La Trinchera Cósmica

De hermanos y primos y demás parentela

Llevo tiempo sin escribir en esta trinchera; el motivo es sencillo: soy lector, prefiero leer que escribir. Aún así, sigo con la tripa suelta y más en estos días que anduve alimentándome con documentos de ese periodo que llaman la transición y que para mí fue de transacción. Para entender la lógica por la que se rige este periodo hay que tener muy desarrollado el octavo sentido de la subnormalidad que diría Vázquez Montalbán.

Discípulo de Montalbán es Gregorio Morán, ácido y valiente, en su biografía sobre Adolfo Suárez desvela una serie de claves que nos ponen la medida de golfería de nuestros administradores . Aquí va una perla. Se trata de la carta que Juan Carlos, rey de España por la gracia de Dios, escribe a su primo -al que llama hermano- el Sha de Persia. Se trata de un documento que fue desclasificado cuando el Sha tuvo que salir del país. Dice así:

Mi querido hermano:
Para empezar quisiera decirte cuán inmensamente agradecido estoy porque hayas enviado a tu sobrino, el Príncipe Shahram, a verme, facilitándome así una respuesta rápida a mi petición en un momento difícil para mi país.

Me gustaría a continuación informarte de la situación política en España y del desarrollo de la campaña de los partidos políticos, antes, durante y después de las elecciones (parlamentarias)

Así plantea el monarca el asunto, luego viene el nudo donde, con la prosa oficial que caracteriza este tipo de cartas, hace balance histórico de la época de Franco para finalizar con el desenlace:

Por eso me tomo la libertad, con todos mis respetos, de someter a tu generosa consideración la posibilidad de conceder 10.000.000 (diez millones) de dólares como tu contribución personal al fortalecimiento de la monarquía española.

Qué poca vergüenza. Con ese dinero se podrían haber arreglado las hambres de los españoles, de los persas y de los andorranos pero, claro, no interesa. Esas cosas ocurrían en el periodo ese del que hoy se habla tanto. Mientras la peña se pegaba madrugones para ir al currelo, los bien comidos se dedicaban a lo único que saben hacer, transacciones en nombre del pueblo y la democracia. Periodo oscuro el de la Transición donde se torturaba en las comisarías y los maderos iban a pachas con los delincuentes. La llegada de un farsante al poder como Felipe dio rienda suelta al estado policial con sus torturas y desaparecidos, abriendo heridas en el mapa de nuestro país y generando odios que aún perduran; capítulos que manchan de mierda la palabra democracia convirtiéndola en lo que se vendría a llamar letrinocracia.

Mientras tanto, los rabanitos, así los define bien Gregorio Morán por ser rojos por fuera, blancos por dentro y estar siempre cerca de la mantequilla, los rabanitos, digo, se dedicaban a especular con los dineros públicos. Boyer, Rubio y De la Concha montaron un bingo con las bolas marcadas. Ahora, gracias a Internet, se pueden visitar las noticias de la época. Yo me entretengo, haciendo revisión de nombres y apellidos, algunos cercanos al mundo literario que, créanme, hay veces que siento vergüenza de pertenecer al citado. Sin embargo, mirándolo bien, la gentuza de marras poco o nada tiene que ver con la literatura, siendo ellos -y ellas- los verdaderos intrusos. Farsantes.

Con todo, generalizar siempre me pareció injusto. En las entradas anteriores escribí sobre nuevas editoriales, savia nueva. Blackie Books es un ejemplo a seguir, un chaval valiente que se pone a recuperar textos hasta ahora desconocidos para el gran público. Pero también hay editores que trabajan desde el vientre de la bestia, tal es el caso de Daniel Cladera, editor joven y entusiasta de la buena literatura que desde su posición planetaria está recuperando el catálogo del Ruedo Ibérico para Backlist, sin duda alguna la mejor editorial que tiene el grupo; o ese otro editor, que trabaja textos de combate -entre ellos los de Irene Lozano- y al que se debe la edición del libro que arranca esta pieza, la biografía de Suárez. Se llama Miguel Aguilar y tiene la dificultad de ser zurdo en un negocio de derechas.

En fin, Blackie Books, Daniel Cladera, Miguel Aguilar, desde esta Trinchera Cósmica, bendigo vuestro trabajo.

Para la próxima, escribiré sobre «Pistola y cuchillo»; lo prometo y también daré fechas para arrancar un concurso de micro relatos para El Cultural de El Mundo por facebook y donde os espero. Afilen el bolígrafo o lo que tengan más a mano pues la temporada viene sangrienta.

