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Camarón, ‘el que nunca morirá del todo’, se hace héroe literario

ELMUNDO.ES · 2 de diciembre de 2010

Dos años ha dedicado Montero Glez (Madrid, 1965) a escribir las 124 páginas de ‘Pistola y cuchillo’, «una vida tan breve» como lo fue la de su protagonista, José Monge Cruz ‘Camarón’, convertido, por primera vez, en héroe literario, adornado de todas las virtudes de quien «no ha muerto ni morirá nunca del todo».

«En los seis años que seguí por toda España a Camarón (1950-1992) sólo crucé con él un ‘buenas noches’ pero fue suficiente. No quería hacer una biografía sino revivirle a partir de una mentira, de una fábula», detalla Montero Glez.

La novela, que edita El Aleph Editores y Del Taller de Mario Muchnik, está narrada en primera persona por el autor, como ya hiciera, enumera, Cervantes en ‘El Quijote’ o Benito Pérez Galdós en ‘Fortunata y Jacinta’ y para contribuir «a la mentira» se «caracteriza» de entrenador de gallos.

Con esa identidad, porque no quería ser «ni escritor ni periodista», «queda» una noche en la mítica Venta de Vargas, en San Fernando, con Camarón, para «amañar» una supuesta pelea de gallos y lograr «jurdoses» (dinero) para tratar en el extranjero la enfermedad que ya tenía al cantaor gaditano «más allá que acá».

«Yo no sé si ‘el maestro’ tenía problemas de dinero, lo que sé es que le vi, poco antes de morir, en un programa de televisión en el que decía que no tenía nada que dejar a los suyos y yo, como autor, sé que el artista siempre es el último en cobrar. Es un tema muy delicado pero pienso que no murió rico«, dice cauteloso.

Reacción de la familia

No sabe si la familia de Camarón ha leído la novela y aunque barrunta que no también intuye que como la ha escrito «desde el cariño y el respeto» obtendría su «bendición».

«Es la familia de mi maestro y, por tanto, la mía también. Si el libro es un fracaso me lo comeré yo y si es un éxito lo compartiré con ellos, con eso queda dicho todo», subraya el autor, ganador del Premio Azorín de novela 2008 por «Pólvora negra», y residente desde hace quince años en Chiclana de la Frontera.

Montero Glez, que en realidad se llama Roberto Montero González, pero le parecía que sonaba «más artístico y extranjero» el acrónimo y que eso le traería, «seguro», el éxito, dedicó dos años a escribir ‘Pistola y cuchillo’, que tiene en su portada una fotografía de la mano de Camarón sosteniendo «su sempiterno» cigarrillo, porque, argumenta, ese el tiempo que emplea en cada uno de sus libros.

«Es cortito pero flamenco», reivindica el escritor, que puso en pie la novela sentado en la misma mesa de la Venta de Vargas en la que Manolo Caracol aprendía a leer y luego escuchó cómo un Camarón casi adolescente, al que habían proahijado los dueños del lugar, los Picardo, le arrebataba el cetro del más grande.

El otro centro de gravedad de la novela es la Casa de Postas a la entrada de Conil de la Frontera: «entre los dos lugares hay una especie de túnel del tiempo como el que describía Julio Cortázar cuando fabuló la biografía de Charlie Parker».

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Camarón se convierte por primera vez en novela

NÚRIA MARTORELL · Elperiódico.com, 28 de diciembre de 2010
La narración se enmarca en la mítica Venta Vargas de San Fernando. Montero Glez recrea en ‘Pistola y cuchillo’ los últimos momentos del genial cantaor

«Es una historia dura, pero a la vez tierna, como el flamenco». Así es como describe el escritor Montero Glez (Madrid, 1965) su última obra, Pistola y cuchillo (El Aleph/ Mario Muchnik). «Un relato [ocupa 124 páginas] más que una novela», admite, en el que el autor recoge las últimas caladas del entonces ya maltrecho Camarón de la Isla, apurando los cigarrillos con la misma intensidad que la vida. El encuentro con el novelista es en La Venta Vargas de San Fernando (Cádiz), en el llamado camarote de Camarón -un apartado repleto de fotos y dedicatorias del añorado revolucionario del cante-. «Las morbosidades las he intentado evitar. Es un libro muy simbólico. El gallo mismo, tan protagonista, es un símbolo solar. Y en mi libro, simboliza la amistad», aclara.

De hecho, Glez se convierte en el libro en el entrenador de un gallo de peleas rubio (como el cantaor) llamado Ciclón y que en su día le dio Camarón para que lo convirtiera en el mejor. «Aquí las peleas no están prohibidas y los gitanos tienen muchísima afición. Pero lo que me interesa es sacar a relucir el valor de la palabra dada, pues las apuestas se hacen sin papeles».

Y entre estas mismos cuatro paredes, según relata, se enfrentaron en su día Manolo Caracol y un jovencísimo Camarón. El primero, a modo de desaire, cuando el de la Isla acabó de cantar pidió «cazalla» dando a entender que no era tan bueno como se decía. En realidad, acababa de saber que delante suyo estaba el que ocuparía su trono.

Pistola y cuchillo fabula sobre episodios que no siempre son reales al cien por cien. Sí es cierto que se carteaba con su gran ídolo (el torero El Cordobés, aunque este no supiera escribir…) Y curiosa es la historia en la que en un hotel, precisamente de Barcelona, Camarón saca el magnetófono con el que siempre viajaba, pone una cinta de Las Grecas y corta el cable del televisor para empalmar los dos cacharros porque quiere «verles» cantar Te estoy amando locamente. Y como no lo logra, termina tirando la tele por la ventana. «En el libro esto lo narra Lolo Picardo, el que regenta La Venta Vargas y su gran amigo, pero en realidad con quien estaba en esa habitación era el mismísimo Bambino», asegura Glez.

Verdad y mentira son dos palabras que menciona constantemente, llenándolas y vaciándolas de significado. La verdad es que Glez, que durante años se dedicó a seguir a Camarón por toda España para no perderse ni un concierto, tan solo cruzó con él dos palabras: «Buenas noches». ¿Y qué le gustaría preguntarle si de repente pudiera entrevistarle? «Mmmm… ¿Tienes lumbre?», responde este también fumador empedernido.

