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‘Bienvenidos al mundo’ en Pocomás Magazine

Los amigos de PocoMás Magazine siguen requiriendo mis servicios con puntual mensualidad, cosa poco común en esta selva en la que la impuntialidad y un impostor «te digo cosas» marcan el territorio. Esta vez les he reservado el remake de Bienvenidos al mundo, que semanas atrás adelanté en ésta vuestra casa. Que disfruten… y si después les queda tiempo, lean.

El macho trepador en Pocomás Magazine

Para el Pocomás Magazine de agosto me he venido a arriba y he reciclado un texto materializado semanas atrás, al que he sometido a un par de retoques. No obstante, me asegura mi fuente que mantiene intacta su vigencia. Asomaos a El macho trepador.
Recomendación estival: id al loro que quizá se trate de una epidemia.

Estación destino

El decimotercer número de Pocomás Magazine ya está en circulación. Para los asiduos a mis artículos (sé que hubiera sido suficiente afirmarlo en singular) esta vez os presento algo diferente. Se trata de un microrrelato o relato breve de ficción bajo el título Estación destino que podéis leer con mucha ligereza acto seguido. Espero vuestra(s) opinión(es).

Estación destino

Dardo estaba sentado en el asiento del acompañante sin saber muy bien por qué. Los cristales empañados le distorsionaban la visión del exterior. La lluvia le hacía aflorar una sensibilidad que decidió combatir a base de caladas. Aspiraba a desprenderse de la ansiedad expulsándola con el humo de aquel cigarro. La espera era demoledora. Estuvo a punto de echar mano al contacto para arrancar y alejarse de allí sin dejar rastro. Finalmente pensó que los trenes sólo pasan dos veces para unos pocos y desistió.

Bajó dos dedos la ventanilla para poder reconocerla al momento, mientras sorteaba el continuo martilleo de las gotas de lluvia en su rostro. A la luz de una farola creyó reconocerla. A cubierto bajo un paraguas se dibujaba el cuerpo de aquella mujer. Su sombra, que agrandaba su estilizada silueta, no hacía más que resaltar su imponente atractivo, veintidós años mayor que su voyeur. Dardo agarró la manecilla de la puerta, convencido de que si accionaba ese mecanismo sería imposible volver atrás; su vida cambiaría de rumbo. Pero no lo dudó ni un instante. Salió del vehículo y cruzó empapado el asfalto.

Al llegar a la altura de la Señora Lamarca su cuerpo temblaba sin antídoto. Quiso armarse de valor. Pero fue en vano. Fracasó en su intento de posar su mano en el hombro de aquella mujer. Apenas logró mencionar su nombre y ella se volvió, invadiéndole la sensación de que le había reconocido. Fue una alucinación transitoria producto de su indomable excitación. Dardo tardó unos segundos en despertar de su ensimismamiento. Reaccionó para sujetar cortésmente el paraguas de la Señora Lamarca, invitándola a que le siguiera hasta el coche de la empresa. Con las puertas cerradas, Dardo solicitó a su acompañante que le indicara el itinerario a seguir. Por segunda vez en sus vidas recorrerían juntos el mismo camino. De la ocasión anterior, Dardo no guardaba recuerdos. Tan sólo una certeza: fueron nueve meses de viaje.

Se busca marciano para intercambio de residencia

Arranca el mes de junio y con él una nueva edición mensual de la revista PocoMás Magazine. Como siempre, y sin explicación convincente, han decidido no erradicar de cuajo mi testimonial sección que en este número he titulado «Se busca marciano para intercambio de residencia», y que podéis leer a continuación.

Se busca marciano para intercambio de residencia

Cada día estoy más convencido de que una epidemia de hijoputismo severo nos acecha. Ahí va el último ejemplo. Estaba yo apurando a bocados los últimos suspiros de mi cena, cuando una noticia me secó la saliva y alguna que otra cosa más. Un tipo, chino de China y residente por aquellos lares, rondaba la tragedia. Había decidido acabar con su vida. Al menos eso creía él. Se encaramó a la estructura de un puente desde el que lanzar al precipicio su cuerpo cargado de recuerdos y deudas. Se trataba de un constructor masacrado por los latigazos de la crisis.

Después de casi cinco horas al borde de la desgracia apareció en escena el héroe de turno, o eso creyeron todos los presentes, incluido el atormentado escalador. El Chuck Norris oriental se ofreció como negociador y se dispuso a trepar hasta el lugar en el que la futura víctima de si mismo tenía pensado despedirse del planeta. El salvador, muy seguro de sus habilidades, llegó a la altura donde se encontraba el sufridor compatriota y empezó a charlar con él. Los testigos del acontecimiento -a excepción de algunos medios que ya habían enviado la crónica del futuro cráneo esparcido por el piso inferior- se frotaban las manos presagiando un final feliz (no tan feliz como el dispensado en las modernas peluquerías orientales que se están instalando en España). Cuando los testigos de la odisea se abrazaban y bailaban la conga celebrando la habilidad del negociador, el figura agarró de un brazo al atormentado empresario y lo lanzó a los leones. S’ha acabat, dijo en su fuero interno el pacifista de plastilina sin más remordimientos que el de no haber acertado en la dirección del empujón, que condujo a la víctima a la lona de protección que le había preparado el dispositivo de emergencias.


