Pistola y cuchillo

Camarón, ‘el que nunca morirá del todo’, se hace héroe literario

ELMUNDO.ES · 2 de diciembre de 2010

Dos años ha dedicado Montero Glez (Madrid, 1965) a escribir las 124 páginas de ‘Pistola y cuchillo’, «una vida tan breve» como lo fue la de su protagonista, José Monge Cruz ‘Camarón’, convertido, por primera vez, en héroe literario, adornado de todas las virtudes de quien «no ha muerto ni morirá nunca del todo».

«En los seis años que seguí por toda España a Camarón (1950-1992) sólo crucé con él un ‘buenas noches’ pero fue suficiente. No quería hacer una biografía sino revivirle a partir de una mentira, de una fábula», detalla Montero Glez.

La novela, que edita El Aleph Editores y Del Taller de Mario Muchnik, está narrada en primera persona por el autor, como ya hiciera, enumera, Cervantes en ‘El Quijote’ o Benito Pérez Galdós en ‘Fortunata y Jacinta’ y para contribuir «a la mentira» se «caracteriza» de entrenador de gallos.

Con esa identidad, porque no quería ser «ni escritor ni periodista», «queda» una noche en la mítica Venta de Vargas, en San Fernando, con Camarón, para «amañar» una supuesta pelea de gallos y lograr «jurdoses» (dinero) para tratar en el extranjero la enfermedad que ya tenía al cantaor gaditano «más allá que acá».

«Yo no sé si ‘el maestro’ tenía problemas de dinero, lo que sé es que le vi, poco antes de morir, en un programa de televisión en el que decía que no tenía nada que dejar a los suyos y yo, como autor, sé que el artista siempre es el último en cobrar. Es un tema muy delicado pero pienso que no murió rico«, dice cauteloso.

Reacción de la familia

No sabe si la familia de Camarón ha leído la novela y aunque barrunta que no también intuye que como la ha escrito «desde el cariño y el respeto» obtendría su «bendición».

«Es la familia de mi maestro y, por tanto, la mía también. Si el libro es un fracaso me lo comeré yo y si es un éxito lo compartiré con ellos, con eso queda dicho todo», subraya el autor, ganador del Premio Azorín de novela 2008 por «Pólvora negra», y residente desde hace quince años en Chiclana de la Frontera.

Montero Glez, que en realidad se llama Roberto Montero González, pero le parecía que sonaba «más artístico y extranjero» el acrónimo y que eso le traería, «seguro», el éxito, dedicó dos años a escribir ‘Pistola y cuchillo’, que tiene en su portada una fotografía de la mano de Camarón sosteniendo «su sempiterno» cigarrillo, porque, argumenta, ese el tiempo que emplea en cada uno de sus libros.

«Es cortito pero flamenco», reivindica el escritor, que puso en pie la novela sentado en la misma mesa de la Venta de Vargas en la que Manolo Caracol aprendía a leer y luego escuchó cómo un Camarón casi adolescente, al que habían proahijado los dueños del lugar, los Picardo, le arrebataba el cetro del más grande.

El otro centro de gravedad de la novela es la Casa de Postas a la entrada de Conil de la Frontera: «entre los dos lugares hay una especie de túnel del tiempo como el que describía Julio Cortázar cuando fabuló la biografía de Charlie Parker».

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Camarón se convierte por primera vez en novela

NÚRIA MARTORELL · Elperiódico.com, 28 de diciembre de 2010
La narración se enmarca en la mítica Venta Vargas de San Fernando. Montero Glez recrea en ‘Pistola y cuchillo’ los últimos momentos del genial cantaor

«Es una historia dura, pero a la vez tierna, como el flamenco». Así es como describe el escritor Montero Glez (Madrid, 1965) su última obra, Pistola y cuchillo (El Aleph/ Mario Muchnik). «Un relato [ocupa 124 páginas] más que una novela», admite, en el que el autor recoge las últimas caladas del entonces ya maltrecho Camarón de la Isla, apurando los cigarrillos con la misma intensidad que la vida. El encuentro con el novelista es en La Venta Vargas de San Fernando (Cádiz), en el llamado camarote de Camarón -un apartado repleto de fotos y dedicatorias del añorado revolucionario del cante-. «Las morbosidades las he intentado evitar. Es un libro muy simbólico. El gallo mismo, tan protagonista, es un símbolo solar. Y en mi libro, simboliza la amistad», aclara.

