Alimente a un escritor
Como recordaréis, me escribieron de una casa rural alavesa para contarme que ‘Plomo en los bolsillos‘ era el libro que los clientes más veces les habían robado (tres). Hace unos días mandé tres ejemplares a la dueña de la casa y ayer recibí un paquete con el pago:
El lote: ¡un queso de Idiazábal!; el libro-guía de una caminata alrededor de la Llanada Alavesa; la revista local de Asparrena -en cuya portada sale una pastora que es amiga de un amigo-; un bloc de notas de un museo -la dueña de la casa rural no lo sabe, pero los textos de ese museo los escribí yo-; y unos cuantos bolígrafos y lápices -incluido “ese rojo que puedes llevar encima de la oreja, que puedes afilar con la navaja o con una piedra, y con el que puedes escribir en las paredes, en el suelo, en una piedra o una teja”.
Hace años, un amigo biólogo navarro, al que corregí los textos de un libro sobre el oso pirenaico, me pagó con varios kilos de hongos cocinados y congelados. En un pueblo guipuzcoano minúsculo, con mucho entusiasmo y poco presupuesto, a Josu y a mí nos pagaron una charla con un queso y varias botellas de sidra. Así que ya sabéis, que cunda el trueque: podéis pagarme con un bocata de tortilla y una caña, con otro libro, con unas babuchas kirguisas, con un masaje, con un cenicero hecho de macarrones…
Y si queréis hacer una escapada preciosa, no lo dudéis: el agroturismo Mendiaxpe es una delicia. Está en Araia-Asparrena, al pie de las sierras de Aizkorri y Aratz, y además tiene unos libros fantásticos para robar.
“Me hice amigo de las moscas”
Sergio Fernández Tolosa (Barcelona, 1974) decidió medirse con el desierto, un espacio desnudo en el que la supervivencia depende de reglas tan básicas como duras. Y para eso diseñó un gran viaje: la travesía en bicicleta de Australia, Atacama, Mojave, Namib, Kalahari, Gobi y Sáhara. Entre 2003 y 2007 pedaleó casi 30.000 kilómetros, aprendió a obedecer las leyes de las tierras inhóspitas y volvió a casa admirado por las vidas de sus remotos habitantes. Esas experiencias quedaron recogidas en los textos y las fotos de un libro espectacular: Siete desiertos con un par de ruedas.
También elaboró este documental. Y después os dejo la entrevista que le hice hace tres años para la revista Altaïr.
“En el desierto aprendí a sobrevivir con lo mínimo, como los animales”
-El origen de este proyecto es bastante llamativo: hace siete años usted sufrió una experiencia peligrosa en el desierto, se sintió al borde del abismo… y decidió buscar ese vértigo durante los siguientes años.
-En 2001 me perdí con la bici en el desierto de Túnez. Tomé una pista equivocada, que terminó desapareciendo entre montañas, y pasé tres días sin ver a nadie. Me quedé sin comida y sin bebida. Pero conseguí orientarme, salí a un oasis y allí encontré a un hombre que me ofreció té y me indicó el camino hasta una aldea. Fue una experiencia dura pero a la vez me fascinó. Desde chaval me ha gustado ponerme a prueba, buscar situaciones en las que debo espabilarme y salir adelante por mis propios medios, y en Túnez me di cuenta de que los desiertos son el escenario ideal para retos así: espacios vacíos, con condiciones muy difíciles para la vida, donde resulta casi imposible encontrar ayuda. Quería comprobar si era capaz de atravesarlos por mi cuenta.
-¿Por qué en bicicleta?
-Es el medio con el que más a gusto me muevo. Disfruto con el pedaleo, me siento muy cerca de la naturaleza y de la gente, tengo independencia para ir donde quiera y pararme cuando me apetezca. El ritmo lento, el cansancio o un pinchazo te hacen parar, por ejemplo, en una aldea namibia donde los turistas pasan en todoterreno pero no se detienen. Los niños de aquel pueblo nunca habían visto a un hombre blanco. Yo estuve unas horas con los vecinos, jugando a una especie de ajedrez, charlando, comiendo… El viaje se hace mucho más humano.
