En una página 2: los Muértimer T01, de Léa Mazé

En estos vídeos no se busca algo «pro» sino espontáneo. No preparo un análisis, lo improviso, por diversión. Pero me ha extrañado la calidad el vídeo y que este haya sido cortado por los márgenes, no me tiene acostumbrado mi Ipad Pro a estos descalabros, así que intuyo ha sido culpa mía.
Sea como sea, no voy a eliminar este vídeo y realizarlo de nuevo, eso conculca el espíritu de esta serie, así que espero que, con todo, lo disfrutes.

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Los grandes espacios, de Catherine Meurisse (Impedimenta)

En ocasiones tiendo a pensar que la perfección, ese exótico plus que poseen muy contados creadores, es cosa de tonalidades o de cadencias más o menos inaprensibles, antes que cuestiones de medidas consensuadas. En el arte al menos cabe pensar así: la sensación de trascendente obra maestra que destila, por ejemplo, Los grandes espacios procede de algo que va más allá de claves mesurables para un correcto (o sublime) diseño de la secuencia, la página, el encuadre de la viñeta, la expresividad del trazo o del diálogo.

No deriva tampoco de su tema profundo (obras de una liviandad argumental casi obscena pueden ser perfectas obras maestras, estaremos todos de acuerdo). Más bien se entiende su magia en la capacidad que tiene Meurisse de trasladarnos al interior de su alma desde la primera escena de la obra. “Hace mucho, soñé que tenía en mi piso parisino una puerta especial que daría directamente  a los prados” son las primeras palabras, parcas en una escena muy dinámica, para un libro de verbo torrencial (y muy botánico). Y esa exactitud embriaga: una sola frase nos lleva a la distancia, al ensueño, la añoranza. La memoria, el campo y la naturaleza serán los terrenos que pise esta novela gráfica.

La autora ya nos introduce con un empujón enérgico en el mundo que desarrollará durante novena y dos páginas. Un mundo sencillo pero al tiempo complejo, repleto de matices. El universo de la alegre infancia y la vida familiar, alejada de lo urbano en una casa de campo.

Los grandes espacios, de Catherine Meurisse | Zona Negativa

Allí la familia vivirá la vida de un modo nuevo y al tiempo ancestral. Meurisse lanza tantos temas que no es sencillo enumerarlos: por supuesto, el mundo de la infancia y la vida vista desde los ojos de la niñez; la importancia del amor familiar; el contacto con la naturaleza, cada vez más perdido en el presente; la protección necesaria a esa naturaleza, para preservarla; las bondades del trabajo constante y apasionado, que siempre da bellos resultados; la necesidad de poner fantasía en nuestras vidas, de usar más la imaginación; la belleza del arte (pintura, literatura…).

Los grandes espacios nos habla de todo ello y parece no hacerlo, por culpa (gracias a) una estructura tan equilibrada como de apariencia circunstancial. En cierto modo, podría decir que este libro practica el impresionismo pictórico a través de la narrativa. Nos hacemos con el todo viendo el conjunto entero, más que deteniéndonos con lupa en cada escena. Y hablar de pintura nos lleva directamente al apartado gráfico, a ese dibujo ya clave en Meurisse, con amarre siempre en lo cómico, en la caricatura rápida. Es algo que embelesa. Lo hace en titanes como Riad Sattouf, o en autores como Christophe Blain. Y quizá en ese terreno, el de llevar el trazo en clave de gozoso humoresque a otros géneros, se me antoja que Catherine Meurisse es la más grande. ¡Y qué bien sienta ese tono a todas sus obras!

Si además, y hay que destacarlo, la colorista está a la altura como es el caso, el negocio final es redondo. Isabelle Merlet, su paleta y su estilo dúctil son indisociables al resultado altamente evocador de las páginas del libro. Un libro que tiene, en fin, ese algo inasible del que hablábamos al principio, y que sin embargo fija como cincel en granito la más exacta descripción de este cómic: una perfecta obra de arte. Y uno de los cómics (quizá El cómc) de 2021.

