Ander Izagirre

Un verano a pedales

Viajando en bici la vida es muy sencilla. Nos costará volver a la complicación. Salimos de casa el 21 de junio, en cuanto acabó el confinamiento, hemos pedaleado el verano de punta a punta, de Donostia a Deltebre, de Porto Torres a Cagliari, de Nápoles a Parma. ¿Y ahora? Ni idea.

 

La vida: un resumen

Primera y última imagen de la visita a Pompeya.

Una vuelta por Cerdeña

Después de unas semanas en el Apenino emiliano, saltamos a Nápoles para seguir pedaleando por el Molise, el Abruzzo y luego ya veremos. Como va a ser un recorrido muy montañoso, entierro el ordenadorcito debajo de un árbol para no cargar con él, ya vendré a buscarlo y a actualizar el blog dentro de un tiempo.

Como algunos se interesaron por los detalles de nuestra ruta ciclista por Cerdeña, dejo aquí las etapas. Ya prepararé el itinerario para GPS, pero por ahora mirad los mapas, que son muy chulos y sugieren más ideas que las pantallas, al menos a mí.

1- Porto Torres-Castelsardo-Valledòria (49 km)

2- Valledòria-Trinità d’Agultu-Aggius-Tempio Pausania-Lago di Liscia-Capriuleddu-Coddu Vecchiu-Palau (110 km)

3a -Isla de la Maddalena-isla de Caprera-isla de Maddalena (25 km)

3b -Palau-Golfo de Arzachena-San Pantaleo (27 km).

4- San Pantaleo-Olbia (20 km) + autobús hasta Siniscola + Siniscola-Santa Lucia Siniscola (8 km)

5- Santa Lucia Siniscola-Monte Albo-Lula-Dorgali (76 km)

6- Dorgali-monte Tíscali-Dorgali (28 km + cuatro horas a pie)

7- Dorgali-Golgo-Santa Maria Navarrese (78 km)

8- Santa Maria Navarrese-Ulassai (44 km)

9- Ulassai-Perdasdefogu-Escalaplano-Nuraghe Arrubiu-Orroli-Nurri-Barùmini (93 km)

10- Barúmini-Villamassargia (72 km)

11-Villamassargia-vuelta a la isla de Sant’Antiocho-Sant’Antiocho (80 km)

12- Sant’Antiocho-Sant’Anna Arresi-Piscinni-Capo Malfatano-Pula (87 km)

Y de Pula a Cagliari en autobús.

 

Sigue la cinta azul

Decíamos, Alberto, que conviene ir a los sitios para entender mejor las historias. Pedalear hasta Ulassai te sumerge en una geografía determinante: la carretera sale de la costa oriental de Cerdeña, recorre valles cada vez más angostos y luego trepa en zigzag hasta un pueblo colgado sobre el abismo, al pie de unos picos agrietados cuyos derrumbes ya sepultaron el pueblo vecino.

En 1979, el alcalde pidió a la artista Maria Lai que ideara un monumento a los caídos en las guerras “como paso para entrar en la historia”. ¿Qué historia? Ulassai era uno de los pueblos más remotos de Cerdeña, “una isla dentro de la isla”, a la que solo se llegaba por senderos de mulas o con un tren traqueteante que tardaba doce horas hasta Cagliari, a poco más de cien kilómetros. A finales de los 70, los jóvenes abandonaban el pueblo y ya solo quedaban los viejos de familias divididas por odios inmemoriales. El ambiente era silencioso, desconfiado, a veces violento.

Lai respondió que un pueblo entra en la historia si pronuncia palabras propias, no imitando gestos ajenos. Caminó por las calles de su infancia, entró en las casas, escuchó historias: escuchó. Se quedó con una leyenda local. Una niña sube a la montaña para llevar comida a los pastores y, cuando rompe una tormenta, se refugia con ellos y con los rebaños en una de tantas grutas calizas de la zona. La niña ve pasar una cinta azul volando por el cielo y sale a perseguirla, en pleno aguacero. La gruta se derrumba, aplasta a los pastores y a las ovejas.

Lai dijo que ella no diseñaría ningún monumento a los caídos, pero propuso que todos los vecinos de Ulassai tendieran cintas azules de su casa a la vecina, hasta unir todo el pueblo en una obra de arte efímera. Recibieron la idea con recelo, con temor al ridículo, a veces con desprecio. Lai y un grupo de vecinos entusiastas tardaron dos años en convencer a los demás, y al final, el 8 de septiembre de 1981, un cohete con una cinta azul voló por los cielos de Ulassai y explotó: la señal de inicio. En menos de una hora, los vecinos tendieron veintisiete kilómetros de cintas de tela vaquera azul, haciendo un nudo en las cintas cuando unían casas que no se tenían amistad, colgando un pan cuando unían casas entre las que había amor. Así envolvieron todo Ulassai. Tres escaladores agarraron el cabo de la cinta y treparon hasta el pico más alto para amarrar el pueblo a la montaña. La obra se llamó “Atarse a la montaña”.

