Santiago García

¡GARCÍA! 2, de Santiago García y Luis Bustos

350 palabras (aprox.) no pueden hacer justicia a ¡García!, dos volúmenes que cierran uno de los más interesantes tebeos nacionales de última generación. Pero al menos, ojalá, podrían animar en el entorno del diario a la curiosidad del lector generalista.

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CÓMICS SENSACIONALES, de Santiago García

Un texto que lamento sea tan breve (papel obliga, es de faro de Vigo) sobre un libro que considero magnífico. Un clic para ampliar y leer:

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¡GARCÍA! de Luis Bustos y Santiago García y OJO DE HALCÓN de Fraction, Aja etc.

Hoy he publicado en Faro de Vigo un texto sobre dos cómics excepcionales, muy distintos y a los que calenturienamente he encontrado puntos de contacto.
Dicho artículo ya navega on line, en forma de imagen que me traigo ahora al blog para difundirlo yo también. El original se vende en quioscos, con el periódico de hoy, y en una de esas plataformas de contenidos digitales de pago.
Clic encima para leer a tamaño XXL:

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LAS MENINAS de García y Olivares, en Faro de Vigo

Si no sienes bastante con este texto sobre Las meninas (o si te parece demasiado largo), aquí tienes el que publiqué ayer en Faro de Vigo, una crítica para un lector generalista de diarios. Un clik encima para leerla:

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LAS MENINAS, de Santiago García y Javier Olivares.

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Esquema de reflejos

Todos conocemos el cuadro Las meninas de Velázquez. Yo así a vuelapluma puedo recordar haberlo estudiado en COU, antes sin duda también, y después en tercero de Geografía e Historia y nuevamente en quinto, en la especialidad Historia del arte. Lo he visto en la tele, en libros, en diapositiva en el aula. Pero no lo vi realmente, nunca antes vi un Velázquez, hasta mi visita al Prado en el tardío 2000. Lo mismo podríamos decir de toda pintura, que es ella y nunca jamás su reproducción, pero la observación directa (entre mareas niponas) de Las meninas radicaliza como pocos otros casos la diferencia entre obra original y cualquier intento de reproducirla. Quizá solo Miguel Ángel pueda superar esa sensación. O no. El italiano provoca una total admiración ya en el libro de Anaya de Bachillerato mientras que para caer anonadado ante el mayor pintor de todos los tiempos hay que estar delante de él. En plata: Velázquez apenas me gustaba hasta que lo vi “realmente”. Y entonces me transportó.

El hecho es significativo, porque Santiago García y Javier Olivares se han acercado a la obra desde un cómic, arte que no concluye hasta ser reproducido por medios mecánicos. De hecho la exposición sobre la confección de la obra sita en el Museo ABC en Madrid entre el 26 de septiembre y el 16 de noviembre de 2014 deberá reflejar esta idea de “lo previo”. Todo lo que antecede a la labor de imprenta es trabajo previo, no final. Lo importante es que aquí, en este concepto, tenemos ya un primer discurso de un cómic que engloba una cantidad de contenido, idea y tesis sencillamente mareante. Las meninas nos obliga a plantearnos qué es el arte y cuál la naturaleza del arte pictórico. Y la del noveno. Como hecho en sí, entonces, esta novela gráfica ya hace pensar, porque una de las respuestas queda reflejada en la diferente naturaleza del concepto de obra acabada que tienen un lienzo y un cómic. Y al comparar estamos comparando también aquello que mueve a los autores, todos. Diego Rodríguez  de Silva y Velázquez quiere hacer Las meninas como García y Olivares quieren hacer Las meninas. Es un juego de reflejos, entre autores, artes, obras, que rebotan en el espejo que eres tú. Porque Velázquez pinta pata ti, y García y Olivares crean para ti. Porque pese a sus diferencias, todo arte tiene un denominador común: lo concluye la mirada. Del rey, del mecenas, del turista, del lector, del espectador. Nosotros hacemos y concluimos la obra, la obra y nosotros somos espejos de un concepto. El arte es concepto, pero es un concepto mutante, inaprensible. Como lo es la imagen del espejo, según quien se enfrente al cristal y según las deformaciones del propio cristal. La restauración, en este sentido, es la técnica que devuelve a la obra su original concepto, reviviendo policromías ocultas por suciedad secular, revelando información escondida por los efectos del tiempo. No hay para el arte y la obra de arte un concepto total e inmutable. Un daño temprano que no se restaura hasta muchos siglos después puede modelar durante generaciones el concepto que de la obra se tiene. Y aún así, el concepto original obedece a un tiempo. La obra restaurada, devueltas sus particularidades organolépticas, ya no recuperará el concepto original, porque su reflejo lo recibe otra gente y otro tiempo. Otra idea poderosa que descansa en las páginas de la novela gráfica y que insisto, tiene mucho que ver con proyecciones y reflejos: el significado de la obra lo modula cada nueva mirada sobre ella, y así Las meninas, la novela gráfica, es una nota más en la sinfonia inacabada (inacabable) de interpretaciones. En este caso, el arte interpreta al arte. El cómic se refleja en la pintura para devolvernos otro reflejo, la mirada de dos artistas, García y Olivares..

