16 de diciembre de 2015. Archivado en Fargo. Comentarios: 12 Comentarios

‘Fargo’ y la tarea del héroe

Lou: Hemos perdido el equilibrio.

Betsy: ¿Tú y yo?

Lou: El mundo entero. Antes se sabía dónde estaban el Bien y el Mal. Había un centro moral. Ahora… (“Fear and Trembling”, 2.4.)

¿Ahora? Ahora es la guerra:

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Hay que tener los huevos de esparto para anticipar una matanza al son alucinado del Jabberwocky. Es lógico, Alicia: Fargo relata una partida de ajedrez donde las reglas van diseñadas por la locura de un sombrerero. Por eso se permite, por ejemplo,  perpetrar el deus ex machina más cachondo e inasumible de la televisión moderna. Tan segura de sí misma anda la serie… incluso en una segunda temporada que, como cualquier continuación, libra la batalla más difícil contra sí misma: la de su propio éxito (ejem, True Detective, ejem).

¡Vaya diez capítulos tan sensacionales!

En Fargo todo es un juego: de palabras (“dábale arroz a la zorra el Abad“), de expectativas (gracias a Dios, Betsy), de lealtades (marque aquí el nombre del villano que más le mole), de referencias intertextuales coenescas (desde el ovni de El hombre que nunca estuvo allí hasta el sueño-forward de Arizona Baby, pasando por el “friend-o” de No es país para viejos y su aliento moral). Y porque hay que poner un punto para que se hidrate el párrafo, pero, espere, que hay más pasatiempos: es una precuela que no cesa de lanzar anzuelos (más allá de la obviedad argumental de Sioux Falls y los Solverson) hacia su primera temporada, hasta en ese último carnet de Hanzee o esos dos zagalicos, uno de ellos sordomudo, que juegan al béisbol con llaves inglesas y números. Y la mayor broma, claro: “Esto es una historia real”. Una coña que se dilata hasta convertirla en un (falso) libro que recoge la historia del crimen en el Medio Oeste americano. ¡Y con la voz del difunto Lester Nygaard como narrador!

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Tamaña congestión semántica, en una trama ya de por sí cargadita, se anuda a una estética setentera, que juega con las pantallas partidas, unas veces de forma expresiva (la tensión en chez Blomquist mientras Hanzee embosca al sheriff Larsson) y otras de manera simbólica (las conversaciones totalmente independientes de Ed y Peggy en el coche de huida). Una estética que se quedaría coja sin el pelo afro, la espesura de las almas post-vietnam, los teléfonos de rueda y, cómo no, una banda sonora eléctrica (Jethro Tull), rabiosa (Black Sabbath), falsamente épica (“O Death“), mística (“Danny Boy“) o afligida (Dr. Hook), unas melodías capaces siempre de ensanchar el significado sin saturar, quizá solo en el lujo de ilustrar una infancia india con el “Amor brujo” de Manuel de Falla. Toma ya. ¡¡Denle al play, demonios!!

Así es el Fargo de Noah Hawley: un puchero abierto a un sinfín de ingredientes y cuyo aroma a fábula le permite una elasticidad narrativa y estética que convierte cada capítulo en un guiso de escenas molonas, quiebros mandibulares y diálogos marmolados. Mi aliño favorito de la temporada oscila entre la balsámica advertencia de Lou a los Blomquist (“Todavía pensáis que es martes. No tenéis ni idea de lo que se avecina”) y el tabasco autoirónico de Gilligan y los Kitchen Brothers, ¡una banda de rock progresivo!:

