Opinión

El camino hacia adelante

Refexión tras leer ayer Dios ha muerto de Irkus (M) Zebeiro y Gran bola de helado de Conxita Herrero. No es este post un análisis ni una crítica (ambos me gustaron, uno por sus destellos increíbles, otro por su monumental ambición y resultado).Pero lo primero que pensé es que al cómic ya no lo conoce ni la madre que lo parió (cita de un político de la transición) y que mejor así, y que si mandaran los rancios por doquier no tendríamos los discos de Aries o el cine de Carlos Vermut, por ejemplo. Y que todo sería Capitán América Civil War (peli que me gustó, con lo cual esto no es un ataque a la convención, digamos, si no una defensa de la ruptura, que no es lo mismo).

collage2

Páginas de irkus (M) Zebeiro y Conxita Herrero, respectivamente.

0

Darwyn Cooke

Toca hablar de Darwyn Cooke (Toronto, Ontario, 16 de noviembre de 1962–Florida, 14 de mayo de 2016), cuya muerte ayer, triste e injusta, noticiamos estos días. Su carrera es vasta y enmarcada en las más grandes editoriales de cómic del mundo: DC, Marvel. Además ha creado Parker, un poco lo que sería su proyecto personal al margen de la “industria”.
Se posicionó con fuerza a partir de su colaboración con Bruce Timm en las series de animación de Batman y Superman, éxitos catódicos que le abrieron las puertas a DC Comics. Su relación con las grandes editoriales fue intensa (con obras del calado de New Frontier, posiblemente su obra más exitosa) pero no por ello acrítica. De DC llegaría a decir que “solo me llama cuando quiere hacer algo divertido. Soy algo específico para ellos.”

No soy un gran seguidor de la obra de Cooke, pero reconozco sus virtudes. Con su dolorosa y temprana muerte perdemos un gran dibujante de cómics, dueño indudablemente de un dibujo fabuloso donde, prevaleciendo por encima de modas generales del maistream más hueco, siempre se ha mostrado estilizadamente exquisito y elegante:

BatmanSuperman

1

Tonterías sin importancia.

En un hilo de comentarios de un diario generalista me topaba esta mañana con una de esas frases descalificativas y prejuiciosas hacia los cómics. “La literatura, la de verdad, es otra cosa. El cómic es entretenimiento, con más o menos ínfulas”. Uno cuando lee estas cosas se siente Teseo en el laberinto, en medio de una encrucijada.

¿OCTAVIO LEYENDO MAUS? No, no... "Octave Maus Reading", de Theo van Rysselberghe (1883-84)

Ínfulas: ¿OCTAVIO LEYENDO MAUS? No, no… “Octave Maus leyendo”, de Theo van Rysselberghe (1883-84)

Encrucijada, sí: es evidente que este tipo de comentarios no buscan nada, solo cierta ofensa gratuita. Lo que la era virtual ha denominado “trollear” y que la era sensata siempre ha denominado “querer tocar las pelotas sin más”. Por otro lado quien piense eso respecto a la historieta, y con esa llanura y atrevimiento público, no es objeto de mi interés. El no aprecio es lo mejor en esos casos.
PERO… cuando este tipo de boutades las manifiesta alguien en un medio generalista este Teseo se siente en el dilema: lo mejor es no apreciar, cierto… pero si contestamos, educada y razonadamente, quizá otro lector del medio —uno que no es un troll “con más o menos ínfulas” de intelectual diletante a 140 caracteres— razone sobre mi respuesta (siempre gloriosa, iluminadora y brillante, no puedo evitarlo) y decida que, bueno, igual no es así, quizá hay que entender los cómics como algo más que pseudo literatura ocasionalmente pretenciosa. Quizá puedan gustar a cualquiera y solo sea cosa de buscar el que te puede ser enriquecedor, dentro de los gustos de cada cual.
Tampoco creo que sea algo importante. Para lograr eso lo que hay es que escribir ponderada y sensatamente en todas partes sobre cómics, los buenos, los que te gustan. Hacerlo honradamente, da igual que lo hagas en tu muro de Facebook o en El País, en tu blog o en una web cultural. Lo que varía es el alcance, claro, pero no el objetivo y, con suerte, los resultados.

