Opinión

Cómic español.

La reciente aparición de los finalistas en las votaciones de los premios del próximo salón del cómic de Barcelona vuelve a poner en primer plano el tema “premios al cómic nacional”.
A ver, lo primero: felicitemos a los candidatos a “Mejor obra de autor español publicada en España en 2014”, que son,

He visto ballenas de Javier de Isusi (Astiberri Ediciones)
Historias del barrio. Caminos de Gabi Beltrán y Bartolomé Seguí (Astiberri Ediciones)
Inercia de Antonio Hitos (Salamandra Graphic)
La Mondaine de Zidrou y Jordi Lafebre (Norma Editorial)
Las guerras silenciosas de Jaime Martín (Norma Editorial)
Las Meninas de Santiago García y Javier Olivares (Astiberri Ediciones)
Las oscuras manos del olvido de Hernández Cava y Bartolomé Seguí (Norma Editorial)
Murderabilia de Álvaro Ortíz (Astiberri Ediciones)
Nosotros llegamos primero de Furillo (Autsaider Cómics)
Versus de Luís Bustos (Entrecómics Cómics)
Yo, Asesino de Antonio Altarriba y Keko (Norma Editorial)

A todos, suerte.

Pero los nominados son el pistoletazo de salida, año sí año también, a varias polémicas que nos recuerdan “El día de la marmota”. Una, la supuesta nacionalidad de las obras y la pertinencia de optar a según qué premio. Para el caso concreto, ¿debería un trabajo “mecenado” por una editorial de otro país, poder optar a un premio a mejor obra española cuando sus autores son españoles? Bueno, los premios son los premios de determinado órgano, que emite sus bases. Para el caso del premio del salón “Premio para la mejor obra de autor español publicada en España en el año 2014. Puede ser votado un cómic cuya autoría pueda estar compartida por autores nacionales y extranjeros”. Ergo, dadas sus bases, que son suyas y de nadie más, claro que puede, perfectamente. Volveré al tema en unos párrafos, pero la nacionalidad de la obra trasciende el asunto de los premios.
Yo opino que es un tema que va más allá de premios y óbolos. Simplemente para cualquier estudioso, para un estudio de historia del medio, es pertinente acotar la naturaleza de los trabajos que se estudien. Supone, en plata, conocer y/o justificar tu campo de estudio, y tu método. Personalmente lo más útil en este sentido creo que es, como he comentado en una conversación sobre el asunto en redes sociales, no plantear el tema en términos de gentilicos, “tal cómic es español”. Porque esto no nos aporta demasiado como fuente de estudio. Lo interesante es pensar en origen en tanto que producción, y por otro lado en autoría. Es interesante y casi diría consustancial a la historia del cómic ver que muchas veces se establece cierto grado de conflicto entre lo uno y lo otro (autor de aquí, obra para allá), y es jugoso plantearnos las causas y las consecuencias de ello: migraciones autorales, mercados aperturistas o no, situación de la industria cultural de la historieta en el país de origen del autor, economía local del sector, etc. Plantear las causas porque en ellas, y en la idea de la identidad y naturaleza de determinadas obras, podremos también acercarnos a, por ejemplo, un paisaje sociológico del cómic, o a ampliar quizás las causas de determinadas corrientes estéticas (la british invasion de DC), y sobre todo a comprender a través del arte la sociedad en la que ha crecido.
Un ejemplo. ¿

¿Porqué Jesús Blasco termina trabajando para Fleetway (y otras editoriales extranjeras)? En analizar este hecho (donde contrasta nacionalidad española y producción extranjera) podemos entrever la situación social y laboral de los autores de una determinada época (o cuanto menos la de uno de los más destacados), y la situación laboral que había en Gran Bretaña. También derivadas estéticas al comprobar si el estilo de Blasco se adapta a unos mercados y a otros… ¿Es “española” Zarpa de Acero? La pregunta y su respuesta son improductivas si no se hacen para argumentar determinada idea estética, social, histórica, cultural del hecho y la obra, y al final es preciso desglosarla: quién, dónde, para quién se hace la obra… porqué.

Pero el asunto de los premios que dejábamos momentáneamente aparcado no es tema menor. No lo es porque en el fondo se trata de definir qué pretenden valorar los premios, para qué nos sirven en España, este país de precarísima industria alrededor de los cómics. Quiero decir, es perfectamente lícito pensar que un premio otorgado en España premie a un autor español publique donde publique. En ello se atiende a la excelencia del susodicho y también, oye, si trabaja para Francia o Estados Unidos o Japón o lo que sea, al posible efecto “embajada”. Tanto de la calidad de nuestros autores como a la capacidad de abrir mercado para un trabajador que realmente, para lograr vivir del cómic, tiene mucha pelea que librar.

Pero un premio dado en España puede también pensarse para premiar a autores y editores de aquí que insisten en hacer del cómic nacional algo vivo y, de paso, parte de nuestro patrimonio cultural. Se puede premiar, en fin a un engranaje completo, autóctono y nacional, para quizá así dar impulso al sector. Al de aquí. Esta opción advertida en unas normas para las votaciones excluiría, ciertamente, el trabajo de autores que han decidido trabajar para el mercado extranjero (este es el punto polémico). Es francamente fácil exigir para las votaciones a mejor obra nacional aquella que es creada en castellano o idioma cooficial por autor o autores españoles y editada en su primera edición por editorial española. Me parece lo más justo, sin duda, aunque mientras las bases de determinados premios sean las que son, solo cabe aceptarlas y felicitar a los autores que obtengan el premio (y alegrarse mucho cuando son obras fabulosas).

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El nuevo código penal

Está en boca de toda la profesión del mundo del cómic, la reforma del código penal impulsada por el Partido Popular desde su mayoría absoluta incide en la pornografía infantil de un modo totalmente desacertado, represivo incluso. Me permito enlazaros un artículo muy interesante de la web de Almeida abogados asociados que lo explica perfectamente, hasta poner los pelos de punta, aquí  (lee el enlace, por favor, es importante para continuar la lectura).