Me quedé alucinando (de ese mismo alucinar que conjugaba Jim Morrison). A ver si lo entiendo: Un pobre desgraciado superado por los acontecimientos y preso de un ataque de enajenación mental de caballo, decide acabar con todo y no tiene derecho ni a tomarse su tiempo para meditarlo. Es más, no sólo no intentan convencerle de que aquel no es el camino, sino que encima le revientan esos instantes tan íntimos y personales empujándole al vacío para agilizarle los trámites. “¡Tienen que sodomizarme hasta el último día!”, debió pensar el pobre hombre. Está visto que ya no hay paciencia ni para que uno pueda arrepentirse de sus errores, por muy irreversibles que estos pudieran llegar a ser. Cuando ese buen hombre empezó a creer que quizá las cosas podrían encararse de otro modo, aparece un cazurro de cromañón y le jode su momento “alguien podría decirme que coño hacer con mi vida”. Ya me dirás, trabajar toda tu vida como un chino para esto. Lo macanudo del asunto es que no tardaremos mucho en pensar que es algo normal, como ya lo es no ceder el asiento a los mayores en el autobús, querer acariciar el éxito sin romper el huevo, perseguir la fama aunque sea a costa de rebañar la lengua con todo un regimiento de faranduleros de garrafón o no tener ni un reparo en hincar el codo en cantidades industriales sin asumir las consecuencias posteriores que tiene para nuestra azotea. Dejémoslo por hoy. El próximo mes, más y probablemente mucho peor.

A todo cerdo le llega su San Martín

El número de mayo de PocoMás Magazine ya está en circulación por toda la isla y en la red. Como siempre, y muy a su pesar, no han podido evitar que aparezca en ella una de mis colaboraciones. A todo cerdo le llega su San Martín tiene la culpa. Os lo dejo aquí para que paséis el trago cuanto antes…

A todo cerdo le llega su San Martín

Uno de los placeres más elementales del ser humano, y no por ello menos reconfortante, es tomar un café y mientras ojear la prensa. Como humanoide en vías de humanización (aunque no me aseguran la plaza) procuro tomarme en serio eso de los placeres y a ello me puse. Manda bemoles que me haya tocado empezar por éste. A lo que iba. “Señorita, un expreso por favor”, solicité pausadamente al camarero de cuyo sexo no quiero acordarme. Para adaptarme a la vida moderna siempre que pido algo a alguien sin haber reparado visualmente en su sexo, lo hago en género femenino para no herir sensibilidades. Además, con ello consigo que si es un rapaz no me conteste -lo que ya es de agradecer, acostumbrados a leer en las páginas de sucesos noticias como “Fulano pidió la hora a Mengano y éste le hizo un lifting instantáneo con los nudillos”-. Y si es una paloma tal vez aproveche el viaje para traerme junto con la carga un mensaje con la cuenta, invitándome a abrirme más pronto que tarde. Si el tiempo es oro, es todo un detalle que alguien que no sea mi psiquiatra se preocupe para que lo aproveche, sólo fuera de la consulta por supuesto. Lo cierto es que al leer la prensa uno se siente reconfortado y aprovecha para agradecer a todas sus divinidades, incluso a las inmateriales, la suerte que ha tenido por estar en ese lugar y a esa hora repasando los periódicos y no haciendo otra cosa de poca relevancia, y por tanto susceptible de ser noticia. Existe una prueba empírica que te deja el cerebro contracturado si reparas en ella. Sujeta el periódico con una mano y con la otra señala una página al azar. ¡A qué adivino lo que estás leyendo! Algo sobre una quiebra multimillonaria que manda más gente al paro que concursantes fracasados de OT padecemos, o un ingreso en prisión del cerrajero de la finca colindante con la Consejería de Altos Vuelos sin Paracaídas que también se lo ha llevado calentito, una pelea multitudinaria entre los partidarios de Blackberry y Iphone con lanzamiento de carcasas tuneadas o el agravamiento de la salud de un pollo que cree tener algo de cerdo mientras suspira para que su gatita, que se encuentra hecha unos zorros, no padezca de lo mismo. Total, una auténtica mascarada con tintes de guiñol de “pague usted uno y –por favor se lo pido- llévese la docena”.

No temáis. Ya lo decía mi profesora de música: si colocas bien los dedos no cabe fallo posible. Y así debemos hacerlo: colocarnos bien las yemas en los oídos a fin de conseguir una mejor visión. No sé si sirve de algo pero como decir sandeces está de moda, me apunto al caballo ganador. Es de agradecer (aunque no sé muy bien a quién) que existan entretenimientos como la Bruni, con su saberposar tan natural como su cutis impoluto e hidrogenado con cargo a los presupuestos de su país, y ese señor bajito que siempre le sujeta la mano como si estuvieran a punto de cruzar un paso de cebra permanente, que tengan la deferencia de visitar a unos plebeyos –en este caso sólo con “y”- como nosotros que apenas tenemos algo que aportar, y menos que decir, a esta sociedad. Lo sé. Siempre habrá algún pastor sin rebaño que me dirá que las naciones y sus economías se sustentan en el trabajo de los peones de base como tú. Venga está bien, y como yo. Una gilipuertez totalmente desmontable. Veréis. Es fácil imaginar que la visita, el cenorrio y los diferentes festejos que se calzaron nuestros dirigentes durante el G20 (a muchos nos cuesta entender el funcionamiento del punto G singular, como para entretenernos con los otros 19) o en estos últimos días a propósito de la visita del vecino dúo sacapuntas, han sido de chupa pan y moja, ¿cierto? Pues –todos conmigo- si a día de hoy hay más parados en Europa que espectadores vieron la final de la Eurocopa, y se han podido costear estas romerías sin apuros, por lo menos para ellos, convendréis conmigo que no les hacemos falta para nada. Ya veréis como el próximo grito en el marketing político será una nueva propuesta de elecciones populares. Es decir, dos docenas de políticos eligiendo entre millones de papeletas, una por ciudadano, a sus futuros gobernados y cada uno a su casa y Dios en la de todos.

