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Una historia familiar

Resulta sorprendente cómo a veces alguien extraño puede lograr explicar tus sentimientos mucho mejor que uno mismo. Eso es precisamente lo que me acaba de ocurrir con este magnífico reportaje de Informe Robinson sobre el ciclista Markel Irizar y el relato de su experiencia con el cáncer. Desde el momento de la comunicación del diagnóstico, la crudeza del tratamiento o los primeros progresos en su día a día, he sentido como si me estuviera observando extrasensorialmente, expresándome a través de sus labios [*]. Cómo olvidar que yo también hice de Lance Armstrong, y de su autobiografía ‘Mi vuelta a la vida‘,  todo un referente como paciente.

Mi recomendación: dedícate los siguientes 20 minutos de optimismo y superación. Después de una larga noche, siempre sale el Sol.

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[*] Esta es la razón por la que me identifico con la historia de Markel Irizar.

Cómo tocar la cima del Kilimanjaro con las manos

Se llama Spencer West y tuvieron que amputarle las piernas cuando tenía 5 años. Pues entérate bien, acaba de ascender el Kilimanjaro ayudado solamente de sus brazos. Cerca de 6.000 metros ascendiendo paso a paso, en su caso palmo a palmo, apoyándose únicamente sobre las palmas de sus manos. Por si fuera poco ya de por sí el desafío, gracias a esta hazaña de admirable superación, West ha conseguido recaudar 500.000 dólares para una ONG infantil del continente africano.

Lección 1: Me he propuesto no quejarme tan gratuitamente.

Lección 2: Por lo menos, en lo que queda de semana…

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Un homenaje al trabajo más difícil del mundo

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Un homenaje para el que es sin duda el trabajo más duro que existe y, a la vez, el mejor: ejercer de madre. Así lo ha querido reconocer el grupo P&G elaborando este spot que pretende rendir un ‘homenaje emotivo y sincero a todas las madres del mundo’.

Para ello han aprovechado que estamos en año olímpico, utilizando aquellos éxitos de los deportistas que se encuentran en un horizonte muy próximo, para correr las cortinas del día a día y dejar que traspase el esfuerzo y la dedicación de unas madres -y padres, diría yo- que enocontrarán su recompensa en los os rostros de sus hijos durante la próxima cita olímpica. [Vía lasblogenpunto]

El año que viví peligrosamente

15 años después

A finales de este 2012 hará quince años que volví a nacer. A pesar de sonar a topicazo, no se trata de un recurso literario sino de los hechos que ocurrieron durante casi un año de mi vida. Algunos ya los conocéis y seguro que, como me ocurre a mí en muchas ocasiones, hasta os parecerá un producto de la factoría de vuestra imaginación. Y es precisamente a ti, a vosotros, a quién va dedicado este post como un modesto, pero absolutamente sincero, reconocimiento que hice prometerme que no dejaría pasar por alto allá por el final de 1998.

Una Navidad cualquiera

Todo empezó en diciembre de 1997. Jamás se me olvidará aquel instante en el que se paró el mundo, aunque sólo fuera en mi reloj. Estábamos en vísperas de las fiestas de Navidad y hacía unos días que me había sometido a una pequeña intervención. Estábamos sentados a la mesa y Papá tomó la palabra. Ya teníamos los resultados. No había ido bien. Rompí aquel silencio estremecedor y pregunté: «¿Cómo que tratamiento? ¡Pues que me vuelvan a operar y ya está! Y entonces se me escurrió el suelo bajo los pies. «No hijo, no puede ser. Tienen que ponerte quimioterapia y radioterapia. Se llama linfoma de Hodgkin«. Me encantaría contarte que fui valiente, que miré a ese destino traidor a los ojos sin bajar la barbilla, pero nada de eso ocurrió. Sentí como mi cuerpo se agrietaba de afuera a dentro, desgarrándome las carnes. Solté un alarido en forma de «no» y rompí a llorar como no había hecho jamás. Me levanté y me encerré en mi habitación sin comer. No quise hablar con nadie en días. El primero en llamar fue David. Se lo acababan de contar mis padres. Papá me pasó el teléfono, creo recordar, y al instante nos pusimos a llorar. Colgó y vino corriendo desde el otro lado de la calle. Subió las escaleras de tres en tres y nos abrazamos. Quizá en ese momento comprendí que no tenía por qué adentrarme en el abismo solo. A partir de ahí empezó la batalla.

