Opinión

El cómic es un arte… pero bueno, da un poco igual

Esas cosas de las redes sociales. Resulta que parece ser que ayer fue el día del beso o una tontería así, y la gente en alardes de originalidad ha empezado a colgar “besos” en la red. Que está bien, mejor besos que culos, quizá… Como otras veces, me disponía a aprovechar la parida del día para hacer proselitismo con una historieta, y llego a la necesidad cascarrabias e imperiosa de hablar en este blog de algo evidente. Luego volveremos a la anécdota que lo origina todo pero ahora centrémonos un poco en cuestiones generales.
El cómic es un arte. No se si alguna vez lo he comentado por aquí. Pero lo es, tengo el convencimiento y evidentemente a estas alturas de la historia del medio quien piense lo contrario ya no solamente no tiene razón, si no que no tiene una base mínima. A mí no me gusta la zarzuela pero jamás pensaría que no tiene valores artísticos. Un arte puede gustar más o menos, pues claro. Pero si se es (por historia, por desarrollar una expresividad propia e intransferible, etc) pues no hay más que discutir. Ni es bueno o mejor, ni malo o peor ser o deja de ser algo artístico. Si acaso, merece la fidelidad, para reconocer una obra no hay que tergiversarla, hay que intentar conocerla en su pureza. Por eso es mejor ver una película en versión original que doblada, ¿no?.
Por otro lado, como producto industrial que también es, la historieta se ha visto sometida a caprichos tan delirantes como las ediciones Vértice en formato bolsillo, que es lo opuesto a no tergiversar un original. Para adentrarse en esa dimensión psicotrópicosomática de Vértice, os recomiendo leer este artículo simplemente maravilloso del Sr. Ausente.
Es así: las editoriales durante mucho tiempo no se paraban en pensar que tuvieran entre manos nada más que un producto-basura de entretenimiento pueril y de consumo rápido, sin importar si ese producto constituía un eslabón más en una larga tradición, si era un arte que hay que respetar. Ellos producían entretenimiento masivo y barato (low cost, se dice hoy). No se ponderaba la fidelidad al original ni el respeto al trabajo de los autores. Por ejemplo: un autor de cómics va a pensar muy bien la página que dibuja. Toda ella es un juego de equilibrios, narrativo y también estético. Es uno de los muchos elementos que deberían importar, y que hacen de la historieta algo único, y maravilloso porque no puede compararse con nada. Una muestra:

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En estas dos páginas del famoso Watchmen, Alan Moore, Dave Gibbons y John Higgins orquestan un juego especular (y espectacular también), aplican un eje central (la separación de ambas páginas) para crear una serie de simetrías entre cada una de sus mitades.
Cuentan, para ello, con la doble pagina. Venías leyendo tan tranquilo tu tebeo y en un determinado momento (mitad del capítulo exacta) doblas la página y te topas con todo esto. El efecto es potente, sí, y evidentemente los autores contaban con ese “pase de página” y su efecto en la narración y sobre el lector.

De hecho en el comic book más comercial (piensa en Spiderman, Superman etc) los tebeos llevan en medio del cuaderno, por cualquier parte, páginas de publicidad. Estas se aprovechan o son contadas también a la hora de programar dobles páginas, por ejemplo. Y claro, hay que tenerlo en cuenta cuando se edita en castellano.
O te encuentras que esta magnífica escena de/con beso (sí, volvemos a la anécdota que origina este post)

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…se convierte, en la edición “de lujo” en castellano -un grueso tomo de más de 400 páginas, que costó en su día 35 € en la edición de Planeta de 2010- en este despropósito:

swampcollage
No sé si el troceado, infame, es cosa de los autores en un ataque de dineritis para una edición de lujo. En Alan Moore, Stephen Bisette, John Totleben y Tatjana Wood (firmantes de este Swamp Thing #34 en 1985) me extrañaría mucho, y más conociendo la relación de Moore con la editorial DC. Intuyo que realmente debe ser cosa de DC Comics, que la editorial americana haya perpetrado semejante remontado con la edición en comic book para vender el tomo lujoso sin contar con las propiedades de la obra. Puede ser cosa de Planeta, en España.

En todo caso, y perdonando la expresión, menudo cagarro.

Bueno, el caso práctico me sirve para la reflexión obvia: que la historieta, si se la quiere como lo que es, un arte, debe ser respetada. Que un editor debe honrarla, mostrarla en toda su riqueza. Toda adaptación por modas (ah, esas “novelas gráficas” que no lo son realmente, esos álbumes europeos reducidos…) o por necesidad (la imposibilidad de recuperar color, por ejemplo) son heridas  a la obra original. A veces inevitables, otras, fácilmente subsanables.Es cuestión de tacto y de entender la historieta como yo, nada más.