Se llamó, porque desapareció. Las cintas fueron efímeras, pero a partir de ese momento Ulassai revivió como comunidad, los vecinos se implicaron en proyectos novedosos y convirtieron el pueblo en una especie de museo de arte al aire libre, con una estación del arte dedicada a Maria Lai en la antigua estación de tren, con obras de artistas diseminadas por calles y carreteras, con un paisaje de vértigo muy bien cuidado para atraer a algunos puñados de visitantes como nosotros. Ulassai no es un pueblo cualquiera.

Escribió Maria Lai: “El arte es como la cinta azul: bello pero inseguro, no sostiene pero guía, es ilógico pero contiene verdades. Te saca de la gruta pero solo si tienes fantasía”.

Quedaba un asunto pendiente: los sesenta millones de liras que el ayuntamiento había presupuestado para el monumento a los caídos. Seguían empeñados en que Maria Lai hiciera alguna obra con ese dinero. La artista se reunió en la plaza con las mujeres del pueblo y recibió una petición unánime.

Esto lo dejamos ya para cuando escriba el reportaje completo.

PD: Tengo una curiosidad. Si no cuelgo esta entrada en Twitter y Facebook, ¿alguien se entera de que la he publicado? ¿Hay por ahí gente suscrita (en el recuadro de la columna derecha) que reciba avisos cuando publico algo aquí? Y si no, pues no pasa nada. Hablar solo es un buen ejercicio, sobre todo para un escritor en su blog.

El arrocero del fin del mundo

Salto otra vez varias semanas atrás, desde Cerdeña hasta el delta del Ebro, para colgar en este blog la columna que publiqué hace unos días en El Diario Vasco a propósito del arrocero Dani Forcadell, uno de los encuentros más interesantes de este viaje a pedales.

DOS METROS SOBRE TIERRA

Salimos pedaleando de casa y llegamos al fin del mundo. Aquí termina el camino, en la desembocadura del Ebro, en un terreno arenoso a punto de hundirse entre las aguas. Hace seis meses la borrasca Gloria sumergió durante días esta llanura que no pasa del metro y medio de altitud. Ni Ushuaia ni Nordkapp: no conozco un fin del mundo tan convincente como el delta del Ebro.

Aquí trabaja Dani Forcadell, 48 años, en este laberinto de canales, lagunas y arrozales, entre patos, garzas y flamencos. Y mosquitos, muchos mosquitos. “En el delta no cuaja el turismo masivo. Tenemos mosquitos, playas salvajes con vendavales, sigue siendo un territorio bravo y eso nos libra de convertirnos en otro parque temático”. Contra el menosprecio a los pagesots, a los agricultores, Dani abandonó la ingeniería informática para dedicarse al arroz como su padre y su abuelo. No con la azada y el sombrero de paja, como creen muchos, sino con tractores de GPS y pala láser, con tecnología para erradicar malas hierbas y peores bichos sin dañar el entorno. Enumera las angustias de febrero a noviembre -demasiada lluvia, demasiado calor, demasiado frío, viento seco, hongos, plagas de caracoles, acoso creciente del mar-, pero le brillan los ojos cuando fantasea con una temporada de circunstancias y decisiones perfectas. “Me rompo la cabeza para mejorar cada año esta tierra”, dice, con los pies en el barro y la cabeza a 1,75 m, abarcando así el delta entero.

Navarros en el Mediterráneo: el protoSalou de hace mil años

Vimos una librería en Baunei y entré a preguntar si tenían algo sobre Santa María Navarrese, la iglesia construida en la costa de Cerdeña por supuestos náufragos navarros, allá por el año 1052, chupinazo arriba chupinazo abajo.

Cuando le dije que yo era navarro (sí, qué pasa, de dónde venimos pues los donostiarras, y yo en los viajes he sido provechosamente navarro, bilbaíno, vasco, andorrano, español y uruguayo), el librero Giuseppe, más majo que las liras, removió Roma con Pamplona para conseguirme algo. Desenterró un viejo cómic polvoriento sobre la leyenda de la princesa de Navarra que naufragó en estas costas, me hizo una rebaja de 18 a 15 euros y lo mejor de todo: me dio el teléfono de Pasquale Zucca, antiguo alcalde de Baunei, el pueblo al que pertenece Santa María Navarrese.

