De puño y letra

A contraviento

(Aparecido en Babelia, El País, el 30/04/2011)

La música sonaba en todo lo que cogía, dando lo mismo una lata de cerveza que la chapa de un Seat 127. Con sólo tabalear los dedos sobre el capó, obraba el pase de magia y una abundancia de ritmos y acentos gitanos recorrían el coche. Cuando no había un 127 a mano, ni lata de cerveza, ni nada parecido, entonces tocaba las palmas y se soltaba a bailar con una alegría de esas que contagian al más triste. Si nadie jaleaba su impulso, tampoco tenía importancia. Para eso ya estaba él, para bailar con su sombra y en el último molinete jalearse a sí mismo, diciéndose: «Ese Ray».

Ya va para veinte años que Ray Heredia dejó plantada la semilla de lo que se denominó nuevo flamenco. Lo hizo con la rebeldía sonora del que sabe que va a perdurar para los restos. El resultado fue un disco significativo, Quien no corre, vuela, un trabajo que mantiene el íntimo equilibrio entre la canción romántica mediterránea, con su pellizco latino, y el espíritu gitano del Rastro de Madrid con su cosa flamenca. Pero lejos de las etiquetas, Quien no corre, vuela es el disco de un músico que no creía en las fronteras y que se burlaba de los inspectores de aduanas cada vez que pretendían catalogar el contenido de su equipaje. Aunque los almanaques hayan pasado y ahora se cumplan veinte años de su publicación, Quien no corre, vuela sigue deslumbrando como un tesoro recién descubierto, como si el humo de los tiempos no hubiese conseguido emborronar ninguno de sus resplandores. Fue el disco de un artista de raza, de un chaval que saltó a las calles cuando en Madrid empezaban a florecer las primeras crestas de la movida. En aquel ambiente nunca se conformó con ser un secundario y pelearía con su sombra por estar siempre a la vanguardia. Sin ir más lejos, llegó a actuar en el Rockola con el grupo Sonakay, brillando en caló ante un público rematado con tachuelas y que bailaba a empujones, como si no supiese bailar. Eran los tiempos del bote de Colón y, por entonces, Ray Heredia ya se movía a contraviento. En uno de aquellos remolinos forma el grupo Ketama, junto a José Soto y Juan Carmona. Lo que viene después ya es historia.

Porque desde aquella actuación en el Rockola hasta la última, ocurrida en una sala del barrio de Argüelles, en Madrid, Ray Heredia fue abriendo ventanas al flamenco, aireándolo, encontrando la manera de no dejarlo «góticamente» atascado, como él decía. Sin duda alguna, era el más adelantado de todos, el que siempre lograba ver más allá que cualquier otro. La prueba es su disco en solitario, abundante en matices y simetrías, y donde Ray Heredia canta y toca lo que le viene en gana, demostrando que un objeto no es cualquier cosa, sino algo que se conquista, como por ejemplo una lata de cerveza que, después de haber sido bebida, él va y utiliza como percusión para uno de los cortes.

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Con el pasado por delante

(Aparecido en revista Standdart nº3)

Camarón. Foto de García Alix en Venta de Vargas

Mucho antes de que existieran los relojes y las máquinas de fotos, vino Heráclito a contarnos el paso del tiempo. Lo hizo con palabras, sirviéndose de la imagen de un río. “Nadie se baña dos veces en el mismo rio pues nuevas aguas corren tras las aguas”, dejó dicho. Siglos después y de manera parecida, el fotógrafo Alberto García-Alix sigue contando el paso del tiempo. Lo hace con imágenes que igual saca de una cartuchera colgada de una pared como de un muñeco de futbolín cubierto de herrumbre o de una mano tatuada con la estrella de David y la luna mora. Metáforas con las que el fotógrafo logra detener el tiempo y la mirada.

Hay una nostalgia salvaje en cada una de sus fotos, ya sea en un par de zapatos gastados por el uso o en la carne en cautiverio de una mujer amarrada a una silla. Sus exposiciones son una sucesión de imágenes que nos llevan de viaje. Un paseo donde nos reciben rostros en blanco y negro, algunos ocultos tras una máscara mientras que otros esconden los ojos detrás de un chuchillo. Estímulos visuales que acarician lo más oscuro. Fotos que descubren el hechizo venéreo de una mujer que reta a la cámara, o esa otra donde aparece la misma mujer con el cuerpo forzado hasta conseguir una apariencia natural, sin límites. Al igual que un artista de la cuerda floja, Alberto García-Alix mantiene el equilibrio entre lo real y lo imaginario, entre lo bello y lo obsceno. Porque sin duda alguna es un contador de historias, un narrador puro que juega con el tiempo a la manera de Heráclito, como si tuviera todo el pasado por delante.

