Penitencias de Cuaresma

La baalla  de Carnaval y Cuaresma, de Peter Brueghel el Viejo

A principios de la Cuaresma, le pregunté a Catita cuál iba a ser su sacrificio durante los próximos cuarenta días.

- Papi, no voy a ver la tele…

Me sorprendió tan estricta penitencia para una niña de su edad (ocho años ahora), pero me pareció un gran ejemplo de mortificación.

- Papi, solo veré el Apple TV…

Hoy, se me ocurrió preguntarle cómo iba con sus privaciones cuaresmales.

- Catita, ¿cuál es tu sacrificio de Cuaresma?

- No me acuerdo papi. Mi sacrificio está en mi corazón, no en mi cabeza.

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El periodismo corre peligro de caer en “instantismo”, pero ¿cómo curarlo?

Los medios ha sido desde sus comienzos un reflejo de sus limitaciones. Los avances tecnológicos han modelado su evolución e incluso su propia definición. Por ejemplo, el concepto de “periódico” surge de la propia limitación de los medios primitivos, que impedía una frecuencia de distribución mayor.

La imprenta posibilitó una periodicidad antes era impensable. Se podía crear contenido y reproducirlo a gran escala rápida y fácilmente. Pero la complejidad de la distribución, entre otras razones, obligaba a espaciar esas ediciones, que fueron evolucionando de anuales a bianuales, trimestrales, bimestrales, mensuales, quincenales, semanales… Y finalmente diarias e incluso matutinas y vespertinas.

Pero esas restricciones del medio también tenían sus ventajas. Con esa escasez forzosa, el contenido se podía preparar mejor, con más tiempo, mejor seleccionado… Y el lector tenía el suficiente tiempo entre edición y edición para  procesar ese contenido y aportarle algo a su vida.

La radio y la televisión aceleraron el ritmo de creación y consumo de contenido pero todavía dentro de unos formatos de tiempo delimitados.

Con la llegada de las redes sociales, el contenido se crea a una velocidad de vértigo, cada segundo se publica un artículo en un blog, una actualización en Facebook, un tuit. Quienes producen contenido se ven obligados a acelerar el proceso creativo para satisfacer una hambrienta e insaciable demanda, y la calidad disminuye inexorablemente. Se genera información para el consumo inmediato.

Es lo que llamo ”instantismo”, en contraposición con el “periodismo”, pausado y reflexivo. La generación y distribución de contenido se ha convertido hoy en un mismo acto en el que cada vez están más ausentes el raciocinio y la reflexión, lujos que ya no nos podemos permitir.No hay tiempo que perder.

Para agravar el problema, nuestra capacidad de procesamiento de información no ha evolucionado de la misma manera, por eso se da el proceso de “apilación informativa”, con el que muchos se sentirán identificados: RSSs que se acumulan hasta reventar, tweets que pasan como balas por nuestro timeline sin poder cazarlos, enlaces que guardamos y guardamos (bueno, ya no; a Evernote más bien) y que nunca volvemos a repasar, wishlists interminables de libros en nuestra cuenta de Amazon, artículos en el Instapaper que guardan polvo…

Por eso creo que la cura para el periodismo (y en general todo en la vida) está en la curación, ese término tan de moda que blandimos para defendernos de la sobredosis de información. Tenemos que ser creadores y consumidores responsables de información. De la misma forma que no nos comemos todo lo que nos ofrecen en un buffet de comida, por más que los sentidos nos inviten a lo contrario, tampoco podemos ni debemos pretender abarcar toda la información que hay, ni siquiera ya de la disciplina o nicho que más nos interesa. Hoy hay demasiado de todo.

Por eso, para sobrevivir en este ecosistema sin sufrir indigestión, lo mejor es localizar a los mejores curadores de nuestros campos de interés y seguirlos, y además ser nosotros mismos curadores de nuestro tiempo para no sufrir “obesidad informativa”. Si todos somos curadores responsables, lograremos hacer sentido de la abundancia y curar un mal que nos atenaza a todos.

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Queremos reinventar el periodismo con piezas de desguace

Queremos reinventar el periodismo con piezas de desguace

Muchos intentan hoy reinventar el periodismo, una profesión/negocio a la que la tecnología le ha propinado una fuerte sacudida y pocos logran recuperar el equilibrio.

Pero cuando veo las herramientas y materiales con los que tratan de reinventarlo entiendo por qué no lo logran.

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¿Cuántos Steve Jobs nos habremos perdido?

Steve Jobs ha muerto. Todavía estoy digiriendo la noticia. Ayer, en caliente, quería haber escrito algo sobre el impacto que tuvo en mi vida; de cómo sus invenciones, indirectamente, encauzaron mi carrera profesional; de cómo los primeros salarios de los dos únicos trabajos que he tenido los gasté en Macs…

Pero hoy, después de leer todo lo que se ha escrito del fundador de Apple, de enterarme de muchos detalles de su vida que desconocía, de emocionarme con la ola de condolencias y mensajes de recuerdo de tantas personas, tanto famosas como anónimas, desde todos los rincones del mundo (un mundo que Jobs ayudó a hacer más pequeño y manejable);  de leer una y otra vez en los muros de Facebook y en Twitter los fragmentos de su ya épico discurso en Stanford y de ver cuántas vidas tocó con su creatividad… me carcome un pensamiento.

