Opinión

Graf Madrid 2014: space is the place

Apetece reflexionar sobre Graf, el festival alrededor del cómic de autor, la autoedición y adláteres (ilustración, vamos) que con la de hace una semala y pico en Madrid ya lleva cuatro ediciones, entre la capital y Barcelona.

Hablamos de un evento que en esa última jornada ha ubicado su feria del cómic (33 stands entre editoriales “independientes”, galería de originales y autoeditores/fanzineros) y sus charlas en el Museo ABC de Madrid, y esto no es algo por lo que se deba pasar de puntillas. La asunción de un crecimiento natural, que no pierda la perspectiva de lo que uno es y ha sido, pero que sepahasta donde quiere llegar, es parte fundamental de todo proyecto con visos de permanencia. El inmovilismo gangrena porque nunca es tal: o te mueves o te estás moviendo hacia abajo sin darte cuenta, por inacción. Pero el movimento debe ser ponderado, para no perder la esencia cuando esta es tan buena como la de Graf.

¿Y Graf qué es? No es un salón “mainstream”, desde luego. Su espíritu es más DIY, su alma, una intensa apuesta por la creatividad.  Pero en su abrazo aspira a ser otra cosa diferente a un ferión del fanzine. Conozco en mi entorno eventos interesantes en este aspecto, pero Graf no da la espalda a editores como Astiberri, por citar a los que tienen un perfil más, digamos, “potente”. Y esto es buenísimo. Hacer compartir una misma vitalidad a quien edita “Arrugas”, una galería de originales (Vidas de papel) y un grupo de fanzinerosos sacando sus locuras es importante porque es una apuesta ética que comparto. Detrás de este espacio que hermana propuestas tan diversas hay un aglutinante: repseto por el arte del cómic, por la creatividad, por el autor y la obra.

Los stands: vender, comprar, mirar y charlar con mucha gente.

Los stands: vender, comprar, mirar y charlar con mucha gente.

 

He comprado bien poco, al final, aunque hubiera podido llevarme cincuenta mil cosas, pero maleta obliga ;) Y lo que he ojeado sin llegar a llevarme era ciertamente interesante. Pero Graf es más que comprar y vender (aunque ello es importante, es la parte contratante de la primera parte), hay una… una segunda parte contratante: las ideas. Las charlas. Las que vi (enteras o parte), fueron excepcionales, interesantes, divertidas y hasta marcianísimas en algún caso. Y participadas (llenazo perpetuo, también la zona de stands fue un “no se cabe” brutal en las horas “calientes”). Y bueno, fue una gozada escuchar a Luis Bustos, David Aja (me perdí su charla del viernes pero su participación en la de Bustos fue sobresaliente), Eva Vázquez hablando de su trabajo para prensa, o David Sánchez reduciendo a cenizas el postureo al describir una obra propia como algo que se le ocurrió, le gustó y lo hizo por eso, porque le gustaba, sin más discurso. Espero que todas las charlas se bajen a You Tube, porque merecen la pena.

Charlas en Graf. Pensar el cómic, hablarlo.

Charlas en Graf. Pensar el cómic, hablarlo.

Otro evento importante fue la visita guiada por Javier Olivares a su exposición sobre el cómic “Las meninas”. Asistir a una explicación con tantísimo discurso, desenfadada pero rebosante de chicha y mandanga, conceptos, ideas, revelaciones… ha sido impagable. Y llegamos así a hilvanar con el inicio de este post. La exposición llevaba tiempo ya en el ABC, pero el ojo de la gente de Graf ha sido sabio. Unir su propuesta a esta exposición fue un modo de imbricar con enorme naturalidad a un museo notorio con una propuesta de creatividad insobornada. Y así se da un pequeño salto más, que engrandece al proyecto y le da nuevos matices. Rompiendo barreras imbéciles que pretenden separar culturas por pisos (altos, bajos…) y demostrando que sin sinergia con el “real world” el cómic pierde la partida, el hermanamiento Graf/ABC se ha demostrado natural, lógico y con futuro.

Las meninas expuestas.

Las meninas expuestas ante la mirada de su autor.

Graf se ha redimensionado en su edición Madrid 14, porque apostando por la creación y el autor ha querido (ha sabido) buscar un locus donde su visibilidad crezca más allá de la presencia de los habituales a este tipo de fiestas (porque Graf es fiestas también, pub, conciertos y dj sesiones, aunque yo no llegué, vamos mayores y los viajes nos matan, me temo). Y con esta voluntad de crecer sin negarse, su triunfo ha sido completo. No es necesario hablar de cifras para constrastar ese éxito. Las hay ya, han contentado a la organización y suponen crecimiento, pero el tema no es cantidad, sino cualidad. Graf Madrid 2014 ha sido un dechado de buenas cualidades, mucha calidad, y es ya algo insustituible en España alrededor del cómic.

Pero más allá del análisis, para mí Graf es una oportunidad de reencuentros y emociones personales, así que no puedo acabar sin citar con pasión, devoción y amor a la gente con que he charlado, comido, cenado o al menos saludado con más o menos fugacidad: Martín López Lam, Juan Berrio, Manuel Bartual que se merece tres saludos efusivos (broma privada), David Aja, Javier Olivares, Pablo Ríos, los Rantifusos, Luis Bustos, Borja Crespo (uno de “los Graffers”), Los Bravú, David Sánchez, Nacho García, José Ja Ja Ja, Eva Vázquez… y la tripulación de Entrecomics Cómics, y César Fulgencio, Christian Osuna y por descontado Gerardo Vilches, co-chalado en esa cosa que hacemos bajo el nombre de CuCo y que esperamos de señales de vida pronto (¡parte del número 3 se cocinó en Graf, amigos!)… y debería citar a más gente, seguro, que olvido ahora. Dense por besados, abrazados y genuflexionados todos.

Gerardo Vilches y Octavio Beares (the CuCO Experience) charlando en Graf con Martín López Lam, autor, editor y mejor persona.

Gerardo Vilches y Octavio Beares (the CuCo Experience) charlando en Graf con Martín López Lam, autor, editor y mejor persona.

