Puede que en algún momento de la historia los sindicatos hayan servido para algo, pero ya no llama la atención que cada vez sean menos trabajadores los que se afilian y acuden a sus manifestaciones. Los sindicatos sirven muy bien para defender a los colocados, pero no tanto cuando se trata de los parados. Con manifas y huelgas no se saca a nadie del paro, ni con gritos en la calle. Incluso muchas veces son una bendición para los patronos que quieren quitarse de enmedio a los trabajadores que les sobran y encuentran en cada huelga un alivio con lo que se ahorran en salarios.
Además los delegados sindicales son los últimos en ser despedidos. La gente ha visto muchas veces que se quedan en la empresa casi hasta el final, mientras a los demás los van despidiendo poco a poco, porque es un lío despedir a un sindicalista. Te acusan de todo: insolidario con la representación de los trabajadores en la empresa, violador de los derechos laborales y cosas mucho peores, cuando resulta tantas veces que los representantes sindicales aparecen muchas veces como un enjambre de parásitos que chupan del bote con verdadera delectación.
¿Alguien ha visto alguna vez a un sindicalista en paro? ¿alguien sabe lo que cobran por hacer su peculiar trabajo? Ya se sabe el sueldo de los ministros , el presidente de Gobierno e incluso el Rey, pero de los sindicalistas sólo se sabe que alguno cobraba 180.000 euros por representar al sindicato en un consejo de administración.
Con más de cinco millones de parados, no hay que esperar demasiada solidaridad de los que aguantan aún en el machito. Se les ha secado la sesera de las soluciones, después de tanto tiempo de vivir del cuento, y no son capaces de otra cosa más que de protestar de que antes se vivía mejor, sobre todo ellos. Los movimientos de indignados nos han enseñado a perderle el respeto a quienes sólo saben quejarse, sin aportar soluciones distintas a las de que todo vuelva a como estaba.
Afortunadamente, las broncas de las manifas griegas han servido para que esté mal visto ser violento en la calle, porque se dice que da mal ejemplo y mete miedo a los inversores extranjeros. Solo en Cataluña hay algún antisistema al que se le va la pinza. En el resto, los manifestantes que todavía circulan detrás de la pancarta, lo hacen con la manifiesta resignación de que no vale para casi nada, y menos para conseguir empleo: sólo para dar razón de ser al trabajo de los sindicalistas que todavía cobran.
(Publicado en Andalucía Noticias)




