PENNY CENTURY, de Jaime Hernández

Bien, como es habitual, este artículo se publicó en Faro de Vigo (e 29 de Abril), y sobre todo denota mi voluntad didáctica aprovechando el escaso espacio. Por ello, aunque lo amplío para esta ocasión, me temo que mis lectores lo encuentren, aquí, superfluo. Y tópico. Pero si el articulito atrae a un lego en cómic, me daré por satisfecho, porque Jaime lo merece (legiones de fans).

Encantadoras chicas “indies”.

“Love and Rockets” fue, es, una revista de una importancia determinante en el devenir de la historia del cómic de los últimos veinticinco años. En sus páginas encontraremos la obra de Beto y Jaime, dos hermanos dotados con eso que solemos llamar genio, la capacidad para aparecer de la nada y crear algo de tan marcada personalidad (pese a sus muchos referentes) que solo necesitaría del tiempo para convertirse en pieza básica en la historia del medio. Los “Bros Hernandez” crearon dos universos paralelos, sin apenas tangencias pero con sabores inevitablemente parecidos. Beto creará una historia-río de la vida de un pueblecito y sus pobladores: Palomar. Y Jaime, con sus “Locas”, se centrará en las vidas de dos pizpiretas chavalas, en un entorno más urbanita, incluso punk (y en un principio, más fantástico, aunqeu pronto abandonará los ambientes imaginarios y futuristas). “Penny Century” (La Cúpula) recopila una parte de esas vidas en varias historietas de chicas de barrio, locas, latinas, enamoradizas, macarras, lesbianas, pudorosas, obscenas, contradictorias… en definitiva, casi reales. Es un lugar común decir que de ellas uno puede enamorarse, así de posibles y cercanas las ha ido perfilando Jaime.
Quien no conoce la saga, puede comenzar por este tomo (centrado en Penny, una “loca” más, pero en el fondo es un libro tan coral como cualquier historia de los Hernandez), aunque habrá de saber que hay unos cuantos tomos previos (de hecho, la serie comienza por tres libros titulados “Locas”).
La obra de Jaime es única, madura, sensible pero no sensiblera. Vigorosa, llena de humor, ‘bizarra’. Maravillosa. Por sus personajes, y más si cabe por la perfección que ha alcanzado su autor, dueño de un dibujo virtuoso pero sintético (iluminando con los mínimos trazos el máximo de expresividad) y de un talento narrativo que hace casi invisibles sus muchos juegos con el lenguaje del cómic. En estas páginas hay tantos cambios de estilo, de tono, de género, que falta el espacio para detallarlos. Pero lo más increile es la naturalidad con que Jaime Hernandez los explora, sin que la lectura se convierta en un catálogo de birli birloques. Si precisa aires ‘noir’ para transmitir la idiosincrasia de un determinado personaje, los tonos se tiñen sutilmente de ‘noir’ con una presencia asfixiante de la 1ª persona narrativa (de frases escuetas y afiladas, claro). Si toca recordar la infancia, evoca el estilo de la clásica «Pequeña Lulú» de los años treinta en una historia llena de añoranza. Si toca un capítulo de lucha libre, no vas a encontrar ni un tebeo de superhéroes actual con unas escenas de acción tan perfectas y fascinantes como las que abren este libro. Jaime es un maestro, y además lo es desde una discreción formal de vértigo. No se nota que lo hace mejor que nadie, y eso es el mejor elogio que se me ocurre a su técnica (a la obra, ya quedó dicho, sería esa capacidad de retratar la vida hasta hacernos sus personajes casi palpables).

Por cierto, si esta resulta ser la portada aoiginal americana de este tomo (y por las imágenes que alberga, lo es), me quedo con ella:

estilazo Hernández: la línea bella, y clara.

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