A contraviento

(Aparecido en Babelia, El País, el 30/04/2011)

La música sonaba en todo lo que cogía, dando lo mismo una lata de cerveza que la chapa de un Seat 127. Con sólo tabalear los dedos sobre el capó, obraba el pase de magia y una abundancia de ritmos y acentos gitanos recorrían el coche. Cuando no había un 127 a mano, ni lata de cerveza, ni nada parecido, entonces tocaba las palmas y se soltaba a bailar con una alegría de esas que contagian al más triste. Si nadie jaleaba su impulso, tampoco tenía importancia. Para eso ya estaba él, para bailar con su sombra y en el último molinete jalearse a sí mismo, diciéndose: “Ese Ray”.

Ya va para veinte años que Ray Heredia dejó plantada la semilla de lo que se denominó nuevo flamenco. Lo hizo con la rebeldía sonora del que sabe que va a perdurar para los restos. El resultado fue un disco significativo, Quien no corre, vuela, un trabajo que mantiene el íntimo equilibrio entre la canción romántica mediterránea, con su pellizco latino, y el espíritu gitano del Rastro de Madrid con su cosa flamenca. Pero lejos de las etiquetas, Quien no corre, vuela es el disco de un músico que no creía en las fronteras y que se burlaba de los inspectores de aduanas cada vez que pretendían catalogar el contenido de su equipaje. Aunque los almanaques hayan pasado y ahora se cumplan veinte años de su publicación, Quien no corre, vuela sigue deslumbrando como un tesoro recién descubierto, como si el humo de los tiempos no hubiese conseguido emborronar ninguno de sus resplandores. Fue el disco de un artista de raza, de un chaval que saltó a las calles cuando en Madrid empezaban a florecer las primeras crestas de la movida. En aquel ambiente nunca se conformó con ser un secundario y pelearía con su sombra por estar siempre a la vanguardia. Sin ir más lejos, llegó a actuar en el Rockola con el grupo Sonakay, brillando en caló ante un público rematado con tachuelas y que bailaba a empujones, como si no supiese bailar. Eran los tiempos del bote de Colón y, por entonces, Ray Heredia ya se movía a contraviento. En uno de aquellos remolinos forma el grupo Ketama, junto a José Soto y Juan Carmona. Lo que viene después ya es historia.

Porque desde aquella actuación en el Rockola hasta la última, ocurrida en una sala del barrio de Argüelles, en Madrid, Ray Heredia fue abriendo ventanas al flamenco, aireándolo, encontrando la manera de no dejarlo “góticamente” atascado, como él decía. Sin duda alguna, era el más adelantado de todos, el que siempre lograba ver más allá que cualquier otro. La prueba es su disco en solitario, abundante en matices y simetrías, y donde Ray Heredia canta y toca lo que le viene en gana, demostrando que un objeto no es cualquier cosa, sino algo que se conquista, como por ejemplo una lata de cerveza que, después de haber sido bebida, él va y utiliza como percusión para uno de los cortes.

1

Con el pasado por delante

(Aparecido en revista Standdart nº3)

Camarón. Foto de García Alix en Venta de Vargas

Mucho antes de que existieran los relojes y las máquinas de fotos, vino Heráclito a contarnos el paso del tiempo. Lo hizo con palabras, sirviéndose de la imagen de un río. “Nadie se baña dos veces en el mismo rio pues nuevas aguas corren tras las aguas”, dejó dicho. Siglos después y de manera parecida, el fotógrafo Alberto García-Alix sigue contando el paso del tiempo. Lo hace con imágenes que igual saca de una cartuchera colgada de una pared como de un muñeco de futbolín cubierto de herrumbre o de una mano tatuada con la estrella de David y la luna mora. Metáforas con las que el fotógrafo logra detener el tiempo y la mirada.

Hay una nostalgia salvaje en cada una de sus fotos, ya sea en un par de zapatos gastados por el uso o en la carne en cautiverio de una mujer amarrada a una silla. Sus exposiciones son una sucesión de imágenes que nos llevan de viaje. Un paseo donde nos reciben rostros en blanco y negro, algunos ocultos tras una máscara mientras que otros esconden los ojos detrás de un chuchillo. Estímulos visuales que acarician lo más oscuro. Fotos que descubren el hechizo venéreo de una mujer que reta a la cámara, o esa otra donde aparece la misma mujer con el cuerpo forzado hasta conseguir una apariencia natural, sin límites. Al igual que un artista de la cuerda floja, Alberto García-Alix mantiene el equilibrio entre lo real y lo imaginario, entre lo bello y lo obsceno. Porque sin duda alguna es un contador de historias, un narrador puro que juega con el tiempo a la manera de Heráclito, como si tuviera todo el pasado por delante.