Bien, la verdad es que este panorama censor ante la representación dibujada de menores en actos “impuros” me parece tremenda, ya no solo supone todo lo que el texto enlazado explica perfectamente, sino que vuelve a asestar un machetazo, desde la cerril derechaza, a la cultura. Porque un asunto nada menor está en la feroz descategorización de la representación gráfica del acto sexual delictivo (nadie duda que lo es, en la vida real o el la imagen captada, sea fotográfica o fílmica). Restarle al cómic su condición de artefacto creativo, de discurso no verídico y fantasía intelectual es una opción muy equivocada. Y ningunea al cómic como arte, de paso. Convierte procesos creativos en meras postales manufacturadas, degrada el arte a mero hecho físico:

esto no es una fantasía narrativa, esto es pedofilia.

Torpedo 1936: “Lolita” (Abulí y Bernet, 1990). Esto no es una fantasía narrativa, esto es pedofilia.

Y es una degradación del cómic, porque parece ser que la recreación literaria del estupro se entiende no como un delito y enaltecimiento de un acto nauseabundo; una novela es arte y por tanto un proceso decosntructivo que partiendo de la realidad llega a otra cosa, que es la ficción artística. Las novelas, por tanto, no son reales, son una construcción metafórica aunque ilustren actos sexuales de adultos con menores (y todos estamos pensando ahora en ciertos clásicos literarios, ¿verdad?). Pero esta representación de infantes procaces son ya simples gruarrindongadas para la delectación de depravados que se excitan con niños:

Cabanes, La gallina ciega, 1985: van provocando.

La gallina ciega (Cabanes 1989): ilustración de menores provocando a menores para el placer de lectores pedófilos. Delito.

Desposeer al cómic, en fin, de sus cualidades fabulescas, quitarle todo su engranaje de proceso mental para crear ficciones me parece tremendo.

Pero es más, cuando alguien expurga sus demonios internos como Debbie Drechsler relatando su infancia, víctima de abusos sexuales paternos, ahora está cometiendo delito, y si tú lo lees, compras, guardas este cómic… con la reforma del código penal que viene de camino delinques.

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Debbie Drechsler, La muñequita de papá (1996), porno infantil explícito según la nueva ley en ciernes, aunque sea la terrible confesión de la infancia de la autora.

Es acojonante, es estulto, es no ver más allá, pero digo “más allá” y me refiero a medio centímetro más allá de la línea de dibujo. Parece mentira, en fin, que en 2015 haya que explicarle al Gobierno de una nación (la nuestra, lástima, estamos en el sitio equivocado en el momento equivocado) este concepto:

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Magritte en 1929: “Esto no es una pipa”

 

En realidad me temo que todo esto es algo que entronca con una política del Partido Popular por atomizar la cultura, considerada como un bien, sí, al menos si lo promueve el Gobierno y sus instituciones (esto es afín a otros gobiernos sufridos en la piel de toro, no nos desgarremos los trajes ahora) pero que no conviene alimentar en su total libertad. En los mismos días en que una nueva Wertada pretende reducir a tres años lo que a mí me costaba cinco (unos estudios superiores) parece que el deterioro de la cultura de nuestra nación sea un plan maestro que se está ejecutando con precisión cirujana. IVAS astronómicos, cavernas mediáticas atacando a nuestro cine, leyes convirtiendo el acto de dibujar en mera acción mecánica que no filtra creatividad alguna…

Que las Musas nos coja confesados si España sigue este camino.

 

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Charlie Hebdo

Sobre los terroristas crímenes de la semana pasada contra Charlie Hebdo, a condenar sin matices, he escrito en mi blog personal. Aquí.
También sobre comportamientos que se estaban viendo, los “Pero” más obscenos que recuerdo. Aquí.

La manifestación abrumadora de ayer en París, por la libertad (1.500.000 almas indignadas) y la próxima salida al mercado de la revista atacada, con un nuevo número que, aparentemente, no se va a cortar un pelo, debería hacernos reflexionar. Y yo, sin intentar convencer ni aleccionar a nadie, concluyo cuatro reflexiones personales.

1.- La vida es sagrada, no hay excusa, ni causas, ni ríos y lodos cuando se está asisitiendo al asesinato de un ser humano.
2.- El humor es un bien social, nos mejora, nos hace pensar, nos desafía intelectualmente. Y no hay límites para su ejercicio.Todo merece el escarnio bufo.
3.- Solo la ley (siempre que sea de raíz democrática) puede anteponerse a la libertad de expresión. Si te sientes agraviado por una portada o un cómic o un chiste, acudirás a la ley. No al crimen. La ley dirimirá objetivamente.
4.- El fundamentalismo yihadista es una minoría, nociva, ultrarreligiosa y política, a combatir. No hagamos el todo de una parte pequeña.

Creo que en este momento, además, vivimos una disyuntiva crucial. O abrazamos la idea del humor, el pensamiento libre, la expresión sin mordaza, libre también (repito, de iure), o estamos autocensurándonos.

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Libertad

 

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Destacando 2014

Sin ser un año brillante,2014 ha sido el de tres trabajos excepcionales: Fabricar historias, de Chris Ware, Arsène Schrauwen de Olivier Schrauwen (dos tomos, a la espera de la conclusión en 2015) y Las meninas de García/Olivares. Pero hubo más tebeos, muy defendibles y, lo diré de paso como quien no quiere la cosa, posible regalazo en estas fechas.

Cito los que más me han marcado. Hay muchos más (por eso una codilla final, era demasiado injusto no citar otros trabajazos), pero mi idea no es ser exhaustivo y proponer unas pocas obras esenciales (¿he dicho que muy regalables, además?). No incluyo portada sino un ejemplo de su interior, para que lo “cates” mínimamente si no lo conocías. Haciendo clic en la imagen puedes ampliarla para leerla con detenimiento. Haciendo clik en el título os mando a la descripción editorial, donde acaparar datos para pedir cada libro en tu librería favorita:

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Con FABRICAR HISTORIAS Chris Ware ha superado sus propios límites en una novela gráfica que indaga en el concepto del formato de los cómics: esto es lo nunca visto, una GRAN caja contenedora de tiras, comic-books, álbumes, “periódicos” y hasta lo que parece un tablero, todo albergando cómics de luxe que mantienen todo el ánimo innovador de su autor. La historia de un edificio y sus habitantes como (agrio) reflejo de la sociedad moderna. ¿El cómic de la década?