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La chistera de Hawley parece no agotarse. Piensen, sin ir más lejos, en la declaración de intenciones que abre la segunda temporada: ese falso rodaje de una película titulada Sioux Falls. O en el baile de narradores para el clímax y el epílogo. Vale todo. Y lo mejor es que el disfrute no reclama de un doctorado en literatura comparada, estudios culturales o filosofía política para pasárselo pipa. Si uno quiere ubicar a los hermanos Kitchen como unos trasuntos de Tweedledum y Tweedledee, puede cruzar ese espejo sin problema y ronronear junto a los acertijos y vaciles filosóficos de un Milligan. También habrá quien guste de desbrozar las “identity politics” que florecieron como setas tras el 68: que si la América corporativa barre la América tradicional de origen europeo, que si el patriarcado de los Gerhardt es derrotado por una visión del mundo que se acaba, que si la “actualización” de Peggy y su obsesión narcisista (“Ha muerto gente, Peggy“), que si la masculinidad (la paternidad) es una carga y un privilegio, que si la cuestión india y la lealtad al país que los mandó a morir como ratas, que si ese “negrata” que no parece capaz de resolver y acaba decretando lecciones de soberanía (“Un acto de crueldad, ¿recuerdas?”)… Si, por último, alguien prefiere sumergirse en cómo la serie exhibe el carpetazo ideológico de los setenta (que no fueron más que la resaca de los sesenta), no tiene más que soltar aire oponiendo el célebre “malaise speech” de Jimmy Carter al carisma ilusionante de Ronald Reagan; también obtendrá suculentos arponazos.

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Ya hemos escrito que todo el universo de Fargo se podría entender como una reivindicación del coraje y la sabiduría del americano medio, de su sentido de sociedad, familia y trascendencia. ¡Chúpate esa, Camus! Nada de Sísifos (2.3.) ni de existencialismos derrotistas cuando tienes una hija de seis años: “We’re put on this Earth to do a job. And each of us gets the time we get to do it. When this life is over and we stand in front of the Lord, you try telling him it was all some Frenchman’s joke”.

Betsy and Lou

Pero si uno opta por colgar las gafas de pasta se da cuenta de que no necesita descargar ningún manual de instrucciones para descodificar la serie y exprimirle el sentido. No es necesario. Funciona con eficacia en cada uno de sus niveles de lectura. Pueden borrar por completo los dos párrafos anteriores y el disfrute sería idéntico. Porque, sobre todo, Fargo es una serie salvajemente entretenida, donde cada capítulo recorre una peripecia argumental ocupadísima en la que se se van enhebrando emboscadas, venganzas, fuegos cruzados y duelos western…

(*) Un género del que, por cierto, la serie bebe mucho más de lo que parece. Homenajes a Río Bravo aparte (2.6.), toda la trama queda atravesada por el motor mítico y heroico del western clásico: sustituir la ley del más fuerte por la ley, a secas, conservando así la noción de comunidad.

Fargo alcanza así ese equilibrio mágico entre calidad y arte, entre emoción y acción. Es, básicamente, una historia muy bien contada. Redonda. Adictiva. Hawley sabe dosificar la información para crear intriga, imprime cambios de ritmo para agarrar al espectador por las solapas y hasta se adorna con unas cuantas rabonas. La carcajada se corta con un tiro en la cabeza, una paliza acaba con un “chocolate glaaaaaze” y la insana tensión de un corte de pelo se relaja -mientras sigue martilleando la batucada– con unas patéticas manos en alto. Desde Justified no había parejas de baile tan rocosamente divertidas como las formadas por Lou Solverson y Dodd Gerhardt, o por Mike Milligan y Hank Larssen.

FARGO -- ÒThe Myth of SisyphusÓ -- Episode 203 (Airs October 26, 10:00 pm e/p) Pictured: (l-r, front-row) Patrick Wilson as Lou Solverson, Jeffrey Donovan as Dodd Gerhardt, Keir O'Donnell as Ben Schmidt. CR: Chris Large/FX

Sobre el ring bailan un puñado de personajes inolvidables, siempre a caballo Coen entre la excentricidad, la ingenuidad y la villanía. Pero todos de carne y hueso. Tridimensionales. Con sus sueños y sus miserias, sus amores y odios, sus dolores callados y sus contradicciones irresolubles. Desde el gángster rapsoda que gasta 40 palabras donde bastarían 4 (un excepcional Bokeem Woodbine) (**) hasta el leguleyo borrachín y conspiranoico que logra convencer a una horda hambrienta de los inconvenientes del linchamiento (el mejor Nick Offerman siempre es el histrión contenido).