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10 pasajeros. Mayo 2021

Recomendaciones y apetencias para el mes.

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En una página 1: Vida rana de Roberto Massó

Inicio algo. ¿Durará o no? Tiendo a no perseverar y a ciosnsiderarme anima de anonimato visual y producción escrita, ante todo. Pero al menos creo que con este divertimento (que realizo con un programilla sencillo en el PD y una maravillosa tableta con lápiz digi) ofrezco algo distinto al youtuberismo habitual de novedades y proselitismo/prescripción (para eso, «Los 10 pasajeros»). Tampoco quiero restringirme a un ejercicio de análisis con forma de lección de Bachillerato, a ver si se me ocurren más ideas… pero para empezar a hacer experimentos con gaseosa me parece ok, lo suficiente para compartirlo.
Por el tono observaréis que NO hay que tomar esto más en serio de lo que es, una improvisada mirada a una página de un cómic.

Vamos allá:

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Diez pasajeros

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PATRIA, de Toni Fejzula.

“Patria” también es una novela gráfica.

(Texto publicado originalmente en el suplemento «Sábado» de Faro de Vigo)

Toni Fejzula adapta al lenguaje del cómic la novela homónima de Fernando Aramburu, un relato sobre el dolor que ha supuesto la existencia de ETA en el País Vasco.

OCTAVIO BEARES

Francamente, parece que hablar hoy de “Patria” no precisa de demasiados prólogos. Lamentablemente el ya famosísimo escándalo político con el cartel promocional de HBO, que emitirá la adaptación de la novela de Fernando Aramburu al formato de serie televisiva, ha levantado polvareda en el camino. No vamos a ir más allá al respecto porque aquí se habla de una novela gráfica y su portada no genera la más mínima duda: la mujer que nos da la espalda en esa ilustración es la viuda de una víctima de la banda terrorista, y es, en cierto grado, protagonista de “Patria” (Planeta Cómic). No hay equidistancias. Sí que hay, con todo, un acercamiento honesto a todas las partes. Sin caricaturas, con profundidad y mucho dolor.

Toni Fejzula, autor de esta novela gráfica, nació en la antigua Yugoslavia y, aunque lleva décadas viviendo en Barcelona los temas del libro le tocan muy de cerca (no solo lo ha declarado, el lector lo siente). Sabe lo que supone una sociedad fracturada por una guadaña de violencia. De muchas violencias: de las miradas encontradas en una panadería al disparo a bocajarro en el callejón. Una fractura que, me temo, solo puede entender del todo quien la ha padecido de algún modo, directa o indirectamente, y eso es uno de los aspectos más destacables de este cómic: transpira empatía y emana conocimiento del dolor, del horror. Se condena sin proclamas, se denuncia sin políticas ni didactismos, se llora, entre viñetas, porque en definitiva una sociedad secuestrada por la violencia extrema no es una sociedad libre. Ni feliz.

Por supuesto toda esta floración de sentimientos intensos ante la lectura del cómic sería imposible sin una ejecución técnica más que buena y de la que deben destacarse no pocos hitos.  Hay que hacer las cosas fabulosamente bien para sostener un drama coral tan cercano a nuestra memoria, nuestro corazón y nuestras tripas, pero que nunca contraría al lector sino que le hace reflexionar. Y es necesario talento para que esas trescientas páginas nos atrapen, incluso bajo el peso de una narrativa densa, difícil, fragmentaria: los diálogos son exactos y cortantes (se dice, pero también se calla); las escenas están impregnadas de una presión de difícil descripción sin el empleo del dibujo y el color (creo sinceramente que muchos matices emocionales se logran no con “la trama”, sino con el color y con ese  dibujo duro, áspero)

Este cómic es un tour de force, unas páginas magníficamente diseñadas, de enorme elegancia, con un empleo del color abrumador (un poco impresionista, un poco expresionista, que nos involucra y nos genera estados de ánimo). No es una lectura sencilla. No lo es por el fondo, obviamente duro, pero tampoco por la forma, que aprieta un poco al lector para obligarle a penetrar su interior, zambullirse. Sin cabriolas excesivas, solo sabiendo muy bien qué se quiere contar y cómo contarlo.