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Mejor donde no te conocen

Psicoexpo

Psicoexpo

Ayer he inaugurado una exposición (información aquí). Bueno, he… hemos, todos los implicados. Yo como comisario hice una “visita guiada” y tengo sensaciones demasiado buenas como para no comentarlas. Creo que es un buen punto de reflexión.
La expo, que hace una panorámica sucinta de la historia del cómic gallego desde Castelao hasta hoy (con paradas significativas, también con ausencias lamentadas) está en un pueblo, Porriño, de algo menos de 20.000 habitantes. Un sitio pequeño, seguramente con una actividad cultural más o menos voluntariosa, pero con todo, nunca un 
epicentro cultural.
Y lo que me ha llamado la atención para bien es comprobar que ante mi charla tenía a unos cuarenta o cincuenta visitantes. No solo las autoridades de rigor y familiares varios, si no gente que efectivamente se había acercado a ver “eso”. Gente muy diversa, además. Había padres con sus hijas adolescentes, había gente mayor y gente joven, hombres y mujeres, un poco de todo.
Hablé (porque se acercaron a hacer comentarios al final de la charla) con algunos de ellos, y creo que en términos generales no se trataba de espectadores “del mundillo” (y cada vez que usamos esa expresión una viñeta de Rob Liefeld sustituye a una de Will Eisner en el cielo de los tebeos, lo sé).
Lo que me interesó de todo este panorama es comprobar, en fin, que quizá es muy buena idea salir de los lugares comunes, los grandes eventos, las potentes capitales: es BUENO llevar el cómic a otros espacios, otros lugares ¿más modestos? Bueno, la actitud de interés genuino de la gente que he visto ayer es enteramente elogiable y digna de alabanza y nada menor. Me gusta pensar que el cómic, como arte, puede llegar a todo el mundo, y que descubrirlo, su historia, sus cualidades, su presente (con tanto, tanto futuro pese a los agoreros) puede ser un objetivo a cumplir en cualquier parte. Se puede descubrir el cómic también en villas más pequeñas que las grandes ciudades, es de perogrullo, pero no sé si se dice suficientemente. Se puede, sí.

Tal vez la irrupción de algo tan “exótico” como una exposición de cómic en un Porriño no genere una peregrinación de lectores “de casta”, típicos habitantes de “sus” librerías especializadas. Quizá el caballero que ayer se presentó como desconocedor del cómic pero vinculado a los archivos de prensa histórica, e interesado por ese aspecto, los cómics antiguos, pueda ser un tan buen objetivo para el noveno arte este como el fiel lector de DC. O mejor, porque un lector, fiel o no, si lo es ya está ganado. Además hay una diferencia. Uno acudirá a una exposición a ver algo que le ya le gusta (lo cual es genial, aquí me tienes haciendo lo propio siempre) y el otro lo hará por curiosidad ante algo cultural novedoso, que quizá, quién sabe, empiece a atraerle como nunca.
Sea así o no, creo que micromuestras de cambio como esta, una exposición en pequeños pueblos de provincias (será itinerante, sí), tienen mucho que ver con el presente. Estamos ya en 2016, hace por tanto unos ocho años que algo ha cambiado y los que no quieren comprender como fenómeno la novela gráfica no se van a desenrocar, pero lo que ese término ha traído es una nueva percepción, al menos en casos. Se tiene que salir del camino trillado, porque igual ya no es válido hoy (es otro tema, la “industria”, término caducado para el cómic hoy, o las expectativas para el medio en la sociedad actual y las que tiene la tradición menos dúctil del sector de la historieta), y sobre todo porque es bueno hacerlo, como modo de revolucionar las expectativas personales, singulares, que cualquiera puede llegar a tener respecto al cómic. Creo que es más importante convencer a un archivero que no ha leído un cómic en su vida de las posibilidades del medio, desde un interés genuino por el mismo, que no a diez lectores fandom de que todas las iniciativas para sacar al cómic de sus muchos tópicos (bienes coleccionables, librerías especializadas, endogamia…) es a la larga buena.

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Mini carta de amor al cómic.

Buscando informaciones sobre Intrusos, lo nuevo de Adrian Tomine, llego a un texto de The Guardian, que comienza categóico del mismísimo Chris Ware:

As a serious cartoonist, one secretly hopes to create “That Book”: a book that can be passed to a literary-minded person who doesn’t normally read comics; one that doesn’t require any explanation or apology in advance and is developed enough in its attitude, humanity and complexity that it speaks maturely for itself. Comics have come a long way in the last 25 years, finding a grown-up audience with the memoirs Maus, Persepolis and Fun Home, the cartoonists of these works writing about real human life in a flexible visual language that for decades was a medium of puerile adventure pamphlets and daily newspaper gag-administration. (Fuente, este texto)

Es un hecho, por supuesto. Es lo que está pasando: pienso que el cómic es un medio hoy más excitante, vivo y pulsante que muchos otros ya asentados. Quizá porque, consciente de que tenía camino por recorrer, lo está haciendo justo ahora, y nosotros lo estamos viviendo.

Creo que amar al cómic en 2016 es fácil, en fin. Incluso si no has leído uno en toda tu vida.

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Darías y el descrédito.