Lo primero que me esperaba era una visita al Dr. Antich. Estaba tan aterrorizado que temblaba tanto de epidermis para dentro que los huesos parecían resonar, mientras procuraba que esa imagen no se proyectara hacia el exterior. Empezaba a plantearme que debía tener en cuenta a mi familia, que ellos también sufrían. El Dr. Antich no se anduvo con rodeos: «¿Has hecho la ‘mili’? Pues esto es como un servicio militar: en nueve meses todo habrá acabado y después podrás olvidarte». A continuación empezó con la teoría. Era un linfoma de Hodgkin en estadio I y el pronóstico era bueno. «Tranquilo. Se cura en más del 90% de los casos», concretó mientras no dejé de darle vueltas a ese pendenciero 10%. Al tratamiento a seguir se le llamaba «sandwich» (Quimio – Radio – Quimio) con 12 sesiones de quimioterapia y un mes y medio de radioterapia. Lo tenían claro, parecía. Yo, no tanto. Ese mismo día tomé verdadera conciencia por primera vez del tipo de experiencias que abalanzaban sobre mí en los meses posteriores. Antes de marcharnos con la cita para la primera sesión de quimio en el bolsillo, me tuvieron que someter a una punción lumbar. La verdad es que fueron francos: «Esto te va a doler un poco». Me anestesiaron la zona posterior de la cadera para introducirme una aguja del tamaño de un soplete. «Lo que vamos a hacer es llegar hasta el hueso y coger una muestra», dijo el Dr. Antich. Me enseñó el artilugio y mentiría si dijese que no estuve a punto de entrar en colapso total. En su punta constaba de una suerte de dentadura que se manejaba desde lo que parecían unas asas de tijera situadas en el extremo opuesto. Cuando lo introdujo el dolor era soportable hasta que señaló que a partir de ese instante iba a hacerme «algo» de daño. «Esto te va a doler», dijo sin darme tiempo a digerirlo mientras apoyaba casi todo el peso de su cuerpo sobre mi espalda para arrancarme un trozo de esqueleto. El dolor fue tan intenso que durante unos segundos perdí la voz mientras me caían un par de lágrimas sin sollozo alguno, incapaz de consumir energía alguna en expresar cualquier otra manifestación de tal tortura. Para colmo, tuvo que hacerlo dos veces porque en la primera ocasión el congrio de metal regresó sin tajada. Al acabar fue más elocuente: «Te hemos arrancado un trocito de hueso y la anestesia solo te calma el pinchazo de la inyección. La mordedura del hueso se siente completamente. Pero eso es mejor no decírtelo hasta que ya ha pasado», sonrió. Me aseguró que se trataba de una de las pruebas más dolorosas que existen. Así entendí porque casi me desmayo de dolor. A pesar de lo que pueda parecer, debo ser justo y reconocer que el equipo del Dr. Antich y las Dras. Cladera y Balaguer, responsables de mi supervivencia en aquellos nueve meses, me hicieron conocer la vertiente más humana de la medicina, repleta de profesionales imponentes con un trato personal exquisito.