De hecho, Glez se convierte en el libro en el entrenador de un gallo de peleas rubio (como el cantaor) llamado Ciclón y que en su día le dio Camarón para que lo convirtiera en el mejor. «Aquí las peleas no están prohibidas y los gitanos tienen muchísima afición. Pero lo que me interesa es sacar a relucir el valor de la palabra dada, pues las apuestas se hacen sin papeles».

Y entre estas mismos cuatro paredes, según relata, se enfrentaron en su día Manolo Caracol y un jovencísimo Camarón. El primero, a modo de desaire, cuando el de la Isla acabó de cantar pidió «cazalla» dando a entender que no era tan bueno como se decía. En realidad, acababa de saber que delante suyo estaba el que ocuparía su trono.

Pistola y cuchillo fabula sobre episodios que no siempre son reales al cien por cien. Sí es cierto que se carteaba con su gran ídolo (el torero El Cordobés, aunque este no supiera escribir…) Y curiosa es la historia en la que en un hotel, precisamente de Barcelona, Camarón saca el magnetófono con el que siempre viajaba, pone una cinta de Las Grecas y corta el cable del televisor para empalmar los dos cacharros porque quiere «verles» cantar Te estoy amando locamente. Y como no lo logra, termina tirando la tele por la ventana. «En el libro esto lo narra Lolo Picardo, el que regenta La Venta Vargas y su gran amigo, pero en realidad con quien estaba en esa habitación era el mismísimo Bambino», asegura Glez.

Verdad y mentira son dos palabras que menciona constantemente, llenándolas y vaciándolas de significado. La verdad es que Glez, que durante años se dedicó a seguir a Camarón por toda España para no perderse ni un concierto, tan solo cruzó con él dos palabras: «Buenas noches». ¿Y qué le gustaría preguntarle si de repente pudiera entrevistarle? «Mmmm… ¿Tienes lumbre?», responde este también fumador empedernido.

EL ALMA DE LA VERDAD/ «Julio Cortázar ha descrito a Charlie Parker como nadie y jamás se conocieron. Y ya lo dijo Onetti y yo lo repito de memoria: se puede mentir de muchas formas pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, despojada de sentimientos, quitando el alma a los hechos, dejándolos vacíos, porque los hechos son tan solo recipientes que toman la forma del sentimiento que los llena».

¿Y a qué compás diría que se mueve su novela? «El ritmo es de martinete porque es la fragua; he ido a mi fragua interior, a ese rincón que todo escritor tiene oculto, para echarle fuego. Luego hay caídas sentimental de soleá, estoy hablando de un cante de fatiga. Y ya más adentro, voy barrenando por mineras. Los que más he escuchado también. Pero cuando José cuenta su revelador sueño [que relaciona con la mítica pieza La leyenda del tiempo] lo hace por alegrías». No podía ser de otra forma. En el mismo libro recuerda cómo Camarón empezaba sus actuaciones: «Voy a cantar un poquito por alegrías y luego por lo que ustedes quieran». Pero aún hay penas por cicatrizar. «Los beneficios que generaron sus piezas no van a parar a su familia. Que no muriera millonario es increíble».

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«Pistola y cuchillo», una novela con alma de Camarón

La Razón, 19 de noviembre de 2010

Es la figura, el retrato, sin  el marco de lo biográfico, limpio de fechas, de datos, testimonios, sin el nació, creció y murió dickensianos. «Todo está ahí, en  el primer párrafo», indica. La primera página de la novela no es para nada la primera página del libro. Nunca lo son. Vienen numeradas y ésa es la nueve.

Se lee el comienzo con claridad debajo de un número romano  con una  expresión algo cenicienta: «A la entrada de la Venta Vargas, por donde antes aparcaban los coches, le han puesto una estatua. Dicen que es él, pero no se le parece.

Además de no reír tampoco canta y ni siquiera tararea». Lo evoca al trasluz de los recuerdos, que en este caso es el legado de su música y su voz. El valor de un talento que el tiempo y la leyenda han perpetuado más alla de su presencia, pero, en esta ocasión, bajo el velo abundante de la prosa, que es lugar donde suelen refugiarse las verdades cuando rehúyen de la obviedad y prefieren mostrarse con sutileza detrás de una fábula o  de una buen historia.