En los últimos años, su trabajo me ha acompañado. En especial las fotos que le hizo al Camarón, convirtiendo al de la Isla en lo que ya sería para siempre. Fotos donde quedaría reflejada la encarnadura del cantaor, gastada ya por el dolor y la risa. Retratos en blanco y negro que le tiró a José y donde el cantaor mira a cámara con hondura de mar bravo. Imágenes que han trascendido fronteras y que, vistas ahora, me arrastran hacia lo que Federico García Lorca denominó la terrible noria del tiempo. Se mire por donde se mire, lo que Alberto García-Alix viene a decirnos en cada una de sus fotografías es que, al final, el paso del tiempo es lo único que perdura.

0

Fantasmagoría

(Publicado en Babelia, El País, 20 febrero 2011)

Camarón por Pepe Lamarca

Karl Marx vino a contarnos lo que sucede cuando la mercancía toma vida propia y el ser humano se convierte en esclavo de las cosas. Cuando no hay vuelta atrás y acaba sumergido en una fábula gótica, irrespirable, donde las cosas camelan hasta la dependencia.

Karl Marx vino a contarnos lo que sucede cuando la mercancía toma vida propia y el ser humano se convierte en esclavo de las cosas. Cuando no hay vuelta atrás y acaba sumergido en una fábula gótica, irrespirable, donde las cosas camelan hasta la dependencia.

Sin duda alguna, ‘El carácter fetichista de la mercancía y su secreto’ es el apartado más literario de El Capital de Karl Marx, uno de los libros menos leídos del mundo y una referencia para nuestro tiempo que corre a la velocidad de Internet, barriendo con su vuelo los cacharritos donde escuchábamos música. Visto desde aquí, la recuperación de los discos en vinilo se antoja fantasmagórica. Como si la peña que ahora compra un long play fuera lo más parecido a una pandilla de espiritistas alrededor de una güija que se mueve a 33 revoluciones por minuto. Es curioso que se reediten viejos vinilos cuando la comodidad arrinconó al tocata, cuando ya no hay que levantarse a cambiar la otra cara del disco y donde el único espacio a temer es el de la memoria de la computadora.

Pero más curioso resulta comprobar cómo, vinilos que en su día no fueron valorados, ahora se ponen a la venta y se agotan igual que si fuera droga. El tacto, ese sentido que en la era digital tiende a atrofiarse, se despierta ante la mercancía y se pone a su disposición. Ver es creer pero tocar es mejor. Así ha sucedido con La leyenda del tiempo, de Camarón, el disco más importante que ha prensado la industria made in spain y lo más parecido al Sgt. Pepper’s pero en caliente. En su día no tuvo repercusión alguna. Hace nada que se reeditó en vinilo y al poco ya no quedaban existencias. La industria musical de nuestro país estuvo desatinada en su momento y prefirió apostar en otras timbas a melodías fáciles, ritmos binarios y asuntos tales que llevaron a las disqueras instaladas en España a determinarse como sucursales del extranjero. Nuestra música de origen, la más auténtica y por lo mismo la más exportable, fue relegada al ghetto de donde salió, a las casetas de feria y a las pistas de coches chocones. Pero no hay que asombrarse por la paradoja, ya nos avisó Marx: el sistema capitalista trae en sus contradicciones el germen de su propia destrucción. No toda la culpa la va a tener ahora la banda ancha, ni su vuelo de escoba que barre viejos soportes.

Como si fueran los restos fantasmas de un cataclismo, resurgen algunos de aquellos vinilos. El caso de La leyenda del tiempo es el más señalado pero también está ese otro, de Veneno, con su cubierta original. La misma que retiraron de circulación por aparecer el nombre del grupo marcado sobre un placote de jachís al que no faltaba el detalle del papel plata. Tampoco podía faltar el disco pionero en lo que a fusión flamenca se refiere, un trabajo valiente grabado años antes de La leyenda del tiempo y que marcaría rumbo. Se trata del Gypsy Rock de Las Grecas. Guitarras ácidas, batería con el pellejo a punto, pulsaciones de bajo eléctrico, tiros de teclados y toda la cocina de la negritud en las percusiones. La memoria sentimental de las barriadas, la del lumpemproletariado está escrita en cada uno de los surcos.