Y por supuesto, hay respuesta para la astracanada del anónimo comentarista del que parte toda esta diatriba sin importancia: no hay literatura “de verdad “como no hay literatura “de mentira”. La literatura ES, es algo, una disciplina, arte, con sus propios códigos de creación, desarrollados a lo largo del tiempo. Y el cómic NO es literatura como el teatro griego no es música. Son cosas distintas. De hecho, desde el “lado defensor” creo que se le hace flaquísimo favor a la historieta cuando se argumenta que “también es literatura”, porque insisto, NO lo es. En todo caso, como ella, tiene la capacidad, en tanto que arte narrativo, de emocionarnos y de tratar cualquier tema, del más banal al más trascendente. Eso sí.

2

El cómic es un arte… pero bueno, da un poco igual

Esas cosas de las redes sociales. Resulta que parece ser que ayer fue el día del beso o una tontería así, y la gente en alardes de originalidad ha empezado a colgar “besos” en la red. Que está bien, mejor besos que culos, quizá… Como otras veces, me disponía a aprovechar la parida del día para hacer proselitismo con una historieta, y llego a la necesidad cascarrabias e imperiosa de hablar en este blog de algo evidente. Luego volveremos a la anécdota que lo origina todo pero ahora centrémonos un poco en cuestiones generales.
El cómic es un arte. No se si alguna vez lo he comentado por aquí. Pero lo es, tengo el convencimiento y evidentemente a estas alturas de la historia del medio quien piense lo contrario ya no solamente no tiene razón, si no que no tiene una base mínima. A mí no me gusta la zarzuela pero jamás pensaría que no tiene valores artísticos. Un arte puede gustar más o menos, pues claro. Pero si se es (por historia, por desarrollar una expresividad propia e intransferible, etc) pues no hay más que discutir. Ni es bueno o mejor, ni malo o peor ser o deja de ser algo artístico. Si acaso, merece la fidelidad, para reconocer una obra no hay que tergiversarla, hay que intentar conocerla en su pureza. Por eso es mejor ver una película en versión original que doblada, ¿no?.
Por otro lado, como producto industrial que también es, la historieta se ha visto sometida a caprichos tan delirantes como las ediciones Vértice en formato bolsillo, que es lo opuesto a no tergiversar un original. Para adentrarse en esa dimensión psicotrópicosomática de Vértice, os recomiendo leer este artículo simplemente maravilloso del Sr. Ausente.
Es así: las editoriales durante mucho tiempo no se paraban en pensar que tuvieran entre manos nada más que un producto-basura de entretenimiento pueril y de consumo rápido, sin importar si ese producto constituía un eslabón más en una larga tradición, si era un arte que hay que respetar. Ellos producían entretenimiento masivo y barato (low cost, se dice hoy). No se ponderaba la fidelidad al original ni el respeto al trabajo de los autores. Por ejemplo: un autor de cómics va a pensar muy bien la página que dibuja. Toda ella es un juego de equilibrios, narrativo y también estético. Es uno de los muchos elementos que deberían importar, y que hacen de la historieta algo único, y maravilloso porque no puede compararse con nada. Una muestra:

watchmen5-21
En estas dos páginas del famoso Watchmen, Alan Moore, Dave Gibbons y John Higgins orquestan un juego especular (y espectacular también), aplican un eje central (la separación de ambas páginas) para crear una serie de simetrías entre cada una de sus mitades.
Cuentan, para ello, con la doble pagina. Venías leyendo tan tranquilo tu tebeo y en un determinado momento (mitad del capítulo exacta) doblas la página y te topas con todo esto. El efecto es potente, sí, y evidentemente los autores contaban con ese “pase de página” y su efecto en la narración y sobre el lector.

De hecho en el comic book más comercial (piensa en Spiderman, Superman etc) los tebeos llevan en medio del cuaderno, por cualquier parte, páginas de publicidad. Estas se aprovechan o son contadas también a la hora de programar dobles páginas, por ejemplo. Y claro, hay que tenerlo en cuenta cuando se edita en castellano.
O te encuentras que esta magnífica escena de/con beso (sí, volvemos a la anécdota que origina este post)

swampthing34-2

…se convierte, en la edición “de lujo” en castellano -un grueso tomo de más de 400 páginas, que costó en su día 35 € en la edición de Planeta de 2010- en este despropósito:

swampcollage
No sé si el troceado, infame, es cosa de los autores en un ataque de dineritis para una edición de lujo. En Alan Moore, Stephen Bisette, John Totleben y Tatjana Wood (firmantes de este Swamp Thing #34 en 1985) me extrañaría mucho, y más conociendo la relación de Moore con la editorial DC. Intuyo que realmente debe ser cosa de DC Comics, que la editorial americana haya perpetrado semejante remontado con la edición en comic book para vender el tomo lujoso sin contar con las propiedades de la obra. Puede ser cosa de Planeta, en España.

