Pérez-Reverte

Revertiana dos

De todos los grabadores el elegido fue éste:

La grabadora

Con este cacharro hice montonera de entrevistas a ángeles caídos. Putas, travelos, yonquis, presidiarios de permiso, toreros con cicatrices, trileros  y todo un desfile de personajes  que me quisieron contar parte de su vida.  Así se lo hice saber.   Y también le hice saber que él es para mí un ángel caído. Caído en gracia, eso sí, pero caído. A mí no te me despistas —le dije— tus gestos delatan al tío de la calle. Al fulano que no ha nacido con privilegios y que ha tenido que engañar al mismísimo Diablo para no ser expulsado de los Selectos Cielos del Arte.

Una mueca le cruza la cara cuando se lo cuento, es una mueca  que yo interpreto como afirmación. Luego, sin dar importancia al gesto se me pone a hablar de libros.

—Yo no soporto esas novelas en las cuales hay una feminista en el Vaticano y hay un tipo que defiende los derechos humanos en las cruzadas. Esa especie de transposición de valores morales modernos a mundos antiguos me parece falsa

—Y muy egoísta.-Salto yo.

-Claro, no podemos juzgar el tiempo de Alatriste con los criterios morales de una O.N.G del Siglo XXI

—Ni los del Capitán Alonso de Contreras.

—Claro eran tiempos en los que se mataba con facilidad,  pues eran las reglas del juego de entonces. Y no podemos aplicar criterios morales de ahora.

Vida de este Capitán Alonso de ContrerasTambién hablamos de los nuevos tiempos. Como referencia tomamos el Ayax de Sófocles, pieza que tiene un papel importante en «El Asedio», su próxima novela donde los tiempos de dialogo representados por la diplomacia de Odiseo triunfan sobre los viejos tiempos de Ayax. Yo le digo que para mí todos los tiempos, todas las épocas son fronterizas al igual que todos los territorios son estratégicos, y que siempre estará lo nuevo frente a lo viejo.  Pero con el paso del tiempo, sólo perdura lo que ha sido bendecido por los Dioses.  En la época de «El Asedio» hay una ruptura con el teatro que hasta entonces funcionaba, los libretos de Lope y Calderón se verían relegados por obra y gracia de Moratín. Pero al día de hoy perduran por igual Lope, Calderón y Moratín

—Si te das cuenta sólo los Dioses pueden conceder eternidad —le digo—. Son los que tienen la última palabra. Sin embargo tú no vas a perdurar, dices, a ti no se te recordará y si se te recuerda tal vez sea por el Alatriste.

—Me da igual. Hay gente que trabaja pensando en lo que será de su obra en el futuro y gente que nos da igual. Mi obra es utilitaria. Yo escribo porque soy feliz escribiendo, me lo paso muy bien, me amueblo el mundo. Es una manera de seguir viviendo vidas ricas, multiplicadas y varias y seguir vivo en un cuerpo que envejece. Mi utilidad es inmediata. Lo que piensen de mí dentro de treinta, cuarenta o cincuenta años, a mí qué más me da. Escucha, yo he visto arder la biblioteca de Sarajevo, borrarse huellas culturales. Yo sé, y no es teoría, porque lo he visto, en qué terminan los grandes proyectos y el gran afán de inmortalidad del ser humano. Yo he visto caer a Ceausescu. Cómo voy a hacerme yo ilusiones sobre lo que el futuro depare a mi obra. Sería tan gilipollas…

—Sólo era una pregunta.

(Continuará)

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Revertiano

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He conocido a muchos embusteros en toda mi puta vida. De todos aprendí algo pero puedo poner con orgullo que de quien más aprendí fue de este corsario, amigo de sus amigos y enemigo sólo de quien le llega a la altura. Un hijo de puta. Por eso mi más hermano.

Acaba de escribir una tremenda novela ambientada en el Cádiz de los tiempos de Napoleón. De cuando sus tropas asediaban la ciudad y las gaditanas se hacían tirabuzones con las bombas. Pero no se trata de una novela histórica. Ni mucho menos. Es una novela de género. De qué genero. Pues de género revertiano puro. Una novela cruda, con espionaje, guerra, amor, ciencia y barcos corsarios que navegan por la piel de las niñas de buena familia. Y todo ello picado por la sal marinera del Atlántico, donde un viejo lobo de mar espera un golpe de suerte que le devuelva a la aventura. Casi ná.

El otro día papeamos juntos. Arturo se pidió un lenguao a la plancha y yo, que estaba esmayao, un plato de jamón, media docena de tortillitas y un filete de ternera, vuelta y vuelta, con toda su sangre. Pan y vino, y que no falte, pues el abuelo mulato de Arturo —ese tal Alejandro Dumas— bien dejó escrito que el vino es la parte intelectual de la comida. Entre trago y trago, hablamos de Dumas, de Edmundo Dantes, de Marsella , del puerto de Marsella, del foro icorso, de los comentarios de la Trinchera Cósmica, del Pelao y de todos vosotros.

Él dice que me envidia la prosa y algo más. Yo digo que envidio no haber escrito cualquiera de sus novelas. Pero sobre todas las demás esta última, donde muestra un enigma que contiene los rincones oscuros de la naturaleza humana. Una jugada maestra sobre un tablero de ajedrez en el que un asesino en serie se va comiendo a las niñas como si fueran peones y donde Cádiz es un patio de vecinos en el que no sólo habitan personas. También es un conglomerado de aire, silencios, sonidos, temperaturas, luces, olores y gustos. Bien mirado, el Cádiz de entonces sigue igual al de ahora. Lo único que ha cambiado ha sido el nombre de las calles. Algo así me viene a decir Arturo, que se las sabe todas con el nombre original.

Plano de la Bahía de Cádiz

He tenido la gracia de ser de los primeros en leer esta novela donde la geometría del azar elige lugares de cualidades misteriosas para ir poniendo bombas y cadáveres. He tenido esa suerte, ya digo, pues con «El Asedio», Arturo vuelve a las andadas; a contar viejas historias pero con ojos nuevos. Mientras la comida, le hice una interviú para la revista Qué Leer, aunque ahora, que caigo en la cuenta, en realidad la entrevista me la hizo él a mí.

—Habrás visto, chaval, que mi Rogelio Tizón es primo hermano del teniente Beltrán.

—Sí, de haberlo leído antes hubiera randao algunos detalles para mí teniente Beltrán. Pero en esta ocasión, yo te he madrugado.

Así empezó nuestra conversación. Como comprenderán, a partir de aquí puede pasar de todo menos que entren los gabachos.

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