“El triunfo auténtico del maestro, pocas veces reconocido, es ser refutado, superado por el descubrimiento del discípulo” (…) “No hay oficio más privilegiado. Despertar en otros seres humanos poderes, sueños que están más allá de los nuestros; inducir en otros el amor por lo que nosotros amamos; hacer de nuestro presente interior el futuro de ellos” (Steiner, 2004 :156, 173).
¿Cómo pasar de la instrucción/educación de niños y adolescentes a la formación de jóvenes y adultos? ¿Cómo integrar la autorrealización de la persona en la autoformación por y para el mundo y la vida? En fin, ¿cómo saltar de la desigualdad inherente del acto instructor/educador a la igualdad necesaria —entre docente y discente, entre ambos y la materia misma de la docencia/investigación— del proceso formador y formativo?
Pues —a pesar de todas las grandes ilusiones y las mejores intenciones— el nuevo orden mundial del capitalismo líquido pretende hacer de la universidad sólo un nuevo escalón (o tropezón) en esa empinada cuesta que comienza en el jardín de infancia y culmina en la cadena de montaje.
¿Cómo conciliar entonces la misión espiritual y material de la universidad —“la creación y la transmisión del conocimiento”— con el totalitario mercantilismo que entiende la formación universitaria como “una instrucción/educación especializada y aplicada”?
¿Demasiadas preguntas? Quizás. Pero al menos tienen la virtud de dejar claro que todo lo que sigue —reabriendo la reflexión apresuradamente cerrada en la anterior entrada— plantea más dudas que certezas, más aporías que axiomas.
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En un extraño texto —extraño por la sinceridad moral con la que se enfrenta al resbaladizo terreno en el que se mueve— George Steiner (2004) analiza las complejas relaciones de poder, confianza y pasión que se dan entre maestro y discípulo, a lo largo de la historia de Occidente y a partir de tres grandes escenarios no excluyentes: la vulnerabilidad y destrucción del discípulo; la traición y destrucción del maestro; el recíproco intercambio amoroso que se da, puede darse, entre ambos.
Para Steiner, el circuito de la enseñanza-aprendizaje —tal como ha sido elaborado en la tradición occidental— no es ni puede ser neutro, objetivo o imparcial, pues se funda sobre una desigualdad instituyente:
“El pulso de la enseñanza es la persuasión. El profesor solicita atención, acuerdo y, óptimamente, disconformidad colaboradora… Un maestro carismático, un profe inspirado toma en sus manos, en una aprehensión psicosomática, radicalmente totalitaria, el espíritu vivo de sus alumnos o discípulos. Los peligros y los privilegios no conocen límites” (Steiner, 2004 :33).
Debajo de la argumentación, la persuasión. Detrás del conocimiento sobre la verdad y el ser, la creencia en el acto mismo de la transmisión. La enseñanza-aprendizaje es así un perverso combate —solo salvado por la bondad presupuesta a los actores— en el que lidian el poder y la impotencia, la confianza y el descrédito, la pasión y el olvido…
Esta es la historia íntima, secreta, de la enseñanza-aprendizaje en Occidente: un juego cuyos peligros y privilegios no tienen límites. Pero las Ciencias de la Educación cubren esta historia con sus buenos principios y sus aún mejores objetivos: la transmisión de los conocimientos, las habilidades, las actitudes… que el alumno y la alumna deben lograr. Y he aquí el problema: que a pesar de toda renovación posible de las teorías pedagógicas y las prácticas didácticas —ahora bajo el paradigma del constructivismo—, al final siempre se trata de una transmisión: de quien puede (enseñar) a quien debe (aprender).
Por eso —en algún momento de esa silenciada cultura del conocimiento que debe latir tras la publicitada sociedad de la información de los nuevos medios— el “enseñar al que no sabe” —por parte de un profesor que sabe no solo que su alumno no sabe sino que ni siquiera sabe lo que ignora y al que por ello “se impone una disciplina” (Savater, 1991)— debe transformarse en un «aprender de lo que se ignora»: del alumno respecto a sí mismo, que sabe que no sabe y sabe lo que ignora y sabe que otros pueden indicarle (no llevarle por) el trayecto hacia ese saber que ansía.
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¿Cómo romper entonces esa desigualdad instituyente de la enseñanza-aprendizaje? ¿Cómo hacer de la pedagogía —tal como sugeríamos a partir de Theodor W. Adorno y Winfried Böhm— una práctica/praxis del aprendizaje… en contradicción y resistencia con la teoría y técnica de la enseñanza?
Jacques Rancière —en un breve texto aún más extraño que el de Steiner— plantea una posible pero aparentemente improbable solución. Para ello, nos relata la historia del ingeniero Joseph Jacotot (1770-1840) que, en 1818, desconociendo el holandés, se ve obligado a enseñar francés a un grupo de estudiantes de Lovaina a través de la única y exclusiva imposición de la reiterada lectura de una edición bilingüe de las Aventuras de Telémaco, novela de François Fénelon en 1699: “Inconsolable estaba Calipso desde que la dejó Ulises: tal era su desconsuelo, que se tenía por desgraciada en ser inmortal…”.
