Queremos desear

algo nuestro, sólo

nuestro.

Lo buscamos en esquinas azotadas por el viento,

abandono de ruinas y garajes,

penumbra de estaciones,

aeropuertos de luz sobrenatural,

ciudades que gravitan fuera del tiempo,

en calles fundidas humo adentro.

Lo que cambia tan veloz

que no da tiempo al nombre.

Lo que roza la inocencia.

Lo que no tiene lugar.

 

Rápido

 

t   e  c

l   a  d

e  d  o

#  s  *

 

y el cajero escupe los billetes

con la rabia de una puta

que saca la lengua.

Dinero para quemar

en algo que nos guste de veras,

que nos arranque el golpe y el mordisco,

que nos desarme.

 

Sueños infantiles a la venta

en los bazares chinos.

Por fin podemos encontrar

lo que hemos estado buscando

durante toda nuestra vida:

un tesoro en lentas cataratas.

lamiendo de oricalco las paredes,

objetos que huyeron por el rabillo del ojo

cuando éramos niños,

el trineo perdido en la nieve

dentro de una bola de cristal.

 

Caballos blancos en la pista del circo,

piel de cromo y diamantes.

Venas de nervio eléctrico

ácida crin-viento imposible,

belfos de aliento submarino,

hélices en la orbita del asombro,

a nueve voltios el corazón.

Aúlla el plástico de los colores

en ojos de tierno celofán.

Por el cristal de la tienda de juguetes,

emergen Atlántidas.

 

No han sido niños

los que puedan recordar

sin temblor de piernas

el día más aburrido

de sus cinco, de sus ocho, de sus diez

años, el sol de ese día

y el reflejo despeinado

contra el escaparate

al otro lado de los trenes, las muñecas, los castillos,

los mundos.

 

Quién habrá, tan poderoso

que doblegue el tiempo y las matemáticas,

el átomo y la tormentas,

el núcleo de un sol.

Quién podrá torcer el brazo viejo y terco

de algún dios, para ofrecernos

diez segundos del niño

que se reía en la máscara del futuro:

 

diez          segundos          enteros.

 

 

Hay hombres con la sonrisa pintada alrededor de los dientes, que esperan emboscados en los pasos de montaña, por donde el aire limpio despeña sus fríos.

Vigilan los aeropuertos y alertan los muelles, pensando que bajarán de los barcos, despistado el pelo en la brisa,
los Chicos del Vertedero.

Les acechan los muertos de corbata con el oro de la deuda entre los dientes y la letra pequeña escondida tras el gesto de una sanción.

Y planean apagarles el incendio del pelo, partirles el hueso del lápiz y evitar a toda costa que les amanezcan lunas en lo más alto de los ojos.

Pero ellos ríen cayendo por las jorobas del camello, que rumia los calendarios de oriente a occidente en la deriva del sol, o se ocultan del miedo y los telescopios bajo la sombra-ceniza de los barrancos, en la cara oculta de la luna.

Atraviesan sueño-amanecer bajo la lluvia en la curvaluz de las carreteras y se dejan llevar, en el extravío de su mirada, por el viento que empuja los navíos del espacio; con el aliento ahogado en bolsas de plástico-ámbar que transforma los sueños en planetas, el frío en calor y el vacío en una canción.

Porque conocen el precio del pan y los juguetes al otro lado de la valla. Por donde chillan los trenes, ladran los perros, y llueve, todo el año, sobre la tos de los viejos.

Y son la carne para el mordisco
La sonrisa para la bofetada
El hambre para el hambre
Los ojos de la noche

Ya vienen…

Y les amenazan a pleno cadáver los enfermos del incienso descompuesto, con todo el barro que han podido heredar, ropa vieja y escamas a contrapelo.

Y les vigilan obedientes y nutridas bestias de uniforme orgulloso y oscuras gafas de sol, que forman frente al paisaje como ladrillos en una pared.

Pero ellos vuelan, pájaros cuánticos en el espectro de lo imposible, del todo inofensivos a ojos de los curanderos de la culpa y los tontos del orden cerrado.

No entran por la calle del desfile y la procesión. Filtran su veneno infantil a través de la piel de los que sufren de lejos los tambores, mientras intentan capturar un recuerdo de su infancia.

Se acercan ocultos en la turbulencia de los poemas, que portan luces de otro mundo, para incendiar las entrañas del centro y el arrabal.

