11 de enero de 2016. Archivado en Mr. Robot. Comentarios: Sin Comentarios

Apuntes rápidos para entender el éxito de ‘Mr. Robot’

-No soy muy de premios. No es que los desprecie con la altivez del comecaviar, qué va; simplemente: son un generador de conversación y polémica en el que, básicamente, no me da tiempo a entrar. Son un escaparate donde la ecuación maneja la calidad artística, sí, pero sobre todo la efectividad e insistencia del márketing de las productoras. La aclamadísima The Wire, por ejemplo, jamás ganó un premio de lentejuelas.  Sí reconozco que me gusta solazarme con las patadas en la espinilla de Gervais o sketches formidable como este de Andy Samberg en los pasados Emmy.

-Ya saben que veo más series de las que puedo comentar aquí. Así que aprovecho este ratico para escribir unas notas apresuradas sobre una de las sorpresas del 2015, la serie que ha ganado el Globo de Oro a mejor serie dramática: Mr. Robot.

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-Lo primero es el contexto: es una serie de USA Network, una cadena de cable básico muy solvente, responsable de productos muy correctos, como Monk, In Plain Sight, Suits o Burn Notice. Procedimentales de calidad, con un toque cómico y personajes (y actores) bien cuajaditos. Un canal, a priori, sin la ambición de competir en las grandes ligas, pero capaz de proponer relatos enganchones y muy, muy aseados.

Mr. Robot es una anomalía en la estrategia de la cadena. ¿Por qué? En primer lugar, por su apuesta implacable por una poderosa trama de fondo. Hay unidad episódica (por ejemplo, el viaje experimental del 1.4.), pero predomina el juego en largo: la “novela”, para que nos entendamos, de diez capítulos. No es una serie en la que uno pueda entrar y salir con facilidad, como (siempre con matices) podía ocurrir en otros productos de USA Network.

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-Pero quizá más arriesgado es el desafío formal de Mr. Robot. Es una serie en la que bullen referentes: desde la alienada y solitaria voz en off a lo Taxi Driver, pasando por alucinaciones a lo Aronofsky o esa enérgica incomodidad en el encuadre que emparenta con Fincher. Esta serie está mil veces más cerca del magnetismo enfermizo de Hannibal que de la limpieza artesanal de Suits.

-Por eso es una serie que te atrapa, que te convierte en cómplice de su desorientación, que te hace sentir vulnerable solo con mirar el móvil. No solo por esa ansiedad paranoica tan del thriller de los setenta, sino por cómo trabaja el asunto de los hackers con este Robin Hood del wifi. La estética opresiva de Mr. Robot, la duda parlante, la desconfianza del propio yo, la trama donde no hay agujeros para esconderse logra transmitirte la angustia tecnológica, el pavor viral, hasta el punto de romperte la cuarta pared. Además, todo está aderezado con esa retórica ciber-anarquista donde el Mal siempre viaja en business. El 1% frente al 99%, la democracia ha sido hackeada y demás blablas anónimous. Tópico ideológicamente, pero dramáticamente muy fructífero.

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-Ahí es donde la serie se hace más engolada y pastosa. A ratos cuesta seguir la trama, con secundarios (la pandilla de geeks) que no terminan de tener mucha entidad dramática. Yo no sería capaz de enumerar a los cerebros troyanos que se reúnen en la sala de arcade. Slater tiene más enjundia (aunque no tanta, supongo, como para ganar un Globo de Oro), destaca el siempre pérfido Michael Christopher (el inquietante magnate Philip Price en la serie)  y, cómo no, también se salvan de la quema el viscoso y ambicioso matrimonio eslavo: los Wellick.

-(Ojo, espoilers en este párrafo) Antes citábamos a Fincher. Parte de la confusión argumental -tan bien traducida a imágenes- tiene que ver con que el propio protagonista parece tener hackeado su propio cerebro. “I’m Mr. Robot“; ¡vaya escenón! En un movimiento similar a The Fight Club, Mr. Robot pega una voltereta que obliga a rebobinar la serie. Quizá en un segundo visionado todo resulte más claro… o quizá se le salten las costuras y la alarma del reloj de Whiterose acabe por convertirse en cacatúa, junto a los tiburones blancos de la coda. A mí el giro  abracadabra me resultó forzado y, sobre todo, convierte su segunda temporada en un artefacto inflamable, puesto que carecerá del efecto misterio-sorpresa que tanto empaque ha dado este año. Ojalá no sea así.

-Porque la serie ha demostrado fuerza dramática sin necesidad de acudir al puzzle. Lo de Rami Malek es, sencillamente, impresionante. Su mirada extraviada, su voz de colocón marihuanero, su porte Asperger, sus ojos resplandecientes cuando abre un boquete en cualquier firewall… Pocas series dependen tanto de la eficacia de un actor como Mr. Robot. Inmenso, portentoso Malek. Tras este Elliot y aquel Snaffu, cuesta reconocerle tan articulado y chispeante.

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-No estaba todo inventado en la forma de titular los episodios. Touché.

-¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? Quizá:

“¿Hay algo que sea real? O sea, mira esto. ¡Míralo! ¡Es un mundo construido sobre la fantasía! Emociones sintéticas en forma de pastillas, guerra psicológica en forma de publicidad, químicos que alteran la mente en forma de comida, seminarios que lavan el cerebro en forma de la prensa, burbujas aisladas controladas en forma de redes sociales. ¿Real? ¿Quieres hablar de realidad? No hemos vivido nada remotamente parecido desde el principio de siglo. La apagamos, le sacamos las pilas, comimos una bolsa de organismos modificados genéticamente y tiramos los restos en el basurero creciente de la condición humana. Vivimos en casas con marca de corporaciones, construidas con números bipolares, que suben y bajan en pantallas digitales y nos hipnotizan en el más profundo sueño conocido por el hombre. Hay que buscar mucho, muchacho, para encontrar cualquier cosa que sea real. Vivimos en el reino de la mentira, un reino en el que has vivido demasiado tiempo. No me digas que no soy real. No soy menos real que el maldito pedazo de carne en tu hamburguesa” (“eps1.9_zer0-day.avi”, 1.10.)

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