Pero en el argumento de Las meninas, la historieta, sí que hay un punto final que concluye el cuadro. El rey Felipe IV, como algunas fuentes especulan, acaba la obra con su propia mano. ¿Quién hace a quién entonces? Santiago García propone una segunda mano para terminar, completar la obra y poner en justa medida histórica a la figura del pintor sevillano. Y desde ese momento la historia sabrá que el arte, efectivamente, hizo noble a Velázquez. Otra idea importante que extraigo de la lectura: el poder transformador del arte. ¿Va Las meninas, el cómic, a transformar a Olivares y a García? En la pequeña posteridad de este pequeño noveno arte, y aunque os parezca exagerado, opino que sí (y lo razono, ¡emocionante, sigan leyendo!). Javier Olivares necesitaba algo de la enjundia de este cómic para que de una santa vez todos lo ubiquen en el lugar que se merece. Muy alto, muchísimo. Una de las figuras más importantes, desde su actividad a cuentagotas en un mercado atomizado (los ochenta a punto de derrumbarse por la caída del mercado de revistas, los noventa convertidos en un páramo). Y García se concreta conduciendo todo su bagaje como teórico y creador en una obra, cocida a fuego lento durante años, que pone en práctica del modo más preciso, definitivo y perfecto su idea de ese espacio ya concreto, claro e ineludible que es la novela gráfica. Porque Las meninas no puede ser nada más que una novela gráfica. Y es la mejor hecha nunca en castellano (acaso codeándose con El arte de volar, de Altarriba y Kim).

Para que lo haya sido, un cenit, es importante analizarla de cabo a rabo y extraer todos sus valores, hayazgos e ideas, cosa que no va a suceder en este texto, porque carezco del ánimo y porque sin duda se me escapa mucho de lo que se me ha contado (pero lo presiento… mi sentido arácnido zumba).