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Garzón, Leguina y el vientre de la bestia

Caín sigue respirando bajo la piel de España. Año 1939. Madrid se defendía de la agresión. ¡No pasarán! Al final pasó lo que pasó, que dejaron al pueblo vendido, mientras en el extranjero se masturbaban con el espectáculo. Perdimos la paz. Al día de hoy, sospecho que también hemos perdido la sombra. Tal y como lo veo, en el extranjero se siguen masturbando con el pellejo de España.

A propósito de lo ocurrido con el asunto Garzón, días después se agolpan sobre mi teclado las imágenes con las que voy componiendo esta Trinchera, sacando de mi vientre toda la mierda que puedo, hasta expulsarla al ciberespacio. Porque me resulta doloroso comprobar cómo la derecha impide remover el tiempo pretérito, por un lado, mientras que por otro se encarga día a día de falsificarlo. De tener un poco más de talento serían estupendos novelistas. Pero no vengo aquí a hacer la ola a Garzón, ni mucho menos, pues considero el trabajo de juez como un trabajo de orden y el orden siempre resulta peligroso. Tal es así que nadie puede erigirse en juez de nadie por aprobar unas oposiciones. Incluso, apurando mucho, ya que tiene que haber jueces y banquillos como que estamos en presente -el único tiempo verbal verdadero pues el pasado siempre se recuerda en beneficio propio y el futuro está por venir – apurando, digo yo, en el presente se cometen injusticias y atropellos también y pocos jueces veo yo por la labor de hacer justicia.

Pongamos que en el presente se quiere despistar la ruina económica con estas cosas que son ruina moral de un país con el que los extranjeros se hacen pajas. Ya puestos a poner, pongamos también en términos matemáticos que nunca se puede poner el signo igual entre los que agreden y los que se defienden de una agresión. Tal vez sea por eso que, como resultado, los que agredieron tengan mausoleos y los agredidos sigan esperando un entierro digno desde la cuneta. Esa es la cuestión. Esa es la injusticia. Lo demás son efectos especiales.

Ah y ahora que me viene a la cabeza, antes de que se me olvide. Para entender la Transición, o la Transacción, recomiendo la biografía de Suárez escrita por Gregorio Morán. En ella aparecen muchas claves que explican la época en la que se pactó la muerte de Franco con Franco ya muerto y enterrado; no sé si me explico.

Con todo, por seguir el hilo de la anterior Trinchera y porque toca, vengo ahora a hablar del amigo Leguina, pues cuando se pregunta «¿Qué pasa, que la mitad de los electores españoles votan al franquismo?» yo he de contestar que «no» pues los hijos de ayer, hoy votan en España al partido socialista que poco o nada tiene que ver con Franco. Tampoco con Marx. Por eso y porque es la economía la que determina la política, el partido socialista es un partido de derechas.

El día que el amigo Leguina rompa su carné lo celebraré. Por algo es mi amigo. No me gusta verlo envuelto en diálogos para besugos. La política actual está llena de lugares comunes, de discursos anémicos. Puedo decir que Leguina es de los pocos políticos con los que he tratado que tienen calibre intelectual y he tratado a unos pocos, que dicen en mi pueblo. La mayoría mentecatos, la verdad. Por eso nunca voto, por eso y porque la democracia siempre me pareció tan egoísta como que el que vota, siempre lo hace pensando en sí mismo, nunca en los demás. Luego está la falta de representación del voto en blanco en la Cámara. Siguiendo con la matemática, el voto en blanco es igual a la abstención. Pero no me quiero ir de bareta; lo que venía a decir, además de todo esto, es que soy lector de oficio, que me paso el día tumbado a la bartola y que leo todo lo que cae en mis manos. La biografía novelada de Leguina me puso a despejar incógnitas en las ecuaciones matemáticas que llevan a un hombre con actividad política a tramar novelas.

Por sus páginas sale Allende y también Pepe Martínez de Ruedo Ibérico. Para quien no lo sepa, Pepe Martínez fue el último editor de combate. Después de trabajar en el vientre de la bestia sacando mierda con sus propias manos, murió de abandono, roto el corazón al darse cuenta de que la peña en la que confiaba, la misma que se pegaba carreras delante de los grises, lo que estaba haciendo no era otra cosa que perseguir el capitalismo.

Algo parecido, aunque de más color, sucedió en los Estados Unidos de América con los yippies. Fue una travesura más. El Che Guevara, que era un tío largo, pasó de ellos. No necesitaba performances. «Quedaos a combatir en el vientre de la bestia», les dijo.

