Mi abuela y diez más

A Europa con la cuadrilla

La revista Minuto 116 me pidió un texto sobre el regreso de la Real Sociedad a Europa, para publicarlo en el estupendo número monográfico que han dedicado al equipo txuri urdin. Lo titulé ‘A Europa con la cuadrilla’ y aquí va, unas horas antes de que la Real juegue contra el Olympique de Lyon:

“La Real Sociedad aguantó los últimos quince minutos en La Coruña con los once jugadores acorralados en el área, recibiendo tiros al larguero y balones que se paseaban de lado a lado del área pequeña, y cuando acabó aquel agobio, cuando por fin dejé de caminar y suspirar por el pasillo de casa, cuando por fin me senté de nuevo en el sofá con el pasaporte para la Champions League en la mano, pensé en varios estadios europeos: El Alcoraz, La Malata y el Municipal de Santo Domingo. Porque Huesca es Europa, Ferrol es Europa, El Ejido es Europa, en la geografía obvia de los atlas pero también en nuestra biografía futbolera reciente.

Guardo el recuerdo bastante fresco de la batalla entre Xabi Alonso y Pavel Nedved para marcar territorio en el centro de Anoeta a base de pases y robos, en el Real Sociedad-Juventus de 2003 (0-0). Pero para mí es mucho más profunda, y más necesaria, la memoria del Real Sociedad-Castellón de 2007. Por primera vez en cuarenta años, la Real jugaba en Segunda. Perdió 0-2, quedó colista, el partido acabó con pitos, abucheos y pañolada. El siguiente visitante fue el Polideportivo Ejido, el equipo que acabaría la temporada en última posición, y también nos ganó. Real Sociedad, 0; Polideportivo Ejido, 1. Me gusta teclear el resultado porque es un verso magnífico sobre la desolación:

Real Sociedad, 0; Polideportivo Ejido, 1.

Tras la derrota contra el Castellón le envié un mensaje a Carlos Tirurí, un amigo de Bilbao, para contarle la depresión y para anunciarle, con amargura, que me había maravillado un chaval melenudo de la Real, debutante y desconocido para mí, lo único rescatable del partido, y que pronto vendría el Athletic a llevárselo. El chico era lateral derecho, se llamaba Carlos Martínez, recuerdo la furia de melenas al viento con la que galopaba arriba y abajo, como si ya ese día nefasto tuviera claro que iba a correr y a correr por la banda hasta llegar a Milán, Lyon o San Petersburgo con la camiseta blanquiazul y no con ninguna otra.

Carlos Martínez (que Alá aumente su tribu) y otros chavales como él jugaron tres años agrios en Segunda, nos subieron a Primera y en tres años más nos metieron en la Champions. Celebramos el éxito y celebramos, sobre todo, la manera: revivimos a la Real campeona de los años ochenta porque aquel equipo, como este de ahora, también era una cuadrilla de críos que habían jugado juntos en el mismo patio, en los mismos campos de tierra y muchos de ellos en la misma playa de La Concha en la que jugamos cientos de niños guipuzcoanos. Creemos que en el equipo actual tenemos a varios de la estirpe del central ‘Bixio’ Górriz, quizá no los futbolistas más deslumbrantes, pero sí de los imprescindibles, de los que lo hacen todo bien, año tras año, y siguen siendo discretos, entrañables, tirando a sosos. Otros equipos ofrecieron mucho dinero a Górriz pero él jugó siempre en la Real, se puso la camiseta txuriurdin 599 veces, ganó todos los títulos del equipo –dos Ligas, una Copa, una Supercopa, llegó a semifinales de la Copa de Europa y hasta marcó un gol en el Mundial de Italia-, y hoy en día se sienta en una tribuna modesta de Anoeta, con su bufanda de la Real siempre al cuello, y en los descansos se pone en la fila con todos nosotros para ir al baño. Con Górriz hemos levantado trofeos y hemos meado en los mismos urinarios.

Eso es lo que más nos ilusiona de esta Real que vuelve a la Copa de Europa: que hemos llegado juntos, casi todos, hasta aquí”.

*

Más críos jugando en la playa de La Concha, más Bixio Górriz, más depresiones en Segunda, más goles europeos y más melenas al viento en Mi abuela y diez más.

