Joaquín Leguina

Garzón, Leguina y el vientre de la bestia

Caín sigue respirando bajo la piel de España. Año 1939. Madrid se defendía de la agresión. ¡No pasarán! Al final pasó lo que pasó, que dejaron al pueblo vendido, mientras en el extranjero se masturbaban con el espectáculo. Perdimos la paz. Al día de hoy, sospecho que también hemos perdido la sombra. Tal y como lo veo, en el extranjero se siguen masturbando con el pellejo de España.

A propósito de lo ocurrido con el asunto Garzón, días después se agolpan sobre mi teclado las imágenes con las que voy componiendo esta Trinchera, sacando de mi vientre toda la mierda que puedo, hasta expulsarla al ciberespacio. Porque me resulta doloroso comprobar cómo la derecha impide remover el tiempo pretérito, por un lado, mientras que por otro se encarga día a día de falsificarlo. De tener un poco más de talento serían estupendos novelistas. Pero no vengo aquí a hacer la ola a Garzón, ni mucho menos, pues considero el trabajo de juez como un trabajo de orden y el orden siempre resulta peligroso. Tal es así que nadie puede erigirse en juez de nadie por aprobar unas oposiciones. Incluso, apurando mucho, ya que tiene que haber jueces y banquillos como que estamos en presente -el único tiempo verbal verdadero pues el pasado siempre se recuerda en beneficio propio y el futuro está por venir – apurando, digo yo, en el presente se cometen injusticias y atropellos también y pocos jueces veo yo por la labor de hacer justicia.

Pongamos que en el presente se quiere despistar la ruina económica con estas cosas que son ruina moral de un país con el que los extranjeros se hacen pajas. Ya puestos a poner, pongamos también en términos matemáticos que nunca se puede poner el signo igual entre los que agreden y los que se defienden de una agresión. Tal vez sea por eso que, como resultado, los que agredieron tengan mausoleos y los agredidos sigan esperando un entierro digno desde la cuneta. Esa es la cuestión. Esa es la injusticia. Lo demás son efectos especiales.

Ah y ahora que me viene a la cabeza, antes de que se me olvide. Para entender la Transición, o la Transacción, recomiendo la biografía de Suárez escrita por Gregorio Morán. En ella aparecen muchas claves que explican la época en la que se pactó la muerte de Franco con Franco ya muerto y enterrado; no sé si me explico.

Con todo, por seguir el hilo de la anterior Trinchera y porque toca, vengo ahora a hablar del amigo Leguina, pues cuando se pregunta «¿Qué pasa, que la mitad de los electores españoles votan al franquismo?» yo he de contestar que «no» pues los hijos de ayer, hoy votan en España al partido socialista que poco o nada tiene que ver con Franco. Tampoco con Marx. Por eso y porque es la economía la que determina la política, el partido socialista es un partido de derechas.

El día que el amigo Leguina rompa su carné lo celebraré. Por algo es mi amigo. No me gusta verlo envuelto en diálogos para besugos. La política actual está llena de lugares comunes, de discursos anémicos. Puedo decir que Leguina es de los pocos políticos con los que he tratado que tienen calibre intelectual y he tratado a unos pocos, que dicen en mi pueblo. La mayoría mentecatos, la verdad. Por eso nunca voto, por eso y porque la democracia siempre me pareció tan egoísta como que el que vota, siempre lo hace pensando en sí mismo, nunca en los demás. Luego está la falta de representación del voto en blanco en la Cámara. Siguiendo con la matemática, el voto en blanco es igual a la abstención. Pero no me quiero ir de bareta; lo que venía a decir, además de todo esto, es que soy lector de oficio, que me paso el día tumbado a la bartola y que leo todo lo que cae en mis manos. La biografía novelada de Leguina me puso a despejar incógnitas en las ecuaciones matemáticas que llevan a un hombre con actividad política a tramar novelas.

Por sus páginas sale Allende y también Pepe Martínez de Ruedo Ibérico. Para quien no lo sepa, Pepe Martínez fue el último editor de combate. Después de trabajar en el vientre de la bestia sacando mierda con sus propias manos, murió de abandono, roto el corazón al darse cuenta de que la peña en la que confiaba, la misma que se pegaba carreras delante de los grises, lo que estaba haciendo no era otra cosa que perseguir el capitalismo.

Algo parecido, aunque de más color, sucedió en los Estados Unidos de América con los yippies. Fue una travesura más. El Che Guevara, que era un tío largo, pasó de ellos. No necesitaba performances. «Quedaos a combatir en el vientre de la bestia», les dijo.

El único que se lo tomó en serio fue Abbie Hoffman. Acabo rozando el lumpen, despojado de conciencia de clase, suicidó. Pero para saber cómo acabó todo lo mejor es leer el libro donde Jerry Rubin lo cuenta -Do it-.