Lo redibuja ahí, en su ambiente del sur,  con su chaquetita roja, el carácter siempre desprendido y esa avidez de cigarrillos de fumador nocturno, del trasnochador sin redención que teme que la velada le sorprenda en algún momento con las cajetillas vacías y los estancos cerrados. «Él era muy generoso. El más generoso del mundo, pero tenía miedo de quedarse sin pitillos. Yo lo entiendo es una cosa terrible. Ahora fumar es un sacrilegio. Entonces, no, y, por eso, las noches estaban llenas de tabaco».

Montero Glez nos regala un José Monge Cruz, un Carmarón de la Isla, en su nuevo libro «Pistola y cuchillo» (El Aleph). Lo recorta con ráfagas de humanidad y todos los detalles de las anécdotas, ciertas o no, pero que son más reveladoras que quinientas páginas de descripciones y de vivas estampas costumbristas. «La biografía es un género muerto. Existen algunas que son buenas, las que están escritas desde el cariño, como la de la mujer, por ejemplo, o la de Carlos Lencero, pero son cosas muy especiales. Para mí Camarón es un referente. Alguien importantísimo para mi literatura, como lo son Shakespeare, Goya, Hemingway o la naturaleza. Yo me encontré con esta obra. Me dedico a la fábula y quería pagar la deuda que tenía con el flamenco, dedicarle un homenaje. Y Camarón era todo flamenco. Su voz tenía el pasado del flamenco y, a la vez, lo proyectaba hacia el futuro».

Las puertas del cielo

Montero lo imagina en la puerta de un lugar mítico, un espacio simbólico, ya «enfermo», pero con el aliento sedicioso de los que  todavía se resisten a entregarse porque sí a la muerte. En ese trance deberá tomar una decisión. «La más importante de su vida». Y lo hará a través de la prosa de Montero Glez. Una prosa que ha depurado con atención, despojándola de accesorios, para obtener un texto bello, limpio, claro. «Hay muñeiras, chotis, fados, pero el folclore más inteligente es el flamenco. Es el que ha sabido adaptarse mejor. Es tan cercano. Yo he aprendido mucho de Camarón de la Isla, de Paco de Lucía…».

Deja los puntos suspensivos para que los que escuchan completen la lista. Lo que sí cuenta Montero Glez es la afición hacia el cante y cómo lo sorprendió en una época temprana. Cuando todavía era posible ver a los grandes en un local chiquito, pequeño. «Ahí están –le comentaban–, detrás de esa puerta». Y él se sentaba en una esquina, sin molestar, porque Montero Glez es persona respetuosa y reverencial hacia lo que admira y comprende. Y ese sitio lo era. «Soy un  camaronero de vocación tardía. Antes, cuando salía por la noche, escuchaba a Bob Dylan. Tocaba a las puertas del cielo. Pero no me gustaba la movida madrileña ni el Rock Ola. Me gustaba el Candela. Allí, Miguel Candela, me abría esa puerta. Y poco a poco me fui apartando de Dylan y me fui metiendo en esta música. El flamenco es mi aula sagrada, mi universidad».

Lo vio, pero jamás lo conoció. Camarón de la Isla se le metió en el alma, en el cuerpo, y ahora colecciona sus discos. Los compra, incluso en las estaciones  de servicio de carretera, porque no tiene o le parece que es nueva la fotografía que hay en la carátula de ese álbum. «Lo seguí por San Isidro, por las ferias. En Málaga y recuerdo que cada vez acudía más gente a sus conciertos. Gente de todo tipo, no solo gitanos: ejecutivos, rockeros, punkies, pijos…».

Ha escrito esta novela, en el patio de esa Venta Vargas. Un lugar que el cantaor conoció. Le han dejado un rinconcito y con su libreta y su poética en narrativa, Montero Glez nos ha devuelto a Camarón.  «Escribía esta obra ahí. La familia Picardo, que lleva la Venta Vargas, me ha permitido que me sentara en una mesa y que estuviera aquí. Han sido muy amables. Escribía y  después lo leía  todo en voz alta en el patio. He estado imaginando, viendo las fotografías que hay, pensando cómo sería esa última noche ahí». Montero Glez hace un alto.