En 1955, Joanne Carole Schieble concibió un bebé no deseado con Abdulfattah Jandali siendo ambos unos jóvenes estudiantes universitarios. Entonces, decidieron entregarlo en adopción al matrimonio Paul y Clara Jobs. Si esto les hubiera ocurrido hoy día, en la era post Roe vs. Wade, quizás aquel niño que hoy todos lloran no hubiera nacido nunca.

Y nunca hubiéramos conocido los Macs. No hubiéramos escuchado música en los iPods.No nos habríamos reído con Toy Story. No podríamos comunicarnos con iPhones. No podríamos leer y navegar por Internet en un iPad. Y nadie nos hubiera dado las lecciones de vida que nos dejó en su discurso de Stanford.

Otros, que quizás también hubieran podido iluminar este mundo como él, no corrieron la misma suerte que el pequeño Steve. ¿Cuántos Steve Jobs nos habremos perdido entre los más de 52 millones de bebés que jamás tuvieron la oportunidad de ser adoptados?

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Libertad en América

A veces Catita se subleva. Pero es genial incluso en su sublevación.

- Catita, ayúdame a llevar este plato sucio a la cocina…

Me mira con el ceño fruncido y, refunfuñando, se lo lleva a la cocina mientras exclama con indignación:

- ¡Pensé que había libertad en América!

 

(Foto de Phil Shaw, bajo licencia Creative Commons)

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“Made in China” in the USA

Catita se montó un parque de atracciones en el sótano de casa y fabricó hasta sus propias entradas. Bautizó el lugar con el nombre de “Fun World” y me entregó uno de los boletos. En el reverso decía:

“Fun World Ticket”, Made in China.

Cuando lo leí, no pude evitar la carcajada.

- Catita, ¿por qué escribiste Made in China en esta entrada que hiciste tú?

- Papi, es que siempre pone eso en todas las cosas que tengo.

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Contar las cosas bien importa más que el contarlas

Tortuga en el océano

Hay una frase de Antonio Machado sobre la que reflexiono constantemente. “Despacito y buena letra, que el hacer las cosas bien, importa más que el hacerlas”. Las palabras se pueden aplicar a cualquier ámbito de la vida. Pueden ser, incluso, el lema de toda una existencia. Pero ahora las quiero enfocar en el periodismo, que además viene muy a cuento por lo de la buena letra.

Hace algunos años, era esa parte de la “buena letra” la que más me llamaba la atención. Quizás por mi ilegible caligrafía, que atormentó a muchos y, gracias a los ordenadores, quedó en el baúl de los recuerdos.

Ahora, lo que me preocupa  es lo de “hacer las cosas bien”. ·Hacerlas” lo puede hacer cualquiera. Pero “hacerlas bien”…

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10 errores de redacción a evitar

Foto de FoodJungle

Tengo la tentación de escribir que cada vez escribimos peor, que las nuevas generaciones tienen cada vez peor ortografía, y bla, bla, bla, pero como no lo he podido verificar estadísticamente, no lo voy a afirmar. Si alguien tiene datos que los aporte para enriquecer esta entrada, que en realidad, no busca más que alertar sobre diez errores de redacción que venimos cometiendo desde hace décadas, lo que me lleva a pensar en que quizás, ya hayan dejado de ser errores, por aquello de la democracia. Ahí van:

1. Evita los gerundios de posterioridad causando confusión en los lectores.

2. Lee en voz alta tus textos para evitar el malestar de utilizar rimas internas.

3. Las oraciones pasivas deben ser evitadas a toda costa.

4. El sujeto, nunca debe separarse del predicado con una coma

5. Limita tenazmente el uso de adverbios terminados en “mente”

6. El uso de “a tratar”, “a debatir” son expresiones a omitir

7. Ojo con el verbo haber. Te evitará que hayan muchos problemas en tus textos.

8. Evita los anglicismos. Esta norma impleméntala cuanto antes.

9. Lucha contra los tópicos y clichés como gato panza arriba.

10. Y para finalizar, decir que debe extremarse la atención para evitar el llamado infinitivo radiofónico.

 

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Vivimos para contarlo, pero no contamos con que hay que vivirlo

(Foto de Harold.Lloyd)

Nos ha tocado vivir una época en la que estamos más pendientes de hacer “check-in” en FourSquare que en observar el lugar al que llegamos; nos preocupa más sacar una foto y subirla a Facebook o Instagram que disfrutar el instante que estamos captando; estamos más pendientes de tuitear lo que alguien dice que de escuchar atentamente lo que quiere comunicar; nos afanamos más en agregar amigos y contactos a Facebook y Linkedin que en profundizar nuestros lazos con las personas que tenemos más cerca y con las que convivimos diariamente.

Aunque no soy tan extremista como Sherry Turkle, sí comparto sus inquietudes, y creo que hay que tenerlas en cuenta en este mundo digital 2.5, casi 3.0 (Tengo en mi lista de lectura inmediata su “Alone Together“. Ya llegaré).

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Facebook y Twitter, ¿matarán nuestras conversaciones en la calle?

Foto de Julie Kertesz

Caminaba tan campante por la calle cuando casi me di de bruces con Antonio, un compañero del colegio al que no veía desde hacía más de 15 años.

- ¡Hola Antonio!, le dije.

- ¡Cuánto tiempo!, me contestó.

Nos dimos unas palmaditas mutuas en el hombro y sugerí tomarnos un café en la cafetería de la esquina.

- Un cortado, pedí.

- Otro, pidió.

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