Precisamente gracias a Él –y no se aceptan réplicas en este punto- al cierre de estas líneas nos consolamos con una gran noticia: uno de los enfermos a causa de la gripe porcina era dado de alta, a pesar de ser portador del virus asegurando que había reaccionado bien al tratamiento. Una información esperanzadora para un país riguroso donde los haya y muy poco dado a las chapuzas, que ofrece sistemas de diagnóstico tan eficaces como el “me quiere no me quiere”. Gracias a este procedimiento, un paciente al que se le declaró sano una noche fue llamado a filas al día siguiente desde otro hospital diferente, que esta vez había deshojado la margarita empezando por los pétalos pares. Por si las moscas, he decidido ampliar mi factura del móvil para hacer todas mis comunicaciones sociales a través de él, incluido con mi perro Inem. Sé que nunca me fallará y que, aunque no me lo diga, agradecerá que mi
aliento se aleje de su hocico por unos días.

"El ascensor" de PocoMás Magazine

Ha llegado la primavera y el mes de abril, he vuelto a las andadas. La gente de PocoMás Magazine, en el marco de su obra social, han decidido reiterar su confianza en un servidor (dudoso término éste) y me han encargado la página mensual que tanto os reconforta, especialmente cuando envolvéis en ella vuestro sándwich de mortadela con el que alimentáis vuestro desgana laboral. Es hora de que me deje de historias y os reproduzca el contenido en cuestión titulado:

El ascensor

Todo sucedió en un día cualquiera del pasado mes de marzo. Lugar: el ascensor de un conocido centro comercial; hora: la del té (17.00h). Aprieto el botón de llamada mientras permanezco en solitario a la espera de su llegada. Siempre procuro dejar una distancia prudencial con respecto a la puerta, no tanto por si tiene que bajarse alguien que también, sino por si algún descerebrado macho o hembra carente de civismo decide de motu proprio que es y será siempre el primero allá donde vaya. Y a los demás que nos vayan dando, a poder ser por varias cavidades y en cantidades industriales. Pero esta vez tuve suerte. Ningún gilipollas había aprovechado mi generosidad para adelantarme de forma sorpresiva (he sustituido “sorprendente” porque parece ser que utilizar este adverbio está penado). Sin embargo, justo cuando me las prometía muy felices y hacer el trayecto en solitario, me vi rodeado por una familia casi al completo. Sólo faltaba la madre -pensó mi intelecto más ortodoxo-, o el otro padre –apuntó mi trocito de hombre moderno- o la madre de alquiler –se atrevió a sugerir mi hemisferio más científico y reducido-, y ahí lo dejé para no exprimir en exceso a mis neuronas. Faltaban muchas horas para ponerme en stand by y no debía sobresaturar el sistema…

Recompongamos el escenario. Por un lado tenemos una figura masculina de unos cuarenta abriles que a la altura de sus manos se encuentra rodeado por tres niñas encantadoras, ataviadas con la indumentaria escolar oficial. En estos casos siempre peco de moderado y un “vestidas como Dios manda” no estaría de más. A golpe de rabillo del ojo, analicé a ese ejemplo de familia española de clase media alta. Sus ropajes y los modales de las herederas ponían de manifiesto que cuando alguien se preocupa por la educación de los suyos, pueden pasar varias cosas y entre ellas está que se consigan tales propósitos. Otra diferente es que el progenitor descuide la suya y se convierta en un imbécil estándar, rompiendo el manido refrán “de tal palo tal astilla” para buenaventura de su descendencia. Pues bien, este último era el caso del pájaro en cuestión.