Para. Reflexiona. Un silencio. «Camarón se explicaba cantando», sentencia después Su memoria está repleta de nombres, de veladas tardías. «Los he visto a todos, al Tomatito, al Habichuela… Yo era un crío y eso fueron seis años de mi vida. Acudía todas las noches», asegura. El escritor iba al Candela. Se acuerda y rememora: «Yo intentaba pasar desapercibido. Tendría 18 años. Estaba sentado y ni me atrevía con las palmas porque no tenía el ritmo de ellos. No quería molestar. Permanecía ahí oculto. La voz de Camarón me traspasó. Lo sentías, aunque no estuviera cerca. Yo me quedé enganchado. Era como un metal de voz. Yo he visto romperse las camisas por Camarón».

Obra, estilo y pureza

Salía del local cuando ya era el día siguiente «y me iba para mi casa con el soniquete. Se reunían en ese lugar después de la actuación. Ya iban de fiesta. Con copas. Se desataban. Era un privilegio estar en esos momentos». Después admite: «He aprendido mucho ahí. El flamenco es la música más libre. Y es curioso que la haga una raza perseguida. A lo mejor es eso lo que les hace que esta música sea mucho más libre. Me ha influido en la literatura. El rock me cansa, pero cuando escucho flamenco, ese ritmo, me digo, a ver, qué puedo hacer con él. Es una referencia para mi literatura. Lo importante en un libro es lo que cuentas. La forma en lo que lo cuentas es el estilo, que nunca va separado de la historia. Esta obra, por eso es más cristalina, porque Camarón tenía una voz pura. He buscado la transparencia. He roto muchos folios y la novela en la que más veces me he perdido. No hay nadie que haya superado a Camarón».

El novelista, el autor de «Sed de champán», «Manteca Colorá» y «Pólvora negra» subraya que el talento es algo que va con uno, pero que siempre existen más ingrendientes. «Fue tan original que nadie puede copiarle ni superarle. Lo consiguió a base de estudiar a todos. Iba, atendía, miraba y luego le daba su punto. Él cogía de todo y lo hacía suyo. Él mismo engañaba el compás, al ritmo. Cambiaba una canción alegre por otra triste. Más que un cantaor era un estudiante». La pregunta que queda por responder es, por qué una novela. Montero Glez no duda: «Se ha hecho una peli, biografías, discos, pero no se había sacado su figura en la literatura».

A «Pistola y cuchillo»
Montero Glez describe su propia novela con ternura: «Es cortita, pero muy flamenca. No es una obra de Ken Follett, que se podría hacer. Es una historia más breve, pero muy intensa. Con mucho diálogo, muy teatral. Un título en el que he “desescrito” más que he escrito. Pero ahora este libro es de la gente». Sí, es de la gente, pero al autor le queda un pequeño sueño en el interior. Lo que consideraría su mayor logro. «Para mí sería el éxito que alguien que no lo conoce comenzara a escucharlo por haber leído mi libro. Pero me temo que eso no podrá suceder porque él es mucho más conocido que yo», añade. Montero Glez reconoce que «tengo todos sus discos. Algunos repetidos. Cajas integrales. Voy al Media Markt, las veo y me las tengo que comprar. Ahora lo escucho con más cariño. Estoy más agradecido a su figura.

Lo pongo más. Soy más camaronero». El novelista recuerda un concierto. Fue el mejor que dio Camarón. Lo dio en los noventa, cuenta, en San Juan Evangelista. Quizá es el mismo que se reeditará el próximo 7 de septiembre. Es el que dio el cantaor junto a Tomatito el 25 de enero de ese año. Fue en el mismo lugar que apunta el escritor, que ha aprovechado una canción de Camarón para dar nombre al libro. «“Pistola y cuchillo” es una bulería que había en su disco “Te lo dice Camarón”. Pero el disco que yo recomiendo y que aparece en la novela es “La leyenda del tiempo”. Es de los mejores del siglo pasado. Pero de la historia de la fonografía. Es un gran disco.Pero yo también tengo una predilección. No suena tan bien, pero a mí me gusta: “Te lo dice Camarón”. Me encanta. Sé que es un disco menor, pero para mí es uno de los grandes. La guitarrita de Tomatito me apasiona. Y luego, claro, cualquiera de los directos que tiene».