Apuntemos a la importancia de su estructura, en capítulos o partes significativas en cuyo desarrollo se juega con las elipsis temporales y los saltos no lineales en la narración, gracias al recurso de la pesquisa (un caballero va buscando datos sobre el pintor, para vetar si puede ser, la admisión del sevillano en la orden nobiliar de Santiago). Este entramado de líneas temporales, espacios en blanco y momentos delicadamente detallados e imaginados, se salpica además con la aparición de  Foucault, Picasso, Dalí, Goya o Buero Vallejo (además de muchos artistas coetáneos del autor de Las lanzas, o maestros rememorados en la narración por los personajes, como Rafael o El Greco). García y Olivares buscan la verdad de Las meninas en los artistas que en este cuadro-espejo han buscado la inspiración. El arte es nuevamente un reflejo que otros recogen. Los otros como motor del concepto de cambio. En fin, que sí: al arte lo hacemos, como el rey ante el cuadro lo hace y conforma la obra en todas sus dimensiones. Pero antes nace del autor. Y precisamente eso, antes que la hagiografía del sevillano o las bondades de la obra, es lo que se cuenta en el cómic. Velázquez ante la necesidad de una obra maestra que lo encumbre en su sociedad y que lo eleve más allá de su época. Parece que la forma de alcanzar tamaña meta es el viaje, la experiencia, el conocimiento, Italia, la Corte madrileña, el reconocimiento… ¿habría sido posible Las meninas sin todo ello?. El vecino, Beowulf, todas las historias de García,  mandolrablog, La novela gráfica (el ensayo) y todo su trabajo como traductor de cómics… ¿Habría sido posible Las meninas sin todo ello? Y ¿qué meninas serían sin el concurso de Javier Olivares? Obligado en su carrera a depurarse en la ilustración, por la falta de espacios para su idea de lo que el cómic es, en su grafismo conviven contrapuestos tan fuertes que hacen de su trabajo algo único. Experimental pero accesible, comercial pero personalísimo, su trazo puede convivir con el de cualquier ilustrador de literatura infantil (disciplina que tamién practica con preciosos resultados) y alojarse en la propuesta más radicalmente artie del mundo del cómic (recordemos que transitó las páginas de Madriz y Medios Revueltos), es acogedor y rupturista, se mira tanto en Muñoz o en Jack Kirby como en Die Brücke o el cubismo sintético, y partiendo de los modos clásicos construye páginas de lectura sencilla que, sin embargo, no se cansan de jugar traviesamente con los códigos del medio, con guiños al mentado Kirby o incluso a Chris Ware (me parece advertirlo en esos edificios habitados… que también remiten a Ibáñez, claro). Variaciones de estilo gráfico sutiles o más evidentes, viñetas de encuadres oníricos, caricatura casi bufa, empleo narrativo del color marcando distintos tiempos y lugares, cambios de tono radical (recargado a veces, minimalista otras, siempre atendiendo a lo que pide cada momento). Todo esto y más nos da Olivares.

Así que juntos escritor y dibujante, porque es obra indivisible, han creado una obra que habla de demasiadas cosas para abordarlas ahora. El papel del mezenazgo en el arte (ahora decimos “la Industria”); la ruptura entre arte y artesanía; la leyenda del artista como alma “dotada”; la nobleza del artista, que no es un artesano que ensucia sus manos en labores manuales; la casta (entonces, nobleza); la importancia de la cultura como valor, motor y patrimonio de los pueblos a los que define (ahora y entonces, siempre, o somos cultura no no somos nada); el cómic y sus aspiraciones reflejadas en las de un pintor del siglo XVII; y los reflejos, todo el rato los reflejos, como esa doble página en que el rey mira el cuadro que le mira, y al hacerlo, nos mira, y nosotros vemos otro reflejo, pues tras su majestad miran también los grandes artistas que han sentido el peso velazqueño. Me hace gracia que en esa maravillosa composición, reflejo, como no, de la del cuadro, los retratos de García y Olivares ocupen el lugar que en Las maninas corresponde a José Nieto Velázquez, el aposentador de la reina, personaje del que no se puede saber por su gesto si entra o sale de la estancia. Santiago García y Javier Olivares, entre el cuadro y el cómic, habitan también dos espacios, ambos obras maestras. Lo repito: esta novela gráfica es una obra maestra. Punto pelota.
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FÚTBOL, LA NOVELA GRÁFICA, de Santiago García y Pablo Ríos

Tiempo, tiempo, ese es el problema. Su falta. Me hubiera gustado pillar este texto que he escrito para prensa, y añadirle para el blog consideraciones al respecto del trabajo de Pablo Ríos. Por ejemplo, sobre cómo, me parece, está creando su propia forma, donde la narración no depende tanto de la secuencia narrativa de viñetas consecutivas que narran acciones, a la clásica maniera, como del diálogo interno que provoca cada viñeta, entre lo gráfico y lo escrito. La elección de planos, colores, nivel de detalle del dibujo…

Pero, lo dicho, tiempo.

De modo que zasca, aquí tienes para leer mi crítica del Faro de Vigo en bonito escaneado (clic y se agranda mucho, para leer como un pachá).