-¿También ayuda el hecho de ir solo?
-Sí, porque necesitas comunicarte, acercarte a los demás. Es verdad que viajar en solitario por el desierto obliga a tomar muchas más precauciones, porque cualquier error o accidente puede resultar fatal, pero las decisiones son más fáciles porque las consecuencias sólo las paga uno mismo. De todas maneras, cuando debía tomar una decisión importante, si tirar por aquí o por allá, si continuar o detenerme, me acordaba de algunos amigos y pensaba qué harían ellos. Era una manera de tomar decisiones en grupo estando solo.
-Pero a veces la soledad pesa mucho. En el desierto australiano llegó a agradecer la compañía de una mosca.
-Sí, y le hablaba. Y también le hablaba al viento. Fue por un proceso de adaptación al medio. Me adapté físicamente (fui aprendiendo a soportar el calor, a dosificar la bebida, sabía cuándo convenía avanzar, cuándo ir más lento, cuándo parar…) y también me adapté mentalmente. En un viaje así, durante muchas horas no ocurre absolutamente nada, el paisaje es monótono y el pedaleo se convierte en una especie de meditación. Al final consigues un ritmo interior, una concentración con la que alcanzas momentos de clarividencia, incluso eres capaz de resolver problemas de tu vida que arrastras desde hace años. En otros momentos el cerebro crea fantasías. En un tramo de Australia llevaba los brazos cubiertos por una nube de moscas y hacía un calor horroroso, pero entonces empecé a pensar que las moscas también estarían sofocadas y dije “bueno, que se beban mi sudor, que aprovechen lo que puedan”. Te acabas solidarizando hasta con las moscas. En el fondo es un entretenimiento mental para distraerte del calor, el cansancio y el aburrimiento. Y una estrategia: si no puedes con las moscas, alíate con ellas. Cuando empezaba a soplar el viento en contra, yo le saludaba: “Hombre, ya estás por aquí, has venido otra vez a joderme, ¿eh?”, y me reía. Los problemas te molestan cada vez menos. La otra opción es desesperarse. Y hace falta mucha serenidad para atravesar el desierto.
-En esa adaptación, usted relata que se iba convirtiendo en un animal. Llegó a disputarle una sombra a un camello, y una fuente a una manada de caballos.
-En el desierto todos los seres vivos competimos por lo mismo: sombra y agua. La única diferencia es que los humanos cargamos ropa y comida. Cuando no tienes asegurada la supervivencia más básica, las demás necesidades se simplifican o desaparecen: a mí ya me daba igual comer arroz todos los días, me echaba a dormir en cualquier lado, no me importaba llevar la misma ropa. Sólo obedecía a la ley principal: ahorrar esfuerzos. Como los animales. Y dentro de esa sencillez, cualquier detalle añadido es un lujo. En una aldea africana conseguí una zanahoria y la comida de ese día ya fue especial, porque el arroz sabía un poco distinto. Un día echaba al café más azúcar de lo normal, otro día no le echaba nada, y esos cambios eran todo un acontecimiento.
-¿Esas experiencias le han hecho más austero también en la vida cotidiana?
-A veces echo de menos vivir sólo con una mochila. Es muy difícil llevar una vida tan básica como la del desierto, pero sí que procuro simplificar las cosas. Los viajes ayudan a relativizar los problemas y las necesidades, a valorar lo básico. La verdadera lección me la dieron los habitantes del desierto, que tienen poquísimas cosas y se apañan con ellas. Por supuesto que les gustaría disponer de frigoríficos, latas y agua embotellada, pero no pueden. A una familia de nómadas mongoles le basta con el pasto, el ganado y agua. Se alimentan con té, leche, pan, queso, carne y poco más. Sólo consumen lo que tienen a mano, en la naturaleza, y eso puede ser más incómodo pero también más equilibrado. El único residuo que vi en la llanura fue una botella de vodka. Y eso me choca con la vida que llevamos nosotros, con miles de camiones transportando productos de una punta a otra, con tantos envases sobrantes…
-En el libro subraya el carácter hospitalario de esas gentes del desierto.