Mi abuela

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Si cierro los ojos y pienso “estadio de Anoeta”

Hace justo veinte años se jugó el primer partido en el estadio de Anoeta. Seguimos añorando el viejo campo de Atocha y despotricando contra la frialdad de Anoeta, pero estos veinte años no han estado nada mal. Copio unos párrafos del libro Mi abuela y diez más:

“Si cierro los ojos y pienso “estadio de Anoeta”, veo una lluvia nocturna, una cortina de agua, uno de esos chaparrones que cae con la misma intensidad agotadora durante las dos horas del partido. Veo un césped brillante bajo los focos, en el que los balones largos botan rapidísimo, se escapan de las botas de los futbolistas y saltan hasta los charcos de las pistas de atletismo. Veo un inmenso anillo de gradas, batidas por un viento frío, ocupadas por espectadores encogidos en silencio. Escucho un pelotazo que golpea una valla de publicidad, el eco que se expande por el campo, un murmullo de desesperación. Imagino el contragolpe de un equipo rival modesto, vestido de naranja o granate, nuestra defensa desmontada, un extremo veloz que entra al área y clava el balón en nuestra red, fluash, se oye así, fluash, y estalla luego un chillido de euforia lejana, un grito de once acorchado en el silencio de veinte mil. Pienso, por ejemplo, en el Lleida ganando 1-3 en Anoeta.

En los primeros años de Anoeta íbamos al campo seis o siete amigos. Enseguida nos quedamos cinco. Y luego dos. Mi último compañero sufría malos presagios permanentes. Cuando el equipo contrario iba a chutar un libre directo, él anticipaba siempre el dolor: “Ya verás, 0-1”. Su pronóstico fallaba diecinueve de cada veinte veces, pero cuando acertaba, a mí me clavaban un gol y de paso una profecía: “Lo ves, lo ves”. Poco antes de bajar a Segunda me quedé solo. Llevo ya seis o siete años yendo solo a Anoeta. Suelo llevarme un paquete de pipas para la primera parte y un libro para los descansos.

Anoeta no da para muchas épicas. Pero quizá sea un desapego mío, cosas de la edad, porque si hago memoria, hace ya veinte años que nos vinimos a este estadio y tampoco ha estado tan mal. Un día disputamos los octavos de final de la Champions League y otro día fuimos colistas de Segunda. Nos humilló el Mérida y agobiamos a la Juventus. El Barcelona nos metió seis en 45 minutos; recorrimos las gradas bailando congas tras clavarle cinco al Athletic; abucheamos a Javier Clemente cuando ocupó el banquillo rival y abucheamos a Javier Clemente cuando ocupó nuestro propio banquillo; le regalamos una salvación amañada a Osasuna; el portero del Eibar le partió de un patadón la tibia y el peroné a Díaz de Cerio y le dejó media pierna colgando; nuestro portero Bravo cruzó el campo para chutar un libre directo y metió el gol de la victoria; nuestro portero Alberto tiró fuera el undécimo penalti de una tanda copera y caímos eliminados; Savio falló el penalti del minuto 88 con el que esperábamos salvarnos del descenso; Xabi Prieto marcó el penalti que selló el ascenso, saltó una valla para celebrarlo, tropezó y acabó con el tobillo vendado y con muletas. Y un domingo fuimos a Anoeta con la posibilidad de salir noventa minutos más tarde como campeones de Liga”.

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Y 48 tatarabuelos más

Xanti Pintxua, que debe de ser una de las cinco personas más majas del mundo, leyó Mi abuela y diez más y decidió hacerme un regalo muy trabajado. Me citó en la sociedad Esperanza, con su familia, sin decirme para qué. Nos sentamos junto a la vitrina donde guardan la bandera de La Concha ganada en 1950, la última obtenida por una trainera donostiarra, y la bandera de Santander de ese mismo año, ganada a “la poderosa Pedreña”, ganada precisamente a la trainera favorita del editor Emilio K.O., a la trainera que nuestra abuela Pepi odiaba ligera y remotamente.

Xanti me explicó que la mesa a la que estábamos sentados la había hecho mi abuelo Carlos, el carpintero rojo, el que sale en la primera línea de libro. Después abrió una carpeta y desplegó mi árbol genealógico, que él ha reconstruido de archivo en archivo.

