No hay mayor ironía para la ultracatólica derecha española que el hecho de que su némesis política haya resultado ser la viva imagen de Jesucristo azotando a los mercaderes del templo. Tan parecido es, que no han faltado a su alrededor los fariseos de la corrupción buscando con lupa la inexistente herejía en sus palabras, en sus gestos y hasta en la tarjeta del teléfono móvil con el fin de entregarlo al verdugo. No será fácil encontrar el caso de un personaje al que tanta gente le haya estado buscando el Calvario desde que saltó a la política que, por no faltarle, no le ha faltado ni un judas con gafas dándole el beso de la muerte en el momento más inoportuno.

La ofensiva generalizada del lawfare contra Pablo Iglesias ha sido de tal intensidad que era de temer el día en que algún juez, de los que ven la paja en el ojo ajeno pero no la viga en el propio, descubriera que, en el lejano pasado de la infancia, Pablo le robó la merienda a otro niño en el patio del colegio y eso podría haber sido suficiente para enviarlo a Soto del Real e inhabilitar el partido por financiación ilegal.

Iglesias convocaba a la famélica legión para tomar el palacio de invierno de La Puerta del Sol al grito de: “Que hable la mayoría”. Un grito de lo más revolucionario, sin duda, en un país donde la normalidad democrática pasa por blanquear a la ultraderecha, olvidar la historia reciente y mirar para otro lado cuando asoman los billetes de quinientos euros por la bragueta abierta del rey emérito. Una expresión disruptiva y antisistema en cualquier país que no sea una verdadera democracia.

Pero las masas nunca han sido muy partidarias de tomar los cielos por asalto mientras tengan a mano el menú más barato de Telepizza. Estaba claro que de nada iba a servirle a Pablo Iglesias fruncir el ceño y matarse con la razón. Entre leerse El capital de Karl Marx para entender por qué llevamos tanto tiempo comiendo mierda y engullir una pizza cuatro estaciones, la mayor parte del pueblo lo tiene claro. El pesebre antes que la biblioteca. “El que construye sobre el pueblo, construye sobre el barro” se decía en la tercera parte de la saga de El Padrino en frase atribuida presuntamente al democristiano Julio Andreotti.

La izquierda tiene la batalla perdida porque suele apelar a la mejor parte de la naturaleza humana. En cambio, la derecha siempre ha sabido valerse de la peor.

Lo cierto es que ese mismo pueblo al que Iglesias le estaba pidiendo el voto es el que ha consentido que llegue a ocupar la presidencia de la CAM, la community manager de la mascota de Esperanza Aguirre; que no sabrá mucho de nada, pero no desconoce el valor de una pizza gratis y lo agradecido que está el perrito cuando le llenas el bol de los triskis, sobre todo cuando ha tenido que guardar cola para poder comer.

Habló la mayoría y no para cambiar el gobierno, sino para pedir otra ronda en una de esas terracitas de Madrid donde hay que hacer cola para coger mesa y asistir al último acto de La Pasión. Ese momento en que Pablo Iglesias dimite de todos sus cargos poco antes de pasar a publicidad.

 

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