-Me invitaron a sus casas, me ofrecieron comida y techo, me aconsejaron, incluso me cuidaron en momentos de apuro (cuando sufrí un golpe de calor en Mauritania o durante una tormenta en Mongolia). También es un intercambio. No porque quisieran mi dinero –me ocurrió pocas veces- sino porque tenían mucha curiosidad por mí y les apetecía acogerme. En sitios tan solitarios la llegada de un extranjero es una gran novedad. Pero en sitios más frecuentados no ocurre lo mismo. Durante las primeras etapas por Marruecos dormí siempre en hostales, hasta que llegué a una aldea donde unos albañiles me invitaron a dormir en su casa y me prepararon un cuscús con verduras y carne. Me di cuenta de que ya había dejado atrás las rutas turísticas.
-¿Cómo se distingue un turista de un viajero?
-En algunas situaciones yo era turista, en otras viajero, en otras aventurero… Depende de cómo te reciba la gente del lugar: si sólo quieren venderte una alfombra, eres un turista; si te acogen en su casa, te preguntan por tu vida y tu país, entonces eres un viajero aunque vayas en un viaje organizado. Ellos definen lo que eres. Pero lo más importante no es ser turista o ser viajero, sino actuar de una manera responsable. Debemos ser muy respetuosos y entrar con mucho tacto en las vidas de los demás.
-Usted lo hizo por ejemplo en Walata, una ciudad legendaria del desierto mauritano: pasó una semana donde los turistas sólo se quedan una noche.
-Quizá haya viajeros más extrovertidos, más lanzados, pero yo necesito tiempo. Paseaba por las calles y sacaba fotos, pero no se las hacía directamente a las personas, por respeto. No me gusta robar fotos. Cuando ya llevaba varios días allí, me conocía el panadero, la señora que me servía el desayuno, el de la tienda de la esquina… Me saludaban, charlábamos, se iba creando confianza. Al final fueron ellos quienes me pidieron que les sacara fotos, me invitaron a sus casas y conocí un poco de sus vidas. Esas imágenes son las más valiosas para mí, porque sé que con las personas compartí algo más que una foto.
Siete desiertos, siete lecciones
Australia: “Aprendí a pedalear en el desierto: cómo soportar el calor, cómo beber, cómo dosificarme, cómo aguantar la monotonía… Comprobé que era capaz de cruzar un desierto en bici”.
Atacama: “El primer gran viaje de mi vida. Ignoré el cuentakilómetros y el calendario, aprendí a perderme y a encontrarme, hablé mucho con la gente… Una inmersión de cuatro meses y medio en la que casi me olvidé de todo lo demás”.
Mojave: “Solemos tener prejuicios contra los estadounidenses, pero conocí a muchos que nos dan mil vueltas en respeto, hospitalidad, cultura y hasta gastronomía”.
Namib: “Los elefantes de la sabana destruyen los árboles cuando se alimentan. Los del desierto sólo comen los alimentos maduros y se comportan con más calma, con la misma parsimonia que las personas de esas regiones. El medio influye mucho en el carácter”.
Kalahari: “Un viaje con prisas, por miedo a las fieras. Descubrí las diferencias entre el respeto, el miedo y el pánico (cuando una noche se me aparecieron dos cobras)”.
Gobi: “Paisajes extensos sin rastro de infraestructuras (ni carreteras, ni puentes ni nada): no estropean las vistas… pero tampoco las disfrutas. Fue una experiencia muy humana, pasé muchos días con los nómadas mongoles”.
Sáhara: “Yo ya no necesitaba hacer ese viaje y además me sentía cansado. Pero al mismo tiempo me empujaba la curiosidad por saber qué hay más allá del horizonte”.