Aprovechen que “Patria”, de HBO, va a ser sin duda la serie de la temporada y háganse con esta otra versión de la novela. Y con la obra original, que por algo fue en su día Premio Nacional de Narrativa 2016. Intuyo que en todas sus versiones va a merecer la pena. Es necesario reflexionarnos también en los rincones más dolorosos, y “Patria “lo hace con un tacto y sentido emocional impecables.

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El pacto del letargo, de Miguelanxo Prado

Recientemente he publicado en Faro de Vigo una crítica a El pacto del letargo, el último libro de Miguelanxo Prado. Se ha publicado en el suplemento «El sábado», lo cual me encanta porque tiene lectores muy heterogéneos, pero como este es en blanco y negro creo que no merece la pena subir el pdf original (quieras que no, en pantalla un pantallazo de un diario en B/N no luce) sino el texto original, que amplío brevemente.

El pacto del letargo, la nueva obra de Miguelanxo Prado

El Premio Nacional del cómic Miguelanxo Prado retorna con un nuevo trabajo que, una vez más, supone un giro del volante.

Si algo ha definido a Miguelanxo Prado es la inquietud de su espíritu, su constante búsqueda de nuevos lugares a los que acudir con cada nueva obra dentro de un tono general 100% Prado. En este sentido su nuevo trabajo va a suponer, posiblemente, aquella obra que más abanico de edades puede abarcar, dentro de su producción. Podríamos decir que frente a sus últimas novelas gráficas (como la crítica social de Presas fáciles, claramente para lectores adultos), El pacto del letargo es un álbum tan atractivo para un adolescente de la E.S.O. como para el seguidor de toda la vida del autor. Es una virtud que no buscaban libros pretendidamente tan profundos como Ardalén, por ejemplo, centrado en una historia madura para lectores igualmente maduros sobre la vejez, la memoria, el tiempo, la realidad…
Ahora hablamos de un relato donde el resurgimiento de la magia y los poderes arcanos o feéricos de un tiempo mitológico generan una historia tensa de intrigas entre anticuarios, coleccionistas, arqueólogos del departamento universitario de turno y personajes que “algo saben” sobre un misterioso triskel. Triskel que es objeto de la codicia de criaturas demoníacas y élficas en su deseo de volver a caminar la Tierra… una idea que aproxima al mundo a un caos nuevo (no necesariamente “malo”, pero eso habrá que descubrirlo en la trilogía). Un argumento entre lo manido y la colisión de dos fórmulas genéricas (fantastique o incluso realismo mágico, y el thriller, incluso el de esa variante de thriller académico en que eruditos desentrañan amenazantes misterios, logias y cosas en cuadros de Da Vinci, si me apuras…), que pese a no suponer ni pretender una renovación de nada, es una lectura ligera con, porqué no, intersantes posibilidades como objeto de deseo para Netflix. Esto es, una trama bien armada, para todos os públicos, que salta entre géneros (algo que gusta mucho a la moderna narrativa popular) y que ofrece discursos sobre el dominio de una civilización prosaica sobre una forma mágica de entender el mundo, o sobre la importancia del patrimonio material y las especulaciones academicistas con dicho patrimonio.

Podemos decir que Prado con este libro (lo dicho: primero de una trilogía) está creando su propio The Sandman (Neil Gaiman y vvaa), si se permiten comparaciones un poco epatantes: una aproximación muy personal a lo mágico y al fantastique, que además es algo totalmente enraizado en el acervo popular gallego.

