Venta Vargas

Pistola y cuchillo

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Su quejío era un zarpazo que contenía la más afilada de las respuestas. Y mi misión no era otra que la de encontrar las preguntas para darle caza. Como cebo me serví de la excusa que siempre tuve a mano: una entrevista.

De todo ello hoy queda un botín preciado, el mismo que mi memoria guarda y que he decidido repartir con mis lectores. Voy a contar el porqué de Pistola y cuchillo.

Hace dos años, en la estación de Chamartín, corriendo tras el último tren con destino a Alicante me encontré con Josemi Carmona, hijo de Pepe Habichuela y guitarrista también como su viejo. Formó parte de una de las bandas punteras de fusión de los noventa, pongamos, Ketama. Hacía un porrón de tiempo que no nos veíamos.

Ande vas tan elegante, primo —Me dijo—. Si parece que vas a recoger un premio.

Yo estaba nominado para el Azorín que aquella noche se fallaba en Alicante, de ahí mi prisa y mi silencio. Sin embargo, por clarividencia gitana, horas antes de ganar el premio, Josemi Carmona me lo pronóstico. Al otro día, ya de vuelta a casa, con el premio en la maleta y la satisfacción de haber sido premiado, en el tren que me llevaba a San Fernando, leí en el periódico la noticia: Miguel Candela había muerto.

Para quien no lo sepa aún, Miguel Candela era el dueño del Candela, el bar más flamenco de Madrid, situado en el barrio de Lavapiés. En su cueva me corrí muchas noches de juerga con todos los que por allí pasaban. Esa fue mi suerte. Las tabernas y los tablaos de Madrid fueron aulas sagradas para mi formación como literato. Y el bar de Miguel Candela era la cátedra.

Cuando leí la noticia, entonces paré a recordar. Y durante las dos horas y media que dura el trayecto en tren, recordé seis años de mi vida. Al llegar a San Fernando tomé el taxi que me dejaba en casa. Pero al pasar por la Venta Vargas, por delante de la estatua que pusieron al Camarón, el taxista me empezó a contar que a la noche se llevaban los trozos de la estatua. Y no le dejé seguir, le mandé que parase. Y ahí empieza esta historia que pronto dejará de ser mía para ser de mis lectores.

Una historia que empieza a los pies de la estatua que le hicieron en vida al cantaor, de ahí ese regusto macabro que transmite, tan parecido al de una necrológica encargada antes de tiempo. Según consta gastaron no sé cuántas arrobas de bronce y fue al poco de su muerte, cuando pasearon la estatua por toda la Expo. Después se plantó donde queda ahora, a la entrada de la Venta Vargas.

Revistas

En estos dos años el botín que guardaba mi memoria ha engordado, para ello me han ido ayudando los titulares de los periódicos, letras de molde que con el tiempo se convertirían en epitafios para la lápida de la tumba del cantaor, en San Fernando.

Manuscrito

Pistola y cuchillo es una historia mínima pero muy intensa. Una historia de lucha interior y de amistad donde sale a relucir la obligación moral de la palabra dada. La palabra de honor. Pero también es una historia llena de anécdotas y de flamenco. Y lo que vengo a decir con todo esto es que uno merece las historias que cuenta y esta historia no iba a ser menos. Se trata de mi novela más autobiográfica.

Con Camarón

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