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«Con Camarón, el flamenco debería ser patrimonio de la divinidad»

PAULA CORROTO · Público, 16 de noviembre de 2010

Cuando tenía 18 años, al escritor Montero Glez (Madrid, 1965) se le abrieron las puertas de la sangre: el Candela, un bar de flamencos del barrio madrileño de Lavapiés. A través de su dueño, Miguel Candela, conoció la música y el arte de Camarón de la Isla, Rancapino, Chocolate, Sordera, Caracol, la Faraona y los Habichuela. Se le metió dentro y ya no salió más. Esa deuda la ha pagado ahora, dice, con la novela ‘Pistola y cuchillo’ (El Aleph) en la que recrea la vida de Camarón. En ella aparece como lugar emblemático la Venta de Vargas, el local gaditano donde Manolo Caracol escuchó a ese niño rubio que acabaría revolucionando el flamenco. Pero también Torres Bermejas, el tablao donde Camarón empezó a cantar en Madrid. Una historia a golpe de fandangos, bulerías y cante jondo. Un arte, que como señala el escritor en esta entrevista, «no sólo debería ser patrimonio de la humanidad, sino de la divinidad».

¿Por qué decide escribir esta historia sobre Camarón tan alejada del género biográfico?
Yo merecía esta historia. Tras ganar el premio Azorín iba a escribir una historia de aventuras, pero me encontré con ella. Es mi obra menos comercial, pero es mi obra más de dentro, la más sentida. En ella, el protagonista soy yo. La primera persona cuesta mucho, pero he cogido el referente de Cervantes y Galdós. A mí se me apareció esta novela cuando José Miguel Carmona, el guitarrista de Ketama, me dijo que había fallecido Miguel Candela. Cuando tenía 18 años, a finales de los ochenta, empecé a escuchar flamenco de la mano de Miguel Candela, en el Candela. A mí en esa época no me gustaba lo que había en el Rockola. Para mi el Candela fue mi universidad. Y me encontré con Camarón, que recogía el pasado y lo proyectaba al futuro. Camarón se convirtió en una de mis referencias, junto a Hemingway, Shakespeare, Francisco de Goya y la naturaleza.
¿Cómo se aborda esa figura siendo tan referencial?
Rompiendo muchas cosas y con mucho respeto. Quería revivir al que nunca murió del todo. Y no quería hacer una biografía porque para mí este es un género muerto. Pero he roto muchas cosas, he tirado la toalla…

Y ha reivindicado una personalidad muy poco conocida de Camarón. Él aparece alejado del mito.
Es que él era un estudiante. Si se enteraba de que existía un cantaor bueno, se iba a verle para aprender. A mí me pasa un poco lo mismo, me hablan de un Pablo Gutiérrez, de un Matías Néspolo y voy a leerlos. Y sí, esta es una parte de Camarón de la que pocos han hablado.
En esta novela juega mucho con lo que es verdad y es mentira y Camarón aparece retratado como un hombre que prefería mentirse, vivir en la ensoñación.
Ahí sale una frase de Juan Carlos Onetti: se puede mentir de muchas formas, pero la mentira más repugnante es decir la verdad. Yo también soy un soñador y no quiero que me quiten la coartada de fabular. Eso es lo que también quería reivindicar.
¿Él nunca se creyó que era un innovador?
Sí, yo creo que sí. Camarón recogía el pasado y lo transportaba al futuro. Ha sido un revolucionario del flamenco, pero con un respeto por su pasado, y eso es lo más difícil.
¿Qué opina de que tantos le imiten?
Yo soy muy camaronero, y me gusta que lo imiten porque cuando les escucho me traen su recuerdo. Camarón no ha muerto. Los artistas mueren dos veces: una, la natural, y después para el público. Esta última a él todavía no le ha llegado. Él está vivo, como Chet Baker o Bob Marley, y en literatura, como Roberto Bolaño.
En la novela, otro de los grandes personajes es la Venta de Vargas.
En un templo levantado a la memoria. Ahí se ha vestido Manolete. Yo entro ahí y noto la confianza y el cariño. Tienen el punto de saber dónde está el arte y eso ahora prácticamente ha desaparecido. Entras en un bar y casi ni los buenos días.
Por cierto, hoy el flamenco ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad.
Sí, pero es un reconocimiento a todos: a Camarón, Rancapino, Terremoto, Chocolate, Sordera… Pero sí, con Camarón yo lo extendería a patrimonio de la divinidad.
¿Cómo casa el flamenco con la literatura?
Céline cuenta que su novia bailarina le enseñó el ritmo para la escritura. Para mí la literatura es arquitectura, tiene significados argumentativos plásticos. Yo soy una esponja. La música me hace aprender. Y el flamenco es el compás del mecanismo interno que llevan mis frases.


