Feb 172012
 

Liam Neeson es el cazador cazado en Infierno Blanco, un thriller de supervivencia que llega este fin de semana a los cines. Un digno entrenimiento dirigido por el efervescente Joe Carnahan, que se presenta más pausado que en otras ocasiones.

Y decimos más pausado, no porque el ritmo de Infierno Blanco sea muy tedioso o cansino, sino por el desenfreno al que nos tiene acostumbrados. Repasemos sus antecedentes: Narc, Ases Calientes y la adaptación de El Equipo A, son las últimas cintas en las que ha estampado su sello, caracterizado por un muy cuidado tratamiento de las escenas de acción y violencia.

Esto también lo podremos encontrar en Infierno Blanco, pero en dosis más comedidas. Un punto de moderación que ayuda a no dinamitar el gélido ambiente que envuelve a la película. En ella Liam Neeson es Ottway, un hombre deprimido que trabaja como vigilante de seguridad de una refinería.

Pero su trabajo no es el del típico ‘segurata’ que controla quien entra y quien sale de la fábrica. No. Él tiene la misión de proteger la vida de los trabajadores del gran peligro que acecha en los inhóspitos parajes en los que trabajan: los lobos.

Tras meses aislados del mundo, un grupo de trabajadores se dispone a regresar a casa, pero el avión en el que viajaban se estrella en las montañas de Alaska. Del tremendo accidente solo salen con vida siete de los pasajeros. Y entre ellos, como no, está el silencioso y hierático Ottway que se pondrá al frente del grupo que intentará sobrevivir al frío, al hambre y, sobre todo, a los depredadores que también aquí les acechan: los lobos.

Comenzará entonces la confrontación entre dos manadas. De un lado, la de los rudos trabajadores de la refinería, intrusos en un territorio hostil que ya tiene dueños. Y del otro la de los lobos, que no están dispuestos a permitir que los bípedos recién llegados orinen en sus dominios.

A partir de ahí, una lucha por la supervivencia salpicada no solo por la mucha sangre -de lobos y humanos- que cubre el desierto blanco por el que deambulan Neeson y sus compañeros, sino también por pasajes de tinte existencial que evocan una espiritualidad que resuena demasiado impostada. Ahí sí que el Infierno Blanco de Carnahan nos deja bastante fríos.

Son estos delirios metafísicos -más por lo que rompen el ritmo que por lo pretenciosos que resultan, que también- los que más lastran la marcha de los supervivientes y hacen cojear a lo nuevo de Carnahan. En el otro lado de la balanza el director puede poner un buen puñado de escenas filmadas de forma notable, unos parajes grandiosos y tan bestiales como los propios lobos y el más que correcto trabajo de Neeson.

Razones suficientes para hacer más llevaderas las casi dos horas de odisea entre el hielo, pero escaso abrigo para quitarnos todo el frío del cuerpo. Lleven una manta a su butaca.

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