EL ALMA DE LA VERDAD/ «Julio Cortázar ha descrito a Charlie Parker como nadie y jamás se conocieron. Y ya lo dijo Onetti y yo lo repito de memoria: se puede mentir de muchas formas pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, despojada de sentimientos, quitando el alma a los hechos, dejándolos vacíos, porque los hechos son tan solo recipientes que toman la forma del sentimiento que los llena».

¿Y a qué compás diría que se mueve su novela? «El ritmo es de martinete porque es la fragua; he ido a mi fragua interior, a ese rincón que todo escritor tiene oculto, para echarle fuego. Luego hay caídas sentimental de soleá, estoy hablando de un cante de fatiga. Y ya más adentro, voy barrenando por mineras. Los que más he escuchado también. Pero cuando José cuenta su revelador sueño [que relaciona con la mítica pieza La leyenda del tiempo] lo hace por alegrías». No podía ser de otra forma. En el mismo libro recuerda cómo Camarón empezaba sus actuaciones: «Voy a cantar un poquito por alegrías y luego por lo que ustedes quieran». Pero aún hay penas por cicatrizar. «Los beneficios que generaron sus piezas no van a parar a su familia. Que no muriera millonario es increíble».

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«Pistola y cuchillo», una novela con alma de Camarón

La Razón, 19 de noviembre de 2010

Es la figura, el retrato, sin  el marco de lo biográfico, limpio de fechas, de datos, testimonios, sin el nació, creció y murió dickensianos. «Todo está ahí, en  el primer párrafo», indica. La primera página de la novela no es para nada la primera página del libro. Nunca lo son. Vienen numeradas y ésa es la nueve.

Se lee el comienzo con claridad debajo de un número romano  con una  expresión algo cenicienta: «A la entrada de la Venta Vargas, por donde antes aparcaban los coches, le han puesto una estatua. Dicen que es él, pero no se le parece.

Además de no reír tampoco canta y ni siquiera tararea». Lo evoca al trasluz de los recuerdos, que en este caso es el legado de su música y su voz. El valor de un talento que el tiempo y la leyenda han perpetuado más alla de su presencia, pero, en esta ocasión, bajo el velo abundante de la prosa, que es lugar donde suelen refugiarse las verdades cuando rehúyen de la obviedad y prefieren mostrarse con sutileza detrás de una fábula o  de una buen historia.

Lo redibuja ahí, en su ambiente del sur,  con su chaquetita roja, el carácter siempre desprendido y esa avidez de cigarrillos de fumador nocturno, del trasnochador sin redención que teme que la velada le sorprenda en algún momento con las cajetillas vacías y los estancos cerrados. «Él era muy generoso. El más generoso del mundo, pero tenía miedo de quedarse sin pitillos. Yo lo entiendo es una cosa terrible. Ahora fumar es un sacrilegio. Entonces, no, y, por eso, las noches estaban llenas de tabaco».

Montero Glez nos regala un José Monge Cruz, un Carmarón de la Isla, en su nuevo libro «Pistola y cuchillo» (El Aleph). Lo recorta con ráfagas de humanidad y todos los detalles de las anécdotas, ciertas o no, pero que son más reveladoras que quinientas páginas de descripciones y de vivas estampas costumbristas. «La biografía es un género muerto. Existen algunas que son buenas, las que están escritas desde el cariño, como la de la mujer, por ejemplo, o la de Carlos Lencero, pero son cosas muy especiales. Para mí Camarón es un referente. Alguien importantísimo para mi literatura, como lo son Shakespeare, Goya, Hemingway o la naturaleza. Yo me encontré con esta obra. Me dedico a la fábula y quería pagar la deuda que tenía con el flamenco, dedicarle un homenaje. Y Camarón era todo flamenco. Su voz tenía el pasado del flamenco y, a la vez, lo proyectaba hacia el futuro».

Las puertas del cielo

Montero lo imagina en la puerta de un lugar mítico, un espacio simbólico, ya «enfermo», pero con el aliento sedicioso de los que  todavía se resisten a entregarse porque sí a la muerte. En ese trance deberá tomar una decisión. «La más importante de su vida». Y lo hará a través de la prosa de Montero Glez. Una prosa que ha depurado con atención, despojándola de accesorios, para obtener un texto bello, limpio, claro. «Hay muñeiras, chotis, fados, pero el folclore más inteligente es el flamenco. Es el que ha sabido adaptarse mejor. Es tan cercano. Yo he aprendido mucho de Camarón de la Isla, de Paco de Lucía…».

Deja los puntos suspensivos para que los que escuchan completen la lista. Lo que sí cuenta Montero Glez es la afición hacia el cante y cómo lo sorprendió en una época temprana. Cuando todavía era posible ver a los grandes en un local chiquito, pequeño. «Ahí están –le comentaban–, detrás de esa puerta». Y él se sentaba en una esquina, sin molestar, porque Montero Glez es persona respetuosa y reverencial hacia lo que admira y comprende. Y ese sitio lo era. «Soy un  camaronero de vocación tardía. Antes, cuando salía por la noche, escuchaba a Bob Dylan. Tocaba a las puertas del cielo. Pero no me gustaba la movida madrileña ni el Rock Ola. Me gustaba el Candela. Allí, Miguel Candela, me abría esa puerta. Y poco a poco me fui apartando de Dylan y me fui metiendo en esta música. El flamenco es mi aula sagrada, mi universidad».

Lo vio, pero jamás lo conoció. Camarón de la Isla se le metió en el alma, en el cuerpo, y ahora colecciona sus discos. Los compra, incluso en las estaciones  de servicio de carretera, porque no tiene o le parece que es nueva la fotografía que hay en la carátula de ese álbum. «Lo seguí por San Isidro, por las ferias. En Málaga y recuerdo que cada vez acudía más gente a sus conciertos. Gente de todo tipo, no solo gitanos: ejecutivos, rockeros, punkies, pijos…».

Ha escrito esta novela, en el patio de esa Venta Vargas. Un lugar que el cantaor conoció. Le han dejado un rinconcito y con su libreta y su poética en narrativa, Montero Glez nos ha devuelto a Camarón.  «Escribía esta obra ahí. La familia Picardo, que lleva la Venta Vargas, me ha permitido que me sentara en una mesa y que estuviera aquí. Han sido muy amables. Escribía y  después lo leía  todo en voz alta en el patio. He estado imaginando, viendo las fotografías que hay, pensando cómo sería esa última noche ahí». Montero Glez hace un alto.