El marqués de La Prepotence se posó en el montacargas y a mi saludo de “hola” ni se inmutó lo más mínimo. La mayor de su estirpe, una princesita encantadora, hizo ademán de separar los labios pero viró repentinamente la cabeza en un gesto brusco frenando en seco cualquier señal de civismo expreso, para no ser reprendida por papá tordo. A todo esto volví a repetir “hola” –como espécimen humano procuro tropezar con la misma piedra todo lo necesario- esperando romper la barrera del miedo de la joven heredera. Al tiempo que no obtuve respuesta redimí de toda responsabilidad al trío de damas. Por el contrario toda mi ira –un cuarto de kilo a lo sumo- recayó en el basto de la baraja. Es sorprendente que un tipo que aparenta haber sido compañero de pupitre de Los Albertos, hecho hombre según los principios del gurú del marketing familiar Don Escrivá de Balaguer (autor de campañas como “Un coito, un hijo” o “Donde pongo el ojo, hay negocio”, entre otras) y haber pasado por las más crueles novatadas del colegio mayor del tipo “ducha de Moët & Chandon”, “todo un día vestido con vaqueros Lee” o “ser fotografiado repostando sin la ayuda del gasolinero”, no sepa desenvolverse socialmente en un ascensor. Invadido por mi espíritu redentor materno, pude ver la luz… la de la tercera planta para ser más exactos. Cuando se abrieron las puertas, el virrey dio la orden a las meninas para que iniciaran la marcha. Las tres miraron de reojo, y pude intuir su demostración de que a pesar del padre que las parió (para que luego digan que no soy un activista en por la igualdad de género) habían aprendido lo correcto en la guardería, que no era otra cosa que saludar cuando se entra o sale de un sitio. Y así lo hicieron, pero en silencio y con un golpe de ojos a lo Margaret Astor para no dejar evidencias. Entiendo el trauma que puede suponer para un niño que le priven de su partida a la Nintendo DS por saltarse las reglas. ¡Hasta ahí podíamos llegar! Jamás consentiría que un infante antepusiera el corresponderme cortésmente a cambio de prescindir de su dedicación amistosa con su videoconsola de confianza. Segundos después se cerraron las puertas. Para olvidar el desplante decidí adoptar medidas ejemplares. Subí hasta la sección “Imagen y Sonido” y dejé que mi tarjeta de cliente le contara las penas a la caja registradora. Fue todo un acto de generosidad por su parte del que siempre le estaré agradecido.

Para prevenir el aburrimiento espontáneo aquí os dejo una canción de fácil digestión para compensar vuestra solidaridad.

"Una tarde de cine" en PocoMás Magazine

Aquí os dejo mi última perla -sin cultivar, eso sí- que he cedido a los amigos de PocoMás Magazine para sus páginas de este mes de marzo. He titulado la columna «Una tarde de cine«, y va dirigida a todos aquellos apasionados del séptimo arte y sus maravillas adyacentes. Para los más perezosos con el ratón, seguidamente tenéis disponible el artículo.

Una tarde de cine

Qué bonito es el cine, ¿verdad? ¿Y de los Oscars qué me decís? Qué emocionante es ver a los premiados recoger su estatuilla. Que se lo merezcan o no es lo de menos, y si no que se lo digan a sus familias y a su patrimonio, en orden inverso eso sí. Dicho lo cual, a partir de aquí me arremango. Pues para que esos héroes de película lleguen hasta la alfombra roja (yo soy más de moqueta), a poder ser sin tropezar, el resto de mortales que vivimos en el sótano del sistema y que lo más rojo que tenemos son los dígitos de la cuenta corriente, hemos tenido que ir peregrinando de sala en sala sorteando bodrios estratosféricos con propiedades narcóticas sin más antídoto que el sueño, hasta dar con una película de la que poder recordar por lo menos el título. Precisamente de mi última odisea en un cine quería hablaros.

Antes de ejecutar la operación ‘una tarde en el cine’, tuve que diseñar un plan preciso y certero. Consulté la cartelera y me encomendé a un método infalible: lancé diez céntimos al aire (la cosa no está para excesos) y el azar y la falta de liquidez de la banca decidieron que el destino de mi subvención debía recaer en Benjamin Button, la más bella historia de amor jamás contada por el guionista de turno, por lo menos en 2008. Con el objetivo identificado, el siguiente paso consistía en elegir el equipamiento y la localización en la que se llevaría a término la misión. En base a criterios de proximidad y logísticos –aparcamiento y comodidad del recinto en cada sesión- me puse en marcha en dirección al cine escogido al que llegué en pocos minutos. Adquirir la entrada, hacerme con provisiones y tomar posiciones serían los pasos a seguir. Nada más entrar en el edificio miré a ambos lados localizando mis próximos destinos. Sigilosamente pero con firmeza me situé en la fila de la taquilla. Fiel a las enseñanzas de El sargento de hierro fijé mi posición guardando en todo momento contacto visual con el enemigo. Llegó mi turno cuando una impostora de unos cincuenta y tantos, agente doble con toda seguridad, haciéndose la despistada mientras contemplaba el tablón de precios hizo un quiebro y violando mi perímetro, me arrebató la posición. Quise localizar entre mis pertenencias la dosis de pentotal sódico apropiada para estos casos, pero ya era tarde. Mis venas cobraron un volumen stallone justo cuando me tocó el turno. La dependienta batió el récord del mundo de recorte de entrada y vuelta de cambio. Supo al mirarme que, de haberlo necesitado, no hubiera dejado rehenes.

