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Una historia familiar

Resulta sorprendente cómo a veces alguien extraño puede lograr explicar tus sentimientos mucho mejor que uno mismo. Eso es precisamente lo que me acaba de ocurrir con este magnífico reportaje de Informe Robinson sobre el ciclista Markel Irizar y el relato de su experiencia con el cáncer. Desde el momento de la comunicación del diagnóstico, la crudeza del tratamiento o los primeros progresos en su día a día, he sentido como si me estuviera observando extrasensorialmente, expresándome a través de sus labios [*]. Cómo olvidar que yo también hice de Lance Armstrong, y de su autobiografía ‘Mi vuelta a la vida‘,  todo un referente como paciente.

Mi recomendación: dedícate los siguientes 20 minutos de optimismo y superación. Después de una larga noche, siempre sale el Sol.

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[*] Esta es la razón por la que me identifico con la historia de Markel Irizar.

Dos ancianos sin estudios que anticiparon la crisis antes que nuestros políticos

A veces basta con escuchar a nuestros mayores. En este fragmento de apenas cinco minutos de un documental que jamás vio la luz, dos abuelos de Soria hablaban en 2007 de las duras condiciones de vida del pasado, de los privilegios contemporáneos y de la debacle que anticipaban para un futuro inminente, esa que estamos padeciendo -casi- todos desde hace unos años cuando llamó a nuestra puerta, mostrándose desde entonces entusiasmada con nuestra hospitalidad.

Vale la pena… [Vía ShowU]

Historias del bus de Palma

Resulta que hace unos días recibí un par de piropos por unos microrrelatos que escribí hace meses. Se tratan de historias de ficción inspiradas en pasajeros reales del bus urbano de Palma. Por eso he decidido compartirlos de nuevo contigo, por si te vale la pena.

De los tres que escribí, bautizados como ON BUS BLOG MOUNTED, me quedo con el primero y el último. Ahí los tienes:

I La chica de la sonrisa de cielo

Cada día acude puntual a su cita. Espera a que el mastodonte de acero le abra las puertas de su garganta para aceptar su invitación. Entra con la determinación del que nada teme, luciendo esa expresión de humilde solvencia en su rostro. Con las comisuras de sus labios en ligera concavidad…

II Atrapado en el tiempo

Paco está parado. Bueno, casi siempre lo está. Sólo desafía esa condición cuando sube al bus sujetando a sus dos hijos de la mano. En los diez minutos que les dura el trayecto…

III El Suplantador 

El suplantador se zambulle en su cápsula del tiempo rodante como el buzo en el arrecife de coral. Cada personaje, una pieza única e irrepetible en ese acuario imaginario, merece toda su atención tras su velo de cristal. Se mimetiza con su entorno y procede al asalto de la intimidad de extraños, simulando ensimismarse en su hilo musical artificial mientras se va posando en las vidas de sus víctimas….

Cuando cae la noche en Los Angeles

Estamos finalizando el mes de agosto, repleto de días de desconexión para muchos, aunque ahora tengan lugar más cerca de casa que de costumbre. Por eso, si eres de los que has tenido que dejar los viajes para cuando el viento decida volver a soplar de cola, aquí te regalo tres minutos de auténtica maravilla visual para disfrutar de conocer mundo. Un time-lapse que captura toda la magia que ofrece la transición entre el día y la noche de la ciudad de Los Angeles. Es obra de Collin Rich.

NightFall from Colin Rich on Vimeo.

El hundimiento de Londres 2012

En estos días tan olímpicos -por los JJ.OO y el pasotismo, todo sea dicho- he pansado que te vendría bien saber que Londres se puede hundir. En concreto se trata de la genial versión catastrofista de Alexander Koshelkov, un maestro anónimo del diseño gráfico que ha provocado el naufrafio digital de la ciudad londinense. ¿Sus armas de detrucción masiva? Un ordenador y su destreza con el Photoshop. ¿Que cuánto tardó? Dos horas y cuarenta y dos minutos.