Para. Reflexiona. Un silencio. «Camarón se explicaba cantando», sentencia después Su memoria está repleta de nombres, de veladas tardías. «Los he visto a todos, al Tomatito, al Habichuela… Yo era un crío y eso fueron seis años de mi vida. Acudía todas las noches», asegura. El escritor iba al Candela. Se acuerda y rememora: «Yo intentaba pasar desapercibido. Tendría 18 años. Estaba sentado y ni me atrevía con las palmas porque no tenía el ritmo de ellos. No quería molestar. Permanecía ahí oculto. La voz de Camarón me traspasó. Lo sentías, aunque no estuviera cerca. Yo me quedé enganchado. Era como un metal de voz. Yo he visto romperse las camisas por Camarón».

Obra, estilo y pureza

Salía del local cuando ya era el día siguiente «y me iba para mi casa con el soniquete. Se reunían en ese lugar después de la actuación. Ya iban de fiesta. Con copas. Se desataban. Era un privilegio estar en esos momentos». Después admite: «He aprendido mucho ahí. El flamenco es la música más libre. Y es curioso que la haga una raza perseguida. A lo mejor es eso lo que les hace que esta música sea mucho más libre. Me ha influido en la literatura. El rock me cansa, pero cuando escucho flamenco, ese ritmo, me digo, a ver, qué puedo hacer con él. Es una referencia para mi literatura. Lo importante en un libro es lo que cuentas. La forma en lo que lo cuentas es el estilo, que nunca va separado de la historia. Esta obra, por eso es más cristalina, porque Camarón tenía una voz pura. He buscado la transparencia. He roto muchos folios y la novela en la que más veces me he perdido. No hay nadie que haya superado a Camarón».

El novelista, el autor de «Sed de champán», «Manteca Colorá» y «Pólvora negra» subraya que el talento es algo que va con uno, pero que siempre existen más ingrendientes. «Fue tan original que nadie puede copiarle ni superarle. Lo consiguió a base de estudiar a todos. Iba, atendía, miraba y luego le daba su punto. Él cogía de todo y lo hacía suyo. Él mismo engañaba el compás, al ritmo. Cambiaba una canción alegre por otra triste. Más que un cantaor era un estudiante». La pregunta que queda por responder es, por qué una novela. Montero Glez no duda: «Se ha hecho una peli, biografías, discos, pero no se había sacado su figura en la literatura».

A «Pistola y cuchillo»
Montero Glez describe su propia novela con ternura: «Es cortita, pero muy flamenca. No es una obra de Ken Follett, que se podría hacer. Es una historia más breve, pero muy intensa. Con mucho diálogo, muy teatral. Un título en el que he “desescrito” más que he escrito. Pero ahora este libro es de la gente». Sí, es de la gente, pero al autor le queda un pequeño sueño en el interior. Lo que consideraría su mayor logro. «Para mí sería el éxito que alguien que no lo conoce comenzara a escucharlo por haber leído mi libro. Pero me temo que eso no podrá suceder porque él es mucho más conocido que yo», añade. Montero Glez reconoce que «tengo todos sus discos. Algunos repetidos. Cajas integrales. Voy al Media Markt, las veo y me las tengo que comprar. Ahora lo escucho con más cariño. Estoy más agradecido a su figura.

Lo pongo más. Soy más camaronero». El novelista recuerda un concierto. Fue el mejor que dio Camarón. Lo dio en los noventa, cuenta, en San Juan Evangelista. Quizá es el mismo que se reeditará el próximo 7 de septiembre. Es el que dio el cantaor junto a Tomatito el 25 de enero de ese año. Fue en el mismo lugar que apunta el escritor, que ha aprovechado una canción de Camarón para dar nombre al libro. «“Pistola y cuchillo” es una bulería que había en su disco “Te lo dice Camarón”. Pero el disco que yo recomiendo y que aparece en la novela es “La leyenda del tiempo”. Es de los mejores del siglo pasado. Pero de la historia de la fonografía. Es un gran disco.Pero yo también tengo una predilección. No suena tan bien, pero a mí me gusta: “Te lo dice Camarón”. Me encanta. Sé que es un disco menor, pero para mí es uno de los grandes. La guitarrita de Tomatito me apasiona. Y luego, claro, cualquiera de los directos que tiene».

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«Con Camarón, el flamenco debería ser patrimonio de la divinidad»

PAULA CORROTO · Público, 16 de noviembre de 2010

Cuando tenía 18 años, al escritor Montero Glez (Madrid, 1965) se le abrieron las puertas de la sangre: el Candela, un bar de flamencos del barrio madrileño de Lavapiés. A través de su dueño, Miguel Candela, conoció la música y el arte de Camarón de la Isla, Rancapino, Chocolate, Sordera, Caracol, la Faraona y los Habichuela. Se le metió dentro y ya no salió más. Esa deuda la ha pagado ahora, dice, con la novela ‘Pistola y cuchillo’ (El Aleph) en la que recrea la vida de Camarón. En ella aparece como lugar emblemático la Venta de Vargas, el local gaditano donde Manolo Caracol escuchó a ese niño rubio que acabaría revolucionando el flamenco. Pero también Torres Bermejas, el tablao donde Camarón empezó a cantar en Madrid. Una historia a golpe de fandangos, bulerías y cante jondo. Un arte, que como señala el escritor en esta entrevista, «no sólo debería ser patrimonio de la humanidad, sino de la divinidad».

