Freud

Comentario crítico de Rosa López, psicoanalista.



 

La mirada del suicida. El enigma y el estigma

Tengo que decir que este libro me conmovió desde la primera pagina, esa en la que cada autor hace una dedicatoria de su obra, y en la que el lector busca encontrar alguna pista que le lleve a averiguar algo personal del mismo. Pues bien, en esas primeras letras encuentro, inesperadamente, una clave que me hace pasar bruscamente de lo universal a lo particularísimo. Del millón de personas que se suicidan por año, que es un dato escalofriante pero un poco abstracto, al uno concreto, localizable, tan próximo al autor. Un cimbronazo inicial que me predispone a leer este libro no como un ensayo, ni  como un repaso histórico o estadístico sobre el tema más enigmático de la existencia humana, sino como algo que procede de la experiencia única de un sujeto que, a pesar de lo intransferible de la misma, busca el grado del testimonio. Entonces me doy cuenta de que el libro que tengo entre las manos me va a transmitir más de lo que dice y por eso mismo me expongo a dejarme alcanzar por los efectos de una tragedia que a mi tampoco me es ajena.

El suicidio provoca, en el campo de las representaciones con las que ordenamos la existencia, el enigma en su grado máximo. No hay tejido simbólico, ni consistencia imaginaria que nos permita entender la causa que lleva a un ser humano a quitarse la vida. Por este motivo, el que sufre una perdida de este tipo, se ve enfrentado permanentemente a la angustia radical del sinsentido o se pone a trabajar para remendar palabra tras palabra el desgarro que el acto suicida provocó. La experiencia analítica y la escritura son, sin duda, un gran remedio.

En la página 15, Juan Carlos dice: “Nuestra humana incapacidad para entender un acto tan radical es precisamente lo que nos mantiene vivos… El suicidio no es solo una forma de morir, es una acusación. Y en la incapacidad para replicar con la que nos deja el suicida radica la clave de la potencia del acto. El desamparo es absoluto en tanto que se plantean preguntas que jamás obtendrán respuesta.”

Los que conocemos la enseñanza del Jacques Lacan estamos acostumbrados a su estilo subversivo, consistente en radicalizar las preguntas más difíciles, invirtiendo la cuestión. Cuando se interna en el campo, siempre oscuro, de la causa de las psicosis plantea la siguiente interrogación ¿Cómo es posible que no todos seamos psicóticos siendo que todos estamos parasitados por el lenguaje? Respecto al suicidio Lacan lo lleva al extremo al definirlo como “el único acto logrado”. Definición que podríamos comparar con la idea de Albert Camus para quien: “El único acto importante que realizamos cada día es tomar la decisión de no suicidarnos”. Finalmente no son ideas tan opuestas las de Camus y Lacan, pues ambas colocan el suicidio en los términos de una elección radical sobre la existencia. Probablemente la elección crucial sobre la que después se fundan el resto de las elecciones que hacemos durante la vida y en la que encontraríamos la matriz de todo acto.

Es evidente que esta elección, si como dice Camus, la renovamos cada día, es mediante un mecanismo totalmente inconsciente y a veces tan automatizado que se transforma en una inercia, de manera que la permanencia en la existencia no es necesariamente la prueba de un deseo por la vida sino que más bien revela el desfallecimiento de ese acto logrado, según Lacan, mediante el cual el sujeto pondría fin a sus días.

Si “el mejor no haber nacido” de Edipo se completa con un “pero ya que se ha venido a la luz, lo que en segundo lugar es mejor, con mucho, es volver cuanto antes allí de donde se viene”; si Freud pensó la pulsión de muerte como la tendencia más pertinaz en el sujeto, entonces deberíamos preguntarnos más bien sobre qué hace que no todos seamos suicidas.

En cualquier caso la mayoría dejamos pasar los días sin plantearnos cada mañana la elección entre la vida y la muerte, pero hay ciertas encrucijadas de la vida que ponen esta cuestión en evidencia, y son aquellas en las que el sujeto se ve obligado a interrogarse seriamente por lo que justifica su existencia. Esto puede ocurrir en la vejez, cuando se realiza el balance sobre lo que cada uno ha hecho con su vida, pero ocurre también en el inicio de la adolescencia, cuando el sujeto se ve obligado a separarse del mundo familiar para escoger su camino. Son los dos puntos de empalme, el inicio y el final de esa partida que se juega entre Eros y Thanatos.