Dirigí mis pasos hacia el punto de avituallamiento: la tienda de golosinas. Todos tenemos nuestro punto dulzón, y si no que se lo digan a Clint Eastwood que dejó el cuerpo de Harry para recorrer Los puentes de Madison. Divisé las piezas y busqué el mejor ángulo de visión para capturar mis presas. Dos codazos, una zancadilla y una maniobra acústica de despiste después (lanzan un “¡oye!” a tu lado y mientras tratas de averiguar si tú eres el destinatario, te ventilan el último kojak del expositor), me vi abocado a ceder unos metros. Cambié de estrategia y tomé la delantera en el stand de las palomitas. Vaya suerte la mía. A cambio de mi puntualidad recibí los desechos de la última tanda. Solo me hubiera faltado oír a Briatore gritándome “bravo Hache, bravíssimo” por haber conseguido la pole-popcorn. Al tiempo que recogía los restos de mi dignidad esparcidos por el mostrador, pude presenciar como el charlie que me seguía recibió unos copos de maíz recién salidos de la máquina y más crujientes que los abanderado de Torrente. Quise olvidar todos los contratiempos y enfilé la puerta de la sala. Entré bien posicionado, divisé la mejor ubicación para mi centro de operaciones y levanté mi campamento. Habría más de doscientas butacas, de las que sólo llegaron a ocuparse una treintena. Ducho en las tácticas de guerrilla del entrañable John Rambo, acoté mi territorio colocando mi anorak en el asiento de al lado. Convencido de mi éxito, sabedor de que tan sólo había una de cada cinco plazas ocupada, me dispuse a contemplar el paisaje alimentándome a base de regaliz. En esto veo aparecer a los de ‘el club de todos los jueves, cine’. Miro a izquierda y derecha, arriba y abajo y suspiro tranquilo: es imposible que quieran rebasar mi frontera. ¡Tate! El portavoz de la cuadrilla se dirige a mí: “¿Te importa? –señalando mi chaqueta-; es que somos tropecientos, justo el número de butacas libres en esta fila”. No respondí. Me limité a ceder parte de mi espacio vital mientras blasfemaba en arameo clásico y en dual. Era mi día de suerte. Vistos los precedentes, la cosa pintaba bien. Después de todo era imposible que la película no mejorara lo presente. Durante casi tres horas tuve que soportar miles de ruidos palomiteros, conversaciones con volumen para sordos, parejas de sin techo entregadas a Cupido y tipos con el intelecto desbordado tratando de entender la juventud anciana de Pitt. Eso fue todo. Una maravillosa tarde de cine.

También en 2009, PocoMás Magazine

Hace días que está en circulación en la isla el primer número de 2009 de PocoMás Magazine. Como ya sabéis, en ella podréis encontrar entre otras muchas y variadas cosas, una columna de opinión firmada por mi -más de uno (dos) duda de la autoría- que este mes he titulado «Hay más fantasmas que sábanas» y en la que recupero el contenido de una entrada que publiqué en este blog hace semanas. Meses atrás despedí a mi gurú de las letras, mi speechwriter (no pude tolerar que lo expulsaran de la guardería). Ahora, sólo ante el teclado, sabréis lo que es bueno.

Cita postuaria: «No existen más que dos reglas para escribir: tener algo que decir y decirlo.» (Oscar Wilde, 1854-1900)

"Marcas blancas ahora que manda un negro" en PocoMás Magazine

A continuación os cuelgo mi último artículo en PocoMás Magazine que aparece en el ejemplar de diciembre de la revista mallorquina. Sin ánimo de ofender al personal más sensible, he titulado mi columna «Marcas blancas ahora que manda un negro», dejando claro cristalino desde ya que se trata simple y llanamente de un juego colorista. Punto y pelota. Para el resto de conclusiones que algún purista embriagado de moral pueda decudir, me reservo un «no ha lugar» pemitiéndome esta licencia que contempla mi jurisprudencia familiar.

No se escriba más. Leed, juzgad y sentenciad. Este monotribunal, para algunos simiotribunal (sé de alguien que me reclamará este ©) acatará la sentencia del jurado popular.

Marcas blancas ahora que manda un negro

Cómo cambia todo y a qué velocidad (esta frase no es mía, se la copié a Bibiana Fernández). Años ha, ni el más sobresaliente de los master del universo summa cum laude por la Universidad de Harvard, hubiera dado un duro por las llamadas marcas blancas, low cost o, pa’ ti y pa’ mi que somos más austeros, “marcas pa’ los con poca guita”. Pues ahora resulta que los productos más económicos son los más in y cuentan con una acogida sensacional, traspasando la frontera de las capas sociales más humildes. ¡Tócate un pie -pido prudencia-, Mariano! (frase hecha sin ánimo de ofender al PP). Hasta hace un par de años si te hubieras paseado por Jaume III con un blazer (o americana, ¿a que soy divino?) de serie B te hubieran deportado a Guantánamo en piragua, remando desde El Portitxol y sin escalas. Y te estarás preguntando, ¿a dónde quiero ir a parar?. Pues ni idea, a mi me han dicho que tengo que “currarme” unas líneas y en eso estamos. Dicho esto, y tras tomarme mi medicación diaria, me encuentro en la situación de poder afirmar que las tornas han cambiado y ahora todo lo que sea low cost, o sea, barato a rabiar, es lo más mejor y aquel que no lo aproveche “castigadito cara a la pared”, como dice mi sobrino político cuando tras un “¡Mira aquello!” le birlo unas McCain (está claro cuál hubiera sido el lema de haber salido presidente: “Una patata de país”).

Ha llegado el tiempo en el que gastarse tres euros en una camiseta o t-shirt, veintiuno en unos jeans -¡quién me ha llamado fantasma!- y 12.99 en unas zapatillas es de lo más fashion que te puedas echar a la cara. Por supuesto, siempre a la zaga de una sensacional crema antidescolgamiento de jeta, con saliva de chihuahua y encimas de hígado de colomí jove, que ante todo revitaliza tu tarjeta de crédito cuando al pasarla por caja, le entra el mismo tembleque que a la Obregón en el casting para el papel de espada en la Guerra de las Galaxias. A estas alturas de la película, y plagiando parte del comentario que días atrás me hizo una simpática operadora (disculpo al 2% de las miles que marcan tu número cada mes porque no disfrutan haciéndolo) os debo advertir que “por sentido común no me viene nada”. Quizás, y esto es un suponer exento de malicia –frase que suele preceder a toda buena rajada que se precie-, si hubiéramos recurrido un poquito antes a los productos a bajo precio en vez de centrar nuestras aspiraciones en un bolso de Uy Valeunmonton o un pantalón de Bramani, tal vez se hubiera logrado reprimir aquella codicia suicida, que llevó a unos pocos hijos de bidé a crear esa gran mentira financiera, que el resto de infelices nos hemos tenido que tragar como menú diario, sin derecho a vino ni gaseosa.