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El árbol se ramifica hasta cinco generaciones anteriores a la mía, y los antepasados más lejanos son Sebastián Salaverría Echegarai (Lezo, 1814) y Benita Goenaga Elizalde (Rentería, 1816).

En la generación de mis tatarabuelos, siete de los ocho hombres aparecen con sus oficios: tres labradores, dos pescadores, un cantero y un miquelete (agente de las milicias forales). Las mujeres se dedicaban a las “labores propias de su sexo”.

El octavo tatarabuelo parece el más interesante. Xanti Pintxua no descubrió su oficio pero yo sí que lo sé. En un océano de aburrida pureza sanguínea, con cinco generaciones de apellidos vasquérrimos, con los antepasados más exóticos llegados nada menos que desde Azpeitia o Mutriku, de repente aparece mi tatarabuelo Epifanio García.

Nuestra abuela Pepi me había hablado de él: Epifanio era un carabinero riojano destinado en Bera. ¡Se nos coló un maqueto armado! Nuestro exótico García se casó con Juana Francisca Goñi  y de ellos nació Inocencia García Goñi, Iñuxentxi, cuyo retrato colgaba en la sala de nuestra abuela Pepi.

Al morir nuestra abuela Pepi, murió la última persona que recordaba a Iñuxentxi. Para nosotros Iñuxentxi ya solo es un rostro serio de una mujer que nos mira desde ese retrato de hace casi cien años. Para Pepi, Iñuxentxi era su madre, que murió de tifus en 1942 cuando ella tenía solo once años. “Murió el segundo domingo de las regatas de La Concha”, contaba Pepi. “Al día siguiente empezaba el curso escolar y la pobre amatxo todavía preguntaba por mí, a ver si la niña estaba preparada para ir a la escuela”. Pepi tenía su retrato en la sala, solía hablarle y a veces decía que al morir esperaba reunirse de nuevo con ella.

Xanti Pintxua me añadió una nota. Copio dos párrafos:

“Liburutik gehien gustatu zaidana izan da nola deskribatzen dezun ze goxo ta maitasunarekin bizitu zenituen une haiek zure guraso eta batez ere zure amona Pepirekin. Pepilogoa izan da benetan epilogo politena inoiz irakurri dudana.

Ikusita nola maite dezun zure familia, horra hor ba zure arbola genealogikoa. Espero dut gustatzea. Zenbat historio ote zure aintzinako senideak ikusita. Nik behintzat asko disfrutatu det inbestigatzen noiz eta nun jaio ziren.

Estimazio handiarekin,

Xanti”.

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Este libro es una mierda

Don Emilio, editor de Libros del K.O., me cuenta esta escena de la Feria del Libro de Madrid.

“Un señor se acerca al puesto y me pregunta de sopetón:

-¿Cuántos tienes de este libro? –señalando a Mi abuela y diez más.

-Muchos.

-¿Cinco tendrías?

-Sí.

Y los compra. Yo me envalentono y le pregunto:

-¿Lo has leído?

-Sí.

-¿Te ha gustado?

 -No me ha gustado nada. Demasiado blando, parece de El Diario Vasco. A mí me gusta más épico. Como Nick Hornby, hay que leer a Nick Hornby. Es que estos de San Sebastián… Yo soy del Goierri y a los de Donosti les miramos desde arriba”.

Dice Emilio que los vascos estamos como putas cabras.

Yo le digo que ojalá hubiera más vascos en el mundo: señores que van adonde un librero a decirle que su libro es una mierda y le compran cinco.

*

Libros del K.O. está en la caseta 345 de la Feria del Libro de Madrid, en el Parque del Retiro, hasta el domingo 16 de junio. Y tienen un interesante catálogo de libros tan malos como los míos o peor. Si pasáis por allá, llevadles alguna cerveza. Y algo de picar, vale, pero que no tenga muchas grasas. Me tienen un poco preocupados en este aspecto.

En La2 les hicieron este reportajito. Y aquí Emilio cuenta cómo es la Feria del Libro vista por un editor, desde dentro de su caseta: aburrimiento, emoción, desesperanza y escenas tiernas y patéticas con sobrinos de cinco años.