El psicoanálisis vino a demostrar que la supuesta excepcionalidad del suicidio, se produce sobre un trasfondo universal donde descubrimos la tendencia suicida del ser humano como algo que le acompañará desde su llegada al mundo hasta el fin de sus días. Es ese nudo que Lacan situó en la fase de miseria original que va del trauma del nacimiento al trauma del destete y que perdura en el centro de la constitución del yo como la marca de un sacrifico primitivo esencialmente suicida. De manera que el ser humano antes de que pueda pensar la muerte, siempre de una manera ambigua, ya ha experimentado la situación traumática del desamparo originario, la Hilflosigkeit con la que se inaugura su vida. Por tanto, si bien no es común que los desesperados lleguen a encontrar la salida del suicidio, también es cierto que en todo ser humano hay un potencial suicida presto a pasar al acto, en aquellos momentos que impliquen una actualización de la tendencia a la muerte. Si esto no acontece habitualmente es por la misma razón por la que no todos somos psicóticos y escuchamos voces aunque somos hablados por el Otro. Se trata de la estructura subjetiva que pone un freno a la acción de la pulsión de muerte mediante la construcción del fantasma, la turgencia vital del significante fálico y la instalación de la ley del deseo.

Volviendo al texto que hoy presentamos, debo decir que la utilización de las cifras por parte del autor no transmite un gusto por la estadística sino una clara intención de hacernos despertar del sueño de la ignorancia y confrontarnos con una realidad que afecta de manera directa a un millón de personas al año e indirectamente a seis millones de allegados que no solo sufren la perdida del ser querido sino que además quedan marcados, para siempre, por el sentimiento de falta de sentido. Pero no se trata de provocar nuestra compasión por todas esas victimas ajenas sino de aproximarnos tanto a esa muerte deseada hasta conseguir que cada lector se sienta directamente concernido. El suicidio deja de ser algo que le pasa a los otros para interpelarnos en primera persona.

El cuanto al repaso histórico que nos ofrece Juan Carlos está escrito con un estilo tan atractivo que se lee casi como una intriga novelada de la que no podemos despegarnos. Sin embargo, cada paso por la genealogía del suicidio en las distintas épocas y discursos sigue una lógica rigurosa y tiene una finalidad clara; hacernos “entender el origen de nuestras propias ideas sobre el suicidio”, porque aunque las cosas hayan cambiado en lo formal, hay algo del oscurantismo con el que la historia trato este tema que todavía subsiste.

Desde el suicidio mítico de los clásicos griegos y latinos cargado de un halo de heroísmo, pasando por el suicidio bíblico que nos ilustra sobre el cambio que se produjo entre los primeros cristianos que defendían la muerte antes que el deshonor, hasta San Agustín que describe el suicidio como una “perversión demoniaca” y le otorga el estatuto de pecado mortal. A la vez el suicidio ha sido un índice muy significativo de la diferencia de clases sociales pues “siempre se distinguió entre la vergüenza del ahorcado y el honor de la muerte por la propia espada”. El pobre no tenía derecho a sustraer su vida de la obligación del trabajo para el amo y en castigo por su acto “su cuerpo era vejado, su memoria difamada y sus bienes arrebatados.” Con el Renacimiento se produce el tedium vitae que proclama el desprecio por la vida y el deseo de muerte. Ese hastío moderno que llega, sin duda, hasta nuestros días.

La novela del XVII nos ofrece a Hamlet como el paradigma del sujeto moderno que se pregunta por el sentido de la existencia, ese ¿ser o no ser? que Shakespeare introduce en la mayoría de sus personajes, muchos de los cuales eligen no ser. Pregunta legítima, porque ¿en qué se puede fundamentar la jurisprudencia o la religión para prohibir la libre decisión del sujeto sobre su propia vida y obligarle a seguir vivo a costa de todo tipo de sufrimientos?

Los vuelcos de la historia hacen que el suicidio pase de ser algo deleznable y penalizado a convertirse en el ideal del movimiento romántico; morir joven es ahora glamuroso. El suicidio es un acto envidiable pues demuestra una respuesta heroica de rechazo a la banalidad del mundo. El escritor alemán Clemens Brentano diagnosticó esta afección como “hipertrofia del órgano poético”.