El único que se lo tomó en serio fue Abbie Hoffman. Acabo rozando el lumpen, despojado de conciencia de clase, suicidó. Pero para saber cómo acabó todo lo mejor es leer el libro donde Jerry Rubin lo cuenta -Do it-.

Ocurrió en el año 68 antes de ser atropellado por esa bestia sin piedad que es el capitalismo. De él, de Rubin, de los 7 de Chicago y de Blackie, editorial de combate que publica estas cosas, de todo ello escribiré en una próxima entrega. También de la biografía de Adolfo Suárez escrita por Morán, ya dije, importante a la hora de entender la transacción democrática . Ahora disculpen, sigo leyendo.

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Beberse el caldo de los sesos sin hacer ruido

Gemma

En todo este tiempo me enganché a leer al Caldwell. Su editora en España, Gemma, me regaló por mi cumple toda la obra hasta ahora editada en España del autor que tanto me pone con sus historias sureñas. La editora me pone mucho también, todo hay que decirlo, por eso la saco aquí, en una foto (espero que los comentarios al respecto sean caballerosos)

Ya comenté La parcela de Dios, una novela donde la culpa flota sobre una familia que se dedica a buscar oro en su hacienda. La novela de marras tiene uno de los mejores finales que he leído en mi vida. Suena un disparo y un hombre se descerraja la tapa de los sesos pero lo bueno es que Caldwell no lo cuenta con palabras, lo cuenta con el arte del silencio. Siempre dije que en literatura es tan importante lo que no se dice como lo que se dice y Caldwell es un maestro en el arte de mostrar lo invisible. El arte de beberse el caldo de los sesos sin hacer ruido. Luego está Tumulto en julio, otro título donde cuenta la historia de un linchamiento racial contada desde distintos ángulos y sin perder el punto de vista. Los diálogos son punteros y con ese sabor sureño que sólo él alcanzaba con un sheriff corrupto y cabronazo como prota.

-Se lleva usted una buena cantidad de de dinero de los fondos públicos ¿no es cierto?-le preguntan al sheriff

-No es gran cosa- contesta él- . Apenas me gano la vida.

Tiene un aire a ese otro sheriff de Jim Thompson en su novela «Pop 1280″

Libros de CaldwellTumulto en julio es novela que recomiendo para estos tiempos de linchamiento, como además recomiendo la última del amigo Joaquín Leguina y que ahora leo. En ella está presente el arte de lo invisible. Se trata de la biografía novelada de un hombre arrastrado al desencanto, un hombre pacífico al que el fracaso siempre le pareció más verdadero, más real, que los triunfos o el placer. El amigo Leguina interpreta las claves de ese desencanto que sufrió una generación que, a la muerte de Franco ,salió a la calle a celebrar su propia derrota. Porque Franco murió en la cama, de puro viejo. No olvidemos.

Al principio de la novela hay una escena de esas que se pegan en la memoria lectora para siempre. La escena que nos cuenta Leguina ocurre en el patio del colegio. Hay que hacerse el cuadro pues se trata de un colegio de curas, de los de antes, sotana y dedos juntos, en racimo, para luego, pumba, reglazo en las yemas; un colegio donde aún la tortilla no había dado la vuelta  y no como ahora pasa que si suspenden a un chaval el tozolón se lo lleva el profe. Encima hoy, si el profe suspende al chaval, a la salida le espera la familia al completo, sin olvidar al perro  ni a ese yerno que quiere ganarse la confianza del suegro. Pero lo que iba, que el colegio que cuenta Leguina, dándole su voz al protagonista, era de los curas llamados maristas y que cuando tocaba recreo los más pequeños salían al patio atemorizados ante los niños más grandes. No era para menos, pues los grandes se quitaban el cinturón para poner a correazos a los pequeños. Esto pasaba ante la mirada beligerante de unos curas que hacían la vista gorda. Brutal, pues sin la imagen de alguien que hubiera impedido la escena sería menos atroz.

La luz crepuscularJoaquín Leguina cuenta en pocas líneas, así, de paso, la imagen de un país y de su herencia. Lo mejor de todo vendrá  después, aunque el amigo Leguina no lo cuente, o mejor, lo cuente sin palabras -como el que se sorbe el caldo de los sesos sin hacer ruido-. Es fácil imaginar al cura, excitado por sentirse demiurgo de una escena en la que se muestra el abuso de poder, es fácil imaginarlo, llamando a un aparte al grandote para bajarle los pantalones  y dar castigo. Ahora, que no es época de frailes, se sigue dando el mismo ejemplo. El abuso de poder es esa forma cobarde que desempeñan los frustrados cuando tienen ocasión. Hacer la vista gorda ante un linchamiento que se puede evitar también es cobardía. La novela de Joaquín Leguina se titula La luz crepuscular y os la recomiendo.

