Satanás no quiere flores

«Nada más entrar al Museo de la Policía de La Paz (Bolivia), veo dieciséis rostros colgados de una pared con rastros de sangre. Son máscaras de yeso, tomadas a delincuentes célebres. Y las hemorragias están pintadas para darle, supongo, un toque emocionante a la entrada del museo. Supongo también que serán moldes de hace muchas décadas, una costumbre antigua y grotesca…

Pero el director del museo, el agente José Arancibia, señala una de las máscaras y explica que se la tomó él mismo en 2009 a Mario Alberto Avaroa ‘el Petas’, ladrón de coches. Una vez en prisión, Arancibia le cubrió el rostro con yeso, sacó el molde y luego lo pintó con su bigote, su perilla, sus cejas altas y sus mofletes sonrosados. “Era un tipo bien hábil”, explica el agente. “Lo atraparon varias veces pero siempre huía. En una de sus fugas mató a tiros a cuatro agentes. Lo apresaron porque se tropezó con los cordones de los zapatos. En la cárcel se convirtió en cabecilla de una banda y fue asesinado a navajazos por la banda rival”. Sostiene que las máscaras de delincuentes son “interesantes para la ciencia”.

Así empezó todo: con un difuso interés científico. El propio Arancibia escribe, en una breve historia del museo, que la idea se les ocurrió en 1935 a dos policías, “dos quijotes aguijoneados por una fiebre de inquietudes”. Montaron una exposición con ganzúas, llaves maestras y demás herramientas utilizadas en robos y asesinatos, y con “piezas anatómicas de delincuentes famosos que habían rendido cuentas al Creador”. Uno de los dos policías fundadores, Víctor Manuel del Castillo, pagó un soborno a un enterrador y entró de noche al cementerio para abrir una tumba y llevarse una calavera. Pertenecía a Hans Shell, un extranjero que fue asesinado en La Paz y cuyo cuerpo se momificó en pocos días, para pasmo de los agentes. Su cabeza momificada se convirtió en objeto de veneración. A algunas calaveras se les atribuían poderes y se utilizaban en interrogatorios para que los sospechosos, temerosos de mentir ante ellas, acabaran cantando. Es uno de los mil ritos, magias negras, ofrendas sangrientas y tratos con espíritus a los que recurren tanto policías como delincuentes en Bolivia, según investiga el periodista y amigo Álex Ayala, quien me ha traído entusiasmado al museo».

El texto sigue en la última página del último número de la revista Altaïr, que desaparece, ay. Los editores dicen que esperan volver dentro de un tiempo, de alguna manera, que se comprometen a intentarlo, y yo al menos, como colaborador y como lector, lo deseo con todas mis fuerzas.

Altaïr Parques USA

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2 Comentarios Dejar comentario

  1. Fernando #

    Voy a echar de menos la frecuente parada junto a la entrada de la librería Hontza para mirar las portadas de la colección de Altair…una ventana viajera a pie de acera.

    Ojala el regreso no se demore.

    Gracias y buena suerte para toda la gente que ha hecho posible Altair.

    • Ander Izagirre #

      Fernando, en Hontza siguen teniendo montones de ejemplares de Altaïr… de números viejos. La pena es que ya no se renovarán, ay. Ojalá vuelvan pronto, son una gente estupenda y hacen las cosas de maravilla.

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