Lo gallego, como signo de una identidad, es algo muy presente en toda la obra del autor de Trazo de tiza pero quizá nunca con tanta fuerza como en este nuevo relato, pues Galicia es tierra abonada para temas de magia, fuerzas telúricas, poderes del más allá y objetos de poder.

Una historia bien engarzada (destacando sus numerosos saltos en el tiempo y el espacio, bien templados), con personajes más o menos tópicos pero tratados con una suave pátina de humor… o mejor dicho, de retranca (los dos matones de gatillo ligero me recuerdan a los ya míticos sicarios de segunda que Frank Miller suele usar en sus obras), y un cómic con, como decía antes, potencial para atraer desde un rango de edad de, digamos, la pre adolescencia, hasta el momento en que uno pierda las ganas de ver el mundo como un cuento mágico, maravilloso y algo siniestro.

Es importante hacer notar lo que para mí es lo más destacado en El pacto del letargo: la vuelta por parte del autor a un estilo de dibujo aligerado (que no descuidado, ni de lejísimos, vamos) ofrece una viveza casi positiva, incluso en los momentos siniestros el trazo del autor airea la narración, la refresca. Casi tanto como el color, siempre magistral en Prado. Incluso por primera vez en mucho tiempo, el autor ha optado por no colorear las calles entre viñetas, intuyo que en esa búsqueda de una plasmación visual limpia. Por decirlo con ejemplos, Prado se aleja del estilo recargado, pantanoso incluso de Ardalén y e acerca al trazo caricaturesco y ágil de Quotidianía delirante… y le sienta muy bien a la historia

Una historia narrada con una planificación de la página, como es habitual en el autor de Stratos, elegante y cuidada, sin estridencias, de esas que llamamos «invisibles».

Y bueno, barramos para casa. Me encanta identificar esquinas y plazas del Casco Vello de Santiago de Compostela en las páginas de este libro. Libro, por último, que se edita en castellano por Norma y en gallego por Retranca Editorial (c9n numerosos extras).

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«Barrios, bloques y basura» de Julia Wertz en Faro de Vigo

Julia Wertz lleva al cómic una historia poco convencional de la Gran Manzana en «Barrios, bloques y basura»

Puede que este verano volemos corto por las circunstancias pero siempre nos queda la literatura, para visitar otras latitudes. Nueva York tiene un atractivo indudable: su historia y su mítica convierten un libro de memorias e investigación a su alrededor, en todo un viaje a sus entrañas

Julia Wertz manifiesta en el prólogo de «Barrios, bloques y basura» (Errata Naturae), una relación tan apasionada como accidental con la ciudad de los rascacielos. Y es a partir de esa primera persona del singular desde donde este libro parte para describirnos Nueva York. No el Nueva York del turismo superficial, sino el profundo, la historia de una ciudad que en las detalladas y absorbentes páginas de este libro se muestra como un organismo casi vivo, mutante, en el que un hecho concreto va a reverberar en su futuro.

Wertz va a relatarnos desde la perspectiva de una investigación metódica un Nueva York amado y sentido, querido hasta en sus peores costuras (como Dead Horse Bay, donde puedes «disfrutar» de la «Playa Botella», de nombre suficientemente descriptivo). Un libro de forma tan sugerente como su fondo. ¿Es un cómic «Barrios, bloques y basura»? Porque a veces lo abres y lo que encuentras no se parece nada a la imagen mental que podemos tener de un tebeo. Pues lo será si esa es la voluntad de la autora, un cómic de parámetros elásticos, en el que cabe historieta convencional de aires gráficos propios del alternativo, con un dibujo espontáneo y algo naive en unas páginas de acabado sencillo (cuatro, seis viñetas más o menos regulares). Pero también meticulosas ilustraciones de edificios a toda página, o de calles a doble página, o de lugares en una época lejana contrastados con ese mismo lugar en años recientes (reflexión del cambio profundo de la urbe) y planos de pisos y casas (como la planta del 740 de Park Avenue como ejemplo de construcción residencial histórica de 1929, en estilo Art Déco).