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(**) Quien no quiera espoilers, que no pinche el enlace. Pero el sorprendente destino de Mike Milligan -dedicado a la contabilidad, el golf y el cubículo- recuerda mucho al de uno de los personajes más emblemáticos de las dos últimas décadas. Qué desperdicio. Con la mitad del carisma de Milligan, la mitad de la valentía de Lou y la mitad de la eficacia de Hanzee se podría conquistar algún pequeño país meridional. Como mínimo. Ah, y córtate ese pelo, que los setenta ya se han terminado, por Dios. 

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Pero es que todos los personajes -y todo el cásting- brillan muy por encima de la media. Ningún intérprete chirría y ningún personaje parece a medio cocer. Todo en su punto. Me faltaría reseña para destacar escenas y detalles: el arrebato Mamá-coraje-defiende-a-su-camada de Jean Smart en la comisaría… y su sonrisa al final del capítulo tras ganarse a la poli para su causa (2.7.); los buenos modales del duro Lou Solverson hasta para amenazarte con un arma y el momentazo (remedo de este otro de la peli, incluso con la melodía de Burwell) en el que recuerda Vietnam y cómo un padre hace todo -¡todo!- por su familia; la vis cómica en la cabaña (2.8.) y las “es” arrastradas de Jeffrey Donovan; el inesperado crecimiento dramático de personajes como Bear o Simone, conjugado en un bosque (¡vaya escenón!) donde la familia se desintegra (2.7.); los destellos de inteligencia sabuesa de Betsy y la limpieza de su mirada en la clausura; el desequilibrio paralizante primero y la excitación aventurera después del sabroso rol encarnado por Kirsten Dunst; la magra silueta de Jesse Plemons con su adorable y patoso y valiente y apaleado Ed Blomquist, demasiado enamorado para darse cuenta de que Peggy y él son demasiado diferentes, porque a veces “las cosas están bien como están y no hay nada roto”… Diantres, andan tan finamente delineados todos los personajes recurrentes que hasta las lecturas afrancesadas de Noreen recogen sus frutos en la season finale, el mecánico Sony Greer es tan tontaína que se bebe unas birras mientras contempla el asalto a la comisaría (2.6.) y el lameculos de Ben Schmidt es capaz, al menos, de mantener cierta compostura policial en la última misión. Matices ante todo.

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Diversión a raudales para un reparto engrasado con precisión suiza, decíamos. En ese goce constante tiene mucho de culpa la audacia narrativa de Hawley. Que levante la mano quien no ha exclamado alguna vez un “jo-der” tras uno de los muchos regates de la trama. Una juez con agallas de acero que se pone a recitar el libro de Job cuando está siendo amenazada (2.1.), una Gerhardt encamada con el enemigo, una gigantesca matanza que abre un episodio en lugar de cerrarlo (2.5.), Bear pasando olímpicamente de la llamada de Ed o toda esa fanfarria épica para introducir un personaje… al que te quitas de en medio con un manotazo:

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Okay, seamos ecuánimes: semejante osadía narrativa choca con tres escollos evidentes que no podemos, simplemente, rodear. Así que encarémoslos. El primero: un dóberman leal que ejecuta a su amo. En el excelente “Loplop” (2.8.), (***) Hanzee se tira todo el capítulo exhibiendo por enésima vez la eficacia letal de su lealtad canina hacia Dodd para, una vez alcanzada la presa, sufrir una catarsis y pedir un corte Sansón. Puede estar forzado, pero no hay duda de que los acontecimientos de ese capítulo resultan lo suficientemente graves y sangrientos como para repensar si tu fidelidad a una familia (o a una nación) merecen semejantes escupitajos de gratitud. No olvidemos que Hanzee se cepilla a Dodd cuando le llama “mestizo” (****). En todo caso, lo más interesante de este asunto es que el propio relato se hace cargo de la ambigüedad en el capítulo siguiente, cuando se pregunta, en tono verité, en qué momento Ohanzee Dent decidió emanciparse y desatar el apocalipsis. El alma del hombre anda lejos de estar dibujada con escuadra y cartabón y los creadores así lo asumen, poniendo las cartas sobre la mesa.

