Julio Valdeón

El hombre que mató a Kennedy

El hereje

La Valladolid iluminada por las hogueras de la Santa Inquisición, la misma que contó Delibes para su hereje, alumbra ahora esta trinchera. Julio Valdeón Blanco, su familia y sus muertos más cercanos son paseados por los laberintos de la Internet ante las acusaciones de una chusma resentida con el talento.

Parece ser, según los Inquisidores, que Julio Valdeón Blanco ha matado a Kennedy cuando lo único que hizo fue interpretar una noticia de mierda con el idioma con el que se escribió el Siglo de Oro, así mejorándola, haciéndola más entendible para fulanos como yo, que en inglés sólo saben decir Marlboro.

Pero como siempre, de la forma más cobarde que existe, en pandilla y por la espalda, usurpando otras identidades, aprovechándose de la libertad de esta trinchera -nunca quitaré comentarios- piden ustedes un sistema policial, con jueces y acusados, llenando de mierda a personas dignas, salpicando a gentes que poco o nada tienen que ver con el tema en cuestión. Julio Valdeón Blanco merece ese premio. Pero aquí, no sólo restan méritos al chaval señalando manchas en su corbata, qué va, además se ponen ustedes a linchar como sólo la chusma sabe hacerlo, con observaciones de familia y parentela, argumentos bajunos.

¿Quieren que les haga chantajes emocionales? Yo también sé hacerlos, mejor que cualquiera de ustedes, me dedico al viejo oficio de las putas, manejo sentimientos. Soy más puta y más vieja que cualquiera de ustedes. Soy más puta y más vieja que ese tal Homero.

Pero qué pasa, tan mal les parece que Julio enganchase una noticia de un periódico prestigioso, escrito en la lengua del Imperio y la pusiese negro sobre blanco con la luminosidad con la que se escribió el Siglo de Oro. Pero qué gente más envidiosa.

Y eso le resta méritos para que premien la suma de sus trabajos, pregunto. Incluso hay quien todavía habla de ética periodística. No sé en otros países pero en España, lo de la ética periodística es lo que los gramáticos llaman oxímoron. Extraña figura.

Después de leer los comentarios sólo queda poner que no solo es que pida el Premio de Periodismo Cultural para Julio Valdeón Blanco, sino que también aprovecho y pido para él una calle en el mismo Valladolid, una calle larga, con distintas paradas o urinarios que lleven los nombres y apellidos reales de los que envilecen la prosa de un chaval que no merece este linchamiento.

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De carne y sangre

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El castellano ha dado grandes prosistas, manejadores de un lenguaje mestizo que combina los latinajos burocráticos con la herencia griega y que viene sazonado por siglos de conquista mora. Sin embargo son pocos los novelistas, los contadores de historias que saben que su oficio no consiste sólo en dominar el idioma, sino en saber embaucar al lector, transmitiendo al lector el espíritu vivo de unos personajes fraguados con carne y sangre.

Eso era lo que hacía Delibes y aquí lo cuento, para El Cultural unos días después de su muerte: http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/26844/Azarias_Nini_El_Mochuelo_Cipriano_a_carne_y_fuego

De Valladolid también, viviendo en Harlem y haciendo vida y crónica en prosa castellana está Julio Valdeón Blanco. Para mí es uno de los mejores periodistas que tenemos en nuestro país. Por eso y porque está vivo, nos hemos lanzado a crear un grupo de apoyo para presentar su trabajo al II Premio de Periodismo Cultural que convoca el Ministerio de Cultura. Lo merece por artículos como este: http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/cronicasdesdeeeuu/2010/02/28/nina-simone-princesa-negra.html

Para ello recogemos admiradores en esta página: http://www.facebook.com/group.php?gid=398988881612

Y ahora sigo leyendo a Erskine Caldwell. Llevo unos días absorbido por su novela La parcela de Dios (Navona). El título se debe a ese espacio de terreno que el propietario tiene reservado para una cosecha a la que renuncia para transmitírsela a Dios. En este caso a la iglesia más cercana. Un cuento del sur contado a la manera de Caldwell y que es la manera que tienen los que saben que la tragedia es el género más ridículo que existe. Personajes grotescos, como la familia del propietario, entregada a la fiebre del oro y de la reproducción. Algodoneros, recaudadores de votos, negrones perezosos y rancheros que tocan el banjo a la sombra del porche. Una novela rural salpicada con unos diálogos que calientan las páginas y unos personajes de carne y sangre. Eso es lo que necesita la novela, dando igual que nazcan en Valladolid, que fumen en el sur profundo o que anden de paso por el Harlem.

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