Visitando Nueva York sin salir de casa

Visitando Nueva York sin salir de casa

Ilustraciones contrastadas con largos textos explicativos de lenguaje muy directo, llano (¡que nadie piense en un tratado académico!). También se preocupa Julia Wertz de brindar al lector fotografías que documentan los hechos y lugares descritos, como los edificios y artefactos que aún sobreviven de la feria Mundial de 1964/65 o del cementerio de barcos de Staten Island. Un verdadero collage de estilos y formas.

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El cómic cuestionado.

Reflexionemos el cómic como arte. Obviamente no vamos a ponernos  a hablar de si lo es o no a estas alturas de la vida, sino de las características del medio y la disposición de los seguidores, estudiosos, divulgadores y creadores respecto al cómic como arte en ocasiones. Una disposición a mi juicio equivocada del que he reflexionado en Twitter y retomo y expando un poco en este post (más una relfexión rápida que cualquier artículo serio y trabajado, lo advierto también… ¡que por algo proviene de redes sociales!).
El cómic debe ser visto desde la problemática.

Cadencia, de Roberto Massó (Fosfatina), «esto lo hace mi hijo de 3 años»

Si los que lo analizamos, lo crean y lo leemos no le exigimos al cómic y no entendemos que como medio tiene espacio para crecer, y no pocos problemas como medio, entonces no es arte, es artesanía. Que me parece muy bien consumir y apreciar artesanías, pero el cómic es un arte pleno y por tanto un espacio de búsquedas y cuestionamientos, en el que debería ser moneda común la rebeldía. No de su mensaje/contenido simplemente, ya sabemos, medios contestatarios.

Zap Comix, Robert Crumb, Mensaje de contracultura.

Me refiero a una rebeldía respecto a lo que se suponen sus normas, su canon, su «así debe ser» (que para más delito ha estado poderosamente mediatizado por una primordial función comercial que, poco a poco, va tomando matices, aceptando que no todo cómic busca una rentabilidad de producto masivo como no toda película o novela ansía al nirvana del best-seller)

Sección de cómics en prensa generalista.

Pues bien, existe una corriente de autores y desde hace décadas, cuestionando formas que me parece la manera más potente de elevar al medio. Y hay personas (y personajes del mundo historietístico, lamentablemente también) que cualquier búsqueda la asumen como un despropósito, pedantería, desviarse del “camino”. Una actitud muy nociva, pensar que las búsquedas de Alberto Breccia en su día (o de Roberto Massó hoy) son un camino equivocado. Porque al final los que se reían del Breccia de los primeros setenta o últimos sesenta, de haberlos, hoy inclinan su rodilla, con frasecitas engoladas, «el Maestro». Pues sí, pero no porque un mainstream indeterminado decida señalar a determinados autores como los Magister del medio y ponernos estupendos en redes para iluminrar nuestro ego señalando a pretendidos grandes nombres por la gracia de Dios… Breccia es un maestro por su ética como autor inquieto que quería ir más allá, que rechazaba lo hecho para ir a donde no se había llegado. Así que la búsqueda, el cuestionarse los caminos trillados, opino, es la vía correcta para que el cómic como arte crezca.

En fin, pienso que Breccia aquí lo explica mejor que yo, aunque desde estas declaraciones (de los años noventa) las cosas han cambiado y a mejor (intento que el link caiga en el minuto concreto,me refiero a 9.35):Imagen de previsualización de YouTube

Como divulgador quiero divulgar esa forma de entender el cómic como arte, que nace de la constante discusión con su propio legado (desde su conocimiento y respeto). No de recostarse cómodamente en los «ítems» de los 80 ó de los 40, sino en su cuestionamiento. El camino es lento y más en un medio tradicionalmente de consumo. Pero hay quien lo está caminando, y eso es bueno. Más aún, claro: es necesario.