Entrevista en TV3
El programa “Signes dels temps”, de TV3, me hizo una entrevista en Barcelona la víspera de volar a Bolivia. Me preguntaron sobre los mineritos, las guaraníes futbolistas y los refugiados saharauis. Podéis verlo en este vídeo de ocho minutos, en el que incluyeron fotos de las guaraníes tomadas por Daniel Burgui.
Tambores y tiros
Hace unos días escribí una entrada sobre la ikastola Santo Tomas Lizeoa, donde estudié de los 3 a los 18. Nueve hombres y mujeres, que fueron alumnos en el primer curso, allá por 1960, rememoraban los orígenes medio clandestinos del centro, el oasis de educación moderna y avanzada que supuso la ikastola en el desierto del franquismo, la valentía que tuvieron los padres y las madres para impulsar aquel proyecto. Una vez entrevisté al director que durante más tiempo llevó el centro y, entre mil cosas, me contó que pocos políticos habían colaborado tanto y tan bien con la ikastola como Gregorio Ordóñez (concejal del PP en el Ayuntamiento donostiarra). Y que estuvo reunido con Ordóñez, para tratar asuntos de la ikastola, unas horas antes de que ETA lo asesinara el 23 de enero de 1995.
Lo mataron en el restaurante ‘La Cepa’, en la Parte Vieja, a pocos metros de donde todos los años empieza y termina mi tamborrada. Cuando ayer, día de San Sebastián, pasamos por allí tocando a eso de las 3.30 de la mañana, me acordé de ese asesinato y de otro más.
La primera vez que yo salí en la tamborrada, el 20 de enero de 1993, unos minutos antes de empezar a tocar a medianoche, los tamborreros y el gentío tuvimos que hacer sitio a una ambulancia que intentaba atravesar la calle 31 de agosto, abarrotada. No supimos qué ocurría. Recuerdo que esa noche llevábamos un crespón negro por la muerte de dos socios de la tamborrada -por esas muertes tuvimos plaza para salir los cuatro amigos que empezábamos-. En la plaza de la Constitución, un chaval borracho le agarró el crespón y le dijo algo sobre su puta madre a un gigante barbudo, una especie de Bud Spencer que tocaba el barril. El gigantón le pegó un puñetazo en la cara que lo tumbó.
Al día siguiente supe que aquella ambulancia iba a buscar a José Antonio Santamaría, dueño de la discoteca Ku, que fue asesinado por ETA de un tiro en la nuca durante la cena de la víspera de San Sebastián en la cercana sociedad gastronómica Gaztelupe. La fiesta continuó todo el día.
*
Está por escribir nuestro Gottland, nuestra “colección de pequeños cuentos crueles”. Ese libro me lo regaló Julen Gabiria y os lo rerrecomiendo.
El reportero tartamudo
En octubre conocí por fin en persona a Álex Ayala, el periodista vitoriano que lleva diez años en Bolivia. Es un tipo extremadamente generoso y amable, que me acogió varias noches en su casa de La Paz, con su familia -Karim, Xanon, Maitane: más majos que majos-, y que me dio unos buenos paseos por la ciudad.
Álex fue editor de varios reportajes míos en Pie Izquierdo, una revista fantástica que fundó y dirigió él mismo, que por desgracia desapareció, y en cuya resurrección digital confiamos -algún día, algún día…-. Y, sobre todas las cosas, es un reportero pistonudo, un cazador de historias raras, curiosas, brillantes, reveladoras. Está a punto de publicar un libro con trece de sus crónicas: aquí podéis haceros una idea, incluso poner unos euritos para ayudar a que se publique y a cambio llevaros un ejemplar y algunos extras.
Un día tuve la suerte de ver a Álex en acción durante un rato. Me invitó a acompañarle a cierto tugurio inquietante de La Paz, en el que debía hacer una visita y una entrevista para un reportaje asombroso que anda preparando. Cuando se ponía a contarme los detalles de esa historia, a mí se me enfriaba la cena en el plato.