Ya vienen…

Y ninguna máquina voladora, erosión de cielos, piedra o plomo en el aire, conseguirá interceptar su pájaro blanco lanzado contra el muro a través de la perspectiva de las ciudades, por encima del humo y el laberinto.

Porque corren caballos por vuestras venas,
y os nadan peces bajo la piel,
ya vienen…

Los Chicos del Vertedero

 

Se sientan a fumar bajo los puentes. Flotan, fuego que huye, sus caras con la brasa de los cigarros y exhiben papeles firmados por psiquiatras donde se asegura que están locos, pero en el reverso escriben poemas improvisados entre la basura de las ciudades, que les acunan como a perros callejeros.

Y llegan hasta nosotros desde gasolineras azotadas por el viento, con el pelo sucio, que no para de crecer como las malas hierbas, armados con libros manoseados, tabaco de liar y latas de cerveza.

Les estalla la juventud en el rojo de los pómulos, y en la boca una sonrisa blanca de mil dientes alineados, cierra el paso a los cínicos de la impotencia y el tiempo perdido.

Y les gotea la sangre y el sueño caminando a lo largo de las calles durante toda la noche por un filo de tinieblas. Mean, risa tonta entre coches aparcados, y rebotan carcajadas por las paredes como pájaros de la noche, rotas las alas contra el cemento hasta que remontan los abismos del coma.

Y se pierden por todo lo alto de las aguas negras que curvan la luz de las estrellas, que mecen con la misma ternura los planetas y el corazón de niños despiertos por una visión.

Entonces un psiquiatra desconocido asegura que están locos y que más vale que bajen de allí o tendrán que subir a buscarlos.

Pero ellos miran hacia otra parte y ruedan por bares de caña y bocadillo, como servilletas de papel entre patadas.

Beben sentados en el punto ciego de la mirada electrificada y vigilante de la bestia, mientras duermen las cifras, los códigos y las contraseñas.

Escapan de los coches de policía riendo bajo el agua de las piscinas, y con peces de colores entre los dientes, huyen arrojando piedras contra la mirada nocturna de los grandes almacenes.

Y le gritan a los camiones de la basura mientras buscan su hueco en la noche, el agujero donde esconder un hambre de cuadernos que no saben calmar, que no quieren calmar, y que les duele.

Y se arrancan vísceras de papel, dejando un rastro húmedo que brilla con el crepúsculo de un sol derrumbado hacia otro día, tan ajeno como el anterior y tan oscuro.

Perdidos-golpe de luna llena en laberinto de hospitales, ahogo de urgencias, fiebre de aparcamientos para minusválidos, y cafeterías flotando anémicas en la tarde.

Y son así de niños acurrucados en esquinas-frío, en remolinos de viento y hojarasca, sueño acunado por el olor-piel-cuello-madre.

Cuando  ladra su animal guía entre paredes y automóviles, ventanas y cornisas, tejados y cielos que tiritan la nieve de los aviones.

Arrojando poemas incendiarios al río para quemar el agua que se les echa encima.

Cuando trepan heridos por el tallo de la rosa para evitar la inundación.

Y son así de niños vendiendo licencias de payaso mientras caen por el cuello de la vaca, estampado-jirafa en la mirada, y risa dibujada entre manchas de ceniza.

Huyendo de lo desconocido por colinas, descampados, aparcamientos y desviaciones; en el viento que riza el envoltorio de los dulces bajo el tendido eléctrico y las torres de alta tensión.

Enferma la sombra de su cuerpo delgado al tocar la piedra y el cristal de los edificios inteligentes, son así de niños cuando pasan de largo por los pesebres del miedo y los abrevaderos de la plegaria,

y hambrientos, alzan la cabeza para buscar el aire que les levanta escalofríos,más allá de vuelo de los aviones y la soberbia de los ángeles.

Entonces, un psiquiatra desconocido nos grita que están locos, que no saben lo que hacen, que son peligrosos.

Y en ese momento… despegamos.

 

 

Los chicos del vertedero vieron ciegos hombres de negro que hurgaban en la nuca de familias enteras, mientras dormían en los parques de atracciones una siesta de picnic, pollo frito y mondas de naranja; arrulladas por un flamear de bolsas de plástico prendidas en las ramas de los árboles.