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EL FIN DEL MUNDO, de Santiago García y Javier Peinado

findelmundoMenuda mentira nos cuelan Santiago García y Javier Peinado en El Fin del Mundo… desde el semblante biográfico de los autores (al menos el de García, “uno de los muchos seudónimos del crítico de cómics Trajano Bermúdez”) al mensaje de contraportada, pasando por la imagen de saurios antropomórficos (por cierto, al verla no pude evitar acordarme de “Dinosaurios“, aquella teleserie surgida al rebufo de los Simpsons en los noventa). El jugar con la verdad es un concepto medular de este cómic, un cómic que se autodefine como la obra realizada por el protagonista para narrarnos los hechos que estamos leyendo… una matriuska en formato grapa, vamos, o una cinta de moebius, o algo así. Da igual, todo es mentira. O todo es verdad.

Visualmente se retrata la vida cotidiana de un urbanita vulgar, “A day in the life” en una suave caída a submundos de selva asfaltada. Si nos fijamos en la historia que nos muestran las imágenes, se avanza de una normalidad apática de un tipo solitario (despertar, desayunar, visitar a la madre) hacia un fin de jornada de subsuelo, putas feas y hurtos chuscos, con final de vomitona en callejones oscuros incluido. No arroja una imagen demasiado optimista de nuestro entorno, no estoy seguro de si hay lectura de una crisis actual o si directamente el tebeo entra en la pura misantropía atemporal.

Mientras tanto, tenemos la narración en primera persona, que se articula con un recurso potente: en vez de emplear cartelas y separar discursos, García opta por hacer platicar a su antihéroe la perorata en primera persona saltándose en su monólogo su realidad cotidiana (con la cual sin embargo, y mediante el ardid, irremediablemente se imbrica). Mientras pide un café gestualmente y le contesta el camarero con una línea de diálogo (“¡Marchando!”), el personaje sigue con su cháchara, un discurso sobre un apocalipsis ya sucedido que no conviene desvelar. Un discurso/tesis que avanza a su ritmo saltándose las elipsis y la historia visual que nos cuenta el tebeo.

Entonces, ¿si el fin del mundo ya a sido qué está ocurriendo?¿la vida es sueño, rollo Calderón de la Lancha Motorizada? Hay paralelismos con The Sandman (muy concretamente con aquel pequeño desafío al estatus de la realidad que fue “Sueño de un millar de gatos”), pero donde Gaiman puede caer en la delectación del narcisismo, García aplica una idea narrativa potentísima, jugando con expectativas, bordando un ejercicio de lenguaje con el contraste como motor, y llegando a un final que nos retrotrae a una de las más celebradas capacidades del guionista (que practicó con enorme fortuna ya en el primer volumen de El vecino, mano a mano con el dibujante Pepo Pérez): bordar finales “WTF!“. Pero mejor que entonces, con un propósito rupturista de intensidad dramática y que redondea los ejercicios formales que El fin del mundo ha bordado. Porque la última página rompe la línea de lo narrado con una conclusión que el lector puede vincular a la línea argumental de lo vivido gráficamente (en un llanto final de un Juan Nadie desesperado) o al discurso dinosáurico (a lo conspiranoia… ¡el Profesor Doménikus aportaría entonces a la causa, no cabe duda!)

Hay más chicha, como una mirada irónica hacia el ejercicio de autor de cómics que abreva del Daniel Clowes más vitriólico o incluso de Chris Ware, muy dado a repartir estopa contra sí mismo y contra su propio oficio. No es una idea superficial desde el momento que lo que leemos se supone que es el artefacto en forma de cómic que el ciudadano protagonista ha creado, además. De hecho nada es superficial aquí.  Son 24 páginas sin duda bien aprovechadas, cargadas de ideas y juegos formales… en los que no debemos olvidarnos, claro, del ilustrador.