¿Por qué decide escribir esta historia sobre Camarón tan alejada del género biográfico?
Yo merecía esta historia. Tras ganar el premio Azorín iba a escribir una historia de aventuras, pero me encontré con ella. Es mi obra menos comercial, pero es mi obra más de dentro, la más sentida. En ella, el protagonista soy yo. La primera persona cuesta mucho, pero he cogido el referente de Cervantes y Galdós. A mí se me apareció esta novela cuando José Miguel Carmona, el guitarrista de Ketama, me dijo que había fallecido Miguel Candela. Cuando tenía 18 años, a finales de los ochenta, empecé a escuchar flamenco de la mano de Miguel Candela, en el Candela. A mí en esa época no me gustaba lo que había en el Rockola. Para mi el Candela fue mi universidad. Y me encontré con Camarón, que recogía el pasado y lo proyectaba al futuro. Camarón se convirtió en una de mis referencias, junto a Hemingway, Shakespeare, Francisco de Goya y la naturaleza.
¿Cómo se aborda esa figura siendo tan referencial?
Rompiendo muchas cosas y con mucho respeto. Quería revivir al que nunca murió del todo. Y no quería hacer una biografía porque para mí este es un género muerto. Pero he roto muchas cosas, he tirado la toalla…

Y ha reivindicado una personalidad muy poco conocida de Camarón. Él aparece alejado del mito.
Es que él era un estudiante. Si se enteraba de que existía un cantaor bueno, se iba a verle para aprender. A mí me pasa un poco lo mismo, me hablan de un Pablo Gutiérrez, de un Matías Néspolo y voy a leerlos. Y sí, esta es una parte de Camarón de la que pocos han hablado.
En esta novela juega mucho con lo que es verdad y es mentira y Camarón aparece retratado como un hombre que prefería mentirse, vivir en la ensoñación.
Ahí sale una frase de Juan Carlos Onetti: se puede mentir de muchas formas, pero la mentira más repugnante es decir la verdad. Yo también soy un soñador y no quiero que me quiten la coartada de fabular. Eso es lo que también quería reivindicar.
¿Él nunca se creyó que era un innovador?
Sí, yo creo que sí. Camarón recogía el pasado y lo transportaba al futuro. Ha sido un revolucionario del flamenco, pero con un respeto por su pasado, y eso es lo más difícil.
¿Qué opina de que tantos le imiten?
Yo soy muy camaronero, y me gusta que lo imiten porque cuando les escucho me traen su recuerdo. Camarón no ha muerto. Los artistas mueren dos veces: una, la natural, y después para el público. Esta última a él todavía no le ha llegado. Él está vivo, como Chet Baker o Bob Marley, y en literatura, como Roberto Bolaño.
En la novela, otro de los grandes personajes es la Venta de Vargas.
En un templo levantado a la memoria. Ahí se ha vestido Manolete. Yo entro ahí y noto la confianza y el cariño. Tienen el punto de saber dónde está el arte y eso ahora prácticamente ha desaparecido. Entras en un bar y casi ni los buenos días.
Por cierto, hoy el flamenco ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad.
Sí, pero es un reconocimiento a todos: a Camarón, Rancapino, Terremoto, Chocolate, Sordera… Pero sí, con Camarón yo lo extendería a patrimonio de la divinidad.
¿Cómo casa el flamenco con la literatura?
Céline cuenta que su novia bailarina le enseñó el ritmo para la escritura. Para mí la literatura es arquitectura, tiene significados argumentativos plásticos. Yo soy una esponja. La música me hace aprender. Y el flamenco es el compás del mecanismo interno que llevan mis frases.


¿Le gusta el flamenco actual?

Sí, me gusta Santiago Donday, el Talega… y me gusta Pitingo y un disco de Dave Holland con Pepe Habichuela.
Usted le debe mucho al flamenco…
Sí, y este libro es parte de la deuda. Sin el flamenco, mi escritura sería peor. Me sentiría muy feliz si alguien llegara al flamenco a partir de este libro.
Por cierto, ¿qué hay de esa novela de aventuras que había empezado?
Sólo llevo veinte páginas escritas. Pero yo lo que quiero es acabar con Ken Follett.

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Pólvora Negra, una fascinante novela

PEDRO DE PAZ · Literaturas, julio de 2008

Un anarquista, un complot para acabar con una monarquía, un plan hábilmente trazado y una mentira oficial. De tales premisas parte el escritor Montero Glez (Madrid, 1965) para llevar a cabo su novela Pólvora negra (Ed. Planeta, 2008), una excelente recreación del intento de regicidio llevado a cabo por Mateo Morral el día de la boda de Alfonso XIII, galardonada con el premio Azorín 2008.

En esta fascinante novela, Montero Glez nos relata las circunstancias que rodearon el incidente sumergiéndonos en el retrato veraz de un Madrid por el que el autor hace desfilar, a modo de personajes, a una serie de figuras que marcaron una época de la historia de España y que tuvieron una destacada implicación en los hechos. Desde la propia familia real al conde de Romanones pasando por Primo de Rivera, José Nakens o Alejandro Lerroux, todos ellos integran una sólida trama vestida de crónica novelada con la que el autor trata de recuperar la figura histórica de Mateo Morral, romper con la historia oficial que siempre lo presentó como «un loco enamorado que cometió tan execrable acto movido por el despecho» y mostrarlo como un hombre inteligente, ilustrado y plenamente concienciado al que fallaron los apoyos de un plan minuciosamente trazado. El hilo argumental orquestado por Montero Glez nos conduce, minuto a minuto, por un camino de luces y sombras que atraviesa los recovecos existentes en los momentos previos y posteriores al luctuoso suceso y lo hace principalmente a través de la mirada de tres de sus protagonistas: Mateo Morral, el anarquista autor del atentado; el teniente Beltrán, un policía encargado, primero, de la seguridad del evento y después, de la investigación posterior al atentado —el personaje revelación de la novela— y La Chelo, camarera de la Horchatería de Candela, lugar frecuentado por Mateo Morral durante su estancia en Madrid, y que, a la postre, tendrá un papel esencial en la resolución del entramado que Montero Glez nos desgrana y desvela con maestría a lo largo del relato. Al margen de la riqueza de sus personajes, la novela cuenta con otro punto fuerte: la certera y evocadora ambientación de un Madrid de principios de siglo pasado cuyo pulso vital el autor ha transmitido de forma exquisitamente metódica y con una cruda exactitud no exenta de singular belleza. Un Madrid que no se lee ni se ojea: se bebe, se recorre, se disfruta y se sufre hasta terminar por convertirse en algo tan cercano como podría serlo un personaje más de la historia. Un Madrid cuya atmósfera sirve de excelente sustrato para transmitir la asfixiante sensación con la que se nos narra, de forma minuciosa y precisa, los momentos del atentado.