En todo caso, y perdonando la expresión, menudo cagarro.

Bueno, el caso práctico me sirve para la reflexión obvia: que la historieta, si se la quiere como lo que es, un arte, debe ser respetada. Que un editor debe honrarla, mostrarla en toda su riqueza. Toda adaptación por modas (ah, esas “novelas gráficas” que no lo son realmente, esos álbumes europeos reducidos…) o por necesidad (la imposibilidad de recuperar color, por ejemplo) son heridas  a la obra original. A veces inevitables, otras, fácilmente subsanables.Es cuestión de tacto y de entender la historieta como yo, nada más.

0

Mejor donde no te conocen

Psicoexpo

Psicoexpo

Ayer he inaugurado una exposición (información aquí). Bueno, he… hemos, todos los implicados. Yo como comisario hice una “visita guiada” y tengo sensaciones demasiado buenas como para no comentarlas. Creo que es un buen punto de reflexión.
La expo, que hace una panorámica sucinta de la historia del cómic gallego desde Castelao hasta hoy (con paradas significativas, también con ausencias lamentadas) está en un pueblo, Porriño, de algo menos de 20.000 habitantes. Un sitio pequeño, seguramente con una actividad cultural más o menos voluntariosa, pero con todo, nunca un 
epicentro cultural.
Y lo que me ha llamado la atención para bien es comprobar que ante mi charla tenía a unos cuarenta o cincuenta visitantes. No solo las autoridades de rigor y familiares varios, si no gente que efectivamente se había acercado a ver “eso”. Gente muy diversa, además. Había padres con sus hijas adolescentes, había gente mayor y gente joven, hombres y mujeres, un poco de todo.
Hablé (porque se acercaron a hacer comentarios al final de la charla) con algunos de ellos, y creo que en términos generales no se trataba de espectadores “del mundillo” (y cada vez que usamos esa expresión una viñeta de Rob Liefeld sustituye a una de Will Eisner en el cielo de los tebeos, lo sé).
Lo que me interesó de todo este panorama es comprobar, en fin, que quizá es muy buena idea salir de los lugares comunes, los grandes eventos, las potentes capitales: es BUENO llevar el cómic a otros espacios, otros lugares ¿más modestos? Bueno, la actitud de interés genuino de la gente que he visto ayer es enteramente elogiable y digna de alabanza y nada menor. Me gusta pensar que el cómic, como arte, puede llegar a todo el mundo, y que descubrirlo, su historia, sus cualidades, su presente (con tanto, tanto futuro pese a los agoreros) puede ser un objetivo a cumplir en cualquier parte. Se puede descubrir el cómic también en villas más pequeñas que las grandes ciudades, es de perogrullo, pero no sé si se dice suficientemente. Se puede, sí.

Tal vez la irrupción de algo tan “exótico” como una exposición de cómic en un Porriño no genere una peregrinación de lectores “de casta”, típicos habitantes de “sus” librerías especializadas. Quizá el caballero que ayer se presentó como desconocedor del cómic pero vinculado a los archivos de prensa histórica, e interesado por ese aspecto, los cómics antiguos, pueda ser un tan buen objetivo para el noveno arte este como el fiel lector de DC. O mejor, porque un lector, fiel o no, si lo es ya está ganado. Además hay una diferencia. Uno acudirá a una exposición a ver algo que le ya le gusta (lo cual es genial, aquí me tienes haciendo lo propio siempre) y el otro lo hará por curiosidad ante algo cultural novedoso, que quizá, quién sabe, empiece a atraerle como nunca.
Sea así o no, creo que micromuestras de cambio como esta, una exposición en pequeños pueblos de provincias (será itinerante, sí), tienen mucho que ver con el presente. Estamos ya en 2016, hace por tanto unos ocho años que algo ha cambiado y los que no quieren comprender como fenómeno la novela gráfica no se van a desenrocar, pero lo que ese término ha traído es una nueva percepción, al menos en casos. Se tiene que salir del camino trillado, porque igual ya no es válido hoy (es otro tema, la “industria”, término caducado para el cómic hoy, o las expectativas para el medio en la sociedad actual y las que tiene la tradición menos dúctil del sector de la historieta), y sobre todo porque es bueno hacerlo, como modo de revolucionar las expectativas personales, singulares, que cualquiera puede llegar a tener respecto al cómic. Creo que es más importante convencer a un archivero que no ha leído un cómic en su vida de las posibilidades del medio, desde un interés genuino por el mismo, que no a diez lectores fandom de que todas las iniciativas para sacar al cómic de sus muchos tópicos (bienes coleccionables, librerías especializadas, endogamia…) es a la larga buena.