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Cosa seria lo de LAS MENINAS. Adentrándose en Velázquez y su cuadro Las meninas, Javier Olivares y Santiago García practican la más noble espeleología posible: la búsqueda del sentido, el fin y la incidencia del arte en el ser humano. Un guión asombroso en manos de uno de los dibujantes más fascinantes del cómic nacional solo podían arrojar una obra maestra. No lo digo por decir, así que lo repito: una obra maestra.

Olivier Schrauwen se me antoja la única figura del cómic mundial que podría hacer sombra al gigante Ware. Completamente diferente al americano, Schrauwen brinda igualmente un catálogo de novedades formales vertiginoso en su obra. Y siendo toda su producción necesaria, es esta historia sobre su propio abuelo la más destacable. ARSÈNE SCHRAUWEN (ya dos partes, será una trilogía) es un relato que desde la experimentación formal más osada puede llegar a un lector generalista, al evidenciar tanto las potencialidades del cómic como la sensibilidad de la historia que el autor tiene entre manos.

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En CUADERNOS RUSOS Igort desprecia las reglas consensuadas sin llegar a hacer ruptura pero sí buscando un camino particular. Y narra su historia preocupándose solo del resultado final. En la cabeza de Igort se diría que ese resultado deberá ser el impacto profundo en el lector. La verdad terrorífica de la Rusia contemporánea que destilan las páginas de esta novela gráfica es el sostén principal de la permanencia de este cómic en la memoria.

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OJO DE HALCÓN, o los superhéroes cuando molan. Aunque Matt Fraction y David Aja se divierten subvirtiendo las normas que el fandom diría inamovibles: no hay disfraces, no hay grandes peleas (acaso una acción muy setentera, casi una coreografía a ritmo de wah wah) y predomina cierto tono de comedia sofisticada. Pero el top aquí es la imaginaciòn del ilustrador, un Aja brillante en cada número con un culmen, “Pizaa is my business”, que es pura magia comiquera. Guau.

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Un clásico redescubierto, COWBOY HENK de Seele y Kamagurka es surrealista, irreverente, salvaje y tierno, un caleidoscopio para carcajearse a gusto con los más impensables disparates, y un abanico de humor que va de lo refinado (ecos de Groucho Marx) a lo tosco (muy underground por momentos). El post humor ya estaba aquí, en los ochenta.

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CULTO CHARLES ha sido el cómic nacional necesario. Un mini escandalete en las cavernas más cerradas (“¡Esto no es historieta!”) que realmente vino para hacerle preguntas al cómic, no para resolverlas. ¿Se puede contar las cosas de otor modo?¿Desandar la autopista para tirar por caminos de tierra asilvestrados?¿Reinventar las formas? José Ja Ja Ja responde: sí, sí y sí. Y con este semi debut (poquitas cosas previas) augura un autor imprescindible.

También me han gustado

  • Versus de Luis Bustos, el tebeo con pegada,
  • Fútbol, la novela gráfica (de Santiago García y Pablo Ríos): fútbol es vida, vida es historias, historias es mentir (a veces),
  • Una blanda oscuridad, de Sergi Puyol, esa mirada muy personalísima
  • Hechizo Total de J. Hanselmann, tu juventud ahora,
  • Tiempo de canicas de Beto Hernandez, tu infancia siempre,
  • lo que salga de la caja negra que es la cabeza de Gabriel Corbera,
  • o el caso que se debería estudiar en los libros de historia de la historieta, la revista en línea “Orgullo y satisfacción”, en la línea 2’0 de las cosas de Panelsyndicate, donde…
  • …Albert Monteys me ha alegrado el fin de año con ¡Universo!, el © del cosmos infinito.
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Fulgencio Pimentel en Faro de Vigo

A propósito de la edición del maravilloso Vampir, L’Amour, he dedicado hace unos días (¡se me pasaba el subirlo aquí! cabeza) un artículo a la casa Fulgencio Pinmentel, a mi juicio una de las editoriales más interesantes del panorama nacional.

Zasca, a un clic, te lo lees enterito.

: Visado : Página 6 Cómics Fulgencio

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Graf Madrid 2014: space is the place

Apetece reflexionar sobre Graf, el festival alrededor del cómic de autor, la autoedición y adláteres (ilustración, vamos) que con la de hace una semala y pico en Madrid ya lleva cuatro ediciones, entre la capital y Barcelona.

Hablamos de un evento que en esa última jornada ha ubicado su feria del cómic (33 stands entre editoriales “independientes”, galería de originales y autoeditores/fanzineros) y sus charlas en el Museo ABC de Madrid, y esto no es algo por lo que se deba pasar de puntillas. La asunción de un crecimiento natural, que no pierda la perspectiva de lo que uno es y ha sido, pero que sepahasta donde quiere llegar, es parte fundamental de todo proyecto con visos de permanencia. El inmovilismo gangrena porque nunca es tal: o te mueves o te estás moviendo hacia abajo sin darte cuenta, por inacción. Pero el movimento debe ser ponderado, para no perder la esencia cuando esta es tan buena como la de Graf.

¿Y Graf qué es? No es un salón “mainstream”, desde luego. Su espíritu es más DIY, su alma, una intensa apuesta por la creatividad.  Pero en su abrazo aspira a ser otra cosa diferente a un ferión del fanzine. Conozco en mi entorno eventos interesantes en este aspecto, pero Graf no da la espalda a editores como Astiberri, por citar a los que tienen un perfil más, digamos, “potente”. Y esto es buenísimo. Hacer compartir una misma vitalidad a quien edita “Arrugas”, una galería de originales (Vidas de papel) y un grupo de fanzinerosos sacando sus locuras es importante porque es una apuesta ética que comparto. Detrás de este espacio que hermana propuestas tan diversas hay un aglutinante: repseto por el arte del cómic, por la creatividad, por el autor y la obra.

Los stands: vender, comprar, mirar y charlar con mucha gente.

Los stands: vender, comprar, mirar y charlar con mucha gente.

