Soy el niño que rompió la caracola
y huyó con el mar bajo las alfombras.
El que mató golondrinas
y temió la muerte de su madre.
El que llegó tarde a la última función
y vio la tramoya del circo, huella en el barro
de leones que levantaron el vuelo.
El que lanzó la piedra contra el mendigo,
robó caramelos en el quiosco
y escondió las manos.
El niño que cazaba culebras vivas
en arroyos de óxido y goma quemada,
perro sucio que buscaba
el rastro de su piel.
Soy el chico del pecho trenzado
con lana y dibujos de ocho, solo
por el mecánico limbo de los futbolines.
No he venido aquí a dar cuerda al reloj
madrugar en los zapatos de otro, a la carrera
tras el payaso por los cuatro carriles de la muerte
hasta escupir el corazón. No estoy aquí
por el niño que en el ramaje del bosque
enredaba mi nombre, cuento escrito
en la estela del cisne, ala de velero
por el agua de los charcos.
No estoy aquí pequeño salvaje
saqueando el armario de los dulces.
Ahora ya no remontan el vuelo
mis cometas son de plomo
los pájaros que me hablaban y sabían
tanto como ahora callan.
No estoy aquí soñado si no perdido.
Bebo
como quien se aplica desinfectante
sobre heridas invisibles, bebo
cuando continúa la canción
aunque quiero dormir, bebo
desde el otro lado del mundo que te ve y te miro
a través de los años y la bruma
como el robot fascinado
por la bailarina de una caja de música.
No estoy aquí soñado, sino vencido.
Duermo en la calle
con aquellos que ahora son mis hermanos,
aquellos a los que ya no hurto la mirada, aquellos
que no son transeúntes de baño diario y desayuno continental.
Me arropan de injurias cuando están más que borrachos
y me agreden con su ternura húmeda y maloliente
desde ojos nublados donde aún vuelan los pájaros
de la infancia más lejana que podáis imaginar.
Me buscan, millonarios de tabaco y litrona, filósofos, adivinos, poetas
para enseñarme el secreto de su éxito
el sentido mismo de la vida y por qué
el barro mal cocido de los hombres que pueblan las oficinas
las aceras, el metro, los tanatorios.
Velan por que no me vaya mal, se desesperan
y veo un terror suplicante en su rostro vencido
cuando sonrío como si no escuchara
desde los pájaros perdidos
de mi propia infancia.
No tengo miedo
pero aprendo los trucos de la huida
y me escondo en los agujeros que evitan mis vecinos,
donde el sufrimiento se hace más pequeño-cucaracha que escapa
por la poca sombra que van dejando sus mejores intenciones,
como el perro apaleado que ya no se fía
del afeitado y las camisas limpias, dientes en línea
en paz con Dios, calculadora inocencia con gafas
con que nos abruman los planes de negocio
el seguro de vida y el funeral pagado
del buen samaritano.
He dejado de hacer planes
porque son demasiados golpes y mi pecho
no es un yunque,
aunque a veces lo parezca y así estoy dispuesto a jurarlo, pero
he dejado de hacer planes
para ser, tener o buscarme
allí donde sé que no estoy
ni estuve nunca y cómo aventurar
bajo qué lámpara rota de sueños
despertaré mañana,
en qué cuarto desordenado, qué intemperie,
sonámbulo por un calendario que cuenta los días por tropiezos,
dando tumbos entre sarna de gatos, esquinas de azufre
y bomberos que riegan el adiós de la madrugada.
Estoy atento a la vida
como un duende en lo alto de la cabeza de un niño
que abre los ojos sin temor al vértigo y se inclina sobre el vacío
dispuesto a reír en la cara del lobo y sé
que no hay nadie que tenga menos y pueda pedir más.
Tengo tantas magulladuras por todo el cuerpo
que tomo lo que llega como un regalo inmerecido
y disfruto del paisaje envuelto por el mismo aire
que brama en las orejas del suicida
cuando, poco antes de saltar, sonríe.
Borracho cruzas la ciudad, se desmorona
el cielo, sus ventanas (luz cautiva)
bostezan por un trapecio
de sombras, colores
en fuga.
Noche dolorida, orgullo disuelto
en la luz de los centros comerciales.
