Morente

El Picasso cantaor

(Aparecido en La Razón el 14/12/2010)

Si hay un rasgo peculiar que diferencia el flamenco de todos los demás folclores de nuestra península, sin lugar a dudas, ese rasgo es la sensibilidad, la inteligencia para saber crecer y fundirse con otras músicas. Enrique Morente es claro ejemplo de lo dicho. Nadie como él ha dado pasos tan resueltos a la hora de fusionar sonidos negros y convertir el flamenco en lo que es hoy: memoria viva del tiempo presente.

Como muestra queda una montonera de discos grabados a sangre y de todos ellos cabe destacar su trabajo más valiente, el definitivo «Omega», donde la voz del cantaor granaíno parece surgir de un pozo ciego y se eleva y se afila y se mezcla con las cuchillas eléctricas de los Lagartija Nick para rendir tributo al poeta.

Cantó a Federico García  Lorca, a Nicolás Guillén, a Leonard Cohen, a Joaquín Sabina y, cómo no, también cantó a Pablo Picasso, pues aunque las comparaciones son injustas, bien se puede aventurar uno a llamar a  Enrique Morente el Picasso del flamenco. Porque siempre anduvo a la vanguardia pero sin esnobismos, es decir, sin perder conciencia de clase.

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Morente, el Capitán de la noche

(Texto aparecido en elcultural.es el 13 /12/2010)

Fue el Capitán de la noche, nuestro jefe, cuando entonces todos éramos jóvenes flamencos. Lo conocí a mediados los ochenta, época en la que Antonio Benamargo, desde la Vallecas flamenca, se empeñaba en dar a conocer nuestra música más libre. Amasada por levadura mora, gitana y morisca, su voz te envolvía con el misticismo de un espíritu consagrado al arte, destapando el tarro de las esencias cada vez que entonaba. Algo a lo que, una vez probado, era imposible resistirse a no probar de nuevo.

Nos corrimos algunas juergas juntos, tirando madrugadas en el Rastro de Madrid, donde los gitanos jaleaban a Morente llamándolo «Maestro». Sin duda alguna, era el más respetado. Ahora lo recuerdo, acompañado siempre por su familia, sus cuñados Antonio y Pepe Carbonell, por Agustín Carbonell «Bola», guitarrista heredero de Sabicas, también de su compadre, el actor Juan Diego. Para mí fue un catedrático que impartía doctrina en la cueva del Candela, la voz siempre a punto y la oreja pendiente de sonidos extranjeros ya fueran los Sonith Young o las Voces Búlgaras.

Yo era un chaval, ya digo, que buscaba el olor a sangre que recorre lo jondo y con el que se emborracharían Federico García Lorca y tantos otros para aprender a escribir con ese dolor que hace temblar la hoja. Ese mismo dolor que hoy tanto me duele y que por puro egoísmo, no quiero compartir con nadie.

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