Siempre he sentido cierto interés por aquellos que en ocasiones han procurado desmarcarse del grupo, pero sin exagerar. No me acabo de ver liquidando a compañeros de oficina como método antiestrés o haciendo gárgaras al saborear una caña en la barra del bar. Una cosa es salirse de la fila de vez en cuando, y otra muy distinta dar el cante jondo sin acompañamiento. Saltándose a la torera este principio, el pueblo ha desafiado al sistema y mientras a ritmo de soul hemos puesto un Obama en nuestras vidas, una blanca luz ha ido iluminando nuestros hogares entonando versos de esperanza musicados bajo la batuta de Hacendado, Lidle o Carrefour. Cuando las riendas del planeta recaen en un afroamericano –un negro, abuela; ¿Ves como no me olvido de ti?- nosotros los españolitos y españolitas, catalanes y catalanas, vascos y vascas, compostelanos y compostelanas, leperos y leperas, manacorins y de Biniali… nos tiramos al consumo –suena mal, ¿verdad?- de las marcas blancas. Si se cosca es nostro Barack, n’hi haurà per tot. Hasta aquí puedo leer que si no el tito Amancio se me altera y me sube el precio de ese jersey tan logrado, que me hace un tipito estupendo. ¡Zara: espérame y no me cierres tus puertas que sabes que soy tuyo!.

Un mundo perfecto, en Poco Más Magazine

Ya está en circulación el número de noviembre de Poco Más Magazine donde podréis encontrar mi nueva aportación al optimismo desenfrenado con el que encarar nuestros días. No os lo toméis al pie de la letra sin consultar antes a vuestro farmacéutico. Puede presentar contraindicaciones severas si no se tienen las tragaderas bien dilatadas, o si se padece de estreñimiento mental agudo. Ahí lo dejo.

Un mundo perfecto

Quién diga que este mundo nuestro no es perfectamente cojonudo, no está en su sano juicio. Tenemos de todo y mucho donde elegir, y gracias a la globalización todo está a nuestro alcance, empezando por la crisis (ups, se me escapó sin querer señorías). Grosso modo y atendiendo únicamente a la distribución al por mayor, disfrutamos de fantásticas guerras dirigidas por cobardes que provocan el éxodo de los valientes. Existen multitud de lugares donde el dinero es el que manda, y otros tantos sitios a donde es mandado por sus emigrantes lejanos. Convivimos con gente que lucha fervientemente por la igualdad, y gente que discrimina ferozmente a sus iguales. Padecemos a presidentes de gobierno impresentables y a trabajadores impecables sin presente. Existen individuos con hambre de éxito y lugares dónde alimentarse es un éxito. Conocemos a muchos que aprenden del pasado y a otros tantos que pasan de la historia y prenden con llamas su futuro…

Tras este magnífico panorama podemos empezar, si os apetece –y si no también, que para eso soy yo el que escribe- por el juego que nos proporcionan aquellos que descubren su pasión por el dinero con retraso. En este punto no podemos olvidarnos de los nuevos ricos. Además de devolverte la fe en la democracia (todo el mundo debe tener una oportunidad y lo que le sigue…) también aumentan la demanda de nuevas formas de ganarse la vida dignamente, entre ellas la de asesor de imagen. Y cuando digo imagen, estoy diciendo única y exactamente eso: imagen. En esos casos, pretender modificar la conducta lo dejamos en manos de Jane Goodall y sus progresos con los simios. No tiene precio poder hacer entender a un potentado de nuevo cuño que lucir una camiseta ajustada celeste con americana de vestir sólo estuvo al alcance de Sonny Crockett en “Miami Vice”, y de eso hace ya unas bien merecidas décadas. Como la imbecilidad también se democratiza, tal vez podamos plantearnos la creación de una ONG que se interese por estas personas. Haría falta una importante inversión para iniciar terapias que ayudasen a comprender a estos millonarios, que combinar adecuadamente las prendas de vestir no es lo mismo que acumular marcas una sobre otra, y en cambio sí tiene que ver con saber relacionar con cierto sentido colores y tejidos –Paco Clavel dixit-.

A pesar de ello, insisto, este planeta me pone, y mucho. Una de las cosas que más me estimula es comprobar el resultado obtenido por aquellos que han aplicado a sus vidas aquel principio que propone que “con trabajo y dedicación, todo es posible”. En la política disfrutamos de los mejores ejemplos. No son pocos los que mortifican sin desfallecer a nuestro entrañable George Bush, sin haber reparado en una cuestión fundamental: su esfuerzo y tesón. Echando mano de ambos se propuso llegar a ser el gobernante más incompetente y nefasto que ha tenido jamás una primera potencia mundial, y a fuerza de insistir en su empeño, cosa que es innegable, lo ha logrado con creces. Me temo que lo suyo ha sido un simple problema de antipatía. No es posible que un dirigente capaz de concluir por si mismo que “si no se tiene éxito se corre el riesgo de fracasar”, obtenga tan escaso reconocimiento. No han sido justos con él ni sus padres, a quienes desde aquí responsabilizo de haber llenado de pájaros la cabeza del pobre George. No fueron conscientes de que se trataba de un espacio con aforo limitado.

