Todo el mundo va en vespa menos yo

En Palermo tienen muy afinada la publicidad contextual. Ya sabéis: escribes en un correo que alguien estaba “borracho como una cuba” y Google, que es más listo que tú y que yo, te ofrece una guía de bares con encanto en La Habana. Pero lo de Palermo es aún más sofisticado: te lo hacen en plena calle con vallas tradicionales y con un punto de cachondeíto que, en fin, no me ha hecho ninguna gracia.

No hay derecho. La mañana posterior al pinchazo que me tiene varado en Palermo para tres días, salí al puerto a curiosear rutas y horarios de barcos y me encontré este cartelón. Ahí tenéis al chaval feliz, con su vespa azul, sus ruedas bien hinchadas, y además recordando de una manera muy poco sutil aquel refrán de nuestros antepasados: el que tiene vespa tiene neska. Y yo allí, con mi vespa azul medio perdida en un callejón de las afueras, con sus ruedas pinchadas, y mientras tanto vagando por el puerto, cabizbundo y meditabajo, mientras desde las sombras me miraban con sospecha hombres morenos de patillas patibularias, seguramente reunidos en asamblea clandestina para fundar el sindicato alternativo de estibadores palermitanos.

Desde el puerto, caminé por las callejuelas retorcidas y destartaladas de la Vucciria, entre casas derruidas, plazas guarras, fritangas de sardinas, motocarros que acarreaban milagrosas pirámides de alcachofas, señoras en batín que con sus gritos de balcón a balcón alcanzaban el grado 8 en la escala Richter, todo muy pittoresque, muy pittoresque, incluida la abuela que lavaba ropa en la fuente del Garrafello y que, cuando un niño travieso le escondió un balde, le metió un bofetón también muy pittoresque; y, en fin, al salir a las avenidas me senté a ver pasar vespas.

Me senté en Quattro Canti a ver pasar vespas, me senté en la piazza San Doménico a ver pasar vespas, iban en vespa los viejillos, iban en vespa los gafapastas, y las chicas tan elegantes que me ponen un poco nervioso con su melena negra y rizada ondeando fuera del casco y su gesto fiero de velocidad, y los matrimonios etíopes muy abrazados, iban en vespa todos menos yo.

Como ya no podía más, eché a andar y en las esquinas hacía sin querer un leve gesto girando el puño izquierdo, clac-clac, el gesto de embragar la vespa -ay, ¡aquel callo del vespista!-, y en un momento ya hasta me puse el casco y caminé con él -puro Calimero-, un poco por nostalgia de la velocidad y un poco por disimular los ojillos húmedos.

Luego fui a comprar otro cannolo, que consuela bastante, me espolvoreé el azúcar glaseado por media chaqueta -qué tíiiipico-, me remosté los morros con una plasta de queso ricotta, y me lo zampé mientras paseaba por el corso Vittorio Emanuele, suspirando cremoso, pensando que Italia es un país muy civilizado porque llueve solo por las noches.

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Palermo: pierdo tres turnos

O cómo un pinchazo me deja tres días parado.

Ayer sábado, entrando en Palermo a las dos y cuarto de la tarde, pinché la rueda trasera. Puse la rueda de repuesto, que debía de llevar en la moto desde la época de Vespasiano, y vi que perdía aire por todas partes. Los talleres acababan de cerrar. Y como el lunes es Lunes Santo, no vuelven a abrir hasta el martes. Así pues, me toca quedarme en Palermo desde el sábado hasta el martes.

Como era imposible arrastrar la vespa ni cien metros, la aparqué como pude, cargué cuatro cosas en la mochila y caminé tres kilómetros hasta el centro.

Junto con la rueda, se me han pinchado varios planes sicilianos y también pierde aire una idea que me estaba rondando para prolongar la ruta, pero en fin, esto de los viajes es como el juego de la oca. Mientras pierdo tres turnos en la casilla de Palermo, procuraré disfrutarlos.

Al menos la jornada mereció la pena solo por el encuentro asombroso con Dani Burgui y Paula Vilella, que volvían de preparar unos reportajes muy prometedores en Malta, y pasaban por Palermo de camino a casa, justo el día en que yo llegaba culeando con la vespa pinchada y justo el día en que ambos cumplían años. Las penas con amigos (y con un arancine relleno de carne, unos calamares a la brasa, un cannoli cremoso como el del post anterior, unas cervezas y un helado de pistacho y avellana) son mucho menos.