En los últimos años, su trabajo me ha acompañado. En especial las fotos que le hizo al Camarón, convirtiendo al de la Isla en lo que ya sería para siempre. Fotos donde quedaría reflejada la encarnadura del cantaor, gastada ya por el dolor y la risa. Retratos en blanco y negro que le tiró a José y donde el cantaor mira a cámara con hondura de mar bravo. Imágenes que han trascendido fronteras y que, vistas ahora, me arrastran hacia lo que Federico García Lorca denominó la terrible noria del tiempo. Se mire por donde se mire, lo que Alberto García-Alix viene a decirnos en cada una de sus fotografías es que, al final, el paso del tiempo es lo único que perdura.

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Fantasmagoría

(Publicado en Babelia, El País, 20 febrero 2011)

Camarón por Pepe Lamarca

Karl Marx vino a contarnos lo que sucede cuando la mercancía toma vida propia y el ser humano se convierte en esclavo de las cosas. Cuando no hay vuelta atrás y acaba sumergido en una fábula gótica, irrespirable, donde las cosas camelan hasta la dependencia.

Karl Marx vino a contarnos lo que sucede cuando la mercancía toma vida propia y el ser humano se convierte en esclavo de las cosas. Cuando no hay vuelta atrás y acaba sumergido en una fábula gótica, irrespirable, donde las cosas camelan hasta la dependencia.

Sin duda alguna, ‘El carácter fetichista de la mercancía y su secreto’ es el apartado más literario de El Capital de Karl Marx, uno de los libros menos leídos del mundo y una referencia para nuestro tiempo que corre a la velocidad de Internet, barriendo con su vuelo los cacharritos donde escuchábamos música. Visto desde aquí, la recuperación de los discos en vinilo se antoja fantasmagórica. Como si la peña que ahora compra un long play fuera lo más parecido a una pandilla de espiritistas alrededor de una güija que se mueve a 33 revoluciones por minuto. Es curioso que se reediten viejos vinilos cuando la comodidad arrinconó al tocata, cuando ya no hay que levantarse a cambiar la otra cara del disco y donde el único espacio a temer es el de la memoria de la computadora.

Pero más curioso resulta comprobar cómo, vinilos que en su día no fueron valorados, ahora se ponen a la venta y se agotan igual que si fuera droga. El tacto, ese sentido que en la era digital tiende a atrofiarse, se despierta ante la mercancía y se pone a su disposición. Ver es creer pero tocar es mejor. Así ha sucedido con La leyenda del tiempo, de Camarón, el disco más importante que ha prensado la industria made in spain y lo más parecido al Sgt. Pepper’s pero en caliente. En su día no tuvo repercusión alguna. Hace nada que se reeditó en vinilo y al poco ya no quedaban existencias. La industria musical de nuestro país estuvo desatinada en su momento y prefirió apostar en otras timbas a melodías fáciles, ritmos binarios y asuntos tales que llevaron a las disqueras instaladas en España a determinarse como sucursales del extranjero. Nuestra música de origen, la más auténtica y por lo mismo la más exportable, fue relegada al ghetto de donde salió, a las casetas de feria y a las pistas de coches chocones. Pero no hay que asombrarse por la paradoja, ya nos avisó Marx: el sistema capitalista trae en sus contradicciones el germen de su propia destrucción. No toda la culpa la va a tener ahora la banda ancha, ni su vuelo de escoba que barre viejos soportes.

Como si fueran los restos fantasmas de un cataclismo, resurgen algunos de aquellos vinilos. El caso de La leyenda del tiempo es el más señalado pero también está ese otro, de Veneno, con su cubierta original. La misma que retiraron de circulación por aparecer el nombre del grupo marcado sobre un placote de jachís al que no faltaba el detalle del papel plata. Tampoco podía faltar el disco pionero en lo que a fusión flamenca se refiere, un trabajo valiente grabado años antes de La leyenda del tiempo y que marcaría rumbo. Se trata del Gypsy Rock de Las Grecas. Guitarras ácidas, batería con el pellejo a punto, pulsaciones de bajo eléctrico, tiros de teclados y toda la cocina de la negritud en las percusiones. La memoria sentimental de las barriadas, la del lumpemproletariado está escrita en cada uno de los surcos.

En resumidas cuentas, el cadáver de la industria discográfica que hoy cuelga en los campanarios, como fantasma que sólo espanta a los pájaros, es asunto que ya profetizó Karl Marx en sus escritos. Sólo hay que poner la música apropiada para darse cuenta de ello.