La calle festiva oculta
tu paso vacilante,
la queja de tu sombra.
Buscas la pendiente
que aplaude callado el cuerpo.
Con la tregua te detienes, dudas
en las paradas de autobús temes
la traición de tus piernas.
Caminas de vuelta, meas entre dos coches
bajo la sombra del teatro que te ignora.
Llegas a casa, mal medido el cuerpo
te golpean las esquinas,
se burlan los espejos.
Aturdido por un vuelco de paredes, corres
a buscar tu cara en el agua del váter
que se borra en un vómito como un grito.
y al final del día y su noche pagas
el tributo de un hombre libre.
Depredadores camuflados en el rumor de las estaciones
esperamos, pared con pared, entre fábricas y talleres
agolpados contra el terraplén de las autopistas nuevas
que revienten los sueños de segunda mano
sellados en espejos de alta definición.
Esperamos bajo los hangares de la lluvia
apretada la sonrisa contra los dientes,
que un sueño revelado convoque la tormenta,
la mano de hierro en el canto de la bomba
mientras arrecia la artillería del insulto. Esperamos
un lúcido canto de sirena capaz de iniciar la desbandada,
el disparo de salida en el gesto amedrentado del esclavo,
la señal de un destello involuntario en su mirada ausente.
Apostamos la vida por un apagón en la mente-colmena.
Esperamos que despierten y se alcen a pleno pulmón y desempleo
los que cruzan la semana en carne cruda.
Que traigan, caliente bajo el brazo su herida mal cerrada, su deriva,
el incendio declarado y el cuchillo, la suma de la furia y el desprecio,
los brazos amputados del engaño, destapada la sentina del dolor.
El bárbaro mordisco de la rueda que aplasta mariposas a su paso.
Erizado un tren en marcha a dos mil quinientas balas por minuto.
Que rueden entre el polvo y los guijarros las cabezas con los ojos bien abiertos.
Por encima del dinero y los disparos, de la ropa bien planchada, de los faros,
de la risa, de la fiebre y la tristeza. Esperamos
quemar la frontera en la sombra del abuso
con la tierna voladura del corazón.
Quebrado metal en el ronco dolor de los cimientos
esperamos el ocaso en lo alto del rascacielos,
la deriva final de los barcos de mercancías,
que el aire falte bajo las alas del papel moneda
y ver como caen sus pájaros uno a uno.
Despierta el navegante que soñó los mapas de lo extraño.
Fletamos nuestra nave al más negro norte del cielo,
pólvora en la bodega y ratas bien alimentadas.
Entre cadáveres flotantes y caníbales gaviotas
zarpamos de un puerto donde arden los libros de conjuros.
Se quema el oro en las hogueras que alimentan los motores.
No se reconocen los que quedan para el hambre de los perros
y en lo alto de las grúas se apagan las cabezas de los brujos.
Era nuestro aquel horizonte que no terminaba en la marca del temor.
Ojos de papel seda, cometas en llamas contra la rosa de los vientos.
Casa oscura, regazo abandonado, autobús por el plomo de la carretera, llenamos como agua de lluvia las grietas que habían dejado los cobardes.
Por el barrio-pescado muerto que no limpia el barrendero,
atravesamos confiados la andrajosa luz de las farolas
y cada esquina gritaba:
NO RENUNCIES A FRACASAR
Expuestos al ácido de los días, agua sucia, navegable pantano de noche-sudor, música enjaulada, cada cual reía y lloraba para si.
Era fácil orientarse porque, de vez en cuando, el crepúsculo incendiaba el extremo de alguna calle, y sabíamos en qué dirección bogaba el fuego, el ansia, los poemas.
Hasta llegar a las plazas que derraman el amor y el odio a pecho abierto y nada de preguntas, no, nada de preguntas;
hemos tenido días mejores.
Y allí bebimos adormecidos por la furia de los altavoces mientras brotaban los cuadernos-piel-papel-tatuaje en carne viva,
en carne propia.
Al amanecer, aún a la luz de las hogueras, bajamos por la calle inconsolable, sangre de animal herido, amenazados por el día,
en busca de las madrigueras.
Era nuestro aquel horizonte y sus astros de inocentes idas y venidas, cuando creímos tener bien trazados los mapas de la alegría.
