Potosí, 2018

En marzo volví a Bolivia para encontrarme de nuevo con Alicia y otros protagonistas del libro ‘Potosí’ (Libros del K.O.).  Tras la visita, escribí las novedades de sus vidas en un epílogo que ahora publica la revista 5w.

Empieza así:

“Alicia tiene ya 22 años. Frente a la catedral de Potosí, para un taxi.

—Vamos al Alto San Marcos.

—¿Qué parte?

—Un poco más arriba. Del Alto San Marcos hacia arriba, donde hay unas viviendas nuevas.

El taxista dice que no y se marcha.

Alicia lo intenta con otro y otro y otro. Solo el quinto, un taxista muy joven, acepta llevarnos. Dice que no conoce la zona, pero que se la indiquemos. Nos subimos al coche: Alicia, su bebé Emma, que ayer cumplió un año, y yo.

Alicia llevaba a su niña atada en un aguayo a la espalda. La ha desenvuelto para entrar al taxi y ahora la sostiene en brazos: una niña a la que todo le parece interesantísimo, que no para de bracear en el aire, de girarse y de reírse, con una cara regordeta y dos ojazos como dos ciruelas negras. Alicia la mira divertida, como si todavía estuviera asombrada con la idea de una hija. Cuando la he visto por primera vez, Alicia me ha parecido una madre joven –el cuerpo más ancho, el aplomo en los movimientos para cargar y descargar al bebé, un aire de responsabilidad adulta—; ahora la veo jugar con Emma y le afloran los rasgos que yo recordaba, los ojos almendrados, la sonrisa tímida, una cierta inseguridad infantil. Pero no del todo, ya nunca será así del todo. Una mano de sombra le cubre a ratos el rostro. Incluso cuando sonríe, queda patente que el tiempo del Cerro Rico marca los cuerpos con más violencia que el tiempo de otros sitios: le faltan dos dientes y le pusieron unas fundas metálicas brillantes”.

Sigue aquí.

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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