-El exalcalde escribió un libro con la historia de la iglesia y se lo editó él mismo, pero ya no está a la venta. Llámale a media tarde y quizá consigas algo.

Baunei está colgado en una ladera panorámica, quinientos metros sobre el mar, como muchos pueblos sardos que no querían arrimarse a la costa: temían las invasiones de los piratas turcos y berberiscos, que solían recorrer muchos kilómetros tierra adentro para saquear, incendiar, violar y esas cosas de piratas.

Bajamos en bici -qué delicia- hasta Santa María Navarrese, donde antaño solo existían la famosa iglesia y cuatro cabañas de pescadores, y donde ahora ha crecido una urbanización con sus hoteles, tiendas de souvenirs, restaurantes turísticos y esas cosas de piratas. Ah, y con una bendita heladería donde comí un helado de queso de cabra con miel que ahora mismo me hace sollozar de nostalgia. Llamé al exalcalde Zucca, presumí de navarro por segunda vez antes de que cantara el gallo, y me habló entusiasmado:

-¡Qué bien, un periodista navarro! ¿Dónde estás?

-En Santa María Navarrese, cerca de la iglesia, junto a una heladería donde hacen un helado de queso de cabra con miel que se va del mundo.

-Espérame, llego en diez minutos.

Resulta que el señor Zucca estaba en Baunei, colgado allá en la montaña, pero bajó en coche inmediatamente para traerme un ejemplar de su libro, pasearme alrededor de la iglesia y contarme historias navarras.

Zucca defiende que la iglesia la fundó alguna de las hijas del rey García Sánchez III, alias el de Nájera. Con princesa o sin ella, los  arcos de herradura y un relicario de plata muestran un estilo mozárabe extraño en Cerdeña, que debió de venir hace mil años desde el norte cristiano de la península Ibérica. La leyenda habla de una princesa que naufraga con su séquito y levanta el templo para dar las gracias a la Virgen por su salvación. ¿Qué andaría haciendo por aquí? ¿Ir o volver de alguna visita al papa de Roma, como ya había hecho su padre? En aquella época los reyes de Pamplona estaban emparentados con los condes de Barcelona y quizá compartían sus expediciones comerciales por el Mediterráneo. Xabier Alberdi, director del Museo Marítimo Vasco, me dice por teléfono que la iglesia quizá responda a algo más que un episodio aislado con náufragos y princesas: es posible que los navarros establecieran en esa costa de Cerdeña un puesto comercial, como hacían en otros puntos del Mediterráneo. Solían construir una iglesia, que funcionaba como templo, lugar de reunión, cogollo de viviendas y almacenes…

El señor Zucca es un navarrista fervoroso y torrencial. Habla con entusiasmo de Pamplona, de San Miguel de Aralar, de los artistas mozárabes de Nájera, de las regatas de traineras en los pueblos costeros, la maravillosa bahía de La Concha, el río Urumea y las asombrosas subidas y bajadas de la marea cantábrica, el congreso por la unificación del euskera en Arantzazu, la batalla de Roncesvalles, el castillo de Olite y Miguel Induráin.

El origen de Santa María Navarrese es muy borroso y el señor Zucca miraba al olivo milenario de la iglesia con un poco de frustración:

-Si este olivo hablara…

Y yo ya le expliqué que en realidad soy guipuzcoano, antes de que cantara el gallo, cuando me animé a contarle lo que suelen hacer los navarros cuando van por ahí recorriendo playas.

Fotos: el señor Zucca junto a la iglesia ampliada de Santa María Navarrese (la del siglo XI está dentro) y el olivo milenario.

 

Viaje de caracol

Así a lo tonto llevamos un mes viajando a pedales. El mayor placer y el mayor lujo es la ligereza: levantar tu casa por encima de la cabeza, sacudirla un poco todas las mañanas y marcha.

 

Dónde vas, zagala

Salto unas semanas atrás, de Cerdeña a Aragón. En los primeros días del viaje visitamos las ruinas del pueblo viejo de Belchite, en Zaragoza, y allí escuchamos esta historia que ayer publiqué en mi columna semanal de El Diario Vasco.