 

He comprado bien poco, al final, aunque hubiera podido llevarme cincuenta mil cosas, pero maleta obliga ;) Y lo que he ojeado sin llegar a llevarme era ciertamente interesante. Pero Graf es más que comprar y vender (aunque ello es importante, es la parte contratante de la primera parte), hay una… una segunda parte contratante: las ideas. Las charlas. Las que vi (enteras o parte), fueron excepcionales, interesantes, divertidas y hasta marcianísimas en algún caso. Y participadas (llenazo perpetuo, también la zona de stands fue un “no se cabe” brutal en las horas “calientes”). Y bueno, fue una gozada escuchar a Luis Bustos, David Aja (me perdí su charla del viernes pero su participación en la de Bustos fue sobresaliente), Eva Vázquez hablando de su trabajo para prensa, o David Sánchez reduciendo a cenizas el postureo al describir una obra propia como algo que se le ocurrió, le gustó y lo hizo por eso, porque le gustaba, sin más discurso. Espero que todas las charlas se bajen a You Tube, porque merecen la pena.

Charlas en Graf. Pensar el cómic, hablarlo.

Charlas en Graf. Pensar el cómic, hablarlo.

Otro evento importante fue la visita guiada por Javier Olivares a su exposición sobre el cómic “Las meninas”. Asistir a una explicación con tantísimo discurso, desenfadada pero rebosante de chicha y mandanga, conceptos, ideas, revelaciones… ha sido impagable. Y llegamos así a hilvanar con el inicio de este post. La exposición llevaba tiempo ya en el ABC, pero el ojo de la gente de Graf ha sido sabio. Unir su propuesta a esta exposición fue un modo de imbricar con enorme naturalidad a un museo notorio con una propuesta de creatividad insobornada. Y así se da un pequeño salto más, que engrandece al proyecto y le da nuevos matices. Rompiendo barreras imbéciles que pretenden separar culturas por pisos (altos, bajos…) y demostrando que sin sinergia con el “real world” el cómic pierde la partida, el hermanamiento Graf/ABC se ha demostrado natural, lógico y con futuro.

Las meninas expuestas.

Las meninas expuestas ante la mirada de su autor.

Graf se ha redimensionado en su edición Madrid 14, porque apostando por la creación y el autor ha querido (ha sabido) buscar un locus donde su visibilidad crezca más allá de la presencia de los habituales a este tipo de fiestas (porque Graf es fiestas también, pub, conciertos y dj sesiones, aunque yo no llegué, vamos mayores y los viajes nos matan, me temo). Y con esta voluntad de crecer sin negarse, su triunfo ha sido completo. No es necesario hablar de cifras para constrastar ese éxito. Las hay ya, han contentado a la organización y suponen crecimiento, pero el tema no es cantidad, sino cualidad. Graf Madrid 2014 ha sido un dechado de buenas cualidades, mucha calidad, y es ya algo insustituible en España alrededor del cómic.

Pero más allá del análisis, para mí Graf es una oportunidad de reencuentros y emociones personales, así que no puedo acabar sin citar con pasión, devoción y amor a la gente con que he charlado, comido, cenado o al menos saludado con más o menos fugacidad: Martín López Lam, Juan Berrio, Manuel Bartual que se merece tres saludos efusivos (broma privada), David Aja, Javier Olivares, Pablo Ríos, los Rantifusos, Luis Bustos, Borja Crespo (uno de “los Graffers”), Los Bravú, David Sánchez, Nacho García, José Ja Ja Ja, Eva Vázquez… y la tripulación de Entrecomics Cómics, y César Fulgencio, Christian Osuna y por descontado Gerardo Vilches, co-chalado en esa cosa que hacemos bajo el nombre de CuCo y que esperamos de señales de vida pronto (¡parte del número 3 se cocinó en Graf, amigos!)… y debería citar a más gente, seguro, que olvido ahora. Dense por besados, abrazados y genuflexionados todos.

Gerardo Vilches y Octavio Beares (the CuCO Experience) charlando en Graf con Martín López Lam, autor, editor y mejor persona.

Gerardo Vilches y Octavio Beares (the CuCo Experience) charlando en Graf con Martín López Lam, autor, editor y mejor persona.

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Uniendo cabos sueltos o no tan sueltos

Acabo de leer Las Meninas de Santiago García y Javier Olivares. Obra de la que hablaré largo y tendido, pero no aquí. Ahora querría detenerme en algo que me ha llamado la atención en las tres últimas novelas gráfica de García (y que sin embargo no usa en sus dos tebeos para ¡Caramba!, acaso porque hablamos de un formato, el cómic-book, que exige determinado ritmo, acaso porque alguno de estos tebeos, El Fin del mundo, se somete a un esquema de página cerrado e inmutable, por cuestiones narrativas).
Si nos fijamos, tanto Beowulf (2013, con David Rubín) como Fútbol (2014, con Pablo Ríos) se abren con una intro de pocas páginas o de tan solo una, que deriva en una ilustración a doble página. La obra maestra sobre Velázquez (queda dicho, lo es: compradla ya) se inicia con una doble página ya a bocajarro, pero pronto tras varias páginas añade otra. Valdrían ambas, la verdad, para seguir exponiendo mi tesis, pero la inaugural en esta ocasión hace antes las veces de telón cerrado, un marco previo de ubicación física y temporal y la segunda opera mucho más en el sentido que estoy intentando explicar (tercera imagen a continuación)

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Beowulf, el paisaje desolador

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Fútbol, el deporte más grande del mundo

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Las Meninas y la angustia del artista.

Santiago García emplea estas dobles páginas con el acierto de quien entiende el medio que usa. El cómic es un espacio libre que el autor acota, un inmenso blanco sobre el que desplegar la narración visual. No dudo que en cada caso los dibujantes han aportado su punto de vista y puede que incluso la presencia de estas dobles páginas sea una casualidad, pero qué casualidad más grande… porque en todos los casos este recurso tiene algo unificador, un modo de entender su función que va más allá de lo estético, conformando siempre una suerte de apertura del telón, por seguir con la imagen de arriba. Como si de una ópera se tratase, el inicio de estos cómics es una obertura, la melodía introductoria y preparatoria antes de que se abra el telón y muestre un primer cuadro. Por primera vez, en estas páginas dobles, contemplamos la realidad tanto física como, sobre todo, emocional de lo que se nos viene encima (de lo que vamos a leer, en fin) y lo hace, a la manera operística, del modo más grandioso. De un golpe de “grandeur” se nos ubica, sobre expuesta nuestra vista ante una imagen poderosamente significativa de muy escaso texto. La imagen a doble página ubica sobre todo emocionalmente, retrata el pathos de lo que vamos a leer: el marco de desolación que enfrentará Beowulf, el héroe; el fútbol como mucho más que un deporte rey; la angustia de la creación, el reto del artista, íntimo e interiorizado.