Mejor que lo veas por ti mismo en este sensacional vídeo/tutorial de apenas cinco minutos y medio…

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Mis padres se esforzaron en educarme pero me gusta el fútbol

Después de la polémica surgida en este país con respecto al fútbol y sus manifestaciones, decidí hacer una breve reflexión en Facebook que ahora reproduzco aquí. No va contra nadie ni tan sólo pretende aproximarse a la realidad. Sólo es mi verdad y lo único que pretende es aportar otro punto de vista a la jugada, sin renunciar jamás a mi espríritu crítico.

Como lo mejor en estos casos es aportar pruebas, lo hago con dos vídeos. En el primero podréis comprobar mi capacidad para adentrarme en la prehistoria, muchos milenios después, desde el sofá de casa. En el segundo, disfrutaréis de una obra maestra dirigida por la BBC para resumir en dos minutos la Eurocopa 2012.

España ha ganado su segunda Eurocopa en cuatro años. En los 31 anteriores había sido incapaz de verla pasar de cuartos. Y era feliz, relativamente feliz, sin duda. Ahora he podido celebrar el tercer trofeo desde 2008 y lo he hecho sin cataclismos, sin perder el norte, sabiendo dónde está mi pan y el de los míos, sabiendo que hay infinitas prioridades por encima del fútbol. Pero disfrutando el momento, volviéndome loco por un instante -así lo atestigua el primer vídeo-, dejándome llevar por ese sentimiento de haber olvidado aquel «eso, tú y yo no lo veremos, hijo», por el reconocimiento a la excelencia de aquel deporte que creí practicar durante 15 años, por la admiración hacia unos valores que, después de tener un justo reconocimiento en personalidades de otros sectores de la sociedad, ahora vemos representados en futbolistas de casa, esos que se han criado con Cola-Cao, bocadillos de embutido o viendo a Oliver y Benji. Como yo.

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También por ver a Casillas pidiendo clemencia en nombre del rival y cumpliendo, por muchos 10 millones de euros que contemple su nómina, lo que desde el primer día me enseñaron en el club de mi barrio cuando con 5 años me vestí por primera vez de corto: «al acabar el partido se le da la mano al rival, uno a uno»; por un genio despistado llamado Cesc que asume la responsabilidad, reivindicando ese derecho que tenemos -tienen, un lapsus- los jóvenes, y le pide a su entrenador que le deje tirar el último penalti del siglo; por un albaceteño reservado que quiere el balón cuando las cosas no vienen de cara para demostrar que la filosofía rural sigue vigente; por un seleccionador que huye de los focos y recuerda que «esto sólo es fútbol» mientras bate todos los récords sin levantar la voz a las primeras de cambio; por dos clanes, los Capuleto y Montesco, que se retan a muerte permanentemente y durante uno de cada veinticuatro meses nos muestran que siempre hay un camino hacia el entendimiento y los puntos comunes, siempre que cuentes con dos comandantes generales, como Xavi y Casillas, que saben de dónde vienen, lo que han logrado juntos y cuánto les ha costado… Y así podría citarte virtud tras virtud de esta selección, experta en despertar simpatías más allá de nuestras fronteras…

Hoy hay que volver a la batalla. Sin analgésicos, sin pantallas que desvíen atenciones y sin refugios virtuales. Pero habremos disfrutado de una experiencia que lejos de solventarnos la papeleta, nos habrá ayudado a recargar unos milímetros nuestro maltrecho depósito de optimismo, o cómo mínimo a taponar alguna que otra fuga. El reto que tenemos ahora por delante consistirá en saber tomar todos esos valores y aplicarlos a nuestro día a día, no sé si haciéndonos mejores pero seguro que retrasando sensiblemente nuestro empeoramiento.

BBC Euro2012 thriller closing credits

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La campaña perfecta: la opinión de un turista anónimo

La mejor promoción que se puede hacer de un destino turístico, al margen del interés de éste por serlo o no, proviene siempre de las recomendaciones desinteresadas de los turistas. Más allá de las campañas publicitarias, aquello que de verdad perdura en el tiempo son los encantos locales -ya sean naturales, culturales o sociales- que comparten los visitantes con su círculo de contactos más próximo.