Aunque es cierto que el registro de esta obra difiere y se aleja en cierta medida de los textos a los que Montero Glez nos tiene acostumbrados, no es menos cierto que, por fortuna, el texto se mantiene completamente fiel a ese estilo tan peculiar que domina con destreza. Escrita en clave de novela negra, continúa albergando ese poso oscuro, desgarrado y profundo que caracteriza sus textos, sin embargo, la obra denota una evidente madurez narrativa en el recorrido literario de su autor. La novela, que en un principio podría parecernos un artificio histórico tan en boga en los últimos tiempos, se transmuta en un arduo trabajo de documentación con el fin de mostrar, a través de una narración ágil y dinámica, los hechos puros y desnudos de lo sucedido durante esa fatídica jornada de mayo de 1906. Por ello,Pólvora negra termina siendo algo más que una novela histórica de matices policíacos. Pólvora negra es una autentica vuelta de tuerca. La ordenada y metódica presentación de una serie de hechos y conjeturas que, tras su reflexión y evaluación, nos conducen a concluir que la historia pudo no ser como nos la habían contado. Ni mucho menos.

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«En esta vida nada vale la pena. En todo caso vale la alegría de ser reconocido de una puta vez, qué coño. A la pena ya nos tienen acostumbrados»

MIGUEL BAQUERO · Literaturas, julio de 2008

Montero Glez. es, posiblemente, el escritor más original de cuantos en la actualidad pululan por esos sufridos campos, barbechos y barranqueras de la Literatura española. Desde su primera novela, Al sur de tu cintura, publicada hace ya una década, Montero ha ido levantando un universo característico y forjándose un estilo genuino, bien lejos de la inercia y la comodidad en la que han encallado tantos otros. Sin hacer más concesiones que las inevitables, y éstas a regañadientes, y sin más atajo que su propio talento, Montero acaba de ganar el premio Azorín con una novela sobre Mateo Morral, aquel anarquista que a principios del siglo pasado arrojó una bomba al paso de la carroza nupcial de Alfonso XIII y a punto estuvo de cambiar el triste curso de nuestra historia. Escrita, como es norma en él y como se dice de los boxeadores valientes, con los puños prietos y sangre en el ojo, Pólvora negra, como se llama la nueva novela de Montero Glez., es mucho más que una novela histórica al uso; es también, o sobre todo, el reflejo de un tiempo y de un país.

Miguel Baquero
En primer lugar, nobleza obliga, muchas felicidades por el premio. ¿Es el primero al que te presentas?

Montero Glez
Gracias, nobleza obliga a agradecer pues no es la primera vez que me presento a un premio. Te cuento. Con Sed de champán, al ser rechazada por Alfaguara, lo que hice fue presentarla al Nadal. Ese año ganó Martín Garzo. Luego me volví a presentar al Nadal con Cuando la noche obliga y ese año lo ganó Trapiello. Como soy obstinado, cual picapedrero, una vez terminada Manteca colorá, la presenté al Primavera de Novela y no sé quién gano en esa edición. En fin que felicidades a los premiados, de todo corazón.

Miguel Baquero
Los premios literarios, y en especial los españoles, que no son precisamente (hablo en general) un dechado de riesgo y afán de innovación, suponen en muchas ocasiones la puerta de entrada al establishment literario. Supongo que es un trance inevitable y que, en todo caso, vale la pena por cuanto a partir de ahora ganará la difusión de tu obra.

Montero Glez
En esta vida nada vale la pena. En todo caso vale la alegría de ser reconocido de una puta vez, qué coño. A la pena ya nos tienen acostumbrados.

Miguel Baquero
Vamos con tu novela. Mateo Morral. ¿Qué tiene de interesante este personaje histórico?

Montero Glez
Era un flaco que, con premeditación, alevosía, y unos gramos de dinamita, quiso cambiar la Historia de España. ¿Te parece poco?

Miguel Baquero
No te has ceñido mucho, sin embargo, a los hechos, y tampoco pretendes hacer un relato fiel de lo sucedido. Muchas circunstancias están deformadas, llevadas hacia lo grotesco y son evidentes las exageraciones…

Montero Glez
Me he ceñido a los hechos, lo que pasa es que he invertido los términos. Según la versión oficial, Mateo Morral es un loco enamorado. Se le aplica la teoría lombrosiana de que el ridículo mata. Y, por eso, se le deja en ridículo ante la Historia. Yo he presentado al Mateo como lo que era, un fulano de calibre. Y el ridículo se lo ha llevado la parte monárquica. Un ridículo muy literario, vaya, pues he aplicado la técnica goyesca del esperpento. El esperpento lo inventó Goya y lo bautizó Valle Inclán.

Miguel Baquero
¿Podría decirse que las vicisitudes de Morral durante la preparación del atentado y su posterior huida son la excusa para tratar, con mayor profundidad, aquellos tumultuosos primeros años del siglo XX?

Montero Glez
Podría decirse. Pero, ya que estamos diciendo, vamos a seguir con Valle Inclán.

Miguel Baquero
Estamos en los años justamente posteriores a 1898. Era una de aquellas épocas en que borboteaba con mayor fuerza lo mejor y lo peor del carácter español. Destacaría la aparición, no en balde, en la novela de Vallé Inclán, uno de los escritores, con sus esperpentos, más profunda y poderosamente hispánicos.

Montero Glez
A la entrada de mi casa, en lo que llaman recibidor y que es donde hay puesto un armario lleno de zapatos, en la misma pared, también tengo un retrato de Valle Inclán todo él barbudo y desmangado, A las visitas les digo que es mi abuelo. Y se lo creen. Algunos me sacan parecido en las mejillas. Otros en la nariz. Y los más atrevidos me dicen que como siga haciéndome pajas con la mano zurda, el brazo se me va a quedar igualito.

Miguel Baquero
¿Hay también en la novela un intento de acercamiento al movimiento anarquista, en auge en aquella época?

Montero Glez
Quería hablarte de pajas pero, en fin, sigamos con el Mateo y su periplo por nuestro solar manchego. En Madrid apenas había grupos de inspiración anarquista. En Madrid los que se llevaban el gato al agua eran los socialeros. Los focos anarquistas más importantes de la época eran Barcelona y Andalucía. Barcelona por ser ciudad industrial y Andalucía por ser tierra campesina. La conciencia de clase en los Madriles se daba entre artesanos. Y su tendencia era socialera. Construir justicia social a partir del Estado. Esa era la diferencia de los madrileños de ideas avanzadas, frente a los libertarios catalanes y andaluces que negaban el principio de toda autoridad. Es una época apasionante donde muchos aprendieron a caminar persiguiendo la utopía.

