Jaime Hernández

EL FANTASMA DE HOPPERS, de Jaime Hernández

Artículo publicado en faro de Vigo el 27 de Enero de 2012

Jaime Hernández: la vida y nada más.

La cita periódica con Jaime Herández se puede saldar con una sola palabra: “necesario”. Su obra, la larga epopeya lumpen que retrata la vida de dos chavalas de barriada, crece desde hace treinta años sin sobresaltos, y año tras año sabemos que Ediciones La Cúpula editará uno o dos libros de sus “Locas”, la obra que Jaime crea en la revista “Love and Rockets” codo con codo con su hermano Gilbert (autor en el seno de la revista de otra saga, la de “Palomar”). Su historia es la de unos hermanos que en los ochenta crean su fanzine, lo mandan al crítico más duro de los Estados Unidos y este, entusiasmado, les edita desde entonces. Hoy Jaime es tenido por padre del cómic adulto de autor contemporáneo, y cada nueva entrega de las vidas de Hopey y Maggie corroboran esta posición de privilegio. Que en fin, no es priviliegio alguno sino mérito.

La perfección expresiva del trazo de Jaime

El fantasma de Hoppers” recopila historias dibujasdas entre 2000 y 2005, y narran principalmente una historia larga cosida a base de pequeños retales de vida corriente, algo siempre fascinante (la amistad, el amor y el desamor, la familia…) que une con ciertas dosis de magia y misterio (ya lo avisa el título, refiriéndose a los espíritus que habitan el barrio “Hoppers”).

Y poco más hay que añadir, ya que en Jaime todo es sobreabundar en tópicos: siempre ascendente, capaz de escribir unos diálogos plausibles y de dar vida en papel a personajes que no parecen de ficción… y dominando el dibujo desde la economía, logrando con trazos mínimos y exactos dotar de la mayor expresividad a unos personajes. Nadie está, en el arte de plasmar gestos, a su altura. Y pocos vuelan tan alto en la técnica de la narración en secuencia de imágenes. Jaime toma los mimbres clásicos del cómic, y bajo la superficie de una narración ortodoxa demuestra que se puede renovar sin estridencias.

La extensa obra de Jaime Hernández está editada por La Cúpula y merece toda ella la pena, desde sus primeros pasos (los tres volúmenes bautizaodos “Locas”) hasta este último libro

 

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La Viñeta Aislada de Jaime Hernández

[Inauguramos sección, la cual se explica AQUÍ, por si no se me enteran]
Jaime, he aquí un misterio. Bueno, claro que no, todo es explicable, y los secretos de la excelencia del autor de “Locas” son descifrables. Su dominio de la secuencia, su elegancia al diseñar la página, su valiente exploración de recursos aplicados a una narración siempre cristalina… pero con todo aquí, en Jaime, existe un nosequé que, creo, nos embelesa a todos sus seguidores. Es un talento brutal para expresar con mínimos rasgos la exactitud de una emoción, de un pensamiento interno de sus personajes, y con ello logra la siempre ansiada tridimensionalidad. Nos creemos a sus chicas porque sólo comprendemos parte, lo que se trasluce de sus actos, sus gestos, sus palabras, sus silencios… e intuimos que algo más se nos escatima. Hay vida en las Locas, y una cierta magia.

Penny Century, ed. La Cúpula, 2011. Pag. 233

Uno mira este retrato en cinco trazos y no acaba de encontrar el secreto, ¿cómo ser tan exacto con tal economía gráfica?

Pero lo que me llamó la atención en esta ‘viñeta aislada’ es el encuadre. En una historia (y en un libro, porque podemos decirlo de todo “Penny Century”) donde no abundan los primeros planos, Jaime se acerca brutalmente a Hoppey en esta imagen. Lo hace porque “sale” del relato inmediatamente anterior. Me explico: las páginas previas no han sido nada más que el relato de unos hechos del pasado, que Hoppey cuenta a sus compadres. No abunda para ello en carteles, primeras personas o voces en off, así que la ‘vuelta al presente’ nos la recalca con este encuadre tremendamente cerrado.