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Uniendo cabos sueltos o no tan sueltos

Acabo de leer Las Meninas de Santiago García y Javier Olivares. Obra de la que hablaré largo y tendido, pero no aquí. Ahora querría detenerme en algo que me ha llamado la atención en las tres últimas novelas gráfica de García (y que sin embargo no usa en sus dos tebeos para ¡Caramba!, acaso porque hablamos de un formato, el cómic-book, que exige determinado ritmo, acaso porque alguno de estos tebeos, El Fin del mundo, se somete a un esquema de página cerrado e inmutable, por cuestiones narrativas).
Si nos fijamos, tanto Beowulf (2013, con David Rubín) como Fútbol (2014, con Pablo Ríos) se abren con una intro de pocas páginas o de tan solo una, que deriva en una ilustración a doble página. La obra maestra sobre Velázquez (queda dicho, lo es: compradla ya) se inicia con una doble página ya a bocajarro, pero pronto tras varias páginas añade otra. Valdrían ambas, la verdad, para seguir exponiendo mi tesis, pero la inaugural en esta ocasión hace antes las veces de telón cerrado, un marco previo de ubicación física y temporal y la segunda opera mucho más en el sentido que estoy intentando explicar (tercera imagen a continuación)

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Beowulf, el paisaje desolador

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Fútbol, el deporte más grande del mundo

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Las Meninas y la angustia del artista.

Santiago García emplea estas dobles páginas con el acierto de quien entiende el medio que usa. El cómic es un espacio libre que el autor acota, un inmenso blanco sobre el que desplegar la narración visual. No dudo que en cada caso los dibujantes han aportado su punto de vista y puede que incluso la presencia de estas dobles páginas sea una casualidad, pero qué casualidad más grande… porque en todos los casos este recurso tiene algo unificador, un modo de entender su función que va más allá de lo estético, conformando siempre una suerte de apertura del telón, por seguir con la imagen de arriba. Como si de una ópera se tratase, el inicio de estos cómics es una obertura, la melodía introductoria y preparatoria antes de que se abra el telón y muestre un primer cuadro. Por primera vez, en estas páginas dobles, contemplamos la realidad tanto física como, sobre todo, emocional de lo que se nos viene encima (de lo que vamos a leer, en fin) y lo hace, a la manera operística, del modo más grandioso. De un golpe de “grandeur” se nos ubica, sobre expuesta nuestra vista ante una imagen poderosamente significativa de muy escaso texto. La imagen a doble página ubica sobre todo emocionalmente, retrata el pathos de lo que vamos a leer: el marco de desolación que enfrentará Beowulf, el héroe; el fútbol como mucho más que un deporte rey; la angustia de la creación, el reto del artista, íntimo e interiorizado.

No conozco ningún medio narrativo que pueda hacer algo así, modular los contenidos y la información que se ofrece al lector/espectador haciéndonos ralentizar el ritmo con el que estamos asimilando la narración, porque aunque esa doble página (ver arriba de nuevo) carece de densidad literaria y podría sobrevolarse de un vistazo y tirar millas, que aún tenemos unos cientos de páginas por leer, la densidad real en la narración que suponen, esa focalización de información importante en una ilustración que abarca todo lo que en ese momento podemos ver del cómic, nos obliga a respetar el parón que nos reclama. No se puede pasar de puntillas por estas dobles páginas. No se puede porque los autores asumen que su contenido es importante y dominará el resto de la obra, que obedecerá a reflejar o solucionar o resolver esa doble página.

Curiosamente García y Manel Fontdevila emplearán una doble muy significativa en Tengo Hambre, su tebeo de 24 páginas, ya bien entrada su segunda mitad. Pero como he dicho la obra obedece a una forma, extensión e intención, y el efecto buscado es muy distinto. Nuevamente, sin embargo, estamos ante la magia del cómic: lo mismo (emplear una doble página con efectos narrativos e informativos) se utiliza de modos muy distintos según la obra, las pretensiones y si me apuras, el formato.

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Para menores de 18 años.

Estos días he tenido algunos encuentros propiciatorios para unir cómics e infancia. De estas “tranches de vie” hay que sacar ideas ¿no? Así que las comparto sin ánimo de presentar ningún estudio sociológico ni similar, por supuesto. Pero es interesante plantearnos qué piden los críos de los cómics (si alguna vez llega alguno a sus manos) y cuál es la actitud adulta al respecto. Me temo que todo esto trasciende el tema Historieta, pero para averiguarlo hay que andar el camino. Y escribirlo.

Lo primero, la historia de un regalo. Hace poco he regalado “Beowulf” a un niño de unos doce años. Todos convenimos en la naturaleza adulta del artefacto firmado por Santiago García y David Rubín. Es la transcripción nada posmoderna, relativamente fiel, de un texto sajón sobre gestas heroicas y monstruos temibles. Es también un trabajo de metacómic donde se habla de la historia tras la obra, merced a un final fabuloso y un necesario epílogo de un artista invitado. ¿No es entonces un buen regalo para un chaval de doce años? Pues claro que lo es. Acción, violencia, lecciones éticas de fondo (el comportamiento heroico frente al derrotismo, por ejemplo)… y sale una polla eyaculando.
¡Ave María Purísima, se ilustra una “pijote action”!. Pues sí. Esa escena, por cierto, es de las cosas que más ha “molado” al crío, que parece ser que la leyó entre atónito y divertido, plan “¡mira mamá, mira!” ¿Y qué pasa? ¿es algo malo, obsceno, pornográfico, o es una descripción descarnada de una bestia amoral?