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El Picasso cantaor

(Aparecido en La Razón el 14/12/2010)

Si hay un rasgo peculiar que diferencia el flamenco de todos los demás folclores de nuestra península, sin lugar a dudas, ese rasgo es la sensibilidad, la inteligencia para saber crecer y fundirse con otras músicas. Enrique Morente es claro ejemplo de lo dicho. Nadie como él ha dado pasos tan resueltos a la hora de fusionar sonidos negros y convertir el flamenco en lo que es hoy: memoria viva del tiempo presente.

Como muestra queda una montonera de discos grabados a sangre y de todos ellos cabe destacar su trabajo más valiente, el definitivo «Omega», donde la voz del cantaor granaíno parece surgir de un pozo ciego y se eleva y se afila y se mezcla con las cuchillas eléctricas de los Lagartija Nick para rendir tributo al poeta.

Cantó a Federico García  Lorca, a Nicolás Guillén, a Leonard Cohen, a Joaquín Sabina y, cómo no, también cantó a Pablo Picasso, pues aunque las comparaciones son injustas, bien se puede aventurar uno a llamar a  Enrique Morente el Picasso del flamenco. Porque siempre anduvo a la vanguardia pero sin esnobismos, es decir, sin perder conciencia de clase.

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Morente, el Capitán de la noche

(Texto aparecido en elcultural.es el 13 /12/2010)

Fue el Capitán de la noche, nuestro jefe, cuando entonces todos éramos jóvenes flamencos. Lo conocí a mediados los ochenta, época en la que Antonio Benamargo, desde la Vallecas flamenca, se empeñaba en dar a conocer nuestra música más libre. Amasada por levadura mora, gitana y morisca, su voz te envolvía con el misticismo de un espíritu consagrado al arte, destapando el tarro de las esencias cada vez que entonaba. Algo a lo que, una vez probado, era imposible resistirse a no probar de nuevo.

Nos corrimos algunas juergas juntos, tirando madrugadas en el Rastro de Madrid, donde los gitanos jaleaban a Morente llamándolo «Maestro». Sin duda alguna, era el más respetado. Ahora lo recuerdo, acompañado siempre por su familia, sus cuñados Antonio y Pepe Carbonell, por Agustín Carbonell «Bola», guitarrista heredero de Sabicas, también de su compadre, el actor Juan Diego. Para mí fue un catedrático que impartía doctrina en la cueva del Candela, la voz siempre a punto y la oreja pendiente de sonidos extranjeros ya fueran los Sonith Young o las Voces Búlgaras.

Yo era un chaval, ya digo, que buscaba el olor a sangre que recorre lo jondo y con el que se emborracharían Federico García Lorca y tantos otros para aprender a escribir con ese dolor que hace temblar la hoja. Ese mismo dolor que hoy tanto me duele y que por puro egoísmo, no quiero compartir con nadie.

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¡Camarón vive!

En la Baja Andalucía existen remedios y hechizos para cada ocasión. Por ejemplo, para que un niño salga cantaor habrá que coger al niño, cortarle las primeras uñas detrás de una puerta y luego arrojarlas en lo alto del tejado. Bien mirado, algo de eso tuvo que hacer Juana la Canastera la primera vez que le corto las uñas a su hijo más rubio. Porque cuando el niño rompía a cantar, su voz arañaba con dulzura.

Desde su muerte, que ya va para veinte años, el milagro ha ido conquistando los rincones de todo el planeta y esto resulta curioso pues, por lo común los artistas suelen morir dos veces, es decir: una por lo físico o de cuerpo presente y una más para su público. Sin embargo, con el hijo de Juana la Canastera ocurre todo lo contrario. Al día de hoy se canta por Camarón igual que se canta por fandangos, por cantiñas, por soleá o por cualquier otro palo del árbol flamenco. A estas alturas Camarón es un estilo vivo donde anidan los tres tiempos, pasado, presente y futuro. La memoria, el hoy y el mañana del flamenco están todavía en su posesión por ser él y sólo él, señor del tiempo y de sus mudanzas.

Culpable de ser libre, cantó con el sabor de un pueblo metido en la garganta. Su gente, la misma que empeñaba hasta las alas por estar cerca, le mantiene cada vez más vivo. Sobre el tejado de su casa natal, en San Fernando, barrio de las Callejuelas, todavía siguen clavadas aquellas primeras uñas que le cortó su madre, Juana la Canastera. Hoy se cumplen sesenta años de su nacimiento y, como todavía vive, toca felicitarlo.

  • Publicado el 5 de diciembre del 2010 en elcultural.es, coincidiendo con el 60 cumpleaños de Camarón de la Isla.
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