En resumidas cuentas, el cadáver de la industria discográfica que hoy cuelga en los campanarios, como fantasma que sólo espanta a los pájaros, es asunto que ya profetizó Karl Marx en sus escritos. Sólo hay que poner la música apropiada para darse cuenta de ello.

0

El Picasso cantaor

(Aparecido en La Razón el 14/12/2010)

Si hay un rasgo peculiar que diferencia el flamenco de todos los demás folclores de nuestra península, sin lugar a dudas, ese rasgo es la sensibilidad, la inteligencia para saber crecer y fundirse con otras músicas. Enrique Morente es claro ejemplo de lo dicho. Nadie como él ha dado pasos tan resueltos a la hora de fusionar sonidos negros y convertir el flamenco en lo que es hoy: memoria viva del tiempo presente.

Como muestra queda una montonera de discos grabados a sangre y de todos ellos cabe destacar su trabajo más valiente, el definitivo «Omega», donde la voz del cantaor granaíno parece surgir de un pozo ciego y se eleva y se afila y se mezcla con las cuchillas eléctricas de los Lagartija Nick para rendir tributo al poeta.

Cantó a Federico García  Lorca, a Nicolás Guillén, a Leonard Cohen, a Joaquín Sabina y, cómo no, también cantó a Pablo Picasso, pues aunque las comparaciones son injustas, bien se puede aventurar uno a llamar a  Enrique Morente el Picasso del flamenco. Porque siempre anduvo a la vanguardia pero sin esnobismos, es decir, sin perder conciencia de clase.

0

Morente, el Capitán de la noche

(Texto aparecido en elcultural.es el 13 /12/2010)

Fue el Capitán de la noche, nuestro jefe, cuando entonces todos éramos jóvenes flamencos. Lo conocí a mediados los ochenta, época en la que Antonio Benamargo, desde la Vallecas flamenca, se empeñaba en dar a conocer nuestra música más libre. Amasada por levadura mora, gitana y morisca, su voz te envolvía con el misticismo de un espíritu consagrado al arte, destapando el tarro de las esencias cada vez que entonaba. Algo a lo que, una vez probado, era imposible resistirse a no probar de nuevo.

Nos corrimos algunas juergas juntos, tirando madrugadas en el Rastro de Madrid, donde los gitanos jaleaban a Morente llamándolo “Maestro”. Sin duda alguna, era el más respetado. Ahora lo recuerdo, acompañado siempre por su familia, sus cuñados Antonio y Pepe Carbonell, por Agustín Carbonell “Bola”, guitarrista heredero de Sabicas, también de su compadre, el actor Juan Diego. Para mí fue un catedrático que impartía doctrina en la cueva del Candela, la voz siempre a punto y la oreja pendiente de sonidos extranjeros ya fueran los Sonith Young o las Voces Búlgaras.

Yo era un chaval, ya digo, que buscaba el olor a sangre que recorre lo jondo y con el que se emborracharían Federico García Lorca y tantos otros para aprender a escribir con ese dolor que hace temblar la hoja. Ese mismo dolor que hoy tanto me duele y que por puro egoísmo, no quiero compartir con nadie.

0

¡Camarón vive!

En la Baja Andalucía existen remedios y hechizos para cada ocasión. Por ejemplo, para que un niño salga cantaor habrá que coger al niño, cortarle las primeras uñas detrás de una puerta y luego arrojarlas en lo alto del tejado. Bien mirado, algo de eso tuvo que hacer Juana la Canastera la primera vez que le corto las uñas a su hijo más rubio. Porque cuando el niño rompía a cantar, su voz arañaba con dulzura.

Desde su muerte, que ya va para veinte años, el milagro ha ido conquistando los rincones de todo el planeta y esto resulta curioso pues, por lo común los artistas suelen morir dos veces, es decir: una por lo físico o de cuerpo presente y una más para su público. Sin embargo, con el hijo de Juana la Canastera ocurre todo lo contrario. Al día de hoy se canta por Camarón igual que se canta por fandangos, por cantiñas, por soleá o por cualquier otro palo del árbol flamenco. A estas alturas Camarón es un estilo vivo donde anidan los tres tiempos, pasado, presente y futuro. La memoria, el hoy y el mañana del flamenco están todavía en su posesión por ser él y sólo él, señor del tiempo y de sus mudanzas.

Culpable de ser libre, cantó con el sabor de un pueblo metido en la garganta. Su gente, la misma que empeñaba hasta las alas por estar cerca, le mantiene cada vez más vivo. Sobre el tejado de su casa natal, en San Fernando, barrio de las Callejuelas, todavía siguen clavadas aquellas primeras uñas que le cortó su madre, Juana la Canastera. Hoy se cumplen sesenta años de su nacimiento y, como todavía vive, toca felicitarlo.