Por eso el siguiente vídeo puede resumir perfectamente la expresión de ese punto de vista. Es una percepción directa y sin envoltorios de la ciudad de Tokyo, tras una semana de rodaje improvisado a pie de calle. Su autor, Lucas Backland.

 

[Vía Yorokobu]

Porque te lo mereces

Este es un post terapéutico. Dos vídeos -spots para ser concretos- que nos hacen sonreír y, por qué no decirlo, seguir teniendo la convicción de que hay mucha gente ahí fuera que vale la pena, aunque no sea noticia. [vía marketingdirecto.com] >

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“Bikers” de Carlsberg (Bélgica), por la agencia Duval Guillaume Modem.

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“Camaritas” de Coca-Cola (Argentina), por Wunderman Buenos Aires / Bonavena.

Cómo tocar la cima del Kilimanjaro con las manos

Se llama Spencer West y tuvieron que amputarle las piernas cuando tenía 5 años. Pues entérate bien, acaba de ascender el Kilimanjaro ayudado solamente de sus brazos. Cerca de 6.000 metros ascendiendo paso a paso, en su caso palmo a palmo, apoyándose únicamente sobre las palmas de sus manos. Por si fuera poco ya de por sí el desafío, gracias a esta hazaña de admirable superación, West ha conseguido recaudar 500.000 dólares para una ONG infantil del continente africano.

Lección 1: Me he propuesto no quejarme tan gratuitamente.

Lección 2: Por lo menos, en lo que queda de semana…

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Un homenaje al trabajo más difícil del mundo

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Un homenaje para el que es sin duda el trabajo más duro que existe y, a la vez, el mejor: ejercer de madre. Así lo ha querido reconocer el grupo P&G elaborando este spot que pretende rendir un ‘homenaje emotivo y sincero a todas las madres del mundo’.

Para ello han aprovechado que estamos en año olímpico, utilizando aquellos éxitos de los deportistas que se encuentran en un horizonte muy próximo, para correr las cortinas del día a día y dejar que traspase el esfuerzo y la dedicación de unas madres -y padres, diría yo- que enocontrarán su recompensa en los os rostros de sus hijos durante la próxima cita olímpica. [Vía lasblogenpunto]

El año que viví peligrosamente

15 años después

A finales de este 2012 hará quince años que volví a nacer. A pesar de sonar a topicazo, no se trata de un recurso literario sino de los hechos que ocurrieron durante casi un año de mi vida. Algunos ya los conocéis y seguro que, como me ocurre a mí en muchas ocasiones, hasta os parecerá un producto de la factoría de vuestra imaginación. Y es precisamente a ti, a vosotros, a quién va dedicado este post como un modesto, pero absolutamente sincero, reconocimiento que hice prometerme que no dejaría pasar por alto allá por el final de 1998.

Una Navidad cualquiera

Todo empezó en diciembre de 1997. Jamás se me olvidará aquel instante en el que se paró el mundo, aunque sólo fuera en mi reloj. Estábamos en vísperas de las fiestas de Navidad y hacía unos días que me había sometido a una pequeña intervención. Estábamos sentados a la mesa y Papá tomó la palabra. Ya teníamos los resultados. No había ido bien. Rompí aquel silencio estremecedor y pregunté: «¿Cómo que tratamiento? ¡Pues que me vuelvan a operar y ya está! Y entonces se me escurrió el suelo bajo los pies. «No hijo, no puede ser. Tienen que ponerte quimioterapia y radioterapia. Se llama linfoma de Hodgkin«. Me encantaría contarte que fui valiente, que miré a ese destino traidor a los ojos sin bajar la barbilla, pero nada de eso ocurrió. Sentí como mi cuerpo se agrietaba de afuera a dentro, desgarrándome las carnes. Solté un alarido en forma de «no» y rompí a llorar como no había hecho jamás. Me levanté y me encerré en mi habitación sin comer. No quise hablar con nadie en días. El primero en llamar fue David. Se lo acababan de contar mis padres. Papá me pasó el teléfono, creo recordar, y al instante nos pusimos a llorar. Colgó y vino corriendo desde el otro lado de la calle. Subió las escaleras de tres en tres y nos abrazamos. Quizá en ese momento comprendí que no tenía por qué adentrarme en el abismo solo. A partir de ahí empezó la batalla.