0

Mini carta de amor al cómic.

Buscando informaciones sobre Intrusos, lo nuevo de Adrian Tomine, llego a un texto de The Guardian, que comienza categóico del mismísimo Chris Ware:

As a serious cartoonist, one secretly hopes to create “That Book”: a book that can be passed to a literary-minded person who doesn’t normally read comics; one that doesn’t require any explanation or apology in advance and is developed enough in its attitude, humanity and complexity that it speaks maturely for itself. Comics have come a long way in the last 25 years, finding a grown-up audience with the memoirs Maus, Persepolis and Fun Home, the cartoonists of these works writing about real human life in a flexible visual language that for decades was a medium of puerile adventure pamphlets and daily newspaper gag-administration. (Fuente, este texto)

Es un hecho, por supuesto. Es lo que está pasando: pienso que el cómic es un medio hoy más excitante, vivo y pulsante que muchos otros ya asentados. Quizá porque, consciente de que tenía camino por recorrer, lo está haciendo justo ahora, y nosotros lo estamos viviendo.

Creo que amar al cómic en 2016 es fácil, en fin. Incluso si no has leído uno en toda tu vida.

0

Darías y el descrédito.

Manuel Darías es uno de los más notorios críticos de cómic del panorama nacional: su carrera es la de cuatro décadas de constancia, desde las páginas del Diario de Avisos, promocionando la historieta y ejerciendo la crítica del medio.
Eso hay que reconocérselo. Y respetarlo y hasta agradecerlo.
Pero últimamente está derivando hacia opiniones que no siempre me han resultado cómodas. Sin embargo el pasado seis de marzo, y en un texto centrado en la autora Mamen Moreu, escribe lo siguiente:

darias cita1

No hay nada que añadir, solo sentir vergüenza ajena y decir desde este blog que personalmente siento que el descrédito más absoluto ha caído sobre Darías. En tan solo 33 palabras ha sepultado todo atisbo de credibilidad en su firma, a día de hoy.
No se puede obviar el papel casi fundacional de Manuel Darías en la crítica de cómics en prensa, sí, pero personalmente no puedo creer que alguien tan condicionado por un prejuicio machista tan salvaje (y gratuito, por cierto) pueda ser una fuente objetiva de crítica de medio alguno, sea cómic, literatura, cine o danza contemporánea.

El texto completo, lo buscas por ahí, no quiero capturarlo y alojarlo, ni enlazarlo tampoco.

 

2

Frank Miller en mi casa

Con dieciséis años ya eres todo un hombre hecho y derecho, por eso decidí, zas, dejar de leer tebeos de superhéroes.
Pero Miller me gustaba tanto…
Claro que yo ya tenía todo aquello de Daredevil, ya tenía Miller de sobra, así que sí, eran tiempos para cambiar de aires y leer cosas de mayores. Hasta había comprado Ronin, que era un Miller mazo raro pero seguía molando, porque además no era de supertipos pegándose. Era más disparatado, pero había coartada.
Así que Miller decidió desde su casa, allá en Estados Unidos, que me iba a voltear la cabeza como si fuera un trompo para dejarme descompuesto, y creó una nueva obra sobre, uf, Batman. Ah, no, superhéroes va a ser que no.
No piqué, porque ya era un tío maduro. Pero caramba, ese formato (aquello sí lo era, un formato, unas características físicas féreas como soporte de la obra) me impresionaba. “Prestige”, lo que quieras, un cómic con su lomo, con unos colores (lo ojeaba en el quiosco) “buenos”, no de puntitos…
Cuando salió al mercado el segundo tomo de la serie leí esta página, también en el quiosco:

