Letras

Así fue el taller de libros periodísticos con Caparrós

Esta es la versión abreviada de los asuntos que se discutieron en el taller de libros periodísticos en Oaxaca, durante cinco días. Lo organizó la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano, lo dirigió Martín Caparrós, participaron ocho periodistas latinoamericanos dispuestos a desguazar sus proyectos de libro, y yo me senté en un rincón a tomar notas.

Lecciones de Caparrós en Oaxaca.

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Presentamos ‘Potosí’ en San Sebastián, Tolosa y resto del mundo

Empezamos con las presentaciones del libro Potosí.

24 de enero, a las 19.30: SAN SEBASTIÁN. En la cripta de la Biblioteca Central, calle San Jerónimo, Parte Vieja. Presentará don Daniel Burgui.

25 de enero, a las 20.00: TOLOSA.  Bidaiarien Txokoan. Josu Iztuetak aurkeztuko du.

21 de febrero: MADRID. En la librería Traficantes de sueños. C/ Duque de Alba, 13.

2 de marzo: BARCELONA. En la librería Altaïr. Gran Vía, 616. Presentará Martín Caparrós.

También lo presentaremos en Pamplona y Bilbao, pero todavía no hemos concretado la fecha. Avisaremos.

‘Potosí’ llega pronto a las librerías y ya está a la venta en la web de Libros del K.O.

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Copio de la contraportada:

“El Cerro Rico de Potosí, emperador de todos los montes, pirámide de todos los minerales, palacio de todos los tesoros, es hoy un vertedero de escombros que amenaza con derrumbarse sobre los diez mil mineros que entran todos los días.

Potosí fue el escenario de los conquistadores españoles que acumularon la plata, de los barones mineros que instauraron el primer capitalismo boliviano, de la revolución de 1952, las masacres militares y la última guerrilla del Che. Del subsuelo salieron los obreros que tumbaron dictaduras; ahora salen niños que se manifiestan y consiguen leyes para trabajar a partir de los diez años.

En ‘Potosí’ están los mecanismos de la riqueza extraordinaria y de la pobreza tan ordinaria. En ‘Potosí’ está la violencia. Al final de la cadena hay una niña de doce años que entra a trabajar en la mina. Esa niña se llama Alicia y ‘Potosí’ cuenta su historia”.

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Publico libro nuevo: ‘Potosí’

¡Buf, pues ya está! Publico libro nuevo: Potosí (en Libros del K.O.). Sale a la venta el 23 de enero. El 24 de enero lo presentaremos en San Sebastián, el 21 de febrero en Madrid y el 2 de marzo en Barcelona. Ya iremos dando los detalles.

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(La ilustración de la portada es de Javier Muñoz: un lujo).

Copio de la contraportada:

“El Cerro Rico de Potosí, emperador de todos los montes, pirámide de todos los minerales, palacio de todos los tesoros, es hoy un vertedero de escombros que amenaza con derrumbarse sobre los diez mil mineros que entran todos los días.

Potosí fue el escenario de los conquistadores españoles que acumularon la plata, de los barones mineros que instauraron el primer capitalismo boliviano, de la revolución de 1952, las masacres militares y la última guerrilla del Che. Del subsuelo salieron los obreros que tumbaron dictaduras; ahora salen niños que se manifiestan y consiguen leyes para trabajar a partir de los diez años.

En ‘Potosí’ están los mecanismos de la riqueza extraordinaria y de la pobreza tan ordinaria. En ‘Potosí’ está la violencia. Al final de la cadena hay una niña de doce años que entra a trabajar en la mina. Esa niña se llama Alicia y ‘Potosí’ cuenta su historia”.

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Luis Ortiz Alfau debuta a los 100 años

Luis Ortiz Alfau ha debutado hoy en una feria del libro, a los 100 años, y se ha hinchado a firmar. Para que digan que no hay relevo en la literatura.

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De la contraportada del libro:

A sus cien años, el bilbaíno Luis Ortiz Alfau viaja a menudo a bosques y a montes, para asistir a las exhumaciones de huesos en antiguas trincheras: “Soy casi el último que queda vivo, es mi deber venir a estos actos y dar testimonio”, dice.