(***) El inicio de este capítulo también cementa lo que parecía un desliz de guión: el porqué un poli tan experimentado como Hank no revisó el sótano de los Blomquist. Simplemente, el culatazo cherokee le deja tan sonado que hasta tienen que ingresarle; parece razonable que anduviera aturdido nada más despertarse. 

(****) “¿Mestizo” (en inglés “half-breed“)? ¿Por qué no simplemente “indio”? Hay una señora mayor, piel roja, que parece haber cocinado toda la vida para los Gerhardt. Y, bueno, nadie sabe de dónde emerge Hanzee ni cómo es tan cercano a Otto y cía. Do the math, que dicen los yanquis. ¿No será Hanzee el Jon Nieve de Fargo?

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Mucho más complicado se antoja el único vaho que podría empañar esta sensacional, inolvidable temporada. “Es solo un platillo volante, cariño. Tenemos que irnos”. La frase de Peggy es genial, of course, pero hay que templarla. Resulta indudable que la subtrama del ovni estaba sembrada desde el inicio; no solo porque en los setenta los encuentros en la tercera fase fueran como el Club Bilderberg ahora, sino, sobre todo, porque la visión de Rye es lo que realmente desencadena todo el equívoco. Del parabrisas de Peggy brincamos al carnicero de Luverne, una cosa lleva a la otra… hasta convertirse en una gigantesca bola de nieve que arrasa allá donde pisa. ¡Todo por unas puñeteras lucecitas del cielo! Sin embargo, aquella visión de Rye, tan breve e íntima, siempre podría encontrar algún tipo de explicación natural. Había más semillas esparcidas por la trama. Una de ellas germina de manera elegante: los signos del despacho familiar de Hank y su desesperado esperanto.

Sin embargo, en Sioux Falls es donde el truco se pasa de frenada. Ya lo advertía el propio Solverson en conversación con Lorne Malvo hace un año: “Had a case once, back in ’79. I’d tell you the details, but it’d sound like I made ‘em up. Madness, really. Probably, if you stacked ‘em high, could’ve climbed to the second floor. Now, I saw something that year I ain’t ever seen, before or since. I’d call it animal. Except animals only kill for food. This was– Sioux Falls. Ever been?”.

“Te daría los detalles, pero sonaría como si me los estuviera inventando. Una locura”. Es indudable que un relato tan seguro de sí mismo era consciente de estar empujando los límites, que unos guionistas tan atentos a cualquier grieta en la arquitectura narrativa no iban a abrir un boquete así como así en su edificio cuidadosamente levantado. Y puedo llegar a entender su explicación para que el mismo ovni que puso en marcha la acción sea el encargado de clausurarla. Todo Fargo está construido, de forma machacona, sobre un pacto de lectura falseado, irónico: el del “basado en hechos reales”. Sin denostar su sentido lúdico (una especie de “Ey, mirad lo que somos capaces de hacer ahora que os tenemos a todos en el bolsillo con una historia soberbiamente contada”), la aparición del ovni es un torpedo a la línea de flotación de cualquier narración factual. Lo podemos decir de otra manera: es una reflexión sobre el propio arte de contar historias y un intento, en palabras de Scott Meslow, por exhibir las limitaciones de cualquier recuento histórico.  Por eso no es casualidad, muy al contrario, que todo esto suceda en el clímax de la serie y en un capítulo que, rompiendo el molde, opta por un estilo abiertamente documental y un narrador omnisciente capaz de detener la acción para aportar contexto e información extra hasta de lo más nimio. Y, sin embargo, ahí calla como una puta.

De acuerdo, lo compro. Me parece una explicación razonable esa de hacer evidente que todo es una ficción. Pero, ¿por qué? ¿Era necesaria? ¿Es tan valioso lo que aporta? ¿No había más riesgo en dopar así tu clímax que en dejar que el inmenso poderío de tu relato siguiera, resplandeciente, su ascenso triunfal hasta la cima? Aquí es donde todo lo que decíamos antes de los niveles de lectura salta por los aires. Por enroscarme yo también con las palabras: es una jugada que alienará a más espectadores de los que alentará. Es más habitual escuchar un “se les ha ido la pinza” antes que un “estos tíos son unos genios por tener los cojones de meter aquí un ovni”.

