Caldwell

Beberse el caldo de los sesos sin hacer ruido

Gemma

En todo este tiempo me enganché a leer al Caldwell. Su editora en España, Gemma, me regaló por mi cumple toda la obra hasta ahora editada en España del autor que tanto me pone con sus historias sureñas. La editora me pone mucho también, todo hay que decirlo, por eso la saco aquí, en una foto (espero que los comentarios al respecto sean caballerosos)

Ya comenté La parcela de Dios, una novela donde la culpa flota sobre una familia que se dedica a buscar oro en su hacienda. La novela de marras tiene uno de los mejores finales que he leído en mi vida. Suena un disparo y un hombre se descerraja la tapa de los sesos pero lo bueno es que Caldwell no lo cuenta con palabras, lo cuenta con el arte del silencio. Siempre dije que en literatura es tan importante lo que no se dice como lo que se dice y Caldwell es un maestro en el arte de mostrar lo invisible. El arte de beberse el caldo de los sesos sin hacer ruido. Luego está Tumulto en julio, otro título donde cuenta la historia de un linchamiento racial contada desde distintos ángulos y sin perder el punto de vista. Los diálogos son punteros y con ese sabor sureño que sólo él alcanzaba con un sheriff corrupto y cabronazo como prota.

-Se lleva usted una buena cantidad de de dinero de los fondos públicos ¿no es cierto?-le preguntan al sheriff

-No es gran cosa- contesta él- . Apenas me gano la vida.

Tiene un aire a ese otro sheriff de Jim Thompson en su novela «Pop 1280″

Libros de CaldwellTumulto en julio es novela que recomiendo para estos tiempos de linchamiento, como además recomiendo la última del amigo Joaquín Leguina y que ahora leo. En ella está presente el arte de lo invisible. Se trata de la biografía novelada de un hombre arrastrado al desencanto, un hombre pacífico al que el fracaso siempre le pareció más verdadero, más real, que los triunfos o el placer. El amigo Leguina interpreta las claves de ese desencanto que sufrió una generación que, a la muerte de Franco ,salió a la calle a celebrar su propia derrota. Porque Franco murió en la cama, de puro viejo. No olvidemos.

Al principio de la novela hay una escena de esas que se pegan en la memoria lectora para siempre. La escena que nos cuenta Leguina ocurre en el patio del colegio. Hay que hacerse el cuadro pues se trata de un colegio de curas, de los de antes, sotana y dedos juntos, en racimo, para luego, pumba, reglazo en las yemas; un colegio donde aún la tortilla no había dado la vuelta  y no como ahora pasa que si suspenden a un chaval el tozolón se lo lleva el profe. Encima hoy, si el profe suspende al chaval, a la salida le espera la familia al completo, sin olvidar al perro  ni a ese yerno que quiere ganarse la confianza del suegro. Pero lo que iba, que el colegio que cuenta Leguina, dándole su voz al protagonista, era de los curas llamados maristas y que cuando tocaba recreo los más pequeños salían al patio atemorizados ante los niños más grandes. No era para menos, pues los grandes se quitaban el cinturón para poner a correazos a los pequeños. Esto pasaba ante la mirada beligerante de unos curas que hacían la vista gorda. Brutal, pues sin la imagen de alguien que hubiera impedido la escena sería menos atroz.

La luz crepuscularJoaquín Leguina cuenta en pocas líneas, así, de paso, la imagen de un país y de su herencia. Lo mejor de todo vendrá  después, aunque el amigo Leguina no lo cuente, o mejor, lo cuente sin palabras -como el que se sorbe el caldo de los sesos sin hacer ruido-. Es fácil imaginar al cura, excitado por sentirse demiurgo de una escena en la que se muestra el abuso de poder, es fácil imaginarlo, llamando a un aparte al grandote para bajarle los pantalones  y dar castigo. Ahora, que no es época de frailes, se sigue dando el mismo ejemplo. El abuso de poder es esa forma cobarde que desempeñan los frustrados cuando tienen ocasión. Hacer la vista gorda ante un linchamiento que se puede evitar también es cobardía. La novela de Joaquín Leguina se titula La luz crepuscular y os la recomiendo.

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De carne y sangre

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El castellano ha dado grandes prosistas, manejadores de un lenguaje mestizo que combina los latinajos burocráticos con la herencia griega y que viene sazonado por siglos de conquista mora. Sin embargo son pocos los novelistas, los contadores de historias que saben que su oficio no consiste sólo en dominar el idioma, sino en saber embaucar al lector, transmitiendo al lector el espíritu vivo de unos personajes fraguados con carne y sangre.

Eso era lo que hacía Delibes y aquí lo cuento, para El Cultural unos días después de su muerte: http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/26844/Azarias_Nini_El_Mochuelo_Cipriano_a_carne_y_fuego

De Valladolid también, viviendo en Harlem y haciendo vida y crónica en prosa castellana está Julio Valdeón Blanco. Para mí es uno de los mejores periodistas que tenemos en nuestro país. Por eso y porque está vivo, nos hemos lanzado a crear un grupo de apoyo para presentar su trabajo al II Premio de Periodismo Cultural que convoca el Ministerio de Cultura. Lo merece por artículos como este: http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/cronicasdesdeeeuu/2010/02/28/nina-simone-princesa-negra.html

Para ello recogemos admiradores en esta página: http://www.facebook.com/group.php?gid=398988881612

Y ahora sigo leyendo a Erskine Caldwell. Llevo unos días absorbido por su novela La parcela de Dios (Navona). El título se debe a ese espacio de terreno que el propietario tiene reservado para una cosecha a la que renuncia para transmitírsela a Dios. En este caso a la iglesia más cercana. Un cuento del sur contado a la manera de Caldwell y que es la manera que tienen los que saben que la tragedia es el género más ridículo que existe. Personajes grotescos, como la familia del propietario, entregada a la fiebre del oro y de la reproducción. Algodoneros, recaudadores de votos, negrones perezosos y rancheros que tocan el banjo a la sombra del porche. Una novela rural salpicada con unos diálogos que calientan las páginas y unos personajes de carne y sangre. Eso es lo que necesita la novela, dando igual que nazcan en Valladolid, que fumen en el sur profundo o que anden de paso por el Harlem.

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