06
Nov 10

zapatero en afghanistán y el papa en Compostela

Una de las mejores consecuencias del viaje del Papa a España ha sido que Zapatero se ha ido por fín a Afghanistán, a estar con la gente, con las tropas, con los generales americanos, a darles ánimos, a decirles que no se quedarán allí para siempre, sino que volverán a España en algún momento. La cosa no era para menos porque en esas lejanas y centrales tierras asiáticas se han bloqueado todos los ejércitos desde Gengis Kan en adelante, y particularmente en los últimos años, los rusos, los americanos y la tropilla de los ejércitos europeos y de otras partes del mundo, que acompañan a las superpotencias, y les echan una mano en la ingrata labor de conseguir que algún siglo de estos haya algo de paz en ese territorio, que les permita a los afghanos trabajar y cultivar la tierra con algo que no sea el opio que se da allí con mucha más intensidad de la que pone el presidente de gobierno en ir a visitar a las tropas españolas.
A los afghanos a lo mejor les gusta dejar de ser los inductores primarios del colocón global que sacude al mundo, particularmente al más civilizado, en dura competencia con la coca de los colombianos. No se sabe muy bien que hacen allí las tropas españolas, como tampoco se sabía lo que hacían allí los americanos, los rusos o el mismísimo Gengis Kan, pero el caso es que hay un ansia por controlar el centro de Asia que hará, cuando se cumplan las promesas de Zapatero a los soldados españoles, que se vayan para allá los chinos, a ver si tienen más suerte en civilizar aquellos páramos de señores de la guerra milenarios y tribales, sacudiéndose constantemente para quedarse con el control del opio mundial.
Uno de los milagros menos llamativos pero no de poca importancia que ha conseguido Benedicto XVI con su viaje a España ha sido lanzar a Zapatero a visitar un territorio que no le gusta nada, para no tener que encontrarse más que al final con su invitado papal. Incluso ha visitado a las tropas, le han rendido honores y han desfilado con la bandera de España delante de él, una persona tan reacia a las banderas y los desfiles como se comprobó en aquella memorable sentada que le marcó para siempre en el imaginario de los americanos, por más que se esfuerce ahora en tratarlos de colegas y amigos, con esa visita intempestiva a Afghanistán.