Beowulf y el sexo

Beowulf y el sexo

Es obvio que ni yo ni tú iremos por ahí enseñando a los niños escenas de sexo gratuito, eyaculaciones porno o violaciones, por ejemplo, pero en el contexto “Beowulf” la naturalidad lógica de ese momento “fuerte” lo convierte en algo, me atrevo a decir, enriquecedor hasta para un chaval que aún no es ni adolescente (o casi). El problema no es la mirada del crío. La mirada del niño es limpia, se empapa con una pureza fortísima. Esa escena se le grabará como tengo yo grabadas las hostias de Spiderman a El Tigre Blanco en un “Peter Parker”.
Y luego tenemos la objetividad irracional de un niño. Es interesantísimo conocer qué le parece a un alumno de la ESO algo como “Beowulf”: sin dejar de disfrutar la historia narrada, alucinando con la potencia gráfica, es lo visual antes que nada lo que parece atrapar a nuestro “objeto de estudio”. También de un modo casi diría abstracto, los elementos que le disgustan son inexplicables. A mí de crío se me atragantaban los labios que ilustraba Gil Kane. Hoy resulta que un niño no disfruta de los ojos tal como los dibuja Rubín habiéndole gustado mucho el trabajo del dibujante en general. Me fascina este poder en la imagen narrativa. Aprenderá, claro, que la mirada del ilustrador a veces aleja a su dibujo del naturalismo para lograr ciertos efectos de narración y/o estéticos (por cierto, NADIE dibuja labios tan bien como Kane, por supuesto). Pero la forma de leer de un niño, creo, es libre y liberadora. Nos enseña a veces, o nos recuerda, a los adultos, un poder maravilloso de la historieta. Que es narración, pero que también es dibujo, y ese dibujo se aprehende de un modo irracional en primera instancia. Sí, luego viene el adherirnos a escuelas estéticas (somos más de línea clara, de manga, de…), entender la importancia de la planificación de las páginas y por supuesto que el cómic es relato ante todo. Pero esa fuerza irracional del primer golpe de vista mueve montañas. No en tanto que crítico de cómics, pero sí, desde luego, como lector. Ojalá nunca me olvide de disfrutar de ese modo casi abstracto de los cómics. He dicho muchas veces que el cómic se aleja hoy de lo artesanal y del acabado “verité” para entenderse a sí mismo como concepto. El dibujo debe desentrañarse en función de la historia porque el dibujo ES la historia también. Pero lo bueno de la historieta es que aún sabe del valor de lo artesanal. Es lógico que un chaval lo flipe con la escenas de Beowulf enfrentado al enorme dragón a doble paginaza (así ocurrió en nuestro caso), y con las canas debemos saber mantener esa capacidad. Hay un equilibrio que pocos medios/artes mantienen hoy, el que se da entre concepto y realización, entre arte y artesanía, y el cómic aún lo tiene. Al menos, en numerosas ocasiones aún lo mantiene. Y además salen pijotes.

Cambiamos de tercio. ¿Habéis visto esa… cosa… “Hora de Aventuras”? Es una serie de televisión con su correspondiente tebeo. Nota al margen, buen tebeo, además. Pero no me gusta que mi hijo lo vea, porque mira, es como surrealista de más y bueno, hacen cosas que en fin…

Por supuesto estas palabras en cursivas NO son mías. “HdA” es la mejor serie para chavales que recuerdo desde… es la mejor serie para chavales, punto. Además de un portento visual de imaginación que no parece tocar techo, es divertida, loca, algo irreverente que no soez o inadecuada para horario infantil, y tiene aguijón. Es punzante. Y esta semana he topado con quien me soltó exactamente lo que os intenté colar al principio. ¿Qué es bueno para niños pues? Quizá una serie de suaves dibujos en un marco natural, didáctica, que nuestros hijos aprendan valores para la ciudadanía. Igual si la protagoniza un bonito delfín y lo bautizamos, a ver , algo cursi y gilipollas… “Delfy”. Y que viva aventuras rescatando cangrejos que se pierden en el coral y… Hacemos de nuestros hijos monstruos de baba. O seres babosos, vamos. “Hora de Aventuras” es perfecta porque sí, mantiene y potencia valores importantes (el más obvio, la amistad) pero su alergia a la cursilería la hace ser una serie divertidísima, irreverente e imaginativa. atDeberíamos tomarnos una relaxing cup of LSD in la Plaza Mayor, destensar, ver el mundo de otro modo, vamos (lo de la droga era broma, no os metáis nada, anda). Hay que ser pOp y hasta un poco trash, olvidar los patrones burguesitos del buen gusto (Puaj!) que nos guiarán en la tutoría eficaz de nuestros pequeñuelos. Y darles candela. Vigilando, claro, que los cómics que les pasamos son acordes a nuestros principios éticos, porque no lo olvidemos, un niño está creciendo y por tanto aprendiendo.

Incluso con 16 años. Este fue el otro tema, me pidieron consejo comiquero para un regalo a una chica de 16 que ya es lectora de manga. Sobre la mesa sobrevuela “Bone”, que no está mal pero francamente lo veo, sobre todo su primera parte, la carrera de vacas y tal, para otra edad. Más joven. Sugiero “The Sandman”. La de Gaiman lastra un dibujo sobre el que el tiempo ha caído como una losa, poco/nada atractivo a un joven/jóvena de hoy. Al menos durante sus primeros arcos argumentales, me temo. Pero su argumento fantástico aunque distópico (nada de reinos tolkianos y tal), su terror contemporáneo y el tono ese lánguido de la serie me parecen perfectos para una lady sixteen.
Sin embargo mi contertulio difiere. Por el tema del dibujo, de acuerdo, pero también por demasiado sórdida. ¿Mande? ¿A qué edad hemos visto “Alien” o mejor, “Pesadilla el Elm Street”? ¿Un dibujo de un tipo con fauces en los ojos es inadecuado para un lector de 16, en serio?

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The Sandman, EL Corintuio y sus dientes.

Creo que el prejuicio distorsionador que hay sobre los cómics, incluso entre alguna gente que es lectora de cómics, sigue muy presente en nosotros. Es el mismo prejuicio que arrastramos desde siempre, esa consideración del cómic como algo para niños que siempre hemos intentado rebatir pero que era imperante. La otra cara de la moneda pasa por asegurar que no es solo para niños, y por tanto otorgar a las narrativas que se nos ofrecen, cuando se alejan de lo 100% infante, una categoría “madura” que tampoco es exacta. El espejo deformante actúa también en el caso. Y nos decimos que “Mundo Mutante” e Corben es material adulto, y que”The Sandman”, una serie ideal para la adolescencia, resulta compleja de más, o sórdida de más, o que una violación de un escritor a un… hada, es material no recomendado para menores de 18.

Bueno, si algo define a la novela gráfica supongo que es romper esa mecánica drasticamente, ofrecer material realmente maduro, a partir del cual podemos redimensionar la naturaleza y el lector real para cada cómic. Aunque si “el mundo real” sigue habitando los clichés de hace 25 años, el crecimiento será diminuto y solo dentrr del pequeño círculo de los lectores de cómic. De algunos lectores de cómic, mejor.