Manuel Darías es uno de los más notorios críticos de cómic del panorama nacional: su carrera es la de cuatro décadas de constancia, desde las páginas del Diario de Avisos, promocionando la historieta y ejerciendo la crítica del medio.
Eso hay que reconocérselo. Y respetarlo y hasta agradecerlo.
Pero últimamente está derivando hacia opiniones que no siempre me han resultado cómodas. Sin embargo el pasado seis de marzo, y en un texto centrado en la autora Mamen Moreu, escribe lo siguiente:

darias cita1

No hay nada que añadir, solo sentir vergüenza ajena y decir desde este blog que personalmente siento que el descrédito más absoluto ha caído sobre Darías. En tan solo 33 palabras ha sepultado todo atisbo de credibilidad en su firma, a día de hoy.
No se puede obviar el papel casi fundacional de Manuel Darías en la crítica de cómics en prensa, sí, pero personalmente no puedo creer que alguien tan condicionado por un prejuicio machista tan salvaje (y gratuito, por cierto) pueda ser una fuente objetiva de crítica de medio alguno, sea cómic, literatura, cine o danza contemporánea.

El texto completo, lo buscas por ahí, no quiero capturarlo y alojarlo, ni enlazarlo tampoco.

 

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Frank Miller en mi casa

Con dieciséis años ya eres todo un hombre hecho y derecho, por eso decidí, zas, dejar de leer tebeos de superhéroes.
Pero Miller me gustaba tanto…
Claro que yo ya tenía todo aquello de Daredevil, ya tenía Miller de sobra, así que sí, eran tiempos para cambiar de aires y leer cosas de mayores. Hasta había comprado Ronin, que era un Miller mazo raro pero seguía molando, porque además no era de supertipos pegándose. Era más disparatado, pero había coartada.
Así que Miller decidió desde su casa, allá en Estados Unidos, que me iba a voltear la cabeza como si fuera un trompo para dejarme descompuesto, y creó una nueva obra sobre, uf, Batman. Ah, no, superhéroes va a ser que no.
No piqué, porque ya era un tío maduro. Pero caramba, ese formato (aquello sí lo era, un formato, unas características físicas féreas como soporte de la obra) me impresionaba. “Prestige”, lo que quieras, un cómic con su lomo, con unos colores (lo ojeaba en el quiosco) “buenos”, no de puntitos…
Cuando salió al mercado el segundo tomo de la serie leí esta página, también en el quiosco:

Dark Knight small
Y Miller se lanzó unas buenas risas, imagino, desde el otro lado del charco viendo cómo mi cabeza volteaba sin control. Lo compré.
Dark Knight no se parecía a nada previo porque no había nada como aquello (al menos, en mi universo de lecturas y conocimiento sparciales del medio). Ni en forma ni en tema: nada de continuidades y universos ficticios, esto era un “What if” que devolvía un Batman más real que el de todas las colecciones de la época dedicadas al hombre murciélago juntas. Tampoco había compacación posible en formato, ni en nada. No era europeo pero no era mainstream americano, ni underground.
¡El Milleranissssmo va a llegar! que diría el escritor borracho: no, ya estaba aquí. Una prosa dura, cortante, un dibujo extraño, feísta, un color radiactivo, unas páginas que llevaban los experimentos previos de Miller un paso o dos más allá. Unos enemigos loquisimos pero que eran como la destilación en forma de cuento de hadas de una crítica a la sociedad de su presente (los ochenta, chungo, chungo). Mutantes que nada tenían que ver con los de la X, pandillas callejeras, amoralidad, brutalidad, heroísmo y justicia, un ritmo endiablado, un color de Lynn Varley tremendo.

No era solo que aquello “no era para niños” (qué porras, yo era un mocoso, qué estupidez de razonamiento), se trataba de la capacidad de Miller para romper moldes, llevar el pastel a un extremo nunca cocinado y brindarnos un plato que excede la excelencia.

El cómic, vi entonces, con 16 o 17 años, era un arte poderoso, vibrante y que excede las bondades del dibujo (algo que siempre me gusrta, contemplar un buen dibujo, sea de José Domingo o de Tiziano) o del mero relato de hechos (¿ganará Batman o Superman?), porque es un arte narrativo que debe jugar con sus normas gráficas para hacer algo que, además resulta de una belleza visual bestial.
Así es Miller, brutalmente bello, cuando no patina (e incluso cuando lo hace, tiene el fulgor de los verdaderos colosos, es inevitable).
¿Qué habría sido de mí sin aquella lectura estremecida en la barra del quiosco? ¿Sin esa página podría haber sido yo el adulto come-viñetas en que me he convertido?

Dicen que la vida se debe a procesos, no a hechos puntuales. También que una mariposa aleteando puede provocar un huracán en el otro extremo del mundo. Frank Miller es el proceso de mi mariposa.