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El hombre que mató a Kennedy

El hereje

La Valladolid iluminada por las hogueras de la Santa Inquisición, la misma que contó Delibes para su hereje, alumbra ahora esta trinchera. Julio Valdeón Blanco, su familia y sus muertos más cercanos son paseados por los laberintos de la Internet ante las acusaciones de una chusma resentida con el talento.

Parece ser, según los Inquisidores, que Julio Valdeón Blanco ha matado a Kennedy cuando lo único que hizo fue interpretar una noticia de mierda con el idioma con el que se escribió el Siglo de Oro, así mejorándola, haciéndola más entendible para fulanos como yo, que en inglés sólo saben decir Marlboro.

Pero como siempre, de la forma más cobarde que existe, en pandilla y por la espalda, usurpando otras identidades, aprovechándose de la libertad de esta trinchera -nunca quitaré comentarios- piden ustedes un sistema policial, con jueces y acusados, llenando de mierda a personas dignas, salpicando a gentes que poco o nada tienen que ver con el tema en cuestión. Julio Valdeón Blanco merece ese premio. Pero aquí, no sólo restan méritos al chaval señalando manchas en su corbata, qué va, además se ponen ustedes a linchar como sólo la chusma sabe hacerlo, con observaciones de familia y parentela, argumentos bajunos.

¿Quieren que les haga chantajes emocionales? Yo también sé hacerlos, mejor que cualquiera de ustedes, me dedico al viejo oficio de las putas, manejo sentimientos. Soy más puta y más vieja que cualquiera de ustedes. Soy más puta y más vieja que ese tal Homero.

Pero qué pasa, tan mal les parece que Julio enganchase una noticia de un periódico prestigioso, escrito en la lengua del Imperio y la pusiese negro sobre blanco con la luminosidad con la que se escribió el Siglo de Oro. Pero qué gente más envidiosa.

Y eso le resta méritos para que premien la suma de sus trabajos, pregunto. Incluso hay quien todavía habla de ética periodística. No sé en otros países pero en España, lo de la ética periodística es lo que los gramáticos llaman oxímoron. Extraña figura.

Después de leer los comentarios sólo queda poner que no solo es que pida el Premio de Periodismo Cultural para Julio Valdeón Blanco, sino que también aprovecho y pido para él una calle en el mismo Valladolid, una calle larga, con distintas paradas o urinarios que lleven los nombres y apellidos reales de los que envilecen la prosa de un chaval que no merece este linchamiento.

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De carne y sangre

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El castellano ha dado grandes prosistas, manejadores de un lenguaje mestizo que combina los latinajos burocráticos con la herencia griega y que viene sazonado por siglos de conquista mora. Sin embargo son pocos los novelistas, los contadores de historias que saben que su oficio no consiste sólo en dominar el idioma, sino en saber embaucar al lector, transmitiendo al lector el espíritu vivo de unos personajes fraguados con carne y sangre.

Eso era lo que hacía Delibes y aquí lo cuento, para El Cultural unos días después de su muerte: http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/26844/Azarias_Nini_El_Mochuelo_Cipriano_a_carne_y_fuego

De Valladolid también, viviendo en Harlem y haciendo vida y crónica en prosa castellana está Julio Valdeón Blanco. Para mí es uno de los mejores periodistas que tenemos en nuestro país. Por eso y porque está vivo, nos hemos lanzado a crear un grupo de apoyo para presentar su trabajo al II Premio de Periodismo Cultural que convoca el Ministerio de Cultura. Lo merece por artículos como este: http://www.elmundo.es/blogs/elmundo/cronicasdesdeeeuu/2010/02/28/nina-simone-princesa-negra.html

Para ello recogemos admiradores en esta página: http://www.facebook.com/group.php?gid=398988881612

Y ahora sigo leyendo a Erskine Caldwell. Llevo unos días absorbido por su novela La parcela de Dios (Navona). El título se debe a ese espacio de terreno que el propietario tiene reservado para una cosecha a la que renuncia para transmitírsela a Dios. En este caso a la iglesia más cercana. Un cuento del sur contado a la manera de Caldwell y que es la manera que tienen los que saben que la tragedia es el género más ridículo que existe. Personajes grotescos, como la familia del propietario, entregada a la fiebre del oro y de la reproducción. Algodoneros, recaudadores de votos, negrones perezosos y rancheros que tocan el banjo a la sombra del porche. Una novela rural salpicada con unos diálogos que calientan las páginas y unos personajes de carne y sangre. Eso es lo que necesita la novela, dando igual que nazcan en Valladolid, que fumen en el sur profundo o que anden de paso por el Harlem.