Ocurrió en el año 68 antes de ser atropellado por esa bestia sin piedad que es el capitalismo. De él, de Rubin, de los 7 de Chicago y de Blackie, editorial de combate que publica estas cosas, de todo ello escribiré en una próxima entrega. También de la biografía de Adolfo Suárez escrita por Morán, ya dije, importante a la hora de entender la transacción democrática . Ahora disculpen, sigo leyendo.

cerrados

Beberse el caldo de los sesos sin hacer ruido

Gemma

En todo este tiempo me enganché a leer al Caldwell. Su editora en España, Gemma, me regaló por mi cumple toda la obra hasta ahora editada en España del autor que tanto me pone con sus historias sureñas. La editora me pone mucho también, todo hay que decirlo, por eso la saco aquí, en una foto (espero que los comentarios al respecto sean caballerosos)

Ya comenté La parcela de Dios, una novela donde la culpa flota sobre una familia que se dedica a buscar oro en su hacienda. La novela de marras tiene uno de los mejores finales que he leído en mi vida. Suena un disparo y un hombre se descerraja la tapa de los sesos pero lo bueno es que Caldwell no lo cuenta con palabras, lo cuenta con el arte del silencio. Siempre dije que en literatura es tan importante lo que no se dice como lo que se dice y Caldwell es un maestro en el arte de mostrar lo invisible. El arte de beberse el caldo de los sesos sin hacer ruido. Luego está Tumulto en julio, otro título donde cuenta la historia de un linchamiento racial contada desde distintos ángulos y sin perder el punto de vista. Los diálogos son punteros y con ese sabor sureño que sólo él alcanzaba con un sheriff corrupto y cabronazo como prota.

-Se lleva usted una buena cantidad de de dinero de los fondos públicos ¿no es cierto?-le preguntan al sheriff

-No es gran cosa- contesta él- . Apenas me gano la vida.

Tiene un aire a ese otro sheriff de Jim Thompson en su novela «Pop 1280″

Libros de CaldwellTumulto en julio es novela que recomiendo para estos tiempos de linchamiento, como además recomiendo la última del amigo Joaquín Leguina y que ahora leo. En ella está presente el arte de lo invisible. Se trata de la biografía novelada de un hombre arrastrado al desencanto, un hombre pacífico al que el fracaso siempre le pareció más verdadero, más real, que los triunfos o el placer. El amigo Leguina interpreta las claves de ese desencanto que sufrió una generación que, a la muerte de Franco ,salió a la calle a celebrar su propia derrota. Porque Franco murió en la cama, de puro viejo. No olvidemos.

Al principio de la novela hay una escena de esas que se pegan en la memoria lectora para siempre. La escena que nos cuenta Leguina ocurre en el patio del colegio. Hay que hacerse el cuadro pues se trata de un colegio de curas, de los de antes, sotana y dedos juntos, en racimo, para luego, pumba, reglazo en las yemas; un colegio donde aún la tortilla no había dado la vuelta  y no como ahora pasa que si suspenden a un chaval el tozolón se lo lleva el profe. Encima hoy, si el profe suspende al chaval, a la salida le espera la familia al completo, sin olvidar al perro  ni a ese yerno que quiere ganarse la confianza del suegro. Pero lo que iba, que el colegio que cuenta Leguina, dándole su voz al protagonista, era de los curas llamados maristas y que cuando tocaba recreo los más pequeños salían al patio atemorizados ante los niños más grandes. No era para menos, pues los grandes se quitaban el cinturón para poner a correazos a los pequeños. Esto pasaba ante la mirada beligerante de unos curas que hacían la vista gorda. Brutal, pues sin la imagen de alguien que hubiera impedido la escena sería menos atroz.

La luz crepuscularJoaquín Leguina cuenta en pocas líneas, así, de paso, la imagen de un país y de su herencia. Lo mejor de todo vendrá  después, aunque el amigo Leguina no lo cuente, o mejor, lo cuente sin palabras -como el que se sorbe el caldo de los sesos sin hacer ruido-. Es fácil imaginar al cura, excitado por sentirse demiurgo de una escena en la que se muestra el abuso de poder, es fácil imaginarlo, llamando a un aparte al grandote para bajarle los pantalones  y dar castigo. Ahora, que no es época de frailes, se sigue dando el mismo ejemplo. El abuso de poder es esa forma cobarde que desempeñan los frustrados cuando tienen ocasión. Hacer la vista gorda ante un linchamiento que se puede evitar también es cobardía. La novela de Joaquín Leguina se titula La luz crepuscular y os la recomiendo.

cerrados