CISQUELLA Georgina

Meneses, me duele la mandíbula

Jaime llega muy excitado a un bar de El Cairo. Les muestra a sus amigos un ejemplar de la revista Paris Match en la que aparece, en página entera, la foto de una espectacular chica nuer casi desnuda, en la orilla del Alto Nilo. Quiere viajar a Sudán para buscarla y casarse con ella. Enrique decide que en estos casos a los amigos hay que acompañarlos. Lían el petate y se marchan. A la mujer no la encuentran, claro, pero Jaime y Enrique siguen hacia el sur durante meses y llegan hasta Ciudad del Cabo.

En ese viaje de finales de los años 50 atraviesan una África en vísperas de la descolonización, todavía un territorio de ingleses de pantalón corto y medias blancas y de estrambóticos reyes negros. Ese viaje está relatado en el libro África de Cairo a Cabo, que yo leí de chaval como una fascinante novela de aventuras, y que me hizo empezar a sospechar que los viajeros son, sobre todo, unos tremendos buscadores de excusas.

Y Enrique era Enrique Meneses.

Con el tiempo supe que Meneses acompañó a Fidel Castro y al Che Guevara en la Sierra Maestra durante la revolución cubana, que fotografió la Guerra de Suez, que cubrió la Marcha Negra en Washington y el discurso de Luther King, que entrevistó al Sha de Persia y a su mujer Farah Diba, que para hacer su primer reportaje, siendo aún adolescente, cogió un taxi en Madrid, viajó hasta Linares, donde agonizaba Manolete, y consiguió una entrevista con el cirujano del torero, por la que le pagaron 150 pesetas (y el taxi le costó 400: la proporción entre ingresos y gastos del periodista autónomo viajero se mantiene como una ley universal).

Luego le escuché contar cómo hizo su último trabajo sobre el terreno en Sarajevo, durante el asedio serbio. Y que  entonces, con los pulmones ya desmigados por seis décadas de dos paquetes diarios de Ducados, su calvario consistió en que le habían dado una habitación en el sexto piso del legendario hotel Holiday Inn, el de los periodistas, y como no funcionaba el ascensor, se ahogaba y sufría como un perro cada vez que subía por las escaleras. Allí Meneses estaba en clara desventaja con otros reporteros jóvenes como Gervasio Sánchez o Alfonso Armada, a los que él, con envidia, llamaba “olímpicos”: claro, es que cuando atravesaban la avenida de los francotiradores, Sánchez y Armada podían correr…

En estos últimos años, Meneses ha peleado con un cáncer y ahora vive amarrado dieciséis horas diarias a una bombona de oxígeno por culpa de una enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Aun así, con 81 años, mantiene una especie de redacción en el salón de su casa y sigue tecleando todos los días, como ha hecho desde los 15. Escribe textos de análisis internacional y sigue haciendo periodismo a través de su muy activo blog, de sus cuentas de Twitter y Facebook, incluso de la red social Tuenti, frecuentada por la chavalería, en la que tiene problemas para registrar sus datos porque dice que el formulario no contempla la posibilidad de marcar 1929 como año de nacimiento.

Hace unos días, en Madrid, asistí al estreno de un documental apasionante sobre la vida de Meneses: Oxígeno para vivir. Periodismo de la Generación Magnum a la 2.0. La película de Georgina Cisquella, por la que desfilan figuras como Manu Leguineche, Rosa María Calaf, Gervasio Sánchez o Gerardo Olivares, es sobre todo una celebración del entusiasmo de Meneses, de la pasión con la que rememora el trabajo de los grandes reporteros de los últimos cincuenta años y la pasión con la que ahora se lanza a la revolución digital del periodismo.

Al día siguiente del estreno, nos sentamos en el salón de Meneses a las ocho de la tarde y no nos levantamos hasta la una de la mañana. Este hombre es un volcán. Relataba en estado de erupción tremendas batallitas que nos dejaban durante horas con la mandíbula colgando: su telefonazo de madrugada a la alcoba de un general sirio para sacarle una entrevista, la persecución por medio mundo para salvar a su prima de una boda no deseada, las escaramuzas guerrilleras en los talones del Che y las frases que se le atribuyen mal… Y cuando nos quejábamos de las dificultades del periodismo actual, de la inestabilidad del oficio y otros lloriqueos, a Meneses se lo llevaban los demonios y repetía que el buen periodismo es aventura, que hay que largarse, huir de las redacciones y pasar de los jefes, que  si aquí sólo hay sitio para Belén Estebán debemos ofrecer nuestro trabajo en el extranjero, que las redes sociales y los blogs son una bendición para el periodismo, que él sigue vendiendo fotos históricas gracias a su cuenta en Flickr, que salgamos al mundo con un ordenador bajo el brazo, que movamos el culo de la silla, que pretender amarrar la seguridad es un absurdo contra la vida. Meneses era el más joven de la sala.

Tuve la gran suerte de que la banda de 1001medios me invitara a esa tertulia, una de las que suelen organizar y grabar en casa de Meneses. También participó Edurne Arbeloa, periodista de Cuatro. Todo esto lo lió el salsero de Javier F. Barrera, una especie de Argiñano del periodismo, otro tío sísmico, para que habláramos con Meneses de periodismo freelance, de periodismo trotamundos. Hablamos durante horas y horas, pero en un momento Rosa Jiménez Cano ordenó un poco la tertulia y Mirentxu Mariño se puso a grabar. Aquí han colgado unos extractos en un vídeo de cuatro minutos. Y en la columna derecha de 1001medios.es, en el apartado de podcast,  también han publicado un audio bastante más largo, para valientes (Tertulia: Enviados).

Cuenta Javier que si llamas “maestro” a Meneses, él se mosquea por la pomposidad y te llama “pequeño saltamontes”.  Tiene la misma habilidad para disolver los halagos que Manu Leguineche, a quien hace unos años sí se me ocurrió llamar “maestro” (pero en el blog, ¡no a la cara!). En los homenajes, entre lagrimones, Leguineche decía como quien espanta moscas: “Yo lo único que he hecho ha sido trabajar, lo demás os lo habéis inventado vosotros”.

Ellos también inventan algunas cosas para seguir dando guerra: ahora Meneses reta a Leguineche a una carrera de silla de ruedas.

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Escribo con los veinte dedos.
Kazetari alderraia naiz
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