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Marsé y las personas del verbo porculear

Marsé y Gil de Biedma«Crees que porque enculas a cualquier muchachito/ alcanzarás el arte de Jaime Gil de Biedma. / Él era homosexual y altísimo poeta. / Tú escritorzuelo y un triste maricón». Lo dejó escrito José Agustín Goytisolo en defensa de su amigo Jaime Gil de Biedma. Miembros de una pandilla que se bebió la noche catalana y que capitaneaba Barral subido al palo alto, al día de hoy, de la pandi sólo queda Juan Marsé; de él vengo aquí a escribir un poco.

Es un contador de historias, aventis, como él las llama; patrañas por donde pone a caminar a sus personajes, pistoleros, policías, señoritas hambrientas y huérfanos de guerra perdida.  De fondo, los solares ruinosos de la Barcelona que siempre ha pisado como uno más, aunque a veces pueda sentirse uno menos.  La vida del novelista es lo que tiene; da poco dinero y mucha envidia.

El otro día, el hombre salió con todas sus razones a defender su dignidad; la suya y la de sus amigos muertos.  Fue a raíz de la cinta El cónsul de Sodoma, donde su director, en un alarde de facultades pone al poeta Gil de Biedma mirando a Cuenca, dicho por lo fino; como si el poeta no tuviera otra virtud que la de ser un digno maricón. También era un altísimo poeta.

Entonces va el bueno del Marsé y salta con acertadas, aunque para mí demasiado benévolas, declaraciones sobre la peli de marras:

«Grotesca, ridícula, falsa, inverosímil, sucia, pedante, dirigida por un fallero incompetente y desinformado, mal interpretada, con diálogos deplorables. Es una película desvergonzada, de título infamante y producida por gente sin escrúpulos. Es peor que mala. Es una ofensa a la memoria del poeta por su estupidez y su grosería, algo que va más allá de su absoluta insolvencia cinematográfica».

Pero el productor, poco dado a cerrar la tapa y con el aliento podrido del que hace la digestión masticando dinero, el productor dijo lo siguiente de Marsé:

«Está dolido porque se muestran aspectos de su vida personal. Él conoció a Jaime Gil de Biedma cuando era un pequeño escritor empleado de una joyería y se casa con la criada de una marquesa. Eso aparece en la película y la influencia que tuvo el poeta en su novela Últimas tardes con Teresa. Ver en imágenes esos aspectos de su vida le ha parecido terrorífico. Es un eterno cascarrabias que siempre ha tenido un contencioso con el cine español y que gana más con las adaptaciones de sus novelas al cine que de los editores. Lo que le interesa de verdad es el dinero y está enfadado porque no he contado con él para escribir el guión de esta película. Ése es el verdadero motivo y no otro el que le ha llevado a ser tan desleal».

No creo que Marsé necesite defensa; lo defiende su obra. Títulos como Si te dicen que caí, Últimas tardes con Teresa, Rabos de Lagartija o Un día volveré«, ya lo hacen.  Con todo, no está de más recordárselo al productor cinematográfico que, ya sabemos, es hombre de pocas lecturas y menos luces.  Sólo hace falta verle la cara. Es la cara de un hombre con virtudes monetarias, no nos vamos a engañar, pues en el fondo le hubiera gustado salir en las monedas. Es de este tipo de nuevo hortera que se mete en lo de la cultura por tesón; de los que luchan para conseguir su propio refinamiento aunque siempre acaben cagándose encima del piano.

Ronda Marsé: http://www.candaya.com/rondamarse.htm

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Mesilla de noche

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A raíz de los comentarios en esta Trinchera, relacionados con Bakunin y su lectura aristotélica y donde se viene a decir que la situación transforma los caracteres en la tragedia, he de ponerme de parte de los que saben  que la corrupción del artista va relacionada con las aspiraciones burguesas que el artista asume. Cuanto mayor sea la aspiración, mayor será la intensidad de la tragedia en la que el artista se vea envuelto.

