I

El mundo se creó en un instante, a la salida de un túnel,

con un temblor de sala de máquinas y mamparos golpeados por el viento.

Estridente erosión de luz y borrosa velocidad del pensamiento en las ventanillas.

El sol, estrellado en un espejo que mirábamos con sed,

era la lengua de un lanzallamas contra una manada de caballos blancos.

Y fue como emerger de un trance

con una linterna de sal en los ojos y la torpeza del astronauta.

 

No podíamos avanzar si no hacia delante,

a través del griterío de patios de colegio crueles como el valor fijo de los números,

trazando planes en la luz ingrávida y sobrenatural de salas de billar,

amenazados por la maquinaria de los ministerios, el ajedrez de las academias

y la esfinge que anida en el cerebro de los cobardes. La vida en oleadas

nos golpeaba la cara como la lluvia en el cristal de un parabrisas. Nuestra mirada,

tan fértil como la nieve en un aparcamiento, caía sobre el mundo

con la intención de las piedras cuando se arrojan al río.

Podíamos bucear fuera del agua con los ojos abiertos,

pero no sabíamos apreciar la inocencia de una pirámide,

la perversión de las bicicletas infantiles,

negociar con el monstruo que se viste de nosotros. No aprendimos

a reír con el payaso, la obediencia de las fotos de carnet,

a templar el cuerpo y retener dentro la hoja del cuchillo

para evitar la carnicería. Queríamos asesinar las palabras,

prenderle fuego al espejo para ver,

tal como arde,

el momento en que las farolas se encienden

pero el sol no se ha ido, lo que oculta

el eco, en los ojos cerrados,

de toda luz bien conocida.

 

II

Doble corte-bisturí de hierro través de las escombreras, al paso del tren

se abría la piel de los suburbios.

Herida seca, hemorragia de gas inflamable,

percusión de plástico, vidrio y hoja de lata.

Pilas de neumáticos en llamas como una ofrenda abierta al universo.

La eternidad atrapada en las colillas de los cigarros.

Un cuerpo sobre el que habían descendido las plagas del futuro.

 

El cielo parecía alejarse como si rotara en dirección contraria a la tierra

y era la ciudad

una alfombra seductora que se iba deslizando bajo nuestros pies.

Nuestros pies sobre la plataforma del vagón.

La plataforma sobre las ruedas.

Las ruedas sobre las vías.

Las vías sobre el suelo y todos

a seis mil kilómetros del centro de la tierra

seguros de viajar hasta el fin de los tiempos.

 

Bocanadas de ácidos y alcohol, atmósfera-vientre de ballena. El tren,

intestino en movimiento,

aullaba sobre un páramo sembrado de ropa temblorosa y maletas abandonadas.

Llegaba la noche.

Sordo aleteo de murciélagos, tejados de arrabal, jardines de chatarra.

Enredaderas de alambre de espino reptaban alrededor de columnas dóricas

en un club de carretera.

Bajo los puentes de las autopistas, con restos de cocaína y carbón bajo las uñas,

terminaba el sueño transatlántico de las aves del paraíso.

Entre montañas de zapatos y figuras cuya sombra dudaba sobre el terreno,

cientos de hogueras conjuraban las tinieblas.

Llamas de sabor metálico, pintura desconchada, óxido,

elegancia marchita de automóviles encallados en cráteres de basura.

El hechizo de supermercados nocturnos,

atractivos como la felación de una aspiradora.

Dulces paneles de plasma anunciaban felicidad ecológica de tomates

y contratos de telefonía móvil.

Cuarenta y dos pulgadas de sueño electrodoméstico larvado en escaparates azules.

Dos mil metros cuadrados de paraíso artificial y síndrome de abstinencia.

El golpe de luz narcótica en el cerebro seducido por la última eclosión

de endorfina digital.

Estanterías de menaje del hogar como objetos robados en un sex shop.

Masturbadores eléctricos vibrando en la sección de fontanería.

Recambios para el automóvil y objetos para la estimulación anal.