El entorno

En este punto hago un pequeño alto en el camino para acordarme de Mamá, Papá y Samantha, mi hermana. Todas las sesiones de quimio com Mamá, los análisis semanales para ver mi nivel de defensas, los trayectos en coche en que no cejaba en su empeño de ver la botella medio llena mientras yo le amenizaba el viaje con algo de SKA-P y su Cannabis; las noches de ingresos por daños colaterales al tratamiento… Todo atenciones, siempre con una buena cara como receta. Papá estaba en el mismo bando, codo con codo, organizándose el trabajo para poder escaparse a hacerme compañía en mis maratones de 3 horas de quimioterapia, removiendo cielo y tierra para que la burocracia del seguro médico complementara todo el proceso que la Seguridad Social ya estaba asumiendo, conectando nuestra casa a Internet para hacerme llevaderas la cantidad de horas muertas y poderme comunicar con Josu y Pedro, mis amigos y compañeros de carrera que estaban pasando ese curso de Erasmus en Aberdeen, Escocia. Guardo los emails que me enviaron y todas las cartas y postales manuscritas. Entre aquellos aparece alguno de Marcial. Estuvieron tan cerca que los miles de kilómetros de distancia apenas importaron. Igual que ahora, Josu, que nuestras vidas no coinciden tanto como quisiéramos te intuyo igual de cerca. Y cómo no acordarme de Sami, mi hermana, para la que también fue un calvario durante el que jamás remugó. Compaginar la tortura de sus oposiciones a judicatura con los constantes sobresaltos que le propinaba su hermano supuso para ella un sobre esfuerzo descomunal. Fue uno de tus peores casos, ¿verdad magistrada?

Cartas y postales manuscritas, emails, un relato en una publicación universitaria y otros recuerdos de 1998.

Y la conocí. Hablo de Rebeca, mi mujer. Empezamos a salir en pleno tratamiento; no le importó ni mi lamentable apariencia física en aquellos momentos, ni siquiera el olor a buitre carroñero que en cualquier instante podría sobrevolar mi cogote. Con ella se me olvidaba todo. Se me escabullían las hienas de mi azotea cuando compartíamos el tiempo. El próximo mes de abril hará 14 años que lo dio casi todo. Hace 29 meses cerró el círculo: nos hizo padres.

Tuve el privilegio de poder disfrutar de mi suegro Manolo durante unos meses. Aunque el destino no tuvo tanta paciencia con él, su custodia actual de la familia es incuestionable. El resto de la familia, mis cuñado Alberto e Iván, siempre me hicieron sentir como en casa. Recuerdo el día en el que me presenté oficialmente a la familia. Más de una veintena de familiares y amigos pendientes de un cabeza rapada con ictericia. Los nervios se esfumaron al acabar los saludos. No olvido el camino de regreso en el Golf verde edición Rolling Stone de Mateo y los Dire Straits de fondo. Hoy puedo decir que soy uno más de esa familia.

Daños colaterales

A este apartado corresponden todas aquellas consecuencias derivadas de los efectos aniquiladores que las drogas controladas ejercieron sobre mi cuerpo. Padecí una parálisis intestinal que me obligaba a tomar repugnantes antídotos para combatirla. Tras las sesiones de radioterapia mi cuerpo entraba en estado de letargo y era capaz de dormir la mayor parte del día. La radiación era tan potente que un día me desperté con las axilas en carne viva. La radioterapia propició uno de los momentos más dramáticos, a la vez que estúpido, del calvario. Una tarde me empezó un picor terrible en la nuca, desesperante. Empecé a rascarme con nerviosismo hasta que me quedé con un mechón de pelo en la mano. Luego otro, y otro y así hasta quedarme al raso en esa parte de la cabeza. Salí disparado hacia el baño para comprobar qué me estaba pasando. Llamé a mis padres pidiendo ayuda con un llanto desconsolado. Estaba aterrado porque pensé que el maldito linfoma se había apoderado de mi apariencia y ya no podía pasar desapercibido. No quería dar explicaciones y, sobre todo, me repugnaba el hecho de producir en los demás cualquier sentimiento de compasión. Es cierto que cuando me diagnosticaron lo primero que hice fue comprarme una máquina para raparme el pelo. Era la época en que los De la Peña, Ronaldo -el original- y compañía habían puesto de moda el peinado al cero y eso me ofrecía una cierta coartada. Pero ésta quedó desfasada cuando la radio engulló parte de mi cabellera. Mi familia y amigos se encargaron de hacer invisible esa circunstancia durante muchos momentos.