Nunca será igual un artista glotón de focos grandes que otro que llene sus apetitos con linterna, no sé si me explico. Por si acaso, yo prefiero mantenerme en las sombras; alejado de los cenáculos literarios, las presentaciones y todo ese jaleo. La vida literaria me produce picor de pies.  Soy artesano; mantengo una relación gustosa con mi trabajo que practico a mano, como el que se hace pajas. De ahí que me cueste tanto eyacular cuando se trata de poner por medio el cacharrito.  Pero ese es otro cantar. Lo que vine a decir es que desde hace tiempo me viene rondando el porqué del aburguesamiento de los novelistas célebres, llegando a la conclusión de que la ficción es una variedad literaria que practican con maestría los conservadores, esto es, la derecha, pues trastocar la realidad siempre ha sido su práctica.

Siguiendo con lo mismo, en estos días releo a Vargas Llosa, su Conversación en la Catedral. Repaso los diálogos ebrios, la maestría del peruano cuando se trata de poner a hablar a los personajes frente a unos vasos que emborrachan sus recuerdos. Llevo tiempo repasando los diálogos de esta gran obra, ejercitándome con ellos para vertebrar la novela que ahora termino: Pistola y cuchillo. El discurso que mascullan los personajes de una novela no ha de tener una palabra de más. El lector puede agotarse y Vargas Llosa lo sabe. Por ello convierte una conversación en el hilo conductor por el que se va tejiendo un tapiz cruzado de vidas.

Al igual que hace el viajero cuando busca el retorno, cuando llega la noche vuelvo a la novela negra; leo a James Ellroy, otro facha, y al William R. Burnett, facha también, y al Budd Schulberg, este último un chota, además de facha y un hijo de la gran puta, pero que se purificó escupiendo su culpabilidad sobre la hoja en blanco, de ahí la temática social que destilan sus novelas. Así lo interpreto yo. Por ejemplo, en Más dura será la caída retrata las luces y las sombras del boxeo. No hay que olvidar que Budd trabajó como guionista de La Ley del silencio de Elia Kazan, otro chota, otro hijo de puta. Tampoco hay que olvidar que junto a Kazan, el muy membrillo acusó a sus compañeros. Para hacerles un chirlo en la cara a ambos. Con todo y con eso, yo los disculpo. Eran grandes artistas.

Puestos a juntar placeres, literatura y cine, he de confesar que en los últimos tiempos me he enviciado con Edward Bunker, el mismo que hizo de Mr. Blue en Reservoir Dogs de Tarantino. Un pájaro de los bajos fondos, trullero y embaucador que ya contó su vida en La educación de un ladrón y ahora vuelve con dos novelas casi al tiempo. No hay bestia tan feroz es la primera y la otra se titula Stark.

En No hay bestia tan feroz, el protagonista Max Dembo vuelve a su casa después de haber estado un tiempo a la sombra. Como no sabe hacer otra cosa se dedica a planear palos. Luego está el fondo, el retrato social de lo chungo Un pozo ciego con hipodérmicas afiladas directas a chutarte un buen pico. Sólo tienes que asomarte y dejarte caer. Edward Bunker, que sabe de lo que escribe, se pega un paseo entre la delincuencia más bajuna y la sangre más infecta, mostrando que la propiedad y el robo son hijos de un mismo coño.

En Stark, el novelista Edward Bunker vuelve a poner a brillar a la mierda con esa calidad de diamante que sólo él transmite. Stark es un canalla enganchado al que le ponen cachondo los coches y las putas de lujo.  Bunker cuenta a Stark desde la orilla del desastre y sin respiro. Mirándolo bien no sabe hacer otra puta cosa. A Stark le pasa lo que a mí, pero con una diferencia: Que yo no tengo aspiraciones burguesas. Con una buena novela y posición horizontal no le pido más al mundo. Si además tengo lectores como vosotros, me doy por satisfecho.

Las novelas del Edward Bunker se pueden pillar aquí: http://www.sajalineditores.com/

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Revertiana dos

De todos los grabadores el elegido fue éste:

La grabadora

Con este cacharro hice montonera de entrevistas a ángeles caídos. Putas, travelos, yonquis, presidiarios de permiso, toreros con cicatrices, trileros  y todo un desfile de personajes  que me quisieron contar parte de su vida.  Así se lo hice saber.   Y también le hice saber que él es para mí un ángel caído. Caído en gracia, eso sí, pero caído. A mí no te me despistas —le dije— tus gestos delatan al tío de la calle. Al fulano que no ha nacido con privilegios y que ha tenido que engañar al mismísimo Diablo para no ser expulsado de los Selectos Cielos del Arte.

Una mueca le cruza la cara cuando se lo cuento, es una mueca  que yo interpreto como afirmación. Luego, sin dar importancia al gesto se me pone a hablar de libros.