Y escaparon por campos tendidos en la luz del mediodía, entre grupos de placas solares embebidas en el cielo, que viajaban estáticas, siempre hacia atrás, a la velocidad de los autobuses de línea por la carretera.

Vieron camiones llenos de grava, de arena, de cemento, de ladrillos… que descargaban justo en los lugares donde el viento y el agua se habían llevado el barro del adobe que sujetaba nuestros huesos.

Y allí crecieron casas con antenas parabólicas que conectaban la órbita de la fascinación, la órbita del vacío y la luz, la orbita en la que las estrellas realmente pueden alcanzarnos, con habitaciones interiores, de ventanas tapiadas, donde sestean los cerebros conservados en el formol de la televisión.

Trenes de niebla y carbón cruzando el frío de patios de colegio-sucio ladrillo rojo, desayunos de hambre y ejercicios con el sol despertando a lo largo de aulas y corredores de madera seca.

Trajes plateados con bigote que querían confinar la sangre nueva en el sótano de los colegios, como agua estancada que pudiera vivir una paz submarina de algas muertas.

Mercados que rebosaban frutas, verduras, ropa interior de algodón y matamoscas en una mañana de vino y CO2, por calles-atasco a veinte kilómetros por hora y casas deformadas bajo el peso de un futuro mal soñado.

Vieron la grasa de los cuerpos fundidos con el cemento bajo la megafonía, de las piscinas, el cloro de los gritos y la artillería multicolor de los bazares chinos.

Vieron a lo largo del río la masa del bosque, dragón con otra luz y en otro tiempo, tumbado junto al agua, en cuyo vientre anidaban los pájaros y el verano.

Caminos de vegetación extraviada-garganta de sueño verde y flores de piel estampada bajo el sol-aire diluido en telas de araña y canto de culebras.

Una rabia de calor y moscas empujando nubes de tormenta y sudor entre charcos de mosquitos, amoniaco de cuadras y la bilis de los pocos viejos necios que enmudecen a la sombra de los árboles nuevos.

Vieron coches ardiendo en las orillas, y las llamas caían reflejadas por el agua fría hacia alguna otra orilla bajo sus pies, donde ardían coches con llamas reflejadas por el agua, y así una y otra vez hasta el infinito.

Vieron banquetes de boda en restaurantes de carretera y estaciones de autobús. Tintineo de llaves, monedas y teléfonos móviles. Sol de plazas-arroz y palomas que cagaban de blanco directamente sobre el encaje de los vestidos de novia.

Vieron futbolines quietos y máquinas tragaperras,
Vacas ciegas y coches japoneses,
Pozos artesianos y refrigeradores de ochenta litros,
Sombreros de paja y gorras John Deere,
Cotos de pesca y piscinas hinchables.
Alfombras de césped verde manzana a un lado de la valla y al otro una selva de culebras, caracoles, babosas y toda la fauna que es capaz de generar la madera muerta cuando llueve.

Vieron patios y corrales como tumbas abiertas. La osamenta de los tractores, el costillar de la maquinaria, los huesos y la quincalla de varias vidas pidiendo clemencia bajo el sol, entre zarzas y guijarros.

Cementerios donde morían despacio las grúas en abandono de obras-abatirse de nubes-hormigueo de óxido bajo la pintura y la extensión del recinto era mucho más grande de lo que nunca hubieran imaginado.

Vieron campos de maíz y los cuatro estómagos de la vaca tirados por los caminos, quemando piedras y raíces que volvían a brotar con esa furia de plantas que prefieren la tierra de las sepulturas.

Vieron los últimos bares donde se fuma, se bebe y se envejece a golpe de baraja y dominó con todas las ventanas abiertas, pero con los ojos cerrados.

Vieron viejos que respiraban como hongos en tinieblas, que nunca intentaron comprender el lenguaje de la carne viva cuando les hablaba con la urgencia y el ahogo de los peces en el aire.

Residencias de ancianos-barcos fantasma en la niebla, navegando por campos ahorcados de carreteras, y la obstinada tripulación cuidaba de la muerte con sonrisas de gelatina, puré de patata, tarta de queso y zumo de melocotón.

Vieron otros chicos jugando al billar en ropa de playa, en medio de campos de trigo y cosechadoras, a doscientos kilómetros del mar, y su futuro se acercaba como una serpiente bajo el agua.

Niños que trepaban por los hierros de la maquinaria, dejando jirones de ropa y piel en los ganchos y los engranajes para poder mirar, a lo lejos, el paso veloz de los coches por la carretera.