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La última sorpresa/escollo que hay que torear: el final feliz del clan Solverson. Durante los diez capítulos, uno de los extras dramáticos que humedecían la trama con una difusa melancolía anticipada era el cáncer de Betsy. ¡La puñetera cofradía del cangrejo y esa guerra contra el propio cuerpo! Todos dábamos por hecho que la dulce Cristin Milioti iba a fallecer (otra vez) para dejar huérfana a la Molly que conocemos décadas después. El estoicismo de Lou, incluso su ausencia forzada y su imposibilidad para contactar con ella por última vez, contrastaba con una tragedia que suponíamos insalvable. El destino es como echar limón a una herida. Un tipo tan profesional e íntegro que se jugaba la vida por los Blomquist mientras se le escamoteaba la posibilidad, como se canta en Sylvia’s Mother, de “decirle adiós” a su amada.

Pero no, el espíritu de Fargo transita praderas más verdes. Supongo que el final feliz escamará a los muy cafeteros, aquellos que confunden realismo con tragedia, incapaces de encontrar hondura en la victoria y complejidad en el héroe. A mí, sin embargo, además de ser el último WTF de la serie, me parece coherente con la postura moral de la película de los Coen, de la primera temporada y de los personajes principales de esta epopeya nevada.

Go.-I-can-make-it.

Antes de darse por vencido y volarse la tapa de los sesos, Hemingway escribió que “el mundo es un buen lugar por el que merece la pena luchar”. Los Solverson jamás bajan, ni bajarán los brazos. Los Solverson luchan. Pelean para restablecer el equilibrio. Para que el Bien prevalezca. Porque merece la pena y, además, siempre ha sido esa la tarea del héroe.

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12 Comentarios

  1. Amén, Alberto, siempre un placer leerte. Respecto a la cuestión ufológica, pues yo soy más de los que piensan que Hawley los tiene muy bien puestos por haberlos puesto ahí, son como el epítome de una mitología setentera que está condensada de manera magistral en estos diez maravillosos capítulos. De hecho no puedo dejar de pensar que Milligan viene en un platillo, es un infiltrado igual que los hermanos gemelos. De ahí que le cambien de misión con tanta facilidad, je, je. Anyway, en el capítulo final la cuestión de la idea de “cambio” es esencial: todo cambia, es un ritual de paso. ¿Hacia dónde? Veremos.

    #16 de diciembre de 2015 a las 12:04

  2. Genial reseña Alberto, como siempre. En cuanto al ovni yo también me apunto al “estos tíos son unos genios por tener los cojones de meter aquí un ovni” y la carcajada que solté con la frase de Peggy (“Es solo un platillo volante, cariño. Tenemos que irnos”) no tiene precio.

    También me gustó el final feliz. Llegados a ese punto no vi necesario mostrar la muerte de Betsy, algo que ya sabemos que va a ocurrir pero que tampoco aportaría demasiado.

    En definitiva una temporada casi perfecta. Junto con la de The Leftovers han sido las dos temporadas de serie que más he disfrutado este año. Tal vez esta un poco por encima dado mi amor por los Coen y lo que ello conlleva jeje.

    Un saludo.

    #16 de diciembre de 2015 a las 15:02

  3. Estupendo artículo Alberto, mi enhorabuena.
    Ya quisiera yo tener tu capacidad discursiva y de análisis para presentar una valoración tan compacta, compleja y entretenida de una serie tan compacta, compleja y entretenida.
    Mis felicitaciones por tu trabajo, para algunos es una referencia.