La neumonitis pulmonar como efecto de una de las drogas de la quimio. Un día, a traición, me quedé a mitad de escalera. Tuve que subir los últimos dos pisos a cuatro patas, me faltaba la respiración. Desde ese momento tuve que someterme a pruebas periódicas para controlar una posible pérdida crónica de capacidad pulmonar. Finalmente se quedó en una huella residual que no me afectaría para nada en mi vida cotidiana.

Una pericarditis en Madrid. Las Navidades siguientes, a los tres meses de finalizar el tratamiento, me entró un fuerte dolor en el pecho y en cuestión de horas apenas podía moverme. Pensé que estaba sufriendo un infarto. Ingresé en urgencias de una clínica próxima al barrio de Arturo Soria y me quedé durante algunos días pensando que por lo menos los pacientes serían de postín, pero no fue así. El susto fue morrocotudo. Mi padrino estuvo allí al pie del cañón, demostrándome lo que significa ser familia aunque solo pudiéramos ejercer en las fechas señaladas.

Recuerdos

De todos esos meses, quedan muchos recuerdos. Como las clases de la facultad a las que acudía en semanas alternas, ausentándome durante las que me tocaba tratamiento. Fue impresionante comprobar como mis compañeros -algunos de ellos forman parte de mi círculo de amistades más íntimo- se desvivieron para que no perdiera el hilo de las clases. Trabajos en equipo hechos a mi medida y gestiones con el profesorado en mi nombre, eran una constante. Todavía me acuerdo de las risas y las continuas bromas que me procuraba el bueno de Jaime. Aquí no puedo olvidarme de algunos de mis profesores que, saltándose el calendario escolar, me examinaron cuando las ondas y la química me concedían una tregua. Recuerdo a Joana Mª Seguí o a Climent Picornell, entre otros, que pusieron su agenda a mi disposición. Ese curso conseguí superar diez asignaturas.

Recuerdo cuando hablé con Mamá sobre el cannabis. Le dije que si las sesiones de quimioterapia se me iban de las manos quería que se lo planteáramos a los doctores. Eran tres días con el cuerpo descompuesto que se hacían interminables. Al final no tuvimos que recurrir al THC.

Recuerdo los partidos en el Fondo Norte del Lluís Sitjar. El día del apagón contra el Real Madrid cayendo el diluvio universal. Durante esos 90 minutos sanaba por completo. Por lo menos mentalmente. El colmo del hooliganismo fue pedir permiso al equipo de oncología para viajar a Valencia, con Martín y David, para asistir a la final de la Copa de Rey que jugaría el RCD Mallorca ante el FC Barcelona, en el Estadio de Mestalla. Me concedieron el deseo y no me lo pensé. Nos sacamos los billetes y nos fuimos para allá en un auténtico disparate de barco de la desaparecida compañía Flebasa. Salimos antes que nadie del puerto de Palma -12.00AM- y llegamos los últimos, con el partido empezado [aquí está la prueba]. Tanto es así que celebramos el gol del mallorquinista Stankovic en la misma bodega del barco, justo antes de desembarcar en la ciudad del Turia. Estaba tan extenuado a la vuelta que me quedé dormido durante todo el trayecto justo al lado de las máquinas recreativas, a la entrada de la sala de butacas. Una experiencia inolvidable, a pesar del atraco futbolístico y sus consecuencias en el resultado.

Recuerdo las llamadas de mi prima Rocío siempre ofreciendo su apoyo y su buen humor, a pesar de la lejanía. Al igual que mi tía Margot, que no necesitará leer estas líneas porque sabe perfectamente cuánto se preocupó por mí. Y como no, mi padrino «Tito Jose» -sin acento-. Recuerdo a mi tía Mª Antonia y su reencuentro después de muchos años, aportando su granito de arena a la familia.

Recuerdo hablar por teléfono con mis abuelos Pepe y Margot cuidando hasta la última palabra o mi entonación. No podían percatarse de nada. Que vivieran en Madrid era condición suficiente para evitarles un sufrimiento inútil en la distancia. No hubieran tolerado nada bien no poder arrimar el hombro.