Y en fin, hasta aquí. Hemos (he) recorrido un camino con tres tramos con base en una simple experiencia personal y singular (ergo, espero que parcialmente equivocada): experimentar cómo un chaval realmente es mucho más esponjoso a la experiencia lectora de lo que nos pensamos (“Beowulf”), comprobar que los padres seguimos siendo unos carcas finos (“Adventure Time”) y nos preguntamos si no sobredimensionamos lo que es un cómic (y muchas veces “para mal”) en comparación con el cine o la literatura (“The Sandman”). Y como única conclusión, recomiendo que nos acerquemos todo lo que podamos a menores de edad, les hagamos colisionar brutalmente con la historieta con la menor cantidad de filtros posibles (claro, no le pases a tu sobrina de 5 “Alec”, no es para ella) y veamos los resultados. Pueden resultar sorprendentes.

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Aquello me conmocionó 01: El eclipse azul, F. Bourgeon

Aquello me conmocionó con 18 años. Provenía yo de los supehéroes Marvel, la revisión adulta de Miller y Moore en DC (y sus imitadores de segunda), y alguna cosa del cómic nacional que avanzaba nuevas fronteras para este lector que, abandonando la edad de lectura lógica de los “pijamas” (que realmente siempre he seguido leyendo) buscaba nuevas experiencias sin dejar los cómics.
Descubrí este segundo álbum de la serie Los compañeros del crepúsculo de Françoise Bourgeon en su primera serialización en CIMOC, y fue como entrar en un mar de nuevas posibilidades. Frente a la aparente simpleza del dibujo medio de Marvel o DC, un acabado realista sofisticado, y frente a las historias supuestamente sencillas de Spiderman y compañía, un relato difícil en su seguimiento, combinando géneros literarios (histórico y fantasía) y rechazando toda tutela hacia el lector durante la narración.

Relectura hoy, 25 años después.

Lo primero es imposible de calibrar, mi afecto por el arranque, esas tres viñetas panorámicas y su texto, la única vez que aparece en todo el libro un narrador literario, siguen pareciéndome magníficas y evocadoras: “Cien años, dicen, duró esta guerra… nada la diferencia de las que la precedieron, ni tampoco que las que se desencadenaron después. Como el pedrisco o la peste, llega la guerra cuando menos se la espera, por lo general cuando las espigas están granadas y las mozas de buen ver…“. Un arranque que se repite en el primer álbum de la serie y en el tercero y último (y triple, de ciento y pico páginas).

La historia, resumamos, narra las aventuras de un singular grupo: un caballero desfigurado, un escudero cobarde, mediocre y claramente contrapuntístico, y una muchacha sexy (según el estereotipo occidental del siglo XX). En este álbum su devenir se entrecruza con el de ancestrales magias, ciudades misteriosas, criaturas monstruosas y leyendas druídicas. Quizá todo en sueños. El libro, en fin, es un canto lleno de simbolismo a esa época (la guerra, la de los Cien Años duró de 1337 a 1453) , en que la civilización pagana convive con la cristiana en forma de creencias ancestrales.

La historia arranca a lo bruto tras el prólogo, en un signo de su época: Bourgeon trabaja para un mercado concreto que exige álbumes de 48 páginas donde, en fin, si quieres contar algo denso tienes que saber ir al meollo. La relectura me deja claro que Bourgeon sabe hacerlo, y sabe además manejar el ritmo, la densidad, y los desahogos necesarios tanto en la variabilidad de profusión de textos como en el abarrotamiento de la página, la mayoría basculando entre las diez y las quince o más viñetas. La lectura suele ser fluida pese al handicap, y eso es así porque, creo, Bourgeon es consciente de las necesidades que su historia y su estilo precisan para ser, ante todo, una eficaz lectura de cómic.

Volvemos a la primera escena tras el prólogo introductorio: unos campesinos confunden a los héroes con ladrones, toman a la mujer prisionera y se desarrolla un diálogo entre el señor feudal y la plebe. El primero quiere justicia blanda, los siervos una carnicería, literalmente. Interesantísimo, en este punto, ver cómo aborda Bourgeon el género histórico. Fiel hasta extremos enfermizos, documentado, minucioso gráficamente, su discurso es sin embargo capaz de desafiar los clichés. Ejemplo, esta inversión del tópico mal amo y pobres pero bondadosos siervos. El Señor, ojo, es un capullo y un pusilánime, aquí bonito en la foto, nadie, pero “la chusma” madre mía, da miedo, festejando con cánticos populares la tortura venidera:

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Esta página me sirve para comentar otro ardid que en su día me impactó. El empleo de varios puntos de vista o de acciones simultaneas/paralelas alrededor de los hechos principales de la narración. La primera viñeta muestra un entierro en primer plano mientras al fondo continúa el desarrollo de la acción principal (una petición de muerte con tortura). A lo largo de la escena y a partir de ese momento, ambas acciones se entrelazarán. La misma página lo muestra, pero es solo el inicio. Es más, este enfoque se lleva al nudo de la historia, que en realidad trata un mismo hecho desde dos momentos en el tiempo diferentes. Por un lado los protagonistas y la niña enterradora de la imagen de arriba, por otro un druida (¿trasunto de Merlín? creo recordar por textos o entrevistas, que sí) y su joven aprendiz, en los tiempos de otro choque de civilizaciones: bárbaros/Roma, siglos antes de la Guerra de los Cien años.

A ver, Bourgeon no inventa la pólvora pero sus formas, creo, son muchísimo más sofisticadas ya no que la del cómic de género de su tiempo, sino, desde luego, respecto a los cientos de seguidores del “padre del género histórico”. Porque para empezar juega con ese género y con otros, y lo hace con bastante salero. Es más, y en esto lo veo muy “ochentas”, hace de la lectura de algo nada complicado una experiencia más compleja, al prescindir de toda explicación. Tú, lector, te debes “coscar” de qué está pasando.

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Tiempos diferentes, mismo mugar, misma narración.