Otro día hablamos de quienes señalan a esos autores que hoy practican rupturas y buscan, como gato panza arriba, un referente pretérito, defendiendo que «esto ya lo hizo hace veinte años bla bla bla». Ni caso, es una idiotez que describe a ese pseudo Connaisseur del cómic, porque pretender que la mirada de alguien de 2020 ya había sido captada por un belga que trabajaba en 1977 es delirante, o estulta, o intenta revestir miopía de falsa erudición. Que un creador pueda tener (y tendrá, es humano) referentes no equivale a salvoconducto para desacreditar a los experimentales del presente. Solo, en todo caso, una táctica más bien chusca para camuflar lo que realmente se dice: que todo está inventado para el medio cómic. Por tanto, que este es una artesanía sin derecho a la exploración y la búsqueda de nuevos modos. Porque todo está en el pasado. Y cualquier tiempo pasado etc etc. Pues a mis años yo me niego a pensar así, se siente.

«El Maestro», sí.

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La cólera de Santiago García y Javier Olivares en Faro de Vigo

Homero como inspiración.

Los ganadores del Premio Nacional del Cómic 2015 con «Las meninas» regresan con «La cólera», que toma «Ilíada» como punto de partida
Octavio Beares / Publicado originalmente en Vigo en 01.06.2020


Los ganadores del Premio Nacional del Cómic 2015 con «Las meninas», Santiago García y Javier Olivares, se han tomado su tiempo en encontrar una buena causa para colaborar. Amalgamar la Ilíada con un relato capaz de transportarnos a tantos lugares como este libro bien pudo ser un nacimiento natural para ambos, del mismo modo que tutti y concertino se replican con grácil sencillez para dar una obra perfecta a partir de algunas melodías agraciadas. Pero para llegar a la forma excelsa, aunque esta parezca natural, grácil, se requiere de trabajo y talento.

«La cólera» (Astiberri ediciones) es también bastante perfecta. Bueno, nada es perfecto en esta vida, pero esta novela gráfica se le acerca bastante y se posiciona como un referente narrativo en este turbulento 2020. Un trabajo de imágenes impactantes y vigorosas, mutantes, que fascinan al lector. Un libro con una historia reconocible por familiar (casi en nuestro tuétano) pero también de una densa profundidad capaz de lanzar ideas a nuestra cabeza: el heroísmo a la Frank Miller («300») se cruza con una historia de identidad sexual; un libro clásico (el primero, insistimos) se perturba con un giro de timón impensable pero necesario en el relato; las guerras ancestrales (ya saben, la de Troya) se convierten en metáforas del presente, de la división oriente/occidente; Europa es hija de un sentimiento de ira… Lo dicho, ideas y más ideas.

Acompañar a Aquiles en «La cólera», quede claro, no supone enfrentarnos simplemente a la enésima versión actualizada del canto homérico a otro lenguaje y otro tiempo. «Ilíada» es más bien un punto de partida. Más aún, es el cruceiro entre caminos, poderoso tótem pétreo a partir del cual Olivares y García no eligen un camino de los posibles: los exploran todos. Participar de esa indagación profunda, serena pero también lúdica y hasta delirante, es una de las cosas más sugerentes que pueden hacerse en estos días de desescalada.

«La cólera», un volumen imponente y de gran tamaño, se distribuyó a todas las librerías de España el doce de marzo de 2020. El mejor de los días para iniciar una carrera comercial, sí. Por eso pensamos que sería una injusticia que fuese olvidado tras tantas semanas de consumo «random» y gratuito de cultura para distraer el confinamiento. Porque el nuevo trabajo de Santiago García y Javier Olivares merece toda la atención que pueda otorgarse a una obra de ficción. Pero con una advertencia: no ojeéis el volumen, leedlo en orden y hacedlo con la reverencia que se debe a un objeto mágico, página uno, página dos… O la cólera caerá sobre todos vosotros.

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