Lo primero que me esperaba era una visita al Dr. Antich. Estaba tan aterrorizado que temblaba tanto de epidermis para dentro que los huesos parecían resonar, mientras procuraba que esa imagen no se proyectara hacia el exterior. Empezaba a plantearme que debía tener en cuenta a mi familia, que ellos también sufrían. El Dr. Antich no se anduvo con rodeos: «¿Has hecho la ‘mili’? Pues esto es como un servicio militar: en nueve meses todo habrá acabado y después podrás olvidarte». A continuación empezó con la teoría. Era un linfoma de Hodgkin en estadio I y el pronóstico era bueno. «Tranquilo. Se cura en más del 90% de los casos», concretó mientras no dejé de darle vueltas a ese pendenciero 10%. Al tratamiento a seguir se le llamaba «sandwich» (Quimio – Radio – Quimio) con 12 sesiones de quimioterapia y un mes y medio de radioterapia. Lo tenían claro, parecía. Yo, no tanto. Ese mismo día tomé verdadera conciencia por primera vez del tipo de experiencias que abalanzaban sobre mí en los meses posteriores. Antes de marcharnos con la cita para la primera sesión de quimio en el bolsillo, me tuvieron que someter a una punción lumbar. La verdad es que fueron francos: «Esto te va a doler un poco». Me anestesiaron la zona posterior de la cadera para introducirme una aguja del tamaño de un soplete. «Lo que vamos a hacer es llegar hasta el hueso y coger una muestra», dijo el Dr. Antich. Me enseñó el artilugio y mentiría si dijese que no estuve a punto de entrar en colapso total. En su punta constaba de una suerte de dentadura que se manejaba desde lo que parecían unas asas de tijera situadas en el extremo opuesto. Cuando lo introdujo el dolor era soportable hasta que señaló que a partir de ese instante iba a hacerme «algo» de daño. «Esto te va a doler», dijo sin darme tiempo a digerirlo mientras apoyaba casi todo el peso de su cuerpo sobre mi espalda para arrancarme un trozo de esqueleto. El dolor fue tan intenso que durante unos segundos perdí la voz mientras me caían un par de lágrimas sin sollozo alguno, incapaz de consumir energía alguna en expresar cualquier otra manifestación de tal tortura. Para colmo, tuvo que hacerlo dos veces porque en la primera ocasión el congrio de metal regresó sin tajada. Al acabar fue más elocuente: «Te hemos arrancado un trocito de hueso y la anestesia solo te calma el pinchazo de la inyección. La mordedura del hueso se siente completamente. Pero eso es mejor no decírtelo hasta que ya ha pasado», sonrió. Me aseguró que se trataba de una de las pruebas más dolorosas que existen. Así entendí porque casi me desmayo de dolor. A pesar de lo que pueda parecer, debo ser justo y reconocer que el equipo del Dr. Antich y las Dras. Cladera y Balaguer, responsables de mi supervivencia en aquellos nueve meses, me hicieron conocer la vertiente más humana de la medicina, repleta de profesionales imponentes con un trato personal exquisito.