Javier Peinado sencillamente lo borda con un estilo línea clara franco belga de corte realista, que puede recordarnos a Julliard o incluso a Paco Roca (desprovisto del elemento caricatura, tan de Roca, en beneficio de un realismo sucio que da tono a la obra). Y sobre todo con una planificación perfecta del tebeo. Su propuesta es la invisibilidad, opta (optan los dos creadores, vamos) por una  paginación cerrada de seis viñetas (2×3 invariable). Potencia el juego de planos cambiantes: primerísimos, generales, picados, contrapicados (a menudo en viñetas contiguas). Colorea pensando en la narración (aunque me sobran algunos toques relamidos muy puntuales, como un cierto gusto por las texturas) y sobre todo se encariña con los detalles. Me encanta en este sentido cómo en su dibujo realista usa ardides casi cómicos, por ejemplo líneas cinéticas que salen de los cráneos (ya en la segunda página, para expresar esa sensación de despertar malamente), o empleando bocadillos tan incongruentes como hacer que un bote de café emita una interrogación. Y además creo que no es ocioso, es lógico en la narración. Abundan al inicio del relato, predisponiendo al lector a cierta relajación pese a lo tremebundo del mensaje de arranque (pequeño spoiler: el discurso del protagonista se dirige directamente al lector, en un ejercicio muy Grant Morrison de ruptura de la cuarta pared, la quinta y la que haga falta, y nos habla del título del cómic, algo nada “cómico”, claro).

Ya he dicho todo lo bueno que le he visto a este cómic, que es mucho, y lo malo, que es casi nada. Ahora, te lo compras aquí (también Tengo Hambre, del que hablé hace bien poco)

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TENGO HAMBRE, de Santiago García y Manel Fontdevila

hambreTengo hambe es una historia-bofetón que tiene algo de juego travieso. Tengo hambe es un pixie que encierra un mensaje pesimista y duro. Qué difícil es hablar de este tebeo, porque siendo un objeto consagrado a la concisión, todo en él es materia y “chicha”. Pero es imprescindible enfrentarse a sus 28 pequeñas páginas (cuento con portada y contra) desde la inocencia del que no sabe nada.

¿Qué destacar entonces de esta obra de la que es mejor guardar los datos argumentales para la lectura? En primer lugar, la opción del guionista Santiago García. En la brevedad ya señalada, García crea un relato de denuncia (fobia racial, ruptura del estado de bienestar, deriva grotesca de las clases dominantes -el patrón-), y lo menea que da gusto: arranca con un tono de triller costumbrista, lo lleva al amaneramiento exagerado, lo acelera llevándolo al terror (psicológico, también gore), lo abduce en un ambiente pesadillesco con ribetes de una especie de Berlanga sumido en un mal viaje drogota (ese humor gruesísimo, cafre), y lo remata con aires de la añeja EC.

Es un paseo con mucho cómic, claro. Es un artilugio que evoca el costumbrismo de Carpanta (el hambre insaciable) en su cara oscura, que se mira en la obligada concisión de los relatos conclusivos de revista ochentera (El Vívora más social reverbera aquí) y que juega con su formato, comic-book, con inteligencia.

Pero creo que si bien la historia es potente y muy bien armada, donde hay que quitarse el sombrero es en lo gráfico, ante un Manel Fontdevila inmenso, tremendo y casi hasta inesperado. A ver, esto no es un pulso, evidentemente los logros de un tebeo son los de una inercia, una sinergia y un fluir de ideas y voces. Pero lo de Manel desborda.

Acostumbrados a su varita mágica de parir chistes sociopolíticos, de su mirada cómica al entorno social (La Parejita), a su, en fin, veta coñera sabrosona, ácida y aparentemente sin fin, he alucinado con este cambio tonal. El motetista nos ha entregado una fuga, y es una pieza perfecta. Fontdevila ensaya un tono seco, oscuro y cortante. Lo impregna todo de negritud, llevando sus exploraciones a nuevas cotas, muy expresionistas (de expresionismo alemán pictórico, digo). Además entrega soluciones de puesta de página tan brillantes como variadas, que van de contrapicados radicales a la irrupción pesadillesca del color gris, pasando por dobles páginas que acojonan en el momento preciso, empleo de cartografías… Un ejercicio de maestría y olé.

Ah, y por supuesto, el tebeo tiene una de las portadas del año, maliciosa, oscura y enigmática como un disco de Slint. Je, creo que alguna canción de los de  Louisville podría ser la banda sonora de este tebeo.