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Vespacio por Sicilia

Llevo unos días dándole la vuelta a Sicilia en vespa. Si eso, ya lo iré contando, vespacio, vespacio. Qui va vespacio, va lontano.

(Hace seis años, Vespaña).

 

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Isla

Me declaro en huelga hoy y, de paso…

… y, de paso, en estado de insularidad los próximos veinte días.

“A las islas se les atribuyen rasgos y estados de ánimo humanos: también son solitarias, silenciosas, sedientas, abandonadas, desconocidas, malditas, a veces afortunadas o bienaventuradas (…).

“Los que más olvidados están son los escollos, sobre todo los que carecen de dolinas y agua potable: si no se incorporan a un archipiélago conocido, pierden su identidad en la jerarquía de la costa, quedan para siempre apóstatas, célibes, anacoretas. Las rocas que sobresalen en los bordes de las islas han suscitado cuentos de horror y espectros (…).

“Las islas se convierten a menudo en lugares de recogimiento o paz, arrepentimiento o expiación, exilio o encarcelamiento: por eso cuentan con tantos monasterios, cárceles y asilos, instituciones que asumen y a veces llevan al extremo la condición y el destino insulares (…). El rasgo común de la mayor parte de las islas es la espera (…).

“Pero las islas ayudan menos de lo que se cree a vencer o poseer el mar”.

Predrag Matvejevic, Breviario mediterráneo.

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El ciclista que salvó a 800 judíos

Durante la Segunda Guerra Mundial, Gino Bartali siguió sus entrenamientos por la Toscana y gracias a ese empeño consiguió la proeza de ganar otro Giro y otro Tour en la posguerra, diez años más tarde de haber ganado los anteriores. Casi nadie supo que esos entrenamientos ayudaron a salvar a 800 judíos de la persecución nazi y fascista.

Las patrullas fascistas italianas no se atrevían a molestar a Bartali, un ídolo nacional, de manera que él aprovechó sus entrenamientos para conectar las iglesias y los conventos en los que una red católica clandestina se afanaba en la salvación de judíos. Pedaleaba hasta las imprentas secretas de los monasterios, sacaba el sillín y el manillar, escondía los pasaportes falsificados en los tubos de la bicicleta y seguía con el entrenamiento por varias parroquias para entregar los documentos a los curas que los redistribuían entre los judíos que intentaban huir. Otras veces, las rutas de Bartali servían de guía para indicar a los fugitivos cuáles eran los caminos más fiables para escapar o para llegar hasta algún refugio seguro.

Bartali murió en el año 2000, a los 85, y su colaboración secreta solo se conoció tres años más tarde, cuando salieron a la luz unos documentos de Giorgio Nissim, el judío italiano que montó la red de salvamento. En noviembre de 2010 a Bartali le dedicaron un reconocimiento póstumo en el Jardín de los Justos, en Jerusalén. El ciclista murió sin contar nada. Se limitó a cumplir con su deber.

Más detalles, pronto, cuando reeditemos el libro Plomo en los bolsillos, con tres capítulos nuevos.

(La foto la encontré aquí).

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Un programa al que atenerse

1. John Steinbeck, Al este del Edén, 1952:

“En una época como esta, me parece bueno y natural hacerme las siguientes preguntas: ¿en qué creo?, ¿por qué debo luchar y contra qué debo luchar?

Nuestra especie es la única capaz de crear, y posee solamente un instrumento de creación: la mente individual de cada persona. Nunca dos personas crearon algo. No existen buenas colaboraciones cuando se trata de música, arte, poesía, matemáticas o filosofía. Después de que ha tenido lugar el milagro de la creación, el grupo puede adaptarlo y entenderlo, pero nunca inventarlo. Lo valioso siempre está oculto en la mente solitaria de una persona.

Y ahora, las fuerzas reunidas en torno al concepto de grupo han declarado una guerra exterminadora a esa entidad rara y preciosa, es decir, a la inteligencia humana. Por el menosprecio, por el hambre, por las represiones, por las imposiciones y los martillazos del acondicionamiento, el espíritu libre y andariego se encuentra perseguido, aherrojado, embotado y emponzoñado.