Lubricantes bocas de pescado dispuestas a eyacular filigranas de escarcha

sobre collares de perlas falsas.

La perspectiva de la caja registradora como el descenso a la boca

del pezón más jugoso de la infancia.

Batallones de mendigos comían arroz blanco en los hangares de un aeropuerto.

Cerrábamos los ojos y se acercaban las caras:

primeros planos con detalle inabarcable,

arrugas como edificios que aguantan los inviernos quemando la madera

de los muebles.

El orgasmo del aire sobre el morro de los aviones en la cabecera de pista.

Vapor de lluvia en el calor de los motores a reacción, la promesa de una isla

entre dos hileras de megáfonos que anunciaban ciudades de vacaciones.

Urgencia de máscaras con soplete reparando las estructuras

de un parque de atracciones.

Niños de mirada centrífuga montaban caballos de cartón quemado

por el fuego eléctrico de un tiovivo.

Otros movían el mundo arriba y abajo, saltando sobre camas elásticas

como pequeños cohetes indecisos.

El tendido eléctrico causaba trágicos accidentes de navegación de pájaros con

insomnio.

Pequeños grupos devoraban la carne asada en improvisados bidones de gasolina,

con un cabeceo insistente y la mente colgada en el super bass

de antiguos radiocasetes.

Grúas, como esqueletos de dinosaurio, mordiendo el pozo iluminado de una

excavación.

Herramientas de la Edad del Bronce junto a piezas de maquinaria compleja

procedente del futuro.

Y algún juguete de plástico que sonreía bajo el barro como un recién nacido entre

los desperdicios.

 

III

Ácida caligrafía luminosa mordía la tiniebla con rabia de central eléctrica.

Calor borracho de puta en el motor de los camiones. Pico de yonki fantasmal,

ala de buitre perdido en las calles sin nombre del polígono.

Canto de grillos alimentados por baterías de nueve voltios,

el silencio de la noche era un crujir de metales que se enfrían.

Sueño automático de sistemas de alarma y antenas en el aire

como el aliento de una máquina que aprende a dormir.

Autobuses lentos remontaban carreteras con el cansancio de animales en retirada.

Algunas ventanas amarillas gritaban sombras chinas de un drama repetido e interminable.

En los tendederos de ropa anidaban los cuervos, la noche,

vaho retenido por un golpe de persianas,

escalaba los bloques de apartamentos como una vieja maldición

que no distingue los vivos de los muertos.

 

A la velocidad del sueño, el tren

sellaba el camino tras el último vagón. Museo de sombras

la certeza de la distancia consumida y el mapa del futuro,

trazado con la precisión plana de la brújula y el compás,

tan cuidadoso en los detalles, tan generoso con la fortuna, ingenuo

como una acuarela infantil bajo la lluvia.

Aún vemos pasar, islas de luz perdidas en la noche, los apeaderos:

agonía yacente de ciudades dormitorio, cerco espiral de carreteras

en tierra de nadie, tan lejos del mar, tan cerca

del cielo cautivo de los aeropuertos; niebla en la vista vallada, extravío

de maletas abiertas a la suerte.

Aún la playa, bajo el asfalto, no es más que una promesa.

(Gran Sur)

 

Ahora estoy en el punto de no retorno
intentando ver más allá del fin de los aeropuertos,
dispuesto a mantener encendida la llama eléctrica de las calles
como un faro para el que sabe
que se perderá en los montes y fuentes de su infancia,
lejos de las pisadas calientes de brea y cemento:
mi casa en la hoguera de los sueños.

Y navego contra la marea
inclinado sobre el tráfico y las personas que se agolpan,
que se apresuran en dirección contraria y creen
con la fe de los que no tienen más:
La felicidad es coger el autobús a tiempo,
la mañana del sábado,
el cloro de las piscinas,
el plástico perfumado en los bazares chinos,
la mar en calma de las vacaciones,
el paisaje pintado con vacas en las ventanas del tren.