Luis tenía diecinueve años cuando estalló la Guerra Civil. Se alistó voluntario en las filas republicanas, participó en las peores batallas, recogió cuerpos despedazados entre los escombros de Gernika, voló por los aires cuando le cayó cerca un obús en el alto del Escudo, saltó a un barco en marcha para huir a Francia y dinamitó carreteras en los Pirineos durante la derrota final. Lo encerraron en tres campos de concentración, fue trabajador esclavo bajo el franquismo y, cuando por fin lo liberaron, tuvo que pagar sobornos para que ignoraran su ficha de desafecto al régimen y le permitieran trabajar. Luego vino el largo silencio obligatorio.

Empezó su militancia pública a los 87 años: escribió cartas, contó sus experiencias a historiadores y cineastas, participó en asociaciones de memoria histórica. “Estamos consiguiendo lo que durante toda la vida me pareció imposible: contar lo que pasó”, dice. “Esto de la memoria histórica no son batallitas de viejos, los jóvenes tienen que saber qué pasa cuando se pierde la democracia. Lo que yo tengo que contar es importante ahora”.

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Presentamos ‘El siglo de Luis Ortiz Alfau’

He escrito la biografía de Luis Ortiz Alfau. La presentamos el 6 de diciembre, a las 15.30, en la feria de Durango. A sus cien años, Luis estará allí repartiendo besos y firmas con más energía que todos nosotros juntos. (Gogora Institutuak argitaratzen du).

panel feria Durango

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Un paseo en ‘Página 2’

Estos son los cuatro minuticos de paseo-entrevista que me dedicaron en La 2. Una gente muy maja, estos del programa Página 2, se lo curraron a conciencia: que si nos vamos Ulía arriba y Ulía abajo, que si prepara una cafetera para que se vea justo el café humeante, que si es mejor que te cierres la bragueta…

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París, la peste

El último párrafo de La peste, de Albert Camus:

“Oyendo los gritos de alegría que subían de la ciudad, Rieux tenía presente que la alegría está siempre amenazada. Pues él sabía que esta muchedumbre dichosa ignoraba lo que se puede leer en los libros, que el bacilo de la peste no muere ni desaparece jamás, que puede permanecer durante decenios dormido en los muebles, en la ropa, que espera pacientemente en las alcobas, en las bodegas, en las maletas, los pañuelos y los papeles, y que puede llegar un día en que la peste, para desgracia y enseñanza de los hombres, despierte a sus ratas y las mande a morir a una ciudad dichosa”.

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‘Heridas del viento’ (Virginia Mendoza)

Heridas del viento Las estupendas crónicas vagabundas de Virginia Mendoza por Armenia salen ahora como libro: ‘Heridas del viento’. Me pidió que le escribiera el prólogo y lo hice encantado, porque me entusiasman las historias que encuentra caminando despacio por los caminos más remotos.

Todo empezó aquí

Cuenta Virginia Mendoza que su abuelo muerto se le apareció en sueños y le dijo que él había nacido en la calle de los Armenios. En realidad el abuelo había nacido en la calle del Aire, en Terrinches (Ciudad Real), y Virginia creyó que esa aparición era una señal para viajar a Armenia. A mí me parece que ese sueño le daba también otro mensaje: que escuchara a los viejos. Ella lo ha obedecido siempre.

            Mendoza estaba pendiente de una respuesta, para saber si la aceptaban en un programa europeo que investigaba las culturas de las minorías étnicas de Armenia, “el único país actual grabado en el mapa más antiguo del mundo”. El abuelo se le apareció en sueños y, como es posible que los muertos tengan contactos con la Comisión Europea, pocas horas después llegó también el correo electrónico con la respuesta afirmativa. Mendoza voló a Erevan y se sintió en un planeta remoto, extraño y sugerente, como muestran las historias del primer bloque de este libro, escritos con esa conciencia tan viva de ser una alienígena que empezaba a descifrar los primeros signos: el alfabeto, la montaña que es símbolo, los versos traducidos de los poetas, los cementerios, las mesas rebosantes de comida para el forastero. Llénale la barriga al desconocido y ya te dirá a qué viene, piensan en aquel país. Las familias armenias llenaban la barriga de Mendoza con patatas fritas con cilantro, salchichas, pepino, queso y confitura mientras ella deambulaba por el país, mientras aceptaba que su ruta sería aquella que le marcara por ejemplo una vaca, mientras tomaba caminos equivocados, porque esos caminos azarosos eran los que le interesaban, los que le llevaban hasta niños con una cruz de sangre trazada en la frente. Después de unas pocas exploraciones, Mendoza decidió enseguida que ella era “muy armenia”.