No conozco ningún medio narrativo que pueda hacer algo así, modular los contenidos y la información que se ofrece al lector/espectador haciéndonos ralentizar el ritmo con el que estamos asimilando la narración, porque aunque esa doble página (ver arriba de nuevo) carece de densidad literaria y podría sobrevolarse de un vistazo y tirar millas, que aún tenemos unos cientos de páginas por leer, la densidad real en la narración que suponen, esa focalización de información importante en una ilustración que abarca todo lo que en ese momento podemos ver del cómic, nos obliga a respetar el parón que nos reclama. No se puede pasar de puntillas por estas dobles páginas. No se puede porque los autores asumen que su contenido es importante y dominará el resto de la obra, que obedecerá a reflejar o solucionar o resolver esa doble página.

Curiosamente García y Manel Fontdevila emplearán una doble muy significativa en Tengo Hambre, su tebeo de 24 páginas, ya bien entrada su segunda mitad. Pero como he dicho la obra obedece a una forma, extensión e intención, y el efecto buscado es muy distinto. Nuevamente, sin embargo, estamos ante la magia del cómic: lo mismo (emplear una doble página con efectos narrativos e informativos) se utiliza de modos muy distintos según la obra, las pretensiones y si me apuras, el formato.

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Para menores de 18 años.

Estos días he tenido algunos encuentros propiciatorios para unir cómics e infancia. De estas “tranches de vie” hay que sacar ideas ¿no? Así que las comparto sin ánimo de presentar ningún estudio sociológico ni similar, por supuesto. Pero es interesante plantearnos qué piden los críos de los cómics (si alguna vez llega alguno a sus manos) y cuál es la actitud adulta al respecto. Me temo que todo esto trasciende el tema Historieta, pero para averiguarlo hay que andar el camino. Y escribirlo.

Lo primero, la historia de un regalo. Hace poco he regalado “Beowulf” a un niño de unos doce años. Todos convenimos en la naturaleza adulta del artefacto firmado por Santiago García y David Rubín. Es la transcripción nada posmoderna, relativamente fiel, de un texto sajón sobre gestas heroicas y monstruos temibles. Es también un trabajo de metacómic donde se habla de la historia tras la obra, merced a un final fabuloso y un necesario epílogo de un artista invitado. ¿No es entonces un buen regalo para un chaval de doce años? Pues claro que lo es. Acción, violencia, lecciones éticas de fondo (el comportamiento heroico frente al derrotismo, por ejemplo)… y sale una polla eyaculando.
¡Ave María Purísima, se ilustra una “pijote action”!. Pues sí. Esa escena, por cierto, es de las cosas que más ha “molado” al crío, que parece ser que la leyó entre atónito y divertido, plan “¡mira mamá, mira!” ¿Y qué pasa? ¿es algo malo, obsceno, pornográfico, o es una descripción descarnada de una bestia amoral?

Beowulf y el sexo

Beowulf y el sexo

Es obvio que ni yo ni tú iremos por ahí enseñando a los niños escenas de sexo gratuito, eyaculaciones porno o violaciones, por ejemplo, pero en el contexto “Beowulf” la naturalidad lógica de ese momento “fuerte” lo convierte en algo, me atrevo a decir, enriquecedor hasta para un chaval que aún no es ni adolescente (o casi). El problema no es la mirada del crío. La mirada del niño es limpia, se empapa con una pureza fortísima. Esa escena se le grabará como tengo yo grabadas las hostias de Spiderman a El Tigre Blanco en un “Peter Parker”.
Y luego tenemos la objetividad irracional de un niño. Es interesantísimo conocer qué le parece a un alumno de la ESO algo como “Beowulf”: sin dejar de disfrutar la historia narrada, alucinando con la potencia gráfica, es lo visual antes que nada lo que parece atrapar a nuestro “objeto de estudio”. También de un modo casi diría abstracto, los elementos que le disgustan son inexplicables. A mí de crío se me atragantaban los labios que ilustraba Gil Kane. Hoy resulta que un niño no disfruta de los ojos tal como los dibuja Rubín habiéndole gustado mucho el trabajo del dibujante en general. Me fascina este poder en la imagen narrativa. Aprenderá, claro, que la mirada del ilustrador a veces aleja a su dibujo del naturalismo para lograr ciertos efectos de narración y/o estéticos (por cierto, NADIE dibuja labios tan bien como Kane, por supuesto). Pero la forma de leer de un niño, creo, es libre y liberadora. Nos enseña a veces, o nos recuerda, a los adultos, un poder maravilloso de la historieta. Que es narración, pero que también es dibujo, y ese dibujo se aprehende de un modo irracional en primera instancia. Sí, luego viene el adherirnos a escuelas estéticas (somos más de línea clara, de manga, de…), entender la importancia de la planificación de las páginas y por supuesto que el cómic es relato ante todo. Pero esa fuerza irracional del primer golpe de vista mueve montañas. No en tanto que crítico de cómics, pero sí, desde luego, como lector. Ojalá nunca me olvide de disfrutar de ese modo casi abstracto de los cómics. He dicho muchas veces que el cómic se aleja hoy de lo artesanal y del acabado “verité” para entenderse a sí mismo como concepto. El dibujo debe desentrañarse en función de la historia porque el dibujo ES la historia también. Pero lo bueno de la historieta es que aún sabe del valor de lo artesanal. Es lógico que un chaval lo flipe con la escenas de Beowulf enfrentado al enorme dragón a doble paginaza (así ocurrió en nuestro caso), y con las canas debemos saber mantener esa capacidad. Hay un equilibrio que pocos medios/artes mantienen hoy, el que se da entre concepto y realización, entre arte y artesanía, y el cómic aún lo tiene. Al menos, en numerosas ocasiones aún lo mantiene. Y además salen pijotes.