Y veo, desde las torres de radio y televisión, el baile en espiral
en torno al quiosco y el estadio.
Luz y diseño, pantallas urbanas,
abejas en el enjambre terminal
que celebran, con electrónico entusiasmo y eterna sonrisa,
la fortuna de los que brindan por encima de sus cielos.

Os veo como islas en la misma deriva que me lleva.
Disuelvo mi sangre sucia en vuestra sangre sucia y navegamos
por un pantano que nadie codicia.

Ya no es nuestra la bandera azul de las playas
apenas el sol, la lluvia desde un sótano, el olor de las cañerías.

Arde el papel de los pactos inviolables,
ceniza en la cornisa de nuestro asombro, los almanaques
huelen como un centro comercial en llamas
y allí donde nos alcanza la vista el viento arrecia,
asoma el hambre.

Despertaremos un octubre de tejados fríos
con los ojos velados por la niebla-luz del día,
cuando se nos pase la borrachera y sintamos la tentación de hacer planes
para pasar la noche a cubierto, acurrucados
donde muere el terraplén de los trenes
con los caballos que hieren sus patas entre los escombros.

Vivimos una intemperie de ciudades deshabitadas,
campamento-infección-tierra herida enferma de autopistas.
Al otro lado de la valla despegan los aviones.
Arrastran el alba fuera de nuestro alcance, nos dejan a oscuras
por esta miseria-miedo-perro suelto-caballo cojo,
esta miseria de viejo sin afeitar.

Ya no arde la ciudad con sus electroimanes
y no nos queda tiempo ni paciencia,
no confiamos en la luz del día
para encender las tinieblas.

 

Desde el kilómetro cero a corazón acantilado,

después de abandonar la cima iluminada de las calles,

el vaivén de la noche-carne brillante, risa de neón y tacón de pavimento-espejo,

a hora y media del mundo mientras caemos

bajo la espalda lacerada por el hierro de las estructuras,

a través de la tierra baldía del zoológico y el Parque de Atracciones,

se extiende el sueño arbolado por antenas de televisión,

emerge la luna, corona de cartón-piedra,

sobre los centros comerciales en las márgenes del tiempo.

 

Los trenes desahucian de madrugada

el hambre del estudiante y el cuerpo cansado,

en la frontera de aliento minado por la estela de los vuelos comerciales.

Entre la tierra y el cielo del estadio a voz en grito,

la hierba de plomo, la nómina del hambre, pacen los bueyes

por los campos de cemento del Gran Sur.

 

Corremos por el andén a uña de baldosa levantada

en la turbulencia de los trenes de cercanías.

Las casas guardan bajo llave almas de zapato, bostezan

ropa tendida sobre la estación.

 

No crucen las vías.

No pongan los pies en los bancos.

No salten por encima de la charca, ni aplasten lagartijas de cartón.

No tienten a la sirena de la ambulancia, el aguijón de los hospitales,

el pétalo de sangre en la rosa alambrada.

No recojan las palabras tiradas por el suelo.

No escuchen el crujir de los huesos.

No miren al vacío en el reloj.

 

Tiempo suspendido en el vuelo espiral de los vencejos,

silencioso como las vacaciones en el patio de un colegio.

El viento solar, dueño de las calles, juega

en remolinos de plástico y hojarasca.

 

Lejos de los aeropuertos al árbol de la tierra prometida,

naufraga en cloro turquesa la eterna página en blanco

del cuaderno escolar ahogado en la piscina.

Los Chicos del Vertedero olvidan la playa

en la rompiente de las naves industriales.

 

En el váter del centro comercial se buscan el olor bajo el rabo

los perros que faltaron a las clases.

Torneo de pulso y brazalete de cuero macerado

en el sudor-cerveza y aliento de pincho quemado al gas butano.

Globo de chicle el vientre de la muñeca-bragas de lycra, ave

de culo hamburguesa, reclamo estupefaciente

de pollos-pantalón vaquero y huevos apretados

en el potro música-máquina de la discoteca móvil.