  • Publicado el 5 de diciembre del 2010 en elcultural.es, coincidiendo con el 60 cumpleaños de Camarón de la Isla.
0

Camarón, ‘el que nunca morirá del todo’, se hace héroe literario

ELMUNDO.ES · 2 de diciembre de 2010

Dos años ha dedicado Montero Glez (Madrid, 1965) a escribir las 124 páginas de ‘Pistola y cuchillo’, “una vida tan breve” como lo fue la de su protagonista, José Monge Cruz ‘Camarón’, convertido, por primera vez, en héroe literario, adornado de todas las virtudes de quien “no ha muerto ni morirá nunca del todo”.

“En los seis años que seguí por toda España a Camarón (1950-1992) sólo crucé con él un ‘buenas noches’ pero fue suficiente. No quería hacer una biografía sino revivirle a partir de una mentira, de una fábula”, detalla Montero Glez.

La novela, que edita El Aleph Editores y Del Taller de Mario Muchnik, está narrada en primera persona por el autor, como ya hiciera, enumera, Cervantes en ‘El Quijote’ o Benito Pérez Galdós en ‘Fortunata y Jacinta’ y para contribuir “a la mentira” se “caracteriza” de entrenador de gallos.

Con esa identidad, porque no quería ser “ni escritor ni periodista”, “queda” una noche en la mítica Venta de Vargas, en San Fernando, con Camarón, para “amañar” una supuesta pelea de gallos y lograr “jurdoses” (dinero) para tratar en el extranjero la enfermedad que ya tenía al cantaor gaditano “más allá que acá”.

“Yo no sé si ‘el maestro’ tenía problemas de dinero, lo que sé es que le vi, poco antes de morir, en un programa de televisión en el que decía que no tenía nada que dejar a los suyos y yo, como autor, sé que el artista siempre es el último en cobrar. Es un tema muy delicado pero pienso que no murió rico“, dice cauteloso.

Reacción de la familia

No sabe si la familia de Camarón ha leído la novela y aunque barrunta que no también intuye que como la ha escrito “desde el cariño y el respeto” obtendría su “bendición”.

“Es la familia de mi maestro y, por tanto, la mía también. Si el libro es un fracaso me lo comeré yo y si es un éxito lo compartiré con ellos, con eso queda dicho todo”, subraya el autor, ganador del Premio Azorín de novela 2008 por “Pólvora negra”, y residente desde hace quince años en Chiclana de la Frontera.

Montero Glez, que en realidad se llama Roberto Montero González, pero le parecía que sonaba “más artístico y extranjero” el acrónimo y que eso le traería, “seguro”, el éxito, dedicó dos años a escribir ‘Pistola y cuchillo’, que tiene en su portada una fotografía de la mano de Camarón sosteniendo “su sempiterno” cigarrillo, porque, argumenta, ese el tiempo que emplea en cada uno de sus libros.

“Es cortito pero flamenco”, reivindica el escritor, que puso en pie la novela sentado en la misma mesa de la Venta de Vargas en la que Manolo Caracol aprendía a leer y luego escuchó cómo un Camarón casi adolescente, al que habían proahijado los dueños del lugar, los Picardo, le arrebataba el cetro del más grande.

El otro centro de gravedad de la novela es la Casa de Postas a la entrada de Conil de la Frontera: “entre los dos lugares hay una especie de túnel del tiempo como el que describía Julio Cortázar cuando fabuló la biografía de Charlie Parker”.

0

Camarón se convierte por primera vez en novela

NÚRIA MARTORELL · Elperiódico.com, 28 de diciembre de 2010
La narración se enmarca en la mítica Venta Vargas de San Fernando. Montero Glez recrea en ‘Pistola y cuchillo’ los últimos momentos del genial cantaor

«Es una historia dura, pero a la vez tierna, como el flamenco». Así es como describe el escritor Montero Glez (Madrid, 1965) su última obra, Pistola y cuchillo (El Aleph/ Mario Muchnik). «Un relato [ocupa 124 páginas] más que una novela», admite, en el que el autor recoge las últimas caladas del entonces ya maltrecho Camarón de la Isla, apurando los cigarrillos con la misma intensidad que la vida. El encuentro con el novelista es en La Venta Vargas de San Fernando (Cádiz), en el llamado camarote de Camarón -un apartado repleto de fotos y dedicatorias del añorado revolucionario del cante-. «Las morbosidades las he intentado evitar. Es un libro muy simbólico. El gallo mismo, tan protagonista, es un símbolo solar. Y en mi libro, simboliza la amistad», aclara.