Pero yo creo que la mente libre e investigadora del individuo es la cosa más valiosa del mundo. Y por eso lucharé a favor de la libertad de pensamiento, para que pueda seguir la dirección que desee, sin imposiciones ni ataduras. Y lucharé contra cualquier idea, religión o gobierno que limite o destruya al individuo. Así soy y así seré. Comprendo que un sistema construido sobre un molde determinado trate de destruir el espíritu libre, porque este representa una amenaza para su supervivencia. Por supuesto que lo comprendo, pero lo detesto, y lucharé contra ello para preservar lo único que nos diferencia de las bestias incapaces de crear. Si la gloria puede ser aniquilada, estamos perdidos”.

2. Antón Chéjov, en una carta a Alekséi Pleschéiev, 1888:

“No soy un liberal, no soy un conservador, no soy un progresista, no soy un monje, no soy un indiferente. Me gustaría ser un artista libre, nada más (…). Odio la mentira y la violencia en todas sus formas (…). Considero un prejuicio las insignias y las etiquetas. Mi sancta sanctorum es el cuerpo humano, la salud, el intelecto, el genio, la inspiración, el amor y la libertad absoluta; liberarme de la violencia y de la mentira bajo cualquier forma: ese es el programa al que me atendría si fuese un gran artista”.

3. Philip Roth, Pastoral americana, 1997:

“El cántico monótono de los adoctrinados, armados ideológicamente de la cabeza a los pies, el canto monótono, hechizado de aquellos cuya turbulencia solo se puede enjaular dentro de la sofocante camisa de fuerza del más supercoherente de los sueños. Lo que faltaba en aquellas palabras que su hija había pronunciado sin tartamudear no era la santidad de la vida…, lo que faltaba era el sonido de la vida”.

[Actualización. Bola extra: "El matiz es tu tarea", también de Roth]

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Mi primer libro electrónico (que viene, que viene)

Voy a publicar mi primer libro electrónico: Groenlandia cruje (y tres historias islandesas). Saldrá en eCícero, una nueva editorial de libros electrónicos de periodismo. Empiezan en marzo, con una crónica sobre Guinea de Jon Lee Anderson. Seguirán en abril, con una colección de entrevistas de José Martí Gómez. En mayo, justo cuando en Kulusuk el mar empieza a crujir, agrietarse y descongelarse, aparecerá mi librito, en cuya cubierta aúlla el perro de Dani Burgui (el perro fotografiado por él). Yo acabo de comprarme un e-book, para ir salseando.

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El origen de las especies en la lucha por la vida

A finales de marzo de 2011 conocí los hayedos aún invernales de Oberan y al salir al asfalto vi una señal terrible de la llegada de la primavera: docenas de ranas aplastadas por los coches. Esta vez he vuelto a mediados de marzo, un par de semanas antes que en 2011, y he visto charcas con montones de huevos de rana y charcas con renacuajos de impacientes y largas colas. Supongo que dentro de unos días se repetirá, sobre el asfalto, el holocausto anfibio.

Responso mudo: Memories of green.

Mientras tanto, a finales del invierno ocurre en los bosques guipuzcoanos otra transformación hermosa: los simios descienden a tierra y se convierten en seres humanos. Entre el darwinismo y el creacionismo, algunos incluso parecen bajar directamente por escaleras desde el cielo. Estos humanos te devuelven el rosario de tu madre, son felices con vino y un trozo de pan y también, cómo no, con caviar y champán, y se esponjan con el primer sol tibio de la primavera, que se derrama suave y pegajoso como la yema pinchada de un huevo frito.

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Nostalgia y resistencia

“Caminar, en el mundo contemporáneo, podría ser una forma de nostalgia o de resistencia (…). La marcha es propicia al desarrollo de una filosofía elemental de la existencia, basada en una serie de pequeñas cosas; conduce durante un instante a que el viajero se interrogue acerca de sí mismo, acerca de su relación con la naturaleza y con los otros, a que medite, también, sobre un buen número de cuestiones inesperadas (…). El vagabundeo, tan poco tolerado en nuestras sociedades como el silencio, se opone así a las poderosas exigencias del rendimiento, de la urgencia y de la disponibilidad absoluta para los demás”.

David Le Breton, Elogio del caminar, (Siruela, 2011).

Camino de Gorostapolo a Xorroxin:

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Me importa y no me importa

Un día, por fin, te das cuenta de que pasas la vida viajando siempre entre los mismos dos puntos, que en cuanto empiezas a ver el cartel de uno ya giras para regresar al otro, y entonces te quedas mucho más tranquilo, igual hasta te pones a silbar.

 

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Nací en Donostia-San Sebastián en 1976.
Soy periodista satélite.
Kazetari alderraia naiz
(Más sobre mí)







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