 

Y mañana, más Santiago García (un mañana literario… cuando lo escriba, digo, pero lo póximo por este blog), un individuo que en 2013 debió levantarse un día y se dijo, “me arremango y cierro proyectos de una vez” Y vaya si los está cerrando.

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BEOWULF, de Santiago García y David Rubín

Crítica aparecida en Faro de Vigo, donde se me colaron un par de erratas ahora subsanadas.

Y otra cosa. Este artículo fue escrito para prensa. Un texto que, espero, anime a comprar Beowulf, a quien pueda leerlo en las páginas del diario. Prensa generalista, lector universal. Quedan en el camino una ristra de ideas y conceptos que por espacio (nº de palabras disponible) y por medio (no dado a ahondar en las obras) deben quedar para otra ocasión. La habrá, y si no fuera así, animo a mis lectores que busquen en la red: hay ya un puñado de textos generosos en su análisis con esta obra abisal)

“Beowulf” llega al siglo XXI en forma de historieta.

Santiago García y el gallego David Rubín crean una obra ya de referencia en el más reciente cómic, partiendo de un texto ancestral catapultado al futuro con talento.

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Tebeo que muerde

La historia de cómo nace esta novela gráfica ya es atractiva. Trabajo acariciado por el guionista madrileño Santiago García desde hace lustros, casi resulta una realidad a principios del nuevo siglo, de la mano del dibujante Javier Olivares (conocido tanto en el mundo del cómic como en el de la ilustración infantil). Casi. Expurgado por García el fracaso en su propio blog con un artículo contando la historia (Mandorla, un lugar a visitar periódicamente si te gusta la historieta), ese principio de acción constante que es David Rubín entró en la partida. Rubín venía de acabar uno de los cómics más importantes de los últimos años, “El Héroe”, pero siempre apasionado, se lanzó a proponer a García retomar aquel proyecto. Las “bendiciones” de Olivares al respecto abrieron las puertas a este nuevo “Beowulf”: diez años más sabio, García retoma su obra, y a lomos del drakar humano más vigoroso de la industria del tebeo (el dibujante ourensano, claro) la revisión el relato anglosajón ha salido a la luz en forma de enorme y brutal libro.

“Beowulf”, así, es una refulgente lámpara de amor. Amor por crear, por sacar un proyecto adelante y hacerlo con el corazón en la mano. Quizá esa intensidad que desprenden sus vívidos tonos rojos y colores tierra no sea más que el reflejo de esa pulsión ardorosa, esa honestidad brutal por y hacia la obra que ambos autores tienen entre manos. Quizá solo con pasión sin bridas se puede aspirar a crear algo tan desmedido (un tomo de grandísimo tamaño, y bien ahí por Astiberri editorial, dándolo todo, permitiendo la “locura”). Quizá solo con entusiasmo se puede relatar esta historia de una pugna entre un hombre y varios monstruos.

La fuerza del relato, atávica, proviene no de su complejidad literal (es un cuento que se resume en una frase), sino de la madeja de ideas que encierra este mito sajón de victorias sobre dragones. Ideas que hablan de la virilidad, del miedo, de la necesidad de plantar cara a la misma muerte para dar razón y necesidad a nuestra existencia. El valiente Beowulf acude a un reino danés para librarle de su condena, ya que noche sí noche también es atacado por Grendel, hijo de dragones. Beowulf se enfrentará con Grendel, y con los monstruos que rodean a Grendel, dos más, a cual más terrible. Este nimio argumento (así es el relato original, así lo transcriben con fidelidad Rubín y García) arrebata por su sencillez, por supuesto, pero también por todo lo que atesora, esos conceptos sobre los que estamos  hablando.