De hecho, Glez se convierte en el libro en el entrenador de un gallo de peleas rubio (como el cantaor) llamado Ciclón y que en su día le dio Camarón para que lo convirtiera en el mejor. «Aquí las peleas no están prohibidas y los gitanos tienen muchísima afición. Pero lo que me interesa es sacar a relucir el valor de la palabra dada, pues las apuestas se hacen sin papeles».

Y entre estas mismos cuatro paredes, según relata, se enfrentaron en su día Manolo Caracol y un jovencísimo Camarón. El primero, a modo de desaire, cuando el de la Isla acabó de cantar pidió «cazalla» dando a entender que no era tan bueno como se decía. En realidad, acababa de saber que delante suyo estaba el que ocuparía su trono.

Pistola y cuchillo fabula sobre episodios que no siempre son reales al cien por cien. Sí es cierto que se carteaba con su gran ídolo (el torero El Cordobés, aunque este no supiera escribir…) Y curiosa es la historia en la que en un hotel, precisamente de Barcelona, Camarón saca el magnetófono con el que siempre viajaba, pone una cinta de Las Grecas y corta el cable del televisor para empalmar los dos cacharros porque quiere «verles» cantar Te estoy amando locamente. Y como no lo logra, termina tirando la tele por la ventana. «En el libro esto lo narra Lolo Picardo, el que regenta La Venta Vargas y su gran amigo, pero en realidad con quien estaba en esa habitación era el mismísimo Bambino», asegura Glez.

Verdad y mentira son dos palabras que menciona constantemente, llenándolas y vaciándolas de significado. La verdad es que Glez, que durante años se dedicó a seguir a Camarón por toda España para no perderse ni un concierto, tan solo cruzó con él dos palabras: «Buenas noches». ¿Y qué le gustaría preguntarle si de repente pudiera entrevistarle? «Mmmm… ¿Tienes lumbre?», responde este también fumador empedernido.

EL ALMA DE LA VERDAD/ «Julio Cortázar ha descrito a Charlie Parker como nadie y jamás se conocieron. Y ya lo dijo Onetti y yo lo repito de memoria: se puede mentir de muchas formas pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, despojada de sentimientos, quitando el alma a los hechos, dejándolos vacíos, porque los hechos son tan solo recipientes que toman la forma del sentimiento que los llena».

¿Y a qué compás diría que se mueve su novela? «El ritmo es de martinete porque es la fragua; he ido a mi fragua interior, a ese rincón que todo escritor tiene oculto, para echarle fuego. Luego hay caídas sentimental de soleá, estoy hablando de un cante de fatiga. Y ya más adentro, voy barrenando por mineras. Los que más he escuchado también. Pero cuando José cuenta su revelador sueño [que relaciona con la mítica pieza La leyenda del tiempo] lo hace por alegrías». No podía ser de otra forma. En el mismo libro recuerda cómo Camarón empezaba sus actuaciones: «Voy a cantar un poquito por alegrías y luego por lo que ustedes quieran». Pero aún hay penas por cicatrizar. «Los beneficios que generaron sus piezas no van a parar a su familia. Que no muriera millonario es increíble».

0

«Pistola y cuchillo», una novela con alma de Camarón

La Razón, 19 de noviembre de 2010

Es la figura, el retrato, sin  el marco de lo biográfico, limpio de fechas, de datos, testimonios, sin el nació, creció y murió dickensianos. «Todo está ahí, en  el primer párrafo», indica. La primera página de la novela no es para nada la primera página del libro. Nunca lo son. Vienen numeradas y ésa es la nueve.

Se lee el comienzo con claridad debajo de un número romano  con una  expresión algo cenicienta: «A la entrada de la Venta Vargas, por donde antes aparcaban los coches, le han puesto una estatua. Dicen que es él, pero no se le parece.

Además de no reír tampoco canta y ni siquiera tararea». Lo evoca al trasluz de los recuerdos, que en este caso es el legado de su música y su voz. El valor de un talento que el tiempo y la leyenda han perpetuado más alla de su presencia, pero, en esta ocasión, bajo el velo abundante de la prosa, que es lugar donde suelen refugiarse las verdades cuando rehúyen de la obviedad y prefieren mostrarse con sutileza detrás de una fábula o  de una buen historia.