Libros KO Feria

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Álbum de unos días felices

Así fue, más o menos, el tercer Tour de Plomo por Barcelona y Zaragoza. El prólogo lo hicimos en Deltebre con plato grande: con plato enorme, de arroz con langostinos y alcachofas. La primera etapa la arrancamos en Barcelona a rueda de don Gerardo Fuster, 80 años, que pedaleaba sobre la bici que le regaló Fausto Coppi en 1957. A su rueda fuimos Javier, Iñaki, Olga y Marc, por esos caminos que serpentean hacia Montserrat plagados de emboscadas, uf, af. En la librería maña Los portadores de sueños jugamos un Zaragoza-Real Sociedad muy amistoso, con Ignacio Martínez de Pisón dando pases al hueco y Xavi Aguado recordando marcajes de Górriz en Atocha. Los artistas de La Ciclería nos diseñaron la segunda etapa desde Zaragoza: paseo de seis horas (dos horas sobre la bici y cuatro horas en bares y terrazas). Con ellos, una catorcena de ciclistas contra el cierzo feroz, hicimos dos descubrimientos maravillosos: 1) nuestra anfitriona Blanca, que debe de ser una de las cinco personas más majas del mundo; 2) y la ensalada aragonesa, compuesta por morcilla, panceta, chorizo, longaniza, chistorra… Luego vimos a Nibali apareciendo como Amundsen en las Tres Cimas de Lavaredo, hablamos de Alfonsina Strada y de Roger Walkowiak, y volví con J. a medianoche por la carretera vieja de Belate.

En la meta volante de Casetas (en la taberna Vinos Chueca), el Gran Bob nos sirvió vinos y pinchos y luego sacó la guitarra para cantarnos este himno ciclista:

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Nuestra abuela y cien más

Han pasado cosas bonitas tras la publicación de Mi abuela y diez más. Algunas se pueden contar, todas son para agradecerlas mucho. Por ejemplo, he recibido mensajes de este tipo: “Después de leer el libro, me ha dado pena no ser de la Real”; coronados por este otro: “Después de leer el libro, me ha dado pena que Pepi no fuera mi abuela”.

Doy las gracias a quienes recuperaron la pista de uno de los pequeños héroes del libro: el chaval con síndrome de Down que se pegaba a la valla de Atocha para gritar y escupir a los rivales que se arrimaban a sacar un córner. Mikel Recalde lo reconoció y colgó una foto para explicar que tres décadas después el chico, ya el hombre, “sigue yendo a los partidos del Sanse” y que el año pasado “en el partido contra el Mirandés montó un pollo”. Otros como Oier Fano, Iván Ruiz o Carlos Ruiz también lo reconocieron y hasta pidieron que la Real Sociedad le invite algún día a hacer un saque de honor en Anoeta. Apoyo la idea.

Aún mejor: dicen que este hombre se llama ¡Chus! Como otro pequeño héroe del libro: el ídolo donostiarra de principios del siglo XX, “un muchacho rubio, hijo del cónsul alemán en Donostia: ¡Schutz!”. Los chavales coreaban su nombre al verlo pasar pedaleando por la ciudad: “¡Chus, Chus, Chus!”. Era un ciclista fino, que ganaba las carreras locales pero perdía siempre cuando competía Damour, “un odioso francesito triunfante”, que llegaba destacado a la meta sacudiéndose levemente su peto blanco, mientras Schutz aparecía mucho más tarde, derrotado y hermoso, “salpicado de barro y bajando con tristeza sus nobles ojos azules”. ¡Chus, Chus, Chus!

Ha sido muy bonito que, con el libro como trampolín, mucha gente haya saltado a zambullirse en su memoria txuri urdin. Algunos han escrito textos hermosos. Traigo algunos y pido disculpas adelantadas por los olvidos.

Por ejemplo, el reportero Mikel Ayestaran, que se define como “un alma errante que va buscando buenas conexiones de internet para seguir los partidos de la Real desde Kabul, Islamabad, Teherán o Trípoli”. Mikel sufre el estrés postraumático de los reporteros pero no se lo produjo ningún bombardeo sino… aquellos espantosos tres minutos de Mendizorrotza.

Ramón Salaverría reveló una historia fantástica: el gol de Zamora le pilló con el Orfeón Donostiarra, que ese día cantó… en el santuario de Lourdes.