—Yo no soporto esas novelas en las cuales hay una feminista en el Vaticano y hay un tipo que defiende los derechos humanos en las cruzadas. Esa especie de transposición de valores morales modernos a mundos antiguos me parece falsa

—Y muy egoísta.-Salto yo.

-Claro, no podemos juzgar el tiempo de Alatriste con los criterios morales de una O.N.G del Siglo XXI

—Ni los del Capitán Alonso de Contreras.

—Claro eran tiempos en los que se mataba con facilidad,  pues eran las reglas del juego de entonces. Y no podemos aplicar criterios morales de ahora.

Vida de este Capitán Alonso de ContrerasTambién hablamos de los nuevos tiempos. Como referencia tomamos el Ayax de Sófocles, pieza que tiene un papel importante en «El Asedio», su próxima novela donde los tiempos de dialogo representados por la diplomacia de Odiseo triunfan sobre los viejos tiempos de Ayax. Yo le digo que para mí todos los tiempos, todas las épocas son fronterizas al igual que todos los territorios son estratégicos, y que siempre estará lo nuevo frente a lo viejo.  Pero con el paso del tiempo, sólo perdura lo que ha sido bendecido por los Dioses.  En la época de «El Asedio» hay una ruptura con el teatro que hasta entonces funcionaba, los libretos de Lope y Calderón se verían relegados por obra y gracia de Moratín. Pero al día de hoy perduran por igual Lope, Calderón y Moratín

—Si te das cuenta sólo los Dioses pueden conceder eternidad —le digo—. Son los que tienen la última palabra. Sin embargo tú no vas a perdurar, dices, a ti no se te recordará y si se te recuerda tal vez sea por el Alatriste.

—Me da igual. Hay gente que trabaja pensando en lo que será de su obra en el futuro y gente que nos da igual. Mi obra es utilitaria. Yo escribo porque soy feliz escribiendo, me lo paso muy bien, me amueblo el mundo. Es una manera de seguir viviendo vidas ricas, multiplicadas y varias y seguir vivo en un cuerpo que envejece. Mi utilidad es inmediata. Lo que piensen de mí dentro de treinta, cuarenta o cincuenta años, a mí qué más me da. Escucha, yo he visto arder la biblioteca de Sarajevo, borrarse huellas culturales. Yo sé, y no es teoría, porque lo he visto, en qué terminan los grandes proyectos y el gran afán de inmortalidad del ser humano. Yo he visto caer a Ceausescu. Cómo voy a hacerme yo ilusiones sobre lo que el futuro depare a mi obra. Sería tan gilipollas…

—Sólo era una pregunta.

(Continuará)

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Pistola y cuchillo

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Su quejío era un zarpazo que contenía la más afilada de las respuestas. Y mi misión no era otra que la de encontrar las preguntas para darle caza. Como cebo me serví de la excusa que siempre tuve a mano: una entrevista.

De todo ello hoy queda un botín preciado, el mismo que mi memoria guarda y que he decidido repartir con mis lectores. Voy a contar el porqué de Pistola y cuchillo.

Hace dos años, en la estación de Chamartín, corriendo tras el último tren con destino a Alicante me encontré con Josemi Carmona, hijo de Pepe Habichuela y guitarrista también como su viejo. Formó parte de una de las bandas punteras de fusión de los noventa, pongamos, Ketama. Hacía un porrón de tiempo que no nos veíamos.

Ande vas tan elegante, primo —Me dijo—. Si parece que vas a recoger un premio.

Yo estaba nominado para el Azorín que aquella noche se fallaba en Alicante, de ahí mi prisa y mi silencio. Sin embargo, por clarividencia gitana, horas antes de ganar el premio, Josemi Carmona me lo pronóstico. Al otro día, ya de vuelta a casa, con el premio en la maleta y la satisfacción de haber sido premiado, en el tren que me llevaba a San Fernando, leí en el periódico la noticia: Miguel Candela había muerto.

Para quien no lo sepa aún, Miguel Candela era el dueño del Candela, el bar más flamenco de Madrid, situado en el barrio de Lavapiés. En su cueva me corrí muchas noches de juerga con todos los que por allí pasaban. Esa fue mi suerte. Las tabernas y los tablaos de Madrid fueron aulas sagradas para mi formación como literato. Y el bar de Miguel Candela era la cátedra.