En estos tiempos, en estos lustros y hasta décadas en que cíclicamente algún listo se ríe del “decadente” Miller, conviene recordar que hablamos de un gigante que lo es desde hace treinta años, con muchas páginas alucinantes en su carrera, alguna muy reciente, y que aún levanta polvaredas con cada nuevo proyecto.
Un genio. No abundan.
Feliz cumpleaños, Miller.
En esta casa te queremos.

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OTOÑO de Jon McNaught, y PABLO & JANE, de José Domingo

Una de las cosas más interesantes que puede ofrecerme un cómic es el juego formal, o directamente la ruptura. Ambas cosas ocurren en dos cómics de edición muy reciente. Carambola: dos por uno, en Faro de Vigo. Un clic para ampliar y leer:

: Visado : Página 6

 

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Alegrías del Premio Nacional a “Las meninas”

Ayer se ha hecho público el Premio Nacional del Cómic de este año, que ha recaído en Las meninas. menisEs un galardón que me alegra muchísimo porque las cosas nunca vienen solas, hilvanan hechos, implican consecuencias. Y elegir este y no otro título tiene, aquí y ahora, mucho valor, en mi opinión. Es un buen empujón, otro más, a una microindustria siempre necesitada de achuchones.

El premio siempre es un asunto mediático, claro. Cada año una obra lo recibe y su editor puede celebrarlo, con sus más cercanos y con los autores, con champán porque seguramente de esa obra venda un buen montón de ejemplares a partir de ese momento. Y los venderá en ocasiones (quién sabe si muchas o pocas) a lectores no habituados al mundo de la historieta -aunque no conozco a nadie que sí lea cómics que no se haya rendido a esta obra, conste también. Y ahí está una de las causas de mi profunda alegría esta vez. Creo sinceramente que Las meninas es una obra pensada para un lector maduro que no lee habitualmente historieta. Y si hay que posicionarse, me posiciono en la defensa de ese espectro de lector, que además conlleva nuevos modos y lugares de venta. Creo que tras cuatro décadas de un impositivo sistema de distribución  se está probando, ya desde hace lustros pero aún en modo “poco a poco”, un nuevo canal, generalista (el mercado de librerías especializadas, un logro en su  día ¿un lastre hoy? tema para otro post). Y una obra sobre Velázquez me parece un reclamo fabuloso para ese lector ocasional, curioso, culto, que no pisa Norma Cómics pero se pasea los sábados por La Casa del Libro. Trata sobre uno de los más importantes protagonistas de la historia del arte nacional y  mundial, que retrata llamativamente en su portada. Y cuando abrimos y leemos su contenido, apreciamos que la mirada excede el biopic más obvio para configurar un discurso personal sobre el arte, el papel de las obras maestras en la historia del arte, la necesidad de crear, el papel del artista… Nadie puede no advertir que ante la obra de Santiago García y Javier Olivares estamos enfrentando un profundo trabajo de autor, personal, intenso. Y así se rompen muros y barreras, demostrando que los cómics no eran solo aquello, eran también otras cosas.

Me alegra que la obra nazca para el mercado español, y que desde el mercado español haya conseguido vender derechos de edición a Francia e incluso, en breve,  Estados Unidos. Es el camino deseable (aunque, lo sabemos, de momento el menos práctico)

También me alegro mucho por los autores. García es una de las figuras poliédricas más constantes en la historia del medio. Como traductor ha crecido con la Marvel en vena. Como teórico ha participado en las propuestas más importantes de los últimos treinta años (Ú a la cabeza pero sin olvidar ese magnífico proyecto de revista de divulgación que fue Volumen, a mi juicio aún no superada en su rango) y ha coordinado o escrito algunos de los libros más interesantes de la historia reciente de la teoría del cómic en España. Y como autor tiene ya en su haber una serie de virguerías recomendables, que hacen con la práctica buena toda su teórica. Así ve el cómic García, como cuenta en sus textos, como leemos en sus cómics. Y menuda visión: Fútbol; El Vecino; Beowulf; Tengo Hambre... Pero por virguero que sea el resto de su obra, lo de Las meninas es un hito, una burrada de tal calibre que solo puede enfrentar, como creador, obviando la altura y trabajando mucho, mirar para adelante, no para abajo. García tiene ya nueva obra publicada, un ¡García! con Luis Bustos que demuestra eso, que las obras ya creadas están para seguir creando, no para atorarse.

Pero si me alegro mucho por García, no se puede medir lo que me alegro por Javier Olivares. Principalmente, porque creo que Olivares era una de las más importantes figuras del cómic de vanguardia, un autor que lleva en activo desde lo sochenta, de producción breve, esquivo pero que cada cosa que entregaba demostraba que la cantidad no es la calidad, que esta se encuentra en la producción dispersa también, cuando produce alguien de mucho talento. Desde los lejanos Cuentos de la estrella legumbre a ese relato costumbrista de los noventa llamado “Dios bendiga cada rincón de esta casa” (dentro de Estados carenciales), la carrera del ilustrador era un ramo de obras intensas y necesarias. Javier Olivares merecía, de una bendita vez, una obra que le pusiese brutalmente en primera línea. No necesitaba de premios pues la fuerza de su trabajo está en la obra misma, pero seamos sinceros: que cuatro críticos de cómic la alaben en blogs o una recóndita sección de diarios no era suficiente. Las ventas pausadas pero parece que constantes de Las meninas (va por segunda edición) sí que puede serlo. El galardón del salón barcelonés fue el primer paso de gigante mediático. Y el Nacional es el estrepitoso amplificador que sigue mereciendo Javier Olivares. Como My Bloody Valentine, lo que hace merece el máximo volumen y el Premio Nacional es exactamente eso. Y no puedo esperar a lo próximo que saque Olivares, añado.