Miguel Baquero
Mateo Morral, quien se supone es el protagonista, y todos los demás personajes, quedan en cualquier caso eclipsados por la figura del teniente Beltrán, el encargado de sofocar y represaliar a todos aquellos elementos subversivos.

Montero Glez
El protagonista es el Mateo que en el arranque de la novela es ya cadáver; un cadáver que las autoridades exponen en la Cripta del Buen Suceso  para que los testigos le reconozcan. El teniente Beltrán es el encargado de coger a una camarera de la horchatería donde paraba el Mateo y conducirla hasta el cadáver. Tanto el teniente Beltrán como la Chelo, así se llama la camarera, tanto el uno como la otra son personajes secundarios. Lo que pasa es que están más redondeados que el Mateo, al que dejé como personaje plano aunque con una vida interior que le asoma por los ojos. Pero, coños, no te voy a desvelar aquí la carpintería.

Miguel Baquero
Lo que más me ha llamado la atención del teniente Beltrán, antes que sus métodos digamos poco pulcros, es su profundidad psicológica. Beltrán respira rencor en cada una de sus acciones; rencor contra sus superiores, contra el sistema que le ha arrinconado a un puesto secundario, y también contra los anarquistas, porque sabe que estos le superan en el plano moral. Es un tipo rodeado por su mediocridad y que sólo sabe salir de ella utilizando la violencia.

Montero Glez
Tú has entendido bien esto. Mira, esta novela es un homenaje al movimiento libertario donde se apunta que la violencia no nos hace más fuertes pero sí más mediocres.

Miguel Baquero
¿Seguirás cultivando la novela histórica “a tu modo”? En la historia reciente, lejana e incluso prehistórica de nuestro país hay material sobrado para una novela de Montero Glez.

Montero Glez
Acabo de salir de una buena vomitada. Ahora lo que necesito es un caldito casero que me arregle el cuerpo y que me ponga a punto para el próximo asalto del que no voy a adelantar nada. Me gusta intrigar y será una sorpresa.

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«Date cuenta que los que escribimos es que no servimos para otra puta cosa»

GABRIEL RUIZ-ORTEGA · Literaturas.com, febrero de 2007

Roberto Montero González, o mejor conocido en el mundo navajero de la literatura como Montero Glez, hoy en día está catalogado como uno de los mejores escritores españoles, y su novela, Sed de Champán, ya es considerada un clásico contemporáneo. Su segunda novela,Cuando la noche obliga, ha recibido la fidelidad de los buenos lectores y la crítica ha caído rendida a sus pies. A fines de 2005 entregó su tercera novela, Manteca colorá, la que cimentó su condición de narrador corrosivamente bueno. Montero Glez apareció por primera vez para el público latinoamericano en el segundo número de la revista peruana Pelícano. Quiero aprovechar para agradecer especialmente a la directora de la revista, Ana María Falconí, la difusión de esta entrevista.

Lo que se dijo de él

«Monterito, lo mejor de tu novela es el estilo», Fernando Sánchez Dragó, Negro sobre Blanco, TVE

«Ojalá yo con mis cifras de venta fuera capaz de escribir imágenes que he leído en este libro», Arturo Pérez-Reverte sobre Sed de Champán

«Le envidio la prosa a ese hijo de puta. Lo juro», Arturo Pérez-Reverte sobre Montero Glez.

Gabriel Ruiz-Ortega.- Al parecer, hoy en día, la meca literaria ya no es París, sino Madrid o Barcelona, por hablar de los referentes a los que aspiran a llegar la gran mayoría de narradores latinoamericanos, sumado al hecho que los escritores españoles, al menos, los mejor marketeados, viven en ese par de ciudades. Tú vives o vivías en Tarifa, prácticamente, lejos de todo, ¿por qué tan alejado del centro editorial español?, ¿qué es lo que te atrae, o te atrajo, de Tarifa?

Montero Glez.- Vivo distanciado, pues la distancia es más literaria que la cercanía. La distancia te da margen de movimiento. Nací en Madrid y allí viví y escribí hasta los 32 años. De aquí a poco cumplo 40. Hago recuento y llevo 8 años de distancia, en contacto con la naturaleza. Hasta ayer mismito anduve por Tarifa, Cádiz. Ahora vivo en la isla de Fuerteventura, en un pueblo marinero de pocos habitantes. En Tarifa estaba en contacto con el viento, el agua y la tierra. Me cansé de poner el fuego, por lo mismo me vine hasta aquí, que es tierra volcánica.

Gabriel Ruiz-Ortega.- Tu amigo, Arturo Pérez-Reverte, ha declarado en muchas ocasiones que él desde siempre quiso ser escritor ya que creció en un ambiente atiborrado de libros. Montero, ¿cómo llegaste a la Literatura y en qué momento de tu vida decidiste ser escritor?

Montero Glez.- Vengo de una familia de clase trabajadora, donde el ocio apenas existe. Aprendí a leer en los tebeos que me compraba mi padre a la salida del Racimo de Oro, un bar que ya no existe y que quedaba en el barrio de Cuatro Caminos. Allí íbamos los viernes, cuando mi padre salía de currelar. Cenábamos bocadillos de calamares y a la salida siempre me compraba tebeos que vendían en una manta, en el suelo, en mitad de la calle. Yo era el niño más feliz del mundo. Por aquél entonces no sabía a qué carajo me iba a dedicar. Sólo contaba los días que me quedaban para llegar al viernes y comer bocadillos de calamares y salir del Racimo de Oro y encontrar el puesto de los tebeos. Lo de escribir me vino más tarde cuando me di cuenta que era un puto inútil y que no valía para nada. Date cuenta que los que escribimos es que no servimos para otra puta cosa.

