Hay hombres con la sonrisa pintada alrededor de los dientes, que esperan emboscados en los pasos de montaña, por donde el aire limpio despeña sus fríos.

Vigilan los aeropuertos y alertan los muelles, pensando que bajarán de los barcos, despistado el pelo en la brisa,
los Chicos del Vertedero.

Les acechan los muertos de corbata con el oro de la deuda entre los dientes y la letra pequeña escondida tras el gesto de una sanción.

Y planean apagarles el incendio del pelo, partirles el hueso del lápiz y evitar a toda costa que les amanezcan lunas en lo más alto de los ojos.

Pero ellos ríen cayendo por las jorobas del camello, que rumia los calendarios de oriente a occidente en la deriva del sol, o se ocultan del miedo y los telescopios bajo la sombra-ceniza de los barrancos, en la cara oculta de la luna.

Atraviesan sueño-amanecer bajo la lluvia en la curvaluz de las carreteras y se dejan llevar, en el extravío de su mirada, por el viento que empuja los navíos del espacio; con el aliento ahogado en bolsas de plástico-ámbar que transforma los sueños en planetas, el frío en calor y el vacío en una canción.

Porque conocen el precio del pan y los juguetes al otro lado de la valla. Por donde chillan los trenes, ladran los perros, y llueve, todo el año, sobre la tos de los viejos.

Y son la carne para el mordisco
La sonrisa para la bofetada
El hambre para el hambre
Los ojos de la noche

Ya vienen…

Y les amenazan a pleno cadáver los enfermos del incienso descompuesto, con todo el barro que han podido heredar, ropa vieja y escamas a contrapelo.

Y les vigilan obedientes y nutridas bestias de uniforme orgulloso y oscuras gafas de sol, que forman frente al paisaje como ladrillos en una pared.

Pero ellos vuelan, pájaros cuánticos en el espectro de lo imposible, del todo inofensivos a ojos de los curanderos de la culpa y los tontos del orden cerrado.

No entran por la calle del desfile y la procesión. Filtran su veneno infantil a través de la piel de los que sufren de lejos los tambores, mientras intentan capturar un recuerdo de su infancia.

Se acercan ocultos en la turbulencia de los poemas, que portan luces de otro mundo, para incendiar las entrañas del centro y el arrabal.

Ya vienen…

Y ninguna máquina voladora, erosión de cielos, piedra o plomo en el aire, conseguirá interceptar su pájaro blanco lanzado contra el muro a través de la perspectiva de las ciudades, por encima del humo y el laberinto.

Porque corren caballos por vuestras venas,
y os nadan peces bajo la piel,
ya vienen…

Los Chicos del Vertedero

 

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