Cuando leí la noticia, entonces paré a recordar. Y durante las dos horas y media que dura el trayecto en tren, recordé seis años de mi vida. Al llegar a San Fernando tomé el taxi que me dejaba en casa. Pero al pasar por la Venta Vargas, por delante de la estatua que pusieron al Camarón, el taxista me empezó a contar que a la noche se llevaban los trozos de la estatua. Y no le dejé seguir, le mandé que parase. Y ahí empieza esta historia que pronto dejará de ser mía para ser de mis lectores.

Una historia que empieza a los pies de la estatua que le hicieron en vida al cantaor, de ahí ese regusto macabro que transmite, tan parecido al de una necrológica encargada antes de tiempo. Según consta gastaron no sé cuántas arrobas de bronce y fue al poco de su muerte, cuando pasearon la estatua por toda la Expo. Después se plantó donde queda ahora, a la entrada de la Venta Vargas.

Revistas

En estos dos años el botín que guardaba mi memoria ha engordado, para ello me han ido ayudando los titulares de los periódicos, letras de molde que con el tiempo se convertirían en epitafios para la lápida de la tumba del cantaor, en San Fernando.

Manuscrito

Pistola y cuchillo es una historia mínima pero muy intensa. Una historia de lucha interior y de amistad donde sale a relucir la obligación moral de la palabra dada. La palabra de honor. Pero también es una historia llena de anécdotas y de flamenco. Y lo que vengo a decir con todo esto es que uno merece las historias que cuenta y esta historia no iba a ser menos. Se trata de mi novela más autobiográfica.

Con Camarón

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Revertiano

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He conocido a muchos embusteros en toda mi puta vida. De todos aprendí algo pero puedo poner con orgullo que de quien más aprendí fue de este corsario, amigo de sus amigos y enemigo sólo de quien le llega a la altura. Un hijo de puta. Por eso mi más hermano.

Acaba de escribir una tremenda novela ambientada en el Cádiz de los tiempos de Napoleón. De cuando sus tropas asediaban la ciudad y las gaditanas se hacían tirabuzones con las bombas. Pero no se trata de una novela histórica. Ni mucho menos. Es una novela de género. De qué genero. Pues de género revertiano puro. Una novela cruda, con espionaje, guerra, amor, ciencia y barcos corsarios que navegan por la piel de las niñas de buena familia. Y todo ello picado por la sal marinera del Atlántico, donde un viejo lobo de mar espera un golpe de suerte que le devuelva a la aventura. Casi ná.

El otro día papeamos juntos. Arturo se pidió un lenguao a la plancha y yo, que estaba esmayao, un plato de jamón, media docena de tortillitas y un filete de ternera, vuelta y vuelta, con toda su sangre. Pan y vino, y que no falte, pues el abuelo mulato de Arturo —ese tal Alejandro Dumas— bien dejó escrito que el vino es la parte intelectual de la comida. Entre trago y trago, hablamos de Dumas, de Edmundo Dantes, de Marsella , del puerto de Marsella, del foro icorso, de los comentarios de la Trinchera Cósmica, del Pelao y de todos vosotros.

Él dice que me envidia la prosa y algo más. Yo digo que envidio no haber escrito cualquiera de sus novelas. Pero sobre todas las demás esta última, donde muestra un enigma que contiene los rincones oscuros de la naturaleza humana. Una jugada maestra sobre un tablero de ajedrez en el que un asesino en serie se va comiendo a las niñas como si fueran peones y donde Cádiz es un patio de vecinos en el que no sólo habitan personas. También es un conglomerado de aire, silencios, sonidos, temperaturas, luces, olores y gustos. Bien mirado, el Cádiz de entonces sigue igual al de ahora. Lo único que ha cambiado ha sido el nombre de las calles. Algo así me viene a decir Arturo, que se las sabe todas con el nombre original.

Plano de la Bahía de Cádiz

He tenido la gracia de ser de los primeros en leer esta novela donde la geometría del azar elige lugares de cualidades misteriosas para ir poniendo bombas y cadáveres. He tenido esa suerte, ya digo, pues con «El Asedio», Arturo vuelve a las andadas; a contar viejas historias pero con ojos nuevos. Mientras la comida, le hice una interviú para la revista Qué Leer, aunque ahora, que caigo en la cuenta, en realidad la entrevista me la hizo él a mí.

—Habrás visto, chaval, que mi Rogelio Tizón es primo hermano del teniente Beltrán.

—Sí, de haberlo leído antes hubiera randao algunos detalles para mí teniente Beltrán. Pero en esta ocasión, yo te he madrugado.

Así empezó nuestra conversación. Como comprenderán, a partir de aquí puede pasar de todo menos que entren los gabachos.

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