Y más aún me alegro porque, bueno, Las meninas, al final, es lo que es, una de las ficciones más excitantes, sugerentes, delicadas, apasionantes, profundas y hermosas que leo últimamente. Y así al final todos ganamos, sin necesidad de premios, pero si vienen, pues como la tapa de cayos cuando pides una caña… dan lustre.

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La portada de Frank Miller

“Una simple locura, sin principios serios y sin alcances; […] para diversión de los papanatas en los residuos de las escuelas”

Arsène Alexandre (1859–1937), columnista de “Le Figaro”, a propósito del Impresionismo.

Lo  primero que quiero que tengas claro es que a Frank Miller se la pelas. Y yo. O no. Lo primero que hay que entender es que Miller sabe lo que hace y porqué lo hace. Evidentemente es un creador y es consciente de ello, crea para nosotros, pero el autor puede tener unos objetivos que no son un remolque de las expectativas de su público. Esto, que en otras artes es un elogio al artista, parece no ser asimilado por la cueva fandom del mundo del cómic. Parte de la cueva, al menos, la que ha macerado su “canon” en el tebeo comercial estadouidense donde el naturalismo gráfico es la base del dibujo del género, en la línea de Neal Adams, John Byrne, Barry Windsor-Smith, George Pérez o Michael Kaluta. Curiosamente siempre hubo otra línea no naturalista que fue alegremente rechazada, la de Kirby, Ditko, Simonson, Mignola… bueno, no rechazada, pero eran los “autores estilizados”, los arties, digamos. Muy admirados, pero a menudo acompañados de sentencias como “sus limitaciones como dibujante las compensa con una estética, puesta de página, soluciones narrativas etc etc”. Pero no, porque dibujar cómics no es hacer ejercicios de primero de Bellas Artes en las plazas del pueblo, sentado con tu cuaderno de bocetos copiando a sanguina un balcón, un vendedor de castañas o una fuente. El cómic no es eso, no es copia o naturalismo (que en todo caso, son opciones, para el punto de partida gráfico del autor de historieta).

Miller siempre jugó en esa liga de los “señalados”. Los que hoy critican al último Frank Miller olvidan que ya en sus tiempos como autor de Daredevil le llovían por “Mal dibujante” y que toda su carrera arrastró ese tipo de san-benito como dibujante. No me explico al respecto: el dibujo de cómic es lo que es, e incluso saliéndonos de las márgenes del noveno arte, el dibujo es lo que es, y supera los códigos academicistas del realismo o la mera habilidad, claro, y se adscribe a una primera necesidad expresiva, desde hace muhcos años. Más de cien.

Attrazione

Munch, 1896

Miller, lastrado por una enfermedad severa, la ha montado, muy conscientemente, con su regreso tras bastantes años de ausencia. Y lo ha hecho rompiendo la baraja:

miller

El retorno del caballero que nos ciega

La realidad es que esta portada/contraportada me parece brillante, no por sus logros académicos, de perspectiva, proporción etcétera (vuelvo a Munch para abundar en el tema, y es verdad que ahí “falla”), lo es por actitud, porque con ella su autor ha logrado lo que pretendía: ser, con un único dibujo, el centro del universo de la historieta a nivel mundial. Cuarenta años rompiendo barajas obra tras obra (alguna fallida, claro, pero siempre en el ojo del huracán) y aquí lo tenemos de nuevo con un dibujo feísta, que se pasa por el arco del triunfo cualquier amago de corrección, cualquier “ética del buen dibujo”, pero que vuelve a ser potente como un tsunami, provocador como Detritus, el personaje-cizaña de Astérix. Y del lector más anónimo al autor de Marvel más respetado, todo el mundo gira alrededor de ese Hombre de Acero que nos revela su pene tras el calzón, que exagera icónicamente sus puños como explicándose con el dibujo sin más, que es todo locura, un elogio de lo irracional. Locura en la praxis del oficio por parte de Miller; también locura y rabia y fuerza como icono, en el discurso que la propia imagen ofrece. Y es también un elogio de la debilidad, porque insistimos, Miller, muy enfermo, es un cuerpo muy vencido. Pero un alma muy rebelde aún. Los twitts que le acusan de acabado soportan un ideal conservador del arte, mientras que el bueno de Miller demuestra que está aquí para morder y reírse, para azotar, para follaros vivos, con su cuerpo debilitado pero con su espíritu aún en llamas de creatividad loca.