Lucía Martínez Odriozola me llamó por teléfono hace unos días, cuando sabía que iba en bus a Bilbao, para que me fijara en unas flores rosas que a finales de abril nacen en las cunetas de la autopista. Ella, bilbainaza de pro, recuerda esas flores porque se fijó en ellas cuando vino a San Sebastián a finales de abril de 1981 para la juerga del recibimiento a la Real campeona. ¡Toma!

Javier Barrera tiene, como muchos de nosotros, una madre que detesta el fútbol y que quiere que gane la Real.

Mikel Iturria, un alma sensible que se disgusta con el comportamiento de algunas gentes en la grada, pidió ayuda a Jamaica para que la Real ganara al Valencia (hecho).

Sergio Fanjul  escribió una crónica de la presentación con foto graciosa y tuvo una reacción curiosa: “He recuperado, sin darme cuenta, la primera persona del plural para referirme a un equipo del que no soy socio pero que tiene algo especial cuando hablo de él”.

Jurdan Arretxe desafió mi pesimismo cometiano: sé que soy adulto y sé que nunca más veré a la Real campeona (tururú).

Xabier Iglesias cuenta que es txuri urdin por encima de la maldición familiar: su padre perdió una quiniela de catorce por un inoportuno gol de la Real al Athletic y le cogió una tirria insuperable al equipo.

Izaro Basurko tiene un primer recuerdo tremendo de Atocha. Le pusieron de niño pegado a la valla y le dieron un consejo por si había avalancha: “Apoyad los pies en el muro y haced fuerza para que no os aplasten”. Pasó el partido deseando que la Real no marcara.

También me ha parecido muy bonita una corrección de Iñaki Galdos, aunque a él le diera apuro hacérmela: antes de publicar esa corrección, me la comentó en privado casi pidiendo disculpas, y yo le estoy muy agradecido por esa precaución cariñosa y por el apunte. Galdos descubrió la palabra txapeldun con la acepción de “campeón” en textos de 1919 (a propósito de unos nadadores y de la superioridad deportiva de los guipuzcoanos sobre los vizcaínos, ejem) y de 1925 (en unos bertsos dedicados al boxeador Paulino Uzkudun). Así pues, aunque nuestro tío abuelo Patxi Alcorta popularizara la entrega de txapelas como trofeos, la costumbre no la inventó él, como digo yo en el libro. Ya tenemos cambios pendientes para la segunda edición.

Y una bola extra. Enrique Novials me envió este cortometraje suyo:  Buscando a Zamora. Habrá que ir pensando en ‘Mi abuela y diez más, la película’.

Seguro que me dejo muchas cosas. Pero quiero daros las gracias a todos los lectores. También a la Real Sociedad Fundazioa, que nos ayudó a jugar siempre en casa, en especial Andoni Iraola e Iñaki Mendoza. A Iñigo Olaizola, que siempre da unos pases magníficos al hueco para salir corriendo al ataque. En la presentación de Anoeta me emocionó la compañía y la simpatía de Bixio Górriz, Jesús Mari Zamora y Xabi Prieto: pero qué tipos más majos (cuando me pidieron que les firmara un libro, casi me mareo). Gracias a Fernando Martínez Sarasqueta, amigo generoso, siempre al quite. A quienes mandasteis estas fotos de críos; a quienes vinisteis a jugar el partidazo en la playa a pesar del chaparrón inicial, Emilio, Carla, Nagore, Jaime, Giorgio Basmatti, David Ketari; a June porque se apuntó a viajar con entusiasmo a otra galaxia para celebrar conmigo los cuatro golazos al Valencia. Mis padres Iñaki y Arantza fueron a la primera presentación en Anoeta y repitieron en la FNAC… por si en esta segunda presentación ya había poca gente y tocaba hacer relleno-; también fueron a la playa bajo el chaparrón para llevar una bandera. Mi hermano Julen, nuestro contacto con las estrellas, condujo 120 kilómetros a ultimísima hora solo para pasar las fotos de la proyección (y dejar durante medio minuto la imagen de una camiseta del Athletic que puso nervioso a algunos, je). Y el último agradecimiento especial a mi hermana Eli, con un poco de apuro, porque es la única de la familia a la que no conseguí meter en el libro, aunque a última hora, con el libro entrando en imprenta, me dijera que bueno, que ella tenía un autógrafo de Gica Craioveanu.

Gracias a todos los que nos acompañasteis en Anoeta, en La Concha, en la FNAC, en Madrid y en las redes. ¡Dos cohetes!