 

Babea la tribu adolescente de los mandriles

bajo la ventana de la niña que descuelga el tinte de su pelo

hacia el oropel de los bazares chinos,

hacia la bragueta del percherón tatuado,

hacia el riñón forrado del fontanero.

 

Y en la pared de un almacén, tras años de intemperie,

inocente como el primer día del verano, aún late

el sarampión de una pintada:

 

                                BUENOS DÍAS, PRINCESA

 

 

(A Natalia, más conocida en los bajos fondos como Jean Tarrou)

Avanzas
como queriendo volver
por la sombra de un fantasma,
herida en cada paso
pero en la espalda el viento empuja,
tu cuerpo despega blanco
calle arriba, desnudo corazón
vulnerable bajo el sombrero.

Escucha la banda sonora, mira
cómo surgen las palabras
que olvidaste
por bajar el tono de voz,
la música, el perfume, los quien eres
con los ojos tan abiertos.

Que nada importa
porque importa el tiempo
y está de tu parte.
Que con la vida a flor de garganta
las lágrimas
no lleguen a caer en las copas
y mientras el humo nos deja
su tatuaje de carbón y ensueño
habrá más noches
de las que podemos cruzar despiertos
envueltas en papel de regalo
por un cuerdo que se cree loco y nos enseña,
mientras baila,
por donde hay que romper las fotos.

Porque nos duele y reímos
cuando quien se traga el opio
es la taza del water.

Que nada importa
porque importas tú.

 

 

Era nuestro aquel horizonte que no terminaba en la marca del temor.

Ojos de papel seda, cometas en llamas contra la rosa de los vientos.

Casa oscura, regazo abandonado, autobús por el plomo de la carretera, llenamos como agua de lluvia las grietas que habían dejado los cobardes.

Por el barrio-pescado muerto que no limpia el barrendero,
atravesamos confiados la andrajosa luz de las farolas
y cada esquina gritaba:

NO RENUNCIES A FRACASAR

Expuestos al ácido de los días, agua sucia, navegable pantano de noche-sudor, música enjaulada, cada cual reía y lloraba para si.

Era fácil orientarse porque, de vez en cuando, el crepúsculo incendiaba el extremo de alguna calle, y sabíamos en qué dirección bogaba el fuego, el ansia, los poemas.

Hasta llegar a las plazas que derraman el amor y el odio a pecho abierto y nada de preguntas, no, nada de preguntas;
hemos tenido días mejores.

Y allí bebimos adormecidos por la furia de los altavoces mientras brotaban los cuadernos-piel-papel-tatuaje en carne viva,
en carne propia.

Al amanecer, aún a la luz de las hogueras, bajamos por la calle inconsolable, sangre de animal herido, amenazados por el día,
en busca de las madrigueras.

Era nuestro aquel horizonte y sus astros de inocentes idas y venidas, cuando creímos tener bien trazados los mapas de la alegría.

Llegamos con el calor, valientes y frágiles, a llenar el vértigo de los edificios con el desmayo y la risa de niños demasiado confiados.

Nos detuvimos a escuchar cuando callaron los trenes bajo la férrea sombra de las ciudades.

Y tras el fragor de la primavera cantaban las sirenas

y ladraban los perros.

 

Si erais vosotros, los chicos que brillaban vestidos de celofán.

Si erais vosotros capitanes de otros cielos y flotaban medusas en vuestro pensamiento.

Escolares recién peinados, luz vespertina en la calle sorprendida, niños
que nadie entendió.

Si erais vosotros circo dibujado en las paredes del colegio, lengua de neón, gesto luminoso, carrera, vértigo y rockn´n roll.

Si erais vosotros desayuno y preguntas a la espera del sábado-flipper 2000.

Hoy se abre el vientre de los radiotelescopios para que vengan
las palomas de Marte a comer en la cornisa de vuestros hombros.
Os encontrará la noche, celeste conjura en voz baja,
conspirando poesía con las computadoras.