Recuerdo a la perfección todas aquellas juergas «lights» que me procuraban los buenos de Martín y David. Las semanas de parón en el tratamiento nos reservábamos las noches de los sábados para recorrer el Paseo Marítimo, en mi caso, a base de Coca-Cola para no castigar demasiado al hígado que ya se llevaba un buen tute entre semana con tanta química.

Recuerdo a mi amigo Colau. Cuando me llamaba al portero de casa para que fuéramos a probar su nuevo Fiesta XR2 hasta Valldemossa. O para que fuera a su casa a enseñarme las nuevas adquisiciones de su discografía metalera. El motor, la música y el Mallorqueta nos unieron para siempre.

Recuerdo a otros muchos que, incluso sin percatarse, me allanaron el camino apartándome del lado oscuro simplemente siendo como son. En muchos casos hace años que hemos perdido el contacto y aunque no haya sabido encontrarle un hueco a vuestro nombre en estas líneas, sí que goza de uno, y preferente, en mi recuerdo.

Despedida y cierre

Si te preguntas por qué hago esto ahora, la respuesta es sencilla. Durante aquellos meses me hice algunas promesas que jamás debería traicionar: la primera, hacer un ejercicio periódico de memoria para no olvidarme nunca de cómo he llegado hasta aquí; la segunda, recordar a todos los que contribuyeron a mi ‘renacimiento’ desde sus pequeños detalles hasta los apoyos más incondicionales. Empecé a finales de 1998 publicando en una revista universitaria un relato de agradecimiento para todos aquellos que contribuyeron a la causa [aparece en la imagen adjunta]. Cuando se cumplieron los 10 años desde que recibiera el alta tuve que cumplir el siguiente propósito. Pensé y repensé en una cita que me sirviera para que jamás perdiera de vista lo que me enseñó aquella experiencia vital y, muy a mi pesar, me la tatué: ‘Caer es el primer paso para levantarse’. Elegí colocármela en el abdomen para que después de cada ducha supiera que estaba allí, mientras el resto del día permanecía oculta cumpliendo discretamente con su cometido. Por eso, este reconocimiento de hoy corresponde precisamente a esa lista de tareas pendientes de por vida. Se van a cumplir 15 años de todo aquello y valía la pena este ejercicio de memoria.

Si te das por aludido y deseas compartirlo conmigo -y con el resto de esta modesta familia bloguera- te invito a que dejes tu testimonio en un comentario a continuación. Si te puede la pereza, me conformo con tu paciente lectura, aunque sea por dosis.

Gracias amig@. Gracias a todos. Gracias por todo.

Comerse el mundo desde casa

Para estos días de viajes, descanso, cambios de rutinas, hábitos, dietas y qué sé yo, os dejo tres cortos de un minuto cada uno que forman parte de «Move, eat, learn» del director independiente australiano Rick Mereki.

Tres tipos -el protagonista es el actor Andrew Lees-, 44 días, 11 países, 18 vuelos, 38.000 millas en los que conocer lugares, gastronomía y aprender de sus culturas. Buen gusto, imágenes cuidadas y recuperando la idea de aprender de las diferentes culturas que se visitan… [Vía Off Broadway]

Equilibrio entre vida y trabajo: el poder de las pequeñas cosas

Mi fascinación por las conferencias del TED sigue in crescendo. Sin ir más lejos, hace unos instantes acaba de realizar una presentación Bill Gates como parte del programa de actos de «Redescubriendo la maravilla» [TED2011]. Pero esta vez me he propuesto haceros reflexionar sobre otro tema: el equilibrio entre la vida y el trabajo (conciliación, vamos). Suponiendo posible su viabilidad entre a los que no les pesan los bolsillos, las ideas y reflexiones que se nos ofrecen en los próximos 10 minutos deben, como mínimo, considerarse. Parar, respirar y actuar para proseguir. Nigel Marsh nos habla de su día equilibradamente ideal: tiempo con la familia, con uno mismo y laboralmente productivo.