Un recurso sencillo, no novedoso, desde luego, pero en su uso, casi imperceptible pero totalmente eficaz, Jaime nos hace (me hace) quitarme el sombrero otra vez.

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PENNY CENTURY, de Jaime Hernández

Bien, como es habitual, este artículo se publicó en Faro de Vigo (e 29 de Abril), y sobre todo denota mi voluntad didáctica aprovechando el escaso espacio. Por ello, aunque lo amplío para esta ocasión, me temo que mis lectores lo encuentren, aquí, superfluo. Y tópico. Pero si el articulito atrae a un lego en cómic, me daré por satisfecho, porque Jaime lo merece (legiones de fans).

Encantadoras chicas “indies”.

“Love and Rockets” fue, es, una revista de una importancia determinante en el devenir de la historia del cómic de los últimos veinticinco años. En sus páginas encontraremos la obra de Beto y Jaime, dos hermanos dotados con eso que solemos llamar genio, la capacidad para aparecer de la nada y crear algo de tan marcada personalidad (pese a sus muchos referentes) que solo necesitaría del tiempo para convertirse en pieza básica en la historia del medio. Los “Bros Hernandez” crearon dos universos paralelos, sin apenas tangencias pero con sabores inevitablemente parecidos. Beto creará una historia-río de la vida de un pueblecito y sus pobladores: Palomar. Y Jaime, con sus “Locas”, se centrará en las vidas de dos pizpiretas chavalas, en un entorno más urbanita, incluso punk (y en un principio, más fantástico, aunqeu pronto abandonará los ambientes imaginarios y futuristas). “Penny Century” (La Cúpula) recopila una parte de esas vidas en varias historietas de chicas de barrio, locas, latinas, enamoradizas, macarras, lesbianas, pudorosas, obscenas, contradictorias… en definitiva, casi reales. Es un lugar común decir que de ellas uno puede enamorarse, así de posibles y cercanas las ha ido perfilando Jaime.
Quien no conoce la saga, puede comenzar por este tomo (centrado en Penny, una “loca” más, pero en el fondo es un libro tan coral como cualquier historia de los Hernandez), aunque habrá de saber que hay unos cuantos tomos previos (de hecho, la serie comienza por tres libros titulados “Locas”).
La obra de Jaime es única, madura, sensible pero no sensiblera. Vigorosa, llena de humor, ‘bizarra’. Maravillosa. Por sus personajes, y más si cabe por la perfección que ha alcanzado su autor, dueño de un dibujo virtuoso pero sintético (iluminando con los mínimos trazos el máximo de expresividad) y de un talento narrativo que hace casi invisibles sus muchos juegos con el lenguaje del cómic. En estas páginas hay tantos cambios de estilo, de tono, de género, que falta el espacio para detallarlos. Pero lo más increile es la naturalidad con que Jaime Hernandez los explora, sin que la lectura se convierta en un catálogo de birli birloques. Si precisa aires ‘noir’ para transmitir la idiosincrasia de un determinado personaje, los tonos se tiñen sutilmente de ‘noir’ con una presencia asfixiante de la 1ª persona narrativa (de frases escuetas y afiladas, claro). Si toca recordar la infancia, evoca el estilo de la clásica “Pequeña Lulú” de los años treinta en una historia llena de añoranza. Si toca un capítulo de lucha libre, no vas a encontrar ni un tebeo de superhéroes actual con unas escenas de acción tan perfectas y fascinantes como las que abren este libro. Jaime es un maestro, y además lo es desde una discreción formal de vértigo. No se nota que lo hace mejor que nadie, y eso es el mejor elogio que se me ocurre a su técnica (a la obra, ya quedó dicho, sería esa capacidad de retratar la vida hasta hacernos sus personajes casi palpables).

Por cierto, si esta resulta ser la portada aoiginal americana de este tomo (y por las imágenes que alberga, lo es), me quedo con ella:

estilazo Hernández: la línea bella, y clara.

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