Esta manera, enrevesar por el placer de hacerlo, me recuerda a casos de su tiempo muy distantes, de Chaykin o Moore a Tezuka (luego cada cual dentro de su mercado, industria y sociedad, claro), y creo que es de justicia ver aquí un esfuerzo en la línea de la Bd clásica por “no tomar al lector por tonto”, frase muy manida en tebeolandia a principios de los noventa, quizá consecuencia de aquellos ochenta de laberintos narrativos. Eso sí: Bourgeon es de su tiempo y ni se atreve a, supongo, ni sabe, imagino, sobrepasar la lectura adulta de los géneros, o simplemente ni le interesa. Maus aún no había estallado en la cara de la civilización occidental y el camino de hacer madurar al cómic todavía pasaba por hacer madurar a los géneros, llevándolos a cotas de estilización y contenido nunca alcanzadas, sean los superhéroes, sea el thiller, o el relato hisórico. Y en esas brega el autor de este cómic.

Esta estilización provoca un notable esmero literario, que me alegra comprobarlo hoy, no busca engordar con textos de narrador omnisciente cargado de metáforas, esdrújulas y epítetos sin fin, sino de caracterizar el habla de la obra conforme a su tiempo narrativo. “Tanto tiempo ha que mis mastines y yo recorremos el bosque, que me sé el nombre de toda la salvajina“, dice un personaje para decir, pues eso, que se conoce a todo bicho viviente del bosque en que vive. También podemos acudir a la escena de la página arriba propuesta, con la recuperación del cancionero tradicional . El recurso es sin duda poderoso, aunque a veces se recrea y cae en lo que quiere evitar, amanerarse en pro de un pulso literario. Del mismo modo a veces sus parlamentos resultan explicativos en exceso, algo que arrastra el autor en toda su carrera.. Pero con sus momentos más débiles, el ardid no deja de parecerme fabuloso (a la vez que difícil de realizar -intuyo que en francés la cosa es soberbia, conociendo el escrúpulo historicista del autor-) y meritorio.

En definitiva lo que me encuentro es con un exquisito artesano (ojo al dato, de profesión anterior, maestro artesano vidriero) que cuida formalmente su objeto y mima el acabado genérico del material con que trabaja. Es difícil ver al autor detrás, el mundo interior de Bourgeon, atrapados sus personajes en el cliché (el enigmático caballero, el bufón, la sexy arrojada…). En el fondo los géneros precisaron siempre del estereotipo, si bien en francés no se molesta en desarrollarlos psicológicamente demasiado. En este sentido, es curioso confrontar la evidencia (mucho arquetipo) al título que generalmente se da a Bourgeon, “el autor de mujeres”, el guionista que da prioridad a personajes femeninos ajenos a estereotipos. Las mujeres de Bourgeon intentan escapar al estereotipo, y desde luego se alejan del modelo de secundarias, pero caen demasiado en lo carnal, más de lo lógico en el relato. Parece que cualquier motivo sea bueno para enseñar nalga o pecho, si bien la nudez en esta saga se aprovecha del concepto pagano medieval versus la moral pudiente del cristianismo, una idea muy presente en el discurso de “Los compañeros del crepúsculo”, que lleva a la alegría de la piel en los personajes… femeninos, claro.

Visto este tema de lo femenil desde 2014 creo evidente que no, Bourgeon no es “el autor de las mujeres” del mundo del cómic, sino un esforzado amanuense que estiliza todo lo que le viene dado por la tradición del cómic adulto de su tiempo. Esto no es malo por ser un pequeño logro en su día, pero sí el punto sobre el que más pesan los años en su obra.

No pesa sin embargo el ligero humor que impregna el relato, la ironía, incluso el gag burdo que se reserva, con inteligencia, al personaje del escudero, como ya he señalado, bufonesco sin más matices.El humor se beneficia, en fin, de la mejor característica de “El eclipse azul”, ese saber hacer desde un gusto exquisito. Ejemplo, en el momento más grave de la trama, un juglar debe tocar música con un instrumento mágico a las puertas de lo ominoso como m¡único modo de poder seguir adelante, pero para a cambiar un bordón del instrumento por otro suyo (carente de magia, claro). Increpado por el caballero, contesta, “Antes morir en armonía que sobrevivir en discordancia”, ¿no es delicioso?.

Así, como algo entre lo estilizado para su tiempo y lo naive para el nuestro, abordado con una técnica portentosa para el dibujo realista de pura maestría artesana (insisto, es la palabra), veo hoy aquel álbum que, leído por partes en una revista mensual, me hizo pensar que el cómic podía ser el más completo de los artes afanados en el equilibrio de contar historias. No me equivocaba demasiado.

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Ancho/estrecho

“pensó que iba a ver el tipo de pintura que se ve en todas partes, buena y mala, más mala que buena, pero no hostil a las buenas maneras artísticas, a la devoción a la forma, y el respeto a los maestros.” Louis Leroy “Exhibición de los Impresionistas,” 25 de Abril de 1874

El cómic es un arte. Eso es así como en toda forma de expresión que trasciende lo meramente artesanal. El cómic es una industria. Esto es así como lo es en el cine o en la literatura o en la música o en… bueno, en toda actividad artística. En lo que es la gran tarta del PIB de España, la posición de la industria del cómic es mínima, tanto que me parece risible pensar que “hay industria” en el sentido más capitalista del término, que es el que se tanteó (quizá con éxito… efímero) en los ochenta y desde luego se alcanzó sobradamente en la posguerra. Hoy el cómic en España no es eso. Si digo que es industria es porque se maneja y desenvuelve en un mundo industrial, capitalizado y que sin el poderoso parné no puede prosperar. Pero hay quien no ve que el nivel de prosperdidad de la historieta no podrá ser ni siquiera el de hace tres décadas. El cómic es un arte. Y como tal su camino pasa por investigar sus mecanismos expresivos, llevando las cosas más allá del punto en que se encontraban, como han hecho en su día Buñuel, Turner, Stravinsky, Henr Miller o Pollock. Me parece curioso que aquellas personas (no bandos, cada cual será dueño singular de su opinar público, supongo) que porfían por un mercado “industrial” en el sentido mass mediático, sean las que se obcecan en no ver la cualidad de arte del cómic, y reverenciar el pasado, como todos, ojo, pero abocando al medio al inmobilismo. Pasado que ya ha fallado, ya ha muerto, no podrá volver porque solo puede interesar a cuatro degustadores con nostalgia. En la “era whasapp/Wii-U/Spotify/HBO en streaming”, nuestros queridos tebeos son el caviar de la pirámide alimenticia de la cultura. Una delicatessen antes que una droga masiva de toda una generación de coleccionistas bakalas adolescentes compulsivos (permitidme la broma, dejadlo el “coleccionistas compulsivos” si os ofende). Su camino entonces me parece otro, no “las masas” sino la visibilidad general. O generalista. Ampliar el espectro antes que el número, porque eso será bueno para ese número, claro, y para redefinir y consolidad el papel del cómic en la sociedad wi fi. Creo que en eso cada vez vamos mejor. Sin embargo, tenemos otra cuestión entre manos, cómo quienes quieren apostar por un arte más visible pretende atarlo a un canon férreo. Y desde esta vía, la de acudir al dicciopinta de la RAE como si fuese palabra de Yahveh, se desacredita no al cómic, sino a cualquier arte. Todo esto me ha venido así de sopapón, al volver a leer esta viñeta:

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Manel Fontdevila, No os indignéis tanto (Astiberri)

Manel diserta brillantemente sobre Georges Brassens en esta página, y cómo rompió moldes. Podemos aplicarlo a Picasso, a “Cabeza borradora” o a… bueno, a “Culto Charles”. Yo no sé si bofetadas como el tebeo mencionado caerá en el pozo de los experimentos sin fundamento pero tengo dos cosas clarísimas.

  1. CIMOC fue una revista fantástica, me encantaba en 1988 y sus páginas atesoran tebeos maravillosos de su tiempo.
  2. Pero hoy solo pueden ser dos cosas: el modelo para un tebeo convencional (que debe existir, está bien, pero como arte ya no aportan nada al cómic, porque ya se han hecho inmejorablemente) o el puerto de montaña desde el que avanzar y seguir subiendo, a golpe de pedal (y tristemente, sabiendo que en el camino te lanzarán agua a la cara). Esto es, el pasado sobre el que seguir construyendo a base de hacer el sendero a transitar… más ancho.

No creo que volver a esto en 2014, en fin… cimoc97cimoc …pueda asegurar el futuro del cómic como arte aún habiendo sido el pasado y contener un buen montón de obras maestras (ya que como “Industria”, con “I” mayúscula, sostengo que no volverá hasta que sobrevenga una tercera guerra mundial que acabe con la electricidad-para-todos). Y bueno, si me equivoco, como CIMOC me molaba un huevo, pues tan contento. O no. También tengo la impresión, conste, de que muy poca gente ve las cosas con reverencia hacia el retrovisor, y que el lector de cómics en general aprecia la investigación, la búsqueda y hasta el fallo, frente al inmobilismo, pero carezco de estudios estadísticos para asegurarlo… es un pensar en cosas, nada más.

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Corrientes subterráneas a flor de piel: AUTOBÁN

autoban

Autobán el viernes 8 y el sábado 9 de agosto en A Coruña. No puede ser mejor noticia. Recuerda mucho (me recuerda mucho, digamos) al espíritu del Graf. Una iniciativa que, durante los días del siempre obligado Viñetas desde o Atlántico, reúne paralelamente al festival coruñés el espíritu autoeditor y el ánimo autoral en un espacio cercano. En varios, en realidad, para hacer de buen pulpo gallego: una cabeza grande y vistosa (un lugar para la feria de stands), y brazos: para albergar una “Guerra de dibujantes” (parranda alrededor del dibujo y por lo que vi en la red ciertamente divertida), fiestas de clausura con grupos sorpresa, “Pekakuchas” y mesas redondas a las que asistirán autores tan importantes como Emma Ríos o José Domingo (entre otros). Pero para ver todo el mondongo Autobán (por cierto, cartelazo del mencionado Domingo) mejor pinchas aquí y te informas.
Lo que me interesa ahora no es tanto explicarla…como aplaudir esta iniciativa, porque huele como olía esa energía fluyente, blanca y con ánimo de empujar hacia adelante, que emanaba de cada esquina del Graf (y del GROPO GROPO, evento pontevedrés bianual a atender).
Por allí me perderé el sábado lo que pueda, por allá nos saludaremos. Soy el de la camiseja del ojo del cuco (acompañado de familia, que asistirá asombrada a tan magno evento, sin duda).

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Rerflexionando la exposición “Do cómic á novela gráfica. A banda deseñada en España no século XXI

Bueno, mañana el Museo de Pontevedra cerrará sus puertas en su horario habitual de domingo, a las 14’00 horas. Y entonces se acabará, fin de la exposición sobre historieta nacional que he comisariado y que el Museo ha tenido a bien montar y promover.

A título personal, diré que fue una experiencia extenuante, apasionante, y de aprendizaje (mi primera expo, chispas) que se salda, entiendo, con un éxito de asistencia (el pasado viernes se habían agotado las entradas impresas, papeleta testimonial de un visita gratuita y libre, pero que sirve, cuanto menos, para censar el evento). El discurso que propuse para la expo (porque toda exposición es un discurso y un trayecto, o así lo entiendo yo) es el de recorrer la magia intangible del proceso creativo. Más que en otras artes, y dado que el cómic es un proceso industrial que deriva en la reproducción masiva para la venta del producto, es fácil disponer de una muestra de las diferentes etapas del camino atístico: bocetos, originales a lápiz, originales a tinta, color… y los cómics editados. Diez obras y diez autores. Originales y reproducciones expuestas en un espacio diáfano (dominando el blanco y los grises), con una holgura entre las obras de unos sesenta centímetros. Evitando el efecto acumulativo y propiciando un tránsito reposado que culminaba en unos bancos donde se pudo leer cada libro del que se exponían originales.

Pero toca dejar las descripciones y hablar del hecho en sí. Es importante en estos tiempos revueltos y, aventuro, de cambio sistémico para el statu quo de la historieta (como industria, como arte, desde la percepción social respecto al cómic…) apostar por los tebeos. Si se tiene la oportunidad, es mejor hacer cosas que no hacerlas. Yo he tenido la suerte y el honor de poder introducir al cómic en un museo, y no uno cualquiera. Hablemos del Museo de Pontevedra.