Y entonces los chicos del vertedero volvieron la vista hacia una noche-rabia de párpados en blanco y puños desollados contra paredes de piedra y tiempo.

Y finalmente huyeron bajo el grito de las constelaciones, siguiendo una ruta nocturna de autopistas, túneles y pasos elevados que les llevó directamente al corazón fosforescente de las ciudades,

y allí, dejaron de correr y trataron de olvidar.

 

Tiernos pájaros de alas insolentes juegan amenazados por la piedra y las cornisas.

Les arañan los tétanos de mármol y  mausoleos, cuando escapan bajo los arcos de triunfo hacia el bosque.

Se aventuran por el cableado de las centrales eléctricas-bosques de alta tensión, turbinas y transformadores, buscando la música que liberan sus propias heridas abiertas.

Por el sangrado ácido de cubos de basura y callejones, donde muere la luz a cuchillo de cemento, ladrillo y ventanas que se cierran de golpe y agonía.

Tan ciegos como veloces en el aire de las carreteras, con el sol fragmentado por encima de la chapa y los parabrisas: frágil vuelo de huesos en la estela de los motores.

Ocultos en el eco de los gritos, corren a lo largo de calles y paredes como lagartos en el calor, evaporados de garajes, calderas y cocinas de comida rápida que hierven bajo el gas de la maquinaria.

Donde se encuentran los niños expulsados de la escuela, que desafiaron los cuidadosos planos de la geometría y los diccionarios, con los borrachos que arrastran la cara por los vidrios del alcohol.

En las grietas del viento que traen y llevan voces.

En el reflejo sucio del agua de los charcos.

En la hierba que crece bajo el pavimento.

En las hojas arrancadas de los cuadernos.

En la frontera de la mirada

que antes les alcanzaba de lleno.

Entre coches aparcados, ruedan canicas.

Sobre manchas de aceite, Los Chicos del Vertedero se juegan los tesoros que contiene una caja de zapatos, con la mirada a ras de asfalto y cucarachas.

La tarde cae sobre los tejados con una fatiga de alas en el aire quieto.

Aúllan los perros por la zona oscura de los sueños.
Las fieras gruñen al otro lado
de una barrera levantada con juguetes.

Azul contra el espacio,
se quema de hogares el borde inferior de la noche:
los chicos duermen.

No se encuentran del todo en los espejos.
Se buscan, se huyen, se adivinan.

Se temen.

Y se ignoran por momentos
escondidos en los abrazos.

Los últimos.

 

Tiempo…el suficiente

y sabrán por qué volvimos a través de los campos magnéticos y el viento solar,
ocultos por el barro y los deshechos, entre ladrones de máquinas desahuciadas.

Sobre la mortaja de coches antiguos cruzan el ocaso los trenes que hunden su grito imantado bajo la noche de las ciudades.

Serpientes de neón estallan por las fachadas buscando el calor-sudor que evaporan fotos naufragadas en oscuras habitaciones de hotel.

Por el gesto-contraluz de maniquíes congelados bajo las escaleras del Bradbury, penetran escalofríos de agua, sombra y anuncios flotantes de Off-World.

Donde el vértigo de los edificios infinitos apaga la caída de las estrellas, y las pantallas urbanas acarician el sueño de palomas muertas por lo más altoazul de las tinieblas.

Llueve sobre la mirada de aquellos que buscan vida, que se defienden de la angustia, del miedo, de la incertidumbre… con la risa y el llanto que han podido robar en los catálogos de emociones.

Tiempo…el suficiente

y sabrán hasta dónde nos llegó la mirada.

Qué fríos cuadrantes del espacio no pudimos abarcar con un gesto.

Qué planetas no orbitaban la esfera de nuestro asombro.

Qué aire perdido entre las calles
no nos hablaba.

Qué niebla
no arropaba nuestra huida.

Es toda una experiencia vivir con miedo,
si, los ángeles ígneos cayeron sobre el tráfico, por la cara oculta de los rascacielos, con el corazón cargado de lágrimas a punto de tormenta.

Por la espalda de los templos viajan ascensores al cielo.
Por la ceguera bifocal que examina la estadística de la desazón.

Jugando al ajedrez con el futuro escapamos hacia la nada
sobre el dios cobarde del padre muerto.