¿Le gusta el flamenco actual?

Sí, me gusta Santiago Donday, el Talega… y me gusta Pitingo y un disco de Dave Holland con Pepe Habichuela.
Usted le debe mucho al flamenco…
Sí, y este libro es parte de la deuda. Sin el flamenco, mi escritura sería peor. Me sentiría muy feliz si alguien llegara al flamenco a partir de este libro.
Por cierto, ¿qué hay de esa novela de aventuras que había empezado?
Sólo llevo veinte páginas escritas. Pero yo lo que quiero es acabar con Ken Follett.

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De hermanos y primos y demás parentela

Llevo tiempo sin escribir en esta trinchera; el motivo es sencillo: soy lector, prefiero leer que escribir. Aún así, sigo con la tripa suelta y más en estos días que anduve alimentándome con documentos de ese periodo que llaman la transición y que para mí fue de transacción. Para entender la lógica por la que se rige este periodo hay que tener muy desarrollado el octavo sentido de la subnormalidad que diría Vázquez Montalbán.

Discípulo de Montalbán es Gregorio Morán, ácido y valiente, en su biografía sobre Adolfo Suárez desvela una serie de claves que nos ponen la medida de golfería de nuestros administradores . Aquí va una perla. Se trata de la carta que Juan Carlos, rey de España por la gracia de Dios, escribe a su primo -al que llama hermano- el Sha de Persia. Se trata de un documento que fue desclasificado cuando el Sha tuvo que salir del país. Dice así:

Mi querido hermano:
Para empezar quisiera decirte cuán inmensamente agradecido estoy porque hayas enviado a tu sobrino, el Príncipe Shahram, a verme, facilitándome así una respuesta rápida a mi petición en un momento difícil para mi país.

Me gustaría a continuación informarte de la situación política en España y del desarrollo de la campaña de los partidos políticos, antes, durante y después de las elecciones (parlamentarias)

Así plantea el monarca el asunto, luego viene el nudo donde, con la prosa oficial que caracteriza este tipo de cartas, hace balance histórico de la época de Franco para finalizar con el desenlace:

Por eso me tomo la libertad, con todos mis respetos, de someter a tu generosa consideración la posibilidad de conceder 10.000.000 (diez millones) de dólares como tu contribución personal al fortalecimiento de la monarquía española.

Qué poca vergüenza. Con ese dinero se podrían haber arreglado las hambres de los españoles, de los persas y de los andorranos pero, claro, no interesa. Esas cosas ocurrían en el periodo ese del que hoy se habla tanto. Mientras la peña se pegaba madrugones para ir al currelo, los bien comidos se dedicaban a lo único que saben hacer, transacciones en nombre del pueblo y la democracia. Periodo oscuro el de la Transición donde se torturaba en las comisarías y los maderos iban a pachas con los delincuentes. La llegada de un farsante al poder como Felipe dio rienda suelta al estado policial con sus torturas y desaparecidos, abriendo heridas en el mapa de nuestro país y generando odios que aún perduran; capítulos que manchan de mierda la palabra democracia convirtiéndola en lo que se vendría a llamar letrinocracia.

Mientras tanto, los rabanitos, así los define bien Gregorio Morán por ser rojos por fuera, blancos por dentro y estar siempre cerca de la mantequilla, los rabanitos, digo, se dedicaban a especular con los dineros públicos. Boyer, Rubio y De la Concha montaron un bingo con las bolas marcadas. Ahora, gracias a Internet, se pueden visitar las noticias de la época. Yo me entretengo, haciendo revisión de nombres y apellidos, algunos cercanos al mundo literario que, créanme, hay veces que siento vergüenza de pertenecer al citado. Sin embargo, mirándolo bien, la gentuza de marras poco o nada tiene que ver con la literatura, siendo ellos -y ellas- los verdaderos intrusos. Farsantes.