Si erais vosotros lagartija perseguida y eléctrico ciempiés.
Andamio en la bruma hacia el ocaso.
Asombro lunar y noche preñada por el bosque
mientras venían los dinosaurios nuevos a desovar
el misterio en vuestros poemas, entonces
acechan infecciones en el aire que exhala vuestro pecho
traficantes de palabras, atentado contra la salud pública,
quedáis terminantemente prohibidos.

Si erais vosotros lugares que no se mostraban, pasos fuera del calendario, risas al otro lado del espejo, sombras en caída libre
soltando lastre, ropa vieja y diccionarios a plomo.

Si erais vosotros ciudad construida, collage de polaroids,
papel negro, luz en la punta del lápiz, carreteras vivas.
Trenes que parten, trenes que llegan, intemporal estación de autobuses en la frontera de los agujeros negros, erais vosotros
a la conquista del espacio–corazón, cueva oscura
a tientas por vuestro pantano.

Si erais ventana sucia, duda sin pájaro, fondo sin vuelo, aviones
de papel huyendo a través los años y la bruma,
os hallaremos enterrados bajo el silencio de los escenarios,
sin cuerda de marioneta ni cielo que os levante,
con la misma piel para el beso y el golpe.

Hoy el tonto de la clase ocupa la tribuna y os mira
desde la pantalla de la televisión. La policía
hace guardia en la puerta del colegio,
que no rebose la sangre, que no hierva.

Sois…el enemigo que agita cuadernos escolares.

 

(a Álvaro Guijarro)

 

Ardiente ángel radiactivo en el núcleo del átomo y la estrella

tu palabra escrita:  bala de platino, beso a través de la frente

fluye virus, duda y verso en los circuitos de la sangre.

 

Bólido rebelde lanzado por el nervio de los ordenadores

velocidad de escape en viento desolación de aeropuertos

a lo largo de la piel-mugre de las ciudades de occidente.

 

Carrera de risas, cerveza y papeles perdidos entre coches aparcados

tendida en la calle bajo el trapecio vacilante de tus pasos

te trae a pie desnudo los filos del mundo a la mente, tu palabra escrita…

 

Tierno pájaro aterido que sueña en los cables del invierno

te vigilan extraños poderes que esconden el rostro.

 

Paranoica forma y conjetura, pensamiento liado con papel de arroz

merodea, espectro de niño, por la puerta de los bares.

 

Carne aturdida entre periódicos-hojarasca siempre noticias de ayer,

sucio vuelo de aves deshojadas que ocultan el paisaje.

 

Luz  astillada, blanco mar que rompe en las cavernas de la noche,

tu sombra guarda oscuros poemas abisales.

Mercurio-cromo, metal  batiente en el ánima de las espadas puras

reflejo de cualquier jueves extraterrestre a mil años vista

radiante sospecha de cometas, lunas, mundos, Atlántidas…

 

Veloz metáforanimal que se busca la nuca en los espejos infinitos

y el cuello inocente en su propio mordisco.

 

Holograma de luciérnagas en el ámbar de los cerebros,

tu palabra escrita…

alienta el micrófono dormido en el atril de un pequeño escenario,

y en el aire azul broma lunar, versoadicto revelado, caemos

despiertos en la cumbre de tu vuelo.

 

Eco tímido, altavoz-murciélago que huye hacia los camposaltos del alba.

Altísimo erizo despeinado en el viento de puentes y azoteas, tu palabra,

grita clavada en las puertas del cielo.

 

 

Ahogado contraluz.
Pájaro asustado entre callejones..
Sombra que araña el pavimento, texturas de hambre y esperanza.
Sonrisa engañada, corazón bajo la lluvia, los Chicos
nos buscan lavado el rostro,
abierta la mirada espejo,
luces que habitan el futuro.

El tiempo de hoy cubre de burlas
lo que no quiere de nosotros, lo que no sabe.
Nos mide por el rasero del esclavo
que pagó con oro el hierro de sus cadenas.