Con un estilo meloso e intrincado, Rancière va desgranando los principios teóricos y los trayectos históricos de la Enseñanza Universal durante su corta e intensa existencia, en la primera mitad del siglo XIX. Para Jacotot, la enseñanza y el aprendizaje se reducían al encuentro de “dos iguales en inteligencia”: el maestro ignorante y el alumno sabio. Sólo en esa igualdad podía superarse el atontamiento de la transmisión y la explicación (de los que saben hacia los que ignoran) y lograr la emancipación del alumno:
“La experiencia le pareció [a Jacotot] suficiente para entenderlo: se puede enseñar lo que se ignora si se emancipa al alumno, es decir, si se le obliga a usar su propia inteligencia. Maestro es el que encierra una inteligencia [la de alumno] en el círculo arbitrario de dónde sólo saldrá cuando se haga necesario para ella misma” (Rancière, 1987: 25)
Así, a partir de la inversión del principio cartesiano —no “pienso, luego existo” sino “soy hombre, luego pienso” (:51)— Jacotot cifra toda su filosofía en lo que llamara la Panecástica: “la tarea que busca el todo de la inteligencia humana en cada manifestación intelectual [de todo hombre]” (:55).
Sólo después de varias relecturas, uno consigue despejar la impresión de haber asistido a un fabuloso ensayo de ficción histórica. ¿Cómo puede ser que el maestro ignorante enseñe al alumno sabio? ¿Cómo puede ser que el padre analfabeto sea capaz de enseñar a leer y escribir a su hijo, que su hijo sea capaz de aprender, bajo la atenta mirada de la madre iletrada, las artes y las ciencias más complejas?
Al final, sin embargo, uno comprende donde reside el busilis de la “enseñanza universal”. Pues no se trata de lo que el maestro ignorante sabe o puede o debe hacer, sino de lo que el alumno sabio hace. Basta releer la cita anotada más arriba para comprenderlo: la “emancipación” del alumno o la alumna solo se logra a través de un doble movimiento en el que coinciden la asunción de la inteligencia propia —igual en todos— y la cesión a la voluntad ajena.
“Existe atontamiento allí donde una inteligencia está subordinada a otra inteligencia. El hombre —y el niño en particular— puede necesitar un maestro cuando su voluntad no es lo bastante fuerte para ponerlo y mantenerlo en su trayecto. Pero esta sujeción es puramente de voluntad a voluntad. Y se vuelve atontadora cuando vincula una inteligencia con otra inteligencia. En el acto de enseñar y aprender hay dos voluntades y dos inteligencias. Se llamará atontamiento a su coincidencia… Se llamará emancipación a la diferencia conocida y mantenida de las dos relaciones, el acto de una inteligencia que sólo obedece a sí misma, aunque la voluntad obedezca a otra voluntad” (:23).
No es necesario explicar lo radical y embarazoso de estos planteamientos; más aún, las dificultades de aplicarlos en una sociedad donde el individualismo se entiende como libre ejercicio en todo momento de la santa voluntad. Y, sin embargo, algo late en los textos de Steiner o Rancière que nos insinúa que la persona sólo se construye como tal —“como tarea u obra de hacer constante”— si cede su voluntad, en tanto individuo natural y rol social, para que emerja su inteligencia: en el espacio/tiempo del aula, en el ser del mundo y la vida.
algunas buenas obras más acá y más allá de la pedagogía
Adorno, Theodor W. (1969). Educación para la emancipación (1959-1969). Madrid, Morata, 1998. (raíces de la memoria).
Barberà, Elena (2008). el Constructivismo en la Práctica. 155 pág. Barcelona, Laboratorio educativo, 2007.
Böhm, Winfried (1995). Teoría y Práctica: el problema básico de la pedagogía. 155 pág. Madrid, Dykinson, 1995.
Carlino, Paula (2005). Escribir, Leer y Aprender en la Universidad: una introducción a la alfabetización académica. 200 pág. Madrid, FCE, 2005. (educación y pedagogía).
Coll, Isabel et Alii (1993). el Constructivismo en el Aula. 183 pág. Barcelona, Graó, 1997. (pedagógicas, 111).
Fernández, Jaime (1999). Latín y Mentiras: selección de pensamientos sobre el arte de educar. 236 pag. Madrid, Valdemar, 1999.
Rancière, Jacques (2001). el Maestro Ignorante. 222 pág. Barcelona, Laertes, 2003.
Savater, Fernando (1991). el Valor de Educar. 222 pág. Barcelona, Ariel, 1997. (Ariel, 168).
Steiner, George (2003). Lecciones de los Maestros. 187 pág. Madrid, Siruela, 2004. (biblioteca de ensayo, 36).