Con todo, generalizar siempre me pareció injusto. En las entradas anteriores escribí sobre nuevas editoriales, savia nueva. Blackie Books es un ejemplo a seguir, un chaval valiente que se pone a recuperar textos hasta ahora desconocidos para el gran público. Pero también hay editores que trabajan desde el vientre de la bestia, tal es el caso de Daniel Cladera, editor joven y entusiasta de la buena literatura que desde su posición planetaria está recuperando el catálogo del Ruedo Ibérico para Backlist, sin duda alguna la mejor editorial que tiene el grupo; o ese otro editor, que trabaja textos de combate -entre ellos los de Irene Lozano- y al que se debe la edición del libro que arranca esta pieza, la biografía de Suárez. Se llama Miguel Aguilar y tiene la dificultad de ser zurdo en un negocio de derechas.

En fin, Blackie Books, Daniel Cladera, Miguel Aguilar, desde esta Trinchera Cósmica, bendigo vuestro trabajo.

Para la próxima, escribiré sobre «Pistola y cuchillo»; lo prometo y también daré fechas para arrancar un concurso de micro relatos para El Cultural de El Mundo por facebook y donde os espero. Afilen el bolígrafo o lo que tengan más a mano pues la temporada viene sangrienta.

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Mesilla de noche

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A raíz de los comentarios en esta Trinchera, relacionados con Bakunin y su lectura aristotélica y donde se viene a decir que la situación transforma los caracteres en la tragedia, he de ponerme de parte de los que saben  que la corrupción del artista va relacionada con las aspiraciones burguesas que el artista asume. Cuanto mayor sea la aspiración, mayor será la intensidad de la tragedia en la que el artista se vea envuelto.

Nunca será igual un artista glotón de focos grandes que otro que llene sus apetitos con linterna, no sé si me explico. Por si acaso, yo prefiero mantenerme en las sombras; alejado de los cenáculos literarios, las presentaciones y todo ese jaleo. La vida literaria me produce picor de pies.  Soy artesano; mantengo una relación gustosa con mi trabajo que practico a mano, como el que se hace pajas. De ahí que me cueste tanto eyacular cuando se trata de poner por medio el cacharrito.  Pero ese es otro cantar. Lo que vine a decir es que desde hace tiempo me viene rondando el porqué del aburguesamiento de los novelistas célebres, llegando a la conclusión de que la ficción es una variedad literaria que practican con maestría los conservadores, esto es, la derecha, pues trastocar la realidad siempre ha sido su práctica.

Siguiendo con lo mismo, en estos días releo a Vargas Llosa, su Conversación en la Catedral. Repaso los diálogos ebrios, la maestría del peruano cuando se trata de poner a hablar a los personajes frente a unos vasos que emborrachan sus recuerdos. Llevo tiempo repasando los diálogos de esta gran obra, ejercitándome con ellos para vertebrar la novela que ahora termino: Pistola y cuchillo. El discurso que mascullan los personajes de una novela no ha de tener una palabra de más. El lector puede agotarse y Vargas Llosa lo sabe. Por ello convierte una conversación en el hilo conductor por el que se va tejiendo un tapiz cruzado de vidas.

Al igual que hace el viajero cuando busca el retorno, cuando llega la noche vuelvo a la novela negra; leo a James Ellroy, otro facha, y al William R. Burnett, facha también, y al Budd Schulberg, este último un chota, además de facha y un hijo de la gran puta, pero que se purificó escupiendo su culpabilidad sobre la hoja en blanco, de ahí la temática social que destilan sus novelas. Así lo interpreto yo. Por ejemplo, en Más dura será la caída retrata las luces y las sombras del boxeo. No hay que olvidar que Budd trabajó como guionista de La Ley del silencio de Elia Kazan, otro chota, otro hijo de puta. Tampoco hay que olvidar que junto a Kazan, el muy membrillo acusó a sus compañeros. Para hacerles un chirlo en la cara a ambos. Con todo y con eso, yo los disculpo. Eran grandes artistas.

Puestos a juntar placeres, literatura y cine, he de confesar que en los últimos tiempos me he enviciado con Edward Bunker, el mismo que hizo de Mr. Blue en Reservoir Dogs de Tarantino. Un pájaro de los bajos fondos, trullero y embaucador que ya contó su vida en La educación de un ladrón y ahora vuelve con dos novelas casi al tiempo. No hay bestia tan feroz es la primera y la otra se titula Stark.

