. Además de recordarnos que a su marido le habían robado el Tour, nos explicó que en aquella época ni sabían lo que era el dopaje, que no habían visto ni una aspirina en su vida. Y que el secreto dietético de Trueba era otro:

-La leche de sus vacas. Las ordeñaba él mismo, eso era lo mejor que había. 

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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