Mas lo que hace enorme a “Beowulf” es, también, la forma. Parece mentira que Rubín, hace apenas un año, entregase lo que parecía lo mejor que podría salir de su imaginación. Se diría que “El Héroe 2” marcaría el punto de fuga para el resto de su carrera, que tendría que ser comparada con aquello. Pues leer “Beowulf” es encontrar una obra más madura aún, más vigorosa (los dibujos aturden, nos azotan casi, y dejan sin calificativos) y exhibiendo una batería de recursos para narrar con imágenes dibujadas como pocas veces se leen. Chris Ware, sí, está ahí, en su idea de trascender la lectura lineal. Pero también maestros del manga de acción (Kazuo Koike y Goseki Kojima), el “300” de Miller (no la película sino el cómic, insisto),  e incluso el sentido de lo eterno del cine de Bergman (citó David Rubín a Tarkovski, por ejemplo) y la fuerza del expresionismo abstracto. No debe caber duda de que el “brainstorming” entre García y Rubín, dos creadores con casta y mucho fundamento, ha debido de ser apasionante, una marea de ideas, recursos, experimentos y posibilidades para ensayar hasta dar con las soluciones, el tono y el resultado que hoy tenemos entre manos. Con todo ello surge un trabajo que es capaz de representar un momento desde varios puntos de vista simultáneos, jugar con el tiempo, que dilata o comprime con maestría, y entregar alguna de las escenas más anonadantes, excitantes, feroces y poéticas que ha dado el cómic en 2013.

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Panorama para matar (de placer lector)

El genio se compone del dos por ciento de talento y del noventa y ocho por ciento de perseverante aplicación.

Ludwig van Beethoven (1770-1827) Compositor y músico alemán.

 

Creo que la labor de Santiago García (entre blogs, traducciones, guiones, dirección de fanzines y revistas, autoría de libros teóricos, artículos académicos y, ahora, coordinación de obras) no tiene parangón en este país. Creo, que no soy estadista, pero… ¿cuántos sujetos (pacientes) son al tiempo autor, teórico, ex-director de revista(s), blogger y promotor del cómic en este país? ¿Cuántos lo son viviendo a 6.234 kilómetros de Madrid?

La última (y aún futura) locura bendita de este defensor de la novela gráfica como gesto de mirar al futuro es la coordinación de un libro que no puede apetecerme más: una recopilación de autores españoles tan brutal que, posiblemente, se puede decir que el hoy del tebeo nacional “de autor” y editado aquí, está representado en sus páginas. “Panorama,” además, se completará con reseñas de Gerardo Vilches y Alberto García (el tío berni), por lo que además de que podemos apostar un brazo a que la parte digamos documental o teórica, merecerá la pena también, pues sí, esto es un producto que promuevo porque lo han parido mis amigos (on line, in person). Aunque advierto La Verdad: son tres trampantojos, ni Santiago, ni “Berni” ni Gerardo existen. ¡Soy Yo!.

Vale, ¿quién ha tragado? Tont@, que eres ton@. Es broma. Volvamos a la seriedad propia de este blog.

Hace un rato Santiago García ha colgado capturas de “Panorama”. Si la portada es sublime (a ver… es de Javier Olivares, no podría ser menos), el contenido, por lo que se atisba en esas instantáneas furtivas y jugosas, va a ser de traca.

He cortipegado todas ellas para crear un mosaico. Si alguna se me coló, que me perdone el autor, vamos rapiditos para colgar en caliente esta descarada publi (por la que no gano nada más que vuestro asombro al contemplar la imagen y lo que contiene, lo digo por los trolls).

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García y el amor por los cómics (clik para ver a tamaño completo, bien grande)

Y en fin, pienso que este libro tiene dos salidas, ambas interesantes. Por un lado, alimenta al “conocedor” pues prácticamente todas las historietas que contiene son inéditas. Pero por otro, creo adivinar que su espíritu es didáctico, que busca al neófito adulto, a aquel al menos cuya cultura y curiosidad expansivas pudieran hacerle curiosear el medio este que tanto amamos cuatro sibaritas/freaks (elija opción). Será una magnífica idea, apuesto, hacerlo con “Panorama”, que además, es producto propio, de aquí.

Y nada más.
Bueno, sí, que me mola lo de meter citas, vamos a cerrar con otra interesantísima y sabia (¡cómo no!).

La justicia militar es a la justicia lo que la música militar es a la música.
Groucho Marx (1890-1977) Actor estadounidense.

Ah, y la portada: este es EL LIBRO:

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