Y es que este globo nuestro, lejos de pincharse, se infla cada día un poquito más. Es como un “tío vivo”: además de girar, entretiene. Y eso que ha cambiado mucho en los últimos años. Antes, para perpetrar un robo era preceptivo el uso de la violencia. Eso no es vida. Los tiempos han cambiado y ahora todo tiene un toque de glamour que quita el “sentío”. Como dijo mi compañero de columna, los asaltadores han cambiado las armas por las corbatas y el olor a pólvora por una sutil fragancia de Prada. Como dije antes, la voluntad todo lo puede. Los altos ejecutivos –atendiendo al tamaño de sus comisiones- de la banca se han esforzado sin reservas para arruinarnos a todos y van camino de llevarse el gato al agua. Se colocaron a un lado de la serpiente de dominó, soplando cada vez con más intensidad hasta que tumbaron la primera ficha. Y tras la primera, cayeron y caerán las demás. Mientras nos soplaban los ahorros, sus bolsillos iban hinchándose generosamente. Todo ello desde la buena fe y la mejor de las intenciones. No quiero ni imaginarme lo difícil que tiene que resultar a estos individuos seleccionar bien sus inversiones con tanto impaciente suelto y ese ruido de fondo que no deja de cuestionar su decencia. Los mileuristas no cargan con ese problema y nadie ha salido a recordarlo, así que al César lo que es del César. Y si de emperadores hablamos, no podemos olvidarnos de los poderes institucionales. Se ha atacado injustamente a las comisiones de los mercados de valores que deben dedicarse, como su nombre indica y así ha sido, a gestionar, promover y recolocar las comisiones obtenidas religiosamente y sin pecado concebido, por lo menos por su parte. A fin de cuentas, todo el mundo ha puesto de su parte en todo este repertorio, con ligeros matices. Unos han utilizado su boca para lamer, otros han puesto la mano para llenarla y todos los demás (cada día somos más) la última parada de nuestro aparato digestivo.

A pesar de todo, presiento que aún nos quedan muchas sorpresas por disfrutar. “No estam ni a la meitat”, diría mi padre al respecto. Recuperando el espíritu de esta columna podemos asegurar sin temor a equivocarnos, que este mundo es un chollo para el entretenimiento. Si en algún otro momento, Bush no lo quiera, nos viéramos obligados a enfrentarnos a otra crisis de talla XXL, puedo aventurar que tendríamos los santos bemoles de convertir a sus responsables, en actores estelares de un reality show sobre el crack financiero que batiría récords de audiencia, retribuyendo con sueldos millonarios a los causantes de la debacle, siempre eso sí, proporcionalmente al peso de su papel en la serie. Lo que viene a decir que como a los humanos nos va mucho el masoquismo y ante todo somos unos cachondos, cuanto más chorizo fuera el tipo más “euracos” se agenciaría por la patilla. En estos casos conviene terminar mostrando nuestra satisfacción, y qué mejor manera para ilustrarlo que citando una célebre frase televisiva: “Me encanta que los planes salgan bien”. Fue una lástima que nuestro querido Aníbal y su “equipo” no hubieran podido cambiar sus heridos por fiambres.

Cita postuaria: «A todo el mundo le cae bien un buen perdedor, en especial cuando está en el equipo contrario». (Milton Segal)

Poco Más Magazine 2.0 está en marcha


La web 2.0 de POCO MÁS MAGAZINE ya está disponible a golpe de click. En la nueva versión online de la revista podréis encontrar todos los contenidos de la edición impresa, además de disfrutar al mismo tiempo de buena música house mientras consultáis sus páginas. Entrevistas, sugerencias, opinión y muchos otros temas al alcance de la pantalla de vuestro ordenador. En este site oficial también encontraréis los números anteriores de la revista para que podáis consultar en todo momento cualquier contenido publicado.

No os olvidéis de que al final de la edición impresa encontraréis una serie de tickets con descuentos y regalos, por cortesía de los sponsors de POCO MÁS MAGAZINE.

Besos y abrazos.

"Aterroriza como puedas" en PocoMás Magazine nº4

Ya está a vuestra disposición el 4º número de la revista PocoMás Magazine que podéis encontar en todos estos establecimientos de Palma y Part Forana. En el número de octubre encontraréis mi segunda colaboración que he titulado «Aterroriza como puedas«. Aunque no ha sido mi mejor parto, a mi me enseñaron que a todos los «hijos» se les debe querer por igual. Será éste el principio que permite al regimiento de malnacidos que nos rodea, disfrutar de nuestra compasión in eternum.