JOSEFINA VIVE

Los vecinos de Belchite se refugiaron en sus bodegas durante dos semanas de bombardeos. Tiraron los muros para pasar de unas a otras, según las casas se iban derrumbando y sepultando a decenas de personas; sufrieron hambre y sed; enfermaron, agonizaron, amontonaron cadáveres. En la última noche de aquella batalla que dejó cinco mil muertos, los pocos resistentes franquistas intentaron romper el cerco republicano. El comandante Santa Pau lanzó una granada para abrirse paso, echó a correr y vio que lo seguía una niña. Era Josefina Cubel, de 12 años. “Dónde vas, zagala, quédate con tu familia”. Una ráfaga de metralleta mató al comandante y reventó una pierna a Josefina. Su padre, su hermana de 15 años y su hermano de 7 se la encontraron tendida en un charco de sangre (“dejadla, que está muerta”) y siguieron corriendo entre el tiroteo. Caminaron tres días hasta Zaragoza sin saber que Josefina aún vivía, rescatada por los republicanos, operada en el hospital de Alcañiz. Al cabo de tres meses, otra superviviente volvió del hospital y se encontró con la familia Cubil de luto. “¿Quién se os ha muerto?” “Josefina”. “¡Pero si está en el hospital!”. Juntaron dinero entre los vecinos para que la madre fuera en autobús a recoger a su hija resucitada. Ahora Josefina tiene 95 años, la pierna coja, la memoria fresca. Nos lo cuenta su sobrina Pilar, entre las ruinas del viejo Belchite, y pregunta si se nos hizo duro el confinamiento.

El ombligo de Cerdeña

Nos peleamos con tres burros por un sitio a la sombra, afianzamos nuestras posiciones, atamos las bicis, redesayunamos y echamos a caminar montaña arriba. Empezamos la excursión en el fondo del Odoene, un valle de pequeñas masías desperdigadas entre huertas, olivares y viñedos, al pie de las enormes moles calizas del Supramonte. En algún lugar detrás de aquellos murallones estaba el poblado prehistórico de Tíscali. Parecía imposible que un sendero trepara por allí, pero algún tipo curioso de hace cuatro mil años ya metió las narices entre los bloques de caliza y los bosques verticales, ya trepó la montaña por una rendija, bajó al otro lado, volvió a trepar por otra pared, hasta toparse de repente con un paraje increíble. Nadie sabe cómo se decía mecagüensós en el idioma sardo de hace cuatro milenios, pero algo así debió de decir aquel tipo.

Nosotros solo debíamos seguir las marcas de pintura blanca y roja durante un par de horas a la ida. Subimos por la rendija de la Sùrtana, nos colamos en suave descenso por un bosque de robles y volvimos a subir por la ladera de bloques caóticos del monte Tíscali.

(Foto: tramo final de la subida al monte Tíscali).

Solo en el último momento, al cruzar un umbral rocoso, apareció el paraje: un cráter en el lugar de una antigua cumbre que colapsó. Era una dolina, una depresión habitual en paisajes calcáreos, donde el agua va perforando galerías y cuevas, hasta que a algunas se les hunde el techo y quedan como cráteres a cielo abierto. Dentro de la dolina de Tíscali, protegidas bajo los rebordes del cráter, quedan restos de cabañas de piedra de la edad nurágica, la civilización sarda de hace tres milenios, incluida la que llaman la cabaña del jefe. Los expertos dicen que este espacio ya lo habitaron los prenurágicos, también los nurágicos –porque encontraron cerámicas de esa época- y los sardos de época romana –porque encontraron un ánfora de vino de la Campania: toma globalización-.

(Foto: dolina de Tíscali, con los restos de una cabaña bajo una ventana natural).

Qué tipos, los prenurágicos: no solo tenían las cinco vocales en su nombre (!), sino que además eran capaces de organizarse la vida en este agujero perdido en el corazón de las montañas de caliza achicharrada. Es un refugio fresco en verano y cálido en invierno, a salvo de invasores y de vendedores de telefonía (una compañía sarda tomó el nombre de Tíscali, a algunos os sonará porque copatrocinó el equipo ciclista CSC Tiscali, con Sastre, Jalabert, Hamilton y compañía, pero mira tú por dónde: en el monte Tíscali no hay señal telefónica).  El cráter tiene esas ventajas, claro, pero debía de ser una complicación del carajo procurarse agua, pan, carne de cabra, periódicos y algún que otro vicio de la época.

No se sabe casi nada de aquellas gentes. Parece increíble que apenas se hayan hecho excavaciones en este tremendo lugar, pero resulta que Cerdeña tiene más de seis mil sitios arqueológicos, porque los nurágicos dejaron la isla plagada de construcciones de piedra, torres, poblados, pozos, monumentos funerarios, y este poblado de Tíscali presenta un acceso muy complicado.

Bajamos de vuelta a las bicis, pedaleamos de nuevo y en los siguientes días seguimos encontrando obras milenarias, misteriosas, mudas. En Cerdeña por falta de piedras no será.