Los chicos aúllan desde lo alto del muro.
Piden alas, caballos, motores…
Lobos que guardan el bosque imposible,
aeropuerto a los planetas, abierto el pecho,
fletado a las estrellas el corazón ¡Despertad!
Despertad con ellos
en vuelo rasante por el coma de las ciudades dormitorio
rompiendo la barrera del sueño ventanas arriba ¡despertad!
a través del miedo y la bruma por el filo de los pararrayos
por encima de los paraguas y los tejados-caparazón
cárcel, corazón cobarde, humo
de naves que no ardieron ¡despertad!
que está cerca el sueño definitivo
y os encontrará dormidos
desde el día en que el temor
os pudrió las alas.

Que han venido a lomos de la tormenta
porque os oyeron gritar
por los que no podían,
colgar la mirada en el átomo y las auroras,
el sol en la punta de los dedos,
el rastro del héroe que huyó hasta encontraros,
probar la vida y borrar
el camino de vuelta.

D e s p e r t a d.

 

A ver qué lleva el viento-gato receloso
ratones o música en la boca, a ver
cómo pasa el verano a cuchillo de sol
y noche animal que no duerme.

A ver qué se nos ocurre
meternos entre carne y piel para cruzar al vuelo este páramo
donde se asienta el circo-perro que ladra-fiera enjaulada,
payaso que fuma,
payaso que ríe,
payaso que calla.

A ver qué podemos pillar, rota la hucha
con las monedas del billete para el viaje
en los barcos que navegaban sábanas de cuna
ojos llenos de acuosos aeroplanos
promesa de islas
alborotado sueño de palmeras y tigres
en paz con la tierra, en paz con la carne,
lienzo para el estallido de la luz.

A ver qué sueños guarda esta pastilla.
Qué unicornios traerá desde el asombro del niño
a comer en nuestra mano el azúcar
de los relojes de arena.

A ver quién nos duerme dentro
y qué canta o grita.
Qué amenazas, qué vuelcos del corazón
trae bajo las alas como bombas de mano
contra el olvido.

A ver qué lleva el viento-gato receloso
ratones, música o sangre en la boca.

 

Aquí estamos:
penumbra de futuros
cubierta de lluvia la ceguera.
Animales de polígono, el crepúsculo de cara,
haciendo guardia al pie de los semáforos.
Tirando hacia abajo del pantalón,
para enseñar la cantidad justa de calzoncillo.

Aquí estamos,
ante el arco de los satélites
en este club-sol negro de latas vacías.
Sordos en el viento de los trenes de alta velocidad.
Tratando de buscarle una letra a la canción.
Anotando palabras de emergencia
en el aire que pasa, látigo y burla,
capturado en servilletas de papel.
Desde este olimpo de escombros
que es nuestro,
que nos vive y nos muere,
al que no renunciamos y nos llama,
nos grita desde el centro del corazón
que ordena el ritmo de los videojuegos.

Aquí estamos
atentos a la nada,
cubierta la blancura con el invierno,
diluido el aire de los huesos.
Agria mueca escupida en caras de muñeca,
inventando la sombra en el gesto arrojado contra el cielo.
Mirando al frío
cañón de pistola y calavera de automóvil,
carcasa-refugio, hogar entre la basura
que sonríe, caballo muerto contra el muro,
desecho en pastillas y alcohol
bajo el golpe de la tormenta.

Aquí estamos,
descalzos entre botellas rotas,
apostando la vida en canchas y carreteras.
Cerrado el grupo frente al día.
Prevenidos contra los depredadores
cuyos ojos aún no hemos visto,
aunque nos muerden a diario
en la carne que nos amamanta;
desde el centro de los abecedarios,
desde lo más alto de las avenidas
que nos muestran la pendiente hacia la miseria.
Desde los límites de nuestra imaginación.

Aquí estamos:
corderos con piel de lobo
ensayando el desafío en la postura,
ignorantes de la cifra que nos mide,
que le marca el precio a nuestra piel:
tatuaje de luz en el confín de la noche.
Paridos en canal de matadero,
vendidos mucho antes de nacer.