Viajes

De repente un viaje

Nada, que me ha dado un derrepente: me voy en bici hasta el pueblo de S. y volvemos.

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Más o menos puede quedar una cosa así:

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¡Hasta la vuelta!

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Los gunas planean abandonar sus islas

Los gunas planean abandonar sus islotes coralinos sin relieve, en el Caribe panameño, preocupados por la subida del nivel del mar y la falta de espacio. Aquí está el reportaje que publiqué en la web de El País.

“Los dos cerdos viven sobre las aguas, dos cerdos flacos, de pelaje negro y morro rosa, encerrados en jaulas de troncos que los vecinos construyeron un metro mar adentro, un metro encima del mar. La isla Gardi Sugdub es un grumo de coral en el Caribe panameño, un islote que se recorre a lo ancho en cuatro minutos, a lo largo en dos, que no se levanta más de un metro sobre las aguas, y que está ocupado hasta el último centímetro por las cabañas de sus 927 vecinos. No les caben los cerdos.

En esta orilla occidental de la isla, a los cerdos los pusieron en plataformas sobre el mar y las cabañas las construyeron sobre terrenos ganados a las aguas con rellenos de coral, roca y tierra. En noviembre y diciembre, época de vendavales y oleajes, a veces se inundan. Nunca fue tan angustioso como en 2008, cuando el mar entró con furia a la isla”.

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Hacia el Etna, hacia

Hasta aquí llegó la lava en 2001, aquí empezamos la caminata:

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Para mí era el tercer intento de caminar Etna arriba. En llegando a esta pasión / un volcán, un Etna hecho / quisiera sacar del pecho / pedazos del corazón.

Hace dos años hablé con la señora que barre el Etna. Entonces quise subir al volcán pero el cráter llevaba varios días lanzando cenizas, hasta cubrir los pueblos más cercanos con una capa negra de cinco centímetros. En Zafferana aquella señora barría la entrada de su casa con resignación geológica. La efusión del magma, la regeneración de la corteza continental, la orogenia y esas cosas están muy bien, pero luego se queda todo perdido y alguien tiene que barrer la creación del mundo.

Diez días después, cuando el mayor volcán de Europa ya se había calmado, hice un segundo intento de caminar hacia su cumbre. Hacia, al menos. Conocí a un montañero turinés que, después de escalarse todos los Alpes, llevaba ocho meses trabajando en un refugio del Etna. Cuando le pregunté si no se cansaba de estar siempre en la misma montaña, me dijo que el Etna nunca es la misma montaña. Que en ocho meses había visto ya muchas erupciones, que el paisaje se transforma constantemente, y para qué buscar montañas distintas si estás en una que no para de transformarse.

La mañana siguiente llovió a mares y una niebla espesa no dejaba ver más allá de treinta metros. Esperé una tregua hasta las once de la mañana, di un paseíllo apurado bajo el aguacero, subí por una ladera de pinos y abedules, gocé con la experiencia de pisar nieve y ceniza, crunch, crunch. Luego volví rápido y con cara de mala leche.

-No te disgustes, porque la lluvia te conviene –me dijo el guarda-. Así se limpia de cenizas la carretera y al menos podrás irte de aquí.

Hace unos días, tercer intento, las laderas del Etna eran de nuevo diferentes.

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Al llegar a los 2.600 metros -la cumbre está a 3.322- empezó a nevar y bajó una niebla muy espesa. Nos dimos media vuelta.

Al día siguiente el cráter del Etna empezó a echar gases. Y lo vimos mejor que nunca. Desde el avión.

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Vamos ya para casa

-Vamos ya para casa, capitán, que el 27 tengo que dar una charla en el Koldo Mitxelena.

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-¿Adónde vamos?

-El puerto de Pasajes estaría bien.

-¿Antxo, San Pedro…?

-San Pedro está bien, capitán.

-De acuerdo. Orine por la borda, por favor, tenemos que remontar 26 metros.

-Lo que haga falta. Debo volver a casa, se acabaron las esclusas.

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Dos océanos

En barco por el Canal de Panamá, de esclusa en esclusa, una anciana japonesa dormía bendita. Llevaba un pañuelo rosa para cubrirse la cabeza, gafas de cristales rojizos, guantes blancos. Dormía en uno de los asientos de la cubierta, bajo un toldo, cabeceando un poco y cruzando los brazos sobre su bolso. Pasaban petroleros, caían doce millones de litros por minuto para elevarnos en las esclusas y los pasajeros guardaban silencio al caminar a su lado. La siesta le duró dos océanos. Abrió por fin los ojitos, bostezó como un gato, sonrió a los pasajeros y miró alrededor quizá decidiendo si atlántico o pacífico.