Gabriel Ruiz-Ortega.- Una gran mayoría de narradores españoles ha dejado sentir su pesar en sus novelas usando como tópico los años del franquismo, como si lucharan por mantener el recuerdo de lo que significaron esos años para la cultura española, pero a las nuevas generaciones, que no vivieron  esos años, como que el tema parece interesarles muy poco. Sin embargo, lo acaecido el 11 de marzo de 2004 es la vuelta a la realidad de quienes creían que el terrorismo se daba de forma esporádica ya que no se esperaba tamaño atentado. ¿Consideras que España es otra después de aquella fatídica fecha?, ¿crees que hayan escritores que intenten paliar este pesar usando este tópico como un crisol para pergeñar sus ficciones, como lo hicieron los narradores que vivieron el franquismo?

Montero Glez.- Lo ocurrido el 11 de marzo del 2004 es un crimen contra la clase trabajadora. Lo mismo que lo ocurrido el pasado julio en Londres. El objetivo es crear el pánico en la población. Los verdaderos culpables de este delito son los políticos, pues son los verdaderos beneficiados. Ellos no montan en los trenes de la muerte y además les viene de puta madre que exista el terrorismo, la población acojonada y ellos justificando el sueldo. Ese es mi parecer, el de los demás escritores lo desconozco. Quise hacer un volumen de cuentos con algunos escritores de Madrid para sacar dinero para solucionar problemas prácticos para la gente afectada. Choqué primero con la burocracia editorial, luego con algún que otro autorcillo. Qué quieres que te diga, pandilla de mariconazos.

Gabriel Ruiz-Ortega.- Cuéntame cómo es que tu deliciosa novela, Sed de Champán, llegó a ser publicada.

Montero Glez.- Tardaría mucho, pero así, a la rápida, fue gracias a Pérez-Reverte que se hizo una foto con un editorcillo de la burguesía catalana. Y mientras Arturo se hacía la foto, yo me colé. Luego se dieron cuenta y me echaron, pero mi amigo Mario Muchnik me dio el empujoncito y volvió a colarme.

Gabriel Ruiz-Ortega.- Cuando recorro las páginas de Sed… puedo notar una marcada influencia estilística de un narrador extraordinario como Louis Ferdinand Celine, fusionado con los padres de las irreverencias, al menos para la onda narrativa que marcó la hora en latinoamericana en la década del 90 en el siglo pasado, como lo son Henry Miller y Charles Bukowski. Y por la temática de tu novela, se puede percibir, subrepticiamente, la influencia delHard-Boiled, o Dashiel Hammett, para ser más exacto, ¿cuánto han influenciado estos narradores en ti?

Montero Glez.- El que menos me ha influenciado de todos los que has citado es Bukowsky. Pero servidor es lector de todos ellos sin distinciones ni prejuicios. Celine me parece que no ha sido superado. Y si lo ha sido no ha sido en Norteamérica ni en Europa, qué va. Ha sido en Latinoamérica. El mago: un colombiano rompeculos que vive en México. Uno de los maricones más grandes de la literatura contemporánea. Fernando Vallejo. El otro es Pedro Lemebel, chileno. Lo que no voy a negar es el sedimento policíaco que llevo dentro, los hard-boiled, autores como W. R. Burnett, J. Thompson, Horace McCoy, fueron los que vinieron después de los tebeos. Y con Miller, Henry Miller, tuve mis primeras poluciones nocturnas.

Gabriel Ruiz-Ortega.- La oralidad que empleas en Sed… dista mucho del habla popular española que conocemos, no sé si para bien o para mal, por medio de las películas españolas que llegan a estos lares, léase Pedro Almodóvar, Julio Medem, Alejandro Amenábar, etc… Sin embargo, el lenguaje por el que se sostienen tus personajes pertenece a aquellos que no tienen voz, a los relegados, a la clase social que España no quiere proyectar al mundo, que encuentran a través de la violencia, al igual que las películas de San Peckinpah, un camino que lleve a la reflexión a los lectores. ¿En qué tradición literaria descansa este estilo?

Montero Glez.- Folclore cósmico, llamo al estilo que he conquistado. Pluraliza lo singular, pero no es otra cosa que el hablar de la calle, de los barrios. Es el hablar poco académico, es la tradición que arranca más atrás de Quevedo y que don Francisco dignifica y lanza al futuro. Y allí la recoge Valle Inclán, luego Cela y Umbral. Y cuando cruza el charco la conquista Cabrera Infante. Amenábar y Medem son demasiado académicos, les falta gracia. Almodóvar fue un fulano de la calle, ahora se ha reformado. Pero el Pedro de antes tenía su puntazo.

Gabriel Ruiz-Ortega.- ¿Consideras saludable los parricidios literarios?, ¿cuáles son los escritores de la historia de la narrativa española a quienes siempre vuelves?

Montero Glez.- Me gusta un relato de Ambroise Bierce, otro maricón, que se titula el Club de los parricidas. Yo recordaría este libro a cualquier maniático. Y al igual que a Stevenson recurro a Baroja. Ese sí que era buen novelista.

Gabriel Ruiz-Ortega.- Antonio Muñoz Molina sostiene que los escritores del Boomlatinoamericano, Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y Cortázar fueron quienes le insuflaron de frescura a la narrativa española en la década del 70 del siglo pasado, y como bien sabes, este cuarteto bebió a más no poder de la narrativa norteamericana, siendo William Faulkner, el responsable estilístico y temático de novelas como La Casa Verde o Cien años de soledad, por citar un par de ejemplos. Montero, ¿qué opinión tienes de la literatura latinoamericana?

Montero Glez.- Estoy de acuerdo con Muñoz Molina. Incluso te diría que después de la llamada Edad de Plata, época comprendida desde principios de siglo pasado hasta la Guerra Civil Española, después de Valle, Baroja, Galdós y posteriores como Lorca o Bergamín, después nada. Y así hasta nuestros días. Si no es por latinoamérica vaya puta mierda. Me interesa más Onetti o García Márquez que Faulkner. Vargas Llosa me parece el mejor contador de historias que tiene la lengua castellana. Releo Conversación en la CatedralLa ciudad y los perros y las gozo como la primera vez. Todos ellos, incluyendo a Muñoz Molina, son discípulos aventajados de Faulkner.

Gabriel Ruiz-Ortega.- Volviendo a Sed…, no puedo dejar de expresarte mi impresión de que cuando uno lee esta novela siente que es parte de un montaje cinematográfico ya que las acciones vuelan a un ritmo videoclipero entre párrafo y párrafo. ¿Cuánto ha influido el cine en tu obra?