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Escándalo en La Concha

El partido del sábado en La Concha terminó con un escándalo arbitral. Atentos a las imágenes en cámara lenta: en el último minuto, con empate a 9 en el marcador (“el que meta gana”), se produjo esta jugada polémica en la que el árbitro no vio claro quién había cometido falta. Al final pitó penalti a favor del Athletic. Emilio K.O. transformó la pena máxima y corrió a celebrar la victoria con esa arrogancia ligeramente erótica de sus rizos ondeando con la brisa del Cantábrico. El partido acabó con una tangana entre olas. Dentro imágenes (si se paran: F5).

Y aquí las mejores jugadas (fotos: @ketari).

1. Tremendo marcaje de Emilio K.O. sobre Anderiza: solo ni pa’mear.

Emilio Sanchez Mediavilla Ander Izagirre Libros del KO Ander Izagirre Emilio Sánchez Mediavilla Libros del KO

2. Alineación: Nagore, Anderiza, Emilio K.O., Giorgio Asmatic, Jaime Cola Turka (!), David Ketari. (foto: Iñaki Izagirre & Arantza Olaizola).

Alineación Concha

3. Pase de Olaizola a Alonso, centro de Alonso, va a saltar Castro, toca de puños, llega el balón sobre Górriz…

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‘Mi abuela y diez más’ en San Sebastián

Real Sociedad Fundazioa y Libros del K.O. presentan Mi abuela y diez más, de Ander Izagirre, en San Sebastián.

Viernes, 26 de abril (día del Gol de Zamora)

19.15. En la explanada frente al estadio de Anoeta. Lanzamiento de dos petardos (¡gol de la Real!) en honor del tío Patxi Alcorta, inventor de este morse blanquiazul.

19.30. En el Museo de la Real Sociedad, estadio de Anoeta. Presentación del libro ‘Mi abuela y diez más’. Además del autor, participarán con el número 5 Bixio Górriz (“el peor tiro de mi vida fue el mejor pase de la historia”) y con el número 10 Xabi Prieto (que escribió el final de este libro marcándole un penalti vacilón al Barcelona). Habrá gol en el último minuto.

Sábado, 27 de abril

11.30. En La Perla (paseo de La Concha). Partidazo playero de torpes contra vagos. Convocatoria limitada: máximo de 50 futbolistas por cada equipo. ¿Alguien tiene un balón? Dicen que lloverá. Pues llevad ropa de repuesto y luego os invitamos a un café con cruasán.

El partido se disputará en la extensión de playa que dejen libres los chavales de los campeonatos escolares. Si no hay sitio, trotaremos cinco minutos como calentamiento hasta la playa de Ondarreta.

Reglamento: 1. La división de jugadores en dos equipos se hará siguiendo el tradicional sistema de pies. 2. Quienes vengan con camisetas futboleras jugarán de titulares. Los demás también. 3. No vale chutar de punterón. 4. Ley de la botella: el que la tira va a por ella.

Domingo, 28 de abril

21.00. Fin de fiesta en el estadio de Anoeta. La Real Sociedad ganará al Valencia en su camino hacia la Champions League.

Mi abuela y diez más

“En Atocha pasé una infancia solitaria, estoica y feliz. Yo ahora me explico muchas cosas, cuando recuerdo que a los nueve o diez años subía solo a las gradas de cemento de la Tribuna Este, una hora antes del partido, y me pegaba a las vallas que separaban la zona de pie de la zona de asientos. Allí, ni la gente ni las vigas de hierro me tapaban la visión del campo. Atocha olía a selva. Se mezclaba el tufo fermentado y dulzón del mercado de frutas con el aroma fresco de la hierba recién regada y el humo de los puros. Ese sahumerio tropical aún nos inquieta a muchos, como a perros de Pavlov. Un día abrieron una verja, salté al césped ondeando el trapo de cuadros blancos y azules que mi abuela Pepi me había atado a un palo, corrí al punto de penalti y disparé un trallazo imaginario a la escuadra. Acabábamos de ganar la liga”.

A la venta en librerías y en www.librosdelko.com (en papel y en e-book).