Llegamos con el calor, valientes y frágiles, a llenar el vértigo de los edificios con el desmayo y la risa de niños demasiado confiados.
Nos detuvimos a escuchar cuando callaron los trenes bajo la férrea sombra de las ciudades.
Y tras el fragor de la primavera cantaban las sirenas
y ladraban los perros.
Oleadas de viento.
Por el arco lluvioso de las estaciones trotaban,
hiel de luna nueva, camellos blancos, frío
toque de huesos en el centro del aire
amargo, tenue, poca vida que respirábamos.
La ciudad nunca llora.
Por las esquinas de la luz robada en los bazares
alas de la noche rozaban la piel de los dormidos,
animales-aullido inquietos, flor oscura
desde simas de tiempo, deformada perspectiva
de calendarios, infancia remota y fragante
piel de niños que soñaban sin miedo, sin tregua.
A esa hora, crin de caballo negro, rodábamos
por encima del agua de los charcos ofrendazul,
caricia temblorosa, ojoespiral, dragón, ya digo,
camellos blancos, frío toque de huesos, patada
en el pecho, bomba incendiaria el corazón
tanto tiempo ventana condenada
tanto tiempo…
Imaginar es vivir en el futuro,
por las calles donde nuestra sombra herida
se encontrará con la prisa de los zapatos
y miles de caras-borrón y cuenta nueva,
pero tú.
Aguas negras por el estaño de la tiniebla,
bajo el peso de los edificios
que miden la caída hasta el hueco
de nuestra boca que no sabía como
beber tanta belleza, que los versos
en la punta de la lengua, que tú
enredadera y luna
tú…
Bajaba el telón la noche, abrían
luces tus pestañas.
Caíamos…
Si erais vosotros, los chicos que brillaban vestidos de celofán.
Si erais vosotros capitanes de otros cielos y flotaban medusas en vuestro pensamiento.
Escolares recién peinados, luz vespertina en la calle sorprendida, niños
que nadie entendió.
Si erais vosotros circo dibujado en las paredes del colegio, lengua de neón, gesto luminoso, carrera, vértigo y rockn´n roll.
Si erais vosotros desayuno y preguntas a la espera del sábado-flipper 2000.
Hoy se abre el vientre de los radiotelescopios para que vengan
las palomas de Marte a comer en la cornisa de vuestros hombros.
Os encontrará la noche, celeste conjura en voz baja,
conspirando poesía con las computadoras.
Si erais vosotros lagartija perseguida y eléctrico ciempiés.
Andamio en la bruma hacia el ocaso.
Asombro lunar y noche preñada por el bosque
mientras venían los dinosaurios nuevos a desovar
el misterio en vuestros poemas, entonces
acechan infecciones en el aire que exhala vuestro pecho
traficantes de palabras, atentado contra la salud pública,
quedáis terminantemente prohibidos.
Si erais vosotros lugares que no se mostraban, pasos fuera del calendario, risas al otro lado del espejo, sombras en caída libre
soltando lastre, ropa vieja y diccionarios a plomo.
Si erais vosotros ciudad construida, collage de polaroids,
papel negro, luz en la punta del lápiz, carreteras vivas.
Trenes que parten, trenes que llegan, intemporal estación de autobuses en la frontera de los agujeros negros, erais vosotros
a la conquista del espacio–corazón, cueva oscura
a tientas por vuestro pantano.
Si erais ventana sucia, duda sin pájaro, fondo sin vuelo, aviones
de papel huyendo a través los años y la bruma,
os hallaremos enterrados bajo el silencio de los escenarios,
sin cuerda de marioneta ni cielo que os levante,
con la misma piel para el beso y el golpe.
Hoy el tonto de la clase ocupa la tribuna y os mira
desde la pantalla de la televisión. La policía
hace guardia en la puerta del colegio,
que no rebose la sangre, que no hierva.
Sois…el enemigo que agita cuadernos escolares.
(a Álvaro Guijarro)
Ardiente ángel radiactivo en el núcleo del átomo y la estrella
tu palabra escrita: bala de platino, beso a través de la frente
fluye virus, duda y verso en los circuitos de la sangre.
Bólido rebelde lanzado por el nervio de los ordenadores
velocidad de escape en viento desolación de aeropuertos
a lo largo de la piel-mugre de las ciudades de occidente.