            Gustave Flaubert defendió que la nacionalidad debía asignarse no por el lugar de nacimiento sino por los lugares que nos atraían a cada uno. Él renegó de la Francia burguesa, reglamentada y aburrida, viajó a Egipto y quedó maravillado con el bullicio de los puertos, el caos de los zocos, incluso con el burro que cagaba en la plaza donde él tomaba café. Para Flaubert la vida era caótica, impura, sucia, sensual, y las tentativas civilizadas por instaurar el orden implicaban “una negación censuradora y mojigata de nuestra condición”. Egipto alentaba modos de vida que sintonizaban con la identidad de Flaubert, valores que eran reprimidos en la sociedad francesa.

            Mendoza describe un país de gente humilde, hospitalaria, nostálgica, bondadosa y, vamos a decirlo, estrambótica. Lo describe con asombro, ternura, humor, y poco a poco, según avanza el libro, lo va haciendo cada vez más suyo.

            Hay un empeño muy fuerte entre los armenios, que coincide con un empeño muy fuerte de Mendoza: rescatar las historias. Recordar, conservar el pasado, fijar una identidad, para no disolverse del todo en las corrientes con las que la historia ha destruido Armenia una y otra vez. Ser armenio es echar de menos: echan de menos el monte Ararat, echan de menos dos mares, echan de menos las aldeas de las que fueron expulsados durante el genocidio perpetrado por los turcos, echan de menos a los parientes que fueron masacrados o desperdigados más allá de otras fronteras nuevas. El libro rescata algunas historias viejas a punto de perderse y otras historias nuevas que parece que ni se iban a registrar: las mujeres que fueron tatuadas como ganado y utilizadas como esclavas sexuales por los turcos, el soldado que mandó cartas bajo las bombas de la Segunda Guerra Mundial y nunca volvió, las familias que viven en casetas veintisiete años después del terremoto que devastó el país, el borracho que subió a una azotea para narrar el bombardeo de una de tantas guerras caucásicas posteriores a la desintegración soviética, la generación de los niños que preguntan si reírse es bueno.

            Qué es sobrevivir, se pregunta este libro. Mendoza se acerca a los supervivientes y descubre que sobrevivieron pero no, pero bueno, pero casi. Ellos, ellas, no quieren hablar del genocidio. Están hartos de que a los visitantes solo les interesen sus heridas, las deformidades de su biografía, como si fueran monstruos de feria. Lo bueno es que a Mendoza le interesan las vidas completas en sus más mínimos detalles, comparte las horas con los protagonistas de sus textos, los acompaña en las casas y en los caminos, observa sus manos viejas que pelan y asan berenjenas, bebe vodka con ellos, escucha historias de amor, chistes, canciones, enfados, rezos. Entonces sí, de manera natural, empiezan a hablarle del genocidio, porque el genocidio ya es una parte de una vida que Mendoza ha escuchado completa, una vida a la que así se le hace justicia. Gracias a esa paciencia, Mendoza descubre una respuesta sencilla y poderosa, apenas una escena para sugerir que la supervivencia quizá esté en el amor, en ese abuelo de 103 años que nunca bebía café y que aprendió a prepararlo para llevárselo todas las mañanas a la cama a su mujer, para hacerle reír a carcajadas con los chistes sobre su propia vejez, después de ochenta años casados, después de un genocidio.

            Mendoza también comparte las horas con los cristianos molokans –los bebedores de leche-, con los yezidis –nómadas zoroastrianos, adoradores del sol y a veces del Athletic de Bilbao-, con la mujer que conserva en su casa a los dioses de la Armenia pagana, dioses viejos y cansados. Comparte las horas con un patinador místico, con la viuda del hombre que excavó un enorme laberinto vertical bajo su casa para refugiarse en las entrañas del mundo y hablar a las aguas subterráneas, con la arqueóloga que encontró el zapato más antiguo de la historia y que así refuerza “esa idea tan armenia de que todo empezó aquí”.