    #16 de diciembre de 2015 a las 17:58

  4. Genial leerte de nuevo, Alberto. Para mi esta segunda temporada ha sido espectacular, tanto como la primera. Pero debo de ser de los “cafeteros”, porque en este baño de sangre, que se ha cobrado demasiadas vidas, más de las necesarias, creo que no estaba de más que se quedara en el camino uno de los Solverson…

    ¿Que tal que Lou, se estuviera metiendo demasiado en asuntos que no debiera, y algún mandado de los Gerhardt, fuera a su casa a hacer una visita a su mujer? ¿Que tal si simplemente el viejo Solverson, no fuera el único al que le pegan un tiro y sobrevive en la matanza?

    Tampoco entiendo por qué el indio desiste, en su intención de acabar su trabajo, de matar a Ed y su mujer.

    Y por último, SÍ. No entiendo que carajo pinta un plantillo volante, en la matanza de “sioux falls”, aunque también me reí con el comentario de la loca de peggy “es solo un platillo volante ” Por cierto, me encanta el capitulo en el que el temible Dodd, está acojonado con la tipa.

    Al margén de estas pequeñas cosas, que a mi gusto podrían haber sido un poco diferentes, un diez a la trama y a esta miniserie.

    P.d: me quedo con la primera.

    #16 de diciembre de 2015 a las 20:55

  5. Pues tengo que ser el unico a lo que lo del platillo volante no le llamo especialmente la atencion: lo habian sembrado tan desde el principio, y los elementos discordantes que dan un punto de estrañeza son tan de los Cohen, que lo asumi como algo de lo mas natural cuando aparecio por ahi… y tampoco creo que sea un elemento que marque tanto lo que pasa en el climax, lo veo mas como un juego, la escena podria haberse llevado a la misma resolucion de muchas formas sin falta de meter algo que se saliera tanto de lo habitual para lo que estaban contando.

    #17 de diciembre de 2015 a las 1:34

  6. excelente reseña, lo que me molesta del ovni, es q al igual que Pink Floyd es recordada en el mainstream por “another brick”, sea la 2da de Fargo recordada por el elemento fantástico del ovni…. por lo demás, es de calle la mejor serie emitida en el 2015, mejor que la primera? no, peor, tampoco…. Fargo supo hacer maravillosamente bien lo q su competencia, True Detective (solo por haber estado emitiéndose al mismo tiempo, por más nada) no pudo hacer, mantener la identidad, con nuevos personajes…

    no dejo de pensar que nuevo episodio del crimen en el Midwest nos traerá la tercera temporada…. por ahora me parece más atractiva que cualquiera de la Cosa Nostra (con el permiso de los Sopranos)

    #17 de diciembre de 2015 a las 16:54

  7. Okey then.

    Tremenda temporada, bastante más redonda que la primera a la que, para mi gusto, le costó arrancar un poco (de hecho vi el piloto y tarde meses en terminarla, a esta la vi en una semana).

    El momento de la temporada, para mí, es cuando Mike llega -tarde- a la batalla del hotel y pega la vuelta, es como si hubieran estado 8 horas preparando un chiste para soltarlo en el momento perfecto.

    Homeland, The Leftovers, Mr Robot, Fargo, Master of none. ¿Qué me estoy perdiendo de lo mejor del año? ando huerfano de series, si alguien quiere recomendar se lo agradezco.

    Saludos.

    #18 de diciembre de 2015 a las 2:24

  8. Como siempre no puedo mas que estar de acuerdo contigo Alberto, estupendo análisis de la que seguramente vaya a ser la serie de esta temporada televisiva.
    Una duda que me queda es la siguiente, en algún momento explican la cojera de Lou?.
    Muchas gracias por deleitarnos con tu prosa, saludos.

    #20 de diciembre de 2015 a las 10:48

  9. ANTONIO: jaja, lo del ovni y Milligan ya sería demasiado. Entonces no acabaría en el cubículo.

    IVAN: Es que casi hay que tener más bemoles para proponer un final feliz (sabiendo, en efecto, que morirá más adelante) que para mantener la agonía de Betsy. A mí eso, aunque tenga menos punch en el momento, me parece mucho más satisfactorio.

    RAÚL: Gracias.

    JORGE: Lo del indio el propio relato lo enfrenta: sus motivaciones para traicionar a los Gerhardt podrían ser múltiples. Yo no sé si me quedaría con la primera o la segunda, la verdad. me parecen las dos sublimes.