Lo redibuja ahí, en su ambiente del sur,  con su chaquetita roja, el carácter siempre desprendido y esa avidez de cigarrillos de fumador nocturno, del trasnochador sin redención que teme que la velada le sorprenda en algún momento con las cajetillas vacías y los estancos cerrados. «Él era muy generoso. El más generoso del mundo, pero tenía miedo de quedarse sin pitillos. Yo lo entiendo es una cosa terrible. Ahora fumar es un sacrilegio. Entonces, no, y, por eso, las noches estaban llenas de tabaco».

Montero Glez nos regala un José Monge Cruz, un Carmarón de la Isla, en su nuevo libro «Pistola y cuchillo» (El Aleph). Lo recorta con ráfagas de humanidad y todos los detalles de las anécdotas, ciertas o no, pero que son más reveladoras que quinientas páginas de descripciones y de vivas estampas costumbristas. «La biografía es un género muerto. Existen algunas que son buenas, las que están escritas desde el cariño, como la de la mujer, por ejemplo, o la de Carlos Lencero, pero son cosas muy especiales. Para mí Camarón es un referente. Alguien importantísimo para mi literatura, como lo son Shakespeare, Goya, Hemingway o la naturaleza. Yo me encontré con esta obra. Me dedico a la fábula y quería pagar la deuda que tenía con el flamenco, dedicarle un homenaje. Y Camarón era todo flamenco. Su voz tenía el pasado del flamenco y, a la vez, lo proyectaba hacia el futuro».

Las puertas del cielo

Montero lo imagina en la puerta de un lugar mítico, un espacio simbólico, ya «enfermo», pero con el aliento sedicioso de los que  todavía se resisten a entregarse porque sí a la muerte. En ese trance deberá tomar una decisión. «La más importante de su vida». Y lo hará a través de la prosa de Montero Glez. Una prosa que ha depurado con atención, despojándola de accesorios, para obtener un texto bello, limpio, claro. «Hay muñeiras, chotis, fados, pero el folclore más inteligente es el flamenco. Es el que ha sabido adaptarse mejor. Es tan cercano. Yo he aprendido mucho de Camarón de la Isla, de Paco de Lucía…».

Deja los puntos suspensivos para que los que escuchan completen la lista. Lo que sí cuenta Montero Glez es la afición hacia el cante y cómo lo sorprendió en una época temprana. Cuando todavía era posible ver a los grandes en un local chiquito, pequeño. «Ahí están –le comentaban–, detrás de esa puerta». Y él se sentaba en una esquina, sin molestar, porque Montero Glez es persona respetuosa y reverencial hacia lo que admira y comprende. Y ese sitio lo era. «Soy un  camaronero de vocación tardía. Antes, cuando salía por la noche, escuchaba a Bob Dylan. Tocaba a las puertas del cielo. Pero no me gustaba la movida madrileña ni el Rock Ola. Me gustaba el Candela. Allí, Miguel Candela, me abría esa puerta. Y poco a poco me fui apartando de Dylan y me fui metiendo en esta música. El flamenco es mi aula sagrada, mi universidad».

Lo vio, pero jamás lo conoció. Camarón de la Isla se le metió en el alma, en el cuerpo, y ahora colecciona sus discos. Los compra, incluso en las estaciones  de servicio de carretera, porque no tiene o le parece que es nueva la fotografía que hay en la carátula de ese álbum. «Lo seguí por San Isidro, por las ferias. En Málaga y recuerdo que cada vez acudía más gente a sus conciertos. Gente de todo tipo, no solo gitanos: ejecutivos, rockeros, punkies, pijos…».

Ha escrito esta novela, en el patio de esa Venta Vargas. Un lugar que el cantaor conoció. Le han dejado un rinconcito y con su libreta y su poética en narrativa, Montero Glez nos ha devuelto a Camarón.  «Escribía esta obra ahí. La familia Picardo, que lleva la Venta Vargas, me ha permitido que me sentara en una mesa y que estuviera aquí. Han sido muy amables. Escribía y  después lo leía  todo en voz alta en el patio. He estado imaginando, viendo las fotografías que hay, pensando cómo sería esa última noche ahí». Montero Glez hace un alto.

Para. Reflexiona. Un silencio. «Camarón se explicaba cantando», sentencia después Su memoria está repleta de nombres, de veladas tardías. «Los he visto a todos, al Tomatito, al Habichuela… Yo era un crío y eso fueron seis años de mi vida. Acudía todas las noches», asegura. El escritor iba al Candela. Se acuerda y rememora: «Yo intentaba pasar desapercibido. Tendría 18 años. Estaba sentado y ni me atrevía con las palmas porque no tenía el ritmo de ellos. No quería molestar. Permanecía ahí oculto. La voz de Camarón me traspasó. Lo sentías, aunque no estuviera cerca. Yo me quedé enganchado. Era como un metal de voz. Yo he visto romperse las camisas por Camarón».