Por cierto, Atom muestra, sin desdecir del estilo alocado, unas proporciones mucho más “lógicas”, nadie lo dice.

atom

Del mismo modo un nuevo dibujo (de Batman) filtrado muestra que el autor de Ronin sabe y aún puede, si quiere, moderarse:

batman miller

Se ha leído también que si no se supiera que lo ha hecho Frank Miller, muchas de las opiniones arrojadas -las positivas, claro- “tendrían a un sentido contrario”. Pero no podemos desligar obra/artista. No podemos comprender a Goya ni a Boticelli sin conocerlos, esto lo sabe cualquier alumno de primero de historia del arte. Y por supuesto que no podemos opinar de una portada de cómic (si creemos en la naturaleza artística del cómic) sin entender lo que su autor pretende con ella. Porque no, claro, no hay un canon que aplicar ni una norma matemática. No es cuestión de medidas y plomadas, reglas de oro y recetas magistrales.

Y por otro lado, por supuesto que no opinamos lo mismo de esto…

DK I

Miller, Jackson y Varley, El retorno del Señor de la Noche (como se llamó en la edición de Zinco)

…que de este chiste.

RISSO

100 Balas. Azzarello (guión) y Risso (dibujo), desconozco el capítulo concreto de esta imagen, los coloristas de la serie son Grant Goleash y Patricia Mulvihill, según la wikipedia

 

 

En fin… como siempre, todo el revuelo sirve antes que para juzgar a Miller, para conocer posiciones del lector y ubicar a cada quien en un lugar.

Y puede que DK III resulte una castaña. Pinta mal, un trabajo quizá no de encargo puro y duro pero sí de coyuntura para sacar más pasta (realizado casi en tercer plano por salud, asistido por dibujantes y guionistas). Lo comprobaremos cuando salga. Pero mira, es Miller, sin él el cómic no sería lo que es hoy. Es el autor más importante que ha dado el medio, posiblemente (o uno de los diez más importantes, seamos flexibles, tampoco importa mucho la boutade, me entiendes). Y hace bien en darle a la manivela de nuevo, para lo que le salga de los huevos (¿sacar pasta? ok, Miller, lo que quieras, estás de vuelta tras ir y volver unas diez veces, tú puedes) , y además, es evidente, va a lograr también ese objetivo, va  asacar bastante calderilla con DK III, olé él.

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Los niños no leen tebeos

Las historias de papá: os voy a contar una. Ayer “Punchito” (vamos, mi hijo, cuarto de primaria, que viene siendo como mi cuarto de EGB) discutía en el cole con amigos. Ellos le decían que Iron Man (no, ya no es El Hombre de Hierro, claro) puede levantar el martillo de Thor porque lo vieron en una de las pelis (por cierto, que me busquen el fotograma, por favor). Mi hijo mantenía que imposible, y apelaba a los cómics (por charlas con servidor, no por leerlos), donde el asunto quedaba meridianamente claro: imposible, por la magia de Odín, salvo un caso en toda la historia Marvel (Bill Rayos Beta). Pero los contertulios (aka, mocosos de la clase) le contestaron rápidamente que los tebeos son malos (TODOS, desde el nº 1 de 1963, bendita infancia) y que lo que vale son las pelis, que son las buenas.

El papel defitidor de las características del universo Marvel, en fin, se ha trasladado, socialmente, del papel al celuloide. La peli es la que marca, describe y dice la verdad. Los tebeos son Tierra-2.
Al mismo tiempo mi hijo ha recibido un regalo, un jugoso billete a gastar en lo que quiera. Y quiso un vídeo juego de Vengadores Lego.

wiiiiiiiiii

Mi hijo en su tiempo de ocio

Pues bien. El chaval lo flipa con ese (y otros del palo) juego de superhéroes. El chaval flipa con la franquicia vengadora de Disney en el cine, y flipa con la serie de animación de 2010 (y seguramente con la nueva de 2013, y lo que le echen). Pero apenas ha leído los tebeos  de Los Vengadores que le he comprado (los pensados para su edad, de formato álbum y estética cartoon). Y esto es general, no solo cosa de esta casa. El producto cómic no atrae ya a los niños. Quizá, no sé, a los más talludos, adolescentes, a algunos al menos, pero hoy me temo con base en mi experiencia empírica (por tanto es un temor, no una aseveración) que la batalla está perdida y es difícil.
Porque el cómic ya no es un producto mass media si no un regalo digamos de élite, la curiosa aportación de un invitado al cumpleaños, el simpático y curioso tío hipster, que se saldrá del esquema general (arramblar con lo que tengas en la cadena comercial adecuando el regalo, cualquiera, a tu presupuesto). Porque ya no es un producto de masas para infantes, porque se ha descolgado la venta de cómics de el auge de determinadas series televisivas. Aunque hay esperanzas como el éxito de Hora de Aventuras de Norma, pero es la excepción, me parece.
Ojo: hay una generosísima oferta de cómic infantil, olvidemos los tópicos y rastreemos los catálogos de manga, los específicos de editores y sellos como ¡Bang!, Barbara Fiore, Ediciones B, Dibuks o directamente acudiendo a la reedición de clásicos incontestables como Astérix y Spirou. El tema no es de oferta, es la penetrabilidad del cómic en el (amplio) espacio cerebral que los niños tienen para su ocio.
Pero ¿he hablado antes de “batalla perdida”?¿Batalla? No lo veo, no compro el concepto “batalla”, el “deber”, la necesidad de promover lectores infantiles. No veo tampoco la pertinencia de vincular el lector niño al futuro lector de cómics adulto o, como rezaba aquel, futuro lector a secas. Ni que la España surgida de la tradición del tebeo (la generación lectora masiva de brugueras y cuadernillos de aventuras a mediados del siglo XX) haya revertido en el país más lector de occidente y una comunidad protectora de su cómic como arte, industria y lo que sea… no, que se lean tebeos o no en cierto rango de edad solo tiene una consecuencia: que se leen tebeos en cierto rango de edad. Y eso, claro, me parece fantástico y una oportunidad de diversificación para los editores. Pero las cosas vienen y van, y lo importante es aceptar el momento (malo para la expansión del medio como mass media, y más si hablamos de los niños).