Cambiamos de tercio. ¿Habéis visto esa… cosa… “Hora de Aventuras”? Es una serie de televisión con su correspondiente tebeo. Nota al margen, buen tebeo, además. Pero no me gusta que mi hijo lo vea, porque mira, es como surrealista de más y bueno, hacen cosas que en fin…

Por supuesto estas palabras en cursivas NO son mías. “HdA” es la mejor serie para chavales que recuerdo desde… es la mejor serie para chavales, punto. Además de un portento visual de imaginación que no parece tocar techo, es divertida, loca, algo irreverente que no soez o inadecuada para horario infantil, y tiene aguijón. Es punzante. Y esta semana he topado con quien me soltó exactamente lo que os intenté colar al principio. ¿Qué es bueno para niños pues? Quizá una serie de suaves dibujos en un marco natural, didáctica, que nuestros hijos aprendan valores para la ciudadanía. Igual si la protagoniza un bonito delfín y lo bautizamos, a ver , algo cursi y gilipollas… “Delfy”. Y que viva aventuras rescatando cangrejos que se pierden en el coral y… Hacemos de nuestros hijos monstruos de baba. O seres babosos, vamos. “Hora de Aventuras” es perfecta porque sí, mantiene y potencia valores importantes (el más obvio, la amistad) pero su alergia a la cursilería la hace ser una serie divertidísima, irreverente e imaginativa. atDeberíamos tomarnos una relaxing cup of LSD in la Plaza Mayor, destensar, ver el mundo de otro modo, vamos (lo de la droga era broma, no os metáis nada, anda). Hay que ser pOp y hasta un poco trash, olvidar los patrones burguesitos del buen gusto (Puaj!) que nos guiarán en la tutoría eficaz de nuestros pequeñuelos. Y darles candela. Vigilando, claro, que los cómics que les pasamos son acordes a nuestros principios éticos, porque no lo olvidemos, un niño está creciendo y por tanto aprendiendo.

Incluso con 16 años. Este fue el otro tema, me pidieron consejo comiquero para un regalo a una chica de 16 que ya es lectora de manga. Sobre la mesa sobrevuela “Bone”, que no está mal pero francamente lo veo, sobre todo su primera parte, la carrera de vacas y tal, para otra edad. Más joven. Sugiero “The Sandman”. La de Gaiman lastra un dibujo sobre el que el tiempo ha caído como una losa, poco/nada atractivo a un joven/jóvena de hoy. Al menos durante sus primeros arcos argumentales, me temo. Pero su argumento fantástico aunque distópico (nada de reinos tolkianos y tal), su terror contemporáneo y el tono ese lánguido de la serie me parecen perfectos para una lady sixteen.
Sin embargo mi contertulio difiere. Por el tema del dibujo, de acuerdo, pero también por demasiado sórdida. ¿Mande? ¿A qué edad hemos visto “Alien” o mejor, “Pesadilla el Elm Street”? ¿Un dibujo de un tipo con fauces en los ojos es inadecuado para un lector de 16, en serio?

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The Sandman, EL Corintuio y sus dientes.

Creo que el prejuicio distorsionador que hay sobre los cómics, incluso entre alguna gente que es lectora de cómics, sigue muy presente en nosotros. Es el mismo prejuicio que arrastramos desde siempre, esa consideración del cómic como algo para niños que siempre hemos intentado rebatir pero que era imperante. La otra cara de la moneda pasa por asegurar que no es solo para niños, y por tanto otorgar a las narrativas que se nos ofrecen, cuando se alejan de lo 100% infante, una categoría “madura” que tampoco es exacta. El espejo deformante actúa también en el caso. Y nos decimos que “Mundo Mutante” e Corben es material adulto, y que”The Sandman”, una serie ideal para la adolescencia, resulta compleja de más, o sórdida de más, o que una violación de un escritor a un… hada, es material no recomendado para menores de 18.

Bueno, si algo define a la novela gráfica supongo que es romper esa mecánica drasticamente, ofrecer material realmente maduro, a partir del cual podemos redimensionar la naturaleza y el lector real para cada cómic. Aunque si “el mundo real” sigue habitando los clichés de hace 25 años, el crecimiento será diminuto y solo dentrr del pequeño círculo de los lectores de cómic. De algunos lectores de cómic, mejor.

Y en fin, hasta aquí. Hemos (he) recorrido un camino con tres tramos con base en una simple experiencia personal y singular (ergo, espero que parcialmente equivocada): experimentar cómo un chaval realmente es mucho más esponjoso a la experiencia lectora de lo que nos pensamos (“Beowulf”), comprobar que los padres seguimos siendo unos carcas finos (“Adventure Time”) y nos preguntamos si no sobredimensionamos lo que es un cómic (y muchas veces “para mal”) en comparación con el cine o la literatura (“The Sandman”). Y como única conclusión, recomiendo que nos acerquemos todo lo que podamos a menores de edad, les hagamos colisionar brutalmente con la historieta con la menor cantidad de filtros posibles (claro, no le pases a tu sobrina de 5 “Alec”, no es para ella) y veamos los resultados. Pueden resultar sorprendentes.

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Aquello me conmocionó 01: El eclipse azul, F. Bourgeon

Aquello me conmocionó con 18 años. Provenía yo de los supehéroes Marvel, la revisión adulta de Miller y Moore en DC (y sus imitadores de segunda), y alguna cosa del cómic nacional que avanzaba nuevas fronteras para este lector que, abandonando la edad de lectura lógica de los “pijamas” (que realmente siempre he seguido leyendo) buscaba nuevas experiencias sin dejar los cómics.
Descubrí este segundo álbum de la serie Los compañeros del crepúsculo de Françoise Bourgeon en su primera serialización en CIMOC, y fue como entrar en un mar de nuevas posibilidades. Frente a la aparente simpleza del dibujo medio de Marvel o DC, un acabado realista sofisticado, y frente a las historias supuestamente sencillas de Spiderman y compañía, un relato difícil en su seguimiento, combinando géneros literarios (histórico y fantasía) y rechazando toda tutela hacia el lector durante la narración.

Relectura hoy, 25 años después.

Lo primero es imposible de calibrar, mi afecto por el arranque, esas tres viñetas panorámicas y su texto, la única vez que aparece en todo el libro un narrador literario, siguen pareciéndome magníficas y evocadoras: “Cien años, dicen, duró esta guerra… nada la diferencia de las que la precedieron, ni tampoco que las que se desencadenaron después. Como el pedrisco o la peste, llega la guerra cuando menos se la espera, por lo general cuando las espigas están granadas y las mozas de buen ver…“. Un arranque que se repite en el primer álbum de la serie y en el tercero y último (y triple, de ciento y pico páginas).