Obra, estilo y pureza

Salía del local cuando ya era el día siguiente «y me iba para mi casa con el soniquete. Se reunían en ese lugar después de la actuación. Ya iban de fiesta. Con copas. Se desataban. Era un privilegio estar en esos momentos». Después admite: «He aprendido mucho ahí. El flamenco es la música más libre. Y es curioso que la haga una raza perseguida. A lo mejor es eso lo que les hace que esta música sea mucho más libre. Me ha influido en la literatura. El rock me cansa, pero cuando escucho flamenco, ese ritmo, me digo, a ver, qué puedo hacer con él. Es una referencia para mi literatura. Lo importante en un libro es lo que cuentas. La forma en lo que lo cuentas es el estilo, que nunca va separado de la historia. Esta obra, por eso es más cristalina, porque Camarón tenía una voz pura. He buscado la transparencia. He roto muchos folios y la novela en la que más veces me he perdido. No hay nadie que haya superado a Camarón».

El novelista, el autor de «Sed de champán», «Manteca Colorá» y «Pólvora negra» subraya que el talento es algo que va con uno, pero que siempre existen más ingrendientes. «Fue tan original que nadie puede copiarle ni superarle. Lo consiguió a base de estudiar a todos. Iba, atendía, miraba y luego le daba su punto. Él cogía de todo y lo hacía suyo. Él mismo engañaba el compás, al ritmo. Cambiaba una canción alegre por otra triste. Más que un cantaor era un estudiante». La pregunta que queda por responder es, por qué una novela. Montero Glez no duda: «Se ha hecho una peli, biografías, discos, pero no se había sacado su figura en la literatura».

A «Pistola y cuchillo»
Montero Glez describe su propia novela con ternura: «Es cortita, pero muy flamenca. No es una obra de Ken Follett, que se podría hacer. Es una historia más breve, pero muy intensa. Con mucho diálogo, muy teatral. Un título en el que he “desescrito” más que he escrito. Pero ahora este libro es de la gente». Sí, es de la gente, pero al autor le queda un pequeño sueño en el interior. Lo que consideraría su mayor logro. «Para mí sería el éxito que alguien que no lo conoce comenzara a escucharlo por haber leído mi libro. Pero me temo que eso no podrá suceder porque él es mucho más conocido que yo», añade. Montero Glez reconoce que «tengo todos sus discos. Algunos repetidos. Cajas integrales. Voy al Media Markt, las veo y me las tengo que comprar. Ahora lo escucho con más cariño. Estoy más agradecido a su figura.

Lo pongo más. Soy más camaronero». El novelista recuerda un concierto. Fue el mejor que dio Camarón. Lo dio en los noventa, cuenta, en San Juan Evangelista. Quizá es el mismo que se reeditará el próximo 7 de septiembre. Es el que dio el cantaor junto a Tomatito el 25 de enero de ese año. Fue en el mismo lugar que apunta el escritor, que ha aprovechado una canción de Camarón para dar nombre al libro. «“Pistola y cuchillo” es una bulería que había en su disco “Te lo dice Camarón”. Pero el disco que yo recomiendo y que aparece en la novela es “La leyenda del tiempo”. Es de los mejores del siglo pasado. Pero de la historia de la fonografía. Es un gran disco.Pero yo también tengo una predilección. No suena tan bien, pero a mí me gusta: “Te lo dice Camarón”. Me encanta. Sé que es un disco menor, pero para mí es uno de los grandes. La guitarrita de Tomatito me apasiona. Y luego, claro, cualquiera de los directos que tiene».

1

“Con Camarón, el flamenco debería ser patrimonio de la divinidad”

PAULA CORROTO · Público, 16 de noviembre de 2010

Cuando tenía 18 años, al escritor Montero Glez (Madrid, 1965) se le abrieron las puertas de la sangre: el Candela, un bar de flamencos del barrio madrileño de Lavapiés. A través de su dueño, Miguel Candela, conoció la música y el arte de Camarón de la Isla, Rancapino, Chocolate, Sordera, Caracol, la Faraona y los Habichuela. Se le metió dentro y ya no salió más. Esa deuda la ha pagado ahora, dice, con la novela ‘Pistola y cuchillo’ (El Aleph) en la que recrea la vida de Camarón. En ella aparece como lugar emblemático la Venta de Vargas, el local gaditano donde Manolo Caracol escuchó a ese niño rubio que acabaría revolucionando el flamenco. Pero también Torres Bermejas, el tablao donde Camarón empezó a cantar en Madrid. Una historia a golpe de fandangos, bulerías y cante jondo. Un arte, que como señala el escritor en esta entrevista, “no sólo debería ser patrimonio de la humanidad, sino de la divinidad”.