En No hay bestia tan feroz, el protagonista Max Dembo vuelve a su casa después de haber estado un tiempo a la sombra. Como no sabe hacer otra cosa se dedica a planear palos. Luego está el fondo, el retrato social de lo chungo Un pozo ciego con hipodérmicas afiladas directas a chutarte un buen pico. Sólo tienes que asomarte y dejarte caer. Edward Bunker, que sabe de lo que escribe, se pega un paseo entre la delincuencia más bajuna y la sangre más infecta, mostrando que la propiedad y el robo son hijos de un mismo coño.

En Stark, el novelista Edward Bunker vuelve a poner a brillar a la mierda con esa calidad de diamante que sólo él transmite. Stark es un canalla enganchado al que le ponen cachondo los coches y las putas de lujo.  Bunker cuenta a Stark desde la orilla del desastre y sin respiro. Mirándolo bien no sabe hacer otra puta cosa. A Stark le pasa lo que a mí, pero con una diferencia: Que yo no tengo aspiraciones burguesas. Con una buena novela y posición horizontal no le pido más al mundo. Si además tengo lectores como vosotros, me doy por satisfecho.

Las novelas del Edward Bunker se pueden pillar aquí: http://www.sajalineditores.com/

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Pistola y cuchillo

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Su quejío era un zarpazo que contenía la más afilada de las respuestas. Y mi misión no era otra que la de encontrar las preguntas para darle caza. Como cebo me serví de la excusa que siempre tuve a mano: una entrevista.

De todo ello hoy queda un botín preciado, el mismo que mi memoria guarda y que he decidido repartir con mis lectores. Voy a contar el porqué de Pistola y cuchillo.

Hace dos años, en la estación de Chamartín, corriendo tras el último tren con destino a Alicante me encontré con Josemi Carmona, hijo de Pepe Habichuela y guitarrista también como su viejo. Formó parte de una de las bandas punteras de fusión de los noventa, pongamos, Ketama. Hacía un porrón de tiempo que no nos veíamos.

Ande vas tan elegante, primo —Me dijo—. Si parece que vas a recoger un premio.

Yo estaba nominado para el Azorín que aquella noche se fallaba en Alicante, de ahí mi prisa y mi silencio. Sin embargo, por clarividencia gitana, horas antes de ganar el premio, Josemi Carmona me lo pronóstico. Al otro día, ya de vuelta a casa, con el premio en la maleta y la satisfacción de haber sido premiado, en el tren que me llevaba a San Fernando, leí en el periódico la noticia: Miguel Candela había muerto.

Para quien no lo sepa aún, Miguel Candela era el dueño del Candela, el bar más flamenco de Madrid, situado en el barrio de Lavapiés. En su cueva me corrí muchas noches de juerga con todos los que por allí pasaban. Esa fue mi suerte. Las tabernas y los tablaos de Madrid fueron aulas sagradas para mi formación como literato. Y el bar de Miguel Candela era la cátedra.

Cuando leí la noticia, entonces paré a recordar. Y durante las dos horas y media que dura el trayecto en tren, recordé seis años de mi vida. Al llegar a San Fernando tomé el taxi que me dejaba en casa. Pero al pasar por la Venta Vargas, por delante de la estatua que pusieron al Camarón, el taxista me empezó a contar que a la noche se llevaban los trozos de la estatua. Y no le dejé seguir, le mandé que parase. Y ahí empieza esta historia que pronto dejará de ser mía para ser de mis lectores.

Una historia que empieza a los pies de la estatua que le hicieron en vida al cantaor, de ahí ese regusto macabro que transmite, tan parecido al de una necrológica encargada antes de tiempo. Según consta gastaron no sé cuántas arrobas de bronce y fue al poco de su muerte, cuando pasearon la estatua por toda la Expo. Después se plantó donde queda ahora, a la entrada de la Venta Vargas.

Revistas

En estos dos años el botín que guardaba mi memoria ha engordado, para ello me han ido ayudando los titulares de los periódicos, letras de molde que con el tiempo se convertirían en epitafios para la lápida de la tumba del cantaor, en San Fernando.

Manuscrito

Pistola y cuchillo es una historia mínima pero muy intensa. Una historia de lucha interior y de amistad donde sale a relucir la obligación moral de la palabra dada. La palabra de honor. Pero también es una historia llena de anécdotas y de flamenco. Y lo que vengo a decir con todo esto es que uno merece las historias que cuenta y esta historia no iba a ser menos. Se trata de mi novela más autobiográfica.

Con Camarón

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