En resumen, la historia nos muestra un espectro amplio que incluye a aquellos que elogian el suicidio como los clásicos que le daban un carácter heroico, los románticos que lo veían como el acto más hermoso y algunos filósofos contemporáneos. Son vaivenes entre interpretaciones diferentes sobre la cuestión, pero el gran salto cualitativo se produjo en el momento en el que el suicidio es tomado por la ciencia y convertido en una patología, entonces dejo de ser considerado como un pecado mortal o un crimen para ser interpretado como un índice de la locura.

Ahora bien, los psiquiatras y los médicos en general continuaban viendo en las tendencias suicidas una debilidad de la que el sujeto debía de sentirse culpable, como una especie de vicio y, por ello utilizaban “métodos morales” en sus tratamientos: duchas frías, maquinas giratorias, sillas con amarres, aislamiento, hambre y sed, amenazas y ataques a la imagen, para ver si de este modo neutralizaban la melancolía.

He de decir que, aunque la medicina ha progresado extraordinariamente desde el punto de vista de la técnica, esto no impide que aquellos que la ejercen sigan albergando los mismos prejuicios de antaño, mostrando un verdadero desprecio por aquellos que atentan contra su vida y a los que amonestan con frase del tipo “Cómo tu que lo tienes todo y te quieres morir, si supieras las cosas que vemos cada día en personas que están realmente enfermas y luchan por la vida”

En la pagina 70 al final del capitulo titulado “Anatomía del suicidio”, el autor plantea sin ambages cuál es su posición frente al suicidio:  “Mi convicción, como la de cualquier ferviente ateo, es clara; cada cual es dueño de su vida y debe serlo, en la medida de lo posible, de su muerte. Pero al margen de las opiniones de cada uno, legitimo o no, el caso es que un millón de personas se quitan la vida de forma incontestable. Todos ellos lo hacen porque sufren de forma insoportable, hasta el extremo de abandonar para siempre a sus familias y amigos, hasta el punto de transgredir sus convicciones religiosas, hasta llegar a destruir a quienes les aman, incapaces de soportar sus vidas”

Por tanto el autor es muy claro sobre las prioridades que hay en juego cuando nos dice dos cosas:

1.- “El debate sobre la legitimidad debe ceder el puesto al debate sobre la forma de abordar el sufrimiento psíquico”.

2.- Se trata de “poner todos los medios a nuestro alcance para que la balanza se incline del lado de la vida”

Para ello escribe un libro que nos hace despertar a esa realidad que preferimos ignorar. Utiliza las cifras para denunciar la negación social. Muestra sin velo alguno lo que no queremos ver. Nos hace  saber lo que preferimos desconocer. Rompe la imaginaria línea divisoria entre los enfermos y las personas supuestamente “normales”. Deshace los prejuicios que condenan a los familiares a un destino parecido: el suicidio no es una maldición de sangre, no es hereditario y no se localiza en los genes. Denuncia la codicia de la industria farmacéutica que congenia con el ideal cientificista de una época que se empeña en “la reparación química de las emociones” dejando de lado la historia particular de cada sujeto. “Empeño inútil, porque nuestra propia humanidad desborda las costuras del perfecto traje biológico en el que están tratando de embutirnos los que tiene algo que ganar en el proceso”.

La opción del psicoanálisis nunca ha sido tenido en cuenta, ni desde luego jamás ha recibido el apoyo de la sanidad publica o privada. Precisamente porque el psicoanálisis no se hace cómplice del oscurantismo reinante, busca la causa en su estatuto más particular, uno por uno y no se constituye en un orientador de conciencias que adapten mejor al sujeto a la sociedad. Con todo, el psicoanálisis se dirige al la juntura misma del sentimiento de la vida, donde además del dolor de existir podemos encontrar los recursos con los que cada sujeto consigue un “saber hacer con la vida”.

No quiero finalizar este breve comentario sin aludir a la contundencia del titulo: “La mirada del suicida”.  El gran acierto de esta elección es que consigue evocar inmediatamente lo más inquietante, lo más angustioso, la mirada de aquel que atravesando todos los velos que hacen del mundo algo habitable vislumbro el horror sin paliativos. Me recuerda el apólogo que Lacan utiliza para transmitir lo que es la angustia original, aquella que sentiríamos enfrentados a la mirada de una mantis religiosa sin saber que objeto somos para ella. Me atrevo a decir que Juan Carlos ha escrito este libro sin apartar la vista de la angustiosa mirada del suicida.

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Juan Carlos Pérez Jiménez es doctor en Ciencias de la Información, sociólogo y profesional de los medios de comunicación desde hace más de 20 años.
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