Tiempo…
El suficiente,

y sabrán por qué matábamos y moríamos
con el mismo aullido,
con el mismo ansia,
con la misma fiebre,
con la misma desesperación,

con que nos comíamos la piel de los besos.

 

Nosotros somos Los Chicos del Vertedero, y no venimos a recitar poesía, venimos a dispararla.

Con los cuadernos entre los dientes, nos descolgamos por la cornisa del edificio de la bolsa, monos aulladores con la polla enrojecida, meando a los que pasan por debajo malgastando la primavera.

Por valles oscuros donde la noche pierde su nombre, montamos caballos de otros planetas que nos llevan, bajo la burla de los astros, por mapas-cacofonía de recortes de periódicos y diccionarios paranoicos, en el viento perdido de las bibliotecas.

Nos precipitamos desde la órbita más alta de la mente:
ángeles de alas quemadas, en el aire veloz,
sembrando de ceniza lunar,
el corazón de los fanáticos de la muerte.

A través de los túneles caemos lanzados como la corriente por el cobre, iluminados por fuego de placas solares-brillo de big-bang que estalla como en la cola centrífuga de pavos reales.

Y sabemos reír con la cara, pero también con el culo…

…y con el vómito y descoser el pecho en gritos, listos para caer como una plaga sobre el WELCOME de las cabezas-felpudo que teclean cifras cancerígenas en la mirada de niños voladores aún no identificados.

Cabalgamos tensando bridas de dragones,
arrasando piscinas, campos de golf, residencias de ancianos, tanatorios, crematorios, urbanizaciones…

Nos desbordamos a través de calles planificadas en el miedo de los cielos por los arquitectos de los cementerios, hasta el corazón-calor de los campamentos urbanos que resisten el asedio de los cajeros automáticos, la envidia de los brujos y el mordisco de sus bestias de tiro.

En la escuela, los técnicos de la putrefacción aritmética intentaron cerrar los caminos que habrían de llevarnos a vivir, como pájaros cuánticos, entre la hiedra de los manicomios. Entonces, prendimos hogueras en los puentes y todo el que quiso pasar, no tuvo más remedio que mirar directamente a fuego y verse reflejado en él.

Nos colocamos en la trayectoria de la tempestad dispuestos tomar la cresta de sus olas-crin-furia-galope de caballos frente a los domadores de ríos, bosques, nubes, y el insulto de sus paraguas.

Camuflados en el smog fotoquímico de los corredores, a lo largo del eco doblado de los pasos , en el tropiezo de bultos y maletas, quietos en el aire acondicionado y la paciencia de las cintas transportadoras, desde el horizonte circular de los aeropuertos.

Como torrentes por cauces tóxicos a golpe de metales pesados, venimos a corroer el baño de oro en los corazones que se dejaron atrapar-disecar para el adorno policromado en casas de navidad-chocolate-azúcar en polvo y calefacción central.

Merodeamos el perímetro de los laboratorios-crisol de átomos futuros, al asalto-liberación de partículas-cobaya, espacios-cobaya, tiempos-cobaya, seducidos por el canto-alba de las máquinas que vendrán y los millones de colores de sus cielos pixelados capaces de concebir lunas nuevas en el interior de nuestros párpados.

Vivimos colgados de semáforos y cables eléctricos-lianas tendidas en el humo de las ciudades. Asoman a través de nuestra mirada pájaros incandescentes abrasando tierras baldías de informes, índices, estadísticas y todo lo que no está directamente tatuado de la piel hacia fuera.

Patriotas de la tormenta, hinchando siempre nubes a punto de estallar, amigos del rayo y las baterías, a toda velocidad por carreteras en trance bajo la lluvia hasta puertos de mar-atardecer sonámbulos-plata de peces nocturnos fluyendo por la cara oculta de la luna.

Nos dejamos caer, blandiendo antorchas de papel de periódico e inhibidores de ondas de radio y televisión, por el cielorraso de las ciudades dormitorio, y pintamos de rojo los tres días deportivos del interminable fin de semana en chandal.

En metros, trenes y autobuses nos lanzamos al ahogo de los obispos de la deuda, los académicos del temor, los catedráticos de la impotencia, forenses de niños, fuentes y auroras.

Sobre la vida, bajo el fuego, con el fuego, como relámpagos atrapados entre nubes empeñadas en rompernos la mirada.

Escapando siempre.