Hablamos, pues, de un entramado de seis edificios sitos en el casco antiguo de Pontevedra, cinco de ellos expositivos (incluidas las ruinas de la iglesia y entrada al capítulo del convento de Santo Domingo, fundado en torno a 1282). El Sexto Edificio (nombre que me parece muy gracioso, por cierto, y ya icónico) es “el nuevo”, el edificio moderno que atesora tres amplias plantas de exposición permanente (23 salas) y espacios en su planta baja para eventos temporales como el que nos ocupa (bueno, y hay más espacios para temporales, en otros edificios). En esas salas se exponen, generalmente por un mes más o menos, opciones abiertas que escapan al corsé más “decimonónico”: adornos navideños manufacturados en la Europa del Este, retrospectivas a autores consagrados del arte gallego, exposiciónes de nuevos valores, fondos de joyería del propio museo… y cómics del siglo XXI.

Bien, me consta que todas las partes implicadas (Diputación de Pontevedra, dirección del museo, y la persona que apostó por un novato como yo, Fátima Cobo) han tenido un interés sincero por esta exposición. El cómic se ha entendido no simplemente como “una cosa más” para llenar un espacio en una programación anual de exposiciones temporales, sino como algo de gran interés, que es arte y al tiempo algo muy distinto a lo que generalmente atiende el centro. Algo que es popular y puede ser un atractivo para el visitante.

Y eso es importante, pienso. En su escala, claro, pero un signo de que el camino se sigue andando. El camino de llevar a la historieta por nuevas veredas, de, sí, respetabilidad, porque si no hay respeto por algo, no tendrá futuro. Cavernas de autogestión, sí, muy bien, me encantan, pero un futuro airoso precisa de la aceptación y la visibilidad. Si el cómic vive hoy su curva de retorno a otra cosa que ya no podrá ser el ocio mass- media, industrial, “popular” y masivo, deberá ser otra cosa. Y para serlo y no morir en ese contragiro de estos tiempos chungos, deberá ganarse el respeto de la sociedad en términos generales.

Esta exposición ha sido aceptada, se ha abrazado a un museo que expone tímpanos góticos y originales de Castelao, algún Tapies y retablos renacentistas, porcelana China y petroglifos de la prehistoria de Galicia. Y se ha codeado con otras exposiciones temporales radicalmente distintas al mundo “tebeil” (en estos días, con una asombrosa muestra de arte egipcio, procedente de Florencia). Y creo que esto es muy bueno. Porque todo ello, además, es de acceso libre, gratuito. Así que quien entre para ver sarcófagos con miles de años provenientes de la ciudad de los Médici, posiblemente se pasee ocasionalmente por entre las páginas de Max, Roca, Valenzuela, Kim, Domingo, Rubín, Prado o Zapico (y la ideas de Altarriba y García).

Y esto es bueno, y en su pequeña escala, hasta importante, pienso. Y es lo que más me ha gustado de todo, hacer interactuar al cómic con otras artes en un espacio de arte de los más reseñables de Galicia (y España, en serio, visita obligada), y ver que mi idea de proponer las novelas gráficas para su lectura en la sala no ha caído en saco roto, (todo o contrario, nunca he paseado por las salas sin que alguien estuviera sentado leyendo alguna obra).

Pero todo esto, ¿sabes? no sería posible sin un eslabón: autores. Diez, con ocho he mantenido contacto permanente para conseguir obras, los he sumergido en la burocracia ineludible, han sufrido mis titubeos de novato y sobre todo, me han ofrecido 26 originales y 18 reproducciones de color informático alucinantes, arte puro, noveno, radiante y vivo, de una excepcionalidad técnica colosal (la limpieza del trazo, el concepto depurado, la absoluta belleza de cada original… esto prácticamente ya se ha acabado, ya hablo como fan, no como comisario: estas obras son la hostia). Si el cómic es arte no lo será porque lo griten los fans o lo expliquen los libros, sino porque los autores y la historia del medio lo demuestran con su trabajo. Yo solo puedo intentar convencer a quien no lo vea, y espero que con esta exposición más de un visitante lo haya comprendido.

Mañana se cierran las puertas.

Mañana se apaga la luz.

Fin de una exposición sobre historieta.

Gracias a los que han venido.

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Yo La Tengo

Estaba yo mirando unos you tubes de una de mis bandas de cabecera, Yo La Tengo, disfrutando sus lives, y me encuentro un primer plano del bajista, James McNew, donde luce un tatuaje que me gusta. Me gusta mucho.

Yo la Tengo Woodring

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Sacarlo a pasear, llevarlo a un museo

Ha pasado una semana desde la inauguración de la exposición que he comisariado para el Museo de Pontevedra, “Do cómic á novela gráfica. A banda deseñada en España no s. XXI”, y ayer he ofrecido una visita guiada en tanto que, eso, comisario.

jose domingo
Ha estado bien, una decenita larga de personas se apuntaron a la guía, pero el asunto es que con una semana de vida ya podemos hablar de primeras impresiones.
La expo, me cuentan los subalternos del centro que atienden la entrada del centro, va bien: la gente está visitándola, y lo mejor, repiten. Recuerden mis lectores que en la sala hemos dispuesto los diez libros de los cuales se exponen algunos originales. He ahí el quid de la cuestión: los visitantes se acercan un día, ven, y leen. Y vuelven a seguir leyendo, o a leerse otro.