 

[Es posible elegir los subtítulos en castellano]

Historia mínima

Los descubrí en un concurrido y renovado paseo de Palma. Allí estaban los dos, sentados frente a frente, como dos astillas salientes en una madera de carpintería pulida. Allí sobresalían ocupando el margen izquierdo de la avenida, con la discreción del que pretende huir de la panorámica del paseante. Ella, ocupaba con su figura los centímetros que preceden al precipicio que coronaba el asiento de un banco. Él, le sesgaba la trayectoria hacia el desplome colocándose enfrente, acomodado en su silla de ruedas. Parecía el inquilino novel de aquella mula mecánica despoblada de músculo y anatomía. Ambos eran niños de la guerra con más de ochenta años de recorrido. Lo que más me llamó la atención fueron aquellos gorros que culminaban sus cabezas, atrapando aquellas calorías que se creyeron libres tras superar la epidermis.
Eran compañeros de existencia. Ella le miraba a los ojos para poder reconocerse mientras repasaban su vida. Una vida repleta de primaveras y veranos, que ahora habían dejado paso a un espeso otoño caduco, terminal. Interrumpían el relato guardando silencios involuntarios, masticando los recuerdos como el rumiante que saborea  de nuevo el manjar, incapaces de pronunciar las palabras que tal vez debieran. El mismo silencio que imaginé que interpretaban ante los suyos. Aquel que se ampara en la convicción de que si se desconoce el sufrimiento se evita su padecer. Él le recuerda ese mandamiento inquebrantable al paso de la convivencia que juraron no traicionar: «Para siempre, ¿recuerdas?». A lo que ella respondió por imitación: «Para siempre, sí».
No había tiempo para prórrogas y esa circunstancia lo envolvía todo con su aroma. Ella, en apariencia, no exhibía constitución endeble. Sin embargo, al raspar con el escarpelo con detalle, y una vez superada aquella pátina de confusa solvencia, se podía contemplar  un cuerpo colonizado por una fragilidad de porcelana, cuyas fisuras asomaban a las puertas de sobrepasar el punto de ruptura. Sus movimientos parecían calculados, sustentados en una energía no renovable que los hacía tan preciados como irrepetibles. En uno de esos gestos finitos ella le sostuvo la mano con determinación y firmeza, como el obrero que apuntala un tejado en ruinas mientras su propia vida pende de la certeza de la maniobra. Él, a la par, buscaba con la mirada el camino entre sus pupilas con la intención de asaltar por sorpresa los recodos de su mente que jerarquizaban sus emociones. Y todo para cambiarle su equilibrio de fuerzas y deshacer el lazo que les ataba, deshilachándolo hebra a hebra, hasta enredarla de nuevo entre los vivos. Cerca de las llamas candentes, lejos del humo que se evapora para siempre. Pero ella, impenetrable, no tiene esa intención. Ha decidido que si a él se le consume el aliento, ella también abandona la carrera en esa parada. Porqué más le vale una derrota compartida ante el destino que un triunfo en soledad.

Una conferencia que no te perdonarías perderte

Algunos de los que me conocéis me habréis oído alguna vez dándoos la brasa con una conferencia de Emilio Duró sobre optimismo e ilusión. No la había posteado hasta ahora porque sólo la había encontrado partida en varios vídeos en Youtube, y pensé que nadie le seguiría el hilo. Gracias al recordatorio de uno de los mejores blogueros de este país, Nacho de La Fuente, hoy podéis disfrutar de esta útil pastilla visual para el ánimo. Que os sea útil…