El entorno

En este punto hago un pequeño alto en el camino para acordarme de Mamá, Papá y Samantha, mi hermana. Todas las sesiones de quimio com Mamá, los análisis semanales para ver mi nivel de defensas, los trayectos en coche en que no cejaba en su empeño de ver la botella medio llena mientras yo le amenizaba el viaje con algo de SKA-P y su Cannabis; las noches de ingresos por daños colaterales al tratamiento… Todo atenciones, siempre con una buena cara como receta. Papá estaba en el mismo bando, codo con codo, organizándose el trabajo para poder escaparse a hacerme compañía en mis maratones de 3 horas de quimioterapia, removiendo cielo y tierra para que la burocracia del seguro médico complementara todo el proceso que la Seguridad Social ya estaba asumiendo, conectando nuestra casa a Internet para hacerme llevaderas la cantidad de horas muertas y poderme comunicar con Josu y Pedro, mis amigos y compañeros de carrera que estaban pasando ese curso de Erasmus en Aberdeen, Escocia. Guardo los emails que me enviaron y todas las cartas y postales manuscritas. Entre aquellos aparece alguno de Marcial. Estuvieron tan cerca que los miles de kilómetros de distancia apenas importaron. Igual que ahora, Josu, que nuestras vidas no coinciden tanto como quisiéramos te intuyo igual de cerca. Y cómo no acordarme de Sami, mi hermana, para la que también fue un calvario durante el que jamás remugó. Compaginar la tortura de sus oposiciones a judicatura con los constantes sobresaltos que le propinaba su hermano supuso para ella un sobre esfuerzo descomunal. Fue uno de tus peores casos, ¿verdad magistrada?

Cartas y postales manuscritas, emails, un relato en una publicación universitaria y otros recuerdos de 1998.

Y la conocí. Hablo de Rebeca, mi mujer. Empezamos a salir en pleno tratamiento; no le importó ni mi lamentable apariencia física en aquellos momentos, ni siquiera el olor a buitre carroñero que en cualquier instante podría sobrevolar mi cogote. Con ella se me olvidaba todo. Se me escabullían las hienas de mi azotea cuando compartíamos el tiempo. El próximo mes de abril hará 14 años que lo dio casi todo. Hace 29 meses cerró el círculo: nos hizo padres.

Tuve el privilegio de poder disfrutar de mi suegro Manolo durante unos meses. Aunque el destino no tuvo tanta paciencia con él, su custodia actual de la familia es incuestionable. El resto de la familia, mis cuñado Alberto e Iván, siempre me hicieron sentir como en casa. Recuerdo el día en el que me presenté oficialmente a la familia. Más de una veintena de familiares y amigos pendientes de un cabeza rapada con ictericia. Los nervios se esfumaron al acabar los saludos. No olvido el camino de regreso en el Golf verde edición Rolling Stone de Mateo y los Dire Straits de fondo. Hoy puedo decir que soy uno más de esa familia.

Daños colaterales

A este apartado corresponden todas aquellas consecuencias derivadas de los efectos aniquiladores que las drogas controladas ejercieron sobre mi cuerpo. Padecí una parálisis intestinal que me obligaba a tomar repugnantes antídotos para combatirla. Tras las sesiones de radioterapia mi cuerpo entraba en estado de letargo y era capaz de dormir la mayor parte del día. La radiación era tan potente que un día me desperté con las axilas en carne viva. La radioterapia propició uno de los momentos más dramáticos, a la vez que estúpido, del calvario. Una tarde me empezó un picor terrible en la nuca, desesperante. Empecé a rascarme con nerviosismo hasta que me quedé con un mechón de pelo en la mano. Luego otro, y otro y así hasta quedarme al raso en esa parte de la cabeza. Salí disparado hacia el baño para comprobar qué me estaba pasando. Llamé a mis padres pidiendo ayuda con un llanto desconsolado. Estaba aterrado porque pensé que el maldito linfoma se había apoderado de mi apariencia y ya no podía pasar desapercibido. No quería dar explicaciones y, sobre todo, me repugnaba el hecho de producir en los demás cualquier sentimiento de compasión. Es cierto que cuando me diagnosticaron lo primero que hice fue comprarme una máquina para raparme el pelo. Era la época en que los De la Peña, Ronaldo -el original- y compañía habían puesto de moda el peinado al cero y eso me ofrecía una cierta coartada. Pero ésta quedó desfasada cuando la radio engulló parte de mi cabellera. Mi familia y amigos se encargaron de hacer invisible esa circunstancia durante muchos momentos.