La historia que os voy a relatar a continuación es tan real como el miedo que experimentamos los que la padecimos. Todo transcurrió en un viaje que hice recientemente, con las imágenes de la catástrofe de Barajas todavía presentes en mi retina. Tras más de cuarenta minutos esperando en el interior del avión, nos hicieron bajar de él. “Un problema sin mayor importancia en un ala”, señaló un miembro del personal de tierra. “En media hora estará solucionado y se podrá efectuar el despegue”, concluyó aquel mensajero de las tinieblas. Un murmullo de pánico surgió de entre los presentes y fue a parar a mi espina dorsal, recorriéndola como un latigazo. “En este avión no volamos”, dijo una voz anónima en representación espontánea del pasaje. Demasiadas imágenes impactantes y otras tantas portadas de periódicos como para no permitirme reflexionar durante unos instantes. Al grito de “¡cagado!” se rompió el silencio. Cuando me di cuenta, advertí que había sido mi alter ego con espíritu heroico el que se había tomado la licencia de insultarme por línea interna sin articular palabra. Minutos después volvimos al mismo punto de partida –o fin, según se mire-: la puerta de embarque.

Allí conviví con individuos que habían hecho del móvil un apéndice más de su cuerpo, y con aquellos que preferían no compartir su inquietud con la familia. Yo, mientras tanto, decidí que tenía que hacer lo que estuviera en mis manos y pasar a la acción. Y así lo hice: me puse a sudar compulsivamente. Esa fue mi gran aportación a la calma general. Mientras secaba en el pantalón mis manos empapadas, un buen y viejo amigo se acercó a mi y me dijo: “Acabo de hablar con mi mujer y la verdad, no es el mejor momento para morir”. Exaltado le respondí: “¡Pero por favor no seas tan dramático!”. A lo que añadió: “No hombre, si lo dice porque todavía no tiene mi firma en el testamento, y además pasado mañana le es imposible quedarse a cuidar a mis nietos”. “Eso es otra historia”, le contesté con una cara de gilipollas que no se la saltaba ni Gervasio Deferr.

Una vez a solas, se me pasaron muchas cosas por la cabeza. Me acordé -supongo que al igual que los demás pasajeros- de las víctimas del accidente de Madrid y de sus familias. Poniéndose en su lugar por imitación, no resultaba difícil imaginar el horror que padecieron los accidentados y la tremenda indefensión posterior de sus familiares. Si yo no quería que los míos se imaginaran ni uno sólo de los escalofríos que me sacudieron durante esos momentos, con qué derecho nos han televisado todos los detalles más íntimos de la catástrofe. El derecho a la información debería acabar donde empieza el respeto a las víctimas y su derecho a padecer en la intimidad. En ese punto me vinieron a la mente los empleados de Spanair. Tengo buenos amigos que trabajan o han trabajado para la compañía. ¿Quién se acordó durante toda esta bacanal informativa de su honestidad profesional o de preservar su dignidad?. Cuánto despropósito, cuánta acusación imprudente, cuánto alarmismo infundado e incontrolado nos han colado tras la tragedia. “Quién vigila al vigilante”, como suele decir un buen amigo. Como muestra, un botón. Un día después del accidente, en un informativo nacional estiraban el tiempo dedicado al triste suceso con la noticia del siniestro de una avioneta en no sé qué país sudamericano. Sospechando la imprudencia, tecleo en Google buscando referencias sobre el tratamiento informativo dado a hechos similares antes del accidente de Madrid. Efectivamente, mis sospechas eran ciertas. Ni una escueta referencia para informar meses atrás de circunstancias idénticas. Todo era de un oportunismo tal, que sonrojaría al mismísimo Juan Antonio Roca.

Sonaba en mi cabeza aquella melodía de El Último de la Fila: “dónde estabas entonces, cuando tanto te necesité…”, mientras intentaba entender a qué carajo se habrían dedicado todo este tiempo los organismos que deberían regular el tratamiento sensato de la información. Mención a parte, merecen las filtraciones que se han sucedido desde el principio en este luctuoso acontecimiento. Con un secreto de sumario de por medio, todo bicho viviente con acceso a una fotocopia del auto judicial, a un post-it de la agenda de alguno de los abogados del caso o a una conversación de ascensor con alguna de las partes implicadas, ha corrido como El Vaquilla en su 1430 a largarlo todo sin un ápice de remordimiento. De no ser porque sentado en la puerta de embarque (por segunda vez en menos) de una hora, no me pasaba ni la saliva, me hubiese puesto a vomitar mientras los imaginaba. La gente que sólo comprende el dolor cuando lo padece en sus propias carnes, me recuerda que no debí deshacerme tan a la ligera de aquel folleto de inscripción a la Asociación Nacional del Rifle.

Mientras todo eso sucedía a la espera de noticias para embarcar de nuevo en el maldito cacharro volador, caí en la cuenta de lo irónico de la situación. Resultaba triste comprobar como un servidor no había decidido transmitir todo aquel sentimiento de repulsa, hasta que las coordenadas de un destino caprichoso habían querido situarme en el primer acto de una dramática función, que esta vez cambiaba su final por otro feliz. “Sólo se cae el que intenta echar a andar”, debió pensar Forrest Gump en su carrera hacia el éxito. Espero haber aprendido la lección. Para los que hayáis llegado hasta aquí en vuestra paciente y generosa lectura, confirmaros que finalmente el avión despegó y aterrizó sin sobresaltos en su aeropuerto de destino. He creído conveniente aclararlo para que toda esa manada de especuladores sin escrúpulos, no tuvieran un nuevo pretexto para convertir en carroña sensacionalista este testimonio, subjetivo por completo.