[Vía La Huella Digital


Empieza una nueva etapa

Esta semana se ha bajado el telón de una etapa profesional que ha durado 8 años. Cuando en agosto de 2002 atravesaba por primera vez la puerta de las oficinas jamás pensé que repetiría ese gesto tantas veces como ha sucedido finalmente. Algunas cosas quedan aún de aquel muchacho de 25 años que no daba crédito a la oportunidad laboral que le brindaba el destino. Decidí aprovecharla al máximo, como no podría ser de otra manera, y aposté por trabajar a pleno rendimiento asimilando a destajo todo cuanto requería esta profesión. Sólo puedo estar agradecido a todos aquellos que confiaron en mí -han sido demasiados como para ponerles aquí nombre y apellido- y creyeron que estaría a la altura de las circunstancias. A ellos les debo la posibilidad de consolidar mi trayectoria profesional porque en su día apostaron por un joven recién salido de la universidad sin más experiencia que la de la vida. Debieron entender que les correspondí y de ahí en adelante fui cubriendo etapas y responsabilidades cada vez mayores hasta el día de hoy.
Debo pedir disculpas a todos aquellos que hayan creído que en algún momento no estuve acertado. Seguro que les asiste la razón porque si hay algo que me identifica con aquel novato que pisaba la oficina por primera vez es que sigo cometiendo errores. Por supuesto tengo que agradecer a los que en alguna ocasión me pusieron en mi sitio, que no les temblara el pulso al hacerlo. A veces la juventud te confunde haciéndote creer que lo sabes todo -parafraseando a mi abuelo- y conviene que de vez en cuando alguien nos recuerde que no podríamos estar más equivocados. Me acuerdo de todos con los que he tenido contacto profesional a diario, con los que con toda probabilidad en más de una ocasión he manifestado diferencias de criterio. Si mi argumentación pudo herir susceptibilidades o quizá no demostré un talante dialogante en todo momento, pido disculpas. No puedo olvidarme de agradeceros todo lo que me habéis enseñado sobre la profesión y sobre sus mecanismos, ya fueran implícitos o no.
Un último recuerdo es para mis compañeros de trabajo con los que he compartido momentos inolvidables durante estos años. Dejo allí a profesionales muy válidos, muchos de los cuales son buenos amigos, a los que deseo de aquí en adelante la mejor de las suertes para un futuro en el que deberán superar de nuevo los acontecimientos, tal y como han demostrado en tantas ocasiones hasta la fecha.

En este momento concluyo una etapa tremendamente fructífera desde el punto de vista profesional, que espero que me conduzca hacia nuevas alternativas en las que seguir trabajando con la máxima dedicación y con la convicción de seguir aprendiendo para ampliar mis recursos profesionales.

Gracias a todos por todo. Seguiremos en contacto.
Héctor Romero
hectorromero[arroba]ono.com 

Una lágrima, por favor

Voy a sincerarme. A veces… a veces intento hacerme el fuerte pero calculo mal el punto de dureza y se me fractura la pose y se destapa la impostura. Lo esperanzador del asunto es que la frecuencia con la que se me presenta este fenómeno es baja, con una intensidad de leve a moderada.
Y digo esto porque días atrás en plena sesión doméstica de cine apareció la careta de superhombre. He de reconocer que enseguida percibí los derroteros que tomaba la película y decidí entrar en modo macho rudimentario I. Reinicié sesión como usuario Rambo y activé el nivel de máxima seguridad de mi cortahemorragias lacrimal. Todo un éxito. La sucesión de situaciones trumáticas que habían perpetrado los guionistas era interminable y ahí me tienes, fresco como un pingüino y sin restos salinos en las mejillas.
Sin embargo el sistema no es perfecto y si Bill Gates lo tiene claro, figúrate este escribano. Primero se detectó una pequeña fuga en el trastero de la empatía -palabra de uso cotidiano en familia- cuando una de las coprotagonistas, huérfana y sin más anclaje a este mundo que un novio ex toxicómano que vive con su ebrio y violento padre y al que abandonó su madre cuando era un niño, se da cuenta que a su alma gemela le quedan pocos años de vida. Por mucho que elevé el nivel de alerta del sistema la minúscula vía de agua que buscaba su camino de evacuación en mi órbita ocular, cada vez se hizo más grande hasta que inundó la sala de máquinas. Llegados al momento de la terrible pérdida, las claraboyas reventaron hasta anegar mis ojos. Se dispararon las alarmas y los equipos de testosterona de emergencia salieron al rescate. Era demasiado tarde y nada pudieron hacer para contener la catarata de emociones. Este es el testimonio de un valiente que presume de cobarde. Porque ganar batallas es sencillo; porque perderlas y sentirse reconfortado es complicadísimo. Y yo en ese terreno me siento cómodo. Así es.