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La gorra de la revolución

Le pregunté si vendían las gorras. Atencio López me dijo que sí, que las gorras lucen la bandera de la revolución de los indígenas kuna en 1925 contra las autoridades panameñas y que sí, que las venden. Él es presidente del Instituto de Investigación y Desarrollo de Kuna Yala y lo entrevisté porque estoy en Panamá preparando un reportaje sobre los kunas.

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Compré la gorra. Espero con impaciencia el momento de ponérmela y salir a pasear con ella por San Sebastián. Dada la tradicional solidaridad de los vascos con los pueblos indígenas, imagino que muchos paisanos vendrán a mi encuentro con entusiasmo.

El amable Atencio López, que visitó  el País Vasco hace unos años, me despidió con un apretón de manos y un saludo enérgico: agur!

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Barrer la patria

Cuánto trabajo dan las patrias, que necesitan plazas inabarcables para exhibir sus banderas monstruosas, y luego hay que barrerles la exageración.

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La plaza del Zócalo de la Ciudad de México abarca 46.800 metros cuadrados, el mástil se eleva 50 metros y la bandera mide 14 metros por 25.

Nueve barrenderos -seis mujeres y tres hombres- limpian la plaza, pasan el escobón por cada una de las losas en las que se divide la gigantesca plancha de cemento central. Intenté contar esas losas cuadradas, que deben de medir entre ochenta centímetros y un metro de lado. Caminé, fui contando las losas y me salieron 165 losas a lo largo y 132 a lo ancho, lo que da 21.780. Probablemente me equivoqué al llevar la cuenta, la misión resultó un poco mareante y no me atreví a repetirla. Pero vamos, échenle unas veinte mil losas de cemento.

Los barrenderos las barrían una a una y todavía más: utilizaban un alambre para sacar la porquería acumulada en las rendijas de las losas. Pregunté a Luis y me dijo que empezaban a las seis de la mañana y terminaban a las diez. Cuatro horas por nueve trabajadores, 36 horas barriéndole el orgullo a la patria.

Luego vi algunos barrios a los que les vendría muy bien izar una de esas banderas gigantescas que atraen a los equipos de limpieza.

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Leo que cuando las banderas monumentales de México se ajan o se estropean, las incineran con honores mientras suena el himno nacional.

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Infernuan bizitzeko bi modu

Luigi Ciotti apaiza plazan sartu zen, inguruan bost bizkartzain zituela, eta jendetzak hiru minutuko txalo zaparrada eskaini zion. Mahaian eseri, mikrofonoa hartu eta ia agurtzeko astirik hartu gabe, esaldi ozen bat bota zuen: «Italian daukagun arazo okerrena ez da Mafia! Italian daukagun arazo okerrena gu geu gara, gure kontzientzia eta gure hitzak!». Jendeak beste txaloaldi luze bat jo zuen. Mantuako plaza nagusian ospatu zen ekitaldia (Italia), literatur jaialdi handi batean, iraileko lehen astean.

Egun gutxi lehenago jakin zenez, poliziak elkarrizketa bat grabatu zion Totò Riina buruzagi mafiosoari, kartzelan kide batekin paseatzen ari zela: «Ciotti hori ere akabatu egin behar dugu, Puglisi beste apaiz hura bezala».

Hemen jarraitzen du, Gaur8 gehigarrian.

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Un passista no tiene alternativa

“Un passista no tiene alternativa. Debe llegar al pie del muro con diez minutos de ventaja por lo menos. Así lo subirá a pie, empleará un cuarto de hora más que quienes lo escalen en bici, llegará a la cima con cinco minutos de retraso y todavía tendrá alguna esperanza”. Palabras de Gino Bartali sobre el muro di Sormano, trazado y asfaltado en 1960 exclusivamente para atormentar a los ciclistas en el Giro de Lombardía. Longitud: 1,7 km. Pendiente media: 17%. Pendiente máxima: 25%.

Fotos: dos mías y dos del extraordinario Museo del Ciclismo de la Madonna del Ghisallo.

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Cumbre

Vimos a un niño llegando cabeza abajo a la cumbre del Mont Blanc.

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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