Nosotros somos Los Chicos del Vertedero, y ahora no venimos a recitar poesía, venimos a dispararla.

 

Nacimos en las orillas de ríos antiguos cuyas aguas dudaron miles de años sobre el camino a seguir.

Cazábamos, durante la siesta, pequeños animales que chillaban entre los árboles, ante la indiferencia del ganado con la mente disuelta en prados de color azul.

Vimos cómo estallaban las tormentas de verano, por las noches, y el tañido de campanas que se abrían paso en el aire a través de rayos, truenos y oraciones.

Cruzamos extensos plantíos que callaron mientras pasábamos, y detrás de cada árbol había duendes y fantasmas.

Nos olían las manos a fruta y el pelo a trigo. Nuestra piel era la misma piel de los caballos, con la sangre tan densa como el plomo.

Vimos músicos incansables, con traje plateado, elevarse por encima del baile, de las casetas, de las cantinas, de los árboles, de los tejados, de los campos, de las carreteras y atravesar la dormida cúpula de la noche como ángeles con zapatos negros.

Nos venció el sueño cuando el Apolo XI se posaba en la boca abierta de nuestros abuelos, que se llenaba de luna en blanco y negro, mientras fuera de la casa aullaban los perros.

Y después, cicatriz de ferrocarriles por el cuero de los montes. Frío de pantalón corto y bicicletas que madrugaban por encima de la nieve. Cifras, dictados y botellas de leche. Colegios que olían a masilla de sujetar cristales.

Sangre remansada en kioscos de cacahuetes rancios y tebeos en alquiler, flotando en el ritmo de flippers y rocolas de cristal. En la partitura de la guerra no había jinetes bajo la tormenta.

Encontramos borrachos a gatas por la hierba alta de solares viejos entre casas nuevas, y las piedras que les tirábamos llevaban escrito su nombre.

Vimos crecer iglesias modernas en los barrios del sur, para obreros que aún no habían aprendido a sacudirse el polvo del cornezuelo del centeno.

Nos pusimos pantalón largo para sujetar las erecciones con las manos en los bolsillos, y quisimos arrancar a mordiscos los culos de todas las mujeres desconocidas.

Sudábamos. Olíamos como las bestias. Nos corríamos por las esquinas, en los cuartos de baño, en la cama, en el suelo, en la mismísima garganta de los sueños.

Éramos una herida abierta. Un deseo de arrancarnos la ropa, de quemar los muebles. El mundo no terminaba de cicatrizar a nuestro alrededor, queríamos vomitar lo que no sabíamos decir y nos obligaban a guardar silencio al paso de los muertos.

Descendíamos colinas abajo en busca de las estaciones, al abrigo de los trenes de mercancías. Las alambradas de los mapas del tiempo nos atenazaban el corazón y las antenas parabólicas rebotaban cañonazos de angustia hacia el espacio exterior, donde se disipaba en llamaradas de fuego frío.

Perdidos por las orillas de un río donde encontrábamos tesoros entre la basura, éramos peces de colores nadando en una botella de agua turbia. No había, para nosotros, noticias en los periódicos y en países lejanos, que conocíamos por mapas de nuestra invención, vivían niños que imaginaban máquinas capaces de pensar.

Arrastramos los pies por canchas, columpios y atracciones de feria, bañados en el sudor del aceite, comiendo patatas fritas, hasta que nuestras caras desaparecían flotando en una polvareda de música lejana y ropa sucia.

Corrimos por autopistas de luz hacia el futuro, abriendo todas las cajas de Pandora que pudimos encontrar, con la cabeza bañada en la estela de los cometas y los pies hundidos en la tierra de los cementerios.

Rompimos botellas vacías contra el arcén de las autopistas y con el sabor de la mierda de camello latiendo entre los ojos, reímos hasta la asfixia, destilando en las tripas, alcohol barato y sueños imposibles.

Continuamente arrojábamos sobre el mundo miradas de urinario roto, de puta vengativa, de hurto menor, de patada en los cojones, de escozor en la punta de la polla, de perro suelto, de mierda humana y de que me la chupe esta o la otra pero sobre todo tu hermana.

La distancia entre lo que sabíamos y lo que ignorábamos, nos convirtió en miopes y el suelo se diluía en preguntas, minuto a minuto, bajo nuestros pies.