Y el momento es el que es: lo que ahora está “penetrando” es, por moda si quieres, la novela gráfica adulta con formato libro. Es visible y es lo que, en fin, toca en nuestro tiempo. Si un editor quiere apostar por el lector infante me alegro, y le deseo suerte, aunque lo tiene duro. Los tebeos no van a ser objeto de culto infantil, no pueden competir con la consola, punto, fin de la tesis. Si por designios del destino surgiese un cómic que rompe ciertos muros y se convierte en tendencia en los patios de colegio (sustituyendo a gogos, cartas de Invizimals y neo-trompos de plástico con luces de colores) será porque algo extraño, circunstancial y muy puntual rompe alguna barrera. Del mismo modo que en su día lo hizo, en el mercado adulto, Arrugas de Paco Roca, puede pasar con una portada infantil. Pero frente a la revolución de la novela gráfica (temática, de estilo, de puntos de venta, de formato, de percepción socio mediática) veo muy difícil que, de darse el caso (de tener, en fin, un Hora de aventuras, el cómic de éxito multiplicado por diez), esta circunstancia singular se convierta en tendencia de mercado y de percepción social o preferencia de ocio generalizado entre los niños hoy.

Así que a ser realistas, sin renunciar a soñar con el infinito y más allá pero sin nostalgias ni naftalinas excesivas, que empañan el cristal de la nave y no dejan ver el exterior.

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Cultura e instituciones

Hace unos día participé en una mesa redonda sobre autoedición en la que saltó un tema sin duda interesante: las relaciones entre los estamentos oficiales culturales y la acción cultural independiente (¿independiente de qué? Fácil: sobre todo, de esponsorizaciones estamentales o comerciales). Cuestión planteada en el marco de No Tengo Mamá,  festival de artes visuales, un evento independiente ubicado en las calles que circundan un museo de arte contemporáneo vigués. Un museo que ha vencido la crisis de algún eventual cierre y que de cobrar entrada ha pasado, para “permeabilizarse” con la ciudadanía viguesa, a permitir el acceso gratuito a sus exposiciones. Nuevas crisis han dependido, claro, del apoyo institucional, que en algún momento también han casi-precipitado el cierre del centro. Su supervivencia durante años, entiendo, ha dependido por tanto hasta ahora del Ayuntamiento de Vigo dado que Diputación Provincial no gastaba un colín en dicho museo . Insisto en el tiempo verbal, pues el cambio de gobierno en Diputación en las últimas elecciones (antes, PP, ahora, BNG en acuerdo con el PSOE) ha traído este agosto nuevas al respecto.
Ved que no he hablado de contenidos del museo, ¡parece que son lo de menos!.
El MARCO de Vigo supone un paradigma de cultura dirigida por el estamento político clásico, una telaraña de tejemanejes donde su sostenimiento (apoyo institucional a un organismo cultural) depende de la visibilidad que proporciona el organismo y la renta a corto plazo, esto es, entendido como arma de debate en la próxima campaña electoral. También depende de las batallas por el desgaste político: si quien debe derivar pasta es del partido A pero el centro se ubica en un ayuntamiento gobernado por B, pues ya te imaginas… La realidad de un museo semejante en pleno centro de la ciudad convierte a este edificio (y tantos otros por toda España, claro) en un poderoso argumento político.
Por otro lado es indiscutible la necesidad de centros de esta índole, más o menos estamentales (como organismos externos mejor). Vamos, que no estoy en contra de una cultura sostenida políticamente, porque ello, bien entendido, supone que la sostenemos todos nosotros. Y la cultura es muy importante en una sociedad, es evidente. El problema es que no es así, si no “asá”. Y que además el hecho de que un centro de arte sea “gubernamental”, en la práctica puede separarlo de la acción popular. “Todo para el pueblo pero sin en pueblo”, decía el despotismo ilustrado. Y sí, en ocasiones parece que la cultura institucionalizada vive al margen de los movimientos culturales de base, los que se mueven sin ataduras (y mucho menos, ataduras políticas), y que solemos identificar con la autogestión cultural. Cualquier paseante por el festival de autoedición y artes visuales No tengo Mamá, en unas jornadas al aire libre y amenazadas por la lluvia, podía preguntarse de un modo natural porqué el museo de arte contemporáneo que la feria circunda no abría sus puertas y cedía espacios a un evento que podría ser hermano (muy pequeño, pero hermano) del propio museo, en tanto que evento artístico y contemporáneo. Tengo la impresión de que el espíritu de colaboración del MARCO con el “Mamá” se resume en un permiso para apostarse en sus alrededores y poco más. El año pasado asistí a Graf Madrid. Un evento autogestionado también, de creación, cómic de autor y fanzines, que se celebró en el marco del Museo ABC, donde además exponían Javier Olivares y Santiago García su trabajo para la novela gráfica Las meninas. Exposición que se combinó como parte de la programación de Graf al contar con el propio Olivares para hacer una visita guiada, durante las jornadas del festival. El ABC este 2015 vuelve a repetir colaboración con la organización de Graf, que volverá a celebrarse dentro de los muros del museo. De esto, y su importancia, ya hablé aquí. Es verdad que el Museo ABC es una institución no pública, una iniciativa del diario ABC, pero tiene un peso cultural claro. En Barcelona Graf se celebró el pasado mes de mayo en la Fàbrica de Creació de la Fabra i Coats, con una cesión de espacios a la organización de Graf. La Fabra es una vieja fábrica de los años 10 del siglo pasado, reconvertida en el siglo XXI en un espacio de creación artística gracias al Programa Fábricas de Creación impulsado por el ICUB (Institut de Cultura de Barcelona). Y pienso que aunque la colaboración fuese solo una simple cesión de espacios o un alquiler de los mismos es suficiente, tanto en el caso barcelonés como en el ABC. Porque tiene una significación social y política clave.