            Mendoza se interesa por las personas que se asoman a mundos extraños, personas que se mueven entre la investigación y la locura, el arte y el delirio, el estudio y la obsesión, y su respeto vuelve a ser fructífero: en las historias que cualquiera descartaría por disparatadas, o que cualquiera caricaturizaría por extravagantes, ella encuentra pepitas de oro. En las historias de los viejos, poco a poco, de detalle en detalle, va profundizando hasta los sedimentos antiguos y reveladores. Allí encuentra perlas de sabiduría que nos dicen algo a todos. Quizá no se dé cuenta, pero Mendoza se convierte en una de ellos: en alguien que investiga y se obsesiona, en alguien que conserva y narra. Si Mendoza es muy armenia, no es porque crea que todo empezó en ese país, sino porque rescata las historias, los saberes y las ideas de los viejos, de nuestras abuelas, de nuestros abuelos más lejanos, porque sabe que todo empezó con ellos.

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Negrita

Me explicaron que era “para posicionarse mejor en los buscadores”, para que alguien busque una palabra y caiga primero en tu texto, para conseguir más visitas, más clics, más megustas, pero mecagüen la manía que tienen algunos editores webs de marcar en negrita frases y más frases de los textos, mecagüen ese empeño por agitar banderas para que no se pierdan los tontos y los cagaprisas, mecagüen la idea que tienen de los lectores. A veces convendría animarse y escribir contra los robots, contra las fórmulas para ser más leídos, contra los clics y contra la gente que dice posicionar.

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El levantador de piedras Goenatxo puede dar algunas clases sobre personal branding, reciclaje del know how para implementar storytelling y emprendizaje de startups.

Goenatxo

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Los confundidos escriben historias para que otros opinen

Juan Villoro habla con su amigo Frank, su crítico amigo Frank.

“Le hablé de mi alma dividida, de mi patológico e inútil afán de concordia, y recordé una frase de un periodista de la antigua Yugoslavia: ‘Lo más extraño de Milosevic es que nunca se sintió culpable; en cambio, yo me siento culpable de todo’. Los tiranos duermen con tranquilidad, sedados por la mentira que se asignaron y que custodia un ejército. En cambio, el narrador se desvela para interrogar el mundo; depende de las preguntas, no de las certezas, hasta que un día amanece en un territorio de opiniones sin fisuras: el matiz, la posposición, el raro privilegio de aceptar que el otro está en lo cierto, desaparecen en ese panorama del todo o la nada, el blanco y el negro (…).

“Peter Handke valora el privilegio moral de quien se agota de sí mismo  y suspende sus creencias en espera de que se le ocurra algo distinto. El papel del escritor consiste en preguntar para que otros respondan. Esta postura estimula la fecundidad estética. Curiosamente, al dejar el lápiz en reposo y observar la realidad, Handke decidió apoyar al genocida Milosevic. El novelista actuó como si no se hubiera leído a sí mismo. La conciencia es un producto sin garantía (…).

“Cada vez que debo opinar sobre un tema del que no estoy seguro, me castigo imaginándome en París ante el proyecto de la Torre Eiffel. ¿Qué habría dicho de ese vértigo de hierro? Aunque el asunto ya fue resuelto sin mi ayuda, recupero ese momento crucial del urbanismo y me encaro con honestidad: ¿a qué opinión me habrían llevado mis gustos, mis lecturas, mi pretendida sensatez? Confieso sin tapujos que la idea de construir la Torre me hubiera parecido horrorosa. Me imagino firmando desplegados, escribiendo textos satíricos,  asistiendo a reuniones contra el adefesio. Lo más grave es que habría cometido cada uno de esos errores creyendo salvar a mi ciudad (cuando  pienso en eso, soy parisino de varias generaciones). Escribo esto en 2006 y sé que la Torre es un triunfo de la audacia. ‘Tour Eiffel / Guitare du ciel’, cantó Huidobro. Sin embargo, cada vez que me sitúo en la época, rechazo la prepotente elevación de esa chatarra. El asunto me deja bastante deprimido. Si hubiera fallado entonces, ¿no estaré fallando ante todo lo demás? (…)

[Le responde su amigo Frank:]

“-¿Sabes qué es lo peor que podría pasarte? –hizo una pausa para que yo pensara en ir a Irak o en concursar en Bailando por un sueño. Luego dijo: -Dejar de sentirte culpable. Es lo único que sabes hacer. Tus culpas son historias –iba a contestar algo pero me atajó-. Opinar no es lo tuyo: los confundidos escriben historias para que los demás opinen”.

 Juan Villoro. ¿Hay vida en la tierra?

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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