Dark Knight small
Y Miller se lanzó unas buenas risas, imagino, desde el otro lado del charco viendo cómo mi cabeza volteaba sin control. Lo compré.
Dark Knight no se parecía a nada previo porque no había nada como aquello (al menos, en mi universo de lecturas y conocimiento sparciales del medio). Ni en forma ni en tema: nada de continuidades y universos ficticios, esto era un “What if” que devolvía un Batman más real que el de todas las colecciones de la época dedicadas al hombre murciélago juntas. Tampoco había compacación posible en formato, ni en nada. No era europeo pero no era mainstream americano, ni underground.
¡El Milleranissssmo va a llegar! que diría el escritor borracho: no, ya estaba aquí. Una prosa dura, cortante, un dibujo extraño, feísta, un color radiactivo, unas páginas que llevaban los experimentos previos de Miller un paso o dos más allá. Unos enemigos loquisimos pero que eran como la destilación en forma de cuento de hadas de una crítica a la sociedad de su presente (los ochenta, chungo, chungo). Mutantes que nada tenían que ver con los de la X, pandillas callejeras, amoralidad, brutalidad, heroísmo y justicia, un ritmo endiablado, un color de Lynn Varley tremendo.

No era solo que aquello “no era para niños” (qué porras, yo era un mocoso, qué estupidez de razonamiento), se trataba de la capacidad de Miller para romper moldes, llevar el pastel a un extremo nunca cocinado y brindarnos un plato que excede la excelencia.

El cómic, vi entonces, con 16 o 17 años, era un arte poderoso, vibrante y que excede las bondades del dibujo (algo que siempre me gusrta, contemplar un buen dibujo, sea de José Domingo o de Tiziano) o del mero relato de hechos (¿ganará Batman o Superman?), porque es un arte narrativo que debe jugar con sus normas gráficas para hacer algo que, además resulta de una belleza visual bestial.
Así es Miller, brutalmente bello, cuando no patina (e incluso cuando lo hace, tiene el fulgor de los verdaderos colosos, es inevitable).
¿Qué habría sido de mí sin aquella lectura estremecida en la barra del quiosco? ¿Sin esa página podría haber sido yo el adulto come-viñetas en que me he convertido?

Dicen que la vida se debe a procesos, no a hechos puntuales. También que una mariposa aleteando puede provocar un huracán en el otro extremo del mundo. Frank Miller es el proceso de mi mariposa.

En estos tiempos, en estos lustros y hasta décadas en que cíclicamente algún listo se ríe del “decadente” Miller, conviene recordar que hablamos de un gigante que lo es desde hace treinta años, con muchas páginas alucinantes en su carrera, alguna muy reciente, y que aún levanta polvaredas con cada nuevo proyecto.
Un genio. No abundan.
Feliz cumpleaños, Miller.
En esta casa te queremos.

0

OTOÑO de Jon McNaught, y PABLO & JANE, de José Domingo

Una de las cosas más interesantes que puede ofrecerme un cómic es el juego formal, o directamente la ruptura. Ambas cosas ocurren en dos cómics de edición muy reciente. Carambola: dos por uno, en Faro de Vigo. Un clic para ampliar y leer:

: Visado : Página 6

 

0

Alegrías del Premio Nacional a “Las meninas”

Ayer se ha hecho público el Premio Nacional del Cómic de este año, que ha recaído en Las meninas. menisEs un galardón que me alegra muchísimo porque las cosas nunca vienen solas, hilvanan hechos, implican consecuencias. Y elegir este y no otro título tiene, aquí y ahora, mucho valor, en mi opinión. Es un buen empujón, otro más, a una microindustria siempre necesitada de achuchones.