La neumonitis pulmonar como efecto de una de las drogas de la quimio. Un día, a traición, me quedé a mitad de escalera. Tuve que subir los últimos dos pisos a cuatro patas, me faltaba la respiración. Desde ese momento tuve que someterme a pruebas periódicas para controlar una posible pérdida crónica de capacidad pulmonar. Finalmente se quedó en una huella residual que no me afectaría para nada en mi vida cotidiana.

Una pericarditis en Madrid. Las Navidades siguientes, a los tres meses de finalizar el tratamiento, me entró un fuerte dolor en el pecho y en cuestión de horas apenas podía moverme. Pensé que estaba sufriendo un infarto. Ingresé en urgencias de una clínica próxima al barrio de Arturo Soria y me quedé durante algunos días pensando que por lo menos los pacientes serían de postín, pero no fue así. El susto fue morrocotudo. Mi padrino estuvo allí al pie del cañón, demostrándome lo que significa ser familia aunque solo pudiéramos ejercer en las fechas señaladas.

Recuerdos

De todos esos meses, quedan muchos recuerdos. Como las clases de la facultad a las que acudía en semanas alternas, ausentándome durante las que me tocaba tratamiento. Fue impresionante comprobar como mis compañeros -algunos de ellos forman parte de mi círculo de amistades más íntimo- se desvivieron para que no perdiera el hilo de las clases. Trabajos en equipo hechos a mi medida y gestiones con el profesorado en mi nombre, eran una constante. Todavía me acuerdo de las risas y las continuas bromas que me procuraba el bueno de Jaime. Aquí no puedo olvidarme de algunos de mis profesores que, saltándose el calendario escolar, me examinaron cuando las ondas y la química me concedían una tregua. Recuerdo a Joana Mª Seguí o a Climent Picornell, entre otros, que pusieron su agenda a mi disposición. Ese curso conseguí superar diez asignaturas.

Recuerdo cuando hablé con Mamá sobre el cannabis. Le dije que si las sesiones de quimioterapia se me iban de las manos quería que se lo planteáramos a los doctores. Eran tres días con el cuerpo descompuesto que se hacían interminables. Al final no tuvimos que recurrir al THC.

Recuerdo los partidos en el Fondo Norte del Lluís Sitjar. El día del apagón contra el Real Madrid cayendo el diluvio universal. Durante esos 90 minutos sanaba por completo. Por lo menos mentalmente. El colmo del hooliganismo fue pedir permiso al equipo de oncología para viajar a Valencia, con Martín y David, para asistir a la final de la Copa de Rey que jugaría el RCD Mallorca ante el FC Barcelona, en el Estadio de Mestalla. Me concedieron el deseo y no me lo pensé. Nos sacamos los billetes y nos fuimos para allá en un auténtico disparate de barco de la desaparecida compañía Flebasa. Salimos antes que nadie del puerto de Palma -12.00AM- y llegamos los últimos, con el partido empezado [aquí está la prueba]. Tanto es así que celebramos el gol del mallorquinista Stankovic en la misma bodega del barco, justo antes de desembarcar en la ciudad del Turia. Estaba tan extenuado a la vuelta que me quedé dormido durante todo el trayecto justo al lado de las máquinas recreativas, a la entrada de la sala de butacas. Una experiencia inolvidable, a pesar del atraco futbolístico y sus consecuencias en el resultado.

Recuerdo las llamadas de mi prima Rocío siempre ofreciendo su apoyo y su buen humor, a pesar de la lejanía. Al igual que mi tía Margot, que no necesitará leer estas líneas porque sabe perfectamente cuánto se preocupó por mí. Y como no, mi padrino «Tito Jose» -sin acento-. Recuerdo a mi tía Mª Antonia y su reencuentro después de muchos años, aportando su granito de arena a la familia.