    HERB: No, al contrario, jeje, aquí parece que a casi todos les parece una buena opción. A mí, con el tiempo, se me quedará en algo secundario, puesto que tiene tanta fuerza todo que se integra bien, aunque sea innecesario. Es una temporada soberbia se mire por donde se mire.

    LUISHINE: A mí me da miedo el efecto “Jordan”, eso de saber retirarse en lo más alto. Aunque, claro, después de haber demostrado en dos ocasiones que se puede ser brillante, tienen todo el beneficio de la duda para una tercera.

    MAXI: Por cierto, el “Okay then” no es exclusivo de Milligan, eh. Venía de antes: https://www.youtube.com/watch?v=_EX9UQ0SJG8
    De lo mejor del año te faltan The Americans, Hannibal o Rectify, por ejemplo.

    FRANCISCO: Yo pensaba que para el último episodio Lou se volvería a enfrentar a los villanos y de ahí le quedaría la cojera. Sin embargo, en Sepinwall leí que lo de la cojera lo explicaban en la 1ª: un control de tráfico. Y, al parecer, era cierto. Menos dramatismo, pues.

    #20 de diciembre de 2015 a las 13:51

  10. Veo lo del ovni algo así como la lluvia de ranas de “Magnolia”: el acontecimiento inesperado, la sorpresa, el milagro. Estamos sumidos en nuestras miserias, nuestra amargura, nuestras preocupaciones, pero ahí afuera hay todo un universo de maravillas en las que no nos paramos a pensar. Nuestros afanes, al mundo maravilloso, sorprendente y fantástico, le importan una mierda.
    Supongo que el fallo de ese ovni está en que, lo que quiere expresar, no sea tan evidente y magnífica como en “Magnolia”.
    Y la exclamación de Kirsten Dunst (es sólo un ovni) muestra una mujer que ya no es capaz de sorprenderse ante nada, incapaz de salir de su universo cerrado para mirar desde lo alto.

    #21 de diciembre de 2015 a las 11:48

  11. Siempre vale la pena la espera (!!!) por cada uno de los artículos de este blog. En éste, y es por eso que comento, se refleja especialmente la influencia del espíritu de la serie, mas aún si se lee escuchando de fondo War Pigs de Black Sabbath.
    Mis felicitaciones.

    #23 de diciembre de 2015 a las 3:43

  12. Gran artículo, Alberto. Sólo comento por un par de cosillas. Por un lado para decirte que me acordé muchísimo de ti cuando vi el final que le esperaba a Mike Milligan. The Shield fue una serie que devoré (sin saber nada de ella) gracias a un artículo de esta página y que para mí sigue siendo la mejor serie que he visto hasta ahora. Vi la misma mirada que puso Vic en Mike y me parece sublime ese final. Creo que para dos personajes tan de “trabajo de campo” el meterles en una oficina cerrada con un ordenador con la única explicación de que: “Las cosas ya no se hacen así” es peor que un tiro en la cabeza. Increíble.

    La otra cosilla son un par de preguntas. Por un lado, me despistó muchísimo el momento en el que Betsy descubre la habitación de su padre y ve todos esos símbolos por todas partes pegados en su habitación. Luego en el último capítulo se explica de forma que queda en un: Bah, esto no es nada. Pero es una habitación llena de símbolos. Está completamente forrada. Nadie se obsesiona tanto por intentar crear un idioma, no se. Me esperaba mucho más de esa habitación. De hecho pensaba que iba a ver conexión con el famoso ovni.
    Y después también me pareció extraño que no nos enseñaran el disparo que recibe Lou y que hace que luego ande cojeando. Pensaba que Hanzee iba a llevarse ese placer al menos. Pero bueno, independientemente de todo eso, una mini-serie extraordinaria. Empiezo ahora “The leftovers” (gracias otra vez, a uno de tus artículos), ya te comentaré cuando la termine.
    Gracias por escribir tanto!
    Un saludo.

    #16 de febrero de 2016 a las 21:23

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