Al verle trabajar, hubo algo que me llamó la atención. Álex es tartamudo, y eso me quedó claro desde que vino a recogerme al aeropuerto, obviamente. Es una tartamudez fuerte. Pero cuando observé cómo enredaba en aquel tugurio, cómo paraba a cierto personaje por la calle, cómo preguntaba, cómo pedía una entrevista formal a gente de lo más curiosa, me dio la impresión de que su tartamudez se convertía en un modo de comunicación más hábil que los de otros que hablamos fluido. Me pareció que la tartamudez le daba a Álex alguna habilidad especial para observar, escuchar y para hacerse escuchar. No ignoro las dificultades que le acarrea -como cuando dice que algún amigo se queja de la mala cobertura de su teléfono: “Es que soy tartamudo, hijo de puta”-, pero pensé qué él era capaz de convertirla en ventaja.
Decir que Álex es tan buen reportero gracias, en parte, a su tartamudez, quizá sea mucho decir. Pero a mí, al menos, esa idea se me pasó por la cabeza. No me atreví a comentársela, por ese pudor que tenemos ante los defectos ajenos, y que en realidad revela un defecto nuestro. Pero el otro día encontré este maravilloso texto suyo sobre los tartamudos, en el que habla de los momentos difíciles y desesperantes, pero también de los orgullos y las ventajas de los tartamudos sinvergüenzas, extrovertidos, que se atrancan con honra y que tienen una percepción más aguda de ciertas cosas, y oye…
Los tartamudos (los amo / los odio).
Oasi bat frankismoaren basamortuan (Santo Tomas Lizeoa, 1960)
Ausardia behar zen 1960an seme-alabak ikastola batera eramateko. Halaxe egin zuten zenbait gurasok: apaiz eta mojen eskoletatik atera zituzten umeak, edo Donostiako Alde Zaharreko pisuetako lehen ikastola klandestinoetatik, eta akademia pribatu sortu berri batera eraman: Santo Tomas Lizeora.
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11¡El más robado en Álava!
Me escriben desde un agroturismo alavés para contarme que Plomo en los bolsillos es el libro que los clientes más veces les han robado (tres). Y usted ¿todavía no lo ha robado?
Periodismo estupendo
Hay gente haciendo un periodismo estupendo por ahí. Algunos ejemplos de estos últimos días. Merece la pena seguir la pista a sus autores:
-”¿Y si tienen razón? El decrecimiento en Navarra“, de Álvaro Guzmán.
-”Quizá Garzón pretendía ganar fama o hacer carrera con Guantánamo“, de Daniel Burgui (@caravinagre).
-”Trabajo infantil y explotación laboral en el azúcar de Guatemala“, de Alberto Arce (@alberarce).
-’Bangladesh está enladrillado‘, de Zigor Aldama (@zigoraldama).
-”El alma de la revolución siria“, de Mónica G. Prieto (@monicagprieto).
-’Los mercaderes del Che y otras crónicas a ras de suelo‘, proyecto editorial de Álex Ayala, a puntito. Como adelanto, algunas de sus crónicas.
Cholita o señorita
Crees que en un segundo viaje empiezas a conocer el país. Hasta que un simple cartel callejero te enciende mil preguntas y te descubre que apenas has rascado un poco, que no te enteras de casi nada y que necesitarías media vida para empezar a enterarte.
El penúltimo día te explican las diferencias entre señoritas, chicas, cholas, chotas y birlochas. Al día siguiente tomas el avión de vuelta a casa y, con un oceáno de por medio, ya es fácil hacer como que sabes algo.
A mí lo que me gusta es perrear
O sea, seguir las señales blancas y amarillas, les petites randonnées, los pequeños recorridos: los PR.
Fotos: PR Na-124 (Artikutza), PR Gi-1004 (Aldura) y PR Gi-? (Jaizkibel).