Entiendo también que algunos responsables de eventos culturales autogestionados (o personas involucradas en ellos) manifiesten posturas contrarias a la colaboración con este tipo de organismos desde posiciones, digamos, de radical autonomía: no quieren relacionarse más que con entes privados para organizarse (centros culturales alternativos con los que negociar el espacio de las actividades, cafés culturales que ceden su local…). Bien, me parece perfecto. Pero cuando la organización sí cree que una colaboración con un centro público puede convenirle, debería encontrarse una colaboración sincera (se materialice finalmente o no, hablo de actitud) y no reticencias y exigencias o llanamente un cortafuegos del tamaño de El Muro de Poniente.
A veces pienso que Galicia sigue un pasito por detrás, que aún pervive una concepción instrumental del poder que impide la sincera colaboración de órganos estamentales con iniciativas populares, aunque ambos remen teóricamente en pro de la actividad cultural. El utilitarismo es la raíz del mal, claro. Si un estamento político no advierte como rentable políticamente su apertura social más allá de autogestionar en sus instalaciones exposiciones populistas, el estamento no solo no colaborará, si no que obrará “sin el pueblo” (ya no hablamos de la concesión a empresas de servicios y tal).
Pero estas inercias pueden, deben romperse. Y es prioritario que sea cuanto antes. Me llamó la atención saber que durante el Viñetas desde o Atlántico/Autoban, el nuevo alcalde de A Coruña, Xulio Ferreiro, se paseó e interesó (creo que hasta compró cómics en las librerías del Viñetas) por el salón dirigido por Miguelanxo Prado (ni idea de si se acercó a Autobán). Y en la charla en que tuve el gusto de participar en el Autobán estaba en el público Jose Manuel Sande, concejal de cultura coruñés que en twitter alabó públicamente el evento (“Actividade na Semana do Cómic por vía autoxestionaria (…) Parabéns pola iniciativa e a calidade da programación.”, escribió)
Supongo que estamos comenzando el camino de inversión en que nuestros representantes (singulares, órganos) terminen siendo eso, la visibilización del pulso de la calle. Pero mientras ese momento no llega (y si llega) hay que empecinarse en decirlo en todas partes: si la cultura estamental no colabora y sirve (gustosa, además) a la cultura privada seguiremos en una democracia de segunda: “El despotismo ilustrado es un concepto político que surge en la segunda mitad del siglo XVIII, que se enmarca dentro de las monarquías absolutas y que pertenece a los sistemas de gobierno del Antiguo Régimen Europeo (…) Los monarcas de esta doctrina contribuyeron al enriquecimiento de la cultura de sus países y adoptaron un discurso paternalista. También se le suele llamar despotismo benevolente o absolutismo ilustrado; y a quienes lo ejercen, dictador benevolente.” Lo dice la Wikipedia, no yo, ¿eh?. Pues no caigamos en eso.

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