¿Por qué decide escribir esta historia sobre Camarón tan alejada del género biográfico?
Yo merecía esta historia. Tras ganar el premio Azorín iba a escribir una historia de aventuras, pero me encontré con ella. Es mi obra menos comercial, pero es mi obra más de dentro, la más sentida. En ella, el protagonista soy yo. La primera persona cuesta mucho, pero he cogido el referente de Cervantes y Galdós. A mí se me apareció esta novela cuando José Miguel Carmona, el guitarrista de Ketama, me dijo que había fallecido Miguel Candela. Cuando tenía 18 años, a finales de los ochenta, empecé a escuchar flamenco de la mano de Miguel Candela, en el Candela. A mí en esa época no me gustaba lo que había en el Rockola. Para mi el Candela fue mi universidad. Y me encontré con Camarón, que recogía el pasado y lo proyectaba al futuro. Camarón se convirtió en una de mis referencias, junto a Hemingway, Shakespeare, Francisco de Goya y la naturaleza.
¿Cómo se aborda esa figura siendo tan referencial?
Rompiendo muchas cosas y con mucho respeto. Quería revivir al que nunca murió del todo. Y no quería hacer una biografía porque para mí este es un género muerto. Pero he roto muchas cosas, he tirado la toalla…

Y ha reivindicado una personalidad muy poco conocida de Camarón. Él aparece alejado del mito.
Es que él era un estudiante. Si se enteraba de que existía un cantaor bueno, se iba a verle para aprender. A mí me pasa un poco lo mismo, me hablan de un Pablo Gutiérrez, de un Matías Néspolo y voy a leerlos. Y sí, esta es una parte de Camarón de la que pocos han hablado.
En esta novela juega mucho con lo que es verdad y es mentira y Camarón aparece retratado como un hombre que prefería mentirse, vivir en la ensoñación.
Ahí sale una frase de Juan Carlos Onetti: se puede mentir de muchas formas, pero la mentira más repugnante es decir la verdad. Yo también soy un soñador y no quiero que me quiten la coartada de fabular. Eso es lo que también quería reivindicar.
¿Él nunca se creyó que era un innovador?
Sí, yo creo que sí. Camarón recogía el pasado y lo transportaba al futuro. Ha sido un revolucionario del flamenco, pero con un respeto por su pasado, y eso es lo más difícil.
¿Qué opina de que tantos le imiten?
Yo soy muy camaronero, y me gusta que lo imiten porque cuando les escucho me traen su recuerdo. Camarón no ha muerto. Los artistas mueren dos veces: una, la natural, y después para el público. Esta última a él todavía no le ha llegado. Él está vivo, como Chet Baker o Bob Marley, y en literatura, como Roberto Bolaño.
En la novela, otro de los grandes personajes es la Venta de Vargas.
En un templo levantado a la memoria. Ahí se ha vestido Manolete. Yo entro ahí y noto la confianza y el cariño. Tienen el punto de saber dónde está el arte y eso ahora prácticamente ha desaparecido. Entras en un bar y casi ni los buenos días.
Por cierto, hoy el flamenco ha sido declarado Patrimonio de la Humanidad.
Sí, pero es un reconocimiento a todos: a Camarón, Rancapino, Terremoto, Chocolate, Sordera… Pero sí, con Camarón yo lo extendería a patrimonio de la divinidad.
¿Cómo casa el flamenco con la literatura?
Céline cuenta que su novia bailarina le enseñó el ritmo para la escritura. Para mí la literatura es arquitectura, tiene significados argumentativos plásticos. Yo soy una esponja. La música me hace aprender. Y el flamenco es el compás del mecanismo interno que llevan mis frases.


¿Le gusta el flamenco actual?

Sí, me gusta Santiago Donday, el Talega… y me gusta Pitingo y un disco de Dave Holland con Pepe Habichuela.
Usted le debe mucho al flamenco…
Sí, y este libro es parte de la deuda. Sin el flamenco, mi escritura sería peor. Me sentiría muy feliz si alguien llegara al flamenco a partir de este libro.
Por cierto, ¿qué hay de esa novela de aventuras que había empezado?
Sólo llevo veinte páginas escritas. Pero yo lo que quiero es acabar con Ken Follett.

0