Y cada cual siguió su camino, como un perderse en la lejanía de torres de alta tensión. No nos quedó ningún refugio, salvo el pasado, al que nadie quiso volver por no verse obligado a comparar la cara de las fotos con la cara de los espejos.

Pero yo no olvido vuestra sangre y la mía desbordada por los montes en busca de ríos y mares que nuestro corazón, lleno de barcos, hizo navegables.

Qué aliento de velas hinchadas no albergaba nuestro pecho.

Qué pesadillas no éramos capaces de conjurar.

Qué balas no podíamos parar con los dientes.

Qué muerte nos esperaba

qué vida.

Donde estáis ahora, pequeños animales de mirada perdida.

En qué basurero arde la crin de vuestros caballos.

Qué muerte que no fuera,

la del suicida.

 

Los chicos del vertedero descienden hacia las vías más alejadas de la estación. Caminan entre montones de escombros que se derraman sobre agua estancada, botes con restos de pintura, recortes de moqueta, periódicos y revistas porno.

Los chicos descubren pequeñas piezas de electrónica bajo kilómetros de papel continuo y otros desechos de oficina. Buscan el fantasma en la máquina, restos de vida inteligente creada para servir los sistemas de telefonía. Corazones quemados, presos de una maraña de hilo de cobre. El eco de los latidos de un electroimán que impulsaba el aliento de las palabras a través del metal de los cables y el plomo de las tormentas.

Después de la lluvia, a través del aire tranquilo de la tarde, los  chicos del vertedero fuman escondidos bajo los trenes de mercancías que gotean esperando destino en la vía muerta. Mientras la ciudad alborota su tráfico y sus luces, ellos observan el horizonte desecho en relámpagos e imaginan paisajes de otros mundos. Hablan poco, porque  suelen ver las mismas figuras bailando en el oráculo del humo de los cigarros. Permanecen quietos como gorriones en los cables de la luz, esperando oír el paso de las nubes por encima de sus cabezas.

Mientras la ciudad limpia sus cristales, reciben SMS´s a través de la noche, desde la luz lejana de las estrellas; saben, por los videojuegos, cómo es la vida en otros planetas y dibujan en el papel pautado de sus cuadernos escolares, los planos de máquinas desconocidas para viajar por el tiempo.

Mientras la ciudad barre sus calles, sentados bajo el tren, los chicos navegan haciendo equilibrios en la cuerda floja del ciberespacio.

De vuelta en casa, por encima del ruido de la TV, los chicos del vertedero le hablan a sus padres sobre el futuro en un idioma extraño, incapaz de competir con las noticias del presente en alta definición:

–Hemos podido ver lo que vendrá, porque siempre miramos hacia otra parte cuando hablan los viejos. Hace tiempo que lo sabemos y lo tenemos grabado en el cerebro, como la luna en la mente del perro, pero nos aterra el momento en que dejaremos de ver el mundo tal como es.

 

 

Por el suelo, rosas de papel con restos de café, mantequilla y carmín, adornando jardines de madera sintética. En el aire, conversaciones de mano y equipajes con prisa.

La vida en silla de ruedas buscando con la mirada la ansiedad de lo que no hay a la vuelta de la esquina,
surcando mares confortables a bordo de cruceros de vacaciones con vistas al patio de la clínica de Alzheimer.
La vida alimentada por el buffet libre de los hoteles de la costa.

La vida que hoy asciende a los cielos en el humo de los crematorios, celebró cada domingo por todo lo alto con medio pollo asado y extra de patatas fritas.

La vida sobre sandalias, hamacas y toallas con dibujos de caballos y palmeras,
cubierta de lycra, goma y crema solar,
construyendo castillos de arena extraordinariamente complejos,
tumbada en playas urbanas, compitiendo por un lugar bajo el sol junto a los desagües,
comiendo con restos de pescado entre los pies descalzos y un horizonte de pizza cuatro estaciones al caer la tarde.

La vida en el vértigo de los aviones, sujeta a la silla eléctrica por cinturones de seguridad,
arrastrando equipajes entre la megafonía y los fantasmas de cristal a lo largo de corredores y reflejos de duty-free,
elevada a un cielo de ascensores, escaleras mecánicas y pasillos deslizantes,
disecada en salas de espera flotando en el vacío,
mirando al cielo de las mascarillas de oxígeno.
La vida compactada en la duración de un vuelo low-cost
con destino al cielo.