Ander Izagirre (San Sebastián, 1976) no quería escribir este libro. Como ciclista frustrado y como heredero moral de monsieur Comet –cuyo velódromo derribaron en 1913 para construir el estadio de Atocha–, Izagirre considera que debemos odiar el fútbol, incluida la Real Sociedad. Sin embargo, acude a Anoeta cada quince días y allí sufre y se alegra con una intensidad que le avergüenza un poco. Así que decidió escribirlo para intentar explicarse a partir del primer recuerdo de su vida (una explosión de gritos, saltos y abrazos en casa de sus abuelos: el gol de Zamora), para recoger las historias asombrosas de su familia que una noche de insomnio emergieron de Atocha –ese cementerio indio txuri urdin, a cuatrocientos metros de su casa– y para fingirse triste y guapo como Schutz en la derrota. En Libros del K.O. también ha publicado Plomo en los bolsillos (ciclismo: eso sí que es un deporte).

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Siempre termino en esta foto

“No me entiendo a mí mismo. Cuando intento explicarme, siempre termino en esta foto que me sacaron el día de Reyes de 1982 en la huerta de mis abuelos Pepi y Carlos”. Mi abuela y diez más (Libros del K.O.).

Van llegando fotos de más críos que cayeron en la marmita blanquiazul y de algún adulto que posa con las bandejas de nuestros padres. Para seguir completando la alineación, podéis mandar vuestras fotos a miabuela10@gmail.com o a mi correo habitual. Qué, ¿aceptamos fotos de niños de otros equipos? Va, venga, vale. Y nos faltan más niñas…

Entre los participantes sortearemos un ejemplar del libro en la presentación. Lo presentaremos el 22 de abril en Madrid (intentaremos puntuar fuera) y el 26 de abril en San Sebastián (intentaremos golear: pronto más detalles).

Podéis pinchar las fotos para ampliarlas y pasarlas una a una.

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Ya vienen mi abuela y diez más

Mi abuela y diez másEl 22 de abril sale a la venta Mi abuela y diez más (Libros del K.O.), un libro sobre la Real Sociedad o, mejor, una especie de autobiografía blanquiazul. Lo presentaremos el 26.

Como ciclista frustrado y como heredero moral de monsieur Comet –cuyo velódromo derribaron en 1913 para construir el estadio de Atocha–, creo que debemos odiar el fútbol, incluida la Real. Sin embargo, pasé mi infancia en Atocha, ahora voy a Anoeta y sufro y me alegro con una intensidad que me avergüenza un poco. Cuando intento explicarme, siempre termino en una foto que me sacaron el día de Reyes de 1982 en la huerta de mis abuelos Pepi y Carlos.

Para compartir síndrome, queremos pediros fotos parecidas: cómo os vistieron de la Real siendo críos o crías, es decir, cómo os caísteis de pequeños en la marmita (recordad que Obélix es txuri urdin). Os pedimos fotos para publicarlas en dos galerías: 1. Caímos en la marmita. 2. Bandejas de nuestros padres. Entre los participantes sortearemos un ejemplar del libro el día de la presentación, estéis o no presentes. Podéis enviarlas a mi correo habitual o a miabuela10@gmail.com

1. Caímos en la marmita (ya en la alineación: Jaime Martín, triste y guapo como Schutz; y yo mismo, recién bañado en poción mágica):

Jaime Martín

Ander txuriurdin 1982

 

 

 

 

 

 

 

2. Bandejas de nuestros padres:

Bandejas de nuestros padres Ander

De la contracubierta del libro:

“En Atocha pasé una infancia solitaria, estoica y feliz. Yo ahora me explico muchas cosas, cuando recuerdo que a los nueve o diez años subía solo a las gradas de cemento de la Tribuna Este, una hora antes del partido, y me pegaba a las vallas que separaban la zona de pie de la zona de asientos. Allí, ni la gente ni las vigas de hierro me tapaban la visión del campo. Atocha olía a selva. Se mezclaba el tufo fermentado y dulzón del mercado de frutas con el aroma fresco de la hierba recién regada y el humo de los puros. Ese sahumerio tropical aún nos inquieta a muchos, como a perros de Pavlov. Un día abrieron una verja, salté al césped ondeando el trapo de cuadros blancos y azules que mi abuela Pepi me había atado a un palo, corrí al punto de penalti y disparé un trallazo imaginario a la escuadra. Acabábamos de ganar la Liga”.

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