El premio siempre es un asunto mediático, claro. Cada año una obra lo recibe y su editor puede celebrarlo, con sus más cercanos y con los autores, con champán porque seguramente de esa obra venda un buen montón de ejemplares a partir de ese momento. Y los venderá en ocasiones (quién sabe si muchas o pocas) a lectores no habituados al mundo de la historieta -aunque no conozco a nadie que sí lea cómics que no se haya rendido a esta obra, conste también. Y ahí está una de las causas de mi profunda alegría esta vez. Creo sinceramente que Las meninas es una obra pensada para un lector maduro que no lee habitualmente historieta. Y si hay que posicionarse, me posiciono en la defensa de ese espectro de lector, que además conlleva nuevos modos y lugares de venta. Creo que tras cuatro décadas de un impositivo sistema de distribución  se está probando, ya desde hace lustros pero aún en modo “poco a poco”, un nuevo canal, generalista (el mercado de librerías especializadas, un logro en su  día ¿un lastre hoy? tema para otro post). Y una obra sobre Velázquez me parece un reclamo fabuloso para ese lector ocasional, curioso, culto, que no pisa Norma Cómics pero se pasea los sábados por La Casa del Libro. Trata sobre uno de los más importantes protagonistas de la historia del arte nacional y  mundial, que retrata llamativamente en su portada. Y cuando abrimos y leemos su contenido, apreciamos que la mirada excede el biopic más obvio para configurar un discurso personal sobre el arte, el papel de las obras maestras en la historia del arte, la necesidad de crear, el papel del artista… Nadie puede no advertir que ante la obra de Santiago García y Javier Olivares estamos enfrentando un profundo trabajo de autor, personal, intenso. Y así se rompen muros y barreras, demostrando que los cómics no eran solo aquello, eran también otras cosas.

Me alegra que la obra nazca para el mercado español, y que desde el mercado español haya conseguido vender derechos de edición a Francia e incluso, en breve,  Estados Unidos. Es el camino deseable (aunque, lo sabemos, de momento el menos práctico)

También me alegro mucho por los autores. García es una de las figuras poliédricas más constantes en la historia del medio. Como traductor ha crecido con la Marvel en vena. Como teórico ha participado en las propuestas más importantes de los últimos treinta años (Ú a la cabeza pero sin olvidar ese magnífico proyecto de revista de divulgación que fue Volumen, a mi juicio aún no superada en su rango) y ha coordinado o escrito algunos de los libros más interesantes de la historia reciente de la teoría del cómic en España. Y como autor tiene ya en su haber una serie de virguerías recomendables, que hacen con la práctica buena toda su teórica. Así ve el cómic García, como cuenta en sus textos, como leemos en sus cómics. Y menuda visión: Fútbol; El Vecino; Beowulf; Tengo Hambre... Pero por virguero que sea el resto de su obra, lo de Las meninas es un hito, una burrada de tal calibre que solo puede enfrentar, como creador, obviando la altura y trabajando mucho, mirar para adelante, no para abajo. García tiene ya nueva obra publicada, un ¡García! con Luis Bustos que demuestra eso, que las obras ya creadas están para seguir creando, no para atorarse.

Pero si me alegro mucho por García, no se puede medir lo que me alegro por Javier Olivares. Principalmente, porque creo que Olivares era una de las más importantes figuras del cómic de vanguardia, un autor que lleva en activo desde lo sochenta, de producción breve, esquivo pero que cada cosa que entregaba demostraba que la cantidad no es la calidad, que esta se encuentra en la producción dispersa también, cuando produce alguien de mucho talento. Desde los lejanos Cuentos de la estrella legumbre a ese relato costumbrista de los noventa llamado “Dios bendiga cada rincón de esta casa” (dentro de Estados carenciales), la carrera del ilustrador era un ramo de obras intensas y necesarias. Javier Olivares merecía, de una bendita vez, una obra que le pusiese brutalmente en primera línea. No necesitaba de premios pues la fuerza de su trabajo está en la obra misma, pero seamos sinceros: que cuatro críticos de cómic la alaben en blogs o una recóndita sección de diarios no era suficiente. Las ventas pausadas pero parece que constantes de Las meninas (va por segunda edición) sí que puede serlo. El galardón del salón barcelonés fue el primer paso de gigante mediático. Y el Nacional es el estrepitoso amplificador que sigue mereciendo Javier Olivares. Como My Bloody Valentine, lo que hace merece el máximo volumen y el Premio Nacional es exactamente eso. Y no puedo esperar a lo próximo que saque Olivares, añado.

Y más aún me alegro porque, bueno, Las meninas, al final, es lo que es, una de las ficciones más excitantes, sugerentes, delicadas, apasionantes, profundas y hermosas que leo últimamente. Y así al final todos ganamos, sin necesidad de premios, pero si vienen, pues como la tapa de cayos cuando pides una caña… dan lustre.

0