(Foto: posnurágica frita, tras la subida a Tíscali, sin tiempo ni para morder la nectarina).

Bienvenidos a la Barbagia

Bajábamos de las montañas y al fondo de una recta larga vimos dos siluetas bajo el viaducto de una autovía. Las siluetas llevaban gorro de plato: dos carabinieri a la sombra, refugiados del calor achicharrante, con los fusiles en ristre. Nos saludaron y nos dejaron pasar. Montaban uno de los tantísimos controles que estos días circundan las montañas interiores de Cerdeña, porque están buscando a Graziano Mesina.

Graziano Mesina, o Grazianeddu, como lo llaman en los diarios, es el bandido sardo más famoso del último medio siglo, un secuestrador y asesino que ha ido alternando treinta años de cárcel con largas temporadas como prófugo en las montañas de la Barbagia. A principios de julio esperaba otra sentencia de treinta años por tráfico de drogas. Mesina, de 78 años, iba todos los días a firmar al cuartel de los carabineros en Orgósolo, su pueblo. Y los carabineros tocaban de vez en cuando la puerta de su casa para confirmar que seguía allí. Mesina abría la ventana y respondía a los agentes: “Aquí estoy, todo en orden”. El jueves 7, el mismo día en que se ratificó su condena, los agentes fueron a buscarlo y ya no lo encontraron.

Los carabineros burlados ahora montan controles por toda la región. A Mesina lo tendrá escondido algún pastor, especulan los diarios. Se estará aprovechando del coronavirus, dicen otros, porque este año apenas han venido foráneos y las montañas están llenas de segundas residencias vacías que podrá ocupar sin que nadie se entere. O habrá pasado a Córcega, refugio tradicional para fugitivos sardos. “La ropa no la necesito, dádsela a los pobres”, dicen sus familiares que dijo Mesina antes de desaparecer, y los articulistas creen que esa frase es algún tipo de mensaje cifrado para sus cómplices, andan todos locos sacando interpretaciones.

Bienvenidos, pues, a la Barbagia, como llamaron los romanos a estas montañas donde se refugiaban los sardos irreductibles. Conocíamos su fama de tierra de bárbaros, de bandidos legendarios y, penúltimamente, de secuestradores de hijos de millonarios que veranean en la Costa Esmeralda. No esperábamos recorrer la región justo cuando cientos de carabineros y militares la rastrean en busca del bandido.

Veníamos de gandulear en el archipiélago de la Maddalena, un paraíso de granito rojo y calas esmeraldas, y, como Mesina, nos metimos hacia las montañas en busca de más tranquilidad, que ya empieza a ser vicio. A partir de Siniscola subimos por una de las carreteras más hermosas y solitarias que recordamos en mucho tiempo, recorriendo la espalda de una gran mole caliza a la que llaman Monte Albo, a seiscientos, ochocientos metros de altitud, con vistas panorámicas de las montañas y la costa.

-Aquí mismo, en una cueva a cuatro kilómetros, tenían escondido a Farouk –nos contaron en una antigua casa caminera, ahora reconvertida en albergue. Farouk Kassam era un niño de 7 años, emparentado con la familia del Aga Khan, dueño de media Costa Esmeralda. En 1992 lo tuvieron seis meses secuestrado y le cortaron un pedazo de la oreja izquierda para enviárselo a la familia. En una jugada oscura, las autoridades italianas concedieron un permiso “por motivos familiares” a Grazianeddu Mesina, que entonces cumplía su larguísima condena, para que mediara con los secuestradores. Así consiguieron liberar a Farouk.

-Este albergue tampoco está mal para esconder a Mesina, ¿no?
-Qué va, no compensa, el hombre ya está viejo, come mucho, bebe mucho…

Los secuestradores de Farouk eran de Lula, el siguiente pueblo por la carretera solitaria del Monte Albo. A fuerza de asesinatos, secuestros y bombazos, en Lula nadie se atrevía a presentarse como alcalde y el ayuntamiento estuvo vacío entre 1990 y 2002. Solo podemos decir que en el bar fueron decepcionantemente amables, nos prepararon un bocata a deshoras y nos cobraron muy poco.

En Aggius un vecino nos había recomendado el museo del bandidismo -¡es el único de Italia, es nuestra especialidad!-, pero estaba cerrado. A cambio, en la charcutería nos preguntaron si queríamos bolsa, dijimos que no y luego descubrimos que nos habían cobrado diez céntimos por la bolsa que no nos dieron: muy buen detalle, para mantener viva la especialidad y para hacernos sentir una humilde experiencia como víctimas del bandidismo. Turismo de experiencias, creo que lo llaman.

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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