Montero Glez.- No creo que tenga que ver. O por lo menos yo no la pensé para la gran pantalla. A la hora de contar una historia prefiero el soporte literario al soporte cinematográfico. La literatura entra directa al cerebro mientras que el cine pasa por el filtro de la retina.

Gabriel Ruiz-Ortega.- Claro. Cualquier escritor mataría por gozar de las palabras que Arturo Pérez-Reverte tuvo contigo, y mediáticamente, gozas del apoyo de Fernando Sánchez Dragó. Sueles decir lo que piensas sin tapujos, ¿cómo se maneja el mundo editorial en España?

Montero Glez.- Editorcillos babosos que se inventan a escritorcillos más babosos aún que ellos y que tienen los originales que les mandan los buenos escritores en los pasillos de la editorial, como enfermos en los hospitales. Sánchez Dragó o Pérez-Reverte nada tienen que ver con esa puta mierda. Ellos son lectores de Montero Glez. Y Montero Glez siempre estará agradecido a sus lectores.

Gabriel Ruiz-Ortega.- Tu irreverencia me lleva a pensar en el periodista norteamericano Hunter S. Thompson. ¿Cuál crees que ha sido el legado que nos dejó el Gonzo?

Montero Glez.- La primera persona del singular que pluraliza todo lo que vive. Y que lo vive al límite.

Gabriel Ruiz-Ortega.- La influencia de Borges se está dejando sentir con fuerza en los nuevos narradores latinoamericanos, como bien sabes, la figura del escritor, como tema literario, está ganando terreno en las opciones temáticas de muchos narradores, ¿Qué opinas de la obra de Roberto Bolaño y Rodrigo Fresán?

Montero Glez.- Mi opinión es de respeto ante Bolaño pues no se puede defender. Me gustaría que estuviese vivo para poder argumentar el por qué de que no me guste su literatura. A Rodrigo Fresán tan sólo lo he leído en prólogos. Es muy didáctico, pues lo de los prólogos es asunto delicado y hay que tener cierta muñeca para presentar una obra en poco espacio. Llevo retrasos de lecturas. Y tengo pendiente su novela en la que aparece el creador de Peter Pan.

Gabriel Ruiz-Ortega.- Hace poco se celebró en Casa de las Américas un congreso que intentó reunir a los escritores peruanos más representativos de los últimos 25 años. Más allá de tu conocimiento de nuestro trípode literario: Mario Vargas Llosa, Julio Ramón Ribeyro y Alfredo Bryce, ¿hay algún narrador peruano que últimamente te haya llamado la atención?

Montero Glez.- Fernando Iwasaki, creo que es de por esas tierras. Y si no lo es da igual, pues para mí, como para el Che toda Latinoamérica es un solo país. Pero lo que te iba a decir, ahora mismito estoy leyendo la última novela de Iwasaki aparecida en España, no sé si allá está como última. Bueno, se titula Neguijón y aquí la venden como novela histórica. Pero es algo más, es la peripecia de un sacamuelas andaluz del Siglo de Oro. La recomiendo.

Gabriel Ruiz-Ortega.- Sé que esta pregunta ya te la han hecho, pero, ¿te interesa pasar a la historia de la Literatura?

Montero Glez.- No. Si ponen mis obras obligatorias en los colegios juro levantarme de la tumba.

Gabriel Ruiz-Ortega.- Si no fueras escritor, ¿qué estarías haciendo por la vida?

Montero Glez.- Escribir.

Gabriel Ruiz-Ortega.- Muy buena. Alguna sugerencia para quienes quieran lanzarse a escribir.

Montero Glez.- Que lean y que lo disfruten.

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Montero Glez: «Mi novela es jodidamente buena»

LEANDRO PEREZ MIGUEL  · El Mundo, 21 May 2002

Sed de champán ha vuelto a las librerías. Esta novela maldita -hasta ahora: Mario Camus prepara una adaptación al cine- , la primera de Montero Glez (Roberto Montero González a efectos fiscales), fue publicada en junio de 1999 y sepultada en un hangar al cabo de sólo tres meses.

Oficiaron el entierro, según Montero Glez, Edhasa («una editorial de cuyo nombre no guardo memoria», para el escritor) y la agente literaria Raquel de la Concha. Pero ahora el libro ha renacido, en una edición revisada, reescrita y completada, en la nueva colección que han alumbrado Algar y el Taller de Mario Muchnik.

Arropado por amigos y admiradores en un café madrileño, el escritor hizo honor a su fama de «políticamente incorrecto» con palabras como las siguientes, pronunciadas durante la celebración de este insólito parto editorial: «Lo de hace tres años fue un coito interrumpido, ahora espero que el polvo dure mucho más. Yo soy un bendito, pero a Sed de champán la han hecho maldita. Y me he convertido en un clásico. Al principio no sabía lo que había hecho, pero ahora digo que la novela es jodidamente buena».

Navajero y suburbial

En dos centenares de páginas repletas de violencia y literatura y ambientadas en un Madrid navajero y suburbial, Montero Glez relata los amores y las pendencias del Charolito, un gitano condenado a muerte por el narcotraficante argentino Flaco Pimienta.

El escritor y viajero Javier Reverte, que ofició de presentador de Sed de champán, emparentó al Charolito -«un personaje hecho para la muerte, valiente y maligno, un chulo seductor y sin escrúpulos»- con el antihéroe del cómic Makinavaja. Y Montero Glez amplió el árbol genealógico del protagonista de la narración al revelar que además es hijo espiritual del Pijoaparte de Marsé, el Pedro Navaja de Rubén Blades, el Gatsby de Scott Fitzgerald y, en definitiva, el Julien Sorel de Stendhal.

Aunque Reverte se remontó aún más atrás, ya que equiparó la novela con una tragedia griega. También resaltó que remite al mundo de los toros. «Montero Glez, que mezcla vulgarismos con imágenes fulgurantes y mucha galanura, ha escrito a ritmo de corrida».

Reverte terminó su intervención con otra referencia literaria.Esta vez, a Joseph Conrad: «Sed de champán trata sobre la atracción del abismo. Nos lleva al territorio donde nuestro corazón se siente en tinieblas».

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