Carrera de risas, cerveza y papeles perdidos entre coches aparcados
tendida en la calle bajo el trapecio vacilante de tus pasos
te trae a pie desnudo los filos del mundo a la mente, tu palabra escrita…
Tierno pájaro aterido que sueña en los cables del invierno
te vigilan extraños poderes que esconden el rostro.
Paranoica forma y conjetura, pensamiento liado con papel de arroz
merodea, espectro de niño, por la puerta de los bares.
Carne aturdida entre periódicos-hojarasca siempre noticias de ayer,
sucio vuelo de aves deshojadas que ocultan el paisaje.
Luz astillada, blanco mar que rompe en las cavernas de la noche,
tu sombra guarda oscuros poemas abisales.
Mercurio-cromo, metal batiente en el ánima de las espadas puras
reflejo de cualquier jueves extraterrestre a mil años vista
radiante sospecha de cometas, lunas, mundos, Atlántidas…
Veloz metáforanimal que se busca la nuca en los espejos infinitos
y el cuello inocente en su propio mordisco.
Holograma de luciérnagas en el ámbar de los cerebros,
tu palabra escrita…
alienta el micrófono dormido en el atril de un pequeño escenario,
y en el aire azul broma lunar, versoadicto revelado, caemos
despiertos en la cumbre de tu vuelo.
Eco tímido, altavoz-murciélago que huye hacia los camposaltos del alba.
Altísimo erizo despeinado en el viento de puentes y azoteas, tu palabra,
grita clavada en las puertas del cielo.
Ahogado contraluz.
Pájaro asustado entre callejones..
Sombra que araña el pavimento, texturas de hambre y esperanza.
Sonrisa engañada, corazón bajo la lluvia, los Chicos
nos buscan lavado el rostro,
abierta la mirada espejo,
luces que habitan el futuro.
El tiempo de hoy cubre de burlas
lo que no quiere de nosotros, lo que no sabe.
Nos mide por el rasero del esclavo
que pagó con oro el hierro de sus cadenas.
Los chicos aúllan desde lo alto del muro.
Piden alas, caballos, motores…
Lobos que guardan el bosque imposible,
aeropuerto a los planetas, abierto el pecho,
fletado a las estrellas el corazón ¡Despertad!
Despertad con ellos
en vuelo rasante por el coma de las ciudades dormitorio
rompiendo la barrera del sueño ventanas arriba ¡despertad!
a través del miedo y la bruma por el filo de los pararrayos
por encima de los paraguas y los tejados-caparazón
cárcel, corazón cobarde, humo
de naves que no ardieron ¡despertad!
que está cerca el sueño definitivo
y os encontrará dormidos
desde el día en que el temor
os pudrió las alas.
Que han venido a lomos de la tormenta
porque os oyeron gritar
por los que no podían,
colgar la mirada en el átomo y las auroras,
el sol en la punta de los dedos,
el rastro del héroe que huyó hasta encontraros,
probar la vida y borrar
el camino de vuelta.
D e s p e r t a d.
A ver qué lleva el viento-gato receloso
ratones o música en la boca, a ver
cómo pasa el verano a cuchillo de sol
y noche animal que no duerme.
A ver qué se nos ocurre
meternos entre carne y piel para cruzar al vuelo este páramo
donde se asienta el circo-perro que ladra-fiera enjaulada,
payaso que fuma,
payaso que ríe,
payaso que calla.
A ver qué podemos pillar, rota la hucha
con las monedas del billete para el viaje
en los barcos que navegaban sábanas de cuna
ojos llenos de acuosos aeroplanos
promesa de islas
alborotado sueño de palmeras y tigres
en paz con la tierra, en paz con la carne,
lienzo para el estallido de la luz.
A ver qué sueños guarda esta pastilla.
Qué unicornios traerá desde el asombro del niño
a comer en nuestra mano el azúcar
de los relojes de arena.
A ver quién nos duerme dentro
y qué canta o grita.
Qué amenazas, qué vuelcos del corazón
trae bajo las alas como bombas de mano
contra el olvido.
A ver qué lleva el viento-gato receloso
ratones, música o sangre en la boca.
Toño Benavides

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