La historia, resumamos, narra las aventuras de un singular grupo: un caballero desfigurado, un escudero cobarde, mediocre y claramente contrapuntístico, y una muchacha sexy (según el estereotipo occidental del siglo XX). En este álbum su devenir se entrecruza con el de ancestrales magias, ciudades misteriosas, criaturas monstruosas y leyendas druídicas. Quizá todo en sueños. El libro, en fin, es un canto lleno de simbolismo a esa época (la guerra, la de los Cien Años duró de 1337 a 1453) , en que la civilización pagana convive con la cristiana en forma de creencias ancestrales.

La historia arranca a lo bruto tras el prólogo, en un signo de su época: Bourgeon trabaja para un mercado concreto que exige álbumes de 48 páginas donde, en fin, si quieres contar algo denso tienes que saber ir al meollo. La relectura me deja claro que Bourgeon sabe hacerlo, y sabe además manejar el ritmo, la densidad, y los desahogos necesarios tanto en la variabilidad de profusión de textos como en el abarrotamiento de la página, la mayoría basculando entre las diez y las quince o más viñetas. La lectura suele ser fluida pese al handicap, y eso es así porque, creo, Bourgeon es consciente de las necesidades que su historia y su estilo precisan para ser, ante todo, una eficaz lectura de cómic.

Volvemos a la primera escena tras el prólogo introductorio: unos campesinos confunden a los héroes con ladrones, toman a la mujer prisionera y se desarrolla un diálogo entre el señor feudal y la plebe. El primero quiere justicia blanda, los siervos una carnicería, literalmente. Interesantísimo, en este punto, ver cómo aborda Bourgeon el género histórico. Fiel hasta extremos enfermizos, documentado, minucioso gráficamente, su discurso es sin embargo capaz de desafiar los clichés. Ejemplo, esta inversión del tópico mal amo y pobres pero bondadosos siervos. El Señor, ojo, es un capullo y un pusilánime, aquí bonito en la foto, nadie, pero “la chusma” madre mía, da miedo, festejando con cánticos populares la tortura venidera:

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Esta página me sirve para comentar otro ardid que en su día me impactó. El empleo de varios puntos de vista o de acciones simultaneas/paralelas alrededor de los hechos principales de la narración. La primera viñeta muestra un entierro en primer plano mientras al fondo continúa el desarrollo de la acción principal (una petición de muerte con tortura). A lo largo de la escena y a partir de ese momento, ambas acciones se entrelazarán. La misma página lo muestra, pero es solo el inicio. Es más, este enfoque se lleva al nudo de la historia, que en realidad trata un mismo hecho desde dos momentos en el tiempo diferentes. Por un lado los protagonistas y la niña enterradora de la imagen de arriba, por otro un druida (¿trasunto de Merlín? creo recordar por textos o entrevistas, que sí) y su joven aprendiz, en los tiempos de otro choque de civilizaciones: bárbaros/Roma, siglos antes de la Guerra de los Cien años.

A ver, Bourgeon no inventa la pólvora pero sus formas, creo, son muchísimo más sofisticadas ya no que la del cómic de género de su tiempo, sino, desde luego, respecto a los cientos de seguidores del “padre del género histórico”. Porque para empezar juega con ese género y con otros, y lo hace con bastante salero. Es más, y en esto lo veo muy “ochentas”, hace de la lectura de algo nada complicado una experiencia más compleja, al prescindir de toda explicación. Tú, lector, te debes “coscar” de qué está pasando.

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Tiempos diferentes, mismo mugar, misma narración.

Esta manera, enrevesar por el placer de hacerlo, me recuerda a casos de su tiempo muy distantes, de Chaykin o Moore a Tezuka (luego cada cual dentro de su mercado, industria y sociedad, claro), y creo que es de justicia ver aquí un esfuerzo en la línea de la Bd clásica por “no tomar al lector por tonto”, frase muy manida en tebeolandia a principios de los noventa, quizá consecuencia de aquellos ochenta de laberintos narrativos. Eso sí: Bourgeon es de su tiempo y ni se atreve a, supongo, ni sabe, imagino, sobrepasar la lectura adulta de los géneros, o simplemente ni le interesa. Maus aún no había estallado en la cara de la civilización occidental y el camino de hacer madurar al cómic todavía pasaba por hacer madurar a los géneros, llevándolos a cotas de estilización y contenido nunca alcanzadas, sean los superhéroes, sea el thiller, o el relato hisórico. Y en esas brega el autor de este cómic.

Esta estilización provoca un notable esmero literario, que me alegra comprobarlo hoy, no busca engordar con textos de narrador omnisciente cargado de metáforas, esdrújulas y epítetos sin fin, sino de caracterizar el habla de la obra conforme a su tiempo narrativo. “Tanto tiempo ha que mis mastines y yo recorremos el bosque, que me sé el nombre de toda la salvajina“, dice un personaje para decir, pues eso, que se conoce a todo bicho viviente del bosque en que vive. También podemos acudir a la escena de la página arriba propuesta, con la recuperación del cancionero tradicional . El recurso es sin duda poderoso, aunque a veces se recrea y cae en lo que quiere evitar, amanerarse en pro de un pulso literario. Del mismo modo a veces sus parlamentos resultan explicativos en exceso, algo que arrastra el autor en toda su carrera.. Pero con sus momentos más débiles, el ardid no deja de parecerme fabuloso (a la vez que difícil de realizar -intuyo que en francés la cosa es soberbia, conociendo el escrúpulo historicista del autor-) y meritorio.

En definitiva lo que me encuentro es con un exquisito artesano (ojo al dato, de profesión anterior, maestro artesano vidriero) que cuida formalmente su objeto y mima el acabado genérico del material con que trabaja. Es difícil ver al autor detrás, el mundo interior de Bourgeon, atrapados sus personajes en el cliché (el enigmático caballero, el bufón, la sexy arrojada…). En el fondo los géneros precisaron siempre del estereotipo, si bien en francés no se molesta en desarrollarlos psicológicamente demasiado. En este sentido, es curioso confrontar la evidencia (mucho arquetipo) al título que generalmente se da a Bourgeon, “el autor de mujeres”, el guionista que da prioridad a personajes femeninos ajenos a estereotipos. Las mujeres de Bourgeon intentan escapar al estereotipo, y desde luego se alejan del modelo de secundarias, pero caen demasiado en lo carnal, más de lo lógico en el relato. Parece que cualquier motivo sea bueno para enseñar nalga o pecho, si bien la nudez en esta saga se aprovecha del concepto pagano medieval versus la moral pudiente del cristianismo, una idea muy presente en el discurso de “Los compañeros del crepúsculo”, que lleva a la alegría de la piel en los personajes… femeninos, claro.