Recuerdo hablar por teléfono con mis abuelos Pepe y Margot cuidando hasta la última palabra o mi entonación. No podían percatarse de nada. Que vivieran en Madrid era condición suficiente para evitarles un sufrimiento inútil en la distancia. No hubieran tolerado nada bien no poder arrimar el hombro.

Recuerdo a la perfección todas aquellas juergas «lights» que me procuraban los buenos de Martín y David. Las semanas de parón en el tratamiento nos reservábamos las noches de los sábados para recorrer el Paseo Marítimo, en mi caso, a base de Coca-Cola para no castigar demasiado al hígado que ya se llevaba un buen tute entre semana con tanta química.

Recuerdo a mi amigo Colau. Cuando me llamaba al portero de casa para que fuéramos a probar su nuevo Fiesta XR2 hasta Valldemossa. O para que fuera a su casa a enseñarme las nuevas adquisiciones de su discografía metalera. El motor, la música y el Mallorqueta nos unieron para siempre.

Recuerdo a otros muchos que, incluso sin percatarse, me allanaron el camino apartándome del lado oscuro simplemente siendo como son. En muchos casos hace años que hemos perdido el contacto y aunque no haya sabido encontrarle un hueco a vuestro nombre en estas líneas, sí que goza de uno, y preferente, en mi recuerdo.

Despedida y cierre

Si te preguntas por qué hago esto ahora, la respuesta es sencilla. Durante aquellos meses me hice algunas promesas que jamás debería traicionar: la primera, hacer un ejercicio periódico de memoria para no olvidarme nunca de cómo he llegado hasta aquí; la segunda, recordar a todos los que contribuyeron a mi ‘renacimiento’ desde sus pequeños detalles hasta los apoyos más incondicionales. Empecé a finales de 1998 publicando en una revista universitaria un relato de agradecimiento para todos aquellos que contribuyeron a la causa [aparece en la imagen adjunta]. Cuando se cumplieron los 10 años desde que recibiera el alta tuve que cumplir el siguiente propósito. Pensé y repensé en una cita que me sirviera para que jamás perdiera de vista lo que me enseñó aquella experiencia vital y, muy a mi pesar, me la tatué: ‘Caer es el primer paso para levantarse’. Elegí colocármela en el abdomen para que después de cada ducha supiera que estaba allí, mientras el resto del día permanecía oculta cumpliendo discretamente con su cometido. Por eso, este reconocimiento de hoy corresponde precisamente a esa lista de tareas pendientes de por vida. Se van a cumplir 15 años de todo aquello y valía la pena este ejercicio de memoria.

Si te das por aludido y deseas compartirlo conmigo -y con el resto de esta modesta familia bloguera- te invito a que dejes tu testimonio en un comentario a continuación. Si te puede la pereza, me conformo con tu paciente lectura, aunque sea por dosis.

Gracias amig@. Gracias a todos. Gracias por todo.

Buscando a Kony

Esta campaña es real, no se trata de publicidad comercial. KONY 2012 es el nombre de una vídeo campaña impulsada por Invisible Children con el objetivo de hacer famoso -visible- al que se han atrevido a catalogar como el peor criminal de guerra de nuestros días: Joseph Kony. Se le hace responsable del secuestro de miles de niños ugandeses a los que separa por sexos, colocando en las manos de los varones un arma con la que entrar en combate mientras las niñas son obligadas a formar parte del mayor ejército de prostitutas infantiles del mundo.

Hasta la fecha nadie ha conseguido poner rostro a Kony. Jason Russell, impulsor de la iniciativa y director de la cinta, quiere acabar con ese anonimato y para ello pide la colaboración de todo el mundo hiperconectado. Reclama la ayuda de los cientos de millones de internautas que en todo el mundo publican contenido en sus perfiles sociales, para que difundan esta campaña que ayude a poner cerco al genocida más buscado del momento.

En tres días el vídeo ha sido visualizado más de 55 millones de veces. No tienes excusa. Resérvate 30 minutos de tu tiempo para verlo y compartirlo. Vale la pena por un par de clics…

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