Demasiado humo para tan pocas señales

Hace tiempo que pretendía lanzarme sobre el teclado y no lograba juntar tiempo y argumentos en la misma coctelera. Pero lo cierto es que últimamente los asuntos no son precisamente escasos. Cuando a primera hora de la mañana de un día cualquiera -lo mismo da, son los mismos perros con distintos collares- te armas de valor y alcanzas el primer periódico libre de marca sobre la barra del bar, mientras contraes tus gónadas masculinas -suponiendo frívolamente que eso te sea físicamente posible- estás desafiando la supervivencia de tu equilibrio vital para el resto de la jornada. Me explico. Toparme de morros, por ejemplo, con la noticia de que los griegos pagarán los excesos de sus gobernantes y cómplices a base de reducir sus salarios, en el caso de que tengan, sus pensiones de jubilación, sus subsidios por desempleo o sus becas para estudios, me pone de una mala baba que me haría el haraquiri con la pajita del zumo.

En ese preciso instante recuerdas que no debes demorar más tu afiliación al Partido Pirata sueco, del que espero que cuente con un ala al puro estilo bucanero del siglo XVII para la que asaltar y atracar sean  puntos reflejados en su programa electoral, y así evitamos sorpresas posteriores. Sí, lo sé, entre nosotros conviven demasiados barbarrojas de lo público e incapaces crónicos, pero por lo menos los suecos se pasean con el parche en el ojo sin ocultar la naturaleza de su jeta. Si además defienden los derechos fundamentales en Internet, que no dentro de muchas erupciones volcánicas será lo único que me importe, miel sobre hojuelas. No hay nada que me retuerza más las tripas en esta vida que me estén dando la mano con la derecha mientras me roban al mismo tiempo la cartera con la izquierda. Soy incapaz de desenvolverme con semejante habilidad con la zurda. ¡Que impotencia, rediós!

La cosa está que arde, y si no basta echar la vista a Islandia. El drama de los parados se extiende como una plaga de tuberculosis en el Imperio Napoleónico. Nadie hace nada, nada se espera de nadie y en nada deberían convertirse los que que no pensaron en nadie cuando nos llevaron a la nada -o algo así-. Y ante tal despropósito no se conoce movilización alguna, remunerada o no, ni de los agraviados ni de sus representantes. Eso sí, hay reventa para adquirir las primeras localidades improvisadas en la recepción del hospital en el que acaba de ser intervenido El Rey. Hay oferta de tres por dos en guantazos a palma abierta para adelantar posiciones en el besamanos improvisado a la familia real. Idéntico resultado el cosechado entre los políticos de guardia para posados robaportadas. Hay casi más tráfico de cargos públicos en los pasillos de la clínica que en los juzgados de Palma.

Y después de intentar digerir todo este despelote de lo que llamamos actualidad no quedan más cataplines que seguir nadando hasta la orilla de cada jornada, y sentirme un privilegiado al poner el pie en tierra firme cada mañana porque puedo desempeñar un trabajo por el que me pagan. Es de obligado  cumplimiento el sentirme abiertamente agradecido por poder compartir mi vida con los míos, repartiendo lo bueno en pedazos y desgajando lo malo entre todos. En esas estamos. Porque lo demás no existe y no se barruntan señales de humo en el horizonte que apunten a lo contrario.

Cuando una foto vale más que mil palabras

Llegó a mi pantalla vía Facebook un trabajo fotográfico de extraordinaria calidad humana y gráfica. Phillip Toledano narra desde el objetivo de su cámara fotográfica los últimos días de vida junto a su padre, de 98 años de edad por entonces. Me ha parecido de una sensibilidad finísima la manera en la que retrata al que fuera actor en los años 30, acompañando algunas de sus capturas de breves descripciones sobre la dureza de su enfermendad mental, y al mismo tiempo la felicidad por haber conocido cara a cara lo divertido que era su padre. Una historia de amor, a fin de cuentas.
Os dejo con Days with my father