El museo se ha convertido por arte de magia  en un centro de ocio vinculado al cómic, a la lectura de cómics (bueno… qué coño magia, yo, que he tenido la idea y la expuse, y el Museo de Pontevedra, que me la aceptó sin titubeos, receptivo y encantado). Supongo que quien viene y repite es gente que “entra” al mundo de la novela gráfica por primera vez, porque entiendo que quien visita desde el control del medio estos cómics los conoce de sobra, o la gran mayoría (son autores de primera fila, esto es impepinable: Max, Kim, Miguelanxo Prado, Paco Roca…). En todo caso, sea como sea, la clave, lo importante, es haber encontrado otra forma, humilde, pequeña, de sacar al cómic de sus mentideros. Leer a José Domingo en un museo, riéndote (esto lo vi yo) sentado en tan augusto lugar. Conocer las virtudes gráficas apabullantes de Prado (que asombra con su técnica), asombrarte con la fuerza telúrica que desprende Beowulf

Si la historieta, si el cómic como producto, no trasciende las librerías especializadas, no veo posible evolución. Está claro que una expo de un mes en un museo no es la panacea, pero sí supone una ocurrente alternativa (me echo flores, ea). Llevar a la historieta a lugares que no le son habituales, pero que, como arte que es, le corresponden. Esa es la táctica. El cómic, arte e industria, se ha acomodado desde hace demasiados lustros en generar su propio círculo cerrado de lectores, puntos de venta y mecanismos de publicidad. Esto se rompe en el siglo XXI, gracias al fenómeno de la novela gráfica, y creo sinceramente que iniciativas como la que el Museo de Pontevedra (y la Diputación, la Jefa en todo esto) ha montado solo pueden beneficiarnos a los que estamos en este ajo para que la historieta sea rotundamente  ubicada en un nuevo paradigma: narrativa artística que puede y debe interesar a lectores adultos que no leen cómics. Lo importante es buscar medios de llegar a esos lectores potenciales, y creo que estamos andando ese camino, desde iniciativas como los premios Fnac o el proyecto “Viñetas de vida” de Oxfam Intermon a cositas más modestas pero con su determinado (¿y determinante?) grado de repercusión, como esta expo que, os lo recuerdo, es de visita gratuita y permanecerá abierta hasta el próximo 20 de julio en el Sexto Edificio del museo pontevedrés.

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ORGULLO Y SATISFACCIÓN, VVAA

Pocas veces la aparición de un cómic se enmarca en su propia turbulencia y requiere del conocimiento de sus propios antecedentes como Orgullo y satisfacción. Si algún extraterrestre no sabe de lo que estoy hablando, le recomiendo la lectura del artículo de Gerardo Vilches en Entrecomics donde se detalla con precisión el asunto.

Tras la diáspora, el primer panorama personal de los autores que habían decidido abandonar un barco con capitanía censora no dejaba de ser descorazonador. No puede ser fácil pasar de la estabilidad laboral (trabajando en lo que te gusta y donde te gusta) a una enorme “¿“. Pero si algo tenía que pasar, ha pasado lo mejor. Porque hablamos de un grupo de creadores, gente inquieta y con talento para arremangarse y dar su propio puñetazo en la mesa. Si RBA aporreó para censurarnos, nosotros lo haremos para gritar más alto. Sin cadenas, con libertad y apostando por la red de redes. Orgullo y satisfacción es la respuesta a todo lo que está pasando, dentro (censura, ética y futuro) y fuera (la coronación, el referendum que no veremos, las instituciones y los medios ante la realeza española…). Y ha sido, ya, un éxito editorial sin precedentes: a las 20’20 del 19 de junio, tras unas pocas horas de estar disponible en descarga al precio de 1’50 € mínimo, ya se habían vendido 25.000 ejemplares. Virtuales, por supuesto, porque para salir en fecha lógica (ya, ahora, antes de la coronación) no procedía pensar en papel, distribución y puntos de venta.

OrgulloySatisfaccion

La importancia de todos estos hechos es enorme, opino: cierto que es un caso de singularidad evidente, pero solo podemos asombrarnos (y celebrar) el exito sin precedentes ante una propuesta de historieta como esta. Un grupo de autores aprovecha las muy adversas circunstancias de su entorno, las convierte en combustible para alimentar una necesidad creativa, la autogestionan (do it yourself, o con ¡Caramba!, que es decir más o menos con Manuel Bartual, parte por tanto de los autores que se han ido del El Jueves), la miman desde una turmix de sentimientos a flor de piel y a través del talento particular de cada autor la ponen en la calle… y la experiencia barre brutalmente con todo, y vende lo que no está escrito.

Se puede matizar, un agorero fúnebre podrá decir que es una supernova  precediendo a la muerte del universo todo, o que es un caso absolutamente aislable, o que…

Mirad, cuando pienso en Bernardo Vergara, Manel Fontdevila, Manuel Bartual o Paco Alcázar pasando de la sensación de horror vacui tras dejar El Jueves a este momento, un hoy que los señala como ejemplo de ética que Puede (lo de que podemos… era esto, ¿verdad?) tosdos los matices me sobran. Porque creo que estos artistas han tenido un valor asombroso, una inhumana capacidad de recuperación, una capacidad de aguantar con todo y tirar hacia adelante que, jalonada con 25.000 ventas, me parecen una lección. Tomad nota. Tomémosla.

Además tenemos un cómic, Orgullo y satisfacción, que os aseguro que no es que sea una lectura muy compatible con las tablets (no digo de la panttalla del pc, la leí en mi tableta) sino que estas páginas hacen el amor a la luz de la luna con el dispositivo. Orgullo y satisfacción es un archivo y está pensado como tal, para lectura en pantalla. Y repito, ha triunfado. ¿Cambio de paradigma? insisto en la singularidad de este cómic, pero una cosa es vender 20 mil copias en un mes y otra rebasar esa cifra en unas pocas horas, por mucho que sea El Momento. Será interesante ver si al efecto “arrancada en el momento justo” le sigue un número de ventas interesante.

Y bien, no estoy hablando del tebeo, ¿eh? No, ni lo haré demasiado, por 1’50 (un café, joder) puedes leerlo ya sin esperar a que yo te diga que está muy bien. ¡Compra aquí y conoce al Semi dios!!!!…

la foto

Sí quiero señalar, no obstante, que se ve toda la carne en el asador en cada viñeta, que hay chistes de los que te sacan carcajadas, que no es un material escatológico o hiriente sino crítico, punzante y reflexivo a la vez que muy cachondo. Y que Manel Fontdevila merece una calle a su nombre (que podría inaugurar Felipe VI, je) porque siempre supera mis expectativas, que Monteys propone un elefante mágico desternillante, y que Luis Bustos ha creado con su Semidios (ver foto arriba) una miniatura que justifica por sí sola esta aventura delirante, positiva, emocionante y sí, histórica.

 

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