Visto este tema de lo femenil desde 2014 creo evidente que no, Bourgeon no es “el autor de las mujeres” del mundo del cómic, sino un esforzado amanuense que estiliza todo lo que le viene dado por la tradición del cómic adulto de su tiempo. Esto no es malo por ser un pequeño logro en su día, pero sí el punto sobre el que más pesan los años en su obra.

No pesa sin embargo el ligero humor que impregna el relato, la ironía, incluso el gag burdo que se reserva, con inteligencia, al personaje del escudero, como ya he señalado, bufonesco sin más matices.El humor se beneficia, en fin, de la mejor característica de “El eclipse azul”, ese saber hacer desde un gusto exquisito. Ejemplo, en el momento más grave de la trama, un juglar debe tocar música con un instrumento mágico a las puertas de lo ominoso como m¡único modo de poder seguir adelante, pero para a cambiar un bordón del instrumento por otro suyo (carente de magia, claro). Increpado por el caballero, contesta, “Antes morir en armonía que sobrevivir en discordancia”, ¿no es delicioso?.

Así, como algo entre lo estilizado para su tiempo y lo naive para el nuestro, abordado con una técnica portentosa para el dibujo realista de pura maestría artesana (insisto, es la palabra), veo hoy aquel álbum que, leído por partes en una revista mensual, me hizo pensar que el cómic podía ser el más completo de los artes afanados en el equilibrio de contar historias. No me equivocaba demasiado.

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Ancho/estrecho

“pensó que iba a ver el tipo de pintura que se ve en todas partes, buena y mala, más mala que buena, pero no hostil a las buenas maneras artísticas, a la devoción a la forma, y el respeto a los maestros.” Louis Leroy “Exhibición de los Impresionistas,” 25 de Abril de 1874

El cómic es un arte. Eso es así como en toda forma de expresión que trasciende lo meramente artesanal. El cómic es una industria. Esto es así como lo es en el cine o en la literatura o en la música o en… bueno, en toda actividad artística. En lo que es la gran tarta del PIB de España, la posición de la industria del cómic es mínima, tanto que me parece risible pensar que “hay industria” en el sentido más capitalista del término, que es el que se tanteó (quizá con éxito… efímero) en los ochenta y desde luego se alcanzó sobradamente en la posguerra. Hoy el cómic en España no es eso. Si digo que es industria es porque se maneja y desenvuelve en un mundo industrial, capitalizado y que sin el poderoso parné no puede prosperar. Pero hay quien no ve que el nivel de prosperdidad de la historieta no podrá ser ni siquiera el de hace tres décadas. El cómic es un arte. Y como tal su camino pasa por investigar sus mecanismos expresivos, llevando las cosas más allá del punto en que se encontraban, como han hecho en su día Buñuel, Turner, Stravinsky, Henr Miller o Pollock. Me parece curioso que aquellas personas (no bandos, cada cual será dueño singular de su opinar público, supongo) que porfían por un mercado “industrial” en el sentido mass mediático, sean las que se obcecan en no ver la cualidad de arte del cómic, y reverenciar el pasado, como todos, ojo, pero abocando al medio al inmobilismo. Pasado que ya ha fallado, ya ha muerto, no podrá volver porque solo puede interesar a cuatro degustadores con nostalgia. En la “era whasapp/Wii-U/Spotify/HBO en streaming”, nuestros queridos tebeos son el caviar de la pirámide alimenticia de la cultura. Una delicatessen antes que una droga masiva de toda una generación de coleccionistas bakalas adolescentes compulsivos (permitidme la broma, dejadlo el “coleccionistas compulsivos” si os ofende). Su camino entonces me parece otro, no “las masas” sino la visibilidad general. O generalista. Ampliar el espectro antes que el número, porque eso será bueno para ese número, claro, y para redefinir y consolidad el papel del cómic en la sociedad wi fi. Creo que en eso cada vez vamos mejor. Sin embargo, tenemos otra cuestión entre manos, cómo quienes quieren apostar por un arte más visible pretende atarlo a un canon férreo. Y desde esta vía, la de acudir al dicciopinta de la RAE como si fuese palabra de Yahveh, se desacredita no al cómic, sino a cualquier arte. Todo esto me ha venido así de sopapón, al volver a leer esta viñeta:

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Manel Fontdevila, No os indignéis tanto (Astiberri)

Manel diserta brillantemente sobre Georges Brassens en esta página, y cómo rompió moldes. Podemos aplicarlo a Picasso, a “Cabeza borradora” o a… bueno, a “Culto Charles”. Yo no sé si bofetadas como el tebeo mencionado caerá en el pozo de los experimentos sin fundamento pero tengo dos cosas clarísimas.

  1. CIMOC fue una revista fantástica, me encantaba en 1988 y sus páginas atesoran tebeos maravillosos de su tiempo.
  2. Pero hoy solo pueden ser dos cosas: el modelo para un tebeo convencional (que debe existir, está bien, pero como arte ya no aportan nada al cómic, porque ya se han hecho inmejorablemente) o el puerto de montaña desde el que avanzar y seguir subiendo, a golpe de pedal (y tristemente, sabiendo que en el camino te lanzarán agua a la cara). Esto es, el pasado sobre el que seguir construyendo a base de hacer el sendero a transitar… más ancho.

No creo que volver a esto en 2014, en fin… cimoc97cimoc …pueda asegurar el futuro del cómic como arte aún habiendo sido el pasado y contener un buen montón de obras maestras (ya que como “Industria”, con “I” mayúscula, sostengo que no volverá hasta que sobrevenga una tercera guerra mundial que acabe con la electricidad-para-todos). Y bueno, si me equivoco, como CIMOC me molaba un huevo, pues tan contento. O no. También tengo la impresión, conste, de que muy poca gente ve las cosas con reverencia hacia el retrovisor, y que el lector de cómics en general aprecia la investigación, la búsqueda y hasta el fallo, frente al inmobilismo, pero